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Viaje a Grecia: el santuario de Delfos (Parte III)

En la antigua Grecia, el culto se celebra en lugares concretos llamados santuarios, a los que la presencia de la divinidad convierte en lugares sagrados e inviolables. Algunas prohibiciones eran, por destacar las más llamativas: entrar de manera impura, morirse en ellos o cortar ramas (olivo, sobre todo). Otro aspecto a tener en cuenta es la imposibilidad de cambiarlos de lugar o modificarlos  sin haber tomado las precauciones pertinentes. Estos lugares presentan unas características comunes determinadas por las necesidades naturales del ritual: fuentes, bosques, rocas;así como las necesidades arquitectónicas:  un muro de piedra o una valla vegetal podían delimitar su perímetro y diferenciarlos de la tierra profana. Los santuarios podían estar localizados en el centro urbano o en el campo. Pero todos tienen un elemento común: el altar. Diríamos que es el elemento principal e indispensable para la vida religiosa que transforma cualquier espacio en un lugar sagrado.

Maqueta del Santuario de Delfos

El santuario de Delfos puede tomarse como ejemplo para entender las características particulares de la religión griega que se han mencionado en el párrafo anterior. Lógicamente, Delfos se convirtió no sólo en un lugar de culto, sino también un lugar de referencia para la realización de otras prácticas no menos importante, como es el deporte y la música. La música, el deporte y la religión eran los basamentos que definían a Delfos.

El funcionamiento del oráculo empezó en el siglo VIII a.C., un poco antes de la época de Homero. Los restos no nos permite hacer una lectura anterior debido a su complejidad. Anterior al siglo VIII a.C., o sea, en el periodo micénico rendían culto de algún modo a una fuerza natural relacionada con Gea. Gea tuvo como icono a la serpiente pitón y una adivina (Temis, la diosa de la Justicia). Pero poco más se puede decir sobre el santuario.

Como referencia a mi visita a Delfos, Pausanias nos marca la ruta que se ha de seguir.  A continuación, detallo una breve descripción de mi visita al santuario oracular por excelencia:

  1. Atenea Pronaia: edificio redondo, reconstrucción de una obra muy importante (siglo IV a.C.) por Teodoro de Fódice. El acceso se realizaba desde la parte baja de la ciudad, conocida como Marmaria, donde se observa el tholos o templo circular de Atenea Pronaia. El templo antiguo estaba dedicado a Atenea y era uno de los más antiguos templos griegos, sobre el 650 a.C. El Tholos es un edificio circular poco frecuente en otros santuarios. Su finalidad sigue siendo objeto de controversia. Nos los podemos encontrar también en Epidauro. Son los dos únicos santuarios con Tholos.   

     

    Vista panorámica de el Gimnasio (Wikipedia).

    2. Gimnasio: Pausanias no le da importancia, solo menciona que Ulises fue herido en el pie por un jabalí. Es el gimnasio más antiguo que nos encontramos (S.IV a.C.). Al lado hay otra pista que servía para entrenarse cuando no llovía. Delfos tenía unas instalaciones cubiertas y no cubiertas para paliar las necesidades durante todo el año. También, contaba con una piscina (cisterna), su finalidad era exclusivamente para refrescarse. Era circular de 1o metros de diámetros. También se contaba con una palestra, una zona de entrenamiento para los atletas. Subiendo del gimnasio por el camino que conduce al santuario nos encontramos:

    1. Fuentes Castalia: es la inspiración de la poesía pues los poetas bebían mentalmente de sus aguas cristalinas que le ofrecía Apolo. Antes de entrar en el santuario, los peregrinos tenían que purificarse en dicha Fuente. Píndaro afirmó: “suprema es el agua”. La fuente aún es hermosa, pues el paraje natural, como podéis imaginar, la embellece mucho más.

    Fuentes Castalia

    Vía Sacra

  2. Entrada del Santuario de Apolo: Plutarco es otro guía para entender Delfos, sus escritos narran muy bien el trazado de todo el recinto. De hecho, fue Sacerdote de Delfos (95 d. C. ) y sus apuntes hacen mucho más interesantes la visita a Delfos. (Para ampliar más información: Plutarco). Digamos que la entrada principal del santuario de Apolo comenzaría  desde la Vía Sacra (véase imagen de arriba). Cuando uno entra al recinto sagrado no tenemos que perder de vista todos los ángulos, porque según avancemos tenemos que recrear las imágenes sucesivas que las obras de arte nos ofrecen. Impresiona contemplar tantas obras de arte originales en un ambiente natural, un museo al aire libre. El santuario acoge otros edificios directamente relacionado con el culto, los llamados tesoros, o con las necesidades comunes para los visitantes, como por ejemplo, el teatro, el gimnasio o el estadio. Para todas las ofrendas y tesoros expuestos hay siempre detrás un mito o una historia de guerra vinculada con el santuario, en agradecimiento o bien como una demostración de poder y riqueza de las diferentes ciudades estados. Como me es imposible mencionar todas, citaré aquellas que más me han gustado:El tesoro de los atenienses: es uno de los ex votos más conocidos y el que tiene una distinción especial sobre los demás. Las principales escenas que presenta son: la Amazonomaquía, las heroicidades de Teseo y los trabajos de Hércules. Dentro se guardaban los ex votos que donaba la ciudad. El tesoro de los Atenienses se erigió para conmemorar una victoria ateniense, un acontecimiento histórico de la polis o bien, como otros autores atestiguan, para manifestar en el sagrado recinto de Delfos, la devoción y la riqueza de la ciudad que lo donaba. Otros monumentos del mismo calado serían: el tesoro de los Beocios, el de los Megarenses, el de los Sifnios, el de los Etolios, el de los Corintios, entre otros. Todos ellos con la misma finalidad que el Tesoro de los Atenienses. El ónfalos (reconstrucción) está situado en la parte lateral de la Vía Sacra, al lado del Tesoro de los Atenienses.

    El ónfalo, en primer plano.

    Me encuentro en la plaza, frente al Templo de Apolo, justamente en la rampa de entrada al pronao (reconstruida), ¡¡Qué maravilla!!

En la pronao estaban las dos frases lacónicas y cargadas de sabiduría: “Conócete a ti mismo” y “Nada en exceso”. Sabios principios. Sin embargo, había otra inscripción, muy curiosa y que ha sido fruto de debate durante siglos y siglos: la “E”, la que dio más controversia a los sabios griegos. Concretamente, Plutarco escribió un tratado titulado “Sobre la E”. La “E” es la quinta letra del alfabeto griego (epsylon). Sin embargo, fue Amonio, el maestro-filosófico de Plutarco, quien expuso que la “E”  significa “Eres” , en una palabra, la divinidad Apolo “Es” mientras que el hombre se mueve en el devenir de los tiempos. Esta reflexión nos recuerda a la formulación bíblica de quién es Dios y la respuesta es rotunda: Dios es el que es. El planteamiento de Plutarco resulta muy interesante y reflexivo para abrir un hilo de debate sobre  la “E”.

 

El templo de Apolo, visto desde la parte superior del santuario.

El teatro tenía una capacidad para 5.000 espectadores. Las representaciones eran dramáticas y líricas. Como dato curioso, al ser un lugar muy frecuentado, sobre sus muros tenían grabados diferentes actas y decretos que necesitaban divulgación.

El Estadio

La primera construcción del estadio se remonta al s. V a.C, así lo confirma la inscripción grabada en la parte externa del muro sur del estadio. Como era normal, al principio no había asientos; los asientos de piedra del Parnaso fueron construidos gracias a la portación de Herodes Ático en los tiempos del emperador Adriano. Este estadio (178, 35m) es un poco más pequeño que el de Olimpia (212, 54 m) pues la pista de Olimpia se midió con los pies de Hércules (697,3 pies), como cita el mito.

Ahora se entiende que Delfos  se le conoce como “ómfalos”, el “centro” u “ombligo” del mundo durante más de mil años. Ciudadanos de todo el mundo y reyes de todas las patrias acudían desde los lugares más remotos para consultar a la sacerdotisa del oráculo, para construir monumentos a los dioses en oro, mármol, bronce y piedra y para participar en competiciones atléticas o musicales. A partir de hoy, espero que Delfos sea una visita obligada para los amantes de la cultura griega, para aquellos que quieran descubrir algo nuevo y diferente y, sobre todo, sentir esa fuerza que había allí presente, sin igual, y que pululaba alrededor del santuario.

Delfos me conquistó, me desbordó y me abrió un nuevo horizonte para entender el pensamiento griego.

