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La Estigia

Esta brota sólo de aquella roca, como gran castigo para los dioses. El que de los inmortales que habitan la cumbre del nevado Olimpo, vertiéndola, hace un falso juramento, yace tendido sin aliento hasta que se cumple un año; y no puede acercarse a la ambrosía, néctar ni alimento alguno, sino que yace sin respiración y sin voz en revestidos lechos, le cubre un sopor maligno. Luego, cuando termina la gran enfermedad al cabo de un año, otra prueba más difícil sucede a la anterior. Está apartado de los dioses que siempre existirán durante nueve años, y no asiste nunca al consejo ni a los banquetes durante nueve años; al décimo, de nuevo interviene en las asambleas de los inmortales, que habitan las mansiones del Olimpo. Pues tal juramento lo hicieron los dioses por el agua imperecedera de la Estige dice según algunos. Hesíodo en la Teogonia (792-805)

Gustave Doré: La travesía del Estigia (La Traversée du Styx, 1861).

La Estige, igualmente río de los Infiernos, se presenta después del Aqueronte a los que llegan a los lugares inferiores; diferentes autores creyeron que ella nació de distintos padres. Así, Hesíodo en la Teogonía (776-9) cuenta que la Estige nació de Océano en estos versos: La terrible Estige, hija mayor de Océano, que fluye en sí mismo. Lejos de los dioses habita un espléndido palacio, con techo de grandes rocas, con columnas de plata alrededor de toda ella fijadas hasta el cielo.

 En la Teogonía de Hesíodo la ninfa Éstige aparece como la hija de Tetis y de Océano, pero en general, Éstige aparece identificada con uno de los ríos del Tártaro; es la corriente tenebrosa que amenaza a los violadores de los juramentos. Según cuenta otra versión, Éstige fue la primera gran aliada de Zeus en su batalla contra los Gigantes y agradecido Zeus por su fiel colaboración hizo a Éstige la guardiana absoluta de los juramentos solemnes. De esta manera, Éstige se ocupaba  tan sólo de los juramentos de los dioses. Según Hesíodo, Éstige habita lejos de los dioses en un palacio que coronan rocas elevadas, sustentado por columnas de plata. De tarde en tarde recibe la visita de Iris, la mensajera de Zeus, que viene a buscar el solemne juramento de los dioses; esto supone que hay un conflicto entre los inmortales y Zeus decide resolverlo sometiendo a juramento a los querellantes. Según la tradición Iris recoge agua del manantial helado de Éstige y la lleva al Olimpo en una jarra de oro. Aquel de los dioses que utilice este líquido mágico para apoyar un perjurio sufrirá un castigo terrible: durante un año se verá privado de la respiración y tampoco tendrá acceso al néctar ni a la ambrosía; en los nueves años siguientes habrá de vivir lejos del Olimpo, sin participar en sus asambleas no en sus banquetes.

“¡Hombres ignorantes, ofuscados para prever el destino de lo bueno y lo malo que os acucia. También tú,
efectivamente, por tus insensateces has causado un desastre irreparable. Sépalo, pues, el agua inexorable de
la Estigia, por la que los dioses juran. Inmortal y desconocedor por siempre de la vejez iba a hacer a tu hijo, e
iba a concederle un privilegio imperecedero. Mas ahora no es posible que escape a la muerte y al destino
fatal” (Himno a Deméter)

 Homero en el libro V (184-6) de La Odisea reitera la idea desplegada por Hesíodo: Ahora sepa esto la tierra y el ancho cielo desde arriba y el agua que huye de la Estige, éste es el mayor y más temible juramento para los dioses bienaventurados.

Platón en el Fedón (113b-c) demostró no sólo de qué modo fluye la Estige en los infiernos sino también qué color tiene; El cuarto cae primero en un lugar terrible y agreste, según se dice, con un color en total como el lapislázuli al que llaman Estigio; y a la laguna, que forma el río al desembocar, Estige. Este río, puesto que fluye bajo tierra y tiene un agua muy desagradable, se consideró que bajaba hasta los infiernos y que era el río de los lugares inferiores, el que por lo desagradable fue llamado Estige, como si fuera stygeros, lo que para los griegos significa odioso. Se dice que en este río así como había otros muchos seres monstruosos, así también peces delgados hasta tal punto que parecían semejantes a sombras de peces más que peces, según dice Pausanias en Los asuntos de Fócide (X 28,1). Aquí eran negros todos los animales y negras las ranas, como dice el poeta (Juv. II 149-51): Hay algunos manes y los reinos subterráneos y la pértiga y negras ranas en el torbellino estigio y tantos miles atraviesan el vado en una sola barquilla.

Es muy común también encontrar referencias sobre la Estigia en los epigramas funerarios griegos:

Si el cruel destino permitiera redimir las almas y la salvacion

de otros pudiera ser rescatada con la muerte, todos

los dias que mi vida tiene destinados de buen grado los

 daria a cambio de tu vida, Homonea querida. Mas ahora,

en lo que pueda huire de la luz y de los dioses, para

seguirte a la laguna Estigia cuando la muerte me llegue a su

debido tiempo.

 Para terminar, y como dato curioso, en las frías aguas de la Estigia había bañado Tetis a su hijo Aquiles para hacerlo invulnerable.

 

BIBLIOGRAFÍA
Diccionario de mitología griega y romana (Lexicon)
Enciclopedia ilustrada de mitología (Grandes Temas)

Enlaces de interés sobre la misma temática:

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Himno homérico a Deméter

Los himnos homéricos son una colección de 32 a 34 poemas épicos cortos griegos, que en la antigüedad solían atribuirse a Homero.

