Mito y rito en los ritos dionisiacos

La primera mención a Dioniso, el dios del vino, se encontró en varias tablillas micénicas de los siglos XIV-XII a. C. En la mayoría de los casos, las mujeres eran sus grandes adoradoras y la manifestación del culto se producía en forma de danzas y músicas, en lo que suponía para la sociedad griega una transgresión y un abandono momentáneo de la cordura necesarios para poder contradecir las costumbres diarias. El ritual, que pretendía la alteración de la conciencia en los participantes y un acercamiento a la naturaleza –pero donde no habría alcohol, sacrificios de animales o sexo desenfrenado, como expone el profesor emérito de Filología Griega Alberto Bernabé–, se celebraba durante unos días, tras los cuales Dioniso abandona la ciudad y el orden social se recobraba enseguida.

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Viaje a Grecia: el santuario de Delfos (Parte III)

En la antigua Grecia, el culto se celebra en lugares concretos llamados santuarios, a los que la presencia de la divinidad convierte en lugares sagrados e inviolables. Algunas prohibiciones eran, por destacar las más llamativas: entrar de manera impura, morirse en ellos o cortar ramas (olivo, sobre todo). Otro aspecto a tener en cuenta es la imposibilidad de cambiarlos de lugar o modificarlos  sin haber tomado las precauciones pertinentes. Estos lugares presentan unas características comunes determinadas por las necesidades naturales del ritual: fuentes, bosques, rocas;así como las necesidades arquitectónicas:  un muro de piedra o una valla vegetal podían delimitar su perímetro y diferenciarlos de la tierra profana. Los santuarios podían estar localizados en el centro urbano o en el campo. Pero todos tienen un elemento común: el altar. Diríamos que es el elemento principal e indispensable para la vida religiosa que transforma cualquier espacio en un lugar sagrado.

Maqueta del Santuario de Delfos

El santuario de Delfos puede tomarse como ejemplo para entender las características particulares de la religión griega que se han mencionado en el párrafo anterior. Lógicamente, Delfos se convirtió no sólo en un lugar de culto, sino también un lugar de referencia para la realización de otras prácticas no menos importante, como es el deporte y la música. La música, el deporte y la religión eran los basamentos que definían a Delfos.

El funcionamiento del oráculo empezó en el siglo VIII a.C., un poco antes de la época de Homero. Los restos no nos permite hacer una lectura anterior debido a su complejidad. Anterior al siglo VIII a.C., o sea, en el periodo micénico rendían culto de algún modo a una fuerza natural relacionada con Gea. Gea tuvo como icono a la serpiente pitón y una adivina (Temis, la diosa de la Justicia). Pero poco más se puede decir sobre el santuario.

Como referencia a mi visita a Delfos, Pausanias nos marca la ruta que se ha de seguir.  A continuación, detallo una breve descripción de mi visita al santuario oracular por excelencia:

  1. Atenea Pronaia: edificio redondo, reconstrucción de una obra muy importante (siglo IV a.C.) por Teodoro de Fódice. El acceso se realizaba desde la parte baja de la ciudad, conocida como Marmaria, donde se observa el tholos o templo circular de Atenea Pronaia. El templo antiguo estaba dedicado a Atenea y era uno de los más antiguos templos griegos, sobre el 650 a.C. El Tholos es un edificio circular poco frecuente en otros santuarios. Su finalidad sigue siendo objeto de controversia. Nos los podemos encontrar también en Epidauro. Son los dos únicos santuarios con Tholos.   

     

    Vista panorámica de el Gimnasio (Wikipedia).

    2. Gimnasio: Pausanias no le da importancia, solo menciona que Ulises fue herido en el pie por un jabalí. Es el gimnasio más antiguo que nos encontramos (S.IV a.C.). Al lado hay otra pista que servía para entrenarse cuando no llovía. Delfos tenía unas instalaciones cubiertas y no cubiertas para paliar las necesidades durante todo el año. También, contaba con una piscina (cisterna), su finalidad era exclusivamente para refrescarse. Era circular de 1o metros de diámetros. También se contaba con una palestra, una zona de entrenamiento para los atletas. Subiendo del gimnasio por el camino que conduce al santuario nos encontramos:

    1. Fuentes Castalia: es la inspiración de la poesía pues los poetas bebían mentalmente de sus aguas cristalinas que le ofrecía Apolo. Antes de entrar en el santuario, los peregrinos tenían que purificarse en dicha Fuente. Píndaro afirmó: “suprema es el agua”. La fuente aún es hermosa, pues el paraje natural, como podéis imaginar, la embellece mucho más.

    Fuentes Castalia

    Vía Sacra

  2. Entrada del Santuario de Apolo: Plutarco es otro guía para entender Delfos, sus escritos narran muy bien el trazado de todo el recinto. De hecho, fue Sacerdote de Delfos (95 d. C. ) y sus apuntes hacen mucho más interesantes la visita a Delfos. (Para ampliar más información: Plutarco). Digamos que la entrada principal del santuario de Apolo comenzaría  desde la Vía Sacra (véase imagen de arriba). Cuando uno entra al recinto sagrado no tenemos que perder de vista todos los ángulos, porque según avancemos tenemos que recrear las imágenes sucesivas que las obras de arte nos ofrecen. Impresiona contemplar tantas obras de arte originales en un ambiente natural, un museo al aire libre. El santuario acoge otros edificios directamente relacionado con el culto, los llamados tesoros, o con las necesidades comunes para los visitantes, como por ejemplo, el teatro, el gimnasio o el estadio. Para todas las ofrendas y tesoros expuestos hay siempre detrás un mito o una historia de guerra vinculada con el santuario, en agradecimiento o bien como una demostración de poder y riqueza de las diferentes ciudades estados. Como me es imposible mencionar todas, citaré aquellas que más me han gustado:El tesoro de los atenienses: es uno de los ex votos más conocidos y el que tiene una distinción especial sobre los demás. Las principales escenas que presenta son: la Amazonomaquía, las heroicidades de Teseo y los trabajos de Hércules. Dentro se guardaban los ex votos que donaba la ciudad. El tesoro de los Atenienses se erigió para conmemorar una victoria ateniense, un acontecimiento histórico de la polis o bien, como otros autores atestiguan, para manifestar en el sagrado recinto de Delfos, la devoción y la riqueza de la ciudad que lo donaba. Otros monumentos del mismo calado serían: el tesoro de los Beocios, el de los Megarenses, el de los Sifnios, el de los Etolios, el de los Corintios, entre otros. Todos ellos con la misma finalidad que el Tesoro de los Atenienses. El ónfalos (reconstrucción) está situado en la parte lateral de la Vía Sacra, al lado del Tesoro de los Atenienses.

    El ónfalo, en primer plano.

    Me encuentro en la plaza, frente al Templo de Apolo, justamente en la rampa de entrada al pronao (reconstruida), ¡¡Qué maravilla!!

En la pronao estaban las dos frases lacónicas y cargadas de sabiduría: “Conócete a ti mismo” y “Nada en exceso”. Sabios principios. Sin embargo, había otra inscripción, muy curiosa y que ha sido fruto de debate durante siglos y siglos: la “E”, la que dio más controversia a los sabios griegos. Concretamente, Plutarco escribió un tratado titulado “Sobre la E”. La “E” es la quinta letra del alfabeto griego (epsylon). Sin embargo, fue Amonio, el maestro-filosófico de Plutarco, quien expuso que la “E”  significa “Eres” , en una palabra, la divinidad Apolo “Es” mientras que el hombre se mueve en el devenir de los tiempos. Esta reflexión nos recuerda a la formulación bíblica de quién es Dios y la respuesta es rotunda: Dios es el que es. El planteamiento de Plutarco resulta muy interesante y reflexivo para abrir un hilo de debate sobre  la “E”.

 

El templo de Apolo, visto desde la parte superior del santuario.

El teatro tenía una capacidad para 5.000 espectadores. Las representaciones eran dramáticas y líricas. Como dato curioso, al ser un lugar muy frecuentado, sobre sus muros tenían grabados diferentes actas y decretos que necesitaban divulgación.

El Estadio

La primera construcción del estadio se remonta al s. V a.C, así lo confirma la inscripción grabada en la parte externa del muro sur del estadio. Como era normal, al principio no había asientos; los asientos de piedra del Parnaso fueron construidos gracias a la portación de Herodes Ático en los tiempos del emperador Adriano. Este estadio (178, 35m) es un poco más pequeño que el de Olimpia (212, 54 m) pues la pista de Olimpia se midió con los pies de Hércules (697,3 pies), como cita el mito.