Tomo prestadas las palabras de la autora literaria Aurora Luque para concluir mi viaje   a Delfos:

Cómo podría desintoxicarme. Dependo de por vida de una droga. De Grecia.

 

Bibliografía:

  • Petsas F. M. Delfos. Sus monumentos y su museo. Ediciones CRINI, 2004.
  • Kaplan M. El mundo griego. Universidad de Granada.

Me ha sido de gran utilidad para ampliar más información sobre Delfos:

  • Conferencia sobre Delfos realizada por Miguel Ángel Elvira Barba (Canal Youtube Fundación Juan March)

 

 

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Viaje a Grecia: Delfos, más allá del mito (Parte II)

Kylix con la representación de Apolo realizando una libación. (Museo de Delfos)

APOLO

Como breve reseña mitológica, Apolo es el hijo de Zeus y de Leto (hija de los titanes Ceo y Febe). Su hermana melliza es Artemisa. Apolo nació sietemesino, pero gracias a Temis que le alimentó con néctar y ambrosía su crecimiento fue rápido. Apolo, a los pocos días de nacer en la isla de Delos (la antigua Ortigia), pidió un arco y flechas, que Hefesto le facilitó inmediatamente. Delos significa “brillante”, (por Apolo, dios de la luz), en otras fuentes la relacionan con “manifiesta, evidente”. Pitón, hijo de Gea, persiguió a Leto para matarla, pero no lo consiguió. Después, Apolo, sin titubeo, fue tras la serpiente Pitón a la que hirió con sus flechas en el Monte Parnaso. Pitón huyó al Oráculo de la Madre Tierra en Delfos (ciudad llamada así en honor del monstruo Delfine, su compañero), pero Apolo continuó su caza hasta que le dio muerte en el interior del santuario.

Gea presentó el ultraje a Zeus, quien no solamente ordenó que Apolo fuese al valle del Tempe para purificarse, sino que además instituyera los Juegos Píticos en honor de Pitón, los cuales debía presidir como penitencia y restaurar el daño causado.

Según otra versión paralela, Apolo visitó Creta y a la vuelta (convertido en delfín) se trajo los primeros sacerdotes y se apoderó del Oráculo de Delfos y retuvo a su servicio a la Pitonisa. Por esta razón, los cretenses legaron su música sagrada, su ritual, sus danzas y su calendario a los helenos, así como el labrys, o hacha doble, que dio nombre a la primera corporación sacerdotal de Delfos, los Labriadas.

Para ampliar más información relevante os remito al siguiente enlace: Apolo

APOLO HIPERBÓREO

La historia de Apolo nos puede resultar a veces confusa, según las fuentes, porque también a Apolo se le conoce como un dios de los Hiperbóreos, es decir, “hombre de más allá del Viento Norte”. Delos (vinculado directamente con Apolo), precisamente, fue también otro centro de culto hiperbóreo.

El origen de los hiperbóreos se sitúa en las regiones septentrionales del noroeste de Europa. La propia etimología de la palabra “hiperbóreos” indica que viven más allá del viento Bóreas, es decir, en algún lugar lejano y desconocido localizado en el norte. Los hiperbóreos estaban organizado bajo una ley divina donde no había guerra y todo el entorno era de paz, de armonía, de justicia y de sabiduría con un vínculo directo con los dioses. En síntesis, una Edad de Oro similar a la que menciona el poeta griego Hesíodo en su obra la Teogonía. Por lo tanto, los hiperbóreos son una raza sagrada, libre de enfermedades y vejez, que no conocían ni el trabajo ni la guerra y pasaban sus vidas danzando, tocando la lira, la flauta. Como bien atestigua las fuentes de la Tradición, el país de los hiperbóreos es la patria original de los pueblos arios e indoeuropeos, foco principal de la Tradición Primordial. La civilización nórdico-polar fue su epicentro espiritual.

Según el mito, Zeus dictó que Apolo residiera en Delfos y trajera las leyes a los helenos, pero el joven dios se marchó volando sobre un carro tirado por cisnes desde Delos hasta el país de los hiperbóreos, donde permaneció un año entero. Sin embargo, como los habitantes de Delfos no dejaron de invocarle con cánticos y danzas, el dios marchó hasta Delfos.

Desde entonces, pasaba los tres meses de invierno entre los hiperbóreos y regresaba con la primavera a Delfos. Durante su ausencia Dioniso reinaba en Delfos como señor del oráculo.

Si Apolo se convirtió en el dios que aleja el mal y purificador por excelencia fue porque él mismo tuvo que purificarse después de haber dado muerte a la serpiente Pitón. Según el mito, Apolo tenía que limpiar su propia mancha, o dicho al estilo griego antiguo tenía que evitar que se produjera el “miasma”, una desgracia que corrompía una sociedad entera. Para ampliar más información sobre el término  ir a: miasma y o catarsis.

Por lo tanto, Apolo contribuyó a humanizar las costumbres arcaicas en relación con el homicidio, de ahí las dos máximas inscritas en su templo: “Conócete a ti mismo” y “Nada en exceso”.

Por otra parte, si seguimos las fuentes del mundo Tradicional a través de Eduard Alcántara, el autor indica que Apolo hiperbóreo: simboliza a la perfección, con su actitud mayestática, la inmutabilidad y estabilidad del Principio Supremo; un Principio Supremo que equivale al No-Ser de determinada metafísica o al Motor Inmóvil del que hablaba Aristóteles. (Es lo Insondable e Inindefinible y a partir de lo cual se manifiesta, por emanación, el Universo. Es la Trascendencia pura.) El Apolo hiperbóreo sí que es, por ello, la genuina representación de un tipo de Espiritualidad Solar en sentido puro; tomando, pues, al Sol en el sentido del astro Iluminador (la estrella) que permanece fijo e inmutable y alrededor del cual giran los móviles planetas. ( Ir al enlace de Eduard Alcántara)

Efectivamente, hay datos que confirman que existe una identificación entre Apolo-Helios desde, al menos, la época arcaica (Esquilo, Suplicantes, 212-214). Sin embargo, hay que matizar un aspecto para evitar confusiones. Todas las cualidades positivas son representadas por las divinidades solares, como por ejemplo Ra (símbolo de la luz solar) en la civilización egipcia o Helio y Apolo, entre los griegos. Pero la diferencia es evidente entre Helio y Apolo. Por un lado, Helio simboliza al sol que nos nutre cada día, el que preside las estaciones, la fecundidad y la productividad de la tierra; y, por otro lado, Apolo es el símbolo de la productividad del alma, es decir, los frutos terrestres se convierten en este caso en los “frutos” del alma, de los deseos y de su espiritualización-sublimación. En suma, Apolo representa la armonía del alma, la obra interiorizada; Helio representa el astro solar que fecunda, la obra exteriorizada, es decir, representa una cualidad del espíritu.

Volviendo al hilo del mito, Pitón fue enviado contra Leto por Hera para mortificar a Zeus (leer: Himno homérico a Apolo), y Apolo, después de matar a Pitón y, lo más probable a su compañero Delfine, se apodera del templo oracular de la Madre Tierra, pues Hera era la Madre Tierra o Delfine en su aspecto profético.  Para ganarse a la opinión local de Delfos se instituyeron juegos fúnebres regulares en honor a Pitón y mantuvieron en su puesto a su sacerdotisa. La interpretación sobre la religiosidad en esta época remota del significado de la muerte de Pitón y la relación del hombre-iniciado con la Madre Tierra lo aclara Eduard Alcántara en su blog: “ representa un certero símbolo para clasificar a ese tipo de religiosidades cuyos fundamentos están sometidos a las leyes del devenir, de la caducidad y de la mutabilidad, un certero símbolo para clasificar a esas religiosidades de corte telúrico-matriarcal en las que la Madre Tierra se convierte en la divinidad central, pues los productos que en ella toman vida (las plantas) nacen, crecen, se reproducen y mueren (así como los animales y las personas que de dichos productos dependen); son perecederos. Quien rinde culto a la Madre Tierra como eje principal de sus creencias no concibe más realidad que aquélla del devenir y no podrá, por tanto, aspirar a acceder al Despertar -del que hablaba el Buda- consistente en Identificarse ontológicamente (debido a la transustanciación conseguida por el ya Hombre Superior) con el Principio Supremo que es imperecedero, eterno e inmutable, a diferencia de lo que sucede con el cosmos o mundo manifestado que es caduco, mutable y perecedero”.