En la actualidad, se considera que el más antiguo de ellos, el dedicado a Deméter, fue escrito en el siglo VII a. C., en tiempos de Hesíodo, algo más tarde que la fecha normalmente atribuida a Homero. Esto los sitúa entre los más antiguos monumentos de la literatura griega.

Cada uno de los himnos está dedicado a un dios y destinado a ser cantado por un aedo como preludio o proemio (en griego, προοίμιον: prooimion) antes de pasar a uno más largo. Los himnos varían ampliamente en longitud, siendo algunos tan breves como tres o cuatro líneas, mientras que otros exceden las quinientas. Estos himnos alaban a deidades concretas en hexámetros dactílicos, la métrica usada en las épicas homéricas.

Himnos homérico a Deméter

Por tí Deméter augusta, la de hermosa cabellera

entonamos este himno, y Perséfone tu hija

a la que Hades robó , con el permiso de Zeus,

cuando en aquella ocasión, alejada de su madre

mientras alegre jugaba con las hijas de Océano

al par que cogía flores: azafrán, violetas, rosas

y gladiolos y jacintos, y narcisos delicados

que la tierra hizo brotar para halagar a los dioses.

 

Pero una brecha se abrió en la llanura de Nisa,

y allí surgió el Soberano con sus yeguas inmortales

el que fuera hijo de Crono y que tiene tantos nombres,

y aunque puso resistencia, de ella se apoderó,

terribles fueron sus gritos que suplicaban a Zeus,

más ninguno de los dioses ni de los hombres mortales

ni siquiera los olivos se apiadaron de su voz.

 

(…)

“Sol que todo lo alumbras, ayúdame al menos tú,

si alguna vez, de algún modo, fui grata a tu corazón.

la hija a la que parí, mi más querido tesoro,

escuché su agudo grito, que resonó por el cielo

como quien sufre una afrenta, mas no pude ver quién era.

Tú que todo lo contemplas en la Tierra y en el Mar

díme si has visto a mi hija y quién me la ha arrebatado.”

(…)

“Ningún otro es el culpable sino el mismísmo Zeus

que con Hades hizo un pacto para entregarle a tu hija

y que así fuera su esposa: y él se la ha llevado al mundo de las tinieblas

A pesar de sus gritos, en su carro sombrío.”

(…)

Un dolor mucho más cruel se apoderó de la Diosa

y vagó entre los mortales alejada del Olimpo,

así llegó cierto día hasta la tierra de Eleusis

donde gobierna Celeo, que es el rey de esta ciudad.

y a la vera del camino se sentó junto a un olivo

muy cerca de un pozo donde sacaban agua los hombres.

Y tomando la apariencia de una anciana venerable

se la encontraron las hijas del soberano Celeo.

(…)

“Yo soy la diosa Deméter, la que ofrece las cosechas,

y dispongo que en mi honor se me levante un gran templo

y un altar dentro de él al pie de la ciudadela

pues de ahora en adelante me rendiréis pleitesía.”

Y al decir estas palabras mudó de aspecto la diosa

se quitó la vejez y volvió a ser hermosa,

una luz cegadora de su cuerpo salía.

(…)

Por fin ordenó Celeo que construyeran un templo

y un altar en su interior como la diosa quería.

Y hasta que no lo acabaron ningún hombre descansó.

Allí la diosa Deméter, alejada de los dioses

permanecía muy triste, apenada por su hija.

Y aquel año provocó que fuera el más espantoso,

que los hombres conocieran sobre la tierra fecunda.

pues en ninguna región medraba semilla alguna,

que Deméter se encargaba de mantenerlas ocultas.

(…)

HERMES:

‘Hades de oscuro cabello, soberano de los muertos,

el padre Zeus te ordena que dejes libre a Perséfone

y que vuelva con su madre para que cese su odio,

pues ya tiene planeado aniquilar a los hombres

y ha ocultado la semilla, para que no hagan ofrendas

y alejada del Olimpo alimenta su rencor

y sentada permanece junto a su templo de Eleusis.

 

(Coro)

Así habló el Argicida y escuchó sus palabras

El señor de los muertos, que a Perséfone dijo:

 

HADES:

‘Debes volver con tu madre y que te vea contenta,

Yo seré un esposo digno, pues soy hermano de Zeus

y mientras estés conmigo serás reina soberana…

(coro)

Al escuchar sus palabras, Perséfone se alegró

pero antes de partir tomó un grano de granada,

que es dulce como la miel y que Hades le ofreció

porque sabía que así tendría que regresar.

(…)

Zeus Al fin envió a Rea con un mensaje

para traer a Deméter junto al resto de los dioses,

y prometió concederle los honores que quisiera.

También vio con buenos ojos que la muchacha estuviera

una parte entre tinieblas y dos partes con su madre.

A cambio Zeus le pedía que cesara en su rencor

e hiciera crecer el fruto que da la vida a los hombres.

Al oir esto Deméter serenó su corazón

e hizo brotar el fruto en los campos de labranza

y la tierra antes estéril se convirtió en un jardín.

 

Desde entonces en Eleusis , en honor de la diosa

se celebran los misterios que no se pueden contar.

¡Felices aquellos hombres que los hayan conocido!

