Archivo de la etiqueta: Ritos funerarios

Hermes, guía de las almas difuntas

Y Hermes llamaba a las almas de los pretendientes, el Cilenio, y tenía entre sus manos el hermoso caduceo de oro con el que hechiza los ojos de los hombres que quiere y de nuevo los despierta cuando duermen. Con éste los puso en movimiento y los conducía, y ellas le seguían estridiendo. Como cuando los murciélagos en lo más profundo de una cueva infinita revolotean estridentes cuando se desprende uno de la cadena y cae de la roca, pues se adhieren unos a otros, así iban ellas estridiendo todas juntas y las conducía Hermes, el Benéfico, por los sombríos senderos. Traspusieron las corrientes de Océano y la Roca Leúcade y atravesaron las puertas de Helios y el pueblo de los Sueños, y pronto llegaron a un prado de asfódelo donde habitan las almas, imágenes de los difuntos (La Odisea, XXIV)

Hermes

Hermes

Así empieza Homero el canto 24 de la Odisea. Hermes es una divinidad que presenta atributos muy variados entre los griegos, una figura que rehúsa las explicaciones globales y simples. Divinidad de la ambigüedad, es el señor de los mundos poco establecidos, es dios de las puertas, de los goznes, de los caminos, señor de los animales, enviado y acompañante. Se le conocen casi ochenta epítetos que matizan algunos de estos aspectos. Sin poder entrar en la ardua (e irresoluble) discusión de cuál es su cometido más primitivo, interesa puntualizar uno de sus aspectos principales: el encargado de escoltar a las almas de los difuntos (Hermes psychopompe).

Hermes conoce los caminos de la muerte y en los que se inicia el difunto que se aventura en el umbral del inframundo, siendo éste el cometido que más nos interesa. El carácter psicopompo de Hermes, a pesar de que puede parecer reciente, está conectado perfectamente con el resto de las especializaciones del dios y sus funciones en el campo de la mediación presentan una coherencia estructural grande: de dios viajero y protector de los territorios ambiguos y limítrofes pasa fácilmente a ser divinidad que ayuda en el trance del acceso al más allá. La propia limitación de su cometido al momento justo del tránsito, sin que se adentre más allá del límite externo del Inframundo, es característica de la preeminencia de Hermes no sobre los espacios establecidos, sino sobre los espacios de transición.

El dios no actúa, por tanto, en el mundo atemporal del mito sino que se persona imaginariamente ayudando al difunto en su viaje al más allá. Cumple un papel reconfortante en la ideología funeraria, pues se asegura que el muerto no emprenda en soledad su viaje ya que lo espera como un amigo, un dios para guiarlo en los caminos de la muerte.

La posición de Hermes, central en todas las representaciones, es una demostración de su papel intermediario entre el difunto y el barquero Caronte, lo que corresponde perfectamente con su cometido de divinidad de los umbrales.

Por lo tanto, nos podemos imaginar a Hermes tomando al difunto de la mano y llevándolo en presencia de Caronte que espera al difunto para realizar el último viaje: el embarque.

Hermes se nos presenta, en definitiva, como un dios que ayuda y si su papel en las escenas en las que también se figura Caronte se limita a un mínimo trayecto (el paso desde la estela funeraria a la barca infernal), sirve imaginariamente para insistir en que el difunto no estará solo ni siquiera en el primer tramo del camino de la muerte.

Además de actuar como un psicopompo o guía de los difuntos, a quienes ayudaba a encontrar su camino hasta el inframundo, en muchos mitos griegos, Hermes es representado como el único dios (además de Hades y Perséfone) que podía entrar y salir del Hades sin dificultad. Por ejemplo, en el mito de Orfeo, Hermes llevó de vuelta a Eurídice al Hades después de que Orfeo mirase atrás para ver a su esposa por segunda vez. Asimismo, en el himno homérico a Deméter, Hermes guiaba a Perséfone de vuelta con Deméter.

