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La Epifanía de Atenea

Con el nombre de «Epifanía de Atenea» se conoce el momento en que esta diosa se aparece al bravo Aquiles en el primer capítulo de la Ilíada de Homero. Aquiles y Agamenón discuten acaloradamente sobre la conveniencia de emprender la guerra contra la amurallada Troya; en un momento de la discusión, Aquiles, encolerizado, está a punto de desenvainar la espada que lleva junto al muslo, para matar a Agamenón. Entonces, descendida del cielo por orden de Hera, se le aparece Palas Atenea para hacerle desistir de su intención; nadie de los presentes la ve, tan sólo Aquiles. El fragmento que narra este episodio es el siguiente:

Sacó de la vaina la gran espada; del cielo vino Atenea, / pues la había enviado la diosa Hera, la de blancos brazos, / que por igual amaba a ambos en su corazón, y se preocupaba por ellos. / Se puso detrás de Aquiles, y cogió al Pelida de la rubia cabellera, / apareciéndosele a él sólo; de los demás, ninguno la veía. / Se quedó estupefacto Aquiles; se volvió seguidamente, y al punto reconoció a Palas Atenea: sus ojos brillaban de un modo terrible. (Ilíada I,194- 200).

Todas las exégesis que se conservan sobre este fragmento coinciden en el comentario, por lo que es fácil advertir su carácter tradicional. Los versos de Homero, como todos los textos revelados, esconden una verdad mucho más amplia y rica de la que aparentan; por ello los comentaristas son necesarios para interpretarlos, más allá de su sentido histórico y anecdótico. Por ejemplo, Heráclito, el homérico, o el rétor, dice lo siguiente al introducir su glosa sobre el fragmento de la Epifanía de Atenea: Un saber brillante y eminentemente filosófico, expresado en forma alegórica, subyace en estas reflexiones. Incluso Platón, tan ingrato para con Homero en la República, tiene que reconocer, a partir de estos versos, que se ha apropiado de la teoría homérica sobre el alma.

Heráclito, como la mayoría de comentaristas, utiliza las palabras de Platón para desvelar el sentido oculto de los versos de Homero, ya que este autor sistematiza discursivamente un saber que, en su origen, no era el fruto de una especulación mental, sino el desarrollo de la ciencia tradicional que el divino Homero conocía.

Los antiguos filósofos griegos no intentaban establecer las diferentes categorías del ser, ni tan siquiera, mediante la teoría del alma, establecer una psicología del hombre; su intención, más bien, era enseñar la doctrina unitiva sobre la inmortalidad del alma, la divinización del hombre. Debemos tener esto muy en cuenta al aproximarnos a la teoría del alma que subyace en los versos de Homero y que es uno de los motivos básicos del presente estudio.

Los sabios griegos diferenciaban dos almas (psykhe) en el hombre, dos principios; uno de ellos sería el alma racional (logisticon), o el intelecto (nous), el otro el alma irracional (alogiston). La primera pertenece al Dios originario y Uno, la segunda proviene de los astros. Plotino explica la diferencia establecida por Platón de la siguiente manera: En el Timeo, el Dios hacedor es quien provee el principio del alma, mientras que los dioses móviles son los que deparan las pasiones temibles y necesarias, iras, apetitos, placeres y penas y otras especies de almas de las que resultan las pasiones de aquí. En efecto, esta doctrina nos vincula a los astros, puesto que de ellos tomamos un alma y nos sometemos a la Fatalidad cuando venimos aquí.

Jámblico, recurriendo explícitamente a las concepciones herméticas, escribe lo siguiente sobre esta división del alma: El hombre tiene dos almas: una salida del Primer Inteligible, que participa también del poder del demiurgo; la otra, introducida en nosotros a partir de la revolución de los cuerpos celestes; es sobre ésta, que se desliza el alma que ve a Dios.

Es importante comprender, según aparece en el escrito anterior, que no se trata dos partes de una misma alma sino de dos almas diferentes; esto queda muy claro en el pensamiento pitagórico: Otros, empero, y entre ellos también Numenio [importante representante del pitagorismo], no atribuyen tres partes a un alma única, o al menos dos, racional e irracional, sino que piensan que tenemos dos almas, como también otras cosas, [se refiere a la paridad de nuestros miembros, sentidos, etc.], la racional y la irracional.

Según la teoría platónica, el alma irracional se divide, a su vez, en dos partes (eide, propiamente: ‘forma’, ‘imagen’) que son: el alma irascible (thymos) y el alma concupiscible (epithymia). Heráclito, el rétor, cita a Platón para explicar la división ternaria del alma cuando éste la compara a dos caballos (las partes irracionales) y un auriga (el alma racional). Las tres almas se ubican en el cuerpo humano de la manera siguiente: la parte racional en la cabeza, como la acrópolis en las ciudades, la parte irascible en el corazón y la parte concupiscible en el hígado o, según otros, en las zonas adyacentes.

Sobre la significación exacta de lo que Homero y Platón llaman thymos, el alma irascible, se ha escrito mucho, por eso intentaremos resumir y precisar a qué se referían con este término. Pseudo Plutarco siguiendo a los estoicos, define al thymos como un pneuma connatural, una exhalación sensible, dependiente de la humedad corpórea.  Se trata del principio de vida encarnada, un hálito, un soplo, que desaparece con la muerte, por eso, cuando Homero se refiere al fallecimiento de un héroe dice: Exhaló su thymos (Ilíada IV, 524, XIII, 654). Sobre él se sustenta la vida en el hombre y en los animales y, también, el psiquismo. Rige y gobierna sobre la voluntad, por eso, a veces se traduce thymos por ‘voluntad’. También es el motor de los deseos y las pasiones; su origen etimológico parece ser thymiao, que significa ‘quemar incienso’, ‘producir humo’; es propiamente un calentamiento de la sangre en la zona del corazón, por lo que no nos puede extrañar que sus manifestaciones más evidentes sean el arrebato, la cólera, la ira, la agresividad, etcétera, pero también el coraje, el valor, la ambición. Otra de las traducciones de la palabra thymos sería la de ‘sentimiento’, o el pensamiento propio del corazón, es decir, del hombre. La vida encarnada se asienta sobre el thymos. Aquiles, como iremos viendo a lo largo de este estudio, representa el alma del hombre.

