Rasgos Comunes entre las principales mitologías antiguas

Escultura, Griego, Estatua, Figura, Arte, Pilar, Cielo
Zeus y Hera

Los mitos son parte fundamental de nuestra herencia más ancestral. Forman parte de nuestro conglomerado cultural, tanto del pasado como del presente. La fuerza del mito se hace palpable en nuestras costumbres, creencias y religiones. Solamente hay que alzar la mirada a cualquier lugar del mundo para entender que la mitología sigue siendo un elemento esencial de la vida para comprender nuestros orígenes. Los mitos universales se centran en la divinidad y su naturaleza abarcando las cuestiones principales como la existencia del ser, el destino, la muerte y el mundo que rigen los dioses. Muchas culturas antagónicas muestran símbolos y relatos con una similitud asombrosa. En el siguiente artículo esbozaremos aquellas tradiciones mitológicas que conecten entre ellas y que tienen un fuerte influjo en nuestro presente.

Armillarkugel, Constelación

La palabra mito nace en la antigua Grecia y cabe subrayar que no ha habido ninguna lengua moderna que haya podido suplirla. Podemos entender el término como fábula, conectando con un vocablo latino utilizado para traducir el griego mythos. Por otra parte, que el mito sea una ficción alegórica es el resultado de una visión de un relato o una imagen que representa otra cosa distinta. De todas formas, hay que destacar el amplio uso del término a través de las épocas y de los diferentes autores en los que podemos destacar sus interesantes connotaciones como fabuloso, fascinante, extraordinario; pero, a su vez, puede surgir como algo inventado, quimérico, fantástico. En definitiva, el término oscila entre dos mundos, entre lo real y lo irreal. Muchos autores han intentado definir el término y darle un sentido más adecuado, según sus criterios. De todas formas, hay un consenso general a la hora de explicar el término cuando nos referimos siempre a una narración que explica un más allá, un tiempo lejano donde se dan seres, dioses o héroes que se han inmortalizado en nuestra sociedad.  Por otra parte, los relatos míticos tienen una carga simbólica más fuerte que van más allá de los cinco sentidos.

Mi objetivo es acercar a los lectores a los mitos antiguos desde un enfoque universal, tal como están constituidas en su propia tradición y a la conexión intrínseca que se dan entre varias culturas que, aunque aparentemente sean polos opuestos, su principio activo tiene el mismo componente trascendental y espiritual. Un ejemplo categórico se observa en Troya: en el siglo XIX fueron descubierta las ruinas de una gran ciudad situada en Asia Menor, donde se suponía que antaño hubo una cruenta guerra. El hilo conductor de la guerra de Troya nos lleva a evocar personajes míticos como Odiseo, Áyax, Paris, Aquiles, Héctor, Príamo, Helena, entre otros. En las dos epopeyas homérica (La Ilíada y La Odisea) se detallan un conflicto bélico-histórico, mezclado con un mundo lleno de dioses y de fuerzas naturales, para explicarnos la posición del hombre en el mundo y la conexión que tiene con las fuerzas sutiles del universo. Pero, precisamente, otro ejemplo ilustrativo y con un gran paralelismo con el mundo homérico, especialmente con la Iliada, se halla en la épica india, el Ramayana, la expedición de Rama a Sri Lanka con el objetivo de recuperar a su esposa Sita, que había sido raptada como Helena de Troya. Ambas fuentes literarias tuvieron que remontarse a un legado indoeuropeo compartido para después adaptarse a las diferentes idiosincrasias culturales y trazas históricas que implicaban la expansión colonial de Grecia y la India. En suma, se observa de qué manera el mito ha ido componiéndose y ha sido transmitido de generación en generación hasta llegar a la impresión, adaptándose así a las distintas vertientes culturales, como un legado sacro ligado a un acontecimiento histórico. De esta manera, la mitología surge como un compendio de mitos que, gracias a los poemas épicos posteriormente escritos, aglutinan el mundo de los dioses, la cuestión de la naturaleza de la existencia y la relación del hombre con el universo.

Igualmente, el mito se fundamenta en una narración que contiene elementos simbólicos (el agua, el fuego, la tierra, el aire) y que es conocida y aceptada por un pueblo ya que se remonta a un tiempo remoto, a unas tradiciones ancestrales y que es transmitida de generación en generación. Nada que ver con los relatos inventados o de ficciones que van disolviéndose por el paso del tiempo. El mito se asienta en la memoria perenne de una cultura y tiene una marca identitaria específica, común, que explican los aspectos más trascendentales de la vida mediante la narración, por ejemplo, de cómo surgieron los fenómenos de la naturaleza y en la que el hombre es el principal artífice de su evolución espiritual.

Tanto la mitología oriental como la occidental se sustentan en una visión cosmológica, porque destacan y describen los acontecimientos más importantes, como la creación de la humanidad y el origen del universo. Este tipo de mitos tienen un carácter esotérico, profundo, cargado de simbologías que tienen un nivel de espiritualidad al alcance de muy pocos. Podemos señalar como referente los misterios mayores de Eleusis, cuna del misticismo griego; sin embargo, también nos encontramos con muchas tradiciones mitológicas que poseen relatos de acontecimientos importantes, pero de carácter más mundano y exotérico.

Igualmente, en muchas tradiciones, se observa un mito que relata el deterioro progresivo entre el tiempo primordial y el de nuestra época. Tanto en el Próximo Oriente como en la antigua Grecia, encontramos el mito de las Edades, cada una de ellas señaladas con nombre de metales para referir esta decadencia. Este solapamiento entre culturas nos hace entender que el mito se asienta como un vehículo serio y veraz, con un aurea de solemnidad y que está acoplado a un sentido religioso de cada cultura. A su vez, podríamos expresar que tiene un carácter universal. En Egipto, por ejemplo, también se da el desentendimiento entre el hombre y los dioses, una ruptura con las divinidades celestes lleva al deterioro y posterior extinción de la humanidad para que se vuelva a generar una nueva edad de hombres y mujeres con fines más trascendentales.

Los aztecas creían que el universo había sido concebido durante una lucha entre los poderes de la luz y la oscuridad. Según el mito, al principio estaba Ometeatl y Omecihuatl, los principios masculino y femenino de la dualidad. Su descendencia cósmica fueron los cuatro Tezcatlipocas: Tezcatlipoca rojo, o Xipe Totec, relacionado con el Este; Tezcatlipocas azul o Huitzilopochtli, con el Sur; Tezcatlipocas blanco o Quetzalcoatl, con el Oeste; y Tezcatlipocas negro, con el Norte. Un periodo de constantes guerras y de hostilidades cósmicas entre estos dioses hermanos condujo a la creación y destrucción de los mundos sucesivos.

En la tradición védica, en la India, observamos que se dan cuatro edades. Cada Edad o Yuga está precedida de una aurora o crepúsculo matutino y seguida de un ocaso o crepúsculo vespertino. Por lo tanto, nos encontramos con cuatro edades: Krita-yuga, Treta-yuga, Pvapara-yuga y Kali-yuga. En la edad llamada Kali Yuga, o la edad de hierro, es cuando se da el deterioro y decadencia del hombre. La doctrina de las Edades del mundo se integra también con los cuatro soles de la cultura azteca: Sol de Agua, de Aire, de Fuego y de Tierra. No obstante, la literatura védica tiene una dimensión metafísica que le hace ser única y especial y que dio lugar después a la religión hindú. También, en la tradición védica se presenta la destrucción cósmica: Brahma es el creador; Vishnu el conservador, mientras que Shiva representa la fuerza destructora.

 En todas las mitologías se da un patrón común: la visión teológica y los mitos vinculados reflejan la disposición de un orden cósmico coherente, representado por fuerzas sutiles, por múltiples deidades, cada una de las cuales desempeña un papel fundamental en la consecución del equilibrio y armonía celeste y terrenal. La creación y el mantenimiento de dicho orden y su protección contra las fuerzas del caos son un asunto fundamental en las diferentes mitologías, donde se desprenden dos elementos comunes: la existencia divina de alma inmortal y de la deidad suprema.

Continuando con el hilo del orden cósmico, podemos remontarnos a la obra teológica de la antigua tradición sumeria con Enmesh y Enten, Lahar y Ashan que tiene un paralelismo con la Teogonía de Hesíodo. Del mismo modo, en la mitología babilónica, encontramos relatos cosmogónicos relacionado con la Creación. En la mitología persa, una rama de la familia de los pueblos arios, está presente el “Bundahishm”, una compilación de textos cosmológicos y cronologías formadas a comienzos del siglo X d.C. a partir de fuentes más antiguas. En estas fuentes se detallan la creación del bien, la irrupción del mal, la lucha entre las dos fuerzas en la batalla final llegando finalmente la renovación de la humanidad.

Por lo tanto, el orden es un tema omnipresente en la mitología de las diferentes civilizaciones antiguas y tiene un papel primordial e influyente en todas las culturas. En la mitología nórdica los dioses luchan constantemente por mantener o restaurar el orden frente a las fuerzas imprevisibles y perversas de la oscuridad, por lo general en forma de gigantes. La ley y el orden recaen sobre la fuerza de Thor y su martillo y las preocupaciones dominantes del dios nórdico eran la justicia, la ley y el orden.

Júpiter, Romano, Religión, Dioses, Zeus

La mitología mesoamericana destaca también en su origen divino a partir de deidades astrales, incidiendo sobre lo que debió ser un componente mixto. También realzan el interés por un establecimiento del orden natural entre los dioses y el hombre.