Ahora se entiende que Delfos  se le conoce como “ómfalos”, el “centro” u “ombligo” del mundo durante más de mil años. Ciudadanos de todo el mundo y reyes de todas las patrias acudían desde los lugares más remotos para consultar a la sacerdotisa del oráculo, para construir monumentos a los dioses en oro, mármol, bronce y piedra y para participar en competiciones atléticas o musicales. A partir de hoy, espero que Delfos sea una visita obligada para los amantes de la cultura griega, para aquellos que quieran descubrir algo nuevo y diferente y, sobre todo, sentir esa fuerza que había allí presente, sin igual, y que pululaba alrededor del santuario.

Delfos me conquistó, me desbordó y me abrió un nuevo horizonte para entender el pensamiento griego.

Tomo prestadas las palabras de la autora literaria Aurora Luque para concluir mi viaje   a Delfos:

Cómo podría desintoxicarme. Dependo de por vida de una droga. De Grecia.

 

Bibliografía:

  • Petsas F. M. Delfos. Sus monumentos y su museo. Ediciones CRINI, 2004.
  • Kaplan M. El mundo griego. Universidad de Granada.

Me ha sido de gran utilidad para ampliar más información sobre Delfos:

  • Conferencia sobre Delfos realizada por Miguel Ángel Elvira Barba (Canal Youtube Fundación Juan March)

 

 

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Viaje a Grecia: Delfos, más allá del mito (Parte II)

Kylix con la representación de Apolo realizando una libación. (Museo de Delfos)

APOLO

Como breve reseña mitológica, Apolo es el hijo de Zeus y de Leto (hija de los titanes Ceo y Febe). Su hermana melliza es Artemisa. Apolo nació sietemesino, pero gracias a Temis que le alimentó con néctar y ambrosía su crecimiento fue rápido. Apolo, a los pocos días de nacer en la isla de Delos (la antigua Ortigia), pidió un arco y flechas, que Hefesto le facilitó inmediatamente. Delos significa “brillante”, (por Apolo, dios de la luz), en otras fuentes la relacionan con “manifiesta, evidente”. Pitón, hijo de Gea, persiguió a Leto para matarla, pero no lo consiguió. Después, Apolo, sin titubeo, fue tras la serpiente Pitón a la que hirió con sus flechas en el Monte Parnaso. Pitón huyó al Oráculo de la Madre Tierra en Delfos (ciudad llamada así en honor del monstruo Delfine, su compañero), pero Apolo continuó su caza hasta que le dio muerte en el interior del santuario.

Gea presentó el ultraje a Zeus, quien no solamente ordenó que Apolo fuese al valle del Tempe para purificarse, sino que además instituyera los Juegos Píticos en honor de Pitón, los cuales debía presidir como penitencia y restaurar el daño causado.

Según otra versión paralela, Apolo visitó Creta y a la vuelta (convertido en delfín) se trajo los primeros sacerdotes y se apoderó del Oráculo de Delfos y retuvo a su servicio a la Pitonisa. Por esta razón, los cretenses legaron su música sagrada, su ritual, sus danzas y su calendario a los helenos, así como el labrys, o hacha doble, que dio nombre a la primera corporación sacerdotal de Delfos, los Labriadas.

Para ampliar más información relevante os remito al siguiente enlace: Apolo

APOLO HIPERBÓREO

La historia de Apolo nos puede resultar a veces confusa, según las fuentes, porque también a Apolo se le conoce como un dios de los Hiperbóreos, es decir, “hombre de más allá del Viento Norte”. Delos (vinculado directamente con Apolo), precisamente, fue también otro centro de culto hiperbóreo.

El origen de los hiperbóreos se sitúa en las regiones septentrionales del noroeste de Europa. La propia etimología de la palabra “hiperbóreos” indica que viven más allá del viento Bóreas, es decir, en algún lugar lejano y desconocido localizado en el norte. Los hiperbóreos estaban organizado bajo una ley divina donde no había guerra y todo el entorno era de paz, de armonía, de justicia y de sabiduría con un vínculo directo con los dioses. En síntesis, una Edad de Oro similar a la que menciona el poeta griego Hesíodo en su obra la Teogonía. Por lo tanto, los hiperbóreos son una raza sagrada, libre de enfermedades y vejez, que no conocían ni el trabajo ni la guerra y pasaban sus vidas danzando, tocando la lira, la flauta. Como bien atestigua las fuentes de la Tradición, el país de los hiperbóreos es la patria original de los pueblos arios e indoeuropeos, foco principal de la Tradición Primordial. La civilización nórdico-polar fue su epicentro espiritual.

Según el mito, Zeus dictó que Apolo residiera en Delfos y trajera las leyes a los helenos, pero el joven dios se marchó volando sobre un carro tirado por cisnes desde Delos hasta el país de los hiperbóreos, donde permaneció un año entero. Sin embargo, como los habitantes de Delfos no dejaron de invocarle con cánticos y danzas, el dios marchó hasta Delfos.

Desde entonces, pasaba los tres meses de invierno entre los hiperbóreos y regresaba con la primavera a Delfos. Durante su ausencia Dioniso reinaba en Delfos como señor del oráculo.

Si Apolo se convirtió en el dios que aleja el mal y purificador por excelencia fue porque él mismo tuvo que purificarse después de haber dado muerte a la serpiente Pitón. Según el mito, Apolo tenía que limpiar su propia mancha, o dicho al estilo griego antiguo tenía que evitar que se produjera el “miasma”, una desgracia que corrompía una sociedad entera. Para ampliar más información sobre el término  ir a: miasma y o catarsis.

Por lo tanto, Apolo contribuyó a humanizar las costumbres arcaicas en relación con el homicidio, de ahí las dos máximas inscritas en su templo: “Conócete a ti mismo” y “Nada en exceso”.

Por otra parte, si seguimos las fuentes del mundo Tradicional a través de Eduard Alcántara, el autor indica que Apolo hiperbóreo: simboliza a la perfección, con su actitud mayestática, la inmutabilidad y estabilidad del Principio Supremo; un Principio Supremo que equivale al No-Ser de determinada metafísica o al Motor Inmóvil del que hablaba Aristóteles. (Es lo Insondable e Inindefinible y a partir de lo cual se manifiesta, por emanación, el Universo. Es la Trascendencia pura.) El Apolo hiperbóreo sí que es, por ello, la genuina representación de un tipo de Espiritualidad Solar en sentido puro; tomando, pues, al Sol en el sentido del astro Iluminador (la estrella) que permanece fijo e inmutable y alrededor del cual giran los móviles planetas. ( Ir al enlace de Eduard Alcántara)

Efectivamente, hay datos que confirman que existe una identificación entre Apolo-Helios desde, al menos, la época arcaica (Esquilo, Suplicantes, 212-214). Sin embargo, hay que matizar un aspecto para evitar confusiones. Todas las cualidades positivas son representadas por las divinidades solares, como por ejemplo Ra (símbolo de la luz solar) en la civilización egipcia o Helio y Apolo, entre los griegos. Pero la diferencia es evidente entre Helio y Apolo. Por un lado, Helio simboliza al sol que nos nutre cada día, el que preside las estaciones, la fecundidad y la productividad de la tierra; y, por otro lado, Apolo es el símbolo de la productividad del alma, es decir, los frutos terrestres se convierten en este caso en los “frutos” del alma, de los deseos y de su espiritualización-sublimación. En suma, Apolo representa la armonía del alma, la obra interiorizada; Helio representa el astro solar que fecunda, la obra exteriorizada, es decir, representa una cualidad del espíritu.