La otra parte del alma irracional, la epithymia, la parte concupiscible, gobierna y dirige las funciones propias del cuerpo; equivaldría al alma vegetal, genera los impulsos irracionales que conducen al hombre a comer, beber, reproducirse, etcétera.

Los primeros cristianos recogieron la herencia homérica  sobre la teoría del alma y la vincularon sin dificultad a los misterios evangélicos. Clemente de Alejandría escribe: Tres son, ciertamente, las facultades del alma: la intelectual, que recibe el nombre de logisticón, es el hombre interior, que guía al hombre que vemos, y que, a su vez, es guiado por otro, Dios; la irascible, que es salvaje, cercana a la locura; y, en tercer lugar, la concupiscible, que adopta muchas más forma que Proteo, el multiforme genio marino, quien, revistiendo ahora una forma y luego otra, incitaba al adulterio, a la lascividad y a la corrupción […]. En cambio, el hombre en quien el logos habita no cambia, no se transforma, tiene la forma del logos, es semejante a Dios, es bello, no es pendenciero.

También en la cábala judía medieval encontramos las influencias directas de la tradición homérica; el autor delZohar escribía: Dijo Rabí Yehuda: Existen en el hombre tres direcciones [motores, conductas]: primero la dirección de la pasión, que es el deseo entre todos los malos deseos, y es la fuerza de la pasión, y, finalmente, la dirección que mueve y fortifica el cuerpo, que es llamada ánima corporal (nefech ha-guf).

Retornando al mundo clásico, comprobamos que el gran misterio y el interés de la teoría del alma reside en la constatación de que hay en el hombre un alma que es propia y exclusiva del Dios primero, y que no puede ni debe confundirse con los otros principios motores, se trata de la nechamah santa de la que nos habla el Zohar, el logos, semejante a Dios, de Clemente, el nous de los griegos. Respecto a ella escribe Sinesius: Yo lo afirmo ardientemente: nos consumimos en vanos esfuerzos cuando no tenemos en nosotros el Nous del que hablamos, ya sea natural o adquirido; pues no hay duda de que si Dios habita en alguna parte de nosotros es en el Nous y en ninguna otra parte; es el único templo que conviene a Dios.

Y Hermes Trismegisto afirma: Sólo la parte razonable del alma, escapando de la potestad de los genios, permanece estable, presta a volverse el Tabernáculo de Dios.

Es esa alma la que permite que el hombre caído en la materia y la corrupción vuelva a su patria originaria, y, así, volverse inmortal; como explicaba Platón: Esta alma nos eleva por encima de la tierra, a causa de su afinidad con el cielo, ya que somos una planta celeste. Por medio de ella podemos escapar de la influencia de los astros y de la fatalidad; como lo describe Jámblico: No está todo en la naturaleza ligado a la fatalidad, existe otro principio del alma que es superior a toda la naturaleza y a todo conocimiento, por medio del cual podemos unirnos a los dioses, estar por encima del orden cósmico y participar de la vida eterna y de las actividades de los dioses supracelestes.

Pero este nous no gobierna normalmente en el hombre; el hombre en su condición terrenal está subyugado a las directrices del alma irracional, es, como decía san Pablo, su esclavo.  Las dos partes del alma irracional se apoderan de lo esencial del hombre y lo conducen hacia la dispersión y la muerte, alejándolo del Principio, del Dios creador. Según los comentaristas que vamos siguiendo, este alejamiento es lo que ocurre a Aquiles en el preciso momento anterior a la Epifanía de Atenea: el héroe dominado por el thymos, se precipita sobre su espada, nublada su facultad de razonar por el furor que anida en su pecho. En este momento aparece Palas Atenea, la diosa guerrera de los grandes ojos, para cambiar la dirección que gobierna sobre Aquiles. La diosa apacigua el acaloramiento de su corazón, haciéndolo depender del poder de la razón, del alma divina.

Los comentaristas describen esta transformación, producida por la Epifanía de Atenea, de la manera siguiente; Heráclito, el rétor dice: [Atenea] le arranca de la embriaguez de la ira y le restituye a un estado mejor. Este cambio operado en él gracias a la razón es lo que en los poemas homéricos, con toda justicia, se identifica con Atenea. Casi puede decirse que la diosa no es sino una denominación de la inteligencia (nous) […]. Tras las llamaradas de cólera de Aquiles, aparece la diosa como un remedio para apagar el mal: Tomó al Pelida de la rubia cabellera (II. 1, 197).Durante el tiempo en el que Aquiles es presa de la cólera, el thymos está alojado en su pecho, pues, mientras desenvaina su espada, dentro de su velludo pecho, su corazón se debatía entre dos alternativas (II. 1, 189). Pero, cuando el furor se apacigua, y la facultad de razonar va poco a poco apoderándose de él, que estaba ya en trance de arrepentirse, la cordura comienza a tomar posesión de su cabeza.

Pseudo Plutarco comenta el sentido alegórico de la escena resumiendo la interpretación tradicional que estamos estudiando; dice así: El alma consta, como también es opinión de los filósofos, de una parte racional, con sede en la cabeza, y otra parte irracional, y a su vez ésta de una parte irascible, con sede en el corazón, y otra concupiscible, con sede en el vientre. Pues bien, ¿no fue Homero el primero que captó su diferencia, cuando a propósito de Aquiles representó en lucha su parte racional con la cólera y simultáneamente reflexionando sobre si vengarse de quien le había vejado o hacer cesar su cólera? «Mientras tales pensamientos revolvían en su mente y en su corazón» (II, 1, 193), esto es, la razón y su opuesto, la ira del corazón, sobre la que representó triunfante la razón, esto es lo que significa desde su punto de vista la Epifanía de Atenea».

La metamorfosis que transforma a Aquiles se produce tan sólo gracias a la intervención de Palas Atenea; debemos tenerlo muy en cuenta, ya que, a menudo, al interpretar profanamente los textos clásicos, se suele confundir la acción del alma racional con un interés y un producto propio y exclusivo del hombre, en el que los dioses no son sino invenciones inexistentes que representan diferentes aspectos de la psicología humana. La razón de la que hablan los comentaristas de Homero pertenece a Dios, es como hemos visto, diferente, esencialmente, del alma irracional. El cambio de Aquiles no es posible sin la manifestación de la divinidad, de la diosa de la sabiduría. Platón explica la etimología de Atenea como Theonoa, esto es, ‘el nous de Zeus’ o bien ‘la inteligencia divina’.

