La religión micénica

El estudio sobre la religión micénica (aprox. 1580-1150 a.C.) se basa casi por completo en las excavaciones e investigaciones arqueológicas. Bajo esos resultados, la comunidad científica llegó a la conclusión de que había afinidad entre la religión micénica y la cretense.

Si nos basamos en las tabillas halladas en Pilos, se leen los nombres de los dioses, bien conocidos por nosotros, de la religión posterior de los griegos: Zeus, Hera, Poseidón, Ares, Dionisos. Si estos nombres han sido leídos correctamente cabría llegar a la conclusión de que el panteón de los dioses del Olimpo comenzó a crearse ya en la época micénica entre la población aquea que sobrevivió a la invasión doria, y fue luego heredado por la sociedad homérica, pero rotundamente no es así, pues todo indica que al lado de estos exponentes religiosos del tiempo micénico subsistían muchos elementos del antiguo fetichismo.

El fetichismo religioso es de carácter espiritual y tiene que ver con creencias religiosas que dan culto a objetos inanimados o animados conocidos como “fetiches” a los que se les suponen atributos sobrenaturales. De este modo, el hombre puede protegerse de las fuerzas naturales a través de los fetiches, medio del que supuestamente dispone para actuar sobre los elementos que no es capaz de controlar.

Por otra parte, la religión micénica era politeísta, pero no se trataba de una religión politeísta típica, más bien eran nombres minoicos, seres sobrehumanos (de tipo primitivo) transformados en dioses con el surgir de una religión politeísta en una segunda época, afianzado en la veneración de una pluralidad de seres divinos complejos, diferenciados e incluidos en un panteón.

Los dioses micénicos no son dioses divinos reconocibles, son más bien rasgos genéricos: “diosa madre” “diosa de la vegetación”, etc. Destacamos, por lo tanto, la ausencia de templos independientes y la ausencia de imágenes dedicadas al culto.

Asimismo, cabe destacar la presencia de nombres divinos de origen indoeuropeo en el panteón micénico, poniendo de manifiesto que la religión micénica no provenía completamente de la minóica o cretense, aunque sí comparten algunos rasgos comunes. (Para ampliar más información sobre esta cuestión: dioses micénicos)

Hay que subrayar que en la sociedad micénica alcanzó una amplia difusión la creencia en la vida de ultratumba y el culto a los muertos, de los cuales son testimonio las tumbas micénicas. A juzgar por algunos hallazgos casuales de restos de cadáveres en estas tumbas, es probable que los antiguos micénicos conocieran algunos métodos de embalsamamiento del sistema egipcio.

Máscara micénica realizada en una lámina dorada, llamada «máscara de Agamenón», Museo Arqueológico Nacional de Atenas.

En la religión micénica son inhumados los príncipes a los cuales se les entierran enjoyados con ricas alhajas. Los cuerpos descansan sobre cascajos y aparecen cubiertos por una capa de piedras y barro. Señales de humo, restos de cenizas y carbón indican que los cadáveres permanecieron algún tiempo yacentes sobre la pira de los sacrificios funerarios, previamente levantada en el lugar de enterramiento. En otras palabras, se encendía el fuego para el sacrificio, depositándose luego el cadáver sobre las brasas casi apagadas, cubierto con arena, barro y piedras. Era muy común encontrarse restos de animales (ovejas o cabras) quemados en honor al muerto. Un cuerpo intacto, sin descomponer, puede retornar también al otro yo; la idea de enterrarlos con sus mejores tesoros en la propia tumba era una precaución que se toma para que las almas de los muertos no aparecieran entre los mundos para atormentarles.

Continuando con las manifestaciones religiosas en relación con el mundo micénico, principalmente, partían de la creencia de una Diosa Madre y de su divino hijo, a veces esposo, destinado a morir o a ser sacrificado, con la muerte de año viejo que simbolizaba él mismo y el renacer en primavera. El renacimiento se celebraba con gran solemnidad acompañado de ritos relacionados con la fertilidad. Lo que es seguro es que en la religión micénica predomina una fuerza tal que termina con la formación y propagación de los mitos y coloca en el pináculo de la religión una pareja divina con un divino hijo que renace todos los años y todos los años muere, o una trinidad, o dos principios cósmicos, con su séquito de demonios. Todo lo demás se reduce a dioses locales, demonios auxiliares y figuras legendarias.

Hay que recordar que los micénicos eran griegos y esto bastaba para suponer una sustancial identidad o, al menos, un lazo estrecho entre religión micénica y religión griega. Al existir un fuerte hilo conductor entre lengua y cultura conectando religión micénica y griega, por ejemplo, en las tablillas micénicas, aparecen los nombres de Zeus, Hera, Poseidón, Artemisa, Dioniso, Hermes, como hemos indicado en líneas anteriores, incluso de otros muchos nombres divinos que no figuraban en la religión poshomérica.

Por otra parte, el sincretismo de elementos indoeuropeos y micénicos lo tenemos bien atestiguado en algún caso como es el del culto de la Madre Tierra, adorada con un nombre de claro linaje indoeuropeo. El hecho de que aparezca también como patrona de los herreros muestra, quizás, que su culto fue difundido por herreros minoicos muy helenizados. Por otra parte, junto a divinidades bien conocidas del Panteón clásico -Zeus, Hefesto, Ares, Hermes, Deméter, Artemis- sorprende la falta de algunas importantes como Afrodita, al tiempo que aparecen otras totalmente desconocidas o no identificadas hasta ahora como Ma-na-sa, Pe-re-swa, Di-ri-mi-jo, Do-pota, sin que a fecha de hoy sea posible aclarar si tras estos nombres extraños se ocultan figuras conocidas o bien se trata de dioses de la Grecia micénica muy diferentes de sus sucesores. La aparición de varios de ellos en tablillas de Pilo y Tebas hace pensar que no se trata de meros representantes de cultos locales.

Sin embargo, hay que subrayar, que la identidad de nombres análogos de un periodo a otro no garantiza verdaderamente una identidad de concepto. Concretamente, Zeus Pater griego y Júpiter para los romanos son divinidades “idénticas” en religiones diferentes. Pongamos que para la sociedad micénica Zeus incluyera el éter, las estrellas y que Gea fuera la señora de las fuerzas subterráneas y de los hombres que perviven en los sepulcros. De seguro, abstracciones que en esas épocas muy antiguas se han adquirido con un esfuerzo inmenso, pueden ejercer luego una poderosa influencia sobre pueblos vecinos o lejanos.

Lo que si tenemos que tener claro es que lo que destaca en la religión micénica,  es que se conservan rasgos ancestrales y que no hay rastros de un Olimpo.

