Archivo mensual: abril 2018

La sabiduría griega frente a la fe cristiana

San Pablo (El Greco)

El cristianismo, en sus comienzos, distaba de ser homogéneo, pues  sólo consistía en un conjunto de creencias y principios no bien trabados, sin un símbolo de fe definido ni unas escrituras canónicas. En otras palabras, en los primeros siglos de nuestra era concurrían unas interpretaciones religiosas y unos ritos casi tan numerosos como las comunidades cristianas existentes.

Cuando Pablo de Tarso, en el siglo I, anunció en el Areópago de Atenas  a los filósofos griegos al Dios desconocido, aprovechando que los antiguos griegos adoraban a una deidad que ellos llamaban Agnostos Theos, es decir, el dios desconocido, los atenienses y los forasteros allí presentes quisieron oír la nueva doctrina que postulaba Pablo de Tarso. Es cierto que en Atenas hubo un templo dedicado específicamente a este dios y muy a menudo que los atenienses prestaban juramento “en el nombre del dios desconocido”, pero estaba muy lejos del pensamiento que iba a proponer Pablo de Tarso (Hch, 17, 13-34). Pablo de Tarso dio un discurso del que destacaremos los puntos más importantes:

  1. Dios hizo el mundo y todo lo que hay en él. 
  2. Señor del cielo y de la tierra.
  3. Creó el linaje humano.
  4. Dios vive dentro de nosotros.
  5. Se juzgará al mundo según justicia divina.
  6. Resurrección del hombre entre los muertos.

Imaginemos el espíritu griego, aquel que se manifiesta en las tragedias de Sófocles, en el Partenón, en la obra de Homero frente al discurso de Pablo de Tarso. Tras terminar con la evangelización cristiana y el recital de los puntos enumerados en líneas anteriores, los griegos le plantearon a Pablo de Tarso varias cuestiones:

  1. ¿Por qué precisamente era ese momento histórico cuando Cristo viene a salvarlos?
  2. ¿Por qué fue elegido el pueblo judío? ( así como otras cuestiones relacionadas con el pecado del hombre, el fin del mundo y el rechazo, entre otras cosas, como la reencarnación) La explicación del pecado es muy ambigua. El griego común se preguntaba qué pasaba con los miles de años ya pasados , con las generaciones anteriores que habían pecado, si existía salvación para sus antecesores.
  3. ¿Por qué un Cristo, una virgen, unos santos, unos rituales con una iconografía determinada?
  4. ¿Por qué el hombre ha sido creado a partir del polvo, del barro, siendo el hombre un pecador y culpable que se tiene que postrar ante su creador?
  5. ¿Por qué ese mensaje de continua sumisión y a la vez gratitud infinita, aunque se sufra cualquier penalidad, así como el temor a que todo podía ser peor?
  6. ¿Por qué el mayor pecado es desobedecer a Dios?
  7. ¿Por qué pecamos si no se cree en Dios?

Como Werner Jaeger relata en su libro Cristianismo Primitivo y Paideia Griega,  la expansión de la religión y la cultura griega favoreció el surgimiento del cristianismo como religión universal. Sin embargo, la predicación evangelizadora de Pablo de Tarso no pudo satisfacer ninguna de las cuestiones que se planteaban los griegos y fracasó estrepitosamente en su primera aproximación al pueblo ateniense. Lo que no se imaginaba Pablo de Tarso, es que, muchos siglos después, el motor de la religión cristiana lo impulsaría la influencia de la civilización griega sobre el cristianismo, que las implicaciones filosóficas de las doctrinas cristianas son de origen griego, que hay elemento puramente griego en los libros bíblicos mismos, en especial en el Nuevo Testamento. En suma, en el producto final de la tradición cristiana,  la civilización griega ejerció una influencia profunda.