LVII. A HERMES INFERNAL

Olorosa reina de incienso

Tú, que habitas el inexorable sendero del Cocito, im­puesto por el destino, que guías las almas de los mortales al fondo de la tierra, Hermes, hijo de Dioniso, que danza con delirio báquico, y de la doncella pafia, esto es, de Afro­dita de ojos vivos, que frecuentas la sagrada mansión de Perséfone, asistiendo a las almas de funesto sino, bajo tie­rra, como acompañante, a las que conduces, cuando les llega el día fijado de su destino, porque todo lo seduces, hipnotizador, con tu caduceo mágico, y de nuevo des­piertas a los que están dormidos. Pues te dio la diosa Perséfone el honor de acompañar a las almas eternas de los mortales por el camino que lleva al ancho Tártaro. Bie­naventurado, envía, pues, te lo ruego, a tus iniciados un fausto final a sus labores.

Os recomiendo los siguientes artículos relacionados con el tema:

Caronte

El Hades

Los ritos funerarios

Hipno y Tánato

Cerbero

Los jueces infernales

Deja un comentario

Archivado bajo Mitología

El culto a los difuntos en la antigua Grecia

Las inscripciones sepulcrales tienen un fin muy importante: acompañar al ser querido en su última y eterna morada. La inscripción va acompañada siempre con el soporte material, es decir, con el monumento sepulcral mismo.

Los griegos practicaban dos tipos de sepultura: la inhumación y la incineración, siendo ésta última reservada para los familiares más pudientes. La incineración procede de Asia Menor y está atestiguada en Grecia ya en el siglo XIII a.C. Los restos incinerados del difunto y del ajuar que los acompañaban, se depositaban en tierra o en recipientes de cerámica o mármol.

Al principio, surgió el deseo de marcar la presencia del sepulcro mediante una señal, siendo anónimo y reducido a un túmulo de tierra o piedras aglutinadas. Con la aparición de la escritura, en la tumba se escribe el nombre del difunto. El monumento sepulcral más extendido fue una estela, es decir, una piedra rectangular colocada encima de la tumba y sobre la que se escribe el nombre del difunto. Dicha estela era pintada y adornada con decoraciones en relieve en la época micénica, para más tarde adoptar el aspecto de un templete o naísko; sobre él, aparece la imagen del difunto y otras representaciones (niño con perro, un soldado galopando a caballo, etc.). En ocasiones, sobre la tumba, se podía erigir también una estatua, aunque solamente al alcance de las familias adineradas.

epigrama3c

Epigrama funerario

Los epigramas eran composiciones breves, de uno a ocho versos.  Pero fue a partir del siglo IV a.C. cuando se produce un giro decisivo, ya que se hacen más extensos con fines meramente literarios. De este modo, surge un género literario más, con un amplio abanico de temas como el carpe diem, la muerte considerada como una liberación de los sufrimientos de la vida, etc.

En este post abordaremos la función de los epigramas funerarios, considerados como la estela sepulcral y su epitafio de carácter conmemorativo. Desde una perspectiva primitiva, el fin del monumento sepulcral era impedir, con su peso, que el alma del difunto regresara a la tierra, terminando posteriormente siendo un lugar donde el alma podía asentarse.

Si nos remitimos a los textos más antiguos, comprobamos que la función de la estela sepulcral y de la inscripción grabada en ella era honrar y conservar la memoria del difunto entre las generaciones venideras:

Alcé un túmulo a Agamenón, para que su gloria sea imperecedera (Odisea IV, 584)

De este modo, el difunto conserva un vínculo con la vida, manteniéndose así en el recuerdo de los vivos gracias al sepulcro y al nombre grabado en él. El elemento principal, por lo tanto, es el nombre del difunto. El nombre formaba parte de la esencia del hombre, reflejando el ser con todas sus cualidades y virtudes, y era, sobre todo, una manera de que siguiera existiendo una vez muerto. Agamenón explica a Aquiles:

Ni muerto has perdido tu nombre, para siempre tendrás gran gloria entre todos los hombres, Aquiles (Odisea XXIV, 93-4)

La pronunciación del nombre era una parte esencial del rito funerario y del culto a los muertos. Cada vez que se decía el nombre del difunto en voz alta su persona era arrancada del mundo de los muertos y traído al de los vivos, siendo un vínculo del muerto con los vivos.

No ha de extrañarnos, por ejemplo, la costumbre griega de colocar la tumba a ambos lados del camino, a las afueras de la ciudad, para que los caminantes al pasar junto a ellas se detuvieran a leer el nombre del difunto. Para ello, era muy importante que en los epigramas funerarios se diera la llamada al caminante y la petición de que se detenga y lea la inscripción con el nombre del difunto, lo compadezca y después siga su camino.