La inspiración que, proveniente del cielo se manifiesta a Aquiles y que sólo él recibe, es el suplemento del nous divino que el hombre necesita para acercarse a la morada de los dioses. Dicho suplemento, que viene del cielo por orden de Hera, es lo que despierta la parte divina que existe en cualquier hombre, pero que sin esta ayudo permanece impotente. Es el Alma del Mundo, el Espíritu Santo de los cristianos, que viene a socorrer y a guiar al hombre hacia la divinidad. Los pitagóricos decían que Atenea era el número siete, el número del Alma del Mundo, del Espíritu Santo, llamado en la liturgia: septiformis munere.

Así pues, la Epifanía de Atenea parece referirse a la iniciación  de aquél que puede contemplarla y recibir su nous. Entonces, el hombre ya no depende de los astros y de la fatalidad, sino que es conducido por el Buen Pastor. El cambio que se produce en Aquiles es realmente una conversión, lo que los hebreos llaman techuvah y los griegos metanoia, que se traduce equívocamente en un sentido moral por ‘arrepentimiento’, ‘penitencia’, ‘pesar’. La metanoia sería el cambio del pensamiento rector, girarse hacia el otro lado, encontrar el nous.

Cuando, por la iniciación de Atenea, el nous gobierna en el hombre, se engendra la virtud; al contrario, si es el alma irracional la que domina, como en Aquiles antes de la Epifanía de Atenea, entonces se engendra el vicio, se trata de la misma fuerza según ésta suba o baje; así lo explica Salustio: El alma irracional es la vida sensitiva e imaginativa, mientras que el alma racional es la vida que gobierna sobre la sensibilidad e imaginación y que se sirve de la razón. El alma irracional depende de las pasiones corpóreas, ella desea y se irrita irracionalmente, mientras que el alma racional con la razón desdeña el cuerpo, y, entablando combate contra el alma irracional, si vence, engendra la Virtud, pero, si es vencida, engendra el Vicio.

Porfirio expresa lo mismo con las siguientes palabras: La diferencia entre el hombre virtuoso y el malvado parece consistir en que el uno tiene en todo lugar el razonamiento a su lado como dominador y regulador del elemento irracional y el otro realiza la mayoría de sus actos omitiendo en todos ellos el reconocimiento y la cooperación de la razón. Por ello el uno se denomina irracional y llevado por la irracionalidad y el otro razonador y dominador de todo elemento irracional.

Hermes Trismegisto describe esta pelea entre el alma divina –recordemos que los griegos se refieren siempre a la razón divina y no humana- y el alma irracional como sigue: Empieza una lucha de uno [el alma racional] contra dos [las parte irracionales], la primera procurando huir, las otras empujándola hacia abajo; gran discordia y combate se derivan de ello entre estas partes, la primera queriendo escapar, las otras esforzándose por retenerla. Que venza la primera o las otras no es lo mismo, pues la primera tiende al bien, las otras habitan la región del mal; la primera suspira por la liberación, las otras aman la esclavitud. Si las dos partes [del alma irracional] han sido vencidas, permanecen confinadas en sí mismas, privadas incluso de la compañía de la parte rectora; pero si el alma racional ha perdido, es llevada, conducida en cautividad por las otras dos y encuentra su castigo en la vida que lleva aquí abajo. He aquí, hijo mío, tu guía para la ruta hacia lo alto. Es preciso, antes de alcanzar el final, abandonar el cuerpo, vencer el combate de la vida y, una vez vencedor, empezar la ascensión.

La virtud, en el sentido hermético, que es el que nos interesa, está lejos de ser un concepto moral, es decir, el feliz aunque doloroso cumplimiento de unos preceptos o de unas prohibiciones, es decir, el triunfo de la razón, gracias a nuestra voluntad, sobre el alma irracional. Pero es obvio que si esta razón no viene directamente del Espíritu Santo, nunca dejará de ser una razón exclusivamente humana. La virtud, según el profundo pensamiento de Homero y los siete sabios griegos, es el alma irascible que sigue las órdenes de la razón incorporada en el hombre por la visita de Palas Atenea; entonces la fuerza del alma irascible sirve para la ascensión del alma divina hacia su fuente originaria; es el hombre erguido. Escribe M. Pselo comentando los antiguos Oráculos caldeos: El alma irracional, que es imagen del alma racional, purificada en su vida por la Virtud, asciende al lugar supralunar.

El thymos purificado en la virtud se convierte en el camino ascendente, como el humo del incienso (recordemos la etimología del thymos que hemos visto), por medio del cual el alma divina, caída en lo profundo del hombre retorna hacia el cielo. La Epifanía de Atenea convierte la cólera en amor. Proclo, en su Himno a Atenea Sapientísima, le pide: Da a mi corazón tanto amor como sea necesario para que pueda de lo más profundo de los abismos terrenales retornar de nuevo al Olimpo, morada del Padre lleno de bondad.

En el proceso de la caída y la regeneración del hombre, Palas Atenea cumple la función de ayuda para que el héroe pueda retornar a su patria original. Olimpiodoro resume este peregrinaje, motivo de todos los misterios antiguos, de esta brillante manera: A modo de Core, el alma desciende al génesis; a modo de Dionisos es dividida por el génesis; a modo de Prometeo y de los Titanes, es atada al cuerpo; pero teniendo la fuerza suficiente, a modo de Heracles, ella se libera; filosofando realmente de forma pura, se recompone gracias a Apolo y a Atenea la Salvadora; y vuelve a subir con Deméter hacia sus propias causas.

Atenea conduce el alma hacia sus propias causas; sus atributos y epítetos lo manifiestan claramente, ya que es a la vez diosa de la guerra y diosa de la sabiduría.  Por su carácter guerrero vence al viejo vicio y conduce a sus héroes queridos hacia la victoria de la nueva virtud, transformando el thymos colérico en un thymos de amor, subyugado a la razón; en los ‘Himnos órficos’ es llamado gorgonicida, pues ayudó a Perseo a matar a la temible Gorgona.