Hay que destacar que la pureza de la religiosidad griega y el espíritu griego auténtico están fuera de cualquier dogma religioso, de libros sagrados y de poderes eclesiásticos. Es cierto que el espíritu ateniense vibra en sintonía con Atenea, protectora de Atenas, pero el manifiesto espiritual del ateniense no tenía nada que ver con las palabras evangelizadoras de Pablo de Tarso sobre Cristo.

Atenea

“Virgen venerable – dice el himno homérico -, tú eres la única guardiana de las ciudades”. Atenea es la patrona de los pueblos que piensan libremente y que aceptan la idea divina sin vanas angustias. Para el griego,  Atenea es la hija del pensamiento divino. “Cuando nace – dice el himno homérico en su honor-, el vasto Olimpo se estremece y la tierra se llena de clamores, el mar bravío infla sus olas profundas, el hijo de Hiperión detiene durante largo tiempo sus rápidos corceles”. Ante ella, en efecto, todo el cimiento de las religiones se desquicia. Atenea, diosa de todas las diosas, no exige ni lágrimas ni estremecimientos, ni tinieblas. Sus mandamientos son consejos, máximas que simplifican el camino del hombre para conseguir encender la luz de la sabiduría interna. Atenea recomienda y ensalza el trabajo, la pureza, la energía, la meditación y la equidad.

Si repasamos la influencia de Atenea a través de nuestra historia destacaría, sin ninguna duda, a Esquilo en la Euménides, pues sintetiza los valores del pueblo ateniense:

«Cuanto sea nobles y leales victorias; y que la tierra y el cielo, y el mar con sus aguas, y los vientos con sus blandas corrientes, y el sol con sus claros rayos traigan sobre este suelo toda suerte de bienes. Que la tierra abunde en frutos y rebaños; que vivan los ciudadanos en prosperidad, jamás derribada a los golpes del tiempo; que se logren y florezcan los tiernos retoños infantiles. Pero a los impíos ya puedes exterminarlos con más furor que nunca. Yo amo a los hombres como el hortelano a las plantas, y quiero que la semilla de los buenos no se dañe con la mala hierba de los malos.» Bienes pedidos por Atenea para el pueblo ateniense.

En su diálogo Crátilo, el filósofo griego Platón da la etimología del nombre de Atenea, a partir del punto de vista de los antiguos atenienses:

Éste, amigo mío, tiene más peso. Ahora bien, parece que los antiguos tenían sobre Atenea la misma idea que los actuales entendidos en Homero. Y es que la mayoría de estos, cuando comentan al poeta, dicen que Atenea es la responsable de la inteligencia (nous) misma y del pensamiento (dianoia). Conque el que puso los nombres pensaba, según parece, algo similar sobre ella; y, lo que es más importante, queriendo designar la «inteligencia de dios» (theoû nóēsis), dice –más o menos— que ella es la «inteligencia divina».

Enrique Gómez, escritor guatemalteco, describe en La Grecia eterna la figura de Atenea, diosa entre las diosas:

«Entre todas las divinidades, realmente ésta es única. Es la Idea, es la Abstracción, es la Conciencia, es la Armonía. Los hombres que la crean a su imagen y semejanza son seres sin vanos temores de tenebroso más allá. […] Las frentes que se inclinan ante ella son frentes libres de prejuicios oscuros […] »

El espíritu griego y su profunda religiosidad se condensa en las palabras de Ernest Renan: «¡Oh, nobleza! ¡Oh, belleza simple y verdadera! ¡Oh, diosa, cuyo culto significa razón y juicio; tú, cuyo templo es un altar eterno de la conciencia!»

Si penetramos al pensamiento de Hegel, el filósofo traza perfectamente el aura de Atenea:

«Cuando la filosofía pinta el claroscuro, ya un aspecto de la vida ha envejecido y en la penumbra no se le puede rejuvenecer, sino sólo reconocer: el mochuelo de Minerva inicia su vuelo al caer el crepúsculo.» Georg Hegel: Prefacio a Filosofía del Derecho, 1821.