Hombre que vas por el camino y en tu mente albergas otros pensamientos: detente y duélete al ver el sepulcro de Trason. (Atenas. Mediados del siglo VI a. C.).

Siguiendo en la época arcaica, también destaca la mención a las virtudes del difunto, apreciándose la evolución de los valores morales y éticos de los griegos, siendo, lógicamente, la virtud más valorada,  la excelencia del guerrero muerto defendiendo su patria y siendo Esparta, por ejemplo, el único lugar donde sólo tenían derecho a que su nombre figurara en la tumba los que habían padecido en combate o las mujeres muertas durante el parto. Los epitafios de caídos en combates son muy frecuentes en el siglo V a. C.,  durante las guerras médicas y del Peloponeso.

Detén tu paso y compadécete ante el sepulcro del difunto Creso, a quien en otro tiempo hizo perecer el violento Ares, cuando combatía entre los soldados de primera fila.

Triste destino en sus husos hilaron entonces las Moiras para hediste, cuando la muchacha llego a los dolores de parto, infeliz, pues no iba a tener en sus brazos al pequeño, ni alimentar con su pecho la boca de la criatura, porque solo pudo ver la luz de un día cuando el Destino se abalanzo sobre ellos y, sin hacer distinciones, se llevó a los dos a una sola tumba. (Tesalia siglo III a. C. )

En caso de morir lejos de la patria, sin recibir las honras fúnebres de los familiares, causaría grandes lamentos. Pongamos el caso de Sarpedón, comentado en este blog: la muerte de Sarpedón.

En los epigramas sepulcrales abundan las alusiones a ofrendas y ritos funerarios: sobre la tumba se depositan flores, mechones de pelo, se hacen libaciones, que pueden ser de leche, miel, agua, vino o aceite, que servía para aplacar la sed del difunto. En la tragedia griega hay alusiones a los ritos y ofrendas funerarias, por ejemplo, en Sófocles, Electra 326-7 448-451.

Para terminar, hoy día es imposible separar el día de todos los santos con Halloween y haré una mención especial muy curiosa: los fantasmas nunca faltaron en tierra de Grecia. Los sepulcros eran lugares inquietantes, tenebrosos y tétricos, porque se pensaba que algún resto de la vida del muerto quedaba enlazada al cadáver. En Esparta, donde los enterramientos se hacían en la misma ciudad, se consideraba como una especie de iniciación de los soldados más jóvenes medir su valor  paseando solos entre las tumbas. Por otra parte, la figura de Hécate se le consideraba como la diosa de las ánimas de los difuntos y se trató de seducirla con ofrendas para que impidiera las apariciones de los fantasmas. Según la leyenda, durante la noche Hécate se paseaba por los sepulcros en figura horrible acompañada de un cortejo de ánimas y del aullido de los perros.

También, durante el festival conocido como Antesteria, las Keres eran ahuyentadas. Sus equivalentes romanas eran Letum (muerte) o Tenebrae (sombras).
El festival tenía lugar en primavera, durante el undécimo, duodécimo y decimotercer día del mes de Antesterio. Estaba dedicado a Dioniso y recibía su nombre de la floración de los zarcillos de las viñas. La frase: “Fuera de aquí, Keres, las Antesterias han terminado” surgió como fórmula para alejar a los espíritus de los muertos, que aparecían durante las celebraciones. Según las fuentes eruditas, el día comenzaba con la masticación de hojas de espino cerval, una planta de sabor bastante desagradable, que tenía las propiedades de detener a los fantasmas.

Obra de referencia:

Enlaces de interés sobre el tema:

  1. La muerte de Sarpedón
  2. Hipno y Tánato
  3. Hermes, guía de las almas difuntas
  4. Hécate
  5. Los ritos funerarios
  6. ¿Zombis en la antigua Grecia?
  7. Las Keres

 

 

1 comentario

Archivado bajo Antigua Grecia

Las maldiciones en la antigua Grecia

Una tumba con los restos incinerados de una joven que vivió en Atenas hace 2.400 años llamó la atención de los arqueólogos. Hallada en el año 2003, en la sepultura había cuatro tablillas de plomo con inscripciones que demuestran que en la antigua Grecia era muy importante llevarse bien con la gente y no granjearse enemigos.