Atenea es también la diosa de la Sabiduría, cosa que se significa en el mito por su nacimiento de la cabeza del Padre Zeus; para los antiguos, el nacimiento de la Sabiduría se produce en el pecho del hombre y al igual que la voz, que sale por la cabeza, a ella se la llama «nacida de la cabeza», gracias a la intervención de Hefaistos.

Esta voz nacida en el corazón (recordemos que el thymos tiene su asiento en esta parte del cuerpo) y manifestada y expresada en la cabeza es, sin lugar a dudas, la palabra verdadera del Sabio.

Palas Atenea, en su doble vertiente de diosa de la guerra y de la sabiduría, resume el sentido fundamental de la filosofía de los pitagóricos. Heriocles, lo confirma al comentar los Versos dorados de PitágorasLa filosofía tiene por finalidad purificar la vida humana y conducirla a su fin. La purifica liberándola de los desórdenes confusos de la materia y de las pasiones de los cuerpos mortales; la conduce a su fin haciéndole reencontrar la pura felicidad a la que es susceptible, dándole la semejanza de los dioses. La Verdad y la Virtud son los medios particularmente eficaces para obtener, por una vía natural, este doble resultado: la Virtud, reprimiendo los excesos de las pasiones, y la Verdad, dando, a aquellos que se preparan convenientemente, la posibilidad de recuperar la forma divina.

El auténtico filósofo es quien posee la virtud y la verdad, quien ha actualizado en su propia encarnación el mito de Atenea, es decir, quien ha realizado la plenitud de la obra hermética. La sabiduría es inseparable del hombre. El retorno del nous a su origen, la divinización del hombre, significa la actualización del mito.

Los poemas de Homero, sus divinas palabras, explican alegóricamente la regeneración del hombre, que es lo mismo que la realización del magisterio de los sabios alquimistas. El autor de la ‘Concordancia mito-físico-cábalo-hermética’ describe esta realización utilizando el mito del nacimiento de Atenea; escribe lo siguiente: Baco [Dioniso], que salió del muslo de Júpiter [Zeus], unido a Minerva [Atenea], que salió del cerebro de este Dios Todopoderoso por obra de Vulcano [Hefaistos] o fuego central, forman la quintaesencia milagrosa cuyos efectos colocan al Sabio por encima de la naturaleza humana.

El nacimiento de Atenea de la cabeza de Zeus esconde un misterio del que los auténticos filósofos han hablado muy poco; sin embargo, hemos encontrado algunas alusiones a una enigmática Hija de los Sabios que parece tener relación con la hija de Zeus. El Cosmopolita habla del resultado de su Obra citando la ‘Aurore apparaissante’y dice: Ella [la Piedra] es la hija de los Sabios, que tiene en su poder la autoridad, el honor la virtud y el imperio […]. ¡Oh, feliz Ciencia!, ¡Oh, feliz Sabio!, pues quien la conoce posee un tesoro incomparable, porque es rico delante de Dios y honrado por todos los hombres.

En la tradición cabalística encontramos también a esta misteriosa hija cuando se explica que Abraham, cuyo nombre significa «padre-elevado», tuvo una hija llamada Ba-col, un nombre que puede traducirse por ‘en-todo’, ya que en ella, él tenía todas las riquezas y todas las bendiciones. Algunas veces también se la llama Bat-Rochi, que significa ‘hija-de-mi-cabeza’.

Fuente original: arsgravis

 

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Expediente Misterio Orfeo: el Cristo griego

Breve introducción:

Los orígenes de la religión órfica están todavía bastante confusos. Desde la mitad del siglo VI a.C., aproximadamente, podemos encontrar distintos puntos de contacto entre el mundo griego y comunidades religiosas, poseídas de unas peculiaridades teorías místicas que tienen como primer predicador a Orfeo, el legendario cantor tracio. La distinción decisiva que hay entre sus opiniones y las de la filosofía consiste en que las enseñanzas que se propagan en estos círculos no se dan como resultado de un trabajo intelectual de uno o varios investigadores, sino como revelaciones de Dios o más bien de su profeta Orfeo y que no se dirigen tanto a la razón cuanto al sentimiento religioso y a la fantasía. Estas religiones tenían que ser creídas, pues el orfismo era, en definitiva, una religión; más exactamente aún, una teoría.

La secta órfica no sólo encontró su centro principal en Atenas, también encontró un suelo favorable en la Magna Grecia y Sicilia, y por eso, no es casual el que la mención más antigua del famoso “Orfeo” se encuentre en el rapsoda Íbico de Regio. Noticias sorprendentes nos han ofrecido aquellas extrañas láminas de oro que fueron encontradas en las proximidades de la antigua Turios, y más al Sur todavía, en Petelia, en tumbas de los siglos IV y III a.C; según el texto de los hexámetros que hay grabados sobre ellas, se deduce que eran entregadas a los muertos “para indicarles el camino y para que fueran reconocidos por las divinidades de la muerte”. Pero también en Eleuterna, en Creta, se ha encontrado una inscripción semejante del siglo II a.C. Y aunque desde el siglo IV los cultos órficos fueron degenerando en conspiraciones, han durado, sin embargo, hasta el final de la Antigüedad y todavía han ejercido un influjo importante en los neopitagóricos y neoplatónicos e incluso también en las antiguas representaciones cristianas del más allá y en las del destino del alma humana después de la muerte.

Os invito a ver el vídeo sobre la analogía entre la religión cristiana y la órfica. 

Reflexión personal

El hombre siempre ha estado bajo una nube de interrogantes, de dudas, de crisis, que gira en torno a un sistema de mitos y creencias cuya principal función es canalizar la fe, la esperanza y la alegría. Sin embargo, siempre queda en la mente una nube llamada “misterio de la vida” que se queda depositada como semilla y que va ligada a nuestras vidas como una sombra inherente. Quiero destacar que el propósito de cada uno de nosotros  es  indagar en nuestro ser más íntimo y  personal, no dejar como evidencias claras y rotundas que las religiones sean nuestra única respuesta a nuestros pensamientos y direccionen nuestras vidas con leyendas imprecisas, con profetas transfigurados en cada civilización y con mitos remedados que retornan en cada cultura. De esta manera, mi enfoque ha sido siempre el de intentar comprender el posicionamiento del hombre en el universo, su relación directa con la divinidad, el contacto con nuestro Yo superior y la apertura hacia unas dimensiones que van más allá de lo tangible. Éstas y otras cuestiones van más allá de los dogmas, credos y leyes, pudiendo encontrar las respuestas (si algún día dejamos de leer la cartilla del parvulario llamada sistema de religiones) en nuestro interior, concretamente, en esa llama divina, eterna, enérgica que nos envuelve a todos. Me quedo, para cerrar líneas, con lo que escribió el poeta inglés William Blake: «ver un mundo en un grano de arena, un cielo estrellado en una flor silvestre, tener el infinito en la palma de su mano y la eternidad en una hora». He ahí la gloria: sumergirse en aquella Energía bienhechora que nos llena de sentido y alegría.