Volviendo al hilo del mito, Pitón fue enviado contra Leto por Hera para mortificar a Zeus (leer: Himno homérico a Apolo), y Apolo, después de matar a Pitón y, lo más probable a su compañero Delfine, se apodera del templo oracular de la Madre Tierra, pues Hera era la Madre Tierra o Delfine en su aspecto profético.  Para ganarse a la opinión local de Delfos se instituyeron juegos fúnebres regulares en honor a Pitón y mantuvieron en su puesto a su sacerdotisa. La interpretación sobre la religiosidad en esta época remota del significado de la muerte de Pitón y la relación del hombre-iniciado con la Madre Tierra lo aclara Eduard Alcántara en su blog: “ representa un certero símbolo para clasificar a ese tipo de religiosidades cuyos fundamentos están sometidos a las leyes del devenir, de la caducidad y de la mutabilidad, un certero símbolo para clasificar a esas religiosidades de corte telúrico-matriarcal en las que la Madre Tierra se convierte en la divinidad central, pues los productos que en ella toman vida (las plantas) nacen, crecen, se reproducen y mueren (así como los animales y las personas que de dichos productos dependen); son perecederos. Quien rinde culto a la Madre Tierra como eje principal de sus creencias no concibe más realidad que aquélla del devenir y no podrá, por tanto, aspirar a acceder al Despertar -del que hablaba el Buda- consistente en Identificarse ontológicamente (debido a la transustanciación conseguida por el ya Hombre Superior) con el Principio Supremo que es imperecedero, eterno e inmutable, a diferencia de lo que sucede con el cosmos o mundo manifestado que es caduco, mutable y perecedero”.

Así, se entiende que Gea, la Madre Tierra, representa el mundo del devenir, el arraigo al mundo exterior y la fecundidad, y de tales cualidades nace la serpiente Pitón que busca el beneficio del mundo, la obra exteriorizada; sin embargo, Apolo es la manifestación  suprema del espíritu y del alma,  por eso mata a la serpiente Pitón y cierra un ciclo antiguo y primitivo dominado por una religiosidad telúrico-matriarcal para dar comienzo un ciclo de crecimiento del alma con otras directrices marcadas por el propio Apolo: armonía, serenidad, “nada en exceso” y “conócete a ti mismo”.

 

 

Dioniso (Parte del frontón del templo) Museo de Delfos

DIONISO

Según el mito órfico, Dioniso Zagreo es hijo de Zeus y Perséfone, antes de que esta se convirtiera en reina del Hades. El pequeño creció en Creta, protegido por los mismos guardianes que habían guardado a Zeus de los ojos de Cronos. Pero los Titanes, enemistados con Zeus, esperaron a que los guardianes descansaran para atraer al pequeño con juguetes dorados. Cuando los Titanes se abalanzaron sobre él, el pequeño intentó defenderse tomando la forma de diversos dioses y animales, pero terminaron por despedazarle y devorar su carne cruda. Atenea interrumpió el espantoso banquete justo a tiempo para rescatar el corazón del pequeño, lo encerró en una figura de yeso en la que insufló vida y así Dioniso renació de nuevo y se hizo inmortal. Zeus, preso por la ira, mató a los Titanes con sus rayos. Según el mito de las cenizas nació la especie humana, que es una mezcla de la parte terrena de los Titanes y la parte divina de Dioniso, según la versión órfica.

La forma de  los diversos animales que Dionisio manifestó fueron la de León, Toro y Serpiente, y éstos fueron los emblemas del año tripartito en el calendario. Nacía en invierno como serpiente (de aquí su corona de serpientes), se convertía en león en la primavera y lo mataban y devoraban como toro, cabra o ciervo en el solsticio estival, y a su vez se celebraba su festividad con fervor y júbilo mostrando la tumba de su resurrección anual en Delfos, tal como menciona Plutarco en su tratado (“Sobre Isis y Osiris” 35).

Dionisio tenía rango de divino, así se refleja en unas tablillas micénicas del siglo XIII a. C.  encontradas en Pilos. Es un dios vital de la naturaleza que se manifiesta en múltiples formas, dentro de su ámbito del reino de la naturaleza que le es propio. Por ello es garantía de la nueva vida y renovación porque representa el movimiento cíclico de la naturaleza, la primavera, la vid, la cosecha, el vino, el sacrificio, etc. Por lo tanto, es una vida en continua renovación, con un hálito indestructible fiel reflejo de la naturaleza y de la interacción del hombre con la propia naturaleza.

La lectura que podemos realizar en cuanto a la enseñanza de Dioniso es que el hombre siente la necesidad de comprender la vida humana y ajustarla en esos ciclos de la naturaleza y entender la figura de un dios de salvación, una figura que garantice a los hombres que sus vidas no están limitadas a los márgenes del nacimiento y la muerte, sino que se integrarán en esa dinámica creadora y destructora de la vida cíclica.

Otras versiones del mito de Dioniso lo relacionan como hijo de Zeus y de Deméter, o bien de Io. Sin embargo, la leyenda más popular lo hace hijo de Sémele y Zeus. Os emplazo al siguiente enlace para ampliar el mito: Dioniso.

Por otra parte, siguiendo el hilo del historiador Jacob Burckhardt (Historia de la cultura griega. Vol. I) los griegos tomaron de los tracios el culto de Dioniso y de ahí la complejidad de descomponer el origen de Dioniso, pues era procedente de Tracia, un culto extranjero. La complejidad de Dioniso se debe a que se parte de la idea de una época remotísima en que la religión de los griegos (aún por definir) era todavía un crisol de anhelos e ideas propias tomadas de la fe de algunos pueblos y de otras culturas.

Durante el periodo arcaico de Homero (S. VIII a.C.) empezaría el frenesí dionisíaco por parte de los fieles de Dioniso. No obstante, en la epopeya de Homero, tanto en la Ilíada como la Odisea (S. XIII), hay que ser muy cautos, pues el papel de Dioniso aparece unas cuantas veces, de manera fugaz y como segundo plano del escenario. Cabe destacar, por ejemplo, que en los dos poemas homéricos nunca interviene en la vida y en los destinos del hombre, ni es el quien ofrenda y escancia el vino. Por lo tanto, si no tiene un papel destacado en el mundo homérico nos da a entender que el dios tracio todavía no había alcanzado el pico más alto en la vida y en la fe de los griegos durante el conflicto de Troya, pero no se descarta que haya tenido una significación importante que fuera más allá de unos cuantos cultos locales, como puede ser en el caso de Pilos, en la época micénica (S.XVII-XII a.C.), donde se recoge un registro del dios en una tablilla con su nombre y su culto.

El espíritu griego, al ser poco propenso a abrirse a nuevos dioses, nos hace indicar que Dioniso tuvo que darse a conocer de un modo gradual, paulatino y abriéndose paso como un dios exótico. Aunque hay otras versiones que defienden que, si el dios se presenta como extranjero y lejano, no es porque sea de procedencia exótica, sino porque tenía una tendencia a lo extraño.

Lo que no cabe la menor duda es que, finalmente, el frenesí dionisíaco, el éxtasis de las fiestas orgiásticas causaron furor en la zona de Grecia central y en el Peloponeso siendo presa de su encanto la totalidad de las mujeres y que, a su vez, los griegos sentían, como no podía ser de otro modo, un rechazo contra estos agitados y turbulentos ritos procedentes de los tracios, una aversión nacida de un instinto muy hondo, contrarias a la mesura y el equilibrio del espíritu griego.

Por eso se explica que el Dioniso que pasó a engrosar parte del Olimpo griego junto a los grandes dioses,  no era el antiguo dios tracio, sino una versión suavizada, con un perfil más helenizado y humanizado. Bajo esta nueva corriente, los griegos celebraban su fiesta anual, en la que el dios era adorado como el dios del vino, como el protector de la germinación de la vid y de los campos, como divina encarnación de la plenitud de vida de la naturaleza en todo su esplendor.  Asimismo, Dioniso también tomó relevancia en la tragedia griega y la poesía.  Según Jacob Burckhardt, la cúspide de la poesía griega, el drama, nace en realidad de los coros que animan las fiestas dionisíacas, como es el caso de Atenas, con sus alegres y pomponosas fiestas con gran entusiasmo, lejos de ser aquellas fiestas tracias con que periódicamente se conmemoraba la “epifanía” de Dionisos, su aparición en el mundo de los vivos, su salida del reino de las sombras en medio de las treguas nocturnas. Por eso, la naturaleza originaria de Dionisos, señor de los espíritus y las almas (y no la del dios del vino) tuvo también su continuidad en Delfos y en Atenas. El éxtasis, el desenfreno, el sombrío salvajismo del arcaico culto dionisíaco no desaparecieron del todo, pues en las fiestas trieterias, en las Agrionias y las Nictelias, se conservaban rasgos originales de la antigua barbarie, en medio de toda la finura de la civilización griega.

Los rituales más representativos ofrendados al dios tracio antiguo eran los sacrificios bajo un estado de delirio, comer carne cruda, la furia y la expresión desorbitada con que desgarraban con los manos a los animales destinados al sacrificio.

