Las maldiciones en la mitología griega

Marcel Baschet (1862-1941): Edipo maldice a Polinices (Œdipe condamne Polynice), en presencia de Antígona e Ismene.

Marcel Baschet (1862-1941): Edipo maldice a Polinices (Œdipe condamne Polynice), en presencia de Antígona e Ismene.

En los relatos míticos nos podemos encontrar un tema que siempre me ha llamado la atención: las maldiciones. A través de estas lecturas, descubrimos que la conciencia y el alma también se transmiten de generación en generación. Si el sistema familiar tiene alguna parte desequilibrada, todas las partes quedan afectadas. Pongamos como ejemplos las muertes inexplicables, las normas transgredidas de la familia, la homosexualidad rechazada, los miedos profundos, los acosos sexuales sufridos, en definitiva, los lazos de los progenitores se trasladan y se transmiten a los descendientes hasta que desaparece la totalidad de la estirpe familiar. Es decir, a través del inconsciente estamos ligados a nuestros padres y ellos a los suyos, hasta llegar a la raíz de un problema que conecta con una realidad que pasa desapercibida, pero que nunca se resuelve el conflicto porque no hay una aceptación de su existencia y, por lo tanto, la liberación de la persona nunca pasa por el reconocimiento de sus lazos ancestrales porque no son conscientes. Así pues, las almas de la misma familia sufren una maldición cuyas consecuencias son irreversibles. En la mitología griega hay varios ejemplos sobre este discurso tan interesante y peculiar.

Las maldiciones en Grecia y Roma seguían un protocolo muy formalizado. Llamadas katadesmoi (ataduras) por los griegos y tabulae (defixiones) por los romanos, se escribían en tablillas de plomo u otros materiales. Generalmente, invocaban la ayuda de un espíritu (una deidad, un demonio o un muerto prematuro) para cumplir con su objetivo y eran colocadas en algún lugar considerado eficaz para su activación, como en una tumba, cementerio, pozo o manantial sagrado.

En el texto de la maldición, el peticionario expresaba su deseo de que el enemigo sufriese daño de alguna forma específica. Con frecuencia se añadía la falta que había cometido la persona maldita: un robo, una infidelidad, no haber correspondido al amor del malediciente, haberle faltado al respeto, haberle robado el amor de su vida, etc.

Los griegos practicaban con frecuencia este tipo de maldiciones. De hecho, los griegos tenían en la edad heroica unos sacerdotes especiales llamados areteos, o sea, ‘maldecidores’.

Conservamos un corpus importante de este tipo de textos que nos permite saber cómo lo hacían. Abundan en la Ilíada estas imprecaciones, como la de Crises contra Agamenón y los griegos en el canto I. También abundan en las tragedias de Sófocles. Cuando Alcibíades fue desterrado después de la mutilación de Hermes, todos los sacerdotes del Ática excepto uno lanzaron contra él las más terribles imprecaciones.

Para empezar a dar algunos ejemplos, citaremos a Layo, cuyo linaje real era de la ciudad de Tebas, pero cuando le correspondió ocupar el trono, sus primos lo usurparon y tuvo que exiliarse a Pisa, donde el rey Pélope lo acogió como huésped. Pélope quiso que Layo le enseñase a su hijo Crisipo a montar caballos, por lo que le asigna como tutor del niño. Layo quedó prendado del joven y un día lo raptó y lo violó. Según una versión, Crisipo se suicidó por la vergüenza infligida; según otra, Hipodamía, su madre, mandó a sus hermanastros que lo asesinaran. Al darse cuenta de lo ocurrido, Pélope arrojó sobre su amigo Layo la maldición de Apolo, por lo cual declara que su estirpe se exterminará a sí misma. La inaudita acción de Layo acarrea sobre él la venganza divina y los dioses traman un plan, a la vez que dan ejemplo para el resto de los mortales, castigando la perversión y maldiciendo a todo el linaje de Layo hasta que desaparezca en un baño de sangre.