El viaje por el inframundo es otro ejemplo de relato mítico que se expone en las diferentes mitologías. Es un hilo conductor que hilvana prácticamente a las principales mitologías. Podemos señalar el Descenso de Inanna al Inframundo, diosa sumeria que nace del sincretismo entre una deidad sumeria local relacionada con Uruk y la deidad semítico occidental de la Estrella de Venus, Ishtar, introducida por la dinastía acadia, regente a mediado del segundo milenio a.C. En Egipto, el dios Re tenía que viajar al inframundo en las horas oscuras de la noche. Desde su muerte hasta la puesta del sol, es decir, hasta su renacimiento, está presente en las paredes de la cámara sepulcral del faraón Tutmosis III ( 1450 a.C.) donde el dios viaja en una barca en compañía de otras deidades. Cabe destacar tres grandes composiciones que actuaban para realizar el viaje al inframundo con total garantías: el Libro de Am-Duat, el Libro de las puertas y el Libro de las cavernas.  Otra famosa composición egipcia es el Libro de los muertos, para ayudar a los difuntos en su viaje al otro mundo. Anubis, con cabeza de chacal, era un dios de los muertos y especialmente de los embalsamados. También desempeñaba este servicio con el dios de los muertos, Osiris. Su nombre egipcio era Inpu, también conocido como Wepwawet (“El que abre los caminos”), porque era el que conducía las almas de los difuntos hacia el oeste. Su trasunto griego era Hermes psychopompe. Hermes conoce los caminos de la muerte y en los que se inicia el difunto que se aventura en el umbral del inframundo.

Y Hermes llamaba a las almas de los pretendientes, el Cilenio, y tenía entre sus manos el hermoso caduceo de oro con el que hechiza los ojos de los hombres que quiere y de nuevo los despierta cuando duermen. Con éste los puso en movimiento y los conducía, y ellas le seguían estridiendo. Como cuando los murciélagos en lo más profundo de una cueva infinita revolotean estridentes cuando se desprende uno de la cadena y cae de la roca, pues se adhieren unos a otros, así iban ellas estridiendo todas juntas y las conducía Hermes, el Benéfico, por los sombríos senderos. Traspusieron las corrientes de Océano y la Roca Leúcade y atravesaron las puertas de Helios y el pueblo de los Sueños, y pronto llegaron a un prado de asfódelo donde habitan las almas, imágenes de los difuntos (Odisea, XXIV)

Mitos y leyendas: Orfeo y Eurídice
Orfeo y Eurídice

En Grecia, los viajes al inframundo eran un paso obligatorio para alcanzar la sabiduría. Héroes como Odiseo, Heracles, o el propio Orfeo, realizaron la travesía más difícil y ardua hacía el más allá, con el fin de un nuevo despertar espiritual. Estas creencias estaban muy extendidas en el mundo antiguo y era el foco central en el culto del santuario de Eleusis, consagrado a la diosa Deméter y su hija Perséfone, relacionadas con la vida de la ultratumba y la agricultura.

En la Eneida (S. I a.C.) de Virgilio, se narra la huida de Eneas de Troya y su periplo por el Mediterráneo hasta Italia y su lucha con Turno para poder pedir en matrimonio a la princesa del reino italiano del Lacio. También en el mismo relato el protagonista principal, Eneas, visita el inframundo, donde se le muestra la ciudad que más tarde fundaría, la célebre y afamada Roma y las almas de célebres romanos del futuro que, sin embargo, todavía tenían que nacer.

En el análisis entre mitologías, hay otros rasgos comunes que no podemos pasar desapercibido como son los mitos sobre diluvios. Destacamos la historia del diluvio en la mitología babilónica, el diluvio universal de la mitología bíblica, el diluvio en la mitología griega con Deucalión y Pirra como protagonistas principales, también podemos encontrarlos en la mitología de los cañari de Ecuador, en los mitos andinos e incas existe un mito que narra cómo su dios celestial y supremo, Viracocha, los castigó enviando un gran diluvio que destruyó el mundo. En este tipo de mito universal, siempre se dan unas características que se repiten: el hombre ignora a los dioses, el dios supremo castiga a la humanidad enviando un gran diluvio provocando la desaparición del mundo, todos perecen menos un hombre y una mujer y los dioses crean a otra generación con unas costumbres y una forma de vida más adecuada y propias en pro de la evolución de la humanidad y así, honrar a su Creador mediante santuarios, ritos y plegarias.

Indudablemente, y para cerrar el tema que abordamos, las mitologías de los pueblos antiguos nos conducen a mitos que hablan de la crueldad, del amor, la muerte, el destino y la búsqueda eterna de quién somos. Cada mito, cada personaje, acaba por fascinarnos por identificarnos con su mundo interior y, gracias a esta conexión interior, a esta fuerza que nos atrapa a todos, nos proporciona una visión mucho más amplia y profunda de nuestro verdadero ser. Este es el verdadero fundamento que se vincula con nuestra verdadera naturaleza y con la raíz de lo que somos realmente. La mitología universal, al fin y al cabo, es nuestro legado que une a pueblos, razas y culturas, por muy diferentes que seamos a primera vista.

REFERENCIAS

Burckhardt, J. 2009. “Historia de la Cultura Griega”. Vol. I. Editorial RBA.

Cotterel, A. (Compilador General). 2004. “Enciclopedia de Mitología Universal”. Ed. P.

Grimal, P.  1989. “Diccionario de Mitología Griega y Romana”. Ed. Paidó.s

García Gual, C. 2013. “Introducción a la mitología griega”. Alianza Editorial.

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Edipo: el héroe trágico en tiempos de pandemia

He tenido el honor de disfrutar de la versión onírica del mito griego que gira en torno a Edipo, de la mano de Paco Bezerra y Luís Luque, dos de los profesionales del teatro más reputados del panorama español. La representación fue en el histórico santuario sagrado levantado por la Antigua Roma en la colonia Augusta Emerita, actual Mérida (España).

A pesar de ser una versión onírica ajustada a los tiempos de ahora, la fuerte carga filosófica y el mensaje principal de Sófocles estuvieron siempre presente en el escenario. La condición del héroe siempre ha de acompañarse de sacrificio, todo lo contrario, a los tiempos modernos donde el modelo a seguir es alcanzar la fama sin mérito y sin sacrificios. En un mundo de valores invertidos, en una sociedad vacía de ética y de educación que se dirige hacia el abismo, me pareció la obra un faro de luz radiante en medio de esta oscuridad que nos ciega por completo. La obra atiza con fuerza en la idea de que la verdad siempre ha de estar por encima del engaño y la mentira, aunque esa verdad acabe siendo nuestra perdición. ¿Quién es Edipo hoy día? ¿Quién es el valiente capaz de descubrir su verdadera naturaleza en medio del caos y de tanta decadencia?

Queremos el éxito rápido, deseamos dinero con rapidez, anhelamos la fama a cualquier costo, pero nadie se pregunta quiénes somos, para qué estamos aquí, por qué estamos atravesando un momento histórico de bajeza y de sufrimiento, de muerte y de carencia de identidad. Edipo somos todos y algún día tendremos que despertar del terrible sueño que estamos viviendo, pero para ello tenemos que taparnos los ojos físicos y empezar a aprender a contemplar el mundo desde una óptica más elevada y trascendental. La obra se encamina perfectamente a este ideario y nos impulsa a reflexionar sobre que a veces, en la vida, toca cambiar de rumbo, por muy doloroso que sean nuestras pérdidas. La verdadera naturaleza es maestra de la verdad y nosotros debemos seguir la senda que está grabada en el cosmos, esa fuerza que escapa fuera de nuestro control y de nuestro entendimiento, que es incomprensible en nuestro sistema actual, de ahí que estemos atravesando por un periodo de frustración, de pérdidas de seres queridos y de levantarnos cada día con la incertidumbre en nuestras mentes. Edipo destapó la verdad para reestablecer un orden microcósmico (su mundo), fiel reflejo del macrocosmos (el universo).

En líneas generales la obra estuvo cimentada en estos pilares trascendentales que conectan el mundo antiguo griego y el mundo moderno. La fuerza del destino, la travesía de la muerte, la verdad y la ética se conjugaron sobre el majestuoso teatro de Mérida, desde Sófocles hasta la eternidad, el papel del héroe va ligado a la tragedia, al sacrificio, al esfuerzo de superar barreras físicas-mentales para lograr el verdadero despertar y Alejo Sauras interpreta magníficamente a ese héroe , Edipo,  que con su monólogo final,  puso al auditorio en pie.

Marco Tulio Cicerón subrayó: La naturaleza ha puesto en nuestras mentes un insaciable deseo de ver la verdad.

Tuve el honor de ver la obra en la orchestra, un espacio semicircular destinado al coro y pavimentado con losas rectangulares de mármoles blancos.​ A esta zona se accede por los parodoi (imagen 1), galerías situadas en los laterales y que se abren bajo las gradas. Al salir por los parodoi,  sentí que la inmortalidad reinaba en ese entorno tan mágico y con una fuerza descomunal proyectada por todo el teatro. Me emocioné muchísimo cuando alcé la mirada hacia las cáveas (gradas) rebosante de gente esperando expectante que empezara la obra. En ese momento me sentí pequeño e insignificante.

Imagen 1
La Orchestra, al fondo, un espacio semicircular. Ahí presencié a “Edipo en llamas”.

Para cerrar mi experiencia, tengo que destacar que el mito aún sigue con fuerza y frescura como otrora y observar este fenómeno en primera línea me hizo vibrar mi interior con alegría y fuerza. Me orgullece ver que el mito tiene vigencia, que el mito prevalece aún activo y cobra gran relevancia a pesar de movernos en un mundo caótico e imprevisible.

Augusta Emerita

Mi visita concluyó por Augusta Emérita, descubriendo sus rincones históricos más representativos. La ciudad es una “pequeña Roma” donde podemos contemplar los siguientes edificios:

  1. El circo

El circo en el mundo romano era un edificio lleno de símbolos. El poder del emperador y el cosmos eran una misma cosa y ambos tenían su representación en los elementos de dicho edificio. Podría decirse que el circo es un universo en miniatura: por un lado, la arena simboliza la tierra y su forma un año completo; por otro lado, los aurigas deben correr siete veces el circuito. El circo romano estaba consagrado al Sol, circus Soli principaliter consecratur y era un edificio cargado de simbología solar. (Tertuliano De spectaculis , 8-9).

Como dato de interés, tenemos que recordar al mejor deportista y mejor pagado de todos los tiempos: el auriga Cayo Apuleyo Diocles que nació en Lamecum, provincia romana de Lusitania (hoy Lamego, Portugal) en el año 104 de nuestra era. Su trayectoria fue heroica y recordada eternamente.