No eran cultos precisamente privados o que estuvieran ocultos en la sociedad griega. Sin ir más lejos, “Las Bacantes” de Eurípides refleja lo que se detalla en líneas anteriores.  Eurípides presentaba en cada una de las figuras del drama la divina locura a la que están sometidas, el poder de sojuzgamiento de sus almas que vibraban en las orgías dionisíacas y que nos permite imaginar lo que eran aquellos trances del alma.

La finalidad de estas fanáticas fiestas era la “purificación” del alma extáticamente excitadas. Quienes participaban dentro de este círculo mágico, consagraban sus almas, corriendo y danzando furiosamente por las montañas para formar parte de las bendiciones del dios. El mensaje de Dioniso era el de un gran alivio espiritual para el iniciado. En mi opinión, el iniciado debía aceptar el nuevo conocimiento, símbolo de la creación divina, luego interiorizarlo y, por último, soltarlo todo. En otras palabras, era el momento de la abertura a la eternidad, revelando todo lo que había dentro y exaltando que el cuerpo era un templo que contenía la divinidad. Este estallido cósmico representaría, quizá, las constelaciones existentes, el universo trazando el mapa de la humanidad o un instrumento de navegación para alcanzar el cenit espiritual. Las fiestas dionisiacas remiten a una danza de celebración alegre, danzarinas, que evolucionan por un decorado teatral, el monte Parnaso,  un entorno natural perfecto para la consagración de los iniciados. La finalidad última, tal como se detalla en líneas anteriores, era el nacimiento de algo que lleva tiempo incubándose dentro del iniciado y que revelaría la existencia de una potencia divina que necesita manifestarse hacia fuera. Las connotaciones fálicas que se daban en este ambiente eran el símbolo de toda creación y de todas las cuestiones relacionadas con la eyaculación y a la fertilidad.

En suma, el Monte Parnaso era el propio altar sacralizado manifestando que el mundo es divino, que la carne es una celebración viva y la vida una construcción incesante donde el iniciado formaba parte de ella. A través de Dioniso se conocía la alegría a través de un estallido. Dioniso era la vida misma, la transformación y la reconstrucción, la llama perenne de la materia y el espíritu. El dios era sinónimo de alegría cósmica y a su vez de la maravillosa catástrofe, la fuerza innominable, el amor cósmico que sostenía la materia, el huracán que atravesaba todo nuestro ser, etc. Los seguidores dionisiacos conocían el fuego del centro de la tierra, la luz del centro del universo, se alineaban con el eje universal, vibrante, para convertirse en un canal para la manifestación del dios. El iniciado, supongo, estallaría de alegría a sentir la unión: lo alto era lo bajo, lo bajo era lo alto, sería su experiencia propia y sublime cuando llegara al clímax de la exaltación dionisiaca. El iniciado experimentaría que todo lo que había estado encerrado en la materia, en su cuerpo (mental, físico, emocional y espiritual) rompería (como si se tratara de una eyaculación) hacía fuera y sentiría una danza cósmica dentro de sí y un reencuentro con su energía original. Ese sería su apoteosis final.

Apolo y Dioniso no tienen más remedio que compartir una alianza que se fraguó en Delfos, concretamente en el monte Parnaso, en la conocida gruta de Coricia. Ahí se celebraba el solsticio de invierno (un año sí y otro no) la fiesta nocturna de Dioniso, en las cercanías de los altares de Apolo, que era el dios que dominaba sobre Delfos.

Si en el propio templo de Apolo se celebraba una fiesta secreta a los sacerdotes apolíneos, las Tíadas (ménades, más tarde las sacerdotisas de Dionisos) danzaban frenéticamente en los montes. Las tíadas representaban a la luz de las antorchas acompañadas de una danza orgiástica,  el mito del Dionisos-niño desgarrado y devorado por los Titanes y la expulsión de éstos por Zeus, quien guarda los restos del niño que fue posible rescatar en el templo délfico de Apolo. Son las propias tíadas las que representan más tarde, mímicamente, la resurrección del dios.

En cuanto a las fiestas de Delfos se dividían, para satisfacer a ambos dioses. De esta manera hubo una reconciliación por parte de los sacerdotes del Apolo délfico y de los sacerdotes que representaban a Dioniso, como símbolo de universalidad religiosa. Y fue, precisamente el Oráculo de Delfos el que se encargó de introducir el rito de Dioniso en las comarcas colindantes y poco a poco contribuyó a su amplia difusión por toda la Hélade. Es cierto que el culto dionisíaco en Delfos fue disminuyendo hasta convertirse en un culto de versión moderada y suavizada, exentos de orgias y adaptado a la sensibilidad de la vida mesurada y serena de los atenienses. Dioniso, finalmente, se presenta como un dios liberador de las penas, del sufrimiento y de las tristezas de esta vida mundana. Sus cultos y festividades evocan la liberación de los sentimientos, la alegría sin control frente a las duras exigencias del orden establecido.  Cuando Hestia, diosa del hogar, decidió dejar el Olimpo y atender el fuego de las casas de las familias, Zeus eligió a Dioniso para ocupar su lugar como dios inmortal del vino, el jolgorio y las fiestas.

Apolo versus Dioniso, dos caras de una misma moneda. No se puede entender el uno sin el otro. Dos mundos que concebían la espiritualidad de dos formas distintas. Eduard Alcántara lo expresa así: Dionisos juega con lo sensual, con lo embriagador: con las danzas frenéticas, con el vino. Se le asocian rituales orgiásticos: es arquetípica, en atinada expresión evoliana, ‘luz del sur’. Es la agitación, la voluptuosidad, es el mundo de los sentidos, es símbolo del plano sensible y material de la realidad. Es, echando mano del hinduismo, prakriti. Por contra Apolo simboliza la espiritualidad pura, el dominio de uno mismo, el ser descondicionado e Iluminado por la Luz del Espíritu. Es el Primer Principio Eterno: es Purusha. Es Luz del Norte.

En otras palabras, lo dionisíaco como referente espiritual representa uno de los extremos en su oposición a la moderación apolínea. El triunfo de uno de estos principios niega al otro y a su vez supone la destrucción del contrario. La tensión entre lo dionisíaco y lo apolíneo (embriaguez y serenidad) vivificaría el arte griego durante muchos siglos.

Bibliografía:

  1. Ríos, E. J., La naturaleza del mito más allá de la mitología griega (vol. 1), [libro inédito<https://www.academia.edu/19982566/La_Naturaleza_del_Mito_mas_alla_de_la_Mitologia_Griega_Vol._III_&gt;,[consulta el 10-03-2020]
  2. García López J. . La religión griega, Madrid 1975
  3. Graves, R. Los Mitos griegos I. Alianza Editorial
  4. Burckhardt J. Historia de la cultura griega Volumen I. 
  5. Kaplan, M. El mundo griego. Universidad de Granada

Del Mundo Tradicional, me ha sido de gran utilidad para entender la perspectiva de Apolo y Dioniso el siguiente enlace:

Entre las obras literarias griegas os recomiendo:

  1. Las Bacantes-Eurípides
  2. Las Suplicantes- Esquilo

Entre los ensayos relacionados con la temática os recomiendo:

  1. El nacimiento de la tragedia(Friedrich Nietzsche)

 

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Quédate en casa: Mi odisea griega

La mejor forma de combatir el coronavirus es quedándose en casa.  Os recomiendo el siguiente reportaje sobre Atenas para que disfrutéis en familia y veáis lo interesante que son sus tradiciones religiosas, culturales y sociales.

Pinche en el siguiente enlace: Atenas

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Viaje a Grecia: Delfos, el origen del oráculo (Parte I)

Origen del Oráculo

Delfos, santuario oracular por excelencia, comienza a deslumbrar mucho antes de la llegada de Apolo. Al principio, los griegos relacionan Delfos con el término delphis, “matriz”, independientemente de su etimología. El lugar consagrado era una sima, denominada por los griegos stomios, término que sirve también para designar la vagina.

En lo mitológico, la serpiente femenina Delphyne nace de la tierra. A la primera profetisa se le conocía como Dafnis y se sentaba en un trípode donde exhalaba los vapores de la profecía. Después, cede el lugar a la serpiente masculina pitón, cuyas sacerdotisas se conocían como Pítias. De este modo y de manera gradual, el venerable lugar empezó a poner de manifiesto la sacralidad y la potencia de la Tierra Madre. La Madre Tierra después cedió sus derechos a la titánide Febe o Temis  y,  con el paso de los tiempos, acabó siendo una nueva corriente religiosa bajo la tutela de Apolo.

