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La fe en la inmortalidad

Campos Elíseos

El pensamiento homérico sobre el alma refleja la resignación y no el deseo del hombre, cuya existencia después de la muerte, se reduce a vagar como un alma en pena, existiendo sin duda, pero carente de todo sentido. Pero la cuestión es: ¿no existía ningún deseo de poder alcanzar otro tipo de vida más vivificante y estimulante a la hora de morir? En los poemas de Homero, la concepción del alma, después de la muerte, es la de no descansar siquiera de las extenuaciones de la vida (el alma de Sísifo, la de Tántalo, por mencionar algunos ejemplos que hemos comentado en este blog) pero tampoco sigue existiendo. Parece que el reino del Hades no ofrece una luz de esperanza, aunque sea una llamita tenue y ligera. El Hades es el fin para el hombre, cerrando así cualquier vestigio de luz y esperanza.

La única vía de esperanza para eludir el lóbrego reino del Hades era que los dioses te enviaran a los Campos Elíseos, un lugar donde la luz es eterna, nunca hay nieve, ni largo invierno, ni vientos ni lluvias, acompañado de una paz inquebrantable y eterna.

Según la creencia más popular, un dios podía, de repente, sustraer a un mortal protegido suyo y llevárselo a la eternidad, bien sea a los Campos Elíseos o al Olimpo. De manera arbitraria, en algunos casos, y otras por parentesco directo con el dios, el mortal pasaría a ser inmortal.

En la Odisea (Canto IV. 560) Proteo, que tenía el don de leer el porvenir, le profetisa a Menelao que los inmortales te enviarán a los Campos Elíseos y le enfatiza que es un lugar donde los hombres viven dichosos. Proteo le hace ver que, cuando llegue su hora, no acabará su vida, dice de él el poema; en otras palabras, Menelao no tendrá que morir para ir a los Campos Elíseos pues irá vivo y tampoco le arrebatará la muerte una vez alcanzado los Campos Elíseos. Entendemos que el alma de Menelao (Psique) no tiene que separarse de su cuerpo ni ser sepultado. Por lo tanto, los Campos Elíseos es un lugar inasequible para los demás mortales, solamente para algunos privilegiados: a Menelao le garantizan un lugar especial de bienaventuranza e inmortalidad. La inmortalidad de los dioses tiene además otros disfrutes como el néctar y la ambrosía. Así pues, el hombre que se alimente de estos divinos regalos se convierte en dios, en inmortal. En suma, Menelao es transportado vivo a la eterna vida gozosa y plena de felicidad, a un lugar especial.

Zeus, dios soberano.

¿Es la virtud y el mérito los que dan derecho a la futura bienaventuranza? En los poemas homéricos no hay el menor rastro de que sea así. Menelao no se distingue especialmente por ninguna virtud concreta, será transportado a los Campos Elíseos simplemente porque su matrimonio con Helena lo hace yerno de Zeus, tal como lo anuncia Proteo; en la otra cara de la moneda nos encontramos a Aquiles hundido y desolado en el reino de las sombras en el Libro XI de la Odisea:

No me consueles de la muerte, ilustre Ulises. Preferiría estar en la tierra y servir a un hombre pobre, sin muchos medios de vida, que ser el señor de todos los consumidos.

Esquema de dos mundos opuestos:

Aquiles

Tártaro, la muerte, separación de la psique del cuerpo, desolado, hundido, una sombra vagando. Aquiles es virtuoso, como guerrero y persona.

Menelao

En los Campos Elíseos, permanencia de la psique en el cuerpo, la evitación de la muerte, un privilegio. La virtud no es su fuerte.

Hay que precisar que aquellos inmortales que terminen su vida en los Campos Elíseos llevan una vida consciente interminable, eterna, pero no se les confiere ningún poder divino, ni salir más allá de los confines de la tierra.

Por otro lado, en el ámbito religioso, los héroes de la epopeya homérica no están a la altura de los dioses. Es decir, en la época homérica no hay indicios de que se realicen rituales en honor a Menelao o a Heracles para que sean los intermediarios entre los dioses y los hombres, sino que son fuerzas divinas de pleno derecho que tienen un trato de culto propio, unos santuarios florecientes y, por supuesto, detrás, una mitología indeleble e inquebrantable. Es muy común que, casi siempre, cada héroe es conocido solamente en su territorio, excepto Heracles que traspasó fronteras.

Pero, entonces, ¿qué virtudes tiene que tener un héroe para terminar su vida en los Campos Elíseos? Probablemente, en el caso de Menelao, fuera más un anhelo del espíritu poético de Homero que una necesidad de orden religioso, incluso dicha decisión iba más allá de una creencia popular. Es decir, sólo se subraya el deseo poético, apoyándose en la libertad de la poesía. Lo que sí podemos estar seguro es que el culto religioso no tuvo un peso influyente en la decisión de mandar a Menelao a los Campos Elíseos, sino más bien Homero intenta revelarnos el tema del tránsito hacia la eternidad.

Igualmente, hay otros casos en el que los dioses se llevan a los mortales a la morada de los dioses, al Olimpo, como un regalo exclusivo, que puede ser un don especial que los dioses aprecian y quieren compartir. En este caso, destacamos la figura de Ganímedes.

Ganímedes, el más bello de los mortales, de quien se dice que fue arrebatado por los dioses para ser transportado al Olimpo y vivir allí eternamente, como copero de Zeus. Fue el propio Zeus quien, transformado en águila, se lo llevó por los aires hasta el Olimpo. El rapto de Ganímedes ha sido una fecunda fuente de inspiración para la literatura griega y romana desde Homero (Ilíada V, 265; XX, 232) hasta Ovidio (Metamorfosis, X, 155).

¿Por qué la leyenda de Ganímedes tuvo tanta repercusión en aquella época? En mi opinión, la creencia según la cual un dios o una diosa podía, de repente, despojar a un mortal de su vida sin ser visto por nadie, como es el caso de la joven Core (conocida como Perséfone después de que Plutón la raptara al Hades) o Ganímedes, servía para explicar las desapariciones de individuos que jamás regresaban a su hogar, por circunstancias imprevistas, o de soldados que desaparecían en combate. Imaginaos salir de casa a dar un paseo y desaparecer de la faz de la tierra. ¿Qué impacto tendría en su familia? Era pues una justificación, de carácter divino, para exponer las desapariciones en combate, los raptos, la fuga premeditada, etc. Sin embargo, según la creencia antigua, los raptos de Ganímedes y Orión reflejarían los astros que se observan en los fenómenos del cielo y que debían ser explicados. En estas leyendas cabe destacar que a los fenómenos celestes se les consideraban seres animados y dotados de alma como a los hombres. El significado de estos mitos refleja que si los dioses elevan a Orión a su reino, cualquier mortal puede llegar a gozar de la misma suerte, contando con el favor de un dios. En el caso de Perséfone, después de ser raptada por Hades, Zeus, como intermediario, estableció que Perséfone volvería con su madre, Deméter, llegando con ella la primavera y volvería a descender al mundo de las tinieblas al llegar la época de la siembra.

En síntesis, la inmortalidad ofrece más ventajas que desventajas. Sin embargo, escudriñando los poemas de Homero, hay que ver la inmortalidad desde otra óptica. En la Odisea (Canto V. 209) la ninfa Calipso, enamorada de Ulises, le ofrece la inmortalidad siempre y cuando renuncie a su identidad. La reflexión de Ulises es la siguiente: si olvida quién es, también olvidará adónde va y nunca alcanzará su logro espiritual. Supongamos que Ulises aceptase la oferta de Calipso, si cediese a la tentación de ser inmortal, dejaría en ese instante de ser un hombre, no sólo porque se convertiría en un dios sino porque eso le llevaría al exilio, renunciando para siempre a vivir con los suyos, por lo que perdería su propia identidad. Con más rotundidad, al aceptar la inmortalidad, Ulises dejaría de ser Ulises y ya no sería el Ulises que todos conocemos: rey de Ítaca, marido de Penélope, hijo de Laertes…

El propio Zeus nos hace entender que Ulises es el más sabio de todos los humanos; Atenea es su escudo protector (Odisea, Canto V. 7). Ambos ven que su principal destino es comportarse en la tierra como el representante de los dioses a nivel del Gran Todo. Aunque Ulises es mortal, es un Zeus pequeño al igual que Ítaca es un mundo pequeño y el objetivo de su periplo en la Odisea se le hace tortuoso, retorcido, doloroso, con muchas pérdidas alrededor suya. Pero Ulises continúa hacia delante y declina la inmortalidad que le ofrece Calipso. Su único anhelo es hacer que la justicia reine por las buenas o por las malas, si hace falta y alcanzar la armonía, su destino. Por eso Zeus no permanecerá insensible a este proyecto que le recuerda al suyo, cuando tuvo que reestablecer el orden dentro del caos inicial que había en el universo (Teogonía). Ulises, por fin, después de diez años preso en la isla de Calipso, y gracias a la intervención de Atenea, pudo seguir el impulso de su espíritu.

Ahora sabemos de dónde viene y adónde va Ulises: del caos al cosmos pero a su nivel, que es humano, pero que a su vez refleja el orden cósmico. Es un itinerario de sabiduría pero a su vez un camino tortuoso, polvoriento, de mucho sufrimiento, cuyo fin, sin embargo, es el de alcanzar la sabiduría aceptando la condición de mortal que es la de todo ser humano.

Ulises

Ulises nos enseña la lección más importante: la inmortalidad es para los dioses no para los humanos y no es lo que uno debe buscar desesperadamente en esta vida. En síntesis, las líneas maestras que Ulises nos enseña son:

  1. Es muy importante pertenecer a una comunidad armoniosa, a una patria (un cosmos).

  2. Dar la espalda a nuestra naturaleza y arrancar nuestras raíces que están conectadas con los verdaderos valores e hilvanadas a nuestras tradiciones ancestrales es desviarnos de los propósitos del cosmos y, por lo tanto, representa la peor forma de despersonalización que pueda conocerse en la vida. No podemos caer en el olvido. Ulises tiene que luchar para no bajar al destierro, al olvido y, por encima de todo, su único fin es alinearse con su verdadero Yo, aquél que perdió cuando lo arrancaron de su patria.

  3. La guerra de Troya, fiel reflejo de nuestro mundo actual, es una máquina de engullir a miles de jóvenes, un desarraigo sin igual para unos soldados llevados a la fuerza lejos de sus hogares, lejos de toda civilización, de toda dicha, lanzados a un universo que no tiene nada que ver con la vida en armonía y equilibrio. Esta visión es muy importante para entender el universo como parte elemental de nosotros. Hoy día, nos están arrancando nuestras raíces, el desorden y el caos son esos grandes agujeros negros de nuestras vidas.

  4. Más allá de su dimensión casi iniciática en el plano humano, incluso de los aspectos cosmológicos, esta concepción de la búsqueda de la armonía, una reconciliación con el cosmos, posee también una dimensión metafísica que guarda relación con el tema de la muerte. Para los griegos, lo que caracteriza a la muerte es la pérdida de la entidad. Aquí la muerte no sería física: Ulises nos alienta a que jamás dejemos de ser personas trascendentales para convertirnos en zombis de la sociedad, sombras carentes de identidad, en masas ignorantes que abandonan su verdadera patria, para terminar siendo anónimos, luces y sombras que parpadean sin brillo llevando consigo la pérdida de nuestra individualidad.

  5. Ulises busca la inmortalidad en la sabiduría. Se sacude de todas las irrealidades, de sueños utópicos y de fluctuaciones inestables que va sorteando a su paso.

 

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La metafísica de Anaximandro

Anaximandro

Anaximandro

Anaximandro de Mileto dijo que el infinito es el principio y elemento, sin definirlo como el aire, el agua ni otra cosa. Que sus partes son mudables, pero del todo inmutables”. Que la tierra está en medio del universo como centro, y es esférica. Que la luna luce con luz ajena, pues la recibe del sol. “Que éste no es menor que la tierra, y es fuego purísimo. Fue el primero que halló el gnomon, y lo colocó en Lacedemonia para indagar la sombra, como dice Favorino en su Historia varia . Halló también los regresos del sol, notó los equinoccios y construyó horóscopos. Fue el primero que describió la circunferencia de la tierra y mar, y construyó una esfera.

Asimismo reconoció también que el todo está regido por una ley poderosa, que se hace patente en miles y miles de aspectos y en la que, por así decirlo, engrana una rueda en otra de entre innumerables ruedas; un enorme sistema en el que todo se teje hacia la totalidad, regido por una ley inconmovible en todo suceder, que domina todos los fenómenos orgánicos e inorgánicos, corporales y espirituales, vivientes y no vivientes. En una palabra, todo ser y perecer. Este Cosmos (aplicado por él mismo) está conectado entre sí, en el que todo suceder está regido por una íntima coherencia.

Hay que destacar, por otra parte, que Anaximandro realiza un avance notable respecto a Tales de Mileto: El principio de todas las cosas (arché) es el ápeiron ésto es, “lo indefinido, lo indeterminado”. Se trata pues, de un elemento no empírico y por su carácter indefinido permite explicar mejor el origen de las cosas que a través de un elemento determinado.

“El principio (arché) de todas las cosas es el ápeiron. Ahora bien, a partir de donde ha generación para las cosas, hacia allí se produce también la destrucción, según la necesidad; en efecto, pagan las culpas unas a otras y la reparación de la injusticia según el roden del tiempo.” Anaximandro de Mileto, Fr. I

Se suele discutir si Anaximandro concibió la idea de  “innumerables mundos” sucesivos temporalmente. Pero lo más probable que la idea se refiera a que el ritmo de surgimiento y desaparición se diese en el interior de un mismo mundo.

Hay quienes interpretan que Anaximandro quiso decir que toda existencia individual y todo devenir no son sino una usurpación, una injusticia que han de ser pagadas con la muerte. En esta interpretación se observa cierto paralelo  jónico con doctrinas budistas. Pero probablemente, Anaximandro quería sugerir que del ápeiron comienza a separarse sustancias opuestas entre sí y cuando una prevalece sobre la otra, se produce una reacción que establece el equilibro. El ciclo de las estaciones ejemplificaría el concepto.

Cosmos2El ápeiron es ‘inmortal e indestructible’, es decir ‘eterno y que no envejece’. Anaximandro, le atribuye pues, los caracteres que la mitología griega otorgaba a los dioses. De allí que se destaque respecto a Anaximandro el mérito de una cosmología que no depende de representaciones míticas.

Sintetizando las postulaciones de Anaximandro, el fundamento del mundo tiene que ser infinito, para que nunca cese el devenir, para que no se agote en la creación de las cosas. De lo contrario, la vida cesaría en este Cosmos.

Por infinito entiende sin embargo Anaximandro la Materia infinita, naturalmente en el sentido de la primera causa eternamente viviente y que se mueve por sí misma, lo mismo, por cierto, que Tales había concebido el agua como el origen de todas las cosas. Así llama Anaximandro al Infinito “inmortal”, “imperecedero”, quizá también “increado” y “que nunca envejece”.

Para concluir, se puede también aceptar como muy verosímil, basándose en un pasaje de Aristóteles (Física, III), que Anaximandro había firmado que este Infinito “lo abarca y dirige todo” y que es “divino”.
Obras de referencias recomendadas:
VIDAS DE FILOSOFOS ILUSTRES (LITERATURA-OMEGA LITERATURA CLÁSICA)
La sabiduría griega II: Epiménides, Ferecides, Tales, Anaximandro, Anaxímenes, Onomácrito (Estructuras y Procesos. Filosofía)

Enlaces recomendados de Animasmundi sobre la misma temática:

El alma en Tales de Mileto

El alma en los filósofos presocráticos

El alma en Epiménides

Jenófanes de Colofón

Empédocles

¿Qué hay más allá de la muerte?

 

 

 

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