Así, se entiende que Gea, la Madre Tierra, representa el mundo del devenir, el arraigo al mundo exterior y la fecundidad, y de tales cualidades nace la serpiente Pitón que busca el beneficio del mundo, la obra exteriorizada; sin embargo, Apolo es la manifestación  suprema del espíritu y del alma,  por eso mata a la serpiente Pitón y cierra un ciclo antiguo y primitivo dominado por una religiosidad telúrico-matriarcal para dar comienzo un ciclo de crecimiento del alma con otras directrices marcadas por el propio Apolo: armonía, serenidad, “nada en exceso” y “conócete a ti mismo”.

 

 

Dioniso (Parte del frontón del templo) Museo de Delfos

DIONISO

Según el mito órfico, Dioniso Zagreo es hijo de Zeus y Perséfone, antes de que esta se convirtiera en reina del Hades. El pequeño creció en Creta, protegido por los mismos guardianes que habían guardado a Zeus de los ojos de Cronos. Pero los Titanes, enemistados con Zeus, esperaron a que los guardianes descansaran para atraer al pequeño con juguetes dorados. Cuando los Titanes se abalanzaron sobre él, el pequeño intentó defenderse tomando la forma de diversos dioses y animales, pero terminaron por despedazarle y devorar su carne cruda. Atenea interrumpió el espantoso banquete justo a tiempo para rescatar el corazón del pequeño, lo encerró en una figura de yeso en la que insufló vida y así Dioniso renació de nuevo y se hizo inmortal. Zeus, preso por la ira, mató a los Titanes con sus rayos. Según el mito de las cenizas nació la especie humana, que es una mezcla de la parte terrena de los Titanes y la parte divina de Dioniso, según la versión órfica.

La forma de  los diversos animales que Dionisio manifestó fueron la de León, Toro y Serpiente, y éstos fueron los emblemas del año tripartito en el calendario. Nacía en invierno como serpiente (de aquí su corona de serpientes), se convertía en león en la primavera y lo mataban y devoraban como toro, cabra o ciervo en el solsticio estival, y a su vez se celebraba su festividad con fervor y júbilo mostrando la tumba de su resurrección anual en Delfos, tal como menciona Plutarco en su tratado (“Sobre Isis y Osiris” 35).

Dionisio tenía rango de divino, así se refleja en unas tablillas micénicas del siglo XIII a. C.  encontradas en Pilos. Es un dios vital de la naturaleza que se manifiesta en múltiples formas, dentro de su ámbito del reino de la naturaleza que le es propio. Por ello es garantía de la nueva vida y renovación porque representa el movimiento cíclico de la naturaleza, la primavera, la vid, la cosecha, el vino, el sacrificio, etc. Por lo tanto, es una vida en continua renovación, con un hálito indestructible fiel reflejo de la naturaleza y de la interacción del hombre con la propia naturaleza.

La lectura que podemos realizar en cuanto a la enseñanza de Dioniso es que el hombre siente la necesidad de comprender la vida humana y ajustarla en esos ciclos de la naturaleza y entender la figura de un dios de salvación, una figura que garantice a los hombres que sus vidas no están limitadas a los márgenes del nacimiento y la muerte, sino que se integrarán en esa dinámica creadora y destructora de la vida cíclica.

Otras versiones del mito de Dioniso lo relacionan como hijo de Zeus y de Deméter, o bien de Io. Sin embargo, la leyenda más popular lo hace hijo de Sémele y Zeus. Os emplazo al siguiente enlace para ampliar el mito: Dioniso.

Por otra parte, siguiendo el hilo del historiador Jacob Burckhardt (Historia de la cultura griega. Vol. I) los griegos tomaron de los tracios el culto de Dioniso y de ahí la complejidad de descomponer el origen de Dioniso, pues era procedente de Tracia, un culto extranjero. La complejidad de Dioniso se debe a que se parte de la idea de una época remotísima en que la religión de los griegos (aún por definir) era todavía un crisol de anhelos e ideas propias tomadas de la fe de algunos pueblos y de otras culturas.

Durante el periodo arcaico de Homero (S. VIII a.C.) empezaría el frenesí dionisíaco por parte de los fieles de Dioniso. No obstante, en la epopeya de Homero, tanto en la Ilíada como la Odisea (S. XIII), hay que ser muy cautos, pues el papel de Dioniso aparece unas cuantas veces, de manera fugaz y como segundo plano del escenario. Cabe destacar, por ejemplo, que en los dos poemas homéricos nunca interviene en la vida y en los destinos del hombre, ni es el quien ofrenda y escancia el vino. Por lo tanto, si no tiene un papel destacado en el mundo homérico nos da a entender que el dios tracio todavía no había alcanzado el pico más alto en la vida y en la fe de los griegos durante el conflicto de Troya, pero no se descarta que haya tenido una significación importante que fuera más allá de unos cuantos cultos locales, como puede ser en el caso de Pilos, en la época micénica (S.XVII-XII a.C.), donde se recoge un registro del dios en una tablilla con su nombre y su culto.

El espíritu griego, al ser poco propenso a abrirse a nuevos dioses, nos hace indicar que Dioniso tuvo que darse a conocer de un modo gradual, paulatino y abriéndose paso como un dios exótico. Aunque hay otras versiones que defienden que, si el dios se presenta como extranjero y lejano, no es porque sea de procedencia exótica, sino porque tenía una tendencia a lo extraño.

Lo que no cabe la menor duda es que, finalmente, el frenesí dionisíaco, el éxtasis de las fiestas orgiásticas causaron furor en la zona de Grecia central y en el Peloponeso siendo presa de su encanto la totalidad de las mujeres y que, a su vez, los griegos sentían, como no podía ser de otro modo, un rechazo contra estos agitados y turbulentos ritos procedentes de los tracios, una aversión nacida de un instinto muy hondo, contrarias a la mesura y el equilibrio del espíritu griego.

Por eso se explica que el Dioniso que pasó a engrosar parte del Olimpo griego junto a los grandes dioses,  no era el antiguo dios tracio, sino una versión suavizada, con un perfil más helenizado y humanizado. Bajo esta nueva corriente, los griegos celebraban su fiesta anual, en la que el dios era adorado como el dios del vino, como el protector de la germinación de la vid y de los campos, como divina encarnación de la plenitud de vida de la naturaleza en todo su esplendor.  Asimismo, Dioniso también tomó relevancia en la tragedia griega y la poesía.  Según Jacob Burckhardt, la cúspide de la poesía griega, el drama, nace en realidad de los coros que animan las fiestas dionisíacas, como es el caso de Atenas, con sus alegres y pomponosas fiestas con gran entusiasmo, lejos de ser aquellas fiestas tracias con que periódicamente se conmemoraba la “epifanía” de Dionisos, su aparición en el mundo de los vivos, su salida del reino de las sombras en medio de las treguas nocturnas. Por eso, la naturaleza originaria de Dionisos, señor de los espíritus y las almas (y no la del dios del vino) tuvo también su continuidad en Delfos y en Atenas. El éxtasis, el desenfreno, el sombrío salvajismo del arcaico culto dionisíaco no desaparecieron del todo, pues en las fiestas trieterias, en las Agrionias y las Nictelias, se conservaban rasgos originales de la antigua barbarie, en medio de toda la finura de la civilización griega.

Los rituales más representativos ofrendados al dios tracio antiguo eran los sacrificios bajo un estado de delirio, comer carne cruda, la furia y la expresión desorbitada con que desgarraban con los manos a los animales destinados al sacrificio.

No eran cultos precisamente privados o que estuvieran ocultos en la sociedad griega. Sin ir más lejos, “Las Bacantes” de Eurípides refleja lo que se detalla en líneas anteriores.  Eurípides presentaba en cada una de las figuras del drama la divina locura a la que están sometidas, el poder de sojuzgamiento de sus almas que vibraban en las orgías dionisíacas y que nos permite imaginar lo que eran aquellos trances del alma.