Otra versión dice que Apolo robó el oráculo a la Madre Tierra después de matar a la serpiente Pitón y que sus sacerdotes hiperbóreos, Pagaso y Agieo, establecieron allí su culto.

Siguiendo los versos de las Euménides de Esquilo, por boca de la Pitia conocemos que Gea fue sucedida por su hija Temis y ésta a su vez por otra hija de Gea, la Titánide Febe, que dio su nombre a Febo Apolo, otro epíteto reconocido de Apolo. Sin embargo, el basamento en el que se centra el mito se halla en el Himno Homérico a Apolo Pitio como el epíteto más reconocido y más popular (S. VII a.c). Gracias a este himno se conoce como Apolo construyó su primer templo y el “bosque sagrado” en Delfos. (Ir al enlace Himno Homérico a Apolo)

En cuanto a la arquitectura del templo, se cuenta que la construcción del primer templo fue hecha con cera de abejas y pluma, en forma de colmena; después, con tallos de helecho; la tercera versión con ramas de laurel; luego, que Hefesto construyó uno nuevo de bronce, pero que la tierra se lo tragó; más adelante, fue construido con piedras labradas pero se quemó y fue reemplazado por el último templo que se conoce.

Delfos, para los griegos, es el centro exacto del universo. Según el mito, Zeus soltó dos águilas, una desde el extremo oriental del mundo y otra desde el extremo occidental y ambas se encontraron sobre el ónfalos, el símbolo de Delfos más representativo, que señala el centro del mundo.

Ónfalos. Museo Arqueológico de Delfos.

El ónfalos tiene una forma abovedada y suele estar ligado a las moradas de los espíritus de los muertos que viven bajo tierra y que tienen un poder mántico clarividente. El ónfalos tiene precisamente esa geometría porque está vinculado a la madre Tierra, a Gea, la primera diosa que tuteló Delfos. Dicha geometría se apreciaba, por ejemplo, en las construcciones de los edificios cupulares micénicos, en la que precisamente el Dios-Rey termina uniéndose a la madre Tierra y se conecta también a los cultos de las deidades ctónicas tan cercanas y habituales en tiempos homéricos (Hécate, Perséfone, Hades…). Por lo tanto, el ónfalos se puede interpretar como un “lugar” sagrado (una cueva, un templo…) relacionado con las fuerzas del inframundo.

Como datos de interés, la pieza que se exhibe en el museo de Delfos es una copia helenística del «ónfalos» que representaba la piedra que depositó Zeus en Delfos, el centro de la Tierra.

Para mí, el ónfalos es también símbolo de pureza total, nos revela la parte intacta que no ha sido tocada por el hombre, este testigo puro y celestial que suele ligarse con la parte más íntima y espiritual de nosotros, un centro de purificación, un habitáculo sagrado donde encontrarnos con nosotros mismos.

En el mito se habla de dos águilas. El simbolismo del águila también merece una mención especial y nada desdeñable. Destaca su carácter olímpico, heroico, solar, la representación de la realeza y presagio de victoria. Es el símbolo de Zeus, el padre de todos los dioses. Por eso, Delfos representa un lugar sagrado, especial, un portal donde fluye un tremendo poder con unas energías muy vigorosas y activas en su entorno para desempeñar su función clarividente. Delfos es un lugar inspirador, con unas tremendas rocas, que te evoca una diadema, una joya incrustada en el relieve montañoso que rodea al santuario.

Imagen de “Viajar a Atenas”

En suma, nos encontramos en un enclave natural, único y favorecido por la naturaleza. Delfos fue desde la antigüedad más remota un lugar sagrado; estaba ya consagrado a ser un lugar de peregrinación, un cruce de caminos que iba tejiendo de manera gradual y paulatina su propio destino a través de los siglos.

Uno siempre intenta descubrir cuales son las voluntades de los dioses. El vuelo de un ave o las vísceras de un animal eran el modo de presagiar el futuro, pero en Delfos,  los dioses hablaban directamente a través de las sacerdotisas y es lo que le hacía ser un lugar único y especial. De hecho, su fama duró más de mil años. Para entender el mundo griego, Delfos es un destino obligado para los amantes de la religión y la cultura griega. Sinceramente, ahí es donde reside la propia respuesta a todos nuestros interrogantes. Delfos fue la piedra angular del mundo antiguo occidental y para entender todo el tejido social, político y religioso de la época antigua hay que empezar precisamente en Delfos.

Cuando uno pisa Delfos le impresiona el imponente y erizado monte Parnaso (2459 m.) y la cadena montañosa que hay alrededor. En el Parnaso vivía Apolo, las Musas y los genios de la naturaleza. Justo a los pies de la cumbre había una cueva, con estalacticas y estalagmitas, algo hermoso, único. En definitiva, Delfos ya desde la antigüedad recreaba un ambiente evocador que se prestaba a la religiosidad,  al culto.

Debajo de las montañas se extienden pequeñas llanuras que te recuerda a una alfombra verde que va cubriendo toda la tierra y, justo al fondo, se ve el Golfo de Itea que se abre al Golfo de Corintio. La zona de Delfos está situada a una altura aproximada de 700 metros y está marcada por las Rocas Fedríadas que reflejan los rayos del sol (conocidas como las Resplandecientes). Entre las Rocas corren las finas aguas cristalinas de la fuente Castalia. El nombre de la fuente se toma de la hija del dios-río Aqueloo (una ninfa del Parnaso) que, para huir de la persecución de Apolo, se arrojó a la fuente que desde entonces tomó ese nombre.

Por lo tanto, agua y piedra son los elementos indispensables para que el lugar tomara un valor diferente de otros santuarios, pues el agua era el elemento purificador de la Pitia, antes de tomar contacto con los consultantes y las piedras se tomaban como una adoración, un objeto sagrado, como es el ejemplo del Ónfalos, la piedra sagrada.

Para levantar el lugar sagrado, Apolo tuvo que matar a la Pitón, una enorme serpiente, hija de Gea, que quedó en la tierra después del gran diluvio de Pirra y Deucalión. La pitón custodiaba la fuente profética Casótide, lugar cercano al Templo de Apolo, y vivía dentro de una gruta a los pies del Parnaso.

Apolo, tras matar a la Pitón (de aquí deriva el epíteto Apolo Pítio), tuvo que ir hasta el valle del Tempe y de ahí trajo el laurel con el cual construyó su templo. Apolo recitaba los oráculos en el santuario de Gea por boca de la Sibila, que estaba sentada atada a la “boca” de una “abertura de la tierra” de la cual exhalaba el “espíritu”. La primera Sibila del oráculo de Delfos (bajo el mandato de Apolo) se llamaba Erófila. El mundo de las Sibilas es fascinante y a la vez enigmático. Se cuenta que en una época remota indeterminada había una mujer que se llamaba Sibila y que tenía el don de la profetización y de poseer unas dotes innatas en la clarividencia. Su fama fue tan popular que a partir de entonces las mujeres venideras que hacían premoniciones se les conocía como mujeres sibilas. (Ir al enlace: el don de la profecía)

Como dato curioso, los sacerdotes de Apolo exigían, como requisitos, la virginidad a las pitias de Delfos, pues las consideraban como novias de Apolo; pero, según reza el mito, una de ellas se escapó con un devoto y por eso se decidió que en adelante tuvieran por lo menos cincuenta años para ser admitidas.

También, y siguiendo otras fuentes, hay que nombrar que los primeros sacerdotes de Apolo procedían de Cnosos, en la isla de Creta y que fueron guiado por Apolo convertido en delfín. De ahí que también se le conozca como Apolo délfico.

El modo de adivinación que se ofrecía en Delfos era, como hemos mencionado en líneas anteriores, el mismo dios, Apolo, que hablaba directamente por la boca de la Pitia. En los comienzos, el oráculo daba consejos una vez al año (S. VIII a. C.), coincidiendo con la celebración del aniversario de Apolo, el séptimo día del mes de Bisio (Febrero-Marzo). Pero la fama del oráculo iba aumentando progresivamente y a partir del siglo VI a.C. en adelante el oráculo tuvo que ampliar las consultas al séptimo día de todos los meses, excepto los invernales.