En definitiva, las religiones, sean cual sean sus orígenes, son cosas de grupos y sociedades donde el hombre queda totalmente estructurado. La religión que hay que profesar es la de la aspiración hacia el reino de la libertad, donde se colocará de nuevo al individuo en la fuente original de la vida. El único viaje espiritual es individual y no puede estar organizado ni estructurado y no sólo hay un camino, aunque todos tenemos el mismo destino. Como dijo Buddha: Al igual que la vela no puede arder sin fuego, el hombre no puede vivir sin vida espiritual.

Enlaces de interés sobre la misma temática:

  1. Orígenes de la religión órfica
  2. Orfeo, más allá del mito

 

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Iniciación y Misticismo en Samotracia

Victoria de Samotracia

Los cultos mistéricos antiguos reunían una serie de características comunes. La iniciación en éstos era principalmente una decisión personal que quedaba sometida al cumplimiento de unos requisitos de admisión. Ésta se solía dividir en distintas etapas que diferenciaban a los iniciados en grados, cuyas ceremonias de iniciación eran llevadas a cabo en determinados edificios de un santuario. En ellos,  se celebraba un ritual caracterizado por la experiencia de lo sagrado, el secretismo y, en general, la nocturnidad.

Los cultos van ligados a la comprensión de un “secreto divino” que los diferenciaba del resto de personas. He aquí donde reside la clave de lo mistérico, lo esotérico y lo místico.

Los misterios eran rituales de iniciación de carácter voluntario, personal y secreto,  que aspiraban a un cambio de mentalidad mediante la experiencia de lo sagrado. No existía un credo como forma fija.

El propósito de su iniciación en el culto pudo ser el sufrir una mortificación para poder “renacer” lo cual se adecuaría al tipo de rito iniciático de muerte y renacer. Así, los iniciados lograrían la transformación que proporcionaban los ritos de pasos tribales. De ser así, el momento de la epifanía y de la concesión de la gracia divina de ser salvado por los Grandes Dioses se convertiría en el episodio principal de la nueva vida del sujeto salvado. Éste le habría permitido experimentar en primera persona lo sagrado y habría marcado un antes y un después en su vida, que ahora se desarrollaría bajo el amparo de los dioses mistéricos de Samotracia.

Orientaciones místicas

En la isla de Samotracia, sede de los Misterios de los Cabirios, adoradores de Hefestos, el dios herrero, y de las deidades relacionadas con la fertilidad, cuyos cultos se mezclaban con el de Dionisos, perseguían la comunicación con los dioses luminosos del cielo y con los del inframundo a través del trance extático que llegaba en la culminación de las prácticas de exaltación y desenfreno sexual. También los Misterios de los Cabirios han sido identificados por las fuentes literarias antiguas y modernas con muchas otras divinidades, entre las que figuran una Gran Diosa, los Curetes, los Coribantes, los Dáctilos, los Dióscuros, los Pataikoi fenicios, los hijos de Ptaḥ egipcios, los Penates o los Lares romanos. Cabe subrayar que hay dos himnos homéricos que están dedicados a los Curetes: en uno son «los compañeros de la Madre que ama los montes», y en el otro los soberanos de Samotracia, identificados con los Dioscuros y Coribantes.

En la mitología griega, los Curetes custodiaron a Zeus cuando era un recién nacido en la cueva de Dicte y se encargaron de hacer ruido golpeando sus armas y bailando para que Crono no oyese al niño, al que quería devorar.

Los Cabiros o Cabirios (en griego antiguo Κάβειροι Kabeiroi) eran un grupo de enigmáticas deidades ctónicas. La mayoría de las veces se les representan como dos personas: un hombre viejo, Axiocerso, y su hijo, Cadmilo.  Sin embargo, debido al secretismo de su culto, su exacta naturaleza y relación con otras antiguas figuras religiosas griegas y tracias permaneció en el misterio. Como resultado, la afiliación y papel de los Cabiros cambió significativamente con el tiempo, incluyéndose entre las variantes comunes una pareja femenina (Axíero y Axiocersa) y dos jóvenes gemelos que a menudo eran confundidos con Cástor y Pólux, quienes también eran adorados como protectores de los marineros. El número de Cabiros también cambió,  algunas fuentes citaban cuatro (a menudo una pareja masculina y otra femenina) e incluso a veces más, como una tribu o raza completa de Cabiros.

Por otra parte, se tiende a vincular también los beneficios que otorgaban estos “desconocidos” Grandes Dioses con la protección en el mar. De hecho, muchos son los puntos que conectan los Misterios de Samotracia con el mar, más allá del famoso monumento de la Victoria y su evidente relación marítima al estar la Nike posicionada sobre la proa de un barco.

En síntesis, en el curso de estos cultos se invocaban a los antepasados en ceremonias protagonizadas por el fuego sagrado y veneraban a sus dioses ctónicos, simbolizados por las fraguas de Hefestos, el patrón de los metalúrgicos y con cuya tradición nació la alquimia. Si a todo esto añadimos el culto a Dionisos –el dios de la fertilidad, la embriaguez y la locura sagrada, con su cortejo de sátiros y bacantes danzando al son de la flauta agreste–, es evidente que nos hallamos en un ambiente religioso en el cual la magia sexual no podía estar ausente.

Bajo esta atmósfera, iluminado por las hogueras sacras y animado por la vibración febril de tambores y liras, el iniciado quedaba fascinado por la sacerdotisa que danzaba frenéticamente, con su cuerpo envuelto en serpientes.

En el santuario de los Grandes Dioses de la isla de Samotracia, los iniciados accedían a dichos cultos mediante unas ceremonias cuyos detalles permanecen ocultos.