2. El anfiteatro romano.

Para los espectáculos de luchas de gladiadores y de fieras. La construcción del anfiteatro se planificó junto con la del teatro.

3. El acueducto de los Milagros

Para transportar el agua del embalse de Proserpina. El acueducto recorre un hermoso parque público. La cañería serpenteaba por toda la ciudad romana abasteciéndola de agua.

4. El Templo de Diana

Se construyó en el foro municipal (con características clásicas), pero realmente estaba dedicado al culto imperial. Los hallazgos arqueológicos fueron varias imágenes de gran interés que han permitido aclarar el verdadero sentido de su culto. Esculturas de un emperador de la dinastía Julio-Claudia (probablemente Tiberio o Claudio), o la del “Genius Augusti”, símbolo de la divinización del emperador, por destacar algunos hallazgos representativos. Lo más importante es saber que se le daba una representación de carácter divino a los emperadores, como también al senado romano. Todos los restos arqueológicos, así como los hallazgos más importantes están en el Museo Nacional de Arte Romano, en Mérida, visita obligada para deleitarse de su riqueza. En el museo podemos disfrutar de sus pinturas y mosaicos, inscripciones (cabe destacar las funerarias), utensilios, numismática, esculturas, arquitectura.

El concepto de Imperium viene muy bien desarrollado en el pequeño ensayo titulado: Imperium, Eurasia, Hispanidad y Tradición

Uno de los autores sobre dicho ensayo, Eduard Alcántara subraya:

Para la Tradición la noción de Imperium representa la aspiración de trasladar el Orden cósmico (el Ordo del que se hablaba en el Medievo o el Ritá védico) a las construcciones político-sociales pergeñadas por el hombre. Se trata de hacer del microcosmos un reflejo del macrocosmos. Hablamos de la pretensión de consumar lo que reza el adagio hermético-alquímico cuando expresa que “lo que es arriba es abajo”. La armonía que rige en los dominios celestiales y que tiene su correlato en la música de las esferas de la que ya hablaba (Pitágoras) debe regir también en los dominios terrenales. Las fuerzas sutiles (numina) constituyen el nervio del entramado cósmico y al igual que se compenetran de tal modo que armonizan las dinámicas del macrocosmos el hombre debe, mediante el rito sagrado, activarlas para que con su operatividad posibiliten que la armonía que rige en lo Alto rija también aquí abajo en la forma del Imperium o del Regnum, ambos, pues, de carácter sagrado.

En cuanto a la figura del emperador, el autor destaca que alrededor de la figura del Emperador como eje vertebrador, pues éste está revestido de esa aura sacra que desprende un prestigio, una dignidad superior y una majestas que no requieren, por su naturaleza, de ninguna fuerza coercitiva para mantener la cohesión de los diversos cuerpos sociales, administrativos y territoriales que forman parte de ese Imperium. El emperador, en la Tradición, asume el papel de Pontifex, o hacedor de puentes, entre el mundo Metafísico y el mundo físico. Es clave, pues, en la sacralización de las sociedades de las que es rector y guía. Actúa como catalizador y ejemplo para aquellos que por voluntad y potencial espiritual se aventuran a transitar por el riguroso, metódico y arduo camino de la metanoia, de la transustanciación o remotio interior, de la realización espiritual. Asimismo, a los carentes de dicha voluntad y potencial les hace posible la aproximación, por participación en su proyecto, a las Verdades Trascendentes.

He leído el libro y os recomiendo su lectura para entender el mundo sacro que giraba en torno al mundo romano. El enlace al libro se encuentra en: Amazon

Para ampliar más información sobre Eduard Alcántara, os enlazo su entrevista: autor

Vista del puente romano (800 metros de longitud)

Os recomiendo la visita a Augusta Emerita, sin duda, porque es el lugar adecuado para gritar: “Agricolae magna laetitia aquam vident” (Los agricultores ven el agua con mucha alegría).

Este post está dedicado a nuestro Hermes (guía) pues sin su compañía, el viaje no tendría valor alguno.

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Plotino

«Me esfuerzo por devolver lo divino que hay en mí a lo divino que hay en el Todo»

Según el folósofo Plotino (205-270), todo lo existente piensa a su manera, ofreciendo una perspectiva única del Uno: las plantas expresarían el pensamiento vegetal; los animales, el pensamiento animal, y así sucesivamente.

El filósofo helenista del siglo III Plotino defendía la tesis de que todo es Uno y desarrolló un estilo de vida y una práctica coherentes con su filosofía. Según su discípulo Porfirio, Plotino no celebraba sus propios cumpleaños, sino los de Platón y Aristóteles. De hecho, Plotino se dedicó a la filosofía hasta su último aliento, pues se dice que éstas que comentamos fueron sus últimas palabras.

¿Qué quiso decir? «Lo divino» no alude a la figura omnipotente de Dios, sino a la Inteligencia, que no consiste sólo en ideas abstractas. Según él, todo lo existente piensa a su manera, ofreciendo una perspectiva única del Uno: las plantas expresarían el pensamiento vegetal; los animales, el pensamiento animal, y así sucesivamente. Por tanto, «devolver lo divino que hay en mí a lo divino que hay en el todo» es restaurar la unidad del Uno, reunirse con todo después de la muerte: pervivir pensando en (y con) todo.

Fuente: IDEAL (Granada), 5 agosto, 2021.

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El simbolismo serpentino en la mitología griega

Tifón (mitología) - Wikipedia, la enciclopedia libre
El mito de Tifón (Imagen: Wikipedia)

En mitología y religión, y en particular en la griega, el término ctónico (del griego antiguo χθόνιος khthónios, “perteneciente a la tierra”, “de tierra”) designa o hace referencia a los dioses o espíritus del inframundo, por oposición a las deidades celestes, especialmente Hades y Perséfone. Todas estas divinidades estaban ligadas simultáneamente a las nociones de la vida y la muerte en la medida en que los vegetales, fuente y símbolo de la vida, hunden sus raíces y extraen su alimento de las profundidades de la tierra. El animal ctónico por excelencia era la serpiente, y como tal figuraba en el caduceo de Asclepio, dios de la Medicina. En la mitología griega Asclepio o Asclepios (en griego Ἀσκληπιός), Esculapio para los romanos, fue el dios de la Medicina y la curación, venerado en Grecia en varios santuarios. Asclepio se convirtió en el centro del culto popular. Se construyeron templos en su honor en todas las poblaciones de Grecia. Acudían multitudes que pasaban la noche en habitaciones especiales donde dormir. Allí esperaban que el dios los curara directamente por medio de una aparición en sueños o que sus sueños les indicaran una cura o signos que el sacerdote del templo pudiera interpretar.  El poder de resucitar a los muertos fue el motivo que indujo al dios Zeus a terminar con la vida de Asclepio. El dios Zeus no estaba muy conforme con la resurrección de los mortales pues temía que se complicase el orden del mundo. Asclepio ascendió a los cielos y se convirtió en la constelación de Serpentario.

Hay que destacar que la serpiente fue un animal muy aceptado en la antigua Grecia. Como animal alma, la serpiente estaba especialmente relacionada con la tumba y sobre todo con la tumba del héroe, representado como un símbolo de fecundidad y supervivencia. Esta función particular de la serpiente se desarrolló a partir de su posición de animal protector del hogar, si bien los mismos griegos sugirieron en ocasiones que el tuétano de los huesos de un cadáver se convertía en serpiente. También, la serpiente representa un icono religioso, un vehículo de lo sagrado mediante el cual la realidad metafísica y las verdades primordiales se manifiesta en el imaginario griego. Sólo tenemos que mirar en los principales mitos griego: el combate cosmogónico entre Zeus y Tifón, la lucha de Apolo con la serpiente Pitón por la posesión del santuario délfico, el combate de Cadmo con la serpiente tebana y los viajes iniciáticos de Jasón en la Cólquide,  Heracles en el Jardín de las Hespérides, Medusa y Perseo entre otros.

Dentro del mito, la serpiente juega un papel destacado con múltiples significados e interpretaciones como que la serpiente se despoja de la vejez renaciendo, la relación con la sanación y la capacidad para devolver la vida, su relación con el falo masculino y la fertilidad femenina, con la eternidad y su configuración tardía como símbolo del tiempo que retorna sobre sí mismo, su papel de custodia de las fuentes de la vida y la inmortalidad; las creencias acerca de su androginia, omnisciencia, agresividad, insomnio, vigilia, así como su unión con las fuerzas oscuras y consideración como ser que realiza, facilita o dificulta la transición entre niveles, rompiendo así el propio espacio de la realidad presente. En definitiva, la creencia en una fuerza especial, residente, emanada, inherente o simbolizada en la serpiente, una fuerza, una energía alineada en el lado de lo primordial, la fuerza pura y sola: en suma, la vida, con todas sus paradojas y complejidades.

Por otra parte, el tema de la serpiente entendida como alma de los muertos no es demasiado objetiva, ya que se utiliza el término “alma” sin reflexionar sobre la relación entre la psiqué como alma de los muertos y la serpiente. Hesíodo describía la mudanza de la piel de una serpiente con las palabras “sólo la psiqué permanece”. Es posible que la atribución de psiqué a una serpiente esté relacionada con el raro poder de mudar la piel que posee este animal.

El análisis de este símbolo en la cultura griega demuestra que el mito de la serpiente nunca murió realmente, ya que su polivalente morfología , su capacidad de adaptación y la larga lista de mitos y situaciones religiosas a las que estaba ligada, le garantizaron una larga supervivencia, cuyo mensaje es el de acercar al hombre a lo ininteligible.

En mitología griega podemos citar a Tifón, hijo de Gea, de la tierra y de Tártaro, el abismo del subsuelo, es decir, era un monstro de origen ctónico. Hesíodo, en laTeogonía, escribe:

“De sus hombros nacían cien cabezas de serpiente, dragón terrible, aguijoneando con sus oscuras lenguas. De los ojos existentes en sus inefables cabezas, bajo las cejas, resplandecía el fuego. De todas sus cabezas brotaba el fuego cuando miraban.