En el invierno Apolo partía hacia el país de los Hiperbóreos y dejaba el santuario bajo la tutela de Dioniso. Así pues, el sereno dios de la luz prestaba, de manera temporal, el santuario al dios del vino y la fiesta, que tenía su templo junto al de Apolo.

Para mí, Delfos es como un pequeño Thesaurus donde se puede hallar la serenidad y la sabiduría del ser. No nos extrañe que en el templo se hallara la famosa frase: “Conócete a ti mismo”, ya que sólo quien puede entrar dentro de sí mismo puede comprender el mensaje.

Los Juegos Píticos

Para conmemorar la victoria de Apolo sobre la Pitón se fundaron los Juegos Píticos.

En su origen, los juegos tenían lugar cada ocho años. Eran certámenes musicales con himnos poéticos a Apolo con acompañamiento de la lira. El premio era una corona de laurel. Os recomiendo la lectura del mito de Apolo y Dafne para vigorizar aún más el símbolo del laurel, además de lo mencionado en párrafos anteriores sobre el laurel.

Los vencedores de los Juegos Píticos ganaban el privilegio de colocar sus estatuas en el recinto sagrado.

Como era habitual en los Juegos había una tregua entre todos los griegos, que duraba tres meses, para que pudieran desplazarse los peregrinos desde sus remotas tierras a Delfos y de nuevo volver a sus lugares de orígenes. Como es lógico, cada Polis enviaba representantes que se llamaban “theoroi”. Las fiestas tenían una duración de una semana, aproximadamente. Se representaba una reconstrucción escénica del mito de la muerte de la serpiente por Apolo y se realizaba una solemne procesión, en la que el séquito principal lo formaban los sacerdotes con todas sus vestimentas ceremoniales, los representantes de las ciudades, los participantes en los juegos, etc. Todos aportando algún obsequio para el dios. Delante del templo se celebraba el famoso sacrificio de los cien toros (hecatombe) que tenía lugar en el gran altar. La festividad estaba dedicada a los certámenes teatrales donde se competían recitando himnos a Apolo con flauta o con lira, que en algunos de los casos se podían representar una tragedia o una comedia. Lógicamente, en los Juegos Píticos tenían competiciones deportivas en el estadio, pero no con la misma categoría que los de Olimpia. Dentro de las competiciones deportivas destacaban el péntantlon que comprendía la carrera de velocidad, lucha, salto, disco y jabalina. Destacaban también y era digno de ver, los combates de lucha y boxeo y una prueba de pancracio, que era una modalidad que unía lucha y boxeo. Y, por último, se celebraban las famosas carreras de caballos. Las Píticas destacaban de entre los juegos panhelénicos por sus certámenes con himnos religiosos con lira y flauta. La música, con un sentido sacro y mucho más amplio del que le damos hoy día, era uno de las aficiones de Apolo.

Para ampliar más información:

Enlaces de interés:

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Viaje a Grecia: Tirinto

Murallas de Tirinto

Tirinto es la cuna de Heracles, un yacimiento arqueológico enclavado en el Peloponeso. Era una fortaleza descomunal situada sobre una colina hace más de siete mil años, conocida como la de las grandes murallas. Tuvo su máximo esplendor entre el 1200 y el 1400 a.C. Al contemplar el palacio, las murallas y las escaleras, me recordaba mucho a los castillos medievales.

Vista genérica de Tirinto. (Wikipedia)

Tirinto, al igual que Micenas, destaca por sus murallas elevadas y compactas, que facilitaban la creación de un Estado poderoso,  centralizado y con una jerarquía definida. Era muy común los enfrentamientos entre los distintos Estados para controlar y dominar Grecia central y el Peloponeso, pero también se aliaban en grandes Ligas para llevar a cabo las batallas bélicas en el exterior, como es el caso de la guerra de Troya. De este modo, la maquinaria griega desplegaba todo su potencial a nivel terrestre y con una gran actividad marítima para controlar el tráfico comercial y someter a otros pueblos.

Los “micénicos” eran aqueos que compartían la misma lengua, cultura y fisionomía indoeuropea que había ocupado la península helénica a principios del segundo milenio a.C. procedente de la Europa central. Los aqueos, de manera gradual y progresiva, aparecen como la casta aristocrática y dominante que Homero describe y que tuvo que imponer su idiosincrasia a otras etnias del tronco griego y, sobre todo, a las poblaciones pre-helénicas que se asentaban en las costas que bañaban el Peloponeso, con anterioridad a su llegada y las islas mediterráneas.

Un ejemplo fue cuando los aqueos invadieron y conquistaron Creta hacia el 1450 a.C. De esta manera, fueron absorbiendo la civilización cretense y desarrollando  la cultura micénica tal como la conocemos. Aunque la cultura micénica tenga estratos minoicos, también impusieron su fuerte personalidad, propia de un pueblo belicoso y conquistador.

En general, la sociedad micénica estaba fuertemente jerarquizada, con un rey-dios que cumplía las funciones religiosas, un jefe del ejército, la élite sacerdotal, los escribas, funcionarios y supervisores que coordinaban las actividades económicas dirigidas desde el palacio. Este tipo de jerarquía nos recuerda a las monarquías orientales no semíticas, concretamente, a las monarquías indoeuropea, como es el caso de los hititas. Aunque realmente, como aclara Eduard Alcántara: la casta sacerdotal no era propia de los pueblos indoeuropeos, en los cuales la función sacra y la regio-dirigente estaban unidas de la mano de la casta sacro-aristocrática, por lo que la existencia de dicho estamento sacerdotal en Tirinto sería consecuencia de la absorción de modos sociales propios de esos pueblos prehelénicos con los que se encontraron los aqueos en su descenso al Peloponeso.

Para ampliar más información sobre Tradición y Jerarquía os remito al siguiente enlace: septentrionis.

Si nos remitimos a Pausanias,  se refiere a Tirinto de la siguiente manera:

La muralla es lo único que de las ruinas queda. Es obra de los cíclopes y esta hecha de piedras sin labrar, de un tamaño tal que  se podría remover de su sitio, ni la mas pequeña, una pareja de mulos. Entonces  intercalaron pequeñas piedras para encajar entre si las piedras grandes.

En el imaginario griego, se creía que las murallas de las ciudades micénicas fueron construidas por los gigantes llamados Cíclopes. A finales de la cultura micénica, alrededor del siglo XIII a.C., debido a diferentes motivos, aún por determinar, el objetivo principal era el de reforzar las murallas y por ello adquiere estas características ciclópeas, como factor determinante para defender la fortaleza.

El megarón o la “sala grande” principal del palacio Tirinto dará origen después al núcleo principal de los templos griegos posteriores. El palacio, según detallan los expertos, tenía un vasto vestíbulo, una habitación principal que albergaba el trono y una chimenea central rodeada de cuatro columnas de madera sobre bases de piedra que soportaban el techo. Las paredes estaban decoradas con pinturas al estilo cretense.

Heracles, el héroe mítico de Grecia. 

El hombre originario de Heracles era Alcides, un apelativo que le viene de su abuelo Alceo. Heracles es un nombre místico que le fue impuesto por Apolo justo en el momento en que pasó a ser servidor de Hera y se vio sometido a los doce trabajos que la diosa ordenó que se le impusiera. Así pues, Heracles significa “la gloria de Hera”, en honor a los trabajos que tendría que llevar a cabo para la gloria de la diosa.

El origen de Heracles nos conecta a la familia de los perseidas, cuyo fundador fue Perseo. Su madre, Alcmena y su padre mortal, Anfitrión, eran oriundos de Tirinto. Sin embargo, Anfitrión asesinó a Electrión, padre de Alcmena, y se vieron obligados a huir de Tirinto, siendo acogidos por Creonte, rey de Tebas. En Tebas, Anfitrión tuvo que ausentarse y Zeus aprovechó para hacerse pasar por el propio Anfitrión y engendró a Heracles; al regreso , Anfitrión también engendraría a otro hijo, Ificles sin que Alcmena se percatara de la doble inseminación y de un embarazo de gemelos.

