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Diálogo con Alétheia sobre Edipo, el devenir y el alma. (Parte III)

Me adentré por una playa desierta del Cabo de Gata (Almería). Sentía el sol rozar mi piel, el aroma del mar embriagaba todo mi entorno y las lánguidas olas  parecían querer susurrarme algo. Me senté y miré al horizonte. Sentí el palpitar de la naturaleza próximo a mí. Empecé a relajarme  y me quedé dormido, en un profundo sueño. Durante el sueño mi alma viajó hacia los dioses y encontré la Verdad (Alétheia) y la Justicia (Díke). Conversé  con los dioses y hablé con Alétheia (literalmente la palabra significa “aquello que no está oculto“, “aquello que es evidente“, lo que es verdadero) y Díke (la personificación de la justicia). Aquí está el corpus de la conversación íntegra que tuve con Alétheia, que se materializó ante mí como sacerdotisa y que tengo el placer de compartir con todos ustedes:

  • Alejandro: Tengo la sensación de que ayer las cosas estaban como siempre, pero hoy las cosas me resultan tan distintas…
  • Sacerdotisa: ¿Te refieres a cambios? El devenir de la naturaleza es el escollo de toda la humanidad.
  • Alejandro: Esta mañana al levantarme y mirar por la ventana hacia el mar me sentía distinto, pero si no soy el mismo, ¿quién soy? ¿soy el mismo al levantarme cada mañana?
  • Sacerdotisa: A veces la naturaleza interior te llama, te susurra que hay algo más, te anuncia que eres mucho más…
  • Alejandro: ¿Se puede borrar el pasado y empezar de nuevo? Algún día, me gustaría ir a ese lugar y volver a empezar de nuevo, como si el ayer no existiera.
  • Sacerdotisa: Toda historia, por muy torcida y compleja que sea se basa en una verdad, sólo en una.
  • Alejandro: ¿Se puede aspirar a algo más?
  • Sacerdotisa: La vida es complicada. Lo único cierto es que es real.
  • Alejandro: ¿Pero cómo se alcanza lo real?
  • Sacerdotisa: Con la conciencia absoluta de lo real. Vuestros ancestros pensaban que sus pensamientos eran la voz de los dioses, como un monólogo interior, y esa voz tenía consecuencias en sus actos. En cierto modo, era una forma de despertar la conciencia y conectar con la divinidad.
  • Alejandro: ¿La búsqueda de la conciencia?
  • Sacerdotisa: Darse cuenta de algo que va más allá de los sentidos.
  • Alejandro: ¿A qué se refiere exactamente?
  • Sacerdotisa: Al despertar de la divinidad. En Edipo la multiplicidad hace que se oculte la verdad, pero verdad sólo hay una: cuando Edipo descubrió quién es, fue libre; Yocasta, sin embargo…
  • Alejandro: Pero si el río es evolución, es vida, es el camino, pero vamos en contra de la corriente, ¿cómo que la humanidad va retrocediendo en su crecimiento espiritual?
  • Sacerdotisa: La humanidad forjó el sendero de la vida con una herramienta: el error.
  • Alejandro: Los dioses también cometen errores, lo hemos visto tantas y tantas veces…
  • Sacerdotisa: El hombre presenta a sus dioses con sus intervenciones erráticas y sus objetivos irracionales para justificar sus propias caídas. El hombre en sociedad vive con su error, en el sentido de que éste pasa a formar parte de su historia y, por lo tanto, determina lo que él es. El hombre tiene que ser fiel a su naturaleza intrínseca divina, devoto a su génesis.
  • Alejandro: A veces pienso que no podemos elegir nuestros caminos tal como nos gustaría, que hay algo superior que nos controla y nos guía por senderos inescrutables. Los pitagóricos tenían como símbolo una Y, el signo del cruce de caminos en el que el hombre debía elegir qué camino tomar: el del bien o el del mal.
  • Sacerdotisa: La fe también utiliza el simbolismo, pero no surge de él.
  • Alejandro: Edipo y Yocasta soñaron con la vida que querían, pero ninguno la consiguieron. Ambos eligieron lo mejor, no dudaron de sus caminos, de sus destinos, pero, de repente, la tragedia  cae sobre ellos y todo cambia. Pero, el error de Edipo es esa clase de error que puede cometer cualquier hombre bueno, ya que le viene impuesto con unas condiciones adversas que uno lo presencia con compasión. Yo estoy con Edipo, le comprendo perfectamente y me hallo dispuesto a seguir su historia hasta el final. Cada una de sus decisiones, incluso en los momentos de mayor ceguera, nacen exactamente de la admirable clase de persona que es.
  • Sacerdotisa: Sólo así se comprende la liberación de Edipo: el alma siente que tiene sed de una realidad superior con más valor que la vida terrenal y cotidiana, de una realidad superior donde no hay dioses, ni héroes, ni mezquinos sentimientos humanos que llevan al hombre a ser frágiles. Edipo y Yocasta se movían en medio del fragor de la vida, de los deseos mundanos, de los reclamos incesantes de la vida que le rodeaban, de tanto ruido, de tantas mentiras, al igual que los cantos de sirenas que confunden al hombre. Edipo piensa que es víctima, después se da cuenta que su vida es una línea continua de sufrimiento y dolor, pero nunca se desploma, no se rinde. Esa elasticidad hace que Edipo entienda en la espiral en la que se mueve y anhela cambiar todos sus sueños por uno solo: no quebrantar las leyes del cosmos. Es el llamado problema de equilibrio. Edipo acepta la llamada, esa llamada a que todo el mundo nace para cumplir. El camino no es escoger el bien o el mal, no es elegir entre Edipo y Yocasta: el único camino es trascender el bien y el mal.
  • Alejandro: ¿Trascender el bien y el mal?
  • Sacerdotisa: Como seres libres que sois, tenéis capacidad de elegir.
  • Alejandro: Edipo mira hacia el futuro pero está sumido al orden de la naturaleza y a los límites de sus conocimientos…
  • Sacerdotisa: El papel de Edipo exige más que sumisión; exige que tenga iniciativa, que mande y decida. Edipo, no a través de sus ojos, decide mirar hacia algo que está más allá…
  • Alejandro: Pero decidir entraña la posibilidad de errar de nuevo, de fracasar otra vez.
  • Sacerdotisa: Sin embargo, sin libertad y, por lo tanto, sin la posibilidad de error no hay liberación. El hombre debe actuar para convertirse en verdadero héroe en la acción.
  • Alejandro: ¡Por Zeus! ¿Qué soy? ¿Qué he sido? ¿Qué seré? ¡Lo ignoro por completo! Estoy confuso, mi mente a veces está perdida en una densa y oscura nube y camino errante, sin lograr, ni en sueños, aquello a lo que aspira mi alma. Soy un ser limitado, finito y temporal, y sin embargo, dentro de mí, siento algo…
  • Sacerdotisa: La naturaleza es eterna, no lo olvides nunca Egan[1], al igual que tu alma. El alma es una cosa, y otra muy distinta la materia, el cuerpo y la mente. Cuando tu mente está en reposo, tu alma florece, cuando tu mente se nubla, el alma ve; cuando el cuerpo está muerto…¡tu alma se libera y vive eternamente!
  • Alejandro: ¿De dónde nos viene el alma?
  • Sacerdotisa: El alma os viene del Cosmos. El alma es armonía
  • Alejandro: ¿Por qué el hombre fracasa teniendo un alma en armonía?
  • Sacerdotisa: El alma lo abarca todo y se mueve de tal forma que el hombre nunca alcanza a conocerla y a dirigirla en los intereses que desearía. El hombre fracasa constantemente porque para él es una célebre desconocida. Cuando el hombre le da la espalda a la naturaleza divina y rompe vínculos con el Cosmos le queda una profunda anomalía, una desarmonía y una fractura profunda que le llena de angustia, y de infelicidad, y de tristeza, y de sorpresa y de melancolía y de desengaños y de insatisfacción. Sin embargo ignoráis que los opuestos se necesitan el uno al otro, es una armonía de tensiones opuestas, como la del arco y la lira. La naturaleza se resuelve finalmente en una armoniosa unidad en la que, sin embargo, aparecen una multiplicidad de tensiones opuestas. Apolo es la conjunción de la lucha y la paz, y la única sabiduría divina que podrá gobernar el devenir de la naturaleza. La oposición entre el cuerpo y el alma se da en vosotros. Estáis siempre en constante evolución y pasáis de un estado a otro, sin daros cuenta, y  debéis aprender a escuchar para alcanzar esa dimensión.
  • Alejandro: ¡Por Zeus! ¡No estamos preparados para la tarea ya que al adentrarnos en el oleaje de la vida tropezamos de inmediato con grandes dificultades! Tenemos el Cosmos dentro de nosotros cuya vastedad no controlamos y cuyas claves resultan desconocidas. Cada uno erramos por el mar de la vida, con nuestros conflictos interiores y nuestros esfuerzos para alcanzar los propósitos de nuestros anhelos espirituales.
  • Sacerdotisa: La capacidad de aprender es un aspecto de la eternidad. El único camino para aprender es descubrir los caminos interiores. El alma os llevará a donde pertenecéis, el alma es amor y volverá a su génesis, más allá de donde ni tan siquiera vuestra imaginación puede alcanzar.