Rafael Spínola, pensador y político, le hace un guiño a Atenea, diosa de la Sabiduría:

«Y nosotros, los que estamos tachados de carecer de creencias religiosas, sólo porque rompimos las ataduras de la superstición y amamos la Libertad, también tenemos nuestro Dios, pero tan puro, que no encontramos ningún símbolo que lo represente, sino que lo adoramos en su esencia misma, que es la SABIDURÍA.»

Continuando con la Sabiduría, tema principal del pensamiento griego, el poeta Rubén Darío ensalza las virtudes de la diosa:

«Dulce y reflexiva Sofía,
Dinámica y omnipresente,
Su luz a todo artista envía,
Al laborioso, al elocuente;
Y anima con su íntimo soplo
A los artífices del fuego,
Al que mueve regla o escoplo,
A la que borda, a la que hila.» Rubén Darío: Palas Athenea, 1915, p. 5.

En síntesis, el espíritu griego, esa esencia pura  que tenía sobre la vida, la muerte, el destino y Dios, fuera de los dogmas cristianos impuestos por Pablo de Tarso, ha sido loada por muchos autores desde los clásicos hasta los más actuales.

La esencia de la religiosidad griega se puede resumir de la siguiente manera:

  • No nace de ninguna forma de temor.
  • No teme a la muerte.
  • No teme a Dios. Su Dios no es un dios castigador.
  • No cree que Dios concibiera el mundo.
  • Para el griego el mundo era antes un orden fuera del tiempo: hombres y dioses tienen su sede, su camino y su misión.
  • Creen en una eterna alternancia de mundos que nacen y desaparecen, en “reiterados crepúsculos de los dioses”, ej.: cataclismos, catástrofe cósmica.
  • No creen en el juicio final, ni en el advenimiento de un reino de dios…
  • No han sido creado por Dios, ni a la voluntad de un creador.
  • El origen del hombre, al igual que el Cosmos, es por  Manifestación del Principio Supremo de emanación. (Para ampliar más información: el emanantismo. )
  • No está sumiso a Dios.
  • La religiosidad griega no es servidumbre.
  • Dios se concibe como la Suprema Razón que se manifiesta en el Orden del Mundo, un vínculo Dios-Hombre, Idea esencia del mundo griego, siendo una común racionalidad. No dudaban de una Realidad Superior que les era evidente.
  • Los griegos buscaban la sabiduría, los judeocristianos buscan ansiosamente las revelaciones y la obediencia para llegar a Dios.
  • El griego confía en  una comunidad que abarca a hombres y dioses, la Polis de Atenas. Los dioses, como el hombre, han de encontrar el origen de su existencia en la Manifestación (por emanación) del Principio Supremo. Héroes como Teseo (Rey sacro de Atenas) y Ulises (Rey sacro de Ítaca) representan el guerrero espiritual, restaurando, equilibrando y armonizando el microcosmos que hay dentro de ellos, así forman parte del entramado mundo suprasensible del macrocosmos. La enseñanza de ambos héroes es  superar cualquier tipo de barrera que suponga un obstáculo para el recorrido iniciático que lleve a la Gran Liberación y de volver a nuestra génesis primera: incondicionada, eterna, divina…
  • La unión de los dioses en torno a una ciudad en los momentos críticos debía responder a la unión de los hombres, unión en la que la fuerza y la eficacia simbólica se expresaban en momentos como las Panateneas. Tanto en las Panateneas en Atenas y las Jacintias en Esparta, por poner el ejemplo de las fiestas más fastuosas de dos ciudades, es la manera de volver a renovar el pacto que une a la ciudad con sus dioses y que garantiza el orden y la prosperidad.
  • La cultura griega que precede a la era cristiana no tiene como ideal la santidad, sino la armonía tanto espiritual como corporal: el justo medio. En la medida en que los deseos espirituales y los deseos corporales corresponden a un deseo natural, ambos son conciliables; sin embargo, la exaltación y la pasión de Cristo los hace contradictorios.
  • Los griegos no se definieron a sí mismo como politeístas. La palabra politeísta la inventó Filón de Alejandría, filósofo cuya religión de origen fue judía… Una religión politeísta se caracteriza por la pluralidad de fuerzas divinas y de cultos. La diversidad de dioses no es contradictoria con la idea de unidad de lo divino. El politeísmo se parece al sistema de la “muñecas rusas”.
  • El griego honraban a una divinidad con respeto, educación, rezan de pie con la mirada dirigida al cielo, brazos extendidos: «A Palas Atena, ilustre diosa, comienzo a cantar, la de ojos de lechuza, rica en industrias, que un indómito corazón posee, doncella venerable, que la ciudad protege, valerosa, Tritogenia, a la que solo engendró el industrioso Zeus en su santa cabeza, de belicosas armas dotada, doradas, resplandecientes.» 28º Himno Homérico, c. s. VII a. C.
  • La religiosidad griega, de base indoeuropea, es la religiosidad de nuestro mundo y una de sus semillas más características es que no conocían el sentimiento del pecado, no se sentían víctima, para ellos no existía el miedo ni el sufrimiento, ni la mortificación para elevarse ante Dios.
  • El tema del alma es universal, pero es una célebre desconocida en nuestra sociedad. En veintiún siglos que llevamos las religiones nos hablan de Dios pero se les ha pasado un detalle muy grave: enseñarnos a hablar con Dios y entrar en comunión con nuestra alma. No importan sus mil nombres: Yavé, Padre, Tao, Zeus, Olorum. Lo más importante es conectar con nuestra fuente originaria y unirnos a su presencia. A  Pablo de Tarso se le pasó revisar las fuentes originarias del hombre griego que empezaba a hablar de dioses y estrechar un lazo de conexión íntima donde se identificaba profundamente con el el Ser Supremo y nunca dejaba en el olvido la existencia de la trascendencia. Por ejemplo, los dorios ejercían un tipo de espiritualidad Solar, pues para ellos la búsqueda de la Trascendencia no era ajena ellos. El pueblo griego conocía, gracias a sus ancestros, la Iniciación Espiritual, como era el caso de los Misterios Mayores de Eleusis, la mística de Samotracia, los misterios de Delfos, con una notable influencia de la escuela pitagórica, cuyos misterios constituyeron una de las más prestigiosas iniciaciones en la antigüedad.
  • El hombre griego quiere honrar a la Divinidad manteniéndose en medio de la fatalidad de la vida humana. Honraban la divinidad que hay en él.