Un reciente estudio de las tablillas demostró que fueron creadas para enviar mala suerte o energía destructiva a cuatro matrimonios de taberneros que podrían haber enfurecido a sus rivales comerciales.

Es posible que la difunta no tuviera nada que ver con las maldiciones, escribe el portal Live Science. Jessica Lamont, profesora de la Universidad John Hopkins de Baltimore, EE.UU. explica que “las tablillas de maldiciones funcionan de la siguiente manera: se supone que han de depositarse en algún lugar bajo tierra, como una tumba o un pozo. Se creía que estas localizaciones subterráneas ofrecían un canal a través del cual las maldiciones alcanzaban el inframundo”.

De manera que la muerte de la joven habría proporcionado un fácil acceso a los dioses a los que iban dirigidas las órdenes escritas en la maldición. Hécate, Artemisa y Hermes, las deidades invocadas en la tablilla, estaban relacionadas con el inframundo, el lugar al que iban a parar las almas de los muertos. En la antigüedad a menudo se asociaba a estos dioses con rituales de sacrificio.

Lamont destaca que “los taberneros eran conocidos a menudo por su tendencia a las trampas y a las maquinaciones”, por lo que supone que los autores de la maldición estaban motivados por “una rivalidad comercial”. Fuente original: RT

sarcofago-griego

Sarcófago griego

En los relatos míticos nos podemos encontrar un tema que siempre me ha llamado la atención: las maldiciones. A través de estas lecturas, descubrimos que la conciencia y el alma también se transmiten de generación en generación. Si el sistema familiar tiene alguna parte desequilibrada, todas las partes quedan afectadas. Pongamos como ejemplos las muertes inexplicables, las normas transgredidas de la familia, la homosexualidad rechazada, los miedos profundos, los acosos sexuales sufridos, en definitiva, los lazos de los progenitores se trasladan y se transmiten a los descendientes hasta que desaparece la totalidad de la estirpe familiar. Es decir, a través del inconsciente estamos ligados a nuestros padres y ellos a los suyos, hasta llegar a la raíz de un problema que conecta con una realidad que pasa desapercibida, pero que nunca se resuelve el conflicto porque no hay una aceptación de su existencia y, por lo tanto, la liberación de la persona nunca pasa por el reconocimiento de sus lazos ancestrales porque no son conscientes. Así pues, las almas de la misma familia sufren una maldición cuyas consecuencias son irreversibles. En la mitología griega hay varios ejemplos sobre este discurso tan interesante y peculiar.

CementerioLas maldiciones en Grecia y Roma seguían un protocolo muy formalizado. Llamadas katadesmoi (ataduras) por los griegos y tabulae (defixiones) por los romanos, se escribían en tablillas de plomo u otros materiales. Generalmente, invocaban la ayuda de un espíritu (una deidad, un demonio o un muerto prematuro) para cumplir con su objetivo y eran colocadas en algún lugar considerado eficaz para su activación, como en una tumba, cementerio, pozo o manantial sagrado.

En el texto de la maldición, el peticionario expresaba su deseo de que el enemigo sufriese daño de alguna forma específica. Con frecuencia se añadía la falta que había cometido la persona maldita: un robo, una infidelidad, no haber correspondido al amor del malediciente, haberle faltado al respeto, haberle robado el amor de su vida, etc.

Los griegos practicaban con frecuencia este tipo de maldiciones. De hecho, los griegos tenían en la edad heroica unos sacerdotes especiales llamados areteos, o sea, ‘maldecidores’.

Conservamos un corpus importante de este tipo de textos que nos permite saber cómo lo hacían. Abundan en la Ilíada estas imprecaciones, como la de Crises contra Agamenón y los griegos en el canto I. También abundan en las tragedias de Sófocles. Cuando Alcibíades fue desterrado después de la mutilación de Hermes, todos los sacerdotes del Ática excepto uno lanzaron contra él las más terribles imprecaciones. Fuente original: Animasmundi-Maldiciones

Enlaces relacionados con la temática:

 

 

Deja un comentario

Archivado bajo Antigua Grecia

Ritos funerarios en la antigua Grecia

Anne-Louis Girodet de Roussy-Trioson El funeral de Atala (1808), Museo del Louvre.