La maldición comienza cuando los dioses mandan a la Esfinge a Tebas. Este ser, con cuerpo de león, cabeza de mujer y alas de pájaro, se dedica a sembrar el terror por los campos tebanos, destruyendo las cosechas y estrangulando a todos los que son incapaces de resolver sus acertijos. Layo se termina casando con Yocasta pero el oráculo de Delfos le advierte que no tenga progenie porque sería un varón, mataría a su padre y se casaría con su madre. Moira, el destino, es inevitable, así que la profecía se cumple: Layo, estando ebrio, se unió a su esposa Yocasta y tuvo un hijo. Al nacer el niño, Layo le atravesó con fíbulas los pies y lo entregó a un pastor para que lo abandonara. Layo esperaba escapar así del oráculo puesto que matarlo directamente habría sido una impiedad y creía que nadie recogería a un recién nacido con los pies atravesados. Así pues, fue abandonado en el monte Citerón pero fue hallado por otros pastores que lo entregaron al rey Pólibo de Corinto. Peribea o Mérope, la esposa de Pólibo y reina de Corinto, se encargó de la crianza del bebé, llamándolo Edipo, que significa de pies hinchados. Finalmente, según el mito, Edipo mata a su padre sin saber quién era y, por haber salvado a Tebas de la esfinge, se casa con su madre, la reina Yocasta, haciéndose rey de Tebas hasta que se conocen los hechos. Yocasta se ahorca y Edipo se saca los ojos. En cuanto a los hijos que habían nacido de este casamiento incestuoso, dos de ellos, Etéocles y Polínices se matan en combate el uno al otro, mientras que las hijas, Antígona e Ismele, son condenadas a muerte. La justicia está servida, por la maldición que sobre Layo, su abuelo, se había hecho.

El otro mito es el de Tántalo, rey de Lidia e hijo de Zeus. Los dioses honraron a Tántalo más que a ningún otro mortal. Él comió a su mesa en el Olimpo, y en una ocasión fueron a cenar a su palacio. Para probar su omnisciencia, Tántalo mató a su único hijo Pélope, lo coció en un caldero y lo sirvió en el banquete. Sólo Deméter, trastocada por la reciente pérdida de su hija Perséfone, «no se percató de lo que era» se comió el hombro izquierdo del desdichado. Zeus ordenó a Hermes que reconstruyera el cuerpo de Pélope y lo volviera a cocer en un caldero mágico, sustituyendo su hombro por uno forjado de marfil de delfín, hecho por Hefesto y ofrecido por Deméter. Las moiras le dieron vida de nuevo y así obtuvo nuevas cualidades.

Tántalo fue condenado a sufrir sed y hambre angustiosas. Lo colgaron para siempre de un árbol en el Tártaro. Bajo él, había un estanque de agua, pero cuando se detenía a beber, el estanque quedaba fuera de su alcance. El árbol estaba cargado de frutas pero, cuando estaba cerca de las frutas, el viento apartaba las ramas.

Es muy llamativo que el sacrilegio de Tántalo pesara también sobre toda su descendencia. Su hija Níobe, cuyos hijos morirían bajo las flechas de Artemisa y Apolo, ha quedado como el símbolo del dolor materno inconsolable. Por otro lado,  Pélope quiso casarse con Hipodamía. El padre de ella, Enómao, rey de Pisa o de Olimpia, había matado a treinta pretendientes de la joven tras vencerlos en una carrera de carros. Había hecho esto porque la amaba para sí o, alternativamente, porque una profecía afirmaba que moriría a manos de su yerno. Pélope fue a pedir la mano de Hipodamía y se preparó para competir con Enómao. Preocupado por si perdía, Pélope fue a la orilla del mar e invocó a Poseidón, y, recordándole su devoción (los «dulces regalos de Afrodita»), le pidió ayuda. Sonriendo, Poseidón hizo aparecer un carro tirado por caballos grandes y alados.

Aún inseguro de sí mismo, Pélope (o la propia Hipodamía) convenció al auriga de Enómao, Mírtilo, para que le ayudase a ganar, prometiéndole la mitad del reino y la primera noche en el lecho de Hipodamía.