 

[1] Los dioses, Aletheia, Diké, entre otros seres superiores, siempre se han dirigido a mi como Egan y nunca por mi nombre terrenal, Alejandro. Entiendo por entonces que en el libro de los nombres de  las esferas superiores tenemos un nombre diferente al que nos bautizaron nuestros padres en la tierra. Egan, según me contó Hermes, es un nombre relacionado con el mito del fuego de los ancestros celtas, que define a un chico con luz propia que busca abrirse al mundo y al universo de lo extraño.

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La metafísica en Edipo (Parte II)

Cuando observamos una cascada de agua precipitándose por la montaña, en algunos tramos, se forman pequeños remolinos que de momento parecen retroceder en sentido contrario a la corriente; pero sin embargo, todo el caudal del agua, incluido los remolinos, son arrastrados por el impulso del torrente hacia delante con la fuerza de la corriente. La imagen de la cascada me recuerda al eterno problema del ser humano: el devenir. En el ámbito filosófico el devenir significa el ser como proceso, todas las maneras de llegar a ser, el cambio, el acontecer, el ir siendo, el movimiento. Además del contexto filosófico de la palabra, debo añadir que, para mí, el devenir es evolución, es ir hacia delante y dejar que las cosas sigan su curso, como esa cascada de agua precipitándose por la montaña, de la misma manera que también evolucionamos movidos por la irresistible fuerza del Logos que nos empuja hacia delante. Que vayamos movidos por la fuerza del Logos o empujado por una cascada no quiere decir que estemos progresando, dando pasos de gigantes. La corriente nos arrastra porque la propia naturaleza tiene un propósito cósmico y universal y depende de nosotros alinearnos a esa energía o no. Vayamos por parte:

El antiguo aforismo griego “conócete a ti mismo” (Gnothiseauton) es una hermosa advertencia, porque el conocimiento de uno mismo es absolutamente necesario a todo candidato para el progreso espiritual.