La discordia apareció cuando Zeus dijo que el próximo nacido de la estirpe de Perseo gobernaría sobre Argos, pensando que sería Heracles. Sin embargo, Hera urdió un plan para que Heracles no fuera el rey de Argos: alargó el embarazo de Alcmena e hizo que Nicipe, esposa de Esténelo (otro hijo de Perseo), pariera un niño sietemesino. De esta manera, el pequeño Euristeo se convirtió en el dueño y señor de Tirinto y, con ello, de Argos y de las zonas colindantes, mientras que Heracles tuvo que ponerse a ser su servidor por haber nacido después, saltando con ello el juramento de Zeus. Sin embargo, para nosotros, la figura herculina siempre ha destacado sobre Eurísteo, llegando a nuestros días como el héroe griego más reconocido a nivel mundial. Para ello,  y a modo de conclusión, recordemos las palabras de Heródoto sobre el héroe griego:

Mis averiguaciones, pues, demuestran palpablemente que Heracles es un dios antiguo; y en mi opinión, obran muy acertadamente los griegos que han erigido, a título personal, templos a dos Heracles; a uno le ofrecen sacrificios como a un inmortal bajo la advocación de Olímpico, mientras que al otro le tributan honores como a un héroe [Hdt. II 44, 5].

Para ampliar más información:

Alvar Ezquerra,J. (2000), Diccionario Espasa. Mitología universal, Barcelona.

Elvira Barba, M.A. (2008), Arte y mito: manual de iconografía clásica, Madrid.

Bruit Zaidman, L & Schmitt Pantel, P. (2002), La religión griega en las polis de la época clásica. Madrid.

 

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Viaje a Grecia: Olimpia

No se puede mirar al pasado con ojos del presente para entender la grandeza del mundo griego. Si lo hacemos con la intención de confirmar o negar los prejuicios que dominan nuestra sociedad actual, caeremos en el grave error de interpretar la mentalidad griega. No podemos encajar el ideario griego en nuestro mundo presente, pues son totalmente antagónicos en todos los niveles éticos, morales, sociales, religiosos, culturales y políticos. Hoy día, los cimientos de nuestra sociedad están en una situación de decadencia, de ruina, de vacío existencial, por consiguiente, el hombre moderno está abocado al precipicio de la nada. Lo superficial, lo fugaz, la ordinariez, la tosquedad, lo vulgar están presentes en las podridas estructuras de nuestro mundo moderno y progresista.

Es por eso que Olimpia es un lugar perfecto para entender concienzudamente el espíritu griego. Entre otras cosas porque enaltece la fe en la existencia, la dignidad y el poder del espíritu heroico (Heracles, Peleo, entre otros), según el cual la vida completa sólo es concebible cuando se mantiene intacta e inquebrantable la unión del cuerpo con el alma.

Las olimpiadas tienen, precisamente, ese binomio de mutua pertenencia cuerpo-espíritu; también de estrecha cordialidad social, de unión y de hermanamiento entre Estados, más allá del campo de la política, porque es en las olimpiadas donde se saltan las barreras físicas y emocionales para dar las gracias al dios (Zeus) por el triunfo dispensado.

Ya en la obra de Homero los juegos agonales estaban presentes con el fin de luchar por la sucesión del linaje y la herencia de los antepasados. Por lo tanto, el deporte estuvo muy conectado desde siempre con la sociedad griega y estrechamente unido al culto de los dioses. Esto explica que, por ejemplo, el emperador cristiano Teodosio I suprimiera los juegos en el 399 de nuestra era. Su finalidad era borrar cualquier aureola espiritual del hombre con la divinidad.

Hay que nombrar, por otra parte, que en Olimpia el eco de la victoria llegaba a toda la Hélade gracias al género lírico, por ejemplo, a través de Píndaro, el representante de la poesía más solemne, pues se le cantaba al vencedor en Olimpia, Delfos, Nemea y Corinto, siendo una vía de enaltecer a los vencedores, su sentimiento de lucha y de superación. La lírica manifiesta la belleza exterior del mundo griego, el palpitar de un espíritu que anhela el fruto de lo divino dentro de una sociedad que busca la perfección, sin romper nunca su hilo heroico.

Así pues, la tradicional educación griega no solamente recitaba los poemas homéricos de memoria, sino que también tenían un espacio para la lírica, obligando a los ciudadanos a saber cantar y danzar en las representaciones corales. Píndaro celebra las victorias olímpicas en las cuatro sedes deportivas: en Olimpia, en honor de Zeus, recordaba la muerte de Pélope; los juegos Píticos en Delfos conmemoran la muerte de la gran serpiente Pitón por medio de Apolo; los de Nemea, el recuerdo funeral de Arquémoro, hijo de Licurgo, consagrado a Zeus; y los Ístmicos, en honor de Melicertes, sobrino de Sísifo, consagrado a Posidón.

Los juegos más importantes, por su antigüedad y prestigio, fueron los de Olimpia, que comenzarían el año 776 a.C., siendo su celebración cada cuatro años y en el mes de agosto. Los vencedores recibían una corona de olivo que, según la leyenda, Hércules, fundador mítico de estos juegos, había plantado y un sacerdote cortaba las ramas con unas tijeras de oro.  Hércules representa (para el atleta) un tipo de espiritualidad solar (fiel reflejo de la raza hiperbórea), olímpica, activa, viril, transformadora y, por supuesto, sin obviar la realización interior plena y satisfecha.

El atleta ganador se llevaba a su patria premios en metálico, bandejas, trípodes, ánforas de aceite, así como otros honores y privilegios, y si había logrado tres veces la victoria le erigían una estatua suya en el Altis (en Olimpia) un recinto sagrado y boscoso que fue evolucionando a medida que fueron erigiéndose los diversos edificios y poblándose de estatuas.

El hombre antiguo alimentado de guerras, de muerte, de desolación, encontraba un remanso de liberación en Olimpia, pues cada cuatro años surgía la paz y se declaraba la tregua sagrada. En Olimpia, se paraba la maquinaria bélica, cesaban las hostilidades, pues el evento deportivo era un bálsamo a la brecha producida por el ansia de poder, de conquista y de dominio. Los que asistían a Olimpia portaban salvo conductos que les permitían recorrer los territorios hostiles. Entre ellos, los peregrinos de la paz, los deportistas, los embajadores de cada polis, etc.

El mensaje es simple: la fraternidad entre los griegos. Se reunían filósofos, artistas, músicos, comediantes, deportistas, todos al unísono motivados por uno de los festivales religiosos griegos más importantes, pues lo más importante era la participación pacífica de toda la Hélade, con una tregua sacra durante la cual también se aprovechaba para buscar soluciones a los conflictos y a los contrastes entre las varias ciudades-estados con la razón inspirada por Zeus a los hombres. En suma, cuando uno recorría Olimpia se sentía ese fuerte palpitar, lleno de emociones, de ambiente festivo, de un lugar donde se trazaron las líneas éticas y morales del hombre.

El Estadio Olímpico es su sello común, pero no hay que olvidar la estatua de Zeus, que fue una de las siete maravillas del mundo antiguo, realizada en oro y marfil. La estatua, como dato curioso, no se exhibía al público ni tampoco nadie podía entrar al templo a contemplarla. El ritual religioso se hacía fuera del templo. Con los primeros rayos del día la estatua de Zeus se iluminaba, pues estaba situada concienzudamente de esta manera.

Olimpia está llena de ritos, de valores como que el hombre tiene que superarse cada día como ser, pues Olimpia era mucho más que deporte, era un lugar para las personas de buena voluntad que ofrecían lo mejor de cada uno a Zeus más allá del juego limpio en el deporte y en la vida, pues la base fundamental era la de crear una armonía, un equilibrio entre el cuerpo y el alma, entre la materia y el espíritu y todo estos elementos eran ofrecidos al dios.

Solamente los griegos podían participar en dicho evento. Tenían que demostrar ser griegos y no bárbaros, tener amplios conocimientos sobre los dioses griegos y un respeto hacia la religión griega.

Olimpia está en el corazón de la Élide, en medio de un valle sereno se halla el antiguo santuario de Zeus en el que todos los griegos estaban unidos bajo unos mismos ideales donde se veneraban a sus dioses y se celebraban con orgullo su identidad étnica y cultural, más allá de las divisiones políticas entre las polis, las ciudades-estados.