Para concluir, citaré un poema de  Ricardo Reis que resume muy bien el espíritu griego:

Vosotros que, creyentes en Cristos y Marías,
turbáis de mi fuente el agua clara
sólo para decirme
que hay aguas más alegres
bañando prados con mejores horas.
¿De las otras regiones para que hablarme
si estas aguas y praderas
son de aquí y me agradan?

Esta realidad los dioses dieron
y para bien real la dieron externa.
¿Que serán mis sueños
más que la obra de los dioses?
Dejadme la Realidad del momento
Y mis dioses tranquilos e inmediatos
que no moran en lo Incierto
sino en los campos y ríos.
Dejad ir mi vida paganamente
acompañada por avenas tenues
con que los juncos de los márgenes
se confiesan de Pan.
Vivid vuestros sueños y déjame
el altar natural donde es mi culto
y la visible presencia
de mis cercanos dioses.
Inútiles procos de lo mejor de la vida,
dejad la vida a los creyentes más antiguos
que Cristo y a su cruz
y María llorando.
Deméter, dueña de los campos, me consuela
Y Apolo y Venus, y Urano antiguo
Y los truenos, con la ventaja
de ir de la mano de Júpiter.

Para saber más:

Jaeger, Werner. Cristianismo primitivo y paideia griega. 

Filosofía griega y cristianismo

Pablo en Atenas

Religiosidad Nórdica

El Emanatismo (Eduard Alcántara)

 

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