La finalidad de estas fanáticas fiestas era la “purificación” del alma extáticamente excitadas. Quienes participaban dentro de este círculo mágico, consagraban sus almas, corriendo y danzando furiosamente por las montañas para formar parte de las bendiciones del dios. El mensaje de Dioniso era el de un gran alivio espiritual para el iniciado. En mi opinión, el iniciado debía aceptar el nuevo conocimiento, símbolo de la creación divina, luego interiorizarlo y, por último, soltarlo todo. En otras palabras, era el momento de la abertura a la eternidad, revelando todo lo que había dentro y exaltando que el cuerpo era un templo que contenía la divinidad. Este estallido cósmico representaría, quizá, las constelaciones existentes, el universo trazando el mapa de la humanidad o un instrumento de navegación para alcanzar el cenit espiritual. Las fiestas dionisiacas remiten a una danza de celebración alegre, danzarinas, que evolucionan por un decorado teatral, el monte Parnaso,  un entorno natural perfecto para la consagración de los iniciados. La finalidad última, tal como se detalla en líneas anteriores, era el nacimiento de algo que lleva tiempo incubándose dentro del iniciado y que revelaría la existencia de una potencia divina que necesita manifestarse hacia fuera. Las connotaciones fálicas que se daban en este ambiente eran el símbolo de toda creación y de todas las cuestiones relacionadas con la eyaculación y a la fertilidad.

En suma, el Monte Parnaso era el propio altar sacralizado manifestando que el mundo es divino, que la carne es una celebración viva y la vida una construcción incesante donde el iniciado formaba parte de ella. A través de Dioniso se conocía la alegría a través de un estallido. Dioniso era la vida misma, la transformación y la reconstrucción, la llama perenne de la materia y el espíritu. El dios era sinónimo de alegría cósmica y a su vez de la maravillosa catástrofe, la fuerza innominable, el amor cósmico que sostenía la materia, el huracán que atravesaba todo nuestro ser, etc. Los seguidores dionisiacos conocían el fuego del centro de la tierra, la luz del centro del universo, se alineaban con el eje universal, vibrante, para convertirse en un canal para la manifestación del dios. El iniciado, supongo, estallaría de alegría a sentir la unión: lo alto era lo bajo, lo bajo era lo alto, sería su experiencia propia y sublime cuando llegara al clímax de la exaltación dionisiaca. El iniciado experimentaría que todo lo que había estado encerrado en la materia, en su cuerpo (mental, físico, emocional y espiritual) rompería (como si se tratara de una eyaculación) hacía fuera y sentiría una danza cósmica dentro de sí y un reencuentro con su energía original. Ese sería su apoteosis final.

Apolo y Dioniso no tienen más remedio que compartir una alianza que se fraguó en Delfos, concretamente en el monte Parnaso, en la conocida gruta de Coricia. Ahí se celebraba el solsticio de invierno (un año sí y otro no) la fiesta nocturna de Dioniso, en las cercanías de los altares de Apolo, que era el dios que dominaba sobre Delfos.

Si en el propio templo de Apolo se celebraba una fiesta secreta a los sacerdotes apolíneos, las Tíadas (ménades, más tarde las sacerdotisas de Dionisos) danzaban frenéticamente en los montes. Las tíadas representaban a la luz de las antorchas acompañadas de una danza orgiástica,  el mito del Dionisos-niño desgarrado y devorado por los Titanes y la expulsión de éstos por Zeus, quien guarda los restos del niño que fue posible rescatar en el templo délfico de Apolo. Son las propias tíadas las que representan más tarde, mímicamente, la resurrección del dios.

En cuanto a las fiestas de Delfos se dividían, para satisfacer a ambos dioses. De esta manera hubo una reconciliación por parte de los sacerdotes del Apolo délfico y de los sacerdotes que representaban a Dioniso, como símbolo de universalidad religiosa. Y fue, precisamente el Oráculo de Delfos el que se encargó de introducir el rito de Dioniso en las comarcas colindantes y poco a poco contribuyó a su amplia difusión por toda la Hélade. Es cierto que el culto dionisíaco en Delfos fue disminuyendo hasta convertirse en un culto de versión moderada y suavizada, exentos de orgias y adaptado a la sensibilidad de la vida mesurada y serena de los atenienses. Dioniso, finalmente, se presenta como un dios liberador de las penas, del sufrimiento y de las tristezas de esta vida mundana. Sus cultos y festividades evocan la liberación de los sentimientos, la alegría sin control frente a las duras exigencias del orden establecido.  Cuando Hestia, diosa del hogar, decidió dejar el Olimpo y atender el fuego de las casas de las familias, Zeus eligió a Dioniso para ocupar su lugar como dios inmortal del vino, el jolgorio y las fiestas.

Apolo versus Dioniso, dos caras de una misma moneda. No se puede entender el uno sin el otro. Dos mundos que concebían la espiritualidad de dos formas distintas. Eduard Alcántara lo expresa así: Dionisos juega con lo sensual, con lo embriagador: con las danzas frenéticas, con el vino. Se le asocian rituales orgiásticos: es arquetípica, en atinada expresión evoliana, ‘luz del sur’. Es la agitación, la voluptuosidad, es el mundo de los sentidos, es símbolo del plano sensible y material de la realidad. Es, echando mano del hinduismo, prakriti. Por contra Apolo simboliza la espiritualidad pura, el dominio de uno mismo, el ser descondicionado e Iluminado por la Luz del Espíritu. Es el Primer Principio Eterno: es Purusha. Es Luz del Norte.

En otras palabras, lo dionisíaco como referente espiritual representa uno de los extremos en su oposición a la moderación apolínea. El triunfo de uno de estos principios niega al otro y a su vez supone la destrucción del contrario. La tensión entre lo dionisíaco y lo apolíneo (embriaguez y serenidad) vivificaría el arte griego durante muchos siglos.

Bibliografía:

  1. Ríos, E. J., La naturaleza del mito más allá de la mitología griega (vol. 1), [libro inédito<https://www.academia.edu/19982566/La_Naturaleza_del_Mito_mas_alla_de_la_Mitologia_Griega_Vol._III_&gt;,[consulta el 10-03-2020]
  2. García López J. . La religión griega, Madrid 1975
  3. Graves, R. Los Mitos griegos I. Alianza Editorial
  4. Burckhardt J. Historia de la cultura griega Volumen I. 
  5. Kaplan, M. El mundo griego. Universidad de Granada

Del Mundo Tradicional, me ha sido de gran utilidad para entender la perspectiva de Apolo y Dioniso el siguiente enlace:

Entre las obras literarias griegas os recomiendo:

  1. Las Bacantes-Eurípides
  2. Las Suplicantes- Esquilo

Entre los ensayos relacionados con la temática os recomiendo:

  1. El nacimiento de la tragedia(Friedrich Nietzsche)

 

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Viaje a Grecia: Delfos, el origen del oráculo (Parte I)

Origen del Oráculo

Delfos, santuario oracular por excelencia, comienza a deslumbrar mucho antes de la llegada de Apolo. Al principio, los griegos relacionan Delfos con el término delphis, “matriz”, independientemente de su etimología. El lugar consagrado era una sima, denominada por los griegos stomios, término que sirve también para designar la vagina.

En lo mitológico, la serpiente femenina Delphyne nace de la tierra. A la primera profetisa se le conocía como Dafnis y se sentaba en un trípode donde exhalaba los vapores de la profecía. Después, cede el lugar a la serpiente masculina pitón, cuyas sacerdotisas se conocían como Pítias. De este modo y de manera gradual, el venerable lugar empezó a poner de manifiesto la sacralidad y la potencia de la Tierra Madre. La Madre Tierra después cedió sus derechos a la titánide Febe o Temis  y,  con el paso de los tiempos, acabó siendo una nueva corriente religiosa bajo la tutela de Apolo.

Otra versión dice que Apolo robó el oráculo a la Madre Tierra después de matar a la serpiente Pitón y que sus sacerdotes hiperbóreos, Pagaso y Agieo, establecieron allí su culto.

Siguiendo los versos de las Euménides de Esquilo, por boca de la Pitia conocemos que Gea fue sucedida por su hija Temis y ésta a su vez por otra hija de Gea, la Titánide Febe, que dio su nombre a Febo Apolo, otro epíteto reconocido de Apolo. Sin embargo, el basamento en el que se centra el mito se halla en el Himno Homérico a Apolo Pitio como el epíteto más reconocido y más popular (S. VII a.c). Gracias a este himno se conoce como Apolo construyó su primer templo y el “bosque sagrado” en Delfos. (Ir al enlace Himno Homérico a Apolo)

En cuanto a la arquitectura del templo, se cuenta que la construcción del primer templo fue hecha con cera de abejas y pluma, en forma de colmena; después, con tallos de helecho; la tercera versión con ramas de laurel; luego, que Hefesto construyó uno nuevo de bronce, pero que la tierra se lo tragó; más adelante, fue construido con piedras labradas pero se quemó y fue reemplazado por el último templo que se conoce.