En todas ellas había voces que lanzaban un variado rumor indecible; unas veces emitían articulaciones, como para entenderse con los dioses; (…) otras, los riguidos de un león de despiadado (…) otras silbaba y las enormes montañas le hacían eco. (Teogonía 836-68)

El escritor José Carlos Fernández destaca el simbolismo de la serpiente los siguientes puntos:

  1. Sabiduría, de la perfección y dinamismo de lo Real; representó también la regeneración psíquica y la inmortalidad.
  2. Es la imagen del alma que reencarna y se “reviste de nueva piel”. Se refiere también, al primer rayo de luz emanado del Divino Misterio.
  3. Es símbolo de Eternidad, de aquello que sin interrupción se gesta a sí mismo.
  4. También, completando el significado anterior, es símbolo del Tiempo y sus ciclos.
  5. Es, como casi todos los símbolos primeros, un símbolo doble: Es la luz, tanto la física como la espiritual; pero es también símbolo de su sombra, de la oscuridad de la materia, del mal, de la sustancia espiralada que atrapa al alma en su torbellino.
  6. La serpiente es símbolo del Sol Espiritual (el Sol Central de las tradiciones ocultistas) y de su “cuerpo”, el Sol visible; símbolo, por lo tanto, del Logos Creador como de la Inteligencia deslizándose en la Eternidad. Pero también, por ejemplo, en Egipto, se la relacionó, astronómicamente, a los eclipses, como una serpiente que quiere devorar al Sol, por ejemplo, Apap en Egipto.
  7. Con varias cabezas en movimientos espasmódicos es símbolo de las pasiones humanas, y también de los poderes psíquicos.
  8. Es símbolo de la gran Vida-Una, el Jiva-Prana de los hindúes, y su movimiento, que llama a los mundos a la existencia.
  9. Pero también de la muerte y de la guía que acompaña a los difuntos, en el reino invisible.
  10. Se refiere a los sabios, a los siempre –vivos, pero también a las almas desencarnadas.
  11. La serpiente es símbolo de la energía sexual, la de los cuerpos tratando de perpetuar sus formas, y la de las almas tratando de perpetuarse en sus inmarcesibles esencias.
  12. Es el símbolo de la Tierra, de sus energías y de sus potencialidades, la “madre de todo cuanto se mueve” de los textos sagrados hindúes.

Fuente:

Bremmer, J. N. “El concepto del alma en la antigua Grecia”. Ediciones Siruelas.

Traducción:

Este artículo se ha traducido al francés en el siguiente enlace: Euro-Synergies

Este artículo se ha traducido al holandés en el siguiente enlace: Elementen

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Hécate

Invoco a Hécate , protectora de los caminos, en las encrucijadas, grata, celeste, terrenal, marina, de azafrana­do peplo, sepulcral, y que se agita delirante entre las almas de los muertos; hija de Perses , amante de la soledad, que disfruta con los ciervos, noctámbula, protectora de los perros, invencible soberana que devora animales salva­jes, sin ceñidor en su cintura, y con una figura irresistible; que se mueve entre los toros, dueña guardiana de todo el universo; conductora , joven guerrera, nutridora de jó­venes, montaraz. En conclusión, suplico que asista la don­cella a los sagrados misterios, mostrándose propicia al boyero de corazón siempre alegre. (I Himno a Hécate).

Hécate - Wikipedia, la enciclopedia libre
Hécate

Hécate (el que hiere a voluntad, que ataca como le place) es una divinidad compleja, indudablemente muy arcaica, procedente del sur de Asia Menor. Según Hesíodo, es descendiente de los titanes, hija de Perses y Asteria, por eso no se vincula con el Panteón de los doce grandes dioses olímpicos. Sin embargo, su poder, que se extiende sobre la tierra, el mar y el cielo, es inmenso. Divinidad bienhechora, hace prosperar las empresas de los hombres (cría de ganado, guerras, viajes, procesos…), pero puede condenarlas al fracaso si así le place. El propio Zeus respeta su omnipotencia. Con el tiempo esta imagen tutelar se difumina:  Hécate se convierte en una inquietante divinidad del reino del Hades, donde a veces se la encuentra sosteniendo dos antorchas en las manos. Vinculada a un mundo nocturno, diosa de la luna y de la magia, aparece a menudo bajo formas animales (perra, loba, yegua) seguida por una jauría aullante. Es la Triple Hécate de los sortilegios que se alza en los cruces de caminos (lugares particularmente consagrados a las prácticas mágicas) bajo la forma de una estatua tricéfala o incluso con tres cuerpos. En una época más tardía se establecía una relación entre Hécate, Artemisa y Selene. En Roma, Hécate sería identificada con Trivia, diosa de la encrucijada.

La triplicidad tan acusada de Hécate, perceptible tanto en sus antiguos poderes (aire, mar y tierra) como en las diversas representaciones de la diosa (como puede ser la Quimera o Cerbero), haría referencia a una división del tiempo o del año muy arcaica que implicaba tres periodos, cada uno de los cuales estaría simbolizado por un animal. Tiene tres cuerpos y tres cabezas: de león, perro y yegua.

El propio Zeus honra a Hécate tanto que nunca le niega la antigua facultad de la que ha gozado siempre: la de conceder o negar a los mortales cualquier don que deseen.

La inclusión y alabanza de Hécate en la Teogonía son problemáticas para los investigadores, ya que Hesíodo (700 a.C.) parece elogiar en demasía sus atributos y responsabilidades, a pesar de ser, en aquella época, una diosa relativamente menor y extranjera. Se ha propuesto que esto puede ser debido a que en la población de origen de Hesíodo (Beocia) hubo una devoción substancial hacia Hécate y que su inclusión en la Teogonía fue su propia forma de promover a la diosa local entre el público no familiarizado. Lo que sí quería reflejar Hesíodo era su rango como diosa triple original, suprema en el cielo, la tierra y el Tártaro; pero los helenos destacaban sus poderes destructores a expensas de las fuerzas sutiles creadoras, hasta que por fin sólo se la invocaba en los ritos clandestinos de magia, especialmente en los lugares donde confluían tres caminos.

A medida que su culto se extendió a zonas de Grecia, se presentó un problema, dado que el papel de Hécate ya estaba cubierto por otras deidades más prominentes del panteón griego, particularmente Artemisa y por Némesis, personaje más arcaico. Esta analogía mística de la triada (Artemisa, Némesis y Hécate) fomentaron el carácter sagrado del número tres.

Emergen entonces dos versiones de Hécate en la mitología griega: la menos conocida es un claro ejemplo de intento por integrarla sin disminuir a Artemisa. En ella, Hécate es una sacerdotisa mortal comúnmente asociada con Ifigenia, que desdeña e insulta a la diosa cazadora, lo que la lleva finalmente a suicidarse. Artemisa adorna entonces el cadáver con joyas y susurra para que su espíritu se eleve y se convierta en la diosa Hécate, que actúa de forma parecida a Némesis como espíritu vengador, pero únicamente para mujeres heridas. Este tipo de mitos en el que una deidad local patrocina o «crea» a una deidad extranjera era popular en las culturas antiguas como forma de integrar sectas extranjeras. Adicionalmente, a medida que la adoración de Hécate crecía, su figura fue incorporada al mito posterior del nacimiento de Zeus como una de las comadronas que escondieron al niño, mientras Crono consumía la roca falsa que le había dado Gea.

La segunda versión ayuda a explicar cómo Hécate se ganó el título de «Reina de los Fantasmas» y su papel como diosa de la hechicería. De forma parecida a las hermas (tótems de Hermes) que se colocaban en las fronteras como protección frente al peligro, las imágenes de Hécate, como diosa liminar, podía también jugar un rol como protectora de espíritus. De esta manera, era muy común poner estatuas de la diosa en las puertas de las ciudades y finalmente en las puertas de las casas. Sin embargo, con el tiempo, la creencia en el alejamiento de espíritus malignos llevaría también a la creencia de que ofender a Hécate también los atraía. Así surgieron las invocaciones a Hécate como gobernadora suprema de las fronteras entre el mundo de los vivos y el mundo de los fantasmas. En suma, Hécate tenía la “llave” para evitar que el mal escapara del mundo de la oscuridad, como también permitía que dicho mal entrase. De ahí se explica la presencia de Hécate (como diosa lunar) en el cementerio y el poder que tenía ella sobre estos lugares tan tenebrosos. Los atributos más representativos, además de las dos antorchas, eran las hojas de álamo negro, que al ser oscuras por una cara y claras por la otra, simbolizaba el límite entre los dos mundos.

En el relato mítico del rapto de Perséfone por Hades, la única información que pudo obtener Deméter, se la dio Hécate quien había oído a la joven doncella gritar: «¡Un rapto, un rapto!», pero al correr en su ayuda no había encontrado ni rastro de ella. Luego, Deméter llamó a Hécate para ver a Helio, quien todo lo ve, y le obligaron a admitir que Hades había sido el que raptó a Core. Así, Core pasaría tres meses del año en compañía de Hades como Reina del Tártaro, con el nombre de Perséfone (de phero y phonos, «la que trae la destrucción»), y los nueve meses restantes con Deméter. Hécate se ofreció a asegurar que se cumpliera ese acuerdo y a vigilar constantemente a Core.

Las fuentes más remotas presumen de citar a Core, Perséfone y Hécate como la diosa en Tríada que simbolizaba la Doncella, Ninfa y Vieja, en una época en que, posiblemente, las mujeres practicaban los misterios de la agricultura. Core representa el grano verde, Perséfone la espiga madura y Hécate el cereal cosechado, indicando así un rito de la fertilidad para asegurar una próspera cosecha durante el año. De nuevo, nos encontramos con el tres, como símbolo sagrado. También el mismo número sagrado se puede interpretar con el rapto de Core por Hades en el que la trinidad helénica de dioses se casa forzosamente con la triple diosa pre-helénica: Zeus con Hera, Zeus o Posidón con Deméter, y Hades con Core.