Igualmente, sabemos que los griegos clásicos tenían una gran variedad y riqueza de cultos, de ofrendas y víctimas, con su calendario litúrgico definido. No es así en los cultos micénicos. En Knossos, por ejemplo, encontramos que en cada mes recibían ofrendas del mismo género, ofreciendo los productos de la estación a la divinidad correspondiente en sus santuarios y a sus sacerdotes. Se trata de entregas regulares que no están ligadas a determinadas fiestas de cada divinidad. No eran propiamente sacrificios tal como se podía ofrecer en la Grecia Clásica, ya que no se encuentra vestigio de sacrificios en la literatura micenológica. Esto no quiere decir que no lo hubiera, más bien el sacrificio en la sociedad micénica correspondía a un puesto diferente que el de la Grecia clásica.

Sintetizando, en la sociedad micénica se ofrecía a las divinidades los bienes más variados porque las divinidades eran consideradas las propietarias de terrenos y dueñas del personal de los templos, y parte de los bienes alimenticios ofrecidos servían para su comida. Bajo este aspecto existía una estrecha afinidad con las religiones del Próximo Oriente, en las que el acto sacrificial también casi desaparece, convirtiéndose en la preparación de la comida divina por excelencia.

“Zeus fue, Zeus es, Zeus será: ¡oh tú, poderoso Zeus!”

“Gea nos da los frutos; alabad, pues, a la tierra como madre”

(Pausanias, X, 12, 5)

La tradición más antigua y coordinada que poseemos acerca de la religiosidad micénica destaca tanto a Zeus como a esos seres colectivos que son los demons.

Datos de interés

Las concepciones religiosas griegas forman parte del gran capítulo fundamental de la creencia de los pueblos arios. A mucha distancia, en la mitología de los Vedas, se han podido hallar no sólo viejos parientes de los dioses griegos: Zeus Pater griego y Dyaus Pita de la religión védica (divinidades “idénticas” en religiones diferentes), y eso sin contar con toda una serie de leyendas y concepciones míticas que los griegos poseen en común con otros pueblos. En suma, en el fondo, la investigación sobre el origen de los dioses griegos se remonta muy atrás. (Enlace sobre la temática: testimonios de divinidades no griegas)

Para ampliar más información:

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Geras, la personificación de la vejez

Geras, detalle de vasija ateniense, 480 a. C.–470 a. C.

La vejez ocupa un lugar especial en nuestras vidas, un eslabón importante en el desarrollo de la misma, pero en nuestra sociedad, nos hemos empecinado en darle la espalda pues pensamos que la vejez queda lejos y que no es un problema del presente. Sin embargo, día tras día, estamos descuidando una etapa que puede ser plena, aunque la sociedad haya decidido olvidarla. Nos preocupamos en cotizar para tener una pensión en nuestra anhelada jubilación, pero hemos dejado de lado el ingrediente principal para pasar una vejez digna: la humanidad. ¿Por qué? Porque dentro de nosotros sabemos que la senectud va ligada a los padecimientos a nivel físico y mental. No queremos envejecer porque, entre otras cosas, creemos que en la juventud están todas las alegrías, la hermosura nos arranca las sonrisas y el amor nos rodea por doquier. Hemos cerrado esa época en la que los padres morían en casa, acompañados de sus hijos y nietos, dándoles el último adiós y las gracias por haber transmitidos los valores de la vida, por darnos una educación, una vida, una carrera universitaria, por habernos alegrado nuestros momentos en los días de fiestas, en las navidades, por habernos secados nuestras lágrimas en los momentos más dolorosos de nuestras vidas. Los padres han estado ahí, para lo bueno y para lo malo.

Podemos distinguir varios aspectos en nuestra actual sociedad que no queremos aceptar: el miedo a la vejez (por los padecimientos que la acompañan) y el poco respeto a la ancianidad.  Y hay está la otra cara de la moneda:  la juventud. La juventud es la única edad dorada valorada por los medios de comunicación, de hecho, los famosos no quieren envejecer e instan a las visitas continuadas a las clínicas de rejuvenecimientos, que, por cierto, los presupuestos son elevadísimos y fuera del alcance de muchos. Es cierto que en la juventud se encuentran muchas de nuestras primeras alegrías, pero esa juventud se va como una brazada, lo que dura un sueño en la noche, porque lo que después viene es enfermedad y carencia de autonomía. Hoy día los medios de comunicaciones enaltecen la hermosura de la juventud y los cuerpos apolíneos.

La actual sociedad no dista mucho del pensamiento de la antigua Grecia. Un breve recorrido nos hace reflexionar que hoy día, lamentablemente, seguimos sin avanzar en el aspecto humano.

En la mitología griega Geras era la personificación de la vejez y era compañero inseparable de Tánatos, la muerte. Su opuesta, lógicamente, era Hebe, la diosa de la juventud. El equivalente de Geras en la mitología romana era Senectus.

Geras se le representaba como un hombre encogido y arrugado y posteriormente, como una triste mujer apoyada en un bastón y con una copa que mira a un pozo donde hay un reloj de arena, alegoría del poco tiempo que le queda de vida. Algunas vasijas del siglo V a. C. muestran una escena de Geras con Heracles. Al perderse el relato que pretendían plasmar se ha interpretado como una alegoría de la victoria del héroe sobre la vejez (Heracles murió joven) en las vasijas en las que se le pintaba manifiestamente superior a Geras e incluso asiéndole de los cabellos; o como un intento del héroe de conocer qué era hacerse viejo (en una vasija en la que ambos aparecen hablando en posición de igualdad).

Los dioses respetaban a Geras, pues querían recibir sus honores y valoraban la experiencia que aportaba la vejez, por eso le permitían morar en el Olimpo. También se le veía como el que ponía punto final a las tiranías y los hechos injustos que Geras hacía que no fueran eternos. Sin embargo, sus lógicos efectos de debilidad y decadencia eran temidos y aborrecidos por todos.

Algunos autores afirman que cuando Zeus castigó a los hombres enviándoles a Pandora, la primera mujer, quiso extender su maldición y envió con ella a Geras.

Hesíodo (Teogonía 223-225) concibe la vejez como una fuerza o divinidad, hija de Noche y hermana de Engaño, de Afecto, y de Discordia, es decir, nace junto a fuerzas contrarias, lo cual pudiera reflejar que, para este autor, ella participa del bien y del mal: por un lado, la bondad de toda una vida; por otro, el debilitamiento atroz que consume.

Afrodita, diosa del amor y enaltecimiento a la belleza física (Himno a Venus, 246) recalca con énfasis: “también los dioses aborrecen la ancianidad”.