 

Para más ampliar más sobre la temática os recomiendo:

Perséfone

Hades

El Hades

Los Misterios en la antigua Grecia

Eleusis

El culto contra el miedo a la muerte

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La fe en la inmortalidad

Campos Elíseos

El pensamiento homérico sobre el alma refleja la resignación y no el deseo del hombre, cuya existencia después de la muerte, se reduce a vagar como un alma en pena, existiendo sin duda, pero carente de todo sentido. Pero la cuestión es: ¿no existía ningún deseo de poder alcanzar otro tipo de vida más vivificante y estimulante a la hora de morir? En los poemas de Homero, la concepción del alma, después de la muerte, es la de no descansar siquiera de las extenuaciones de la vida (el alma de Sísifo, la de Tántalo, por mencionar algunos ejemplos que hemos comentado en este blog) pero tampoco sigue existiendo. Parece que el reino del Hades no ofrece una luz de esperanza, aunque sea una llamita tenue y ligera. El Hades es el fin para el hombre, cerrando así cualquier vestigio de luz y esperanza.

La única vía de esperanza para eludir el lóbrego reino del Hades era que los dioses te enviaran a los Campos Elíseos, un lugar donde la luz es eterna, nunca hay nieve, ni largo invierno, ni vientos ni lluvias, acompañado de una paz inquebrantable y eterna.

Según la creencia más popular, un dios podía, de repente, sustraer a un mortal protegido suyo y llevárselo a la eternidad, bien sea a los Campos Elíseos o al Olimpo. De manera arbitraria, en algunos casos, y otras por parentesco directo con el dios, el mortal pasaría a ser inmortal.

En la Odisea (Canto IV. 560) Proteo, que tenía el don de leer el porvenir, le profetisa a Menelao que los inmortales te enviarán a los Campos Elíseos y le enfatiza que es un lugar donde los hombres viven dichosos. Proteo le hace ver que, cuando llegue su hora, no acabará su vida, dice de él el poema; en otras palabras, Menelao no tendrá que morir para ir a los Campos Elíseos pues irá vivo y tampoco le arrebatará la muerte una vez alcanzado los Campos Elíseos. Entendemos que el alma de Menelao (Psique) no tiene que separarse de su cuerpo ni ser sepultado. Por lo tanto, los Campos Elíseos es un lugar inasequible para los demás mortales, solamente para algunos privilegiados: a Menelao le garantizan un lugar especial de bienaventuranza e inmortalidad. La inmortalidad de los dioses tiene además otros disfrutes como el néctar y la ambrosía. Así pues, el hombre que se alimente de estos divinos regalos se convierte en dios, en inmortal. En suma, Menelao es transportado vivo a la eterna vida gozosa y plena de felicidad, a un lugar especial.

Zeus, dios soberano.

¿Es la virtud y el mérito los que dan derecho a la futura bienaventuranza? En los poemas homéricos no hay el menor rastro de que sea así. Menelao no se distingue especialmente por ninguna virtud concreta, será transportado a los Campos Elíseos simplemente porque su matrimonio con Helena lo hace yerno de Zeus, tal como lo anuncia Proteo; en la otra cara de la moneda nos encontramos a Aquiles hundido y desolado en el reino de las sombras en el Libro XI de la Odisea:

No me consueles de la muerte, ilustre Ulises. Preferiría estar en la tierra y servir a un hombre pobre, sin muchos medios de vida, que ser el señor de todos los consumidos.

Esquema de dos mundos opuestos:

Aquiles

Tártaro, la muerte, separación de la psique del cuerpo, desolado, hundido, una sombra vagando. Aquiles es virtuoso, como guerrero y persona.

Menelao

En los Campos Elíseos, permanencia de la psique en el cuerpo, la evitación de la muerte, un privilegio. La virtud no es su fuerte.

Hay que precisar que aquellos inmortales que terminen su vida en los Campos Elíseos llevan una vida consciente interminable, eterna, pero no se les confiere ningún poder divino, ni salir más allá de los confines de la tierra.

Por otro lado, en el ámbito religioso, los héroes de la epopeya homérica no están a la altura de los dioses. Es decir, en la época homérica no hay indicios de que se realicen rituales en honor a Menelao o a Heracles para que sean los intermediarios entre los dioses y los hombres, sino que son fuerzas divinas de pleno derecho que tienen un trato de culto propio, unos santuarios florecientes y, por supuesto, detrás, una mitología indeleble e inquebrantable. Es muy común que, casi siempre, cada héroe es conocido solamente en su territorio, excepto Heracles que traspasó fronteras.

Pero, entonces, ¿qué virtudes tiene que tener un héroe para terminar su vida en los Campos Elíseos? Probablemente, en el caso de Menelao, fuera más un anhelo del espíritu poético de Homero que una necesidad de orden religioso, incluso dicha decisión iba más allá de una creencia popular. Es decir, sólo se subraya el deseo poético, apoyándose en la libertad de la poesía. Lo que sí podemos estar seguro es que el culto religioso no tuvo un peso influyente en la decisión de mandar a Menelao a los Campos Elíseos, sino más bien Homero intenta revelarnos el tema del tránsito hacia la eternidad.

Igualmente, hay otros casos en el que los dioses se llevan a los mortales a la morada de los dioses, al Olimpo, como un regalo exclusivo, que puede ser un don especial que los dioses aprecian y quieren compartir. En este caso, destacamos la figura de Ganímedes.

Ganímedes, el más bello de los mortales, de quien se dice que fue arrebatado por los dioses para ser transportado al Olimpo y vivir allí eternamente, como copero de Zeus. Fue el propio Zeus quien, transformado en águila, se lo llevó por los aires hasta el Olimpo. El rapto de Ganímedes ha sido una fecunda fuente de inspiración para la literatura griega y romana desde Homero (Ilíada V, 265; XX, 232) hasta Ovidio (Metamorfosis, X, 155).