Cubierta De Libro, Fantasía, Retrato
Empusas, demonios femeninos seductores

Como dato relevante, las hijas de Hécate fueron los repugnantes demonios llamados Empusas (“obstaculizar”, interpretándolo como “la que obstaculiza” o bien como “la que tiene un solo pie”, en tanto que pasaba por tener un pie de bronce) que se las reconocen por tener ancas de asno y de bronce. Se alimentaban de carne humana y aterrorizaban a las mujeres y a los niños.

Estos demonios solían asustar a los viajeros, pero también se las podían ahuyentar con palabras insultantes: al oírlas, huían chillando despavoridas. Las Empusas, igualmente, se disfrazan de perras, vacas o doncellas hermosas y como último fin, se acuestan con los hombres por la noche o durante la siesta, alimentándose de sus fuerzas vitales hasta que morían. Cuenta la leyenda que eran demonios femeninos muy seductores, concepción probablemente llevada a Grecia desde Palestina, donde se las llamaba Lilim («hijas de Lilith») y se creía que tenían ancas de asno, pues el asno simbolizaba la lascivia y la crueldad. Lilith («buho») era una Hécate cananea y los judíos hacían amuletos para protegerse con ella en una época tan posterior como la Edad Media.

Referencias:

Graves, R. Los mitos griegos I. Ed. Alianza.

Vernant, J.P. El universo, los dioses, los hombres: el relato de los mitos griegos. Ed. Anagrama.

Diccionario Etimológico de la Mitología Griega (PDF).

Himno homérico a Deméter. Enlace: Deméter

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Los cultos mistéricos en la antigüedad

Nada más alejado para aproximarnos al significado real de la religiosidad antigua que nuestro actual concepto de religión. Estamos acostumbrados a entender la adhesión a una religión como una elección personal que excluye por sí misma la posibilidad de participar en cualquier otra. Ya desde su origen, las principales religiones contemporáneas de occidente –el judaísmo, el cristianismo y el islamismo– han presentado un insistente carácter autodefinitorio, así como un énfasis permanente en la delimitación de una religión frente a las otras. Esto no pasaba en el mundo precristiano: las distintas formas de culto de la antigüedad nunca fueron mutuamente excluyentes, incluso en los casos de dioses nuevos y extranjeros en general y en la institución de los misterios en particular. Eran distintas variantes, corrientes o alternativas dentro del conjunto único y homogéneo de la religión antigua.

Hablar de “religiones mistéricas”, como se hizo frecuentemente hasta en la década de los 80 aproximadamente, ya no resulta viable. Ni los misterios báquicos ni la iniciación en Eleusis, o los cultos de Isis o Mitra, tienen nada que ver con la adhesión a una religión en el sentido arriba mencionado. Existen numerosas diferencias entre ellos que nos impiden englobarlos bajo una única categoría. Pero es posible mostrar que pese a la magnitud de la diversidad se observan algunas constantes. Por razones de espacio abarcaremos sólo cinco modalidades (a nuestro criterio las más importantes) de los cultos mistéricos antiguos, comenzando por el más arcaico de ellos y más extendido en sentido territorial: El culto de Dioniso.

Bacco Caravaggio

Baco, Caravaggio, oleo sobre lienzo, 1598 ?

Al popular dios del vino y el éxtasis se le rendía culto en todas partes. Cualquier bebedor podía enorgullecerse de ser adorador de este dios. La tablilla de Hiponion, que menciona a los mystai y los bakchoi en su “camino sagrado” al otro mundo, da cuenta de la existencia de misterios dionisíacos, iniciaciones personales secretas con la promesa de la felicidad eterna en el más allá. Pero en contraste con los misterios eleusinos (sólo practicados en Eleusis), no parecen haber tenido un centro localizado de celebración. Los misterios de Dioniso aparecen por todos lados desde el Mar Negro hasta Egipto y desde Asia Menor al sur de Italia. Los más famosos, paradójicamente por su mala fama, fueron las Bacanales de Roma e Italia, reprimidas brutalmente por el senado romano en 186 a. C. El fresco de la Villa de los Misterios, en Pompeya, es el documento artístico más fascinante sobre los misterios báquicos, data de la época de Cesar. A veces se relaciona con estos misterios el mito del desmembramiento de Dioniso, pero no es seguro que se aplicara a todos ellos. Otro problema recurrente es el del vínculo del culto al dios con los textos y grupos “órficos”, aparentemente surgidos del mítico Orfeo, el cantor.

Senatus consultum de bacchanalibus

Senatus consultum de bacchanalibus, de 186 a. C.Reproducción de la tablilla de bronce encontrada en 1640, en Tiriolo (Calabria, Italia), con el Decreto senatorial sobre la prohibición de las fiestas bacanales y el castigo de la pena capital para sus organizadores. La original se encuentra en el Museo de Historia del Arte de Viena

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Fresco de la Villa de los misterios en Pompeya (primera mitad del siglo II a. C.)

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Los misterios de Eleusis estaban dedicados a las “Dos Diosas”: Démeter, diosa del trigo, y su hija Perséfone, conocida también como Ferefata o “la Doncella”, Core. Eran organizados por la polis de Atenas y supervisados por elarchon basileus, el “rey”. Fueron los misterios por excelencia de los atenienses, y la fama literaria de Atenas se encargó de que pasaran a la posteridad. Existe además documentación importante procedente de la iconografía, las inscripciones y las excavaciones. El conocido mito narra la búsqueda de la diosa Démeter de su hija Perséfone, que había sido raptada por Hades y llevada al inframundo. “La Doncella” consigue finalmente regresar a Eleusis pero por un período de tiempo limitado, para luego volver al inframundo. Es entonces cuando los atenienses celebraban los Mysteria, el gran festival de otoño, con una peregrinación que se iniciaba en Atenas y terminaba en Eleusis. Allí culminaban los festejos en la sala de iniciaciones (telesterion) por la noche, y el hierofante revelaba “las cosas sagradas”. Démeter favorecía a la ciudad con dos dones en Eleusis: el trigo, como base de la vida civilizada, y los misterios, que llevaban en sí la promesa de las “mejores esperanzas” para una vida futura bienaventurada. Como hemos dicho antes, estos misterios sólo se celebraban en Eleusis y en ningún otro sitio. Para ampliar más información os dirijo a mi última entrada relacionada con los misterios de Eleusis, aprovechando mi viaje por tierras helenas: Eleusis.

Píndaro expresa sobre los Misterios de Eleusis: “Dichoso el que entra bajo la tierra, después de haber visto estas cosas; conoce el fin de la vida, y conoce su principio, el que le dio Zeus”. (Fragmentos, 137).

La Diosa Madre de Asia menor (Mater Magna, en latín)  era llamada por los griegos Méter. Mucho tiempo antes de la escritura se puede encontrar el culto a una Diosa Madre en Anatolia, remontándose hasta el neolítico. Su nombre frigio, Matar Kubileya, fue el más influyente para los griegos. Se la llamó Kybeleia o Kybele en griego, pero fue más conocida como “Madre de la montaña”, a veces con el agregado del nombre propio de una montaña local: Méter Idaia, Méter Dindimene… En este culto llamó la atención principalmente la institución de sacerdotes eunucos, los galloi, autocastrados que vivían sobre todo en Pesinunte. El correlato mitológico de estos sacerdotes es Atis, el paredro amante de la Madre, que es castrado y muere bajo un pino. En el año 204 a. C., el culto fue llevado a Roma por orden de los oráculos y se expandió luego a partir de allí. Tuvo varias formas de ritos personales y secretos (teletai mysteria); la forma más espectacular conocida fue eltaurobolium (conocido desde el siglo II d. C.), donde el iniciado permanecía en cuclillas dentro de un pozo cubierto con vigas de madera sobre las que se daba muerte a un toro y quedaba empapado por la sangre que manaba a borbotones del toro.

Los griegos siempre dieron mucha importancia a los dioses egipcios, pero entre ellos destacaron Isis y Osiris desde la época arcaica en adelante. Desde el principio los identificaron con Démeter y Dioniso (ir al enlace versión órfica) respectivamente. Los santuarios de los dioses egipcios, con sacerdotes egipcios o egipcianizantes, se establecieron por todas partes. El mito base de este culto es conocido principalmente por el libro de Plutarco, De Isis y Osiris. Relata la muerte de Osiris desmembrado por su hermano Set, buscado, encontrado y reunido por Isis, que luego concibió y dio a luz a Horus. En el último libro de El asno de oro, de Apuleyo, el texto sobre misterios más extenso que disponemos de la antigüedad pagana, están descritos los misterios de Isis.

Por último, imposible dejar de reconocer a Mitra. Deidad indoirania muy antigua, atestiguada ya en la Edad de Bronce y venerada desde entonces por todas partes donde la tradición irania ejerció influencia. No tenemos información de los misterios característicos de Mitra antes del 100 a. C., y no deja de ser problemática la manera en que se fundaron o su relación exacta con la tradición irania. Estos misterios se celebraban en cuevas subterráneas por pequeños grupos de varones que se reunían delante del mitreo (representación de Mitra dando muerte al toro que ocupaba el ábside de la cueva) para la comida sacrificial y las iniciaciones. Era un culto exclusivo del sexo masculino. En especial contaba con numerosos adeptos entre los soldados y oficiales romanos. El símbolo central del mitraísmo es el sacrificio rejuvenecedor del toro por parte del joven dios, que se asemeja al sacrificio del toro primordial Gosh por parte de Ahriman, en la tradición zoroástrica. Relacionado con el poder indomable del sol, la fiesta mitraica romana del Sol Invictus sirvió de pauta para establecer la fecha tradicional del nacimiento de Cristo, el 25 de diciembre.

El mito se refleja en la iconografía mitraica. Había siete grados de iniciación: Córax, Ninfis, Miles, Leo, Persa, Heliodromo y Pater. Un último título parece aludir a la autoridad central: pater patrum. Para inaugurar un nuevo Mitreo, debía estar presente un pater. Así, el mitraísmo estaba dirigido por un sanctissimus ordo, lo que explica la llamativa uniformidad de los santuarios y la iconografía. Se extendió el culto desde el Rin al Danubio y de allí a Dura-Europos, y hasta África. La movilidad de las legiones romanas fue sustancial para la expansión del mitraísmo.