El explorarse a uno mismo parece inmiscuirse en una estrecha relación de causa-efecto, de explorar nuestro interior, de mirar dentro de sí, de tomar conciencia de nuestra naturaleza divina. Conócete a ti mismo es una invitación a una mirada introspectiva, como el detectar nuestras carencias y defectos y mantener prudencia en el manejo de nuestra lengua. Una llana y sincera capacidad de autocrítica. El alma tiene que estar en consonancia con el cosmos y elevarse a la Unidad, a la fuente original que la mayoría de los filósofos abogaban con una vida equilibrada.

El otro mandamiento que adornaba el frontón de Delfos era “nada en exceso” (médenagan).

Nada en exceso invita a los hombres a encontrar su justa medida en el orden cósmico para protegerse de la hybris, ese arquetipo de la falta de sabiduría, esa vanidad o esa desmesura que desafía a los dioses y, a través de ellos, al orden cósmico, pues todo es uno.

En el mito de Edipo, con la estirpe de Layo como eje central y las consideraciones detalladas en líneas anteriores se deduce, claramente, que si alguien fuese tan insensato que se empeñara en ir en contra de la corriente y actuar firme y decididamente en el mal, no por ello “se inclinaría” hacía atrás. En mi opinión más bien el sujeto sería el “remolino” que queda atrapado en el torrente que continúa su curso de manera natural; la fuerza del Logos no se  puede  invertir, del mismo modo que tampoco se puede invertir la corriente del río.

Sabemos que las circunstancias externas cambian incesantemente porque se ven afectadas por toda suerte de influencias. Pero la vida interna  no está en continua oscilación. Es decir, continuando con la metáfora del torrente,  el río puede estar contaminado, puede llevar más o menos caudal, pueden, incluso, imponerse varios obstáculos, pero sabemos con absoluta certeza que el curso del río seguirá adelante.

A esto hay que sumar que el devenir es uno de los problemas más destacados de la filosofía porque parece contraponerse al ser. Es un “sudoku” filosófico que a su vez entraña muchas contradicciones.

Por otra parte, para mí el devenir también representa la superación del ser y lo voy a explicar y desarrollar basándome en el mito de Edipo. (ir al enlace del mito de Edipo)

La maldición de Layo arrastra al linaje de Edipo pero cada uno no llega a entender su propio devenir: Layo viola al tierno Crisipo que termina suicidándose, Yocasta se ahorca, sus hijos se matan entre ellos y  solo Edipo representa la superación del ser y de la pura nada.

En el siguiente resumen recordaremos el devenir de los principales personajes:

Yocasta, madre de Edipo, se ahorca tras conocer su incesto con su propio hijo y la desgracia familiar que hay detrás del linaje de Layo. El suicidio se consideraba una muerte maldita, pues no permite que el alma encuentre su remanso de paz, al considerarse una muerte impura.

Etéocles y Polinices, los hijos de Edipo y Yocasta, se matan en combate el uno al otro. El poder les ciega  acarreando la muerte de ambos.

Antígona e Ismene, hijas de Edipo y Yocasta: son condenadas a muerte. Antígona fue condenada a ser emparedada viva, pero terminó ahorcándose.

Edipo: tras conocer su origen del linaje de Layo y el crimen que ha cometido decide cambiar su historia. La angustia se abate sobre él y acaba perforándose los ojos. Parte para el destierro de la mano de Antígona. Ella le guiará hasta Colono, en el Ática, donde es acogido hospitalariamente por Teseo. El viejo Edipo se sienta a descansar en un recinto sagrado dedicado a las Euménides (Erinias). Edipo intuye que el fin de su vida está cerca y solicita la presencia del rey Teseo de la ciudad de Colono.

Hay que recordar que las Euménides son las Erinias, pero bajo su aspecto benéfico. Las Erinias significan la culpa reprimida convertida en fuerza destructiva, en tormentoso remordimiento; las Euménides representan esa misma culpa confesada, sublimemente productiva, el arrepentimiento liberador.

Por lo tanto, Edipo escapa al tormento (las Erinias) buscando refugio en las Euménides (cuyo santuario tenía en Grecia el mismo poder curativo que el templo de Apolo y su inscripción “Conócete a ti mismo”)

Todos los personajes del mito representan, excepto  Edipo, desde mi punto de vista, el camino estático del devenir, es decir, están adheridos estrechamente al sistema estructurado y corrosivo que les lleva al fatalismo; Edipo representa el símbolo del alma solar, símbolo de la transmutación de la involución a la evolución, empujado por su debilidad a la caída, pero encontrando en ese hecho mismo la fuerza de la elevación. Edipo acaba finalmente convirtiéndose en un héroe-vencedor. En mi opinión, Edipo representa el camino dinámico que conduce a una existencia completa (la individualidad) en la que el yo se encuentra al fin consigo mismo perdiéndose en el Absoluto.