¿Por qué la leyenda de Ganímedes tuvo tanta repercusión en aquella época? En mi opinión, la creencia según la cual un dios o una diosa podía, de repente, despojar a un mortal de su vida sin ser visto por nadie, como es el caso de la joven Core (conocida como Perséfone después de que Plutón la raptara al Hades) o Ganímedes, servía para explicar las desapariciones de individuos que jamás regresaban a su hogar, por circunstancias imprevistas, o de soldados que desaparecían en combate. Imaginaos salir de casa a dar un paseo y desaparecer de la faz de la tierra. ¿Qué impacto tendría en su familia? Era pues una justificación, de carácter divino, para exponer las desapariciones en combate, los raptos, la fuga premeditada, etc. Sin embargo, según la creencia antigua, los raptos de Ganímedes y Orión reflejarían los astros que se observan en los fenómenos del cielo y que debían ser explicados. En estas leyendas cabe destacar que a los fenómenos celestes se les consideraban seres animados y dotados de alma como a los hombres. El significado de estos mitos refleja que si los dioses elevan a Orión a su reino, cualquier mortal puede llegar a gozar de la misma suerte, contando con el favor de un dios. En el caso de Perséfone, después de ser raptada por Hades, Zeus, como intermediario, estableció que Perséfone volvería con su madre, Deméter, llegando con ella la primavera y volvería a descender al mundo de las tinieblas al llegar la época de la siembra.

En síntesis, la inmortalidad ofrece más ventajas que desventajas. Sin embargo, escudriñando los poemas de Homero, hay que ver la inmortalidad desde otra óptica. En la Odisea (Canto V. 209) la ninfa Calipso, enamorada de Ulises, le ofrece la inmortalidad siempre y cuando renuncie a su identidad. La reflexión de Ulises es la siguiente: si olvida quién es, también olvidará adónde va y nunca alcanzará su logro espiritual. Supongamos que Ulises aceptase la oferta de Calipso, si cediese a la tentación de ser inmortal, dejaría en ese instante de ser un hombre, no sólo porque se convertiría en un dios sino porque eso le llevaría al exilio, renunciando para siempre a vivir con los suyos, por lo que perdería su propia identidad. Con más rotundidad, al aceptar la inmortalidad, Ulises dejaría de ser Ulises y ya no sería el Ulises que todos conocemos: rey de Ítaca, marido de Penélope, hijo de Laertes…

El propio Zeus nos hace entender que Ulises es el más sabio de todos los humanos; Atenea es su escudo protector (Odisea, Canto V. 7). Ambos ven que su principal destino es comportarse en la tierra como el representante de los dioses a nivel del Gran Todo. Aunque Ulises es mortal, es un Zeus pequeño al igual que Ítaca es un mundo pequeño y el objetivo de su periplo en la Odisea se le hace tortuoso, retorcido, doloroso, con muchas pérdidas alrededor suya. Pero Ulises continúa hacia delante y declina la inmortalidad que le ofrece Calipso. Su único anhelo es hacer que la justicia reine por las buenas o por las malas, si hace falta y alcanzar la armonía, su destino. Por eso Zeus no permanecerá insensible a este proyecto que le recuerda al suyo, cuando tuvo que reestablecer el orden dentro del caos inicial que había en el universo (Teogonía). Ulises, por fin, después de diez años preso en la isla de Calipso, y gracias a la intervención de Atenea, pudo seguir el impulso de su espíritu.

Ahora sabemos de dónde viene y adónde va Ulises: del caos al cosmos pero a su nivel, que es humano, pero que a su vez refleja el orden cósmico. Es un itinerario de sabiduría pero a su vez un camino tortuoso, polvoriento, de mucho sufrimiento, cuyo fin, sin embargo, es el de alcanzar la sabiduría aceptando la condición de mortal que es la de todo ser humano.

Ulises

Ulises nos enseña la lección más importante: la inmortalidad es para los dioses no para los humanos y no es lo que uno debe buscar desesperadamente en esta vida. En síntesis, las líneas maestras que Ulises nos enseña son:

  1. Es muy importante pertenecer a una comunidad armoniosa, a una patria (un cosmos).

  2. Dar la espalda a nuestra naturaleza y arrancar nuestras raíces que están conectadas con los verdaderos valores e hilvanadas a nuestras tradiciones ancestrales es desviarnos de los propósitos del cosmos y, por lo tanto, representa la peor forma de despersonalización que pueda conocerse en la vida. No podemos caer en el olvido. Ulises tiene que luchar para no bajar al destierro, al olvido y, por encima de todo, su único fin es alinearse con su verdadero Yo, aquél que perdió cuando lo arrancaron de su patria.

  3. La guerra de Troya, fiel reflejo de nuestro mundo actual, es una máquina de engullir a miles de jóvenes, un desarraigo sin igual para unos soldados llevados a la fuerza lejos de sus hogares, lejos de toda civilización, de toda dicha, lanzados a un universo que no tiene nada que ver con la vida en armonía y equilibrio. Esta visión es muy importante para entender el universo como parte elemental de nosotros. Hoy día, nos están arrancando nuestras raíces, el desorden y el caos son esos grandes agujeros negros de nuestras vidas.

