Archivo mensual: junio 2016

La concepción de lo divino en la antigua Grecia

GodsEl naturalismo, el antropomorfismo y el politeísmo son tres componentes fundamentales de la religión de los griegos. La presencia de lo sagrado, que puede despertar en ellos sentimientos mezclados de miedo, estupor y respeto les afectaba hondamente, sobre todo en ciertos lugares privilegiados. Los griegos observaron la presencia de lo sagrado en los elementos naturales, como las piedras, en los manantiales, en los árboles y en los bosques, en las praderas, en las grutas, en los animales. Bajo este prisma, la naturaleza misma (physis), a la que pertenecen los seres humanos, está sacralizada y aparece como el receptáculo donde se funde, para brotar perpetuamente, las innumerables fuerzas e influencias experimentadas como sobrenaturales. De ahí que no nos extrañemos que Tales de Mileto pronunciara la célebre frase “todas las cosas están llenas de dioses” (Aristóteles, De anima A 5, 411 a 7).

Algunas de las innumerables fuerzas e influencias experimentadas como sobrenaturales quedan personificadas con los nombres de Fortuna, Destino, Justicia, Violencia, Paz, etc., y se manifiestan sobre todo en su acción sobre el curso de la vida humana. La mayor parte, sin embargo, están dotadas de una personalidad que la imaginación de los griegos encarnó en las figuras antropomorfas del panteón (Aristóteles, Política, 1, 1, 1252b, 24-29). En las obras de Homero, como podemos ver, los dioses y las diosas no están libres de las pruebas que sufre el hombre y pocos de ellos escapan a las discordias y a las pasiones cuyas pericias relata la mitología.

Además de la cualidad de la inmortalidad que gozan los dioses y las diosas, son también invisibles y evitan revelarse en todo su máximo esplendor, por lo que se manifiestan  más bien de un modo indirecto, mediante signos o bajo disfraces, en ocasiones bajo un fenómeno atmosférico, en el curso de su sueño, expresándose por boca de un mortal, etc. Por ejemplo, en el mito de Dánae, Zeus apareció cayendo como una lluvia fina y dorada y la dejó embarazada. De esta unión nació Perseo.

Las divinidades griegas, muy sincréticas, están ligadas a funciones que pueden acumular o distribuirse entre sí. Algunas (Gea, Zeus, Poseidón, Hades, Afrodita) rigen las grandes fuerzas telúricas; otras (Deméter, Dioniso, Artemis) rigen los ciclos biológicos; otras (Zeus, Atenea, Apolo, Ares, Hera, Hestia, Hefesto, Hermes), los principios y las instituciones que garantizan en el orden político y social la vida de las ciudades. Presiden también las disposiciones morales y determinan las tendencias del carácter. Penetran los secretos de las conciencias y conocen el futuro, que revelan en los presagios y los oráculos.

Los dioses griegos son inmortales. Han nacido, pero no mueren. Se alimentan de ambrosía, néctar y humo (el que sube de los altares de los hombres cuando hacen sacrificios). Por sus venas no corre sangre, sino un líquido especial: el icor. También se les llama bienaventurados. He aquí a Afrodita reconocida por Diomedes en el campo de batalla delante de Troya: Tideo se estiró, saltó con la aguda lanza y la hirió en el extremo de la mano delicada. Al punto la lanza taladró la piel, traspasando el inmortal vestido que las propias Gracias le habían elaborado, en lo alto de la muñeca. Fluía la inmortal sangre de la diosa, el ícor, que es lo que fluye por dentro de los felices dioses; pues no comen pan ni beben rutilante vino, y por eso no tienen sangre y se llaman inmortales. (Homero, Ilíada, V, 337 y ss.). Los dioses son fuerzas no personas.

La noción de divinidad individual no excluye la existencia de fuerzas colectivas, indivisibles, indisociables, como las Cárites, grupo de tres divinidades, a menudo invocadas bajo ese nombre plural, aunque también puede aparecer cada una bajo su nombre propio. Las Musas o la Ninfas también reciben localmente un culto colectivo.