Para concluir, la autora Elsa Cross aborda la mitología griega y la filosofía para definir las religiones mistéricas o cultos mistéricos, “nombre que dio la historiografía moderna a ese fenómeno religioso tan extendido en la antigüedad” cuyas características más señaladas eran sus símbolos y mensajes místicos, metafísicos y cosmológicos. Los misterios trataron de dar respuestas precisamente a las inquietudes humanas más trascendentales y que, a su vez, guardaban con celo, con su peculiar halito de secretismo y aportando un rango divino que les hacía ser diferentes a las religiones oficiales.

Fuente

Burkert, W. Cultos mistéricos antiguos, Madrid, Trotta, 2005.

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El espíritu Tradicional en la Mitología griega

Descubrir el templo de Poseidón, en el cabo Sunio
Templo de Poseidón en el Cabo de Sunion.

Para comprender el espíritu tradicional debemos tener muy presente un axioma irrefutable sobre el Principio de las dos Naturalezas: hay un orden físico y otro metafísico. Llamamos orden físico al mundo tangible, visible (a través de los cinco sentidos), al devenir que arrastra al hombre a un mundo sin rumbo y sin sentido. Nos referimos al mundo metafísico cuando hablamos del mundo invisible y, más allá del mismo, la esfera intangible.

Un ejemplo que ilustra lo que describimos en líneas anteriores es en la arcaica civilización minoica: el soberano rey Minos servía de puente, en otras palabras, hacía de constructor entre los dos mundos (físico-metafísico) y ejercía su poder sobre ambos, como Rey y Sacerdote por voluntad y protección de Poseidón y, a su vez, era hijo de Zeus. De este modo, las leyes divinas se promulgaban de manera exactas, justas y equitativas y se aplicaban en el reino, respondiendo a la verdad, ya que el propio Minos hablaba en nombre no de su propia persona (mortal y efímera) sino de toda la integridad de una persona completa que sabía perfectamente conjugar los dos mundos. Por esta razón, era comprensible la sangre de una descendencia divina (Zeus) y otra mortal (Europa). Según el emanacionismo, de su madre heredaría el Atman; de Zeus el linaje divino, en otras palabras, el soberano rey Minos tenía una descendencia no sólo de sangre sino de espíritu. Si se perdiera esta descendencia espiritual y nobleza se convertían en términos vacíos, un puente que no conectaría con ambos mundos. Esta base procedía de la Tradición Oculta que puso su peso y su fuerza en mantener el linaje o sucesión de Reyes sagrados, formando con ello un eje de luz perenne y de eternidad en el tiempo.

Tras la ruptura con la Tradición y con ese puente sagrado y, al sucederse mortales sin linajes divinos en el cargo del rey soberano, se empezaron a formar una política de tiranos, déspotas y de séquitos que abusaban no solamente del poder, sino de tergiversar las leyes divinas y de romper con una tradición sacra. Aquí se explica, por ejemplo, el largo y decadente proceso del hombre, debido a esta fractura con los dioses, reflejado de manera brillante en las cuatro edades. Precisamente, Hesíodo detalla el proceso de caída por el cual el hombre va atravesando desde la Edad de Oro hasta del Hierro, un ciclo descendente por el que el hombre apartaría de su mundo físico las fuerzas sutiles o numens. Sin embargo, Hesíodo destaca los llamados Ciclos Heroicos donde las castas de los valientes guerreros (Aquiles, Agamenón, Heracles, Teseo, entre otros) superan su simple condición mortal para conectar con lo Trascendente. Así, por ejemplo, en el mito de Heracles, con sus doce trabajos, termina por equilibrar su Yo inferior con el mundo celeste.

Por otra parte, en la Tradición también nos menciona el primer Principio o Elemento, el del fuego, como componente del universo, oculto e invisible pero presente en la naturaleza que nos rodea, como vaina luminosa que nos envuelve.  Este agente invisible se llama Agni y ya aparece en los antiguos Rishis de la India, es decir, en aquellos antiguos sabios de la antigüedad védica que adoraban dicho elemento realizando rituales muy solemnes para sus guerreros. Heráclito, por ejemplo, expresaba que: “El fuego es el elemento generador y de sus transformaciones, tanto si se rarifica como si se condensa, nacen todas las cosas (…)”

En la mitología, Aquiles es el héroe que vacila entre tener una vida tranquila, larga y hogareña o la vida inmortal, pero que finalmente elige perder la vida en el campo de batalla antes de haberla vivido plenamente y yacer sobre su lecho de muerte.

Aquiles es hijo de un mortal, Peleo (descendiente de Zeus), y de una nereida, Tetis, ninfa del mar. Tetis, quiso que ninguno de sus hijos fuera mortal al igual que su padre. Para ello, sometió al pequeño Aquiles a un ritual con la acción del fuego con la finalidad de purificar el componente mortal que Aquiles había heredado de su padre Peleo. Pero este consiguió arrancarle a tiempo de las llamas, aunque el talón derecho del niño quedó dañado por el fuego. Más adelante, el centauro Quirón repararía el daño causado por el ritual de Tetis reemplazando el hueso quemado por el de un gigante célebre por su velocidad, cualidad que se reconocería mucho después, pues a Aquiles se le conocería como “el de los pies ligeros”. Parece ser que Aquiles tenía un don para correr a una velocidad excepcional, pero con el talón como único punto vulnerable.  Otra versión relata que Tetis sumergió a Aquiles en las mágicas aguas del río Éstige, que tenían la propiedad de convertirlo en invulnerable, pero sumergió el cuerpo entero excepto el talón derecho. Ambas versiones toman el agua o el fuego como elementos purificadores. El fuego, a condesarse, se vaporiza, y este vapor toma consistencia y se convierte en agua que retorna a la tierra.

Está claro que el hombre (sea cual sea la civilización que consultemos), en los tiempos de la Edad de Oro, había gozado de una conexión instintiva con las fuerzas íntimas y ocultas de la naturaleza, así como de las energías cósmicas, que percibía directamente en la vida de los elementos (fuego, agua, aire, tierra), o a través de una comunión inmediata y directa con el principio que está en el origen de las cosas. Durante la Edad de Oro destacamos la raza aria (descendientes directos de la rama atlante) que se había establecido en las cordilleras del Himalaya. Dicha raza emigró formando los pueblos indoeuropeos que se extendieron por Irlanda, Inglaterra, el norte de Francia, Escandinavia; mientras que por el sur dieron a los arios de la India, además de los sármatas, germanos, itálicos y, por supuesto, al pueblo dorio griego. Como principal ideario, los pueblos indoeuropeos transmitieron los misterios y las elevadas doctrinas esotéricas con lo que empezaría a evolucionar el pensamiento religioso indoeuropeo, ese espíritu glorioso que destaca Hans Friedrich Karl Günter en su ensayo Religiosidad Nórdica.

Siguiendo las pautas de Günter, la esencia de la religiosidad griega de carácter indoeuropeo se puede resumir de la siguiente manera:

  • No nace de ninguna forma de temor.
  • No teme a la muerte.
  • No teme a Dios. Su Dios no es un dios castigador.
  • No cree que Dios concibiera el mundo.
  • Para el griego el mundo era antes un orden fuera del tiempo: hombres y dioses tienen su sede, su camino y su misión.
  • Creen en una eterna alternancia de mundos que nacen y desaparecen, en “reiterados crepúsculos de los dioses”, por ejemplo, en cataclismos, catástrofe cósmica.
  • No creen en el juicio final, ni en el advenimiento de un reino de dios…
  • No han sido creado por Dios, ni a la voluntad de un creador.
  • El origen del hombre, al igual que el Cosmos, es por Manifestación del Principio Supremo de emanación. (Para ampliar más información: el emanantismo. )
  • No está sumiso a Dios.
  • La religiosidad griega no es servidumbre.
  • Dios se concibe como la Suprema Razón que se manifiesta en el Orden del Mundo, un vínculo Dios-Hombre, Idea esencia del mundo griego, siendo una común racionalidad. No dudaban de una Realidad Superior que les era evidente.
  • Los griegos buscaban la sabiduría.
  • El griego confía en una comunidad que abarca a hombres y dioses, la Polis de Atenas. Los dioses, como el hombre, han de encontrar el origen de su existencia en la Manifestación (por emanación) del Principio Supremo. Héroes como Teseo (Rey sacro de Atenas) y Ulises (Rey sacro de Ítaca) representan el guerrero espiritual, restaurando, equilibrando y armonizando el microcosmos que hay dentro de ellos, así forman parte del entramado mundo suprasensible del macrocosmos. La enseñanza de ambos héroes es superar cualquier tipo de barrera que suponga un obstáculo para el recorrido iniciático que lleve a la Gran Liberación y a volver a su génesis: incondicionada, eterna, divina…
  • La unión de los dioses en torno a una ciudad en los momentos críticos debía responder a la unión de los hombres, unión en la que la fuerza y la eficacia simbólica se expresaban en momentos como las Panateneas. Tanto las Panateneas en Atenas como las Jacintas en Esparta, por poner el ejemplo de las fiestas más fastuosas de dos ciudades referentes helénicas, es la manera de volver a renovar el pacto que une a la ciudad con sus dioses y que garantizaba el orden y la prosperidad.
  • El griego honraba a una divinidad con respeto, educación, rezaban de pie con la mirada dirigida al cielo, brazos extendidos: «A Palas Atena, ilustre diosa, comienzo a cantar, la de ojos de lechuza, rica en industrias, que un indómito corazón posee, doncella venerable, que la ciudad protege, valerosa, Tritogenia, a la que solo engendró el industrioso Zeus en su santa cabeza, de belicosas armas dotada, doradas, resplandecientes.» 28º Himno Homéricoc. s. VII a. C.
  • La religiosidad griega, de base indoeuropea, es la religiosidad de nuestro mundo y una de sus semillas más características es que no conocían el sentimiento del pecado, no se sentían víctima, para ellos no existía el miedo ni el sufrimiento, ni la mortificación para elevarse ante Dios.