  4. Más allá de su dimensión casi iniciática en el plano humano, incluso de los aspectos cosmológicos, esta concepción de la búsqueda de la armonía, una reconciliación con el cosmos, posee también una dimensión metafísica que guarda relación con el tema de la muerte. Para los griegos, lo que caracteriza a la muerte es la pérdida de la entidad. Aquí la muerte no sería física: Ulises nos alienta a que jamás dejemos de ser personas trascendentales para convertirnos en zombis de la sociedad, sombras carentes de identidad, en masas ignorantes que abandonan su verdadera patria, para terminar siendo anónimos, luces y sombras que parpadean sin brillo llevando consigo la pérdida de nuestra individualidad.

  5. Ulises busca la inmortalidad en la sabiduría. Se sacude de todas las irrealidades, de sueños utópicos y de fluctuaciones inestables que va sorteando a su paso.

 

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Caos

PANGEANos referimos a una inmensidad vacía que, según los antiguos griegos, había precedido a la formación del Universo. En el seno de este abismo primordial coexistían en cierto modo, estrechamente unidas, dos entidades difícil de definir para nosotros: Érebo, por un lado, la Tiniebla, y, por otra lado, la Noche, relacionada con Nix. La Noche tuvo reconocimiento entre los antiguos, que la consideraron la más antigua de todos los dioses, puesto que ocupó un lugar antes del nacimiento de todos los dioses y la informe materia que se llamó Caos. Algunos pensaron que ella nació de esa misma materia informe, según atestigua Hesíodo en la Teogonia (123): De Caos nació Érebo y la negra Noche. Al separarse ambos del Caos, dieron lugar al nacimiento de Urano, el Cielo y de Gea, la Tierra. La concepción judeocristiana de la formación del universo es fruto de una intervención divina denominada la Creación; para los griegos, sin embargo, el universo no fue creado por un Dios trascendente, sino que se formó por sí solo, por un impulso espontáneo. Por eso, los dioses griegos, empezando por Urano y Gea forman parten integrante del Universo. En definitiva, los dioses son inmortales y poseen unos poderes de los que carecen los hombres, pero, como estos, forman parte del mundo y están en el mundo, mientras que el Dios bíblico es exterior al mundo, que es su criatura, e independiente de él.
Por otra parte, el Caos no sólo está presente dentro de la Cosmogonía griega, sino también en algunos personajes representativos de la esfera de la antigua Grecia.

En la Odisea, El propio Zeus nos hace entender que Ulises es el más sabio de todos los humanos, porque su principal destino es comportarse en la tierra como el señor de los dioses a nivel del Gran Todo. Aunque Ulises es mortal, es un Zeus pequeño al igual que Ítaca es un mundo pequeño, y el objetivo de su viaje tan penoso, como de su vida entera, es hacer que la justicia, es decir la armonía, reine por las buenas o por las malas si hace falta. Por eso, Zeus no permanecerá insensible a este proyecto que le recuerda al suyo, cuando tuvo que reestablecer el orden dentro del Caos inicial que había en el universo. Por eso se interpreta que en el personaje de Ulises hay una transición del caos al cosmos, a escala suya, que es humana pero que refleja el orden cósmico. Es un itinerario de sabiduría, pero a su vez un camino tortuoso, polvoriento, penoso al máximo, cuyo fin, sin embargo, es alcanzar la vida buena, el equilibrio, el orden, aceptando la condición de mortal que es la de todo ser humano.
En la tragedia griega tanto el universo divino como el humano, son presentados como un gran conjunto permanentemente en conflicto, de Caos; en continua tensión, sin posibilidad alguna de alcanzar un reposo o una quietud que sea la manifestación de una conciliación o una elevación que recoja y supere el estado anterior. Tensión y conflicto que expresan la realidad de la polis; el deseo de hacerse cargo de sus dilemas y no de encubrirlos, de recoger sus disputas, problemas y necesidades.

Recomendamos:

  1. El gran libro de la mitología griega: basado en el manual de mitología griega de H. J. Rose (Historia)
  2.  Mitología griega y romana
  3.  Diccionario de mitología griega y romana (Lexicon)
  4. Breve historia de la mitología griega
  5. Introducción A La Mitología Griega (El Libro De Bolsillo – Humanidades)
  6. Diccionario de mitología griega y romana: Con referencias sobre la influencia de los temas y motivos antiguos en las artes plásticas, la literatura y la música de Occidente hasta la actualidad

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La Esperanza, ¿es un bien o un mal?

Pandora

Pandora

(…) Yo le hice pecar. Yo le hice desear ser más, por mi culpa tuvo esperanza.
Interesado por este asunto, pregunté:
¿Pero no es siempre la esperanza un bien, incluso en este caso y por breve que sea?
No es en mi opinión un bien la esperanza, muchacho, sino un mal y el peor de todo. Cuando Pandora cerró su caja, de la que escapaban todos los males, y la cerró a tiempo sólo al irse a escapar la esperanza, la divina esperanza, guardó en reserva el mal más terrible de todo, el incurable. La incurable esperanza humana de que un día seremos felices, o de que una soleada tarde de primavera, aromada por un lilo de flores blancas en torno a las cuales danzan las abejas, sea colmada alguna vez.

Yo no tengo esperanza, Redkins, porque aún reconociendo que es un bien, es un bien que daña mi instalación en la vida. A mi edad- Declaré solemnemente parándome en medio de la noche- ­ esperanza se reduce a energía vital, a gana de vivir. Y la gana de vivir parece un instante eterno que se colma instante tras instante según va produciéndose.
 

Lo que yo quise decir entonces (y que ahora, melancólico, veo con más claridad) fue que como consecuencia de mi juventud, yo hacía aquellos años un elogio ronsardiano de la vida, del disfrutar cada momento por sí mismo y no, como los viejos entonces, como yo mismo ahora, maldisfrutar de este ahora en aras de un presunto mañana mejor. O, sencillamente, dejarme arrastrar por la incurable vertiginosidad del tiempo y no ser capaz de pararme en medio de este ahora mismo y ahí plantarme con tenacidad heróica.
 