El politeísmo fue algo dinámico donde los dioses olímpicos constituían sólo una de las categorías de seres sobrenaturales. La personalidad de las grandes divinidades proviene de sucesivas asimilaciones que se produjeron desde los orígenes, en detrimento de las deidades indígenas, siendo un movimiento sincrético que no se detuvo jamás y contribuyó al constante enriquecimiento de la religión griega. Pongamos el caso de la diosa Cibeles, cuando los jonios colonizaron Éfeso, por el Siglo X a.C., se encontraron que la diosa era la divinidad más venerada entre la población indígena, un culto que a su vez procedía en época prehistórica se brindaba a la diosa madre. Los griegos adoptaron en el plano religioso la siguiente postura: dado que Artemisa tenía atributos y semejanzas con Cibeles, como la fertilidad, los jonios introdujeron su culto con la intención de asimilar una deidad de la otra. Más tarde, como dato curioso, los cristianos decidieron asimilar la diosa Artemisa a la virgen María, tan casta y pura como la diosa Artemisa.

El politeísmo tuvo una dura crítica iniciada por el filósofo Jenófanes de Colofón en el siglo VI a.C. Según Aristóteles no especulaba sobre un principio material como hacían Tales, Anaxímenes o Heráclito “sino que, volviendo la mirada a los cielos, declaró que hay un Dios” (Aristóteles, Metafísica)

Entre los grupos de seres sobrenaturales, los griegos distinguieron los demonios (daimones) y los héroes. Pero ni los unos ni los otros pueden reducirse a una simple definición porque, según las épocas y los contextos en que aparecen, tienen diferentes significados. La palabra “daimon”, que puede ser sinónimo de “theos” (dios), designó la potencia sagrada, tal como intervenía en los asuntos humanos, para bien o para mal. El “daimon” podía encarnarse en un genio de la vegetación, como Pan, o en   seres terribles, como las Erinias, espíritus de la venganza. Pero no poseía, en general, una individualidad definida ni un nombre en particular. Este es el sentido que tiene la palabra daimon en Homero, donde también puede designar de manera vaga a la divinidad. Pero los démones constituyen a veces una clase de seres divinos intermediarios entre los dioses y los hombres, según relata Platón (Leyes, V, 738d; VII, 801e).

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Heracles y las Yeguas de Diomedes. Detalle del mosaico romano de Los doce trabajos de Liria (Valencia), en el M.A.N. (Madrid).

A diferencia de los “daimones”, que son superiores a la humanidad y escapan a la muerte, los héroes son seres semidivinos, como Heracles o Asclepios. A ambos se relacionan con el culto rendido a los muertos y supone, al menos para ciertos seres excepcionales, el acceso a otra vida más conforme con sus méritos que el simulacro de existencia reservada en el Hades al común de los mortales.

Por lo tanto, el héroe es un muerto, de nombre conocido o anónimo, cuya vida y muerte gloriosas están asociadas a una época pasada y sirvieron a la comunidad. Se reconoce al héroe por el culto que se le rinde, y que difiere del culto a los muertos ordinarios por la duración, la frecuencia de las manifestaciones de culto y su importancia, y, por último, por la comunidad a la que afecta. El centro del culto es la tumba o, a falta de tumba, el lugar supuesto donde reposan sus restos.

El culto rendido a los héroes no difiere siempre del que se rinde a los dioses: los rituales y las fiestas son a veces los mismos, y su esplendor depende del mayor o menor grado de renombre del héroe y de la importancia de la comunidad que los celebra. Las fiestas en honor de Teseo en Atenas, las Teseas, son totalmente comparables a las fiestas en honor de Atenea. Y se espera de los héroes lo que se espera de los dioses: su campo de intervención es vasto y diverso, pronuncian oráculos, curan, protegen, castigan. No son intermediarios entre el mundo de los dioses y el de los hombres, sino que son fuerzas divinas de pleno derecho y tienen a menudo un personal de culto propio, unos santuarios florecientes y, por supuesto, una mitología.

Obras de referencias:

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