La noche anterior a la carrera, al montar el carro, Mírtilo cambió las pezoneras de bronce que sujetaban las ruedas al eje por unas falsas fabricadas con cera de abeja. La carrera comenzó y discurrió durante mucho tiempo. Pero justo cuando Enómao estaba alcanzando a Pélope y preparándose para matarlo, las ruedas se soltaron y el carro se rompió. Mírtilo sobrevivió, pero Enómao fue arrastrado por sus caballos hasta morir. Pélope mató entonces a Mírtilo porque éste había intentado violar a Hipodamía. Cuando moría, Mírtilo maldijo a Pélope por su traición, y la maldición se cumplió: dos de los hijos de Pélope e Hipodamía, Atreo y Tiestes, mataron a un tercero, Crisipo, que era su favorito y que iba a heredar el reino. Atreo y Tiestes fueron desterrados junto con Hipodamía, su madre, quien entonces se ahorcó.

El remordimiento de Orestes

El remordimiento de Orestes

La fatal herencia se transmitiría al destino de la familia de Agamenón, hijo de Atreo, materia trágica de la que Esquilo extraerá su trilogía la Orestíada. Cuando Tiestes descubrió que su acción era sacrílega, rompió a llorar y, vomitando la comida, invocó para la estirpe de Atreo esta maldición, al tiempo que pisoteaba el banquete: ¡Que perezca así toda tu descendencia! Fue Egisto, otro hijo de Tiestes, quien consumó la sentencia que pesaba sobre los Atridas, la familia de Atreo. Así que, según cuenta la leyenda, Agamenón se había ganado la cólera de la diosa Artemisa ya que su gente dio caza a unos de los venados sagrados de la diosa. Debido a esto, la flota aquea del rey que venía de luchar en Troya estaba detenida sin poder partir. El divino Calcante fue interrogado para saber cómo aplacar a la diosa y la respuesta fue que se debía sacrificar a Ifigenia, hija de Agamenón, en nombre de la diosa Artemisa, para que ésta los dejara partir. El rey consintió en hacer el sacrificio. Así, mandó a llamar a su hija que se encontraba en Micenas con su madre, con el pretexto de prometerle al héroe Aquiles. Cuando llegara, el adivino Calcante sería el encargado de inmolarla en nombre de la diosa encolerizada.

Según cuenta la versión más conocida, cuando Ifigenia llegó y el sacrificio se iba a realizar, la diosa se apiadó de la joven y puso en su lugar una cierva. Se llevó a Ifigenia a Tauride, donde la convirtió en su sacerdotisa. En todo caso, el episodio trajo dos consecuencias de signo contrario: un viento favorable para la partida y un odio inextinguible hacia Agamenón en el corazón de su esposa Clitemnestra.

Cuando Agamenón regresó triunfal a Micenas, tras terminar la guerra de Troya, en compañía de su esclava Casandra, Clitemnestra estuvo maquinando un plan para librarse de su esposo y vivir libremente con su amante Egisto y, a la vez, vengar la pérdida de su hija Ifigenia. Los dos amantes diseñaron una trampa perfecta. Ya en su mansión, Agamenón se despojó de sus armas para tomar un baño; al salir del agua vistió su túnica, pero apenas tuvo tiempo de advertir que ni su cabeza ni sus brazos podían pasar por las aberturas del cuello y las mangas, que estaban cosidas. Con el todopoderoso señor de guerreros desnudo, cegado y atrapado por una débil tela, los conspiradores atravesaron su cuerpo con una espada. Así se cumplía, por fin, la ancestral maldición que pesaba sobre los Atridas, padre de Agamenón, que había matado a tres hijos de Tiestes, con quien disputaba el trono de Micenas, para luego servírselos como manjar en un festín.