Así es como yo vivía la esperanza entonces, pero eso no se llama esperanza, ese sentimiento de presencia o, como mucho, de espera. Tener esperanza de un bien me desasosiega, me inquieta, me impide disfrutar del bien que ahora mismo tengo entre manos, por eso, de joven, el lugarteniente Aloof nunca llevó reloj. (…)

Ha caído en mis manos el libro de Álvaro Pombo: La previa muerte del lugarteniente Aloof. El texto que hemos leído anteriormente me invita a reflexionar y a compartir con vosotros el siguiente debate: ¿es la esperanza un bien o un mal?

Según Hesíodo (Los Trabajos y los Días), Zeus ordena a Hefesto fabricar a la mujer, “digna de amar”, una mujer que va a enamorar locamente a los hombres. Cada uno de los dioses le dan un talento, una gracia, un atractivo: Atenea le enseña el arte del tejido, Afrodita le brinda la belleza absoluta y el don de suscitar el deseo “que hace sufrir” y provoca “los problemas que os dejan destrozados”. Dicho de otro modo, Pandora será la seducción hecha mujer; Hermes le pone un “corazón de perra y modales disimulados”: es decir, que Pandora querrá siempre, como dice Hesíodo, “bastante más”; esto es lo que significa el “corazón de perra”. Será insaciable en todos los planos: comida, dinero, regalos, siempre necesita más, pero también, claro está, en materia sexual, su apetito tampoco tiene límite. En cuanto a sus “modales disimulados”, significa que puede seducir a cualquiera, porque se le dan bien todos los argumentos, todas las argucias y todas las mentiras más deliciosas.
Zeus pretende que los hombres amen su propia desgracia. Además, regalará una extraña tinaja (“la caja de Pandora”) en la cual Zeus se ha ocupado de meter todos los males, todas las desgracias y todos los sufrimientos que se abatirán sobre la humanidad. Sólo la esperanza quedará encerrada en el fondo de este recipiente funesto. Entonces, Pandora fue enviada como regalo a Epimeteo, hermano de Prometeo, que seducido por su encanto la tomó por esposa, desoyendo los prudentes consejos de su hermano, que le había prevenido contra los regalos de los dioses. En su casa Epimeteo guardaba dicha “caja” que había prohibido tocar a su esposa. Pandora, demasiada curiosa, la abrió en cuanto tuvo oportunidad y todos los males del género humano que allí estaban encerrados escaparon y se extendieron por el mundo. Pandora consiguió cerrar la caja, pero demasiado tarde: sólo quedó la Esperanza (la Eris, para los griegos), tan engañosa a menudo para los mortales. Según otra versión, la caja encerraba todos los bienes que estaban destinados a los hombres, que de este modo los perdieron. Del mismo modo, como la Eva bíblica, el mito de Pandora presenta a la mujer como la responsable de todas las miserias humanas.
Por lo tanto, podemos interpretar de dos maneras el debate aquí presente. En primera lugar podemos pensar que los humanos no tendrán ni siquiera una esperanza a la que aferrarse porque esta última no ha salido de la caja. También podemos comprender que sí les queda la esperanza, pero que no es ningún favor que Zeus les haya concedido. Para los griegos, la esperanza no es un regalo. Más bien es una desgracia, una tensión negativa, ya que esperar es estar siempre en falta de algo, es desear lo que no se tiene y, en consecuencia, estar en cierto modo insatisfecho y ser desgraciado. Cuando se espera sanar es que se está enfermo; cuando se espera un trabajo es que no se tiene, cuando se espera ser rico es que se es pobre, de manera que la esperanza es mucho más un mal que un bien.

Para ahondar más en el tema, analicemos el punto de vista de Hesíodo:

¿Cómo concibe Hesíodo la esperanza: como esperanza de bienes o de males?

La interpretación genérica es que lo era de bienes. Así, Hesíodo querría explicar que en el mundo, junto con los males escapados de la tinaja, hay bienes y alegrías, que pueden prevalecer sobre los primeros si el hombre obra realmente. En suma, que aún quedaría una esperanza, esperanza de bienes. Bajo esta premisa, si admitimos que la esperanza de la tinaja son de bienes, y no de males, debemos tratar de precisar si ella misma es un bien o un mal. En mi opinión, la esperanza tiene dos caras: a veces, aparece concebida en términos positivos; otras, en términos negativos. Todo depende de la actitud que adopte el hombre ante la adversidad. Así pues, puede realizarse como un bien, la buena esperanza, cuando da fuerzas al hombre para seguir luchando en una situación de infortunio. Por el contrario, puede ser un mal, la vana esperanza, cuando lleva al hombre a holgazanear, confiado en que las cosas, independientemente de su actuación, mejorarán. En efecto, en Trabajos y días, Hesíodo nos habla de la vana esperanza, propia del holgazán, que por su imprevisión se ve necesitado de sustento y sin suficiente alimento; como la Eris amarga, esta vana esperanza aparta del trabajo. Pero también hace mención de la buena esperanza. Hesíodo, sin embargo, vive en un mundo donde prevalece la injusticia y tiene la firme esperanza de que Zeus no permitirá esta situación y que, gracias al trabajo, acabarán triunfando el bien y la justicia sobre los males que se dispersaron fuera de la tinaja, representándose como la Eris buena, esta esperanza conduce al trabajo.
En definitiva, la esperanza que quedó retenida en la vasija debió de ser concebida por Hesíodo en términos positivos, de acuerdo con la mención anterior, en la idea de que sería el único instrumento que le queda al hombre para defenderse de los males de los que repletos están la tierra y el mar, aquello que le incita a seguir luchando, con la confianza puesta en que Zeus no permitirá que la situación lamentable en que vive continúe por mucho tiempo.
Pero si la esperanza es un bien, su presencia en la tinaja en compañía de los males parece incoherente. La cuestión es saber si realmente es incoherente o si lo es sólo en apariencia. Por mi parte, es incongruente que en una tinaja en la que había males tuviese cabida un bien. Ahora bien, hay una segunda contradicción: saber si la esperanza es algo reservado al hombre o, por el contrario, algo que le es negado. Una cuestión que está íntimamente relacionada con la función de la tinaja. También, podemos defender que la tinaja presenta una doble función: cuando contiene un mal sirve como prisión, mientras que, por el contrario, cuando es el recipiente de un bien sirve como despensa, teniendo entonces la aplicación habitual de las tinajas de las culturas primitivas. La razón de que aquí la misma tinaja presente las dos funciones tiene su explicación en un relato tradicional sobre el origen de los males acuñado por las antiguas religiones.