Delfos, para los griegos, es el centro exacto del universo. Según el mito, Zeus soltó dos águilas, una desde el extremo oriental del mundo y otra desde el extremo occidental y ambas se encontraron sobre el ónfalos, el símbolo de Delfos más representativo, que señala el centro del mundo.

Ónfalos. Museo Arqueológico de Delfos.

El ónfalos tiene una forma abovedada y suele estar ligado a las moradas de los espíritus de los muertos que viven bajo tierra y que tienen un poder mántico clarividente. El ónfalos tiene precisamente esa geometría porque está vinculado a la madre Tierra, a Gea, la primera diosa que tuteló Delfos. Dicha geometría se apreciaba, por ejemplo, en las construcciones de los edificios cupulares micénicos, en la que precisamente el Dios-Rey termina uniéndose a la madre Tierra y se conecta también a los cultos de las deidades ctónicas tan cercanas y habituales en tiempos homéricos (Hécate, Perséfone, Hades…). Por lo tanto, el ónfalos se puede interpretar como un “lugar” sagrado (una cueva, un templo…) relacionado con las fuerzas del inframundo.

Como datos de interés, la pieza que se exhibe en el museo de Delfos es una copia helenística del «ónfalos» que representaba la piedra que depositó Zeus en Delfos, el centro de la Tierra.

Para mí, el ónfalos es también símbolo de pureza total, nos revela la parte intacta que no ha sido tocada por el hombre, este testigo puro y celestial que suele ligarse con la parte más íntima y espiritual de nosotros, un centro de purificación, un habitáculo sagrado donde encontrarnos con nosotros mismos.

En el mito se habla de dos águilas. El simbolismo del águila también merece una mención especial y nada desdeñable. Destaca su carácter olímpico, heroico, solar, la representación de la realeza y presagio de victoria. Es el símbolo de Zeus, el padre de todos los dioses. Por eso, Delfos representa un lugar sagrado, especial, un portal donde fluye un tremendo poder con unas energías muy vigorosas y activas en su entorno para desempeñar su función clarividente. Delfos es un lugar inspirador, con unas tremendas rocas, que te evoca una diadema, una joya incrustada en el relieve montañoso que rodea al santuario.

Imagen de “Viajar a Atenas”

En suma, nos encontramos en un enclave natural, único y favorecido por la naturaleza. Delfos fue desde la antigüedad más remota un lugar sagrado; estaba ya consagrado a ser un lugar de peregrinación, un cruce de caminos que iba tejiendo de manera gradual y paulatina su propio destino a través de los siglos.

Uno siempre intenta descubrir cuales son las voluntades de los dioses. El vuelo de un ave o las vísceras de un animal eran el modo de presagiar el futuro, pero en Delfos,  los dioses hablaban directamente a través de las sacerdotisas y es lo que le hacía ser un lugar único y especial. De hecho, su fama duró más de mil años. Para entender el mundo griego, Delfos es un destino obligado para los amantes de la religión y la cultura griega. Sinceramente, ahí es donde reside la propia respuesta a todos nuestros interrogantes. Delfos fue la piedra angular del mundo antiguo occidental y para entender todo el tejido social, político y religioso de la época antigua hay que empezar precisamente en Delfos.

Cuando uno pisa Delfos le impresiona el imponente y erizado monte Parnaso (2459 m.) y la cadena montañosa que hay alrededor. En el Parnaso vivía Apolo, las Musas y los genios de la naturaleza. Justo a los pies de la cumbre había una cueva, con estalacticas y estalagmitas, algo hermoso, único. En definitiva, Delfos ya desde la antigüedad recreaba un ambiente evocador que se prestaba a la religiosidad,  al culto.

Debajo de las montañas se extienden pequeñas llanuras que te recuerda a una alfombra verde que va cubriendo toda la tierra y, justo al fondo, se ve el Golfo de Itea que se abre al Golfo de Corintio. La zona de Delfos está situada a una altura aproximada de 700 metros y está marcada por las Rocas Fedríadas que reflejan los rayos del sol (conocidas como las Resplandecientes). Entre las Rocas corren las finas aguas cristalinas de la fuente Castalia. El nombre de la fuente se toma de la hija del dios-río Aqueloo (una ninfa del Parnaso) que, para huir de la persecución de Apolo, se arrojó a la fuente que desde entonces tomó ese nombre.

Por lo tanto, agua y piedra son los elementos indispensables para que el lugar tomara un valor diferente de otros santuarios, pues el agua era el elemento purificador de la Pitia, antes de tomar contacto con los consultantes y las piedras se tomaban como una adoración, un objeto sagrado, como es el ejemplo del Ónfalos, la piedra sagrada.

Para levantar el lugar sagrado, Apolo tuvo que matar a la Pitón, una enorme serpiente, hija de Gea, que quedó en la tierra después del gran diluvio de Pirra y Deucalión. La pitón custodiaba la fuente profética Casótide, lugar cercano al Templo de Apolo, y vivía dentro de una gruta a los pies del Parnaso.

Apolo, tras matar a la Pitón (de aquí deriva el epíteto Apolo Pítio), tuvo que ir hasta el valle del Tempe y de ahí trajo el laurel con el cual construyó su templo. Apolo recitaba los oráculos en el santuario de Gea por boca de la Sibila, que estaba sentada atada a la “boca” de una “abertura de la tierra” de la cual exhalaba el “espíritu”. La primera Sibila del oráculo de Delfos (bajo el mandato de Apolo) se llamaba Erófila. El mundo de las Sibilas es fascinante y a la vez enigmático. Se cuenta que en una época remota indeterminada había una mujer que se llamaba Sibila y que tenía el don de la profetización y de poseer unas dotes innatas en la clarividencia. Su fama fue tan popular que a partir de entonces las mujeres venideras que hacían premoniciones se les conocía como mujeres sibilas. (Ir al enlace: el don de la profecía)

Como dato curioso, los sacerdotes de Apolo exigían, como requisitos, la virginidad a las pitias de Delfos, pues las consideraban como novias de Apolo; pero, según reza el mito, una de ellas se escapó con un devoto y por eso se decidió que en adelante tuvieran por lo menos cincuenta años para ser admitidas.

También, y siguiendo otras fuentes, hay que nombrar que los primeros sacerdotes de Apolo procedían de Cnosos, en la isla de Creta y que fueron guiado por Apolo convertido en delfín. De ahí que también se le conozca como Apolo délfico.

El modo de adivinación que se ofrecía en Delfos era, como hemos mencionado en líneas anteriores, el mismo dios, Apolo, que hablaba directamente por la boca de la Pitia. En los comienzos, el oráculo daba consejos una vez al año (S. VIII a. C.), coincidiendo con la celebración del aniversario de Apolo, el séptimo día del mes de Bisio (Febrero-Marzo). Pero la fama del oráculo iba aumentando progresivamente y a partir del siglo VI a.C. en adelante el oráculo tuvo que ampliar las consultas al séptimo día de todos los meses, excepto los invernales.

En el invierno Apolo partía hacia el país de los Hiperbóreos y dejaba el santuario bajo la tutela de Dioniso. Así pues, el sereno dios de la luz prestaba, de manera temporal, el santuario al dios del vino y la fiesta, que tenía su templo junto al de Apolo.

Para mí, Delfos es como un pequeño Thesaurus donde se puede hallar la serenidad y la sabiduría del ser. No nos extrañe que en el templo se hallara la famosa frase: “Conócete a ti mismo”, ya que sólo quien puede entrar dentro de sí mismo puede comprender el mensaje.

Los Juegos Píticos

Para conmemorar la victoria de Apolo sobre la Pitón se fundaron los Juegos Píticos.

En su origen, los juegos tenían lugar cada ocho años. Eran certámenes musicales con himnos poéticos a Apolo con acompañamiento de la lira. El premio era una corona de laurel. Os recomiendo la lectura del mito de Apolo y Dafne para vigorizar aún más el símbolo del laurel, además de lo mencionado en párrafos anteriores sobre el laurel.

Los vencedores de los Juegos Píticos ganaban el privilegio de colocar sus estatuas en el recinto sagrado.

Como era habitual en los Juegos había una tregua entre todos los griegos, que duraba tres meses, para que pudieran desplazarse los peregrinos desde sus remotas tierras a Delfos y de nuevo volver a sus lugares de orígenes. Como es lógico, cada Polis enviaba representantes que se llamaban “theoroi”. Las fiestas tenían una duración de una semana, aproximadamente. Se representaba una reconstrucción escénica del mito de la muerte de la serpiente por Apolo y se realizaba una solemne procesión, en la que el séquito principal lo formaban los sacerdotes con todas sus vestimentas ceremoniales, los representantes de las ciudades, los participantes en los juegos, etc. Todos aportando algún obsequio para el dios. Delante del templo se celebraba el famoso sacrificio de los cien toros (hecatombe) que tenía lugar en el gran altar. La festividad estaba dedicada a los certámenes teatrales donde se competían recitando himnos a Apolo con flauta o con lira, que en algunos de los casos se podían representar una tragedia o una comedia. Lógicamente, en los Juegos Píticos tenían competiciones deportivas en el estadio, pero no con la misma categoría que los de Olimpia. Dentro de las competiciones deportivas destacaban el péntantlon que comprendía la carrera de velocidad, lucha, salto, disco y jabalina. Destacaban también y era digno de ver, los combates de lucha y boxeo y una prueba de pancracio, que era una modalidad que unía lucha y boxeo. Y, por último, se celebraban las famosas carreras de caballos. Las Píticas destacaban de entre los juegos panhelénicos por sus certámenes con himnos religiosos con lira y flauta. La música, con un sentido sacro y mucho más amplio del que le damos hoy día, era uno de las aficiones de Apolo.

Para ampliar más información:

Enlaces de interés:

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¡Nos vamos a Grecia!

Resultado de imagen de Acropolis

¡En este mes de julio voy a cumplir un sueño: viajar a Grecia, cuna de nuestra civilización occidental! El periplo es el siguiente: Atenas, punto de partida, donde contemplaré la Acrópolis y los museos de la capital más representativos de la civilización griega. Después, iré a Eleusis, cuna del misticismo griego y muy conocida por ser la ciudad natal de Esquilo. Será en Eleusis donde me iniciaré en los misterios mayores eleusinos, con el beneplácito de las diosas Deméter y Perséfone. Después, visitaré Corinto, una de las más famosas ciudades griegas de la antigüedad; Micenas, la ciudad de Agamenón, rey que dirigió la expedición aquea contra Troya; Tirinto, otro enclave fundamental del periodo micénico; Nauplia, el puerto de Argos; Epidauro, con su majestuoso y famoso teatro donde se acogió el festival de las Asclepias; Esparta, la cuna de Leónidas; Mesenia, con su teatro griego; Andritsena, con su imponente templo de Apolo; Olimpia, para visitar el Templo de Hera y el famoso estadio, sede de los primeros Juegos Olímpicos, taller de Fidias y el museo arqueológico de Olimpia; Delfos, lugar sagrado para la consulta de su oráculo, pues realizaremos un ritual de purificación en la Fuente de Castalia y contemplaremos el templo de Apolo. También se visitará el teatro, el estadio, donde se celebraban los Juegos Píticos, el templo de Atenea Pronaia y, desde luego, se visitará el Museo Arqueológico; las Termópilas, un enclave importante donde los griegos combatieron a los persas durante las Guerras Médicas y, por supuesto, rendiremos un especial tributo a Leónidas, con el monumento dedicado a él y a sus 300 espartanos. En definitiva, un viaje especial para tender un puente entre el mundo griego y el nuestro, para reencontrarnos con nuestras raíces.

No es solamente un recorrido arqueológico y cultural, pues para mi es un viaje interior, una consagración espiritual, pues comprender el posicionamiento del hombre en el universo, su relación directa con la divinidad, el contacto con seres sobrenaturales y, sin declinar, la respuesta del más allá, es y será el eje de este apasionante viaje. Considero fundamental volver la mirada hacia atrás para ahondar en nuestra huella original y recuperar los vestigios filosóficos y espirituales abandonados en nuestra era moderna. En suma, un viaje que llevaba muchos años en mi mente pero que nunca se presentó la oportunidad. Os recuerdo que en la antigua Grecia era muy común la búsqueda de la purificación del alma, la idea del cuidado del alma, por eso este viaje representa mucho para mí. A partir del mes de agosto mis entradas en este blog serán exclusivamente relacionadas con el viaje. ¡ Os veo muy pronto y felices vacaciones!

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Crítica sobre “Troya: La caída de una ciudad”

La serie “Troya: La caída de una ciudad” ha sido una de las apuestas que Netflix ha ofrecido en su plataforma para sus clientes. El proyecto ha sido producido por la prestigiosa cadena inglesa BBC con 8 episodios que gira en torno a la figura de Paris, que descubre su verdadera identidad, a Helena de Esparta y a la caída de Troya.

La serie es una estafa, una sarta de mentiras con un producto de calidad pésimo y de mal gusto. Una serie que deja insatisfechos a los amantes de la cultura griega y en estado de shock a los lectores de Homero. No se la recomiendo a nadie. Para los más puristas, ni intenten de visionarla, pues vuestra sangre ardería en el Tártaro.

Para empezar, han buscado una épica y una presentación con un presupuesto bajísimo, comparado con “Juego de Tronos”, “Roma”, “Vikingos”, entre otras. Por lo tanto, se parte de un presupuesto de segunda línea. Después, no han sido fieles a los textos homéricos, pecando de inexactitudes y de falta de rigor en su presentación. Han envasado la Ilíada con la tendencia modernista de hoy día. Es una serie que está al mismo nivel que la basura cinematográfica de “Troya”, la película de Brad Pitt. En esa película, la figura de Aquiles está tergiversada y manipulada intencionadamente, fiel a los principios de inmundicia de la meca de Hollywood.

Destaquemos los gravísimos errores de la serie:

  • Zeus, Aquiles, Patroclo, Néstor y Eneas son de raza negra. Han “maquillado” a los dioses y héroes y lo han globalizado para que encajen en nuestra sociedad. Lógicamente no me refiero que moleste por temas raciales, sino por las imprecisiones culturales, raciales y mitológicas que suponen estas diversificaciones. Entiendo que hay que vender la serie, a nivel internacional, pero han tocado la “tecla” incorrecta.
  • La homosexualidad de Aquiles y Patroclo, un clásico que empezó en el cine y eso vende mucho, muchísimo. Pero esta vez, en los tiempos modernos que vivimos, han añadido un nuevo elemento, acorde a la tendencia actual: hacer un trío en una playa exótica con Briseida, la esclava de Aquiles. ¿Dónde está entonces la homosexualidad de ambos? Después de que un oráculo obligara a Agamenón a renunciar a Criseida, el rey ordenó a sus heraldos que tomasen a Briseida, esclava de Aquiles como compensación. Aquiles se ofendió por este embargo y, como resultado, se retiró de la batalla, a la que no regresaría hasta la muerte de Patroclo. En cuanto a la orientación sexual, en la obra homérica no existe ninguna mención homosexual entre Aquiles y Patroclo de manera directa, clara y concisa. Los dos héroes tienen una amistad profunda y extremadamente significativa, pero la evidencia de un elemento romántico o sexual es equívoca. La Ilíada describe a ambos héroes como «compañeros de guerra» no sexuales. En el canto IX de la Iliada se presenta a Aquiles y Patroclo durmiendo cada uno con una mujer, Aquiles con Diomeda y Patroclo con Ifis, mujer que, por cierto, el propio Aquiles entregó a Patroclo. ¿Dónde está la homosexualidad?
  • La falta del retrato de cada personaje. No te identificas con ellos, no están bien trabajado a nivel psicológico. Se salva Ulises y el padre de Héctor, Príamo. Es horrible la interpretación de Helena, sin palabras. En general, la interpretación es cutre y no empatizas con ningún personaje.
  • El guion es de segunda mano, una versión para los tiempos decadentes que estamos atravesando, un instrumento desafinado y mal compuesto.
  • Por falta de presupuesto la puesta de escena de los dioses es secundaria, sin actuar de manera directa con los héroes. La relación héroe-dioses es fría, distante y sin aliciente alguno. En la obra homérica la presencia de los dioses es opuesta a la de la serie.
  • Las batallas no son espectaculares, por la falta de presupuesto mencionada anteriormente.
  • La química es inexistente entre Paris y Helena, esa frialdad no se entiende, pero bueno, es normal no se han leído las fuentes originales para crear la serie.

La serie en sí es un castigo para los amantes de la cultura griega, sin tensión, con una dirección a nivel de aficionados, una coctelera llena de mentiras y manipulaciones. Se puede realizar una serie de bajo presupuesto, pero lo más fiel posible. Han sido ocho episodios insoportables, ocho episodios manipulando los textos homéricos.

Desmintiendo los mitos que salen en la serie:

  1. En la serie cuenta que fue Aquiles quien perpetra el asalto a la ciudad de Troya, disfrazado, para hablar con Helena y tejer un plan de conquista en caso de que ella no regrese a Esparta. En las fuentes originales, es Ulises el que se disfraza de mendigo para adentrarse en Troya.
  2. Eetión, padre de Andrómaca, muere a manos de Aquiles, pero los troyanos le hacen una ridícula exequias funeraria con el sacrificio de…¡un caballo! El rito funerario a nivel patriarcal estaba lleno de excesos, no escatimaban en gastos y en sacrificios. Pero, de todas formas, el mito es falso porque en realidad, Aquiles mata a Eetio y es el propio Aquiles quien lo entierra por temor religioso.
  3. Pándaro es un personaje de ficción que sale en la serie, como otros muchos. No voy a entrar en detalles de los múltiples personajes de ficción que no están en el mundo homérico. Otros personajes inventados por la serie: Telémono y Atio. Por lo tanto, todo lo que se relata de la historia de ambos, conectado al ciclo troyano, y relacionado con los episodios de la serie es mentira, lógicamente.
  4. Paris muere en el campo de batalla, pero en la serie muere en sus aposentos a mano de Menelao, bajo la indiferencia y fría mirada de su esposa Helena. El personaje de Paris lo presentan como débil, inseguro, temeroso y propenso al suicidio. Otro invento más de la BBC.
  5. Helena vuelve con Menelao. Abre las puertas de Troya y casi siempre juega a dos bandas en la serie, para darle más emoción e impulso a la trama. La interpretación de Helena es horrible y no es fiel al mito, pues Helena, al morir Paris en el campo de batalla, se casa de nuevo con un hermano de Paris (Deífobo) y lo mata delante de Menelao, por eso, Menelao la perdona.
  6. En cuanto al nacimiento de Alejandro fue Andrómaca, su madre, la que tuvo el sueño revelador de la maldición de su hijo y no Casandra.
  7. La puesta de escena de los dioses es ridícula, distante, sin conexión directa con los héroes de cada bando. En la serie, el mito de la famosa manzana de la discordia es ridículo, una parodia absurda y fuera de lugar. En general, la participación de los dioses nunca es relevante. ¿Qué puede pensar Homero de la serie? Vergüenza. ¿Qué pueden pensar los héroes de la serie? Pensarán que cuando pasen mil años por delante, ellos seguirán reinando las constelaciones y que nadie hablará de esta serie ni de nosotros.
  8. La serie enfoca con luz propia a las amazonas. Destacan con un papel en la serie. Es cierto que en la obra homérica la mencionan, pero no tienen un papel vital como en la serie. Es verdad que cuenta la leyenda que Aquiles tuvo un combate directo con Pentesilea, reina amazona. Pero de este combate, en la obra de Homero no hay rastro alguno. No es una invención de la serie, pues dicho combate se menciona en un poema perdido titulado “Etiópida”, narrando la breve participación de las amazonas en la guerra de Troya, casi un siglo después de la obra homérica. Sobre Etiópida: pinchar aquí.

Aquiles, junto a Zeus. Fuente: hipertextual.com

Vamos a tratar el tema racial con sumo interés, pues he visto en muchos foros que es el tema más conflictivo.

¿Por qué Zeus no puede ser negro? ¿Por qué los héroes de Homero no son negros?

Los rasgos fundamentales de la religiosidad griega fueron propios de todos los pueblos de lengua indoeuropea que nos proporcionaron un arquetipo de su espiritualidad. Si nos remontásemos a Zeus como figura indoeuropea, como el “Padre Celeste”, afortunadamente, podemos encontrar rasgos que nos permiten remontarnos más profundamente al mundo griego, zambullirnos en lo más profundo para alcanzar una originaria religiosidad con sello indoeuropeo. Concretamente, en Grecia, es posible identificar aquellos elementos y atributos espirituales necesarios para comprender la religiosidad indoeuropea en sus picos más elevados. Gracias al pueblo griego se refleja en aguas puras y cristalinas unos de nuestros legados más hermoso, donde podemos contemplar con orgullo y alegría el espíritu primigenio impregnado en sus expresiones más puras.

El estudio sobre la religión micénica (aprox. 1580-1150 a.C.) se basa casi por completo en las excavaciones e investigaciones arqueológicas. Bajo esos resultados, la comunidad científica llegó a la conclusión de que había afinidad entre la religión micénica y la cretense.

Si nos basamos en las tabillas halladas en Pilos, se leen los nombres de los dioses, bien conocidos por nosotros, de la religión posterior de los griegos: Zeus, Hera, Poseidón, Ares, entre otros. La conclusión fue que, a pesar de que el panteón de los dioses del Olimpo no comenzó a crearse en la época micénica, sí existió los primeros vestigios de una estirpe de dioses destacando la presencia de nombres divinos de origen indoeuropeo en el mundo micénico, poniendo de manifiesto que la religión micénica no provenía completamente de la minóica o cretense, aunque sí compartían algunos rasgos comunes. Por lo tanto, el sincretismo de elementos indoeuropeos y micénicos lo tenemos bien atestiguado en algún caso como es el del culto de la Madre Tierra, o el culto a Zeus, con un nombre de claro linaje indoeuropeo y no de procedencia africana.

Otros rasgos fundamentales de dicha semilla indoeuropea de la que Homero es un perfecto canalizador de tradiciones, son las relaciones entre hombres y dioses, pues éstas no eran relaciones incompatibles y dioses y hombres no estaban tan alejados. Como ya sabemos, los dioses son superiores e inmortales, y los hombres de estirpes selectas (Aquiles, Agamenón, Heracles, entre otros) pueden vanagloriarse por su linaje de una afinidad con los dioses. ¿Y por qué esa conexión hombre-dios tan estrecha en el mundo griego? Se basa, fundamentalmente, en que ambos están ligados a los mismos valores, a la verdad y a la virtud, tal como Platón expresa reiteradamente en sus Leyes (X, 889).  Por otra parte, tenemos que destacar que los griegos tuvieron siempre clara la finitud del hombre ante la infinitud de la divinidad, así como la relación de dependencia de los hombres con los seres divinos. Un ejemplo sería el oráculo “Conócete a ti mismo”, inscrito en Delfos, en el Templo de Apolo. O como bien destaca Píndaro en la quinta Oda Ístmica: “no intentes nunca llegar a ser Zeus”. En la serie hay un vacío entre el héroe y los dioses, fiel reflejo de la actual sociedad que ha dado la espalda a lo Sagrado, a lo meramente espiritual.

Del pueblo griego emanaba siempre la herencia de aquellos siglos de historia de cada uno de los pueblos que representaba la gran Hélade, en la que el alma indoeuropea se expresaba en toda su magnitud, queriendo con ello conservar unas tradiciones rica y pura. Un ejemplo ilustrativo sería la nobleza que se plasma en la Procesión de las Panateneas del friso del Partenón. Así, para aprehender la mentalidad originaria de la religión griega era muy necesario inmortalizar sobre el friso del Partenón las tradiciones más arraigadas de un pueblo con sello indoeuropeo, de aquellos verdaderos helenos, llegados desde Europa Central durante el Neolítico y la Edad del Bronce. En otras palabras, desde Homero, Hesíodo, pasando por Píndaro, sin olvidarnos de Esquilo y Sófocles tenían presentes la religiosidad de sus antepasados con el único fin de aprehender el sentido de la vida religiosa indoeuropea.

En los foros en los que se debate sobre el tema racial, he visto que han incluido a los etíopes como claro ejemplo de que hubo héroes de raza negra y que, de algún modo, de ahí se explica la hipótesis de la mezcolanza de raza negra con los aqueos, de esta manera se justifica que la serie no haya visto agravio alguno en destacar a Aquiles o a Patroclo como de raza negra. En primer lugar, la raza negra no componía los pueblos que representaban la gran Hélade, tal como he desarrollado en líneas anteriores, por lo tanto, los dioses no eran negros ni tampoco se mezclaban culturas y etnias de otros pueblos durante la época homérica. En segundo lugar, resulta difícil situar a Etiopía en un enclave geográfico debido a las contradicciones de los textos griegos antiguos, existiendo diversas interpretaciones de donde se hallaba realmente Etiopía según que texto se consulte. Para unos autores Etiopía estaba en Israel, para otros en el Alto Nilo. Así que no podemos divagar con este tipo de inexactitudes. Por otra parte, hay una mención de un rey de Etiopía, Memnón, que cuenta que se alió con los troyanos para la defensa de Troya y que murió a manos de Aquiles, pero dicha muerte se relata en la Etiópida, escrito después de la Ilíada. En la serie, lógicamente, Memnón no aparece, pues es más fácil hablar de  Aquiles, Patroclo, Ulises que de Memnón, personaje menos conocido.

Para cerrar el debate, destaco una célebre frase de Miguel de Cervantes: La historia, testigo de lo pasado, es cosa sagrada, porque ha de ser verdadera.

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Febe, Ceo y Hécate

Febe es, tal y como lo expresa su nombre, portadora de un gran brillo. Por medio del titán Ceo se convierte en madre de Asteria y Leto; sus sobrinos son Apolo y Ártemis. La luz que irradia esta titánide también irrumpe con fuerza de su descendencia. Es la predecesora del oráculo de Delfos, que primero correspondía a Gea y después a la titánide Temis. El oráculo de Delfos estuvo desde un principio custodiado por mujeres. De él se dice que «hasta donde llega la memoria, el oráculo estuvo reservado a mujeres». En un primer momento se anunciaban allí las sentencias de Gea y de sus sucesoras, después las de Apolo por medio de su sacerdotisa. El oráculo titánico es un oráculo de las madres; el apolíneo, de las vírgenes que son boca, receptáculo y crátera de Apolo. Apolo se encarga de administrar el oráculo por encargo de Zeus. La sentencia de Dodona reza así:

Gea nos trae los frutos, por ello

venerad a la tierra como madre.

Zeus fue, Zeus es, Zeus será.

¡Oh tú, todopoderoso Zeus!

Se han formulado conjeturas sobre los inicios del oráculo de Apolo. En un primer momento parece que fueron pastores, caros a Apolo, quienes dieron con el lugar, se entusiasmaron con el vapor que ascendía de él y, bajo la inspiración de Apolo, pronunciaron las respuestas del oráculo. Boio, una délfica, dice que fueron los hiperbóreos quienes prepararon el oráculo para el dios. Se atribuye a Femónoe, la primera sacerdotisa de Apolo en Delfos, la invención del hexámetro, y se dice que fue la primera en componer las sentencias de Apolo en estos versos. Al parecer, la muerte del dragón pítico es el acontecimiento que pone punto final al antiguo oráculo ctónico. En Febe se advierte claramente que el oráculo pasa a pertenecer a Apolo.

Febe y Asteria representadas en un relieve del Altar de Pérgamo.

Asteria, hija de Febe y de Ceo, es la madre de Hécate, a la que engendra con el titán Perses. El himno a Hécate inserto en la Teogonía muestra la veneración que se le tributaba y el poder de que disponía. En Hécate hay algo que todo lo une, de manera que con sus poderes y dones impera y entreteje a través de vastos espacios; en todos los lugares sale al encuentro del hombre y el hombre tiene acceso a ella desde múltiples ámbitos y en todos los caminos de la vida. De ahí que se la llame «la que actúa desde la distancia». La Teogonía dice de Hécate que ya en la época de los titanes ejercía un triple dominio: sobre la tierra, sobre el cielo y sobre el mar. No sólo es de origen titánico, sino que ella misma es una titánida. Su ascendencia se remonta a tiempos inmemoriales y permanece incólume a través de todas las convulsiones. De ella se dice que tiene una parte en todo y que todo lo disfruta. Zeus la venera por encima de cualquier otra, jamás la ofende y no la priva de los honores de los que ya disfrutaba en gran medida bajo Crono. Antes bien, la respeta mucho y multiplica sus dignidades.

¿Qué significa que Hécate participa de todos los seres y todos los poderes titánicos y qué calidad tiene esta participación? Con ella nos encontramos ante una dominadora de un poder peculiar. No se limita a una determinada función; su acción atraviesa y cruza cualquier otra acción y une aquello que es opuesto o que parece serlo. Su poder interviene espacialmente en todo, en la tierra firme, en el espacio celeste y marino. No obstante, no es reina sobre la tierra, ni es soberana del cielo y del mar. Como Gea, abarca los espacios luminosos del día y la oscuridad subterránea. Pero no impera sobre el día ni sobre la noche. No es fácil pensar como una forma a la plural Hécate, que actúa en las correspondencias y en los antagonismos, pues se diluye de un modo fantasmagórico y se sustrae a toda mirada. Este diluirse es propio de ella. Como su poder, también ella tiene algo de trimorfo, su lugar predilecto es el cruce de tres caminos.

Hécate, ilustración de Stéphane Mallarmé.

Lo titánico en Hécate se manifiesta de un modo diferente al de los grandes titanes, como misterio de la naturaleza en el oscuro retorno de las conexiones y uniones. Hécate ama los caminos, sobre todo cuando se entrecruzan y entrelazan. A esto se debe que se haga escuchar en las reuniones, las contiendas, los juicios, las competiciones donde se cruzan muchas voluntades y opiniones; que asegure la victoria, el botín y la gloria; que otorgue protección a los navegantes, puesto que conoce incluso los desconocidos caminos del mar y guía con seguridad. Bajo su dominio están los juramentos; el juramento de aquel que la invoca es vinculante en cualquier lugar, puesto que Hécate está en todas partes. En sus manos está el saber hacer, es capaz de todo y de incentivar a todos.

Debido a que su poder actúa de múltiples maneras en las bifurcaciones, conexiones y cruces, al final de cada mes y en las encrucijadas de los caminos se colocaba en su honor y en el de los dioses que alejan las desgracias una comida con la que se confortaban los pobres. Como tiene parte en todo, está en contacto con todos los titanes y dioses, preferentemente con Rea, con Ártemis, protectora de los jóvenes, y con Selene y Perséfone. Bajo su dominio se encuentra toda la naturaleza elemental, pero siempre en las uniones, conexiones y perspectivas que existen entre los diferentes ámbitos y círculos. En el Himno homérico encuentra y acompaña a Deméter; sigue los pasos de Perséfone, que conducen de la oscuridad hacia la luz y de la luz hacia la oscuridad. Es también soberana del mundo inferior y al mismo tiempo diosa de las expiaciones y purificaciones, pues a través de ella se abre el buen camino. Como diosa nocturna que conduce a lo más subterráneo está, al igual que Selene, bañada de un brillo plateado. Saca a las almas del Hades inaccesible, pues entra y sale de él volando libremente. También, vagabundea fantasmagóricamente en las encrucijadas con las almas de los difuntos, es de ahí donde se comprende bien que guarde relación con el mensajero Hermes, conocedor de los caminos.

Por otra parte, Hécate es la madre ancestral de los magos y las magas, la instructora de Medea y Circe. Por esta característica suya la invocan aquellos que se ocupan de la magia y los conjuros, y los que en las noches de luna recolectan las hierbas en las que han penetrado los poderes de Hécate. A Hécate le seducen la noche, las tumbas, la sangre de los asesinados; en su honor se sacrifican ovejas de color negro, perros jóvenes y miel. El perro es un animal inseparable de Hécate. No sólo se presenta acompañada por perros estigios cuando asciende del submundo, sino que los perros que vagan por los caminos nocturnos anuncian su cercanía con aullidos y alaridos. La relación del perro con Hécate da una idea de la naturaleza de este animal.

Para ampliar más información: Hécate

Bibliografía:

Friedrich Georg Jünger: Mitos griegos. Carlota Rubies (tr.). Barcelona: Herder, 2006.

Datos de interés:

Friedrich G. Jünger, pensador alemán hermano del conocido Ernst Jünger, dedicó la mayor parte de su obra al estudio de la antigüedad clásica y las implicaciones filosóficas de la era técnica. Este es el primero de sus libros traducidos al castellano.

Friedrich Jünger estima que el mito no es sólo algo que ocurrió en un pasado imaginario sino que es una protohistoria que cíclicamente se manifiesta en el tiempo histórico del hombre. Por ello realiza una descripción de los dioses griegos, no tanto movido por una curiosidad filológica, sino por el interés de descifrar la naturaleza profunda de nuestra época. Jünger lleva a cabo retratos filosóficamente densos de los principales dioses de la mitología griega buscando su reflejo en el momento actual. Por ejemplo, estima que detrás de los titanes hay una forma de entender el tiempo que es la propia de la era técnica: un tiempo cavernario, mecánico y repetitivo. Son excelentes, y de clara influencia nietzscheana, los artículos dedicados a Apolo y Dioniso.

Texto recomendable para los interesados en la mitología griega y la filosofía de la técnica inspirada en Heidegger o Ernst Jünger.

 

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