Curiosamente, dentro de la cadena indoeuropea que se estableció en el Tíbet, destacamos a los rishis (sabios de la antigüedad védica), que consiguieron conservar y transmitir una parte de sus poderes espirituales originales a través de una disciplina que llamaron “yoga”, cuya base es unir la mente con la divinidad por medio de la práctica de la meditación y de la ascesis espiritual. Después, los brahamanes fueron herederos de los rishis y con Krishna, líder y asceta de los Himalayas, crearon e innovaron su religión, siendo Brahma Dios del universo, y Vishnú como el “Verbo”, segunda persona de la divinidad y Su manifestación invisible.

Con el paso de las siguientes edades o periodos, el hombre perdería las habilidades y facultades de la Edad de Oro, como, por ejemplo, el contacto directo con las potencias superiores. Aquel pensamiento tan elevado y trascendental de los brahmanes, refugiados y aislados en sus alejadas ermitas de los Himalayas, se distanciaba cada vez más del mundo del devenir y de los placeres terrenales. De aquí que el hombre abandonara aquella Vía tan rigurosa, estricta y ascética, por lo que hubo una separación entre el Hombre y Dios.

En la antigua Grecia, no obstante, consiguieron encauzar los recuerdos de aquella época dorada y es curioso que surgió un personaje que volvió a conectar con estas potestades superiores: Orfeo. Su nombre significa “el que cura con la luz”. Orfeo despertó de nuevo el sentido de la divinidad con su lira de siete cuerdas que el mismo talló y que después portó Apolo, que simboliza el saber vibrar en las siete notas fundamentales del universo, las cuales, corresponden a los siete planetas sagrados tradicionales y que también tienen una analogía con los siete chakras principales. La religión órfica irrumpió de manera gradual y paulatina en el siglo VI a.C. y Orfeo era su profeta.

La gran virtud de Orfeo, de origen tracio, era el de mantener con la naturaleza una relación especial, íntima y directa. Gracias a la sutileza, Orfeo era capaz de cautivar la esencia que otros no podían o no sabían captar. Así, Orfeo aparece como el mediador entre la naturaleza y el hombre, una especie de intérprete del lenguaje maravilloso de las cosas al lenguaje ordenado de la palabra y de la música que va en conexión directa con el universo. De esta manera, se pretendía trascender y superar la mediocridad de la vida humana y su pobre y efímero tránsito por el mundo. Indudablemente, Orfeo, tenía el don de la adivinación, pues el mismo instituyó los Misterios de Dionisio, versión órfica, y difundió su culto. Según los órficos, Dionisio, que representa el Yo cósmico, fue destrozado y despedazado por lo Titanes, pero gracias a Atenea se recompuso pues ésta le insufló de nuevo vida y se lo entregó a Zeus. Zeus fulminó a los Titanes con su rayo y de esas cenizas que caía sobre la tierra nacía la humanidad que había transgredido las leyes divinas y que debía redimirse. La humanidad llevaba por una parte esa parte titánica y por otra una parte divina, representada por Dionisio. El hombre, en efecto, tiene en sí latente el fuego (Agni) que debía encender, cuán una chispa se tratara, y vivir una vida espiritual en conexión con los dioses. Ulises, Heracles, Teseo, entre otros héroes, alcanzaron ese grado de conexión divina, gracias a la realización de unos trabajos esotéricos que debían de realizar en el plano terrenal para elevar sus almas, pasando de esta manera simbólica de ser hombre terrenal Dionisio a convertirse en el Dionisio divino, es decir, se da una transmutación de ser terrenal a ser espiritual. Por esta razón Orfeo está también ligado a una sociedad de guerreros, con sus ritos de iniciación, como bien atestiguan los pueblos indoeuropeos.

Todo aquel héroe que tenía contacto con Orfeo sabía que tenía ante sí una oportunidad para adquirir capacidades sobrehumanas. Orfeo acompaña a Jasón y a los argonautas en la búsqueda del vellocino de oro. En este relato, ya se observa que Orfeo escolta a estos héroes hacia el mundo de lo divino, marcándoles el camino de liberación de las almas y su ascenso final, tras los pertinentes ritos de purificación e iniciación y, por último, impulsándoles a la búsqueda de la sabiduría.

Asimismo, el mito del descenso de Dionisio al Hades para rescatar a su madre Sémele guarda una estrecha relación simbólica con la historia del descenso de Orfeo para recuperar a su esposa Eurídice. El mito en sí fue desarrollado bajo la visión órfica como paradigma mítico de la liberación del alma y la bendición que el propio Dioniso era capaz de conceder a sus devotos en el Hades.

Por lo tanto, en el orfismo, Dionisio es hijo de Zeus y Perséfone y tiene la capacidad de interceder ante ella para que sus iniciados reciban un destino feliz en el otro mundo.

En síntesis, las diferentes religiones esotéricas expuestas en párrafos anteriores tenían como objetivo fundamental el de exponer los principios de las leyes naturales del cosmos, la hoja de ruta esotérica que el hombre debía recorrer para alcanzar el despertar de la divinidad, hasta alcanzar la ascesis mística. Por medio de sus fundadores de religiones esas ascesis era posible alcanzarla gracias a un contacto directo.

Cabe destacar que, a pesar de la pluralidad de dioses y de profetas, todos parten de la misma fuente, ya que no existían tantas verdades diferentes, sino una sola verdad vista por distintos profetas y una pluralidad de dioses; la diversidad de dioses no es contradictoria con la idea de unidad de lo divino.

Esto nos hace entender que, gracias a una base esotérica manifiesta sin alterar sus principios, la evolución de un pueblo va también en conformidad con ella.

Las religiones esotéricas se caracterizaban por su espiritualidad superior dejando a un lado lo pagano. Bajo este prisma, son consideradas religiones de salvación. En Eleusis, presentaban un abanico de ceremonias y representaciones dramáticas en las que Deméter jugaba un rol fundamental, mientras que su hija Perséfone representaba a un testigo mudo. Los devotos eran cautivados y abstraídos por la magia del entorno y su musicalidad, que despertaba los invisibles e insondables recovecos de los iniciados, donde reconocían en Perséfone el símbolo de su alma inmortal. Había dos dones que Deméter concedía: el trigo como sustento de la vida, y los misterios que guardaban la promesa de una vida mejor, más allá del plano terrenal.

En Delfos, a Dionisio se le rendía un culto extático donde el iniciado sentía interiormente una mutación de la consciencia que hacía cambiar de manera radical la percepción que tenía sobre el mundo y sobre sí mismo. A través de un trance, se dejaba poseer por el espíritu de Dionisio, una energía más poderosa e infinita. No se trataba de perder conciencia, sino de dejar que hablara la locura original, sagrada, que había dentro de uno mismo. Lo más probable y siguiendo las tragedias de los clásicos, es que los iniciados perdieran la noción del tiempo y sustrayeran cualquier sentido relacionado con la vista, el oído y las palabras. Seguramente el gran escenario para la liberación del alma sería el Monte Parnaso que lo verían como un reflejo del cosmos y el iniciado se sentía conectado con él a través de su alma. Al perder esa concepción de espacio, tampoco se tendría la concepción del tiempo, pues el objetivo final era ser el fenómeno de la naturaleza que está por nacer dentro de ti. Cada gesto, cada baile, cada acción serían perfectos. No existía margen de error, no había un plan premeditado ni intención. Dionisio representaba en ese momento infinito la acción pura en el eterno presente. En Las Bacantes de Eurípides expresa (73-151):

“Feliz el iniciado dichosamente en los misterios de los dioses que consagra su vida y ofrece su alma como compañera del tíaso del dios, bailando en los montes como bacantes en santas purificaciones (…) Mana de la tierra leche, mana vino, mana el néctar de las abejas. Se respira un aroma parecido al incienso de Siria cuando Baco alza en lo alto la llama roja de la antorcha de pino a la carrera con su fuego, dejando al aire sus rizos delicados y con danzas y alaridos conmueve a las delirantes mujeres bramando con gritos de evohé”.

Gracias al estado de delirio de la posesión divina, los devotos podían obrar todo tipo de prodigios en sus danzas y cánticos en el monte, entre ritos de caza y muerte de un animal, así como otros “milagros” dionisiacos, relacionados con los dominios del dios (vegetación, la vid…).

Para concluir, aunque el nombre de Dioniso no tenga una raíz indoeuropea, sí que tiene un influjo oriental y algunos autores vinculan al dios con la India aunque residualmente se ha perdido la línea continua de unos cultos arcaicos que enlazarían perfectamente con el mediterráneo abarcando la India a través de Oriente Medio y Persia. Su trasunto indio sería Shiva. Shiva correspondería al principio destructor que conformaría la trinidad hindú siendo Brahma el principio creador y Vishnú, el principio conservador. Shiva, al igual que Dioniso, representaría no solamente el principio destructor, sino también simbolizaría el falo, como expresión de fecundador. También se le representa como el señor de la danza cósmica. Después, los pueblos arios le dieron un lugar en sus rituales y lo relacionaron como el protector de la naturaleza y de los animales bajo el nombre de Pashupati. A Shiva se le reconocen los siguientes rasgos, muy afines a Dioniso: la vid, la fertilidad de la tierra, el señor de los animales, la invocación para la danza o el teatro, conectado con las fuerzas descontroladas, oscila entra la vida (fiestas, orgías nocturnas) y la muerte. De una manera gradual, las huellas del Shivaísmo se integraron en el Brahmanismo védico, transformándolo profundamente, de ahí la dificultad de conectar con sus orígenes. Del mismo modo pasa con Dionisio, su procedencia es ambigua y su culto permaneció subyacente a la ola de invasiones y guerras. De todas formas, si debemos pensar que el Dionisio arcaico hubiera sido la misma divinidad que el Shiva de la religión védica, nos encontraríamos divinidades “idénticas” en religiones diferentes, y esta posibilidad es también muy válida para conectar las religiones occidentales y orientales.

Bibliografía

Burkert, W. Cultos mistéricos antiguos. Ed. Trotta.

Capelle, W. Historia de la Filosofía Griega. Ed. Gredos

Bernabé, A. Orfeo y la tradición órfica. Akal Universitaria. Serie Religiones y mitos.

Günter, H. Religiosidad nórdica. Ed. EAS.

Montes, A. Repensar a Heráclito. Ed. Trotta.

Grimal, P. Diccionario de mitología griega y romana. Ed. Paidos.

Bhagavad Gita: el canto del Señor. Círculo de Lectores.

ENLACES DE INTERÉS:

El Emanacionismo

Dionisos y Shiva

Este artículo fue traducido al francés el 20 de abril de 2021 en: EURO-SYNERGIES

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El suicidio en el mundo griego

Ayax y Aquiles

Ayax y Aquiles (Photo credit: mmarftrejo)

En la antigua Grecia existía la creencia de que el alma, tras el ritual funerario, no iniciaba su vida ultra terrena inmediatamente después de la muerte y que vagaba cerca del féretro, aunque normalmente no adoptaba los rasgos característicos del difunto, más bien en forma de homúnculo. Si embargo, en el tratamiento de personas cuya muerte era por suicidio no se les enterraban ni incineraban. Una explicación clara era que los suicidas pertenecían a la clase de muertos que carecían de status. En ciudades como Tebas, o en Chipre, por ejemplo, los cadáveres suicidas eran arrojados al otro lado de la frontera. En Atenas, según Platón,  se permitía el enterramiento de los suicidas sólo en las fronteras entre doce distritos, lo cual significaba una porción de tierra alejada del mundo social y ordenado.

Por lo tanto, el funeral forma parte de un complejo de ritos funerarios que, a su vez, pertenece al complejo de ritos relacionados con la muerte. Hay que destacar que en la muerte se produce un rito de separación; después, un periodo liminal y, por último, un rito de incorporación. Por lo tanto, los ritos funerarios pertenecen al grupo de ritos de incorporación, cuyo fin es la transición del muerto hacia al mundo ultra terreno y, de manera especial, en la adaptación del vivo a la nueva situación creada tras la partida de unos de los miembros de la familia.

También en la antigua Grecia existían tradiciones sobre el suicidio voluntario de los ancianos, una práctica que señala la costumbre de eliminar a las personas de edad avanzada.

Por otra parte, los filósofos pensaban que no le estaba permitido al hombre morir por voluntad propia. Quien expulsaba el alma del cuerpo violentamente no permitía que fuera totalmente libre, porque todavía no había terminado su ciclo de aprendizaje en la vida terrenal, porque la muerte debía ser para el alma una liberación del cuerpo, no una cadena, pero, si era obligada a salir, el alma estaría cada vez más encadenada al cuerpo. Y, a decir verdad, las almas que habían sido arrancadas así, vagaban largo tiempo alrededor del cuerpo, de su sepultura o del lugar en que el suicidio se había perpetrado.  En definitiva,  la única muerte loable era aquella para la que te preparabas de antemano.

El suicidio, por tanto, se consideraba una muerte maldita, pues no permite que el alma encuentre su remanso de paz, considerándose una muerte impura. Sin embargo, Epicuro, cuyo pensamiento se asocia a los atomistas, el sabio puede suavizar el dolor físico con el recuerdo de alegrías pasadas, y, en el caso de que este dolor fuera insoportable, le queda siempre abierta la posibilidad de poner fin a su tormento por medio del suicidio.

En la sociedad griega, los hombres mueren en el campo de batalla cumpliendo el ideal de civismo. La ciudad les concede un hermoso sepulcro y una elogiosa oración fúnebre con varios días de rituales. En la tragedia griega el suicidio no es un “acto heroico” sino una “solución trágica” que la moral reprueba. Aristóteles afirma que “una especie de deshonor acompaña al suicida, que es mirado como culpable para con la sociedad” y define el morir por mano propia como un acto injusto que la ley no permite y un deshonor que acompaña al que se mata. Asimismo, Platón afirmaba que “matarse era un acto injusto” excepto en tres casos: porque lo ordena el Estado o porque están forzados por alguna desgracia o porque han incurrido en una ignominia. Yocasta, madre de Edipo, se ahorca tras conocer su incesto con su propio hijo Edipo y la desgracia familiar que hay detrás del linaje de Layo.

El suicidio de Áyax fue muy popular en la Grecia antigua:

Según cuenta la leyenda, el padre de Áyax le aconsejó que debiera luchar con las armas pero también con la ayuda de los dioses, a lo que le contestó que hasta el más cobarde podía vencer con la ayuda de los dioses. Con esta repuesta se ganaría la enemistad de los dioses, que tal y como pasa en muchas de las leyendas griegas, las dos cosas que éstos no perdonaban era la hibrys y la falta de culto.

Áyax, el héroe de Salamina, es despojado del trofeo de las armas de Aquiles a causa de las maniobras de Ulises. En su desesperación y movido por la ira, Ayax ataca a los suyos con la intención de matar a Agamenón, Menelao y Ulises. Atenea se interpone en su camino y consigue confundirle para que sus ataques se dirijan hacia las reses que constituyen el botín de guerra griego. Ante las murallas de Troya, Ayax el invencible es consciente de la gran humillación a la que ha sido sometido y se hunde en un abatimiento que le conduce al suicidio. De nada sirven los ruegos de los suyos. Una vez muerto, los átridas deciden prohibir su enterramiento pero Ulises, el que fuera su enemigo irreconciliable, intercede por Áyax y logra que en su última hora, el que fuera proscrito y perseguido por su delito contra la propiedad griega, reciba los honores que corresponden al soldado heroico de aquella larga confrontación.

Antes del suicidio, según el argumento de la obra de Sófocles, Áyax Invoca a varios dioses griegos: a Zeus para que llame a su hermano Teucro e impida que su cadáver sea profanado; a Hermes, para que lo conduzca a las mansiones infernales; a las Erinias (la Venganza), para que atormenten a los griegos; al Sol, para que lleve sus noticias a Salamina; a la Muerte, para que venga a recibirle. Y enviando un último adiós a Salamina, a Atenas, a las fuentes, ríos y llanuras de Troya, se da la muerte echándose sobre su espada.

Cuando Ulises desciende al Hades, en el Canto XI de la Odisea, se encuentra, cara a cara con Áyax:

Áyax, hijo del irreprochable Telamón. ¿Ni siquiera muerto vas a olvidar tu cólera contra mí por causa de las armas nefastas? Los dioses proporcionaron a los argivos aquella ceguera, pues pereciste siendo tamaño baluarte para los aqueos. Los aqueos nos dolemos por tu muerte igual que por la vida del hijo de Peleo. Y ningún otro es responsable, sino Zeus, que odiaba al ejército de los belicosos dánaos y a ti te impuso la muerte. Ven aquí, soberano, para escuchar nuestra palabra y nuestras explicaciones. Y domina tu ira y tu generosó ánimo. Así dije, pero no me respondió.

En definitiva, a los mortales no les está permitido quitarse la vida sin una orden divina. Para éstos se prescribe sepultarlos aislados de los demás, sin gloria y en el anonimato.

Obras de referencias recomendadas:

Bremmer, J. N. “El concepto del alma en la antigua Grecia”. Ediciones Siruela.

Rohde, E. “Psique: la idea del alma y la inmortalidad entre los griegos” Fondo de Cultura Económica.

Datos de interés:

Esta publicación fue traducida al francés el 6 de abril de 2021 en: EURO-SYNERGIES

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El ateísmo en la antigua Grecia

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Acrópolis

La religión griega es un tema con el que estamos obligados a pensar no sólo en la religión, sino también en la política, la antropología, la historia, la moral y la ética, pero no cabe la menor duda que la propia religión era el principal motor que movía la sociedad griega.

Para el griego, la religión era una experiencia más que un dogma, es decir, una forma de vida intrínseca que empezaba justo cuando el individuo nacía y terminaba cuando moría. Por ejemplo, en la religión minoica el culto religioso estaba relacionado con la fertilidad humana y el ciclo de las estaciones. Asimismo, sus orígenes también estaban vinculados a ceremonias funerarias como bien atestiguan los restos arqueológicos.

 Todo este proceso conllevaba a que brotara una conciencia individual religiosa de manera natural, y esa experiencia misma no se podía describir si no era a través del lenguaje ritual, el lenguaje mítico y el lenguaje conceptual, que eran, a la vez, su canal de expresión.  

Como bien sabemos, la civilización griega no conocía conceptos como iglesia o dogma alguno, y, en consecuencia, las conductas religiosas, la piedad o la impiedad no tenían ese carácter definido que pueden tener hoy día las religiones monoteístas. Partiendo de dicha base, ¿podemos imaginar cómo era la vida de un “ateo” en la Grecia a través de toda su historia?

Si hubiese ciertos rasgos de “ateísmo” en la época griega sería muy diferente al de hoy, así que partimos de la idea que el ateísmo griego no es nuestro ateísmo.

El ateísmo antiguo tendría dos enfoques:

  • No dogmático.
  • Indiferencia a la cuestión religiosa (politeísta) de la Polis, es decir, de la ciudad-estado.

Desde los tiempos remotos, la matriz de la religión griega se inició con los santuarios situados en cuevas, como es el caso del Monte Ida, la primera cueva sagrada, en el periodo micénico. Después, pasaría al culto doméstico privado, erigiendo en cada hogar un pequeño santuario, sustentado por unas creencias innatas que fueron heredadas por transmisión oral de padres a hijos. A partir de ahí, sería el prototipo de unidad familiar la que después invitaría a participar a su comunidad en el culto doméstico y a expandir unas creencias acogiendo una deidad como protectora del hogar, de la comunidad y de la ciudad, de manera gradual. Lógicamente, no todo el mundo participaría en su comunidad y declinaría los favores de los dioses, así que el ateísmo sería también un tema estrictamente privado y su conducta privada no preocuparía en absoluto a los poderes públicos que sí tenían una vinculación más estrecha con la religión y con sus tradiciones ancestrales. Es importante destacar que hay que considerar que la religión era principalmente una materia fuertemente vinculada a la tradición. Por ejemplo, los micénicos tenían pautas y concepciones muy afines a los griegos posteriores sobre cómo relacionarse con los dioses. Luego, más tarde, Homero y Hesíodo detallaron en sus obras cómo las fuerzas divinas influenciaban las acciones