Este doble valor de la vejez, su paradoja, se ve ejemplificado en la historia narrada en el “Himno homérico a Afrodita” (Himnos homéricos 5, 218 y ss.), donde la diosa Aurora se enamora del apuesto Titono y por ello le ruega a Zeus que lo haga inmortal. El dios accede a la súplica, pero ella olvida pedir también para él la juventud eterna. Cuando a Titono le brotan las primeras canas, Aurora se aleja para siempre y éste es colocado en una alcoba donde envejecerá eternamente. Esto es, si bien los dioses son inmortales, lo son en una determinada edad (dependiendo de lo que representen), por ejemplo, Eros es siempre niño, Afrodita, joven, y Zeus, anciano, por lo que la vejez de los mortales les es totalmente ajena e incluso despreciable.

Si bien la vejez de Titono es rechazada, también la ancianidad es defendida por dioses y héroes: en la Ilíada (canto I) Agamenón ultraja al anciano sacerdote de Apolo, Crises, ordenándole abandonar el campamento; Apolo se venga provocando una gran mortandad. Es decir, el ultraje a un anciano le provoca ira al dios (con mayor razón si se trata de su sacerdote) porque, aunque Crises no tiene las cualidades de los héroes de la guerra de Troya, sí cumple una función importante en ella. Asimismo, el respeto hacia la vejez está expuesto en la escena del encuentro entre Aquiles y Príamo, padre de Héctor, también en la Ilíada (XXIV, 503-6), cuando aquél acepta devolver el cuerpo de su hijo ultrajado por él mismo.

Además, según estos textos homéricos, en la época existía un orden social en el que los ancianos de las familias más ricas ocupaban puestos privilegiados, manteniendo importantes cotos de poder, como el Consejo de Ancianos que participaban activamente en el desarrollo de los centros rurales.

Así mismo, Platón idealiza la vejez, por ejemplo, en la República cuando se alude a unos versos de Píndaro: “porque él (Píndaro), graciosamente dijo que el que ha llevado una vida con justicia y con religiosidad: ‘una dulce esperanza lo acompaña, el corazón le alienta y su vejez alimenta’.” (I. 331a).

Si echamos un vistazo a las obras de Eurípides podemos ver también alusiones a la vejez. Así, un anciano expresa: “Nosotros los viejos no somos más que fantasmas, una apariencia, y vagamos como visiones de un sueño; no tenemos ya inteligencia, aunque presumamos de muy avisados” (Eolo, 18).

Aristóteles (Retórica II, 12, 13) detalla la calidad humana de los jóvenes siendo siempre bondadosos, mientras que los ancianos son descritos con los más negros trazos; los viejos, en efecto, se hallan desesperanzados por su mucha experiencia, lo que ven es casi todo malo, y lo que sucede va de mal en peor. Se solía hablar de los viejos sin ningún respeto. Sófocles dijo: “La inteligencia se ha apagado, la acción es inútil y, por si fuera poco, preocupaciones hueras” (Scyrae, 4).

Hay que recordar que, por otra parte, Platón defiende la idea de que los gobernantes deberían ser filósofos, para lo cual no se necesitaba ni la belleza ni la fortaleza de la juventud, sino más bien, la experiencia y moderación de la vejez. Sin embargo, también él, que vivió 80 años, pensaba que la enfermedad era una vejez prematura y la vejez una enfermedad permanente.

Enlaces de interés:

Referencias:

  1. Wikipedia
  2. Salamanca

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La religión minoica o cretense

La civilización minoica o cretense está cargada de un indudable interés por su arquitectura,  arte y  religión. En el ámbito religioso está caracterizada por la presencia de una poderosa diosa de la fertilidad a la cual estaba asociado el toro, símbolo de Creta. Los antiguos llamaban a Creta, la mayor isla del Mediterráneo oriental, “Isla de los Bienaventurados”, por su afortunado enclave y  su clima suave.  Cabe destacar que en el III milenio a. C., el primer florecimiento de la cultura cretense, la representación religiosa de los habitantes de Creta era muy primitiva. La base de su religión la constituían:

  1. El totemismo (respecto a animales y plantas).
  2. Los cultos a la divinidad femenina.
  3. Los cultos a los antepasados.

El totemismo es definido como un sistema de creencias religiosas, políticas y sociales, propias de tribus y pueblos primitivos, donde el tótem, figura simbólica de espíritus de animales o vegetales asociadas con el linaje; representa el vínculo de sangre que une a todos los integrantes de esa comunidad. (Enlace sobre el totemismo).

En el II milenio a. C. el culto a la divinidad femenina era todavía el eje principal entre los cretenses. La gran diosa recibía culto de diferentes modos. Ante todo, era diosa de la naturaleza y así se la consagraba en muchos santuarios de cavernas montañosas como en los montes Iuctas e Ida. Principalmente, los árboles sagrados o las ramas eran atributos de la diosa.  El árbol representa el éxito,  la fertilidad. El culto a los dioses de la naturaleza estaba vinculado a los pájaros, sobre todo a las palomas. Se inclinaban a representarlas en danzas rituales que tenían carácter orgiástico. El pino, la palmera, el olivo y el ciprés, son  también honrados en Creta.

Diosa de las serpientes en el Museo Arqueológico de Heraclión.

En los santuarios palaciegos y hogareños a menudo se encuentran representaciones de la divinidad femenina, cuyo principal atributo era la serpiente. Cabe suponer que el culto a la diosa de la serpiente alcanzó particular difusión entre los nobles cretenses en el último siglo de la existencia de su Estado. A la gran diosa se la consideraba como la reina de las fieras. Habitualmente se representaba con esbelta figura, bellas vestimentas y el pecho desnudo. En definitiva, era la diosa de la naturaleza, de la tierra y al parecer, la diosa del mundo subterráneo, el símbolo serpentino así lo atestigua.  Por ello,  hay que interpretar que la gran diosa estaba ligada simultáneamente a las nociones de la vida y la muerte. El animal ctónico por excelencia es la serpiente y no es casualidad que la serpiente es la que figura en el caduceo de Asclepio, dios de la Medicina.

La serpiente es un icono religioso, un vehículo de lo sagrado mediante el cual la realidad metafísica y las verdades primordiales se manifiesta en el imaginario griego.

La serpiente juega un papel destacado con múltiples significados e interpretaciones como que la serpiente se despoja de la vejez renaciendo, la relación con la sanación y la capacidad para devolver la vida, su relación con el falo masculino y la fertilidad femenina, con la eternidad y su configuración tardía como símbolo del tiempo que retorna sobre sí mismo, su papel de custodia de las fuentes de la vida y la inmortalidad, las creencias acerca de su androginia, omnisciencia, agresividad, insomnio, vigilia, así como su unión con las fuerzas oscuras y su consideración como ser que realiza, facilita o dificulta la transición entre niveles, rompiendo así el propio espacio de la realidad presente. Como animal-alma, la serpiente estaba especialmente relacionada con la tumba y sobre todo con la tumba del héroe, siendo un símbolo de fecundidad y supervivencia. Esta función particular de la serpiente se desarrolló a partir de su posición de animal protector del hogar, si bien los mismos griegos sugirieron en ocasiones que el tuétano de los huesos de un cadáver se convertía en serpiente.