Anne-Louis Girodet de Roussy-Trioson El funeral de Atala (1808), Museo del Louvre.

En la Grecia Antigua, un funeral era mucho más complejo que un enterramiento o una cremación del cuerpo. Se llevaban a cabo unos ritos que tenían la propiedad de ayudar al alma muerta en su tránsito del mundo de los vivos al mundo de los muertos. Del perfecto cumplimiento del ritual dependería la salvación del individuo, es decir, el alma no vagaría en una eterna angustia.

Tal y como dejó establecido en sus estudios el prestigioso arqueólogo Fernando Quesada Sanz, el ritual está compuesto de las siguientes fases:

Ritos pre-deposicionales

1. Prothesis: el cuerpo del difunto era expuesto, permitiendo comprobar que realmente había fallecido, y sus seres cercanos iniciaban el duelo así como la honra. Para los griegos, la psyché -espíritu del difunto- aún no había alcanzado su destino sino que estaba en pleno tránsito, entre medias del mundo terrenal y el Hades. La preparación del cuerpo la realizaban las mujeres de la familia y consistía en lavar el cuerpo y vestirlo con ropas de carácter funerario. Así mismo, se le cerraban los ojos y se le sujetaba la barbilla. Una vez preparado el cuerpo, se le tendía en una sala de la casa, con la particularidad de que los pies debían estar mirando hacia la puerta. Fuera de la casa había recipientes con agua que servía de elemento purificador para todos aquellos que acudían a mostrar condolencias. Por otro lado, dentro de esta primera fase ritual también se expresaba el dolor mediante cantos y gestos de lamento, entre las que destacaban, en ciertas ocasiones, las famosas plañideras que hasta hace bien poco estaban presentes en los entierros de los pueblos. En cuanto a la duración, no está del todo claro. Las fuentes literarias nos hablan desde dos días hasta diecisiete. Obviamente, en el caso de de que tuviera dicha duración, debían de tratar el cuerpo, embalsamándolo para evitar que comenzara el proceso de descomposición.

2. Ekphora: se trata del traslado del difunto al lugar de enterramiento. Dicho traslado se hacía con el cuerpo a hombros o mediante un carruaje, a la par que se escuchaba música. La hora elegida era la oscuridad de la noche. Los hombres estaban ubicados delante del fallecido y las mujeres detrás.

Ritos deposicionales

Desafortunadamente, sobre esta fase casi no disponemos de información, pues casi no ha sido representada en las cerámicas. Tal y como destaca Fernando Quesada, muy probablemente, en el momento de echar la tierra se llevasen a cabo libaciones sobre le ataúd si se trataba de inhumación y sobre la urna si había sido cremación. En este segundo caso, gracias a los textos de Homero se sabe que se utilizaba vino para apagar las últimas ascuas. Seguidamente, uno de los familiares metía las cenizas en una urna. Por último, tanto en un caso como en el otro, se colocaba el ajuar junto a los restos mortales.

Ritos post-deposicionales de carácter inmediato

1. En el cementerio:
Se han hallado restos de sacrificios animales como ofrenda. Éstos eran quemados -que no cocinados- y se ha documentado en los llamados depósitos de ofrendas. Es decir, que no hacían un banquete en honor del difunto, sino que simplemente quemaban los cuerpos de los animales.

2. Fuera del cementerio:
Este punto es probablemente el que más difiere de nuestro rito actual, a excepción de los funerales, por ejemplo, estadounidenses. Tras el enterramiento propiamente dicho, tenía lugar el perideipnon, es decir, el banquete funerario. Se celebraba en la casa familiar y servía para unir a la comunidad ante el dolor y seguir honrando al difunto con la recitación de elegías entre otras cosas. Así mismo, los griegos sentían que el difunto estaba presente en el banquete entre ellos. Al igual que ocurría durante la exposición del cadáver, el agua también adquiría un papel relevante y los asistentes se bañaban como símbolo de purificación. Este banquete era el cierre del funeral que duraba tres días.

Una vez transcurridos treinta días de deceso tenía lugar un curioso rito llamado triakostia, en el que sobre la tumba ponían la parte de la basura generada en el banquete que habían celebrado tras el entierro. A esto se sumaba un último banquete, con el que se daba por finalizado el duelo.

Ritos posteriores: visita a la tumba

Al igual que ocurre ahora -en unas familias más, en otras menos- las visitas a la tumba del difunto se efectuaban al menos durante una generación, llegando en casos muy raros hasta tres generaciones. Lo más curioso de esto es que era la obligatoriedad de mantener y cuidar la tumba de los antepasados. Tan importante era, que si alguien quería acceder a un cargo público o mantener los derechos de herencia, debía probar que había cumplido sus obligaciones respecto a sus seres fallecidos.

En las visitas, los familiares decoraban las estelas funerarias con flores, depositaban ofrendas no alimenticias, hacían libaciones con leche, vino, agua y otras sustancias, rompían los vasos utilizados para la libación, incluso se han hallado algunos sacrificios de animales. De forma excepcional, en honor al difunto, se celebraban juegos atléticos o se llevaban a cabo sacrificios humanos.

Más parecidos de lo que pensamos

Es cierto que los rituales difieren en pequeños detalles como los sacrificios y la concepción de la muerte y el tránsito, pero los realizados por los griegos difieren poco de los nuestros. Sobre todo, si el entierro al que asistimos es en un pueblo que conserva este tipo de tradiciones. Nos separan varios siglos de Solón, Sócrates, Platón y otros tantos… Pero, en este sentido, estamos muy cercanos a ellos, ¿o no?

Fuente original: David Benito

Enlaces recomendados sobre la misma temática:

2 comentarios

Archivado bajo Antigua Grecia

La muerte de Sarpedón

LAS EXEQUIAS DE SARPEDON

Profundo dolor tiene Zeus. Ha dado muerte

Patroclo a Sarpedón; y ahora se abalanzan

el hijo de Menecio y los aqueos a arrebatar

el cuerpo y ultrajarlo.

Pero esto no agrada en absoluto a Zeus.

A su hijo amado -al que dejó

morir: tal era la ley al

menos muerto lo honrará.

Y he aquí que envía a Apolo a la llanura

instruido de cómo cuidar el cuerpo.

Con unción y dolor el cadáver del héroe

levanta Apolo y lo lleva hasta el río.

Lo limpia del polvo y de la sangre;

cura las horribles heridas, sin dejar

que aparezca vestigio alguno; vierte sobre él

los aromas de la ambrosía; y con espléndidos ropajes

olímpicos lo viste.

Blanquea su cutis; y con una peineta de perlas

sus cabellos negrísimos peina.

Los hermosos miembros los arregla y recuesta.

Ahora parece un joven rey auriga –

en sus veinticinco años, en sus veintiséis que

reposa después haber ganado,

con un carro de oro y velocísimos caballos,

en un certamen famoso el galardón.

En cuanto Apolo hubo terminado

su misión, llamó a los dos hermanos

al Sueño y a la Muerte, ordenándoles

que el cuerpo llevaran a Licia, ese rico país.

Y hacia allá al rico país, a Licia,

viajaron estos dos hermanos

Sueño y Muerte, y cuando ya llegaron

a la puerta de la casa real,

entregaron el glorificado cuerpo,

y volvieron a sus otras preocupaciones y quehaceres.

Y cuando lo recibieron allí; en la casa, comenzó

con procesiones, y honras, y lamentos,

y con abundantes libaciones en sagradas crateras,

y con todo lo necesario, la triste sepultación;

y después hábiles artesanos de la ciudad

y afamados artífices de la piedra

vinieron a labrar el túmulo y la estela.

*********************************************************

Este poema pertenece al poeta griego Constantino Petrou Cavafis,  una de las figuras literarias más importantes del siglo XX y uno de los mayores exponentes del renacimiento de la lengua griega moderna.

El poema, de carácter épico-narrativo,  se centra en el Canto XVI de la Ilíada, cuando llega la hora de la muerte de Sarpedón, hijo de Zeus, a manos de Patroclo. A pesar de que la muerte de Sarpedón es discutida entre los dioses, finalmente se dictamina lo que está escrito en el destino de Sarpedón:

[Hablando de Sarpedón] deja que muera a manos de Patroclo en reñido combate; y cuando el alma y la vida le abandonen, ordena a la Muerte y al dulce Hipno que lo lleven a la vasta Licia, para que sus hermanos y amigos le hagan exequias y le erijan un túmulo y un cipo, que tales son los honores debidos a los muertos.

Hypnos_Thanatos

Hypnos y Thanatos toman al difunto Sarpedón (Londres, British Museum)

Una vez muerto un guerrero, era muy común apoderarse del cadáver, ultrajarle y quitarle la armadura como recompensa por la heroica victoria. Tras un duro combate bajo la mirada de Zeus y tras ser arrebatada la armadura de Sarpedón como premio, Zeus finalmente manda a Apolo a recoger el cuerpo de su hijo para prepararle en el ritual funerario. En la Grecia antigua, un funeral era mucho más complejo que un enterramiento o una cremación del cuerpo. Se llevaban a cabo unos ritos que tenían la propiedad de ayudar al alma muerta en su tránsito del mundo de los vivos al mundo de los muertos. Del perfecto cumplimiento del ritual dependería la salvación del individuo, es decir, el alma no vagaría en una eterna angustia. Por lo tanto, el rito funerario era un eslabón tan importante como el nacimiento y el matrimonio porque los griegos consideraban la muerte un nuevo status.

Zeus accede a darle este último trato de favor al héroe Sarpedón, ya que no puede salvarle del destino de la muerte:

¡Ea, querido Febo Apolo! Ve y después de sacar a Sarpedón de entre los dardos, límpiale la negra sangre; condúcele a un sitio lejano y lávale en la corriente de un río, úngele con ambrosía, ponle vestiduras divinas y entrégalo a los veloces conductores y hermanos gemelos: el Hipno y la Muerte. Y éstos transportándolo con presteza, lo dejarán en el rico pueblo de la vasta Licia. Allí sus hermanos y amigos le harán exequias y le erigirán un túmulo y un cipo, que tales son los honores debidos a los muertos (..)Apolo no desobedeció a su padre. Descendió de los montes ideos a la terrible batalla y en seguida, levantó al divino Sarpedón de entre los dardos, y conduciéndole a un sitio lejano, lo lavó en la corriente de un río, ungiólo con ambrosía, púsole vestiduras divinas y entrególo a los veloces conductores y hermanos gemelos: el Hipno y la Muerte. Y éstos, transportándolo con presteza, lo dejaron en el rico pueblo de la vasta Licia.

Además del rito funerario, vamos a destacar dos personificaciones de notable presencia en el pensamiento griego arcaico: Hipno (Sueño) y Tánato (Muerte)

Las fuentes literarias más arcaicas que nos han llegado de Hipno corresponden a la Ilíada donde inicialmente aparece el personaje como hermano de Tánato, ambos encargados de trasladar a Sarpedón  a un lugar donde se le puedan realizar las honras fúnebres para continuar con su viaje al más allá.

Hipno se nos presenta así como el dios del sueño y conduce,  junto a su hermano Tánato, a los difuntos hasta su lugar final de reposo, facilitando el cumplimiento de la premisa de las honras fúnebres heroicas en la patria del difunto, donde los honores serán mayores y ofrecidos no por los extranjeros sino por los miembros del grupo familiar.

Este hecho resalta la complejidad de Hipno como personaje mitológico  incluido en el limbo de los sueños y en el de la muerte, donde ambas presencias (sueño y muerte) estuvieron conectadas en el pensamiento griego antiguo. Durante todo el s. V a.C., se desarrolló un culto funerario destacable en torno a la figura de Hipno y su hermano gemelo Tánato en los que ambas personificaciones son presentadas como intermediarias entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

Para concluir, cabe destacar el tema del destino como fuerza sobrenatural que guía la vida humana, que se erige como una ley que está por encima del hombre y de los dioses y no quebrantable bajo ningún concepto. Así, el autor del poema humaniza al mismísimo Zeus que  no puede evitar la trágica muerte de su propio hijo: Profundo dolor tiene Zeus.

Otros poemas de Cavafis en Animasmundi:

Ítaca

El simbolismo de Troya

Enlaces relacionados con la misma temática: Hipno y Tánato; Hermes; los sueños en Homero

Deja un comentario

Archivado bajo Antigua Grecia, Reflexiones Metafísicas