No sería la primera vez que se presente el mismo tema; nos referimos al pellejo de buey que Eolo entregó a Ulises (La Odisea, Libro X). En él estaban encerrados y atados los vientos que, caso de escapar y soplar, impedirían la llegada de Ulises a Ítaca. En este relato, cuando el héroe estaba cerca de su hogar, sus compañeros, aprovechando que Ulises dormía, desataron el odre y todos los vientos se precipitaron fuera, acarreándoles la desgracia. Pues bien, como en la narración homérica, la tinaja hesiódica contiene algo que no debe dejarse escapar, pues las consecuencias de esta acción habrían de ser funestas. Pero en ambas ocasiones se abre el recipiente y escapa el contenido para desgracia de Ulises y sus compañeros, en un caso, y para la perdición de los hombres, en el otro. Éste sería probablemente el sentido de la historia primitiva. En el caso de Hesíodo, le añade un nuevo elemento: la esperanza. Un bien, que, al quedar encerrado en la tinaja, está a disposición del hombre y recurre a él en caso de necesidad. Sólo al añadir Hesíodo este nuevo elemento adquiere la tinaja esa doble función y se produce la citada incongruencia en el relato.
Y para ustedes, ¿la esperanza es un bien o un mal?

Fuente de información recomendada:

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Edad de Oro

La Edad de Oro (Lucas Cranach, 1530)

La Edad de Oro (Lucas Cranach, 1530)

Nos referimos a un período mítico de los orígenes de la humanidad en el que los hombres vivían en la felicidad más completa en una especie de paraíso terrestre. El “mito de las razas”, tal como lo refiere Hesíodo, permite conocer en estado puro un pensamiento mítico vivo que reflexiona sobre la decadencia de la sociedad de su tiempo. Cuenta Hesíodo que fueron cinco las razas que se sucedieron desde el nacimiento de la humanidad. Los hombres de la Edad de Oro fueron los primeros, creados por los dioses Olímpicos, vivían en los tiempos que reinaba Crono. Como los dioses, vivían con “el corazón libre de preocupaciones, al margen de las penas y  las miserias”; siempre jóvenes, desconocían la enfermedad y la vejez. Pasaban el tiempo en un puro regocijo, ajenos a todos los males, y cuando llegaba la hora de la muerte “parecían sucumbir a un dulce sueño”. Poseían todo sin necesidad de trabajar o de luchar: “El suelo fecundo producía por sí solo una abundante y generosa cosecha y ellos vivían de sus campos, en la alegría y la paz, en medio de bienes sin cuento”

Vino a continuación la Edad de Plata, que correspondería al reinado de Zeus, caracterizada por una relativa degradación en relación con la anterior. Con la Edad de Bronce la degradación se acentúa y aparecen fenómenos como la guerra. Tras la Edad de Bronce viene la raza de los héroes, representada especialmente por los héroes de Tebas y los protagonistas de la guerra de Troya. La Edad de Hierro, por último, corresponde a la época de Hesíodo, última fase de decadencia. La descripción que ofrece el autor no presenta más que enfermedades, vejez, muerte e incertidumbre ante un futuro desconocido, angustia por el porvenir y trabajos sin fin. La Edad de Oro enmarcaba el reino de Dice, la Justicia, pero la historia posterior de la humanidad aparece como una larga sucesión de tropiezos y caídas en la hibris (la desmesura) y en la violencia.

En definitiva, Según el poeta griego Hesíodo, la decadencia moral del mundo en el que vivimos es consecuencia de la degradación producida a lo largo de cinco etapas que han marcado la evolución de la raza humana, su progresivo alejamiento de los dioses y su inexorable caída hacia el mal. Tales etapas son la Edad de Oro, la Edad de Plata, la Edad de Bronce, la Edad de los Héroes y la Edad de Hierro. Este mito sobre la evolución humana fue igualmente narrado por el escritor romano Ovidio, en el Libro I de su obra La metamorfosis, aunque sin mencionar la Edad de los Héroes.

Todas las culturas han intentado explicar la historia de la evolución humana, el origen de nuestra especie y las razones de nuestra existencia. Antes de que la ciencia lograra dar una teoría racional al respecto, las sociedades trataban de comprender estos problemas mediante relatos míticos, es decir, historias ejemplares que explican simbólicamente las relaciones del ser humano con el cosmos.