Los orígenes de este gran centro de culto se remontan a finales del segundo milenio a.C., aunque existe una comunidad permanentemente asentada desde el 2800 a.C. en la colina del Cronio y la zona del Altis, un pequeño bosque sagrado alrededor del cual se desarrolló el vasto recinto de culto. Por esta razón cuando nos referimos a Olimpia brotan como en un caudal incesante, cultos y mitos que implican a la figura de Zeus, como principal protagonista, a Heracles, que trajo hasta allí, desde la región de los Hiperbóreos, el olivo sagrado y habría instituido las Olimpíadas, los juegos en torno a la figura de Pélope y en honor a Zeus. Tampoco hay que olvidarse a Hera, a la cual pertenece un templo. Más allá de los mitos y de sus respectivos cultos, hay que destacar a Olimpia como la consagración de los valores de justicia, de humanidad y, sobre todo, del respeto a las leyes divinas, dejando en toda la región el recuerdo de su nombre, Peloponeso, es decir, “Isla de Pélope”.

Cada santuario va relacionado con un mito y en Olimpia el mito de Pélope va ligado a ella y al Peloponeso. De hecho, en el frontón oriental del templo de Zeus se representa el momento previo de la carrera entre Pélope y Enomao, con los caballos preparados para la crucial guerra. También en Olimpia se halla el Pelopion, la tumba de Pélope, un túmulo prehistórico de aproximadamente de 2500 a.C. por lo que suponemos que el culto de Pélope se remonta a tiempos anteriores a los Juegos de Olimpia. El Pelopion, situado al norte del templo de Zeus, acogía los sacrificios de animales. En la zona de el Pelopion se encontró una ingente cantidad de figuritas de bronce y terracota de caballos, carros, trípodes, mezclados con cenizas, datados entre el siglo XI y el VII a.C.  Se cuenta que el Pelopion consistía en un muro de piedra que hacía de recinto en forma pentagonal con un montículo levantado donde yacía el héroe mítico.

Bajo el prisma mitológico, Pélope fue descuartizado y ofrecido a los dioses en un banquete organizado por su padre, Tántalo (ir a enlace de Tántalo). Zeus, al darse cuenta, arrojó a Tántalo al Hades, condenándolo a no beber ni comer, puesto que, a pesar de tener agua y comida suficiente alrededor, esta desaparecía en cuanto la tocaba con sus manos. Por su parte, el cuerpo de Pélope fue reconstruido por los dioses y fue entonces cuando se encaminó a Olimpia para tratar de desposar a Hipodamía, logrando vencer a su padre, el rey Enomano, gracias a la intervención de los dioses. Gracias a esta victoria Pélope conseguía tener el control del Peloponeso, hasta el punto de dar nombre al territorio, y sus hijos reinaron en diversas regiones: Agamenón, rey de Micenas y Menelao, rey de Esparta, siendo ambos nietos de Pélope y héroes de la guerra de Troya. Para ampliar el mito os remito al siguiente enlace: el mito de Pélope

Tras la lectura del mito nos queda recorrer el yacimiento de Olimpia, por aquellos lugares que más me han llamado la atención.

Imagen 1. Vista general del estado actual del templo de Zeus.

En la imagen 1, el templo de Zeus  se construyó como ofrenda para celebrar la victoria final de la ciudad de Elis sobre la de Pisa, un triunfo que valió para conseguir el control definitivo sobre la administración del santuario y fue erigido gracias al botín obtenido. Al introducirse el culto de Zeus, obviamente se desplazaron los antiguos cultos, como Gea o Hera, cuyo templo había sido hasta entonces el centro religioso del santuario.  Por lo tanto, el templo de Zeus se convirtió en el edificio central de Olimpia, visible, por cierto, desde todas las entradas al santuario.

Situado cerca del templo, estaba el altar de Zeus, donde se realizaban los sacrificios más relevantes durante el desarrollo de los certámenes atléticos. No se conservan restos del altar porque era una elevación artificial, formada con las cenizas de los sacrificios acumuladas a lo largo de los años pero si se han hallado figurillas votivas entre los restos de las cenizas (imagen 2).

IMAGEN 2 (Museo de Olimpia)

 

En la actualidad, tal como se muestra en la imagen 1,  se conservan pocos restos en pie, pero sin duda, debió de ser espectacular en su época, pues alrededor del templo estaba repleto de esculturas y pequeños monumentos dedicados por los atletas vencedores en los sucesivos certámenes.

La escultura de Zeus no se conserva, ya que fue trasladada a Constantinopla hacia el siglo V y destruida tiempo después por un incendio. Al parecer era de un tamaño colosal. Zeus estaba sentado sobre un trono de oro y marfil y sobre su cabeza portaba una corona de olivo; en su mano derecha portaba una Victoria alada y en la izquierda, un largo bastón sobre el que se posaba un águila. Fidias fue el escultor de Zeus. El taller del artista (imagen 3) está en ruina, pero tengo que destacar que tenía las mismas dimensiones que la cella o templo de Zeus, por lo que el escultor podía trabajar en un espacio parecido al que albergaría finalmente la escultura. A pesar de que en el siglo V d.C. se construyó sobre su ruina una basílica paleocristiana, las excavaciones sacaron a la luz multitud de utensilios que ayudaron al entendimiento de los métodos de trabajo de Fidias,  con materiales preciosos como el oro y el marfil.

IMAGEN 3

En la imagen 4 se observa el templo de Hera que se convirtió en el principal centro de culto hasta la construcción del templo de Zeus.  En este templo se colocaban las esculturas de los vencedores de los juegos, por ejemplo, el Hermes de Praxíteles (imagen 5), obra realizada en mármol y atribuida a Praxíteles, reúne las características propias de la época clásica. Aún se debate si la obra es original o no.

IMAGEN 4

 

IMAGEN 5

En la imagen 6 se ve el Filipeo. En realidad, no era un edificio sagrado sino una expresión propia de la familia real de Macedonia, mandado a construir por Filipo II tras vencer en el 338 a.C. en la batalla de Queronea a las ciudades griegas y hacerse con el control de gran parte de Grecia. Simboliza el poder político y militar de la familia real macedónica y la magnanimidad del rey.

IMAGEN 6

El estadio, sobre la arena, había unos mojones de caliza estriada que marcaban los puntos de salida y de llegada. También tenía una canalización de agua que rodeaba el espacio donde se desarrollaban las pruebas atléticas. Los espectadores contemplaban la competición desde las laderas, de pie o sentados en banquetas. Para los jueces sí había unos asientos. El estadio mide 212, 5 metros de largo y 28,5 metros de ancho que, según el mito, lo había medido Heracles con sus propios pies (600), que eran más grandes que los de los simple mortales y por esta razón este estadio era más largo que el estadio de Delfos.  Hasta veinte corredores podían tomar la salida a la vez. Además, como dato de interés, no corrían en círculo, sino que al llegar a la línea debían ejecutar un giro de 180 grados alrededor de un fuste clavado en el suelo y volver sobre sus pasos.

IMAGEN 7

 

La palestra era el lugar donde los atletas entrenaban para la competición, especialmente para las pruebas de velocidad. Otras modalidades de entrenamientos eran la lucha, pugilato y pancracio. (IMAGEN 8)

IMAGEN 8

 

La vastedad de las dimensiones de Olimpia estaba dotada de edificios sagrados, servicios y edificios destinados a la acogida de los atletas, a los visitantes, a los peregrinos, a los delegados representantes de las polis, pues Olimpia es sinónimo de prestigio, ya que además de sus infraestructuras destacaba su monumentalidad que surgía de las donaciones: obras de arte y exvotos. Todas estas manifestaciones arquitectónicas tienen sentido de servicio y culto a la divinidad. La victoria es señal de que el dios ha aceptado el esfuerzo físico y mental desplegado en el estadio o la palestra.

Los Juegos Hereos.

Excepto en Esparta, donde la mujer recibía entrenamiento físico durante su educación, el deporte femenino en Grecia estaba ligado al ámbito del culto. En Elis existía un colegio de 16 mujeres que se dedicaban a tejer una túnica para la estatua de Hera y a organizar los Juegos Hereos cada cuatro años. En estos juegos, las mujeres competían corriendo en el estadio de Olimpia, aunque menos distancia, es decir, corrían aproximadamente 160 metros. Lo hacían con el cabello suelto y una túnica corta, por encima de la rodilla. Al igual que los hombres, recibían una corona de olivo como premio las ganadoras y tenían posibilidad de dedicar una estatua en el templo de Hera.

Para ampliar más información:

Olimpia. Las estatuas de los atletas

Una reconstrucción del templo de Zeus de Olimpia: hacia la
resolución de los “Phidiasprobleme”

Olimpia. Breve descripción

 

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