En definitiva, la serpiente representa la creencia en una fuerza especial, residente, emanada, inherente o simbolizada en la propia serpiente, una energía alineada en el lado de lo primordial, la fuerza pura y sola: en suma, la vida, con todas sus paradojas y complejidades.

Resultado de imagen de minotauro arte creta

Hacia mediados del II milenio a. C. adquirió significación en Creta la honra del dios en forma de hombre-toro, conocido popularmente por Minotauro.

En el culto del dios-toro se introdujeron juegos con toros, cuya representación fue también muy frecuente en el arte de Creta. En su honor se celebraban ritos de iniciación de la juventud, que vaticinaban una especie de tauromaquia incruenta, en el transcurso de la cual los jóvenes tenían que hacer todo tipo de piruetas desafiando a la naturaleza del enfurecido toro. El toro tenía una fuerte asociación con los conceptos de fortaleza, virilidad y fertilidad. Los jóvenes, bajo un rito de iniciación, anhelaban dominar y someter a esta criatura notoriamente salvaje y forzar a su voluntad, así como trabajar con ella.  Los cuernos de consagración aparecen frecuentemente sobre los altares y lugares de culto. Es un objeto formado por dos puntas córneas reunidas en pareja sobre un grueso travesaño.

Igualmente, los cretenses reverenciaban a dioses secundarios, menos significativos, como protectores de diferentes sectores de la producción artesanal. Así se mostró cómo los puntos de vista religiosos de los alfareros cretenses estaban relacionados con las profesiones de los mismos: existían cultos a dioses particulares protectores del oficio del alfarero.

El mundo de ultratumba estaba relacionado para los cretenses con la idea de una existencia ultraterrena. A los difuntos se les proveían de armas y utensilios y se les levantaban construcciones fúnebres. En honor de los dioses se sacrificaban animales, toros y cabras; junto con el difunto se ponían figuras de toros. El ritual fúnebre se representa muy cuidadosamente, como, por ejemplo, en los sarcófagos de arcilla de Hagia-Tríada, que pertenecen al siglo XIV o al siglo XIII a. C. Se exponen en ellos escenas de marchas fúnebres, sacrificios y libaciones dedicados a los dioses, conducción del muerto a la tumba. Las ceremonias religiosas de los cretenses, a juzgar por las representaciones que se conservan, se distinguían por su gran diversidad. Se puede suponer que consistían en danzas, canciones, procesiones solemnes semejantes a la marcha de los que recogen el olivo en la escena que aparece en un jarrón de esteatita de Hagia-Tríada, holocaustos en los santuarios públicos y privados. A juzgar por las inscripciones de Cnosos, en algunas fiestas se sacrificaban decenas de animales. En las ceremonias religiosas de los cretenses, el papel dominante característico lo desempeñaba la mujer, que se ocupaba de las actividades del culto. La representación de los hombres raramente aparece en las escenas del culto, sólo en los más tardíos.

Cabe destacar que los cretenses no elevaron templos a sus dioses, en su lugar aprovechaban las cuevas como recintos sagrados, tan abundantes en el territorio montañoso de la isla. No olvidemos que, en el posterior culto de Zeus, el mito lo relacionaba con el monte Ida, en una de las cuevas en las que encontró refugio al escapar de su padre Cronos.

La cultura cretense y las representaciones religiosas ejercieron una gran influencia en la cultura de los que posteriormente habitaron Grecia. El recuerdo de la época del florecimiento de Creta encontró su reflejo en muchos mitos griegos, en la época homérica y en las tradiciones históricas. En la cultura de los griegos del I milenio a. C. se encuentra una serie de rasgos heredados de la rica civilización minoica. En la misma Creta, a lo largo del período romano, se veneraron las cavernas que habían servido para el culto local de los dioses minoicos. En la religión de los helenos se utilizaron objetos sagrados, que tenían significación en los cultos cretenses del período anterior, por ejemplo, el hacha y el cuerno sagrado.

Doble hacha (labris) cretense de bronce

La doble hacha o bipennis es un símbolo muy característico de la religión cretense. Es significativo que la palabra con la que se designaba la doble hacha sagrada, símbolo del poderío minoico, fuese labrys, de la que para muchos  deriva  la palabra «laberinto», relacionado con el mito del Minotauro y el famoso laberinto construido por Dédalo bajo el palacio de Minos en Cnosos.  En Labraunda, en Caria (Asia Menor), se adoraba en tiempos históricos a Zeus Labrandeo, el dios de la doble hacha. Es posible interpretar que la doble hacha fuera el instrumento destinado al sacrificio de los animales consagrados a la divinidad. No es casualidad que la doble hacha se mantuvo viva entre los hititas, así como en Mesopotamia como atributo de Teshub, dios hurrita de la tempestad. Como dato de interés, la doble hacha se mantuvo durante toda la Antigüedad como símbolo de Júpiter Doliqueno. (Más información sobre Júpiter Doliqueno).

 Plutarco (Moralia)  recuerda  un mito que explicaría el origen de esta hacha doble:

Hércules, después de haber matado a Hipólita, le quitó, con el resto de la armadura, un hacha que entregó como presente a Ónfale. Los reyes de Lidia, sucesores de Ónfale, la llevaron después como un ornamento sagrado hasta Candaules, quien poco preocupado por esta señal de dignidad, se la hizo llevar a uno de sus cortesanos. Cuando Giges se reveló contra este príncipe y le declaró la guerra, Arselis, rey de Milasa, fue con sus tropas en ayuda del rebelde, mató a Candaules y al magistrado que llevaba el hacha. Arselis la llevó a Caria, junto con otros muchos objetos, mandó erigir una estatua a Zeus, con esta hacha en la mano, y dio al dios el sobrenombre de Labrandeo. Labra, en lidio, significa hacha.

La doble hacha simbolizaba con seguridad el ciclo de la vida y de la muerte y las fases de la luna, pues el hacha sacrificial de doble hoja representaría el creciente y el menguante, y el círculo en el que se puede inscribir la doble hoja, la luna llena. Siempre se ha especulado que la doble hacha podría tener que ver con una asociación tardía al rayo.