En Los trabajos y los días, Hesíodo explicó por qué los hombres vivimos como vivimos; más aún, explicó por qué no somos iguales que los dioses y hemos llegado a ser lo que somos. Y con un sentido claramente ejemplarizante, subrayó la importancia del trabajo y de la rectitud moral para garantizarse la supervivencia y favorecer el progreso de la humanidad.

Enlaces recomendados: la hybris; el mito en el pensamiento griego.

Fuentes de información:
LOS TRABAJOS Y LOS DÍAS (LITERATURA-OMEGA LITERATURA CLÁSICA)
Obras y fragmentos (B. CLÁSICA GREDOS)

 

 

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Metamorfosis

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Zeus y Leda

Como bien sabemos, en la mitología la metamorfosis de los dioses o de los hombres es un recurso común en numerosas leyendas: Narciso en flor, Procne en ruiseñor, Aracne en araña, etc. Los dioses son los únicos que pueden decidir su propia transformación. Por ejemplo, en la Odisea vemos a Atenea transformarse en pájaro o adoptar la apariencia de Mentor. Sin embargo, es Zeus quien aparece como el dios de las mil formas. Su leyenda es casi exclusivamente el relato de sus múltiples metamorfosis en animal, en fuerza de la naturaleza o en simple mortal. Por ejemplo, toma la forma de un cisne para unirse a Leda o la de un radiante toro blanco para raptar a Europa y llevarla sobre su lomo hasta Creta. Se presenta ante Dánae, encerrada en su torre, como una lluvia de oro que atraviesa una grieta del techo para caer en el regazo de la joven. En compañía de Hermes, se presenta bajo la apariencia de un simple viajero en casa de Filemón y Baucis. Estas transformaciones, como las de Proteo o las de Nereo, son siempre voluntarias y, sobre todo, reversibles. Proteo, por ejemplo, después de haberse transformado en león, serpiente, pantera, jabalí, agua o árbol, recupera su forma humana para responder a aquellos que, viniendo a consultarle, consiguen apresarle a pesar de su cambiante apariencia.

En el caso de los mortales, por el contrario, el cambio de forma es impuesto: la metamorfosis es el signo de poder de un dios irritado o, en ocasiones, benévolo. Es el procedimiento de intervención divina más corriente para vengar la moral escarnecida, castigar la hibris (desmesura) de los orgullosos o las afrentas personales a algún dios. La benevolencia mueve a los dioses, por ejemplo, a transformar a Filomena en pájaro para que así pueda escapar de Tereo que, después de violarla, la perseguía con un hacha para matarla. Inverso sería el caso de Licaón, convertido en lobo por haber dado de comer a Zeus carne humana cuando este vino a pedirle hospitalidad, o el de Acteón, convertido en ciervo por Artemisa y destinado a ser devorado por sus propios perros por haber sorprendido a la diosa desnuda.

Rapto de Europa

Rapto de Europa

Como se puede observar, allí donde existe el misterio brota el mito. Ahora bien, la metamorfosis se presenta la mayoría de las veces como una explicación del mundo poética, pero también simbólica y religiosa, como una justificación de cada una de las presencias familiares que rodean al hombre: convirtiendo a Dafne en laurel, queda justificada no sólo la existencia de esta planta, sino también sus características (su brillante follaje, su resistencia al invierno..). Por lo tanto, la metamorfosis es la expresión de una relación profunda del hombre con la naturaleza y la huella del pensamiento animista del hombre de los primeros tiempos. El animismo es un concepto que engloba diversas creencias en las que tanto objetos (útiles de uso cotidiano o bien aquellos reservados a ocasiones especiales) como cualquier elemento del mundo natural (montañas, ríos, el cielo, la tierra, determinados lugares característicos, rocas, plantas, animales, árboles, etc.) están dotados de alma y son venerados o temidos como dioses.

La metamorfosis aparece tanto en los llamados mito etiológicos (de los orígenes) como el de Níobe, cuyo cuerpo petrificado puede explicar la forma de una roca; como en los mitos cosmogónicos: Pirra y Deucalión, únicos seres humanos salvados del diluvio enviado por Júpiter, lanzan tras de sí los “huesos de su madre”, Gea, que al transformarse en mujeres y hombres permitirán el segundo nacimiento de la humanidad. También, el mito de la metamorfosis suele aparecer por tanto como un mito antropogónico y genésico (relacionado con el nacimiento) que proporciona al hombre una respuesta no solo a los misterios del mundo que le rodea, sino también al de su propia existencia.

En Homero, los dioses se metamorfosean para intervenir en la vida de los hombres, particularmente en el campo de batalla.

La metamorfosis fue también objeto de una reflexión filosófica sobre la transmigración de las almas y la reencarnación. Así, en el Timeo de Platón, el primer nacimiento del hombre es debido a una acción del demiurgo, pero sus reencarnaciones sucesivas dependen únicamente del buen o mal comportamiento que haya regido la existencia de las almas de los individuos; así, por ejemplo, las aves son la reencarnación de hombres sin maldad, mientras que los imbéciles se transforman en reptiles y gusanos, y los cobardes…¡en mujeres!.

Obras de referencias recomendadas:
Metamorfosis (Clásica)
Platon Timeo (LECTURAS DE FILOSOFÍA)

Enlaces recomendados de Animasmundi relacionado con la misma temática:

Mitos sobre el origen del Cosmos y de los Dioses

Teogonía

Metempsicosis

El mito de los Titanes

 

 

 

 

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