“No le mató ni el rayo portador del fuego de una deidad ni un torbellino que del mar se hubiera alzado en aquel momento. Más bien, o algún mensajero enviado por los dioses o el sombrío suelo de la tierra de los muertos le dejó paso benévolo. El hombre se fue no acompañado de gemidos y de los sufrimientos de quienes padecen dolores, sino de modo admirable, cual ningún otro de los mortales” (Edipo en Colono, 1659)

Dicho camino dinámico empuja a Edipo a convertir la ira en paz. También fue consciente de la inexorable fuerza del destino pero a su vez fue artífice y constructor de su propio destino.

Bajo mi punto de vista la evolución no es un hecho de la casualidad, sino el esfuerzo creador de uno mismo, por eso Edipo nos enseña que el hombre debe volver a colocarse en el eje de la evolución y  hacer el recorrido hasta el final, optando para que su alma no sea presa del devenir.  Subrayo que la existencia de Edipo es opuesta al fatalismo de Yocasta. Él sabe que forma parte del  bucle  del destino pero a su vez  pretende sobrepasar al propio destino trazando su propio camino.

En síntesis, Edipo representa la liberación del espíritu. Es decir, cambia una experiencia terrible por la verdad, consiguiendo en última instancia la conciliación de la unidad frente a la multiplicidad que presenta la experiencia. La multiplicidad se da en Yocasta y en sus hijos; Edipo busca incesantemente las condiciones que impidan su autodestrucción y de paso encontrar la liberación.

Aquí se manifiesta claramente la preocupación del ser humano por aquello que puede llegar a conocer, aun cuando la incógnita del Ser siempre nos remita a un hondo misterio. En otras palabras, Edipo anhela alcanzar lo ilimitado del conocimiento: conocer más y más, entrar en comunión cada vez más profunda con la realidad que le envuelve, ir más allá de cualquier horizonte y hacer la experiencia del misterio. Edipo nos descubre que todo es misterio: las cosas, la naturaleza, cada persona, su corazón, el universo entero…

Otra cuestión que podemos escudriñar sobre el mito: ¿La naturaleza divina valora el ocultarse? En mi opinión la naturaleza divina no se oculta. Somos nosotros la que lapidamos la naturaleza divina en pro de nuestros intereses egoístas. Sabemos de antemano que la experiencia de la estirpe de Layo recae con el mismo peso para todos, pero todos, menos Edipo, deciden celar la verdad e ir en contra de la propia naturaleza. En el mito de Edipo nos enseña que depende de nosotros ocultar los mecanismos racionales de la naturaleza que están a la luz. Depende de nosotros si queremos subestimar o no la fuerza superior de la naturaleza divina.

Recordemos que Yocasta y Layo decidieron arrojar a Edipo a un monte infranqueable para que la maldición no se cumpliera; Edipo, cuando escucha directamente esta versión de la propia Yocasta, su esposa, siente que su alma se precipita en una terrible espiral de consecuencias irreversibles. Edipo recuerda en su infancia como un hombre ebrio se le acercó y le dijo que era hijo putativo de Pólibo, rey de Corintio, y de  Mérope. Lógicamente, Pólibo y Mérope desoyeron el relato de Edipo. Ese episodio quedó en un segundo plano y se pasó por alto. Más adelante, en la época de la adolescencia, Edipo,  sin que sus padres lo supieran, se dirigió al oráculo de Delfo y le anunció la terrible maldición que corría por la sangre de su familia. Entonces, Edipo huyó de Corintio para eludir la tragedia de lo que él creía que eran sus padres biológicos, Pólibo y Mérope. A partir de ese momento, el destino continuó infaliblemente los pasos de Edipo hasta el final.

Por otro lado, recordemos que Yocasta no desea que Edipo continúe con las pesquisas sobre quién es él; Edipo, sin embargo, quiere conocer su origen, aunque proceda de un linaje oscuro y con un funesto destino.

Edipo sucumbe finalmente: “ Oh nube de mi oscuridad, que me aislas, sobrevenida de indecible manera, inflexible e irremediable! ¡Ay, ay de mi de nuevo! ¡Cómo me penetran, al mismo tiempo, los pinchazos de estos aguijones y el recuerdo de mis males!” (Edipo Rey, 1314)

Por este motivo, de nosotros depende enteramente desplegar la razón (lógos), en un camino arduo y abnegado que nos permita desenterrar la estructura racional de la naturaleza. Cuando Edipo se aleja de sus padres putativos, su mente cree que está escapando del desdichado destino. Salir de la patria que lo adoptó, fue para él, en ese preciso momento, sensato y noble por su parte. Pero él no sabía que su alma le estaba llevando a descubrir la verdad, su origen. Aquí se ve una oposición clara y contundente entre la mente y el alma. La naturaleza del alma evoluciona siempre;  la mente con sus multiplicidades de contrarios es la que nos hace errar y no ver las cosas tal como son, sino tal como somos.

“¿Cómo voy a ser un malvado por naturaleza, yo que devolví lo que había sufrido (Edipo recuerda que, antes de atacar él a su padre Layo, había sido golpeado por éste), de suerte caso hubiera llegado a ser un malvado? Y luego, sin saber nada, llegué adonde llegué y estoy perdido por obra de aquello que, sabiéndolo, me hicieron sufrir (cuando sus padres biológicos le abandonaron)”. (Edipo en Colono, 279)

En resumen, la evolución del alma es una razón universal, pero a veces pensamos que dicha evolución está gobernada por el hombre, por los sentidos, por la mente. Edipo pasa de escuchar la mente al logos eterno, del cual los hombres no tienen conciencia pero deben aprender a escuchar las señales de la propia naturaleza, la voz del cosmos,  para así alcanzar la unidad de las cosas, es decir, a lo eterno. En los diálogos de Edipo muchas veces se ve que él no sabe determinar qué es lo que corresponde a una cosa o a la otra. Si no sabe escuchar la única razón por la que está atravesando la terrible experiencia, ¿de qué manera podrá reparar el error de su linaje?