Para resumir, hay ciertas características constantes que aparecen en todo mito relativo a una maldición familiar. En un sentido, forman el criterio de lo que define a una maldición familiar. Estas características pueden ayudarnos a entender, psicológicamente, lo que estamos buscando:

1.     El individuo que primero activa la maldición pertenece invariablemente a la realeza, desciende de un dios y es bendecido o dotado por un dios. Ese hombre o mujer nunca es un ser común sino que ha recibido alguna ofrenda o bendición especial concedida por una deidad. Por lo tanto, la ira de la deidad se conecta no solo con la mera trasgresión humana, sino con el uso abusivo de un talento o una ventaja otorgada por un dios. En otras palabras, la maldición no es una maldición desde el principio, sino que comienza como algo positivo y creativo que ha sido mal usado o distorsionado mediante la arrogancia, la codicia o la crueldad. Dado que el don otorgado por un dios es un símbolo de la naturaleza divina llevado a la forma humana, la maldición es realmente una inversión de algo divino interno, un abuso de aquello que es propiedad de nuestra propia alma.

2.      La maldición se vincula con el abuso y crímenes de niños. En el mito, Layo viola a un joven y luego exacerba la maldición al exponer a su propio hijo a la muerte. En el mito de la maldición de la Casa de Atreo, Tántalo corta en pedazos a su hijo y lo ofrece como comida a los dioses, solamente para probarlos. Sus hijos, Atreo y Tiestes, a su vez destruyen a sus propios hijos como una forma de vengarse uno del otro; y Agamenon, el hijo de Atreo, a su vez destruye a su hija para vencer en la Guerra de Troya. Cada sucesiva generación de esta torturada familia se involucra en alguna forma de cruel daño o destrucción de un niño o un joven.

3.     Los miembros de la familia que heredan la maldición la estimulan mediante su propia soberbia extrema. Cada generación tiene la oportunidad de expiar la maldición aceptando el castigo, pero cada una rehúsa a hacerlo ya que el individuo no puede resistir a entregarse a la codicia, la cólera o el deseo de venganza personal. Por consiguiente, la maldición se vuelve más poderosa y más abarcadora. Lo que realmente se hereda es un crisol de actitudes al que el individuo no desea renunciar o transformar y que termina en un ciego obstinarse en respuestas instintivas y en un rechazo a hacer los sacrificios necesarios o a imponer límites internos -aún cuando es advertido por el dios. En efecto, está poniendo el ego por delante del sí mismo cuando las fichas realmente caen.

4.     El Oráculo siempre advierte de las consecuencias al perpetrador o heredero de la maldición, pero los términos del Oráculo son intencionalmente mal entendidos o existe un intento voluntario de evitar la profecía. La tentativa de burlar al Oráculo termina paradójicamente en el cumplimiento del mismo.

El origen de la tragedia griega

Como hemos comprobado, en este artículo, al igual que en el blog, el hombre ha dirigido su mirada y atención hacia su propio mundo interior. Un ejemplo de esta manifestación se encuentra en las tragedias griegas que narran la senda del hombre, explorando los abismos y recovecos del alma. Aristóteles destacó que la tragedia es capaz de lograr que el alma se eleve y se purifique de sus pasiones. A este proceso se llama “catarsis”: la purificación interior que logra el espectador a la vista de las miserias humanas.

Obras de referencias recomendadas: Enigmatico edipo – mito y tragedia (Antropologia (fce))
Áyax. Las Traquinias. Antígona. Edipo Rey (El Libro De Bolsillo – Clásicos De Grecia Y Roma)

Enlaces recomendados:

la hybris;

las Erinias;

las Moiras;

Keres

Edipo

 

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7 comentarios

Archivado bajo Antigua Grecia, Mitología

7 Respuestas a “Las maldiciones en la mitología griega

  1. Leandro Tejerina

    No alcanzo a entender esto: “los términos del Oráculo son intencionalmente mal entendidos”. Siempre pensé que ocurría lo contrario: eran malinterpretados por las limitaciones mismas de los humanos para comprender lo divino. Lo que impone la distancia entre los dos ámbitos, el sagrado y el profano, cuya dialéctica constituye el eje narrativo de los mitos antiguos.

    • Cuando se habla de oráculos, la interpretación está abierta a varias vertientes. Una de ellas, efectivamente, como bien indicas, eran malinterpretados por las limitaciones mismas de los humanos para comprender lo divino; otra, es la de incumplir la voluntad del oráculo porque nos creemos más inteligentes que los dioses. El ejemplo lo tenemos cuando el oráculo de Delfos le advierte a Layo que no tenga progenie porque sería un varón, mataría a su padre y se casaría con su madre. Moira, el destino, es inevitable, así que la profecía se cumple. El rol de Layo es ir más allá de la profecía y poner a prueba al destino. En caso de interpretar erróneamente (por sus limitaciones) al oráculo, Layo habría criado a su hijo. Sin embargo, Layo supo lo que hacía desde un principio y conocía perfectamente la profecía, por lo que recurrió a abandonar a su hijo en el monte Citerón para que muriese. En suma, se molestó mucho en abandonar a su hijo porque sabía de la gravedad de la situación. Lo que no sabía Layo era que el Noûs de Zeus era más inteligente que el suyo: una lección que los humanos tienen que aprender.
      Obviamente, Edipo es el contrapunto de su padre. Por ejemplo Edipo, en “Edipo en Colono”, dice: “Si mi padre fue prevenido por los oráculos sobre que moriría asesinado por su hijo: ¿Con qué justicia se me puede imputar eso a mí que ni había sido engendrado por mi padre ni concebido por mi madre, cuando aun no había nacido?”.
      Se ve a Edipo consciente de la falta de valores que caracteriza a las almas dispuestas al mal y, por este medio, se lo perfila como opuesto a esta condición. Él es y será siempre respetuoso de los valores. Este análisis quedará totalmente confirmado cuando se observe como el monarca cumple y ordena cumplir sobre su propia persona la pena que él mismo había establecido para el culpable.
      Layo y Edipo son dos polos extremos a la hora de interpretar el oráculo. El primero, por querer escapar del destino y usar su astucia; el segundo por disponer a cumplir la voluntad del oráculo y lanzar un anatema contra el culpable, que le es desconocido, pero que, por encima de todo, debe seguir las pautas del oráculo. Luego, Edipo (“Edipo Rey”) interroga al adivino Tiresias, y de lo que éste le dice y otros testimonios viene un desconocimiento de que Layo, a quien él mismo ha dado muerte, es su propio padre.
      Por otra parte, en “Edipo en Colono” representa, entre otras cosas, la rehabilitación de la desgracia, enérgicamente aceptada y sobrellevada, del culpable (Edipo) de un delito involuntario. Finalmente, Edipo, ya anciano y ciego, muere en suelo sagrado cerrando así la maldición de manera limpia.

      • Leandro Tejerina

        Claro, lo has explicado muy bien. No había prestado atención al punto y es evidentísimo que es así. Pero igualmente no hablaría de “malinterpretación” en el caso de Layo, que interpreta el mensaje perfectamente y decide desobedecerlo (aunque más tarde se arrepienta y sienta temor). Más que una “malinterpretación” habría una “desestimación” del alcance de la profecía, o “subestimación” si se quiere. “Malinterpretación intencionada” lo dejaría para ciertos casos (frecuentes en la oratoria) donde el contenido de un mensaje es manipulado voluntariamente por alguien para darle otro sentido, (debilitar un argumento, por ejemplo) o desviar la atención hacia otro punto. En todo caso, modificar el contenido del discurso original con algún propósito.
        Muy bueno tu artículo, y gracias por responder y explayarte.
        Saludos

      • Agradezco muchísimo su participación en este blog y el interés en el artículo. Cualquier aportación suma al blog una calidad extra que es considerada muy útil.

  2. yo

    Estoy muy interesado en esta temática sobre la historia y mitología griega.

  3. Sergio Sans

    Un artículo muy interesante. La cultura griega apasiona mucho. Yo estaba buscando el tópico de “la maldición” en la literatura (obras de todas las épocas, no solo la griega). La verdad, recuerdo por ahí una obra contemporánea, pero no sé de alguna otra.

  4. Francisca Hoces

    Todo lo expresado en el artículo es de gran utilidad para mí y mi caracterización de Antígona. Gracias por compartir este conocimiento, y también a quienes comentan que enriquecen la discusión.

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