En síntesis, la religión cretense era una religión naturalista, adoraban las montañas, las grutas, las piedras, los árboles, los pilares, las palomas y los toros. El contacto con la naturaleza era para el hombre minoico el contacto con lo divino y a menudo los rituales se realizaban en santuarios al aire libre, levantados en las montañas o en los bosques sagrados. La imagen externa de la religión cretense se completa con las existencias de numerosos démones y seres mixtos.

El dios-hijo, el Zeus cretense, identificado con la lluvia, moría anualmente en el otoño y renacía en primavera, símbolo del renacer de la naturaleza. Al volver a la vida se celebraban las fiestas agrarias. Es de notar la similitud con los cultos mesopotámicos de Dummuzi-Tammuz, con los de Siria (Adonis), con los de los hititas (Telepinu) y con el de Osiris entre los egipcios.  El Zeus niño era adorado en las cavernas sagradas. Los primitivos habitantes de Creta, como otros pueblos neolíticos, vivieron en cavernas. Cuando las abandonaron siguieron usándolas como cementerios y lugares de devoción.

El culto comprendía oraciones, sacrificios y diversas ceremonias y era presidido posiblemente por sacerdotisas. Se celebraba en altares levantados en las cumbres de las montañas, en grutas sagradas o en los patios de los palacios. Estos santuarios constaban de una mesa para las libaciones y sacrificios y estaban adornados con ídolos diversos. En todos los palacios cretenses se han encontrado rastros de elementos rituales, quizás el propio rey los oficiara como sacerdote, como intermediario entre los dioses y los fieles, siendo los sacrificios a los dioses el engranaje fundamental de la religión.

Para más información:

Mitos relacionados con la cultura cretense:

  1. Dédalo e Ícaro
  2. Laberinto de Minos
  3. El rapto de Europa

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Expediente Misterio Orfeo: el Cristo griego

Breve introducción:

Los orígenes de la religión órfica están todavía bastante confusos. Desde la mitad del siglo VI a.C., aproximadamente, podemos encontrar distintos puntos de contacto entre el mundo griego y comunidades religiosas, poseídas de unas peculiaridades teorías místicas que tienen como primer predicador a Orfeo, el legendario cantor tracio. La distinción decisiva que hay entre sus opiniones y las de la filosofía consiste en que las enseñanzas que se propagan en estos círculos no se dan como resultado de un trabajo intelectual de uno o varios investigadores, sino como revelaciones de Dios o más bien de su profeta Orfeo y que no se dirigen tanto a la razón cuanto al sentimiento religioso y a la fantasía. Estas religiones tenían que ser creídas, pues el orfismo era, en definitiva, una religión; más exactamente aún, una teoría.

La secta órfica no sólo encontró su centro principal en Atenas, también encontró un suelo favorable en la Magna Grecia y Sicilia, y por eso, no es casual el que la mención más antigua del famoso “Orfeo” se encuentre en el rapsoda Íbico de Regio. Noticias sorprendentes nos han ofrecido aquellas extrañas láminas de oro que fueron encontradas en las proximidades de la antigua Turios, y más al Sur todavía, en Petelia, en tumbas de los siglos IV y III a.C; según el texto de los hexámetros que hay grabados sobre ellas, se deduce que eran entregadas a los muertos “para indicarles el camino y para que fueran reconocidos por las divinidades de la muerte”. Pero también en Eleuterna, en Creta, se ha encontrado una inscripción semejante del siglo II a.C. Y aunque desde el siglo IV los cultos órficos fueron degenerando en conspiraciones, han durado, sin embargo, hasta el final de la Antigüedad y todavía han ejercido un influjo importante en los neopitagóricos y neoplatónicos e incluso también en las antiguas representaciones cristianas del más allá y en las del destino del alma humana después de la muerte.

Os invito a ver el vídeo sobre la analogía entre la religión cristiana y la órfica. 

Reflexión personal

El hombre siempre ha estado bajo una nube de interrogantes, de dudas, de crisis, que gira en torno a un sistema de mitos y creencias cuya principal función es canalizar la fe, la esperanza y la alegría. Sin embargo, siempre queda en la mente una nube llamada “misterio de la vida” que se queda depositada como semilla y que va ligada a nuestras vidas como una sombra inherente. Quiero destacar que el propósito de cada uno de nosotros  es  indagar en nuestro ser más íntimo y  personal, no dejar como evidencias claras y rotundas que las religiones sean nuestra única respuesta a nuestros pensamientos y direccionen nuestras vidas con leyendas imprecisas, con profetas transfigurados en cada civilización y con mitos remedados que retornan en cada cultura. De esta manera, mi enfoque ha sido siempre el de intentar comprender el posicionamiento del hombre en el universo, su relación directa con la divinidad, el contacto con nuestro Yo superior y la apertura hacia unas dimensiones que van más allá de lo tangible. Éstas y otras cuestiones van más allá de los dogmas, credos y leyes, pudiendo encontrar las respuestas (si algún día dejamos de leer la cartilla del parvulario llamada sistema de religiones) en nuestro interior, concretamente, en esa llama divina, eterna, enérgica que nos envuelve a todos. Me quedo, para cerrar líneas, con lo que escribió el poeta inglés William Blake: «ver un mundo en un grano de arena, un cielo estrellado en una flor silvestre, tener el infinito en la palma de su mano y la eternidad en una hora». He ahí la gloria: sumergirse en aquella Energía bienhechora que nos llena de sentido y alegría.

En definitiva, las religiones, sean cual sean sus orígenes, son cosas de grupos y sociedades donde el hombre queda totalmente estructurado. La religión que hay que profesar es la de la aspiración hacia el reino de la libertad, donde se colocará de nuevo al individuo en la fuente original de la vida. El único viaje espiritual es individual y no puede estar organizado ni estructurado y no sólo hay un camino, aunque todos tenemos el mismo destino. Como dijo Buddha: Al igual que la vela no puede arder sin fuego, el hombre no puede vivir sin vida espiritual.

Enlaces de interés sobre la misma temática:

  1. Orígenes de la religión órfica
  2. Orfeo, más allá del mito

 

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¿Camino o Meta?

Para reflexionar…

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Iniciación y Misticismo en Samotracia

Victoria de Samotracia

Los cultos mistéricos antiguos reunían una serie de características comunes. La iniciación en éstos era principalmente una decisión personal que quedaba sometida al cumplimiento de unos requisitos de admisión. Ésta se solía dividir en distintas etapas que diferenciaban a los iniciados en grados, cuyas ceremonias de iniciación eran llevadas a cabo en determinados edificios de un santuario. En ellos,  se celebraba un ritual caracterizado por la experiencia de lo sagrado, el secretismo y, en general, la nocturnidad.

Los cultos van ligados a la comprensión de un “secreto divino” que los diferenciaba del resto de personas. He aquí donde reside la clave de lo mistérico, lo esotérico y lo místico.