Recordaremos la famosa frase “Conócete a ti mismo”, en el templo de Apolo en Delfos:

“Te advierto, quienquiera que fueres tú, que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el Tesoro de los Tesoros. Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses”.

El mito de Edipo y los complejos mecanismos que lo componen parten, por un lado, del convencimiento de la solidez del equilibrio divino y, por otra parte, de la creencia de que el hombre está conectado de manera consciente a sus excentricidades y desarraigos con respecto al mundo de lo divino y esta conciencia, que casi siempre se podría calificar de existencial es siempre dolorosa.

En Edipo en Colono es totalmente desgraciado, y consigue en su misma desgracia una explicación. Lo tiene todo en su contra: el destino se comporta por su propio derecho. Y Edipo lo sabe, es consciente del peso que tiene encima. Sabe que en las cartas del destino no entran, desde luego, eximir su culpabilidad ya que él forma parte de la mancha del tejido familiar que los griegos llamaban miasma: la palabra proviene del griego μίασμα, mancha, pero es mucho más que eso. Según la R.A.E miasma es un efluvio maligno que, según se creía, desprendían cuerpos enfermos, materias corruptas o aguas estancadas. De ahí se creía que provenían infecciones que se propagaban de unos a otros como por ejemplo las bacterias. En el griego antiguo miasma es también una impureza no sólo física sino moral. Era necesario expiar los miasmas a través de rituales y ceremonias para que estos no se propagaran ya que estas personas podrían ser perjudiciales para la sociedad. ¿No es esto por ejemplo lo que ocurre en la tragedia de Edipo? El pueblo necesita encontrar al culpable del asesinato del rey para acabar con la enfermedad que los acecha y esa es la solución a las desdichas de Tebas, la repuesta que trae Creonte del Oráculo en Edipo Rey:

EDIPO.- ¿Cuál es la respuesta? Por lo que acabas de decir, no estoy ni tranquilo ni tampoco preocupado.
CREONTE.- Si deseas oírlo estando éstos aquí cerca, estoy dispuesto a hablar y también, si lo deseas, a ir dentro.
EDIPO.- Habla ante todos, ya que por ellos sufro una aflicción mayor, incluso, que por mi propia vida.
CREONTE.- Diré las palabras que escuché de parte del dios. El soberano Febo nos ordenó, claramente, arrojar de la región una mancilla que existe en esta tierra y no mantenerla para que llegue a ser irremediable.
EDIPO.- ¿Con qué expiación? ¿Cuál es la naturaleza de la desgracia?
CREONTE.- Con el destierro o liberando un antiguo asesinato con otro, puesto que esta sangre es la que está sacudiendo la ciudad.

SÍNTESIS

Recordemos que Edipo hizo cosas que nunca pensó que haría: matar a su padre, casarse con su madre…Le tocó escalar la montaña más alta del mundo, cada paso más difícil. Yocasta se suicidó porque no pudo llegar a la cima; sin embargo, Edipo se dio cuenta que expiar su delito no era subir hacia el pico más alto de la montaña, sino una peregrinación hacia dentro. Edipo empezó a darse cuenta que estaba vivo; Yocasta experimentó una mentira; Edipo alcanzó ese despertar, experimentó lo real, algo profundo y verdadero…Yocasta le dio la espalda al cosmos y sucumbió a un final trágico. ¡Edipo se encontró a sí mismo!

En mi opinión, la vida es parte de un juego y hay un camino para cada hombre. Yocasta fingía desde un principio y esa es la historia que escogió; Edipo, sin embargo, escogió encontrarse a sí mismo. La maldición de Layo engullía a su familia lentamente y en ese juego Edipo entendió que hay que luchar, conquistar, ganar, perder, volver a levantarse, pero decidió una cosa muy importante: El destino es suyo y quería llegar hasta el final…

La justicia divina, como  juez severo, termina hasta con los más poderosos, del mismo modo las grandes civilizaciones perecerán y  todo se perderá, pero la humanidad seguirá buscando nuevos dioses, pertenecer a alguien que está por llegar, alguien muy grande. Entonces, la historia se repetirá y el libro se quemará justo cuando  encuentre  su desenlace.

Para cerrar mi análisis sobre el devenir y la metafísica de Edipo, me gustaría subrayar que muchas personas creen que los mitos son una fábula, un cuento, un entretenimiento mental, pero en realidad lo que no saben es que los mitos son mentiras que cuentan una verdad oculta. La mayoría de las personas se quedan en la superficie de los mitos, en el molde externo de la historia pasando las páginas de su vida sin ver el interior de su naturaleza. Pero luego hay personas que despiertan, que pueden cambiar, y tejen una nueva historia con sus decisiones metafísicas para convertirse en quienes decidan ser. Depende de nosotros mismos: romper la estructura corrosiva estática en la que nos movemos diariamente, o bien entrar en el dinamismo que nos lleva a una existencia más completa.

Próximo artículo: Diálogo con la Sacerdotisa sobre Edipo y el devenir de la naturaleza (Parte III)

Enlaces de interés:

El mito de Edipo (Parte I)

Diálogo con Aletheia sobre Edipo, el devenir y el destino (Parte III)

La tragedia en Sófocles

Catarsis y miasma

Edipo, la fuerza del destino

Las Erinias

Las maldiciones en la mitología griega

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La fe en la inmortalidad

Campos Elíseos

El pensamiento homérico sobre el alma refleja la resignación y no el deseo del hombre, cuya existencia después de la muerte, se reduce a vagar como un alma en pena, existiendo sin duda, pero carente de todo sentido. Pero la cuestión es: ¿no existía ningún deseo de poder alcanzar otro tipo de vida más vivificante y estimulante a la hora de morir? En los poemas de Homero, la concepción del alma, después de la muerte, es la de no descansar siquiera de las extenuaciones de la vida (el alma de Sísifo, la de Tántalo, por mencionar algunos ejemplos que hemos comentado en este blog) pero tampoco sigue existiendo. Parece que el reino del Hades no ofrece una luz de esperanza, aunque sea una llamita tenue y ligera. El Hades es el fin para el hombre, cerrando así cualquier vestigio de luz y esperanza.

La única vía de esperanza para eludir el lóbrego reino del Hades era que los dioses te enviaran a los Campos Elíseos, un lugar donde la luz es eterna, nunca hay nieve, ni largo invierno, ni vientos ni lluvias, acompañado de una paz inquebrantable y eterna.

Según la creencia más popular, un dios podía, de repente, sustraer a un mortal protegido suyo y llevárselo a la eternidad, bien sea a los Campos Elíseos o al Olimpo. De manera arbitraria, en algunos casos, y otras por parentesco directo con el dios, el mortal pasaría a ser inmortal.

En la Odisea (Canto IV. 560) Proteo, que tenía el don de leer el porvenir, le profetisa a Menelao que los inmortales te enviarán a los Campos Elíseos y le enfatiza que es un lugar donde los hombres viven dichosos. Proteo le hace ver que, cuando llegue su hora, no acabará su vida, dice de él el poema; en otras palabras, Menelao no tendrá que morir para ir a los Campos Elíseos pues irá vivo y tampoco le arrebatará la muerte una vez alcanzado los Campos Elíseos. Entendemos que el alma de Menelao (Psique) no tiene que separarse de su cuerpo ni ser sepultado. Por lo tanto, los Campos Elíseos es un lugar inasequible para los demás mortales, solamente para algunos privilegiados: a Menelao le garantizan un lugar especial de bienaventuranza e inmortalidad. La inmortalidad de los dioses tiene además otros disfrutes como el néctar y la ambrosía. Así pues, el hombre que se alimente de estos divinos regalos se convierte en dios, en inmortal. En suma, Menelao es transportado vivo a la eterna vida gozosa y plena de felicidad, a un lugar especial.

Zeus, dios soberano.

¿Es la virtud y el mérito los que dan derecho a la futura bienaventuranza? En los poemas homéricos no hay el menor rastro de que sea así. Menelao no se distingue especialmente por ninguna virtud concreta, será transportado a los Campos Elíseos simplemente porque su matrimonio con Helena lo hace yerno de Zeus, tal como lo anuncia Proteo; en la otra cara de la moneda nos encontramos a Aquiles hundido y desolado en el reino de las sombras en el Libro XI de la Odisea:

No me consueles de la muerte, ilustre Ulises. Preferiría estar en la tierra y servir a un hombre pobre, sin muchos medios de vida, que ser el señor de todos los consumidos.

Esquema de dos mundos opuestos:

Aquiles

Tártaro, la muerte, separación de la psique del cuerpo, desolado, hundido, una sombra vagando. Aquiles es virtuoso, como guerrero y persona.

Menelao

En los Campos Elíseos, permanencia de la psique en el cuerpo, la evitación de la muerte, un privilegio. La virtud no es su fuerte.

Hay que precisar que aquellos inmortales que terminen su vida en los Campos Elíseos llevan una vida consciente interminable, eterna, pero no se les confiere ningún poder divino, ni salir más allá de los confines de la tierra.

Por otro lado, en el ámbito religioso, los héroes de la epopeya homérica no están a la altura de los dioses. Es decir, en la época homérica no hay indicios de que se realicen rituales en honor a Menelao o a Heracles para que sean los intermediarios entre los dioses y los hombres, sino que son fuerzas divinas de pleno derecho que tienen un trato de culto propio, unos santuarios florecientes y, por supuesto, detrás, una mitología indeleble e inquebrantable. Es muy común que, casi siempre, cada héroe es conocido solamente en su territorio, excepto Heracles que traspasó fronteras.

Pero, entonces, ¿qué virtudes tiene que tener un héroe para terminar su vida en los Campos Elíseos? Probablemente, en el caso de Menelao, fuera más un anhelo del espíritu poético de Homero que una necesidad de orden religioso, incluso dicha decisión iba más allá de una creencia popular. Es decir, sólo se subraya el deseo poético, apoyándose en la libertad de la poesía. Lo que sí podemos estar seguro es que el culto religioso no tuvo un peso influyente en la decisión de mandar a Menelao a los Campos Elíseos, sino más bien Homero intenta revelarnos el tema del tránsito hacia la eternidad.

Igualmente, hay otros casos en el que los dioses se llevan a los mortales a la morada de los dioses, al Olimpo, como un regalo exclusivo, que puede ser un don especial que los dioses aprecian y quieren compartir. En este caso, destacamos la figura de Ganímedes.

Ganímedes, el más bello de los mortales, de quien se dice que fue arrebatado por los dioses para ser transportado al Olimpo y vivir allí eternamente, como copero de Zeus. Fue el propio Zeus quien, transformado en águila, se lo llevó por los aires hasta el Olimpo. El rapto de Ganímedes ha sido una fecunda fuente de inspiración para la literatura griega y romana desde Homero (Ilíada V, 265; XX, 232) hasta Ovidio (Metamorfosis, X, 155).

¿Por qué la leyenda de Ganímedes tuvo tanta repercusión en aquella época? En mi opinión, la creencia según la cual un dios o una diosa podía, de repente, despojar a un mortal de su vida sin ser visto por nadie, como es el caso de la joven Core (conocida como Perséfone después de que Plutón la raptara al Hades) o Ganímedes, servía para explicar las desapariciones de individuos que jamás regresaban a su hogar, por circunstancias imprevistas, o de soldados que desaparecían en combate. Imaginaos salir de casa a dar un paseo y desaparecer de la faz de la tierra. ¿Qué impacto tendría en su familia? Era pues una justificación, de carácter divino, para exponer las desapariciones en combate, los raptos, la fuga premeditada, etc. Sin embargo, según la creencia antigua, los raptos de Ganímedes y Orión reflejarían los astros que se observan en los fenómenos del cielo y que debían ser explicados. En estas leyendas cabe destacar que a los fenómenos celestes se les consideraban seres animados y dotados de alma como a los hombres. El significado de estos mitos refleja que si los dioses elevan a Orión a su reino, cualquier mortal puede llegar a gozar de la misma suerte, contando con el favor de un dios. En el caso de Perséfone, después de ser raptada por Hades, Zeus, como intermediario, estableció que Perséfone volvería con su madre, Deméter, llegando con ella la primavera y volvería a descender al mundo de las tinieblas al llegar la época de la siembra.

En síntesis, la inmortalidad ofrece más ventajas que desventajas. Sin embargo, escudriñando los poemas de Homero, hay que ver la inmortalidad desde otra óptica. En la Odisea (Canto V. 209) la ninfa Calipso, enamorada de Ulises, le ofrece la inmortalidad siempre y cuando renuncie a su identidad. La reflexión de Ulises es la siguiente: si olvida quién es, también olvidará adónde va y nunca alcanzará su logro espiritual. Supongamos que Ulises aceptase la oferta de Calipso, si cediese a la tentación de ser inmortal, dejaría en ese instante de ser un hombre, no sólo porque se convertiría en un dios sino porque eso le llevaría al exilio, renunciando para siempre a vivir con los suyos, por lo que perdería su propia identidad. Con más rotundidad, al aceptar la inmortalidad, Ulises dejaría de ser Ulises y ya no sería el Ulises que todos conocemos: rey de Ítaca, marido de Penélope, hijo de Laertes…

El propio Zeus nos hace entender que Ulises es el más sabio de todos los humanos; Atenea es su escudo protector (Odisea, Canto V. 7). Ambos ven que su principal destino es comportarse en la tierra como el representante de los dioses a nivel del Gran Todo. Aunque Ulises es mortal, es un Zeus pequeño al igual que Ítaca es un mundo pequeño y el objetivo de su periplo en la Odisea se le hace tortuoso, retorcido, doloroso, con muchas pérdidas alrededor suya. Pero Ulises continúa hacia delante y declina la inmortalidad que le ofrece Calipso. Su único anhelo es hacer que la justicia reine por las buenas o por las malas, si hace falta y alcanzar la armonía, su destino. Por eso Zeus no permanecerá insensible a este proyecto que le recuerda al suyo, cuando tuvo que reestablecer el orden dentro del caos inicial que había en el universo (Teogonía). Ulises, por fin, después de diez años preso en la isla de Calipso, y gracias a la intervención de Atenea, pudo seguir el impulso de su espíritu.

Ahora sabemos de dónde viene y adónde va Ulises: del caos al cosmos pero a su nivel, que es humano, pero que a su vez refleja el orden cósmico. Es un itinerario de sabiduría pero a su vez un camino tortuoso, polvoriento, de mucho sufrimiento, cuyo fin, sin embargo, es el de alcanzar la sabiduría aceptando la condición de mortal que es la de todo ser humano.

Ulises

Ulises nos enseña la lección más importante: la inmortalidad es para los dioses no para los humanos y no es lo que uno debe buscar desesperadamente en esta vida. En síntesis, las líneas maestras que Ulises nos enseña son:

  1. Es muy importante pertenecer a una comunidad armoniosa, a una patria (un cosmos).

  2. Dar la espalda a nuestra naturaleza y arrancar nuestras raíces que están conectadas con los verdaderos valores e hilvanadas a nuestras tradiciones ancestrales es desviarnos de los propósitos del cosmos y, por lo tanto, representa la peor forma de despersonalización que pueda conocerse en la vida. No podemos caer en el olvido. Ulises tiene que luchar para no bajar al destierro, al olvido y, por encima de todo, su único fin es alinearse con su verdadero Yo, aquél que perdió cuando lo arrancaron de su patria.

  3. La guerra de Troya, fiel reflejo de nuestro mundo actual, es una máquina de engullir a miles de jóvenes, un desarraigo sin igual para unos soldados llevados a la fuerza lejos de sus hogares, lejos de toda civilización, de toda dicha, lanzados a un universo que no tiene nada que ver con la vida en armonía y equilibrio. Esta visión es muy importante para entender el universo como parte elemental de nosotros. Hoy día, nos están arrancando nuestras raíces, el desorden y el caos son esos grandes agujeros negros de nuestras vidas.

  4. Más allá de su dimensión casi iniciática en el plano humano, incluso de los aspectos cosmológicos, esta concepción de la búsqueda de la armonía, una reconciliación con el cosmos, posee también una dimensión metafísica que guarda relación con el tema de la muerte. Para los griegos, lo que caracteriza a la muerte es la pérdida de la entidad. Aquí la muerte no sería física: Ulises nos alienta a que jamás dejemos de ser personas trascendentales para convertirnos en zombis de la sociedad, sombras carentes de identidad, en masas ignorantes que abandonan su verdadera patria, para terminar siendo anónimos, luces y sombras que parpadean sin brillo llevando consigo la pérdida de nuestra individualidad.

  5. Ulises busca la inmortalidad en la sabiduría. Se sacude de todas las irrealidades, de sueños utópicos y de fluctuaciones inestables que va sorteando a su paso.

 

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La metafísica de Anaximandro

Anaximandro

Anaximandro

Anaximandro de Mileto dijo que el infinito es el principio y elemento, sin definirlo como el aire, el agua ni otra cosa. Que sus partes son mudables, pero del todo inmutables”. Que la tierra está en medio del universo como centro, y es esférica. Que la luna luce con luz ajena, pues la recibe del sol. “Que éste no es menor que la tierra, y es fuego purísimo. Fue el primero que halló el gnomon, y lo colocó en Lacedemonia para indagar la sombra, como dice Favorino en su Historia varia . Halló también los regresos del sol, notó los equinoccios y construyó horóscopos. Fue el primero que describió la circunferencia de la tierra y mar, y construyó una esfera.

Asimismo reconoció también que el todo está regido por una ley poderosa, que se hace patente en miles y miles de aspectos y en la que, por así decirlo, engrana una rueda en otra de entre innumerables ruedas; un enorme sistema en el que todo se teje hacia la totalidad, regido por una ley inconmovible en todo suceder, que domina todos los fenómenos orgánicos e inorgánicos, corporales y espirituales, vivientes y no vivientes. En una palabra, todo ser y perecer. Este Cosmos (aplicado por él mismo) está conectado entre sí, en el que todo suceder está regido por una íntima coherencia.

Hay que destacar, por otra parte, que Anaximandro realiza un avance notable respecto a Tales de Mileto: El principio de todas las cosas (arché) es el ápeiron ésto es, “lo indefinido, lo indeterminado”. Se trata pues, de un elemento no empírico y por su carácter indefinido permite explicar mejor el origen de las cosas que a través de un elemento determinado.

“El principio (arché) de todas las cosas es el ápeiron. Ahora bien, a partir de donde ha generación para las cosas, hacia allí se produce también la destrucción, según la necesidad; en efecto, pagan las culpas unas a otras y la reparación de la injusticia según el roden del tiempo.” Anaximandro de Mileto, Fr. I

Se suele discutir si Anaximandro concibió la idea de  “innumerables mundos” sucesivos temporalmente. Pero lo más probable que la idea se refiera a que el ritmo de surgimiento y desaparición se diese en el interior de un mismo mundo.

Hay quienes interpretan que Anaximandro quiso decir que toda existencia individual y todo devenir no son sino una usurpación, una injusticia que han de ser pagadas con la muerte. En esta interpretación se observa cierto paralelo  jónico con doctrinas budistas. Pero probablemente, Anaximandro quería sugerir que del ápeiron comienza a separarse sustancias opuestas entre sí y cuando una prevalece sobre la otra, se produce una reacción que establece el equilibro. El ciclo de las estaciones ejemplificaría el concepto.

Cosmos2El ápeiron es ‘inmortal e indestructible’, es decir ‘eterno y que no envejece’. Anaximandro, le atribuye pues, los caracteres que la mitología griega otorgaba a los dioses. De allí que se destaque respecto a Anaximandro el mérito de una cosmología que no depende de representaciones míticas.

Sintetizando las postulaciones de Anaximandro, el fundamento del mundo tiene que ser infinito, para que nunca cese el devenir, para que no se agote en la creación de las cosas. De lo contrario, la vida cesaría en este Cosmos.

Por infinito entiende sin embargo Anaximandro la Materia infinita, naturalmente en el sentido de la primera causa eternamente viviente y que se mueve por sí misma, lo mismo, por cierto, que Tales había concebido el agua como el origen de todas las cosas. Así llama Anaximandro al Infinito “inmortal”, “imperecedero”, quizá también “increado” y “que nunca envejece”.

Para concluir, se puede también aceptar como muy verosímil, basándose en un pasaje de Aristóteles (Física, III), que Anaximandro había firmado que este Infinito “lo abarca y dirige todo” y que es “divino”.
Obras de referencias recomendadas:
VIDAS DE FILOSOFOS ILUSTRES (LITERATURA-OMEGA LITERATURA CLÁSICA)
La sabiduría griega II: Epiménides, Ferecides, Tales, Anaximandro, Anaxímenes, Onomácrito (Estructuras y Procesos. Filosofía)

Enlaces recomendados de Animasmundi sobre la misma temática:

El alma en Tales de Mileto

El alma en los filósofos presocráticos

El alma en Epiménides

Jenófanes de Colofón

Empédocles

¿Qué hay más allá de la muerte?

 

 

 

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