El recorrido por el santuario se realizaría de la siguiente manera:

El Propileo de Ptolomeo II servía como entrada para los iniciados al culto de los Misterios de Samotracia. La estructura servía de puente para atravesar un profundo arroyo que separaba el mundo físico del espacio sagrado.

En el Edificio de las Bailarinas, cuyo nombre proviene de las bailarinas representadas en su elaborado friso, se realizaban sacrificios y libaciones en ofrenda a los dioses. Este era el mayor edificio de culto construido en el siglo IV a.C.

Finalmente, en el Hierón los iniciados finalizaban sus ritos tras doblar una esquina y acceder a este lugar equipado con largos bancos pegados a sus paredes y con un ábside curvo al fondo.

Otras partes del santuario de los Grandes Dioses de la isla de Samotracia son:

Anaktoron. Su propósito es un misterio pero que ha sido destruido y reconstruido en tres ocasiones y al que es posible que los iniciados no pudieran acceder.

Rotonda de Arsínoe II. Este gran Tholos, la mayor sala circular cubierta del mundo griego, fue construido en mármol en honor a una princesa de Egipto, hija de Ptolomeo I Sóter.

Sala de banquetes. Es la sala en la que los candidatos celebraban haber sido iniciados.

Neorion. En este edificio se exhibía un navío entero, probablemente capturado en batalla y ofrecido a los dioses por el vencedor.

Estoa. Se cree que los iniciados pernoctaban aquí durante sus visitas de más de un día. Sus nombres aparecen inscritos en las paredes del que fue el edificio más grande del santuario.

Teatro. Excavado en una ladera de la montaña, el teatro albergaba representaciones públicas y obras dramáticas religiosas en las que se escenificaban relatos de los dioses y los héroes de Samotracia.

Victoria Alada. Descubierta en 1863 y hoy en el Museo del Louvre, esta famosa estatua de Niké, la diosa de la victoria, estaba colocada sobre la escultura de un navío. Se esculpió en mármol y probablemente sirviera para conmemorar una victoria naval del siglo II a.C.

Victoria de Samotracia

La victoria de Samotracia va ligada a la iconografía del santuario de los Grandes Dioses de Samotracia, siendo uno de los principales santuarios panhelénicos. Principalmente, el santuario participa en los ritos de Samotracia donde se otorgaba la protección de la Gran Madre, reina de las montañas.

Según cuenta el mito, la diosa Niké, símbolo de la victoria en la mitología griega, siempre se ha representado como una mujer con alas. Pasó sus primeros años de vida entre los mortales, pero al conocer los vicios de la humanidad, así como la maldad, decidió regresar al Olimpo. Durante siglos, su figura presidía  enfrentamientos militares, así como competiciones deportivas, incluso en el reverso de las medallas olímpicas aparece su figura portando una corona de laurel, señal de éxito.

En el Partenón de Atenas, la diosa griega Atenea, realizada por Fidias, es en realidad  una magistral representación de Niké, simbolizando la victoria en las manos de Atenea, diosa de la guerra. En la misma Acrópolis también se encontraba un templo dedicado en exclusiva a la unión de las dos diosas, construido para conmemorar la victoria sobre los persas en la Batalla de Salamina, sobre el 480 a.C.

Orfeo

Orfeo asume un papel que le asignan numerosas fuentes, el de arquetípico transmisor de ritos, cuando inicia a los Argonautas en los misterios de Samotracia . La obra en la que hallamos narrada con mayor detalle la participación de Orfeo en el mítico viaje de los Argonautas es las Argonáuticas de Apolonio de Rodas. Y las funciones que asume en muchos de los episodios en que aparece no son solamente las propias de un cantor maravilloso que marca el ritmo de los remeros de la Argo, pues la música de Orfeo tiene un valor sedante, mágico, que permite a los marinos remar sin esfuerzo, sino que también desempeña diversas funciones religiosas, como erigir un altar a Apolo u ofrecer un trípode a Tritón. En cambio, no se le atribuye tareas de adivino, ya que este papel lo desempeñaban en la expedición Mopso e Idmón.

Por lo tanto, se parte de la idea que el poder de Orfeo no es sobrehumano, sino que se debe a que había sido iniciado en Samotracia.

Diodoro cita una noticia de Éforo según la cual Orfeo fue discípulo de los Dáctilos del Ida, en Samotracia, y aprendió de ellos las iniciaciones y los misterios que luego difundió por Grecia. No sólo Orfeo se presenta como un iniciado de Samotracia, sino que también lo relaciona con los misterios de Creta de los que tomaría elementos que luego dispondría en sus propias iniciaciones, con los misterios de Eleusis y con el aprendizaje de toda clase de sabiduría, incluida la magia, en un viaje de nuestro mítico cantor a Egipto.

En definitiva, las fuentes originales señalan que Orfeo había participado y conocía los ritos de Samotracia.

Alejandro Magno

El mundo griego fue escenario de una notable floración de religiones mistéricas, especialmente en época helenística. Muchas de ellas procedían de Oriente, pero hubo misterios de origen griego que, en un principio, habrían constituido la religión de una ciudad o santuario, para convertirse con el tiempo en una secta más o menos accesible. Existe una evidente afinidad entre la naturaleza de las religiones mistéricas y el carácter telúrico de la religión prehelénica, anterior a la llegada de gentes indoeuropeas a suelo griego, con su religión solar. Es de notar que los rasgos fundamentales de aquella religión indígena de lo próximo, de la Tierra Madre y de lo ultraterreno, perduran casi siempre con más fuerza que la religión nacional y lo hacen en forma de misterios, en los que el individuo encuentra un sistema de dogmas y esperanza y, en definitiva, un cauce a sus necesidades espirituales.

Los llamados “cultos mistéricos” de Samotracia o simplemente “Misterios de Samotracia”, continuaron con prosperidad en el siglo IV a.C., de los que al parecer Filipo II de Macedonia era especialmente devoto junto a su esposa Políxena, su nombre de soltera, en honor de la joven llamada así, hija de Príamo y sacrificada en la tumba de Aquiles. Cambió su nombre por el de Myrtale cuando se casó con Filipo, como parte de la iniciación a los Misterios de Samotracia, y más tarde lo volvió a cambiar por Olimpia, en memoria de la victoria que Filipo obtuvo en los Juegos Olímpicos y que sucedió el mismo día del nacimiento de su hijo Alejandro. Olimpia sostuvo que Alejandro no era hijo de Filipo, sino del propio Zeus-Amón, encarnado en una serpiente que se había deslizado hacia su lecho. También inculcó esta firme convicción a su hijo. Al quedar encinta de Alejandro, Olimpia soñó que el rayo de Zeus –zig zag evocador de la serpiente celeste o de luz– la abrasaba antes de extenderse y envolver la Tierra. Alejandro nació con el Sol en Leo y teniendo como ascendente a Aries, el signo de Amón. En síntesis, el nacimiento de Alejandro Magno está envuelto de misterio y cargado de simbolismo, pues el Cielo había participado en su nacimiento bajo el amparo de los dioses de Samotracia.

Fuentes Primarias:

Cultos mistéricos antiguos (Paradigmas)
Religion Griega Arcaica Y Clasica (LECTURAS DE HISTORIA)

Enlaces de Referencias:

  1. National Geographic
  2. XLSEMANAL
  3. Cabiros
  4. Samotracia

 

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¿Por qué Perséfone se resiste a volver?

Cada año se celebra la llegada de la primavera con júbilo y alegría, pues nacen las plantas y los campos se llenan de flores y de colores. Quizá, tengamos que echar la vista atrás y entender que la llegada de la primavera va mucho más que el nacimiento de la naturaleza. Haciendo un breve recorrido por la mitología, Deméter es la diosa de la vida, de la agricultura y de la fertilidad. Descuidó sus deberes con la humanidad mientras buscaba a su hija Core (después se le llamó Perséfone cuando fue raptada por Hades), por lo que la tierra se heló y la humanidad pasó hambre: fue el primer invierno. Durante ese tiempo Deméter enseñó los secretos de la agricultura y los Misterios de la vida. Finalmente, se llegó a un acuerdo por el que Perséfone permanecería con Hades durante un tercio del año, omitiendo el otoño, y con su madre pasaría los restantes meses del año.

Su renacimiento es un símbolo del florecimiento de toda la vida vegetal durante la primavera y de toda la vida sobre la tierra. Lógicamente, detrás hay una gran carga espiritual, pues los Misterios sobre Deméter y Perséfone nacieron en la ciudad de Eleusis, cuna del misticismo griego. Para ampliar más información sobre el mito de Perséfone y Deméter os emplazo al siguiente enlace: los misterios de Eleusis.

Según la teoría, la primavera en el hemisferio norte del globo terráqueo empezó el martes, 20 de marzo, a las 17:15, hora peninsular. Pero, recuerdo que al asomarme por la ventana aquel martes arrancó con unos copos de nieves débiles, acompañado de frío. Ese día, Perséfone estaría resfriada, pensé para mí. A partir de ese día, los días han ido alternándose con sol, lluvia y frío.

El himno a Deméter, Hades, esposo de Perséfone, le dice: “Perséfone, debes volver con tu madre y que te vea contenta (..)”.

El mito es una realidad demasiado rica y compleja como para reducirla a una simple receta o a un cliché, a una única lectura. En la mayoría de los trabajos que tratan de interpretar el mito de Deméter y Perséfone hay aspectos interesantes; cada uno incide en detalles concretos y descubre nuevas facetas de extraordinario valor, aun cuando podamos considerar erróneo alguno de ellos. Hoy día, viendo el panorama de nuestra sociedad, voy a adaptar el mito a nuestro tiempo, sin perder la esencia. Por ejemplo, el cambio climático es evidente, pero desde el punto de vista metafísico se puede trascender otro mensaje: la mediocridad de la vida humana y su pobre y efímero tránsito por el mundo. Así, Deméter y Perséfone están acelerando nuestro aprendizaje sobre la tierra con un máster intensivo. El propósito de Deméter y Perséfone es, sin mayor dilación, el de enseñarnos que no podemos dar la espalda a la naturaleza y de no valorar la riqueza que hay alrededor nuestra. El resultado físico es palpable y a la vez una enseñanza, pues el cambio climático afecta a todas las regiones del mundo. Sólo hay que observar de qué manera se derriten los polos y la subida del nivel del mar; en otros lugares, los fenómenos meteorológicos son extremos con inundaciones cada vez más frecuentes; en otras zonas, se registran olas de calor y sequías. Es cierto que el hombre puede manipular cualquier objeto, incluso a personas, para alcanzar su egoísmo. También, el hombre piensa que puede manipular la naturaleza a su antojo. Esto último tiene unas gravísimas consecuencias, más de lo que podemos imaginar.

La primavera está siendo, desde el punto de vista meteorológico, muy inestable y con cambios bruscos de manera generalizada. Deméter está avisando, no es un castigo, pues nosotros formamos también parte de la naturaleza y del entramado del universo, y somos nosotros mismos los que lapidamos la esencia de la naturaleza.

Tengo que recordaros que los dioses son los garantes del orden del universo y es por ello que harán todo lo que estén en sus manos para reestablecer el equilibrio y la armonía en nuestro mundo. Ellos tienen una máxima: la calamidad siempre se alterna con la prosperidad. Los dioses conocen perfectamente la desmesura del hombre y saben que la mano del hombre trae consigo la propia calamidad, sin que ellos muevan un ápice de sus pensamientos más elevados hacia nosotros.

En el himno de Deméter, Perséfone, al salir del Hades, hace brotar el fruto en los campos y la tierra, que antes era estéril, la convierte en un hermoso jardín. Pero Deméter, ahora, se ha quedado muda, incluso, junto con su madre, observa que el hombre está maltratando a la naturaleza ¡su propia naturaleza! siendo responsable de las lamentables y devastadoras consecuencias: sequías, huracanes, hambre, pobreza y destrucción. Pensábamos que los dioses “con sus caprichos inmorales” eran los culpables de la inestabilidad de la naturaleza. Estamos equivocados: la soberbia del hombre, la avaricia, el poder, el egoísmo de querer ser dioses, va camino de destruir la madre naturaleza siendo un reflejo de su mundo interior sobre la propia naturaleza. Es decir, todo lo que somos interiormente termina manifestándose.

Cicerón cuenta que «los Misterios nos dieron la vida, el alimento; enseñaron a las sociedades las costumbres y las leyes, enseñaron a los hombres a vivir como tales». Todo apunta a una experiencia tan breve como intensa, donde el aspirante a iniciación era introducido al «término» y al «comienzo» de la vida, a morir y renacer, purificando así su concepto de lo real y evitando, a toda costa, vivir en el espejismo de la vida, en un reflejo ilusorio, construido mentalmente por el propio hombre. El hombre, definitivamente, se ha soltado de la mano de la divinidad.

Como bien reflejaba Cicerón no sólo la naturaleza aporta los frutos de la vida, tan necesarios en nuestras vidas…hay algo mucho más elevado.

La enseñanza primera es que las apariencias están vacías y la verdad está por encima de las apariencias donde no existe la corrupción ni apego, ni tan siquiera objeto o sujeto. Nosotros vivimos en la versión más grosera de la naturaleza. Pero no solamente vivimos bajo este estrato de basura, sino que nos alimentamos de ella y estamos sedientos de querer más inmundicias y excrementos. La enseñanza segunda es que hay que aprender a valorar la esencia, pero sin aferrarse a la forma. Y, por último, vivimos en un mundo engañoso, siempre en la búsqueda de algo, siempre en las costumbres. Todos los fenómenos están vacíos, no contienen nada que valga la pena desear realmente. Deseamos un reflejo cuando podemos vivir la realidad con total plenitud. Así, por ejemplo, en los Misterios consagrados a Deméter y a Perséfone no se podría conocer la mente real mientras te engañabas a ti mismo. Por lo tanto, si te enredas con las formas carentes de la vida, si estás embelesado por las cosas inútiles de la vida, nunca serás libre. La base espiritual estaba clara y definida. ¿Cómo hemos ido retorciendo a nuestra propia naturaleza que ni Perséfone quiere volver?

Nosotros podemos moldear nuestra propia naturaleza a través de la mente y dirigirla hasta lo interior de lo más sagrado. Pero, ¿Por qué se veneran ilusiones nacidas de la mente? ¿Qué nos arrastra hasta lo más bajo? La génesis de nuestra naturaleza es pura, así como nuestra mente, pero la llenamos de basura para terminar materializando nuestros deseos en este mundo en el que padecemos y sufrimos. Todos los seres vivos comparten la misma naturaleza, que no es aparente (que no se ve) porque está envuelta por el pensamiento ilusorio. Somos Narcisos reflejándonos en nuestro propio engaño, viviendo una vida ilusoria, de contornos efímeros que van y vienen, y uno no sabe de quién se aleja de quién. Lo que estoy seguro es que nos hemos alejados de Deméter, cerrándole las puertas del Hades a Perséfone para que no vuelva. Y Deméter descarga su ira con las calamidades que vemos en la naturaleza cada día. Es decir, nos hemos hocicados en ignorar nuestras raíces, en arrinconar a los dioses, sepultarlos en lo más bajo y mísero de nuestro ser. Hemos renunciado a alinearnos con las fuerzas sutiles de la naturaleza, en trabajar en pro de un mundo mejor y en soterrar la herencia de nuestra cultura matriz. Es como si entráramos en un orfanato por nuestros propios pies y hemos decidido, unilateralmente, abandonar a nuestros padres y a nuestras madres. Asimismo, al abandonar nuestra herencia, también abandonamos el contacto directo con el alma donde una nube, densa y oscura, se instala en nuestra mente y el resultado final ya sabemos cuál es, pues no hace falta que os diga lo que podéis leer en la prensa de vuestra localidad. Mientras  la naturaleza humana no cambie, la naturaleza tampoco variará. De hecho, hemos sepultado en el Hades a Perséfone y la naturaleza está respondiendo severamente.

¿Es Perséfone la que se resiste a salir o somos nosotros que nos resistimos a que no salga? Así está Deméter, agitada es poco…

El hombre ignora y lo peor de todo quiere ignorar los propósitos divinos a pesar de que los vislumbre cada día. Además, el hombre continúa en su soberbia a oponerse a ellos de mil formas, plantando cara a la naturaleza, desafiando sus fuerzas cósmicas, alterando el equilibrio armónico establecido por la naturaleza, en un suicidio que va aumentando cada día más. Tan sólo hay que ver la irresponsabilidad del hombre en sus actos como estúpido y culpable. El hombre crea sus propias leyes y pasa por encima de ellas, pero también quiere torcer las íntimas y sagradas leyes de la naturaleza, sin saber que forma parte de un Todo, y que dañando el vínculo hombre-naturaleza se pierde a sí mismo y a la propia naturaleza. El desastre ecológico y hasta la misma destrucción del planeta no se quieren evitar, y a su vez, el hombre está borrando su lado espiritual, esa parte íntima y sagrada, única e irrepetible. Imaginaros un puente entre el universo y el hombre, una correspondencia que nos alimenta mutuamente. Pues bien, ese puente se ha descolgado y no se puede derivar los influjos astrológicos hacia nosotros. Esto se traduce, de manera muy simple, a que el hombre ya no puede determinar su propio destino. Nos hemos convertido, en suma, en la versión más burda de la naturaleza. La otra cara de la moneda, desde el punto de vista de los dioses, es clara y rotunda: si el hombre causara una destrucción de la naturaleza capaz de alterar los planes divinos previstos, las fuerzas sutiles o numens reaccionarían destruyendo todo lo que se opone a la realización de dichos designios, si fuera necesario hasta la eliminación de la raza humana física sobre la tierra, para poder restablecer, en un plazo de miles de años, el equilibrio natural original. Revisad las fuentes arqueológicas y observad cómo han ido desapareciendo civilizaciones enteras sobre la faz de la tierra y de qué manera el planeta ha ido cambiando constantemente. ¡No sería la primera vez!

Por eso a los griegos les resultaban de suma importancia conocer los misterios mayores, aquellos que persistían en conseguir un estado de equilibrio y manifestarlos en la propia naturaleza, determinando un progresivo desarrollo vital que se expresaba como un orden, prudencia, templanza y equilibrio. Para ellos, la llegada de Perséfone simbolizaba el renacer, la conexión con su madre Deméter a la armonización o sintonización que, bajo el concepto esotérico, es el AMOR. En otras palabras, nosotros, podemos participar, de una manera u otra, en emitir esas energías con el mundo exterior, a través de nuestro yo más sagrado.

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