Los misterios eran rituales de iniciación de carácter voluntario, personal y secreto,  que aspiraban a un cambio de mentalidad mediante la experiencia de lo sagrado. No existía un credo como forma fija.

El propósito de su iniciación en el culto pudo ser el sufrir una mortificación para poder “renacer” lo cual se adecuaría al tipo de rito iniciático de muerte y renacer. Así, los iniciados lograrían la transformación que proporcionaban los ritos de pasos tribales. De ser así, el momento de la epifanía y de la concesión de la gracia divina de ser salvado por los Grandes Dioses se convertiría en el episodio principal de la nueva vida del sujeto salvado. Éste le habría permitido experimentar en primera persona lo sagrado y habría marcado un antes y un después en su vida, que ahora se desarrollaría bajo el amparo de los dioses mistéricos de Samotracia.

Orientaciones místicas

En la isla de Samotracia, sede de los Misterios de los Cabirios, adoradores de Hefestos, el dios herrero, y de las deidades relacionadas con la fertilidad, cuyos cultos se mezclaban con el de Dionisos, perseguían la comunicación con los dioses luminosos del cielo y con los del inframundo a través del trance extático que llegaba en la culminación de las prácticas de exaltación y desenfreno sexual. También los Misterios de los Cabirios han sido identificados por las fuentes literarias antiguas y modernas con muchas otras divinidades, entre las que figuran una Gran Diosa, los Curetes, los Coribantes, los Dáctilos, los Dióscuros, los Pataikoi fenicios, los hijos de Ptaḥ egipcios, los Penates o los Lares romanos. Cabe subrayar que hay dos himnos homéricos que están dedicados a los Curetes: en uno son «los compañeros de la Madre que ama los montes», y en el otro los soberanos de Samotracia, identificados con los Dioscuros y Coribantes.

En la mitología griega, los Curetes custodiaron a Zeus cuando era un recién nacido en la cueva de Dicte y se encargaron de hacer ruido golpeando sus armas y bailando para que Crono no oyese al niño, al que quería devorar.

Los Cabiros o Cabirios (en griego antiguo Κάβειροι Kabeiroi) eran un grupo de enigmáticas deidades ctónicas. La mayoría de las veces se les representan como dos personas: un hombre viejo, Axiocerso, y su hijo, Cadmilo.  Sin embargo, debido al secretismo de su culto, su exacta naturaleza y relación con otras antiguas figuras religiosas griegas y tracias permaneció en el misterio. Como resultado, la afiliación y papel de los Cabiros cambió significativamente con el tiempo, incluyéndose entre las variantes comunes una pareja femenina (Axíero y Axiocersa) y dos jóvenes gemelos que a menudo eran confundidos con Cástor y Pólux, quienes también eran adorados como protectores de los marineros. El número de Cabiros también cambió,  algunas fuentes citaban cuatro (a menudo una pareja masculina y otra femenina) e incluso a veces más, como una tribu o raza completa de Cabiros.

Por otra parte, se tiende a vincular también los beneficios que otorgaban estos “desconocidos” Grandes Dioses con la protección en el mar. De hecho, muchos son los puntos que conectan los Misterios de Samotracia con el mar, más allá del famoso monumento de la Victoria y su evidente relación marítima al estar la Nike posicionada sobre la proa de un barco.

En síntesis, en el curso de estos cultos se invocaban a los antepasados en ceremonias protagonizadas por el fuego sagrado y veneraban a sus dioses ctónicos, simbolizados por las fraguas de Hefestos, el patrón de los metalúrgicos y con cuya tradición nació la alquimia. Si a todo esto añadimos el culto a Dionisos –el dios de la fertilidad, la embriaguez y la locura sagrada, con su cortejo de sátiros y bacantes danzando al son de la flauta agreste–, es evidente que nos hallamos en un ambiente religioso en el cual la magia sexual no podía estar ausente.

Bajo esta atmósfera, iluminado por las hogueras sacras y animado por la vibración febril de tambores y liras, el iniciado quedaba fascinado por la sacerdotisa que danzaba frenéticamente, con su cuerpo envuelto en serpientes.

En el santuario de los Grandes Dioses de la isla de Samotracia, los iniciados accedían a dichos cultos mediante unas ceremonias cuyos detalles permanecen ocultos.

El recorrido por el santuario se realizaría de la siguiente manera:

El Propileo de Ptolomeo II servía como entrada para los iniciados al culto de los Misterios de Samotracia. La estructura servía de puente para atravesar un profundo arroyo que separaba el mundo físico del espacio sagrado.

En el Edificio de las Bailarinas, cuyo nombre proviene de las bailarinas representadas en su elaborado friso, se realizaban sacrificios y libaciones en ofrenda a los dioses. Este era el mayor edificio de culto construido en el siglo IV a.C.

Finalmente, en el Hierón los iniciados finalizaban sus ritos tras doblar una esquina y acceder a este lugar equipado con largos bancos pegados a sus paredes y con un ábside curvo al fondo.

Otras partes del santuario de los Grandes Dioses de la isla de Samotracia son:

Anaktoron. Su propósito es un misterio pero que ha sido destruido y reconstruido en tres ocasiones y al que es posible que los iniciados no pudieran acceder.

Rotonda de Arsínoe II. Este gran Tholos, la mayor sala circular cubierta del mundo griego, fue construido en mármol en honor a una princesa de Egipto, hija de Ptolomeo I Sóter.

Sala de banquetes. Es la sala en la que los candidatos celebraban haber sido iniciados.

Neorion. En este edificio se exhibía un navío entero, probablemente capturado en batalla y ofrecido a los dioses por el vencedor.

Estoa. Se cree que los iniciados pernoctaban aquí durante sus visitas de más de un día. Sus nombres aparecen inscritos en las paredes del que fue el edificio más grande del santuario.

Teatro. Excavado en una ladera de la montaña, el teatro albergaba representaciones públicas y obras dramáticas religiosas en las que se escenificaban relatos de los dioses y los héroes de Samotracia.

Victoria Alada. Descubierta en 1863 y hoy en el Museo del Louvre, esta famosa estatua de Niké, la diosa de la victoria, estaba colocada sobre la escultura de un navío. Se esculpió en mármol y probablemente sirviera para conmemorar una victoria naval del siglo II a.C.

Victoria de Samotracia

La victoria de Samotracia va ligada a la iconografía del santuario de los Grandes Dioses de Samotracia, siendo uno de los principales santuarios panhelénicos. Principalmente, el santuario participa en los ritos de Samotracia donde se otorgaba la protección de la Gran Madre, reina de las montañas.

Según cuenta el mito, la diosa Niké, símbolo de la victoria en la mitología griega, siempre se ha representado como una mujer con alas. Pasó sus primeros años de vida entre los mortales, pero al conocer los vicios de la humanidad, así como la maldad, decidió regresar al Olimpo. Durante siglos, su figura presidía  enfrentamientos militares, así como competiciones deportivas, incluso en el reverso de las medallas olímpicas aparece su figura portando una corona de laurel, señal de éxito.

En el Partenón de Atenas, la diosa griega Atenea, realizada por Fidias, es en realidad  una magistral representación de Niké, simbolizando la victoria en las manos de Atenea, diosa de la guerra. En la misma Acrópolis también se encontraba un templo dedicado en exclusiva a la unión de las dos diosas, construido para conmemorar la victoria sobre los persas en la Batalla de Salamina, sobre el 480 a.C.

Orfeo

Orfeo asume un papel que le asignan numerosas fuentes, el de arquetípico transmisor de ritos, cuando inicia a los Argonautas en los misterios de Samotracia . La obra en la que hallamos narrada con mayor detalle la participación de Orfeo en el mítico viaje de los Argonautas es las Argonáuticas de Apolonio de Rodas. Y las funciones que asume en muchos de los episodios en que aparece no son solamente las propias de un cantor maravilloso que marca el ritmo de los remeros de la Argo, pues la música de Orfeo tiene un valor sedante, mágico, que permite a los marinos remar sin esfuerzo, sino que también desempeña diversas funciones religiosas, como erigir un altar a Apolo u ofrecer un trípode a Tritón. En cambio, no se le atribuye tareas de adivino, ya que este papel lo desempeñaban en la expedición Mopso e Idmón.

Por lo tanto, se parte de la idea que el poder de Orfeo no es sobrehumano, sino que se debe a que había sido iniciado en Samotracia.

Diodoro cita una noticia de Éforo según la cual Orfeo fue discípulo de los Dáctilos del Ida, en Samotracia, y aprendió de ellos las iniciaciones y los misterios que luego difundió por Grecia. No sólo Orfeo se presenta como un iniciado de Samotracia, sino que también lo relaciona con los misterios de Creta de los que tomaría elementos que luego dispondría en sus propias iniciaciones, con los misterios de Eleusis y con el aprendizaje de toda clase de sabiduría, incluida la magia, en un viaje de nuestro mítico cantor a Egipto.

En definitiva, las fuentes originales señalan que Orfeo había participado y conocía los ritos de Samotracia.

Alejandro Magno

El mundo griego fue escenario de una notable floración de religiones mistéricas, especialmente en época helenística. Muchas de ellas procedían de Oriente, pero hubo misterios de origen griego que, en un principio, habrían constituido la religión de una ciudad o santuario, para convertirse con el tiempo en una secta más o menos accesible. Existe una evidente afinidad entre la naturaleza de las religiones mistéricas y el carácter telúrico de la religión prehelénica, anterior a la llegada de gentes indoeuropeas a suelo griego, con su religión solar. Es de notar que los rasgos fundamentales de aquella religión indígena de lo próximo, de la Tierra Madre y de lo ultraterreno, perduran casi siempre con más fuerza que la religión nacional y lo hacen en forma de misterios, en los que el individuo encuentra un sistema de dogmas y esperanza y, en definitiva, un cauce a sus necesidades espirituales.

Los llamados “cultos mistéricos” de Samotracia o simplemente “Misterios de Samotracia”, continuaron con prosperidad en el siglo IV a.C., de los que al parecer Filipo II de Macedonia era especialmente devoto junto a su esposa Políxena, su nombre de soltera, en honor de la joven llamada así, hija de Príamo y sacrificada en la tumba de Aquiles. Cambió su nombre por el de Myrtale cuando se casó con Filipo, como parte de la iniciación a los Misterios de Samotracia, y más tarde lo volvió a cambiar por Olimpia, en memoria de la victoria que Filipo obtuvo en los Juegos Olímpicos y que sucedió el mismo día del nacimiento de su hijo Alejandro. Olimpia sostuvo que Alejandro no era hijo de Filipo, sino del propio Zeus-Amón, encarnado en una serpiente que se había deslizado hacia su lecho. También inculcó esta firme convicción a su hijo. Al quedar encinta de Alejandro, Olimpia soñó que el rayo de Zeus –zig zag evocador de la serpiente celeste o de luz– la abrasaba antes de extenderse y envolver la Tierra. Alejandro nació con el Sol en Leo y teniendo como ascendente a Aries, el signo de Amón. En síntesis, el nacimiento de Alejandro Magno está envuelto de misterio y cargado de simbolismo, pues el Cielo había participado en su nacimiento bajo el amparo de los dioses de Samotracia.

Fuentes Primarias:

Cultos mistéricos antiguos (Paradigmas)
Religion Griega Arcaica Y Clasica (LECTURAS DE HISTORIA)

Enlaces de Referencias:

  1. National Geographic
  2. XLSEMANAL
  3. Cabiros
  4. Samotracia

 

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La destrucción del mundo antiguo por el fanatismo religioso

Fuente Original: Silvia Colomé/ La Vanguardia

Las destrozadas estatuas de Palmira hablan de atrocidades. Sus mármoles ojos han visto con inmovilizado horror cómo hombres barbudos vestidos de negro se lanzaban contra ellas en nombre de una fe que no compartían. Y no hablamos de los recientes ataques de los yihadistas del ISIS, que también, sino de cristianos que los precedieron muchos siglos antes, cuando la nueva religión se imponía a golpes de fanatismo y de terror.

“Durante los siglos IV y V la Iglesia cristiana demolió, destrozó y fundió una cantidad de obras de arte simplemente asombrosa”, explica la historiadora y periodista cultural de The Times Cahterine Nixey, que acaba de publicar el libro La edad de la penumbra (Taurus) con el objetivo de aportar luz a uno de los episodios más oscuros de la historia: cómo el cristianismo triunfó aniquilando mucho más que la cultura clásica, imponiendo un nuevo modelo que premiaba la fe y condenaba el conocimiento.

“El cristianismo también contenía aspectos positivos en su ideología”, justifica la autora, “pero su triunfo armó con gran efecto la ignorancia y el fanatismo”, analiza. Algo que fue posible gracias a una “combinación de ley, retórica y violencia”. “A medida que transcurría el siglo IV, cualquiera que hiciera sacrificios a los antiguos dioses podría, según decía la ley, ser ejecutado”.

Con la ley a su favor, los pensadores cristianos atizaron la llama del terror. San Agustín, por ejemplo, exclamó: “¡Que toda superstición de paganos debe ser aniquilada es lo que Dios quiere, Dios ordena, Dios proclama!”. “Dijo que no era crueldad sino bondad vencer con varas a quienes tenían creencias incorrectas y al final la violencia fue terrible”, cuenta Nixey. “En la ciudad de Harran, las personas que no se convertieron fueron ejecutadas y sus extremidades, colgadas en la calle”, ejemplifica. “El pensamiento libre difícilmente puede sobrevivir en un mundo así”.

¡Qué toda superstición de paganos debe ser aniquilada es lo que Dios quiere, Dios ordena, Dios proclama!

Los intelectuales de la época quizás pecaron de condescendientes ignorando o menospreciando una religión que no valía la pena ni rebatir porque sus creencias no se basaban en experimentos u observaciones, pero que finalmente acabaría con la mismísima Academia de Atenas y sus filósofos. “Muchos pensadores veían como una estupidez la enseñanza cristiana y para ellos Jesús era un simple embaucador”, apunta Nixey.

Solo algunas voces como la de Celso en el 170 d.C. lanzó ataques contra esas creencias que consideraban irracionales, desde la supuesta virginidad de María a la doctrina de la resurrección. “Describió a los cristianos como estúpidos y al Antiguo Testamento como basura”, añade la historiadora. “¿Cómo puede ser inmortal un muerto?”, se preguntaba Celso sarcásticamente a la vez que también lanzaba fuego contra el mito de la creación. Cabe tener en cuenta que en aquella época ganaba peso entre las élites la teoría del atomismo de Demócrito que consideraba que el mundo había sido creado por la colisión y la combinación de átomos.

No fueron solo las piedras las que fueron atacadas, pronto todos tenían que ser cristianos o pagar un precio por ello.

Pero todo cambió por orden casi divina. Cuando el emperador Constantino, que proclamaba “un dios, un emperador”, legalizó el cristianismo abrió, quizás sin saberlo, la caja de Pandora. “No fueron solo las piedras las que fueron atacadas, pronto todos tenían que ser cristianos o pagar un precio por ello”. Los que han pasado a la historia con el epíteto de ‘paganos’ “fueron perseguidos de todas las maneras posibles: legal, financiera y físicamente”.

En cambio, los que empuñaban martillos y piedras “no fueron vistos como criminales”, al contrario “fueron elogiados y santificados”, aclara Nixey. “En la Galia, San Martín fue aplaudido por su habilidad para reducir templos antiguos a escombros”, explica.

El emperador Constantino.

El emperador Constantino

Los no cristianos “estaban horrorizados por estos matones barbudos y vestidos de negro que recorrían el campo destrozando con palos y barras de hierro”, cuenta Nixey. La desolación avanzaba a pasos gigantescos. “Sabemos exactamente lo que las personas cultas pensaban mientras veían tales actos de violencia porque nos han llegado sus palabras”, añade. Por ejemplo, un poeta escribió: “Somos hombres reducidos a cenizas. Porque todo se ha vuelto en nuestra contra”. Un filósofo inmortalizó desesperado: “Estamos siendo arrastrados por el torrente”.

Tal figura retórica no era para nada gratuita. En tan solo un siglo, los cristianos pasaron a ser del 10% al 90% de la población del imperio. Los números se invertieron gracias a “muchas personas que se convertieron felizmente al cristianismo”, pero también debido a la “violencia y a su hermana aún más eficiente, el miedo a la violencia”, argumenta Nixey.

Arte destrozado y personas silenciadas

La autora realiza un gran trabajo de recopilación de arte destrozando en La edad de la penumbra, detallando las grandes obras que perdió la humanidad a manos de la barbarie cristiana. No solo se derrumbaron las estatuas de la ciudad de Palmira, también cayeron las del Partenón de Atenas y se desfiguraron las imágenes del templo egipcio de Dendera, dedicado a la diosa Hathor.

El templo más hermoso del mundo, el Serapis de Alejandría, fue arrasado por orden del obispo Teófilo. Evidentemente, tampoco se salvó el Museion, el templo dedicado a las musas. La lista es interminable. “Este período presenció la mayor destrucción de arte que la historia humana haya visto jamás, desde Antioquía a España”, detalla la autora. Nixey también repasa las voces que fueron silenciadas, como la de la famosa matemática Hipatia de Alejandría, desollada viva “porque los cristianos creían que era una criatura satánica del infierno porque usaba símbolos matemáticos de apariencia demoníaca”.

Unas pocas décadas después, se lanzó una persecución contra los filósofos no cristianos de la ciudad. “Como era de esperar, la filosofía disminuyó precipitadamente”, ironiza a la vez que recuerda que una de las pérdidas más irreparables fue la destrucción “de todo lo que quedaba en la Gran Biblioteca de Alejandría”.

Hipatia de Alejandría
Hipatia de Alejandría 

El físico italiano Carlo Rovelli calificó que la pérdida de todas las obras del pensador griego Demócrito fue “la mayor tragedia intelectual derivada del colapso de la antigua civilización clásica”. El filósofo y matemático griego “dijo que no había necesidad de temer a los dioses porque el mundo está hecho de átomos, que todo lo que vemos y sentimos solo son átomos que se unen y se separan”, recuerda Nixey.

“En términos de cultura, nunca recuperaremos lo que se perdió”, resume la historiadora británica. Se estima que el 90% de toda la literatura clásica se desvaneció en los siglos posteriores a la cristianización. La famosa hoguera de las vanidades de Savonarola en el Renacimiento parece una broma insignificante al lado de la sabiduría que desapareció para siempre entre las llamas de los cristianos que pretendían enviar al infierno el conocimiento clásico.

Pero no todas las obras se redujeron a cenizas. Algunas se rasparon para aprovechar los caros pergaminos “con temas mas elevados”, ironiza Nixey. Así pues, Agustín escribió comentarios a los Salmos encima del único ejemplar que quedaba de Sobre la república de Cicerón. Otro ejemplo: una obra biográfica de Séneca desapareció para copiar un Antiguo Testamento.

“¿Qué pasaría si aún tuviéramos a Demócrito, a todos los Arquímides, a todos los Cicerón?”, se pregunta Nixey. “Para mí la mayor pérdida es algo más intangible: la forma en que hablamos y nos vemos a nosotros mismos”, valora. “Desde el cristianismo, el mundo se ha roto en líneas religiosas”.

Así pues, los vientos oprimidos del cristianismo golpearon sin piedad los fundamentos de la civilización conocida hasta entonces, cuya debilidad “era la pluralidad”, según la autora. El mundo clásico fue tambaleándose hasta desmenuzarse en el suelo hecho añicos. De sus restos, el Cristianismo construyó su nuevo mundo, levantando iglesias de los mármoles de los templos caídos. “La historia la escriben los vencedores, y la victoria cristiana fue absoluta”, concluye Nixey.

Para ampliar más información sobre la misma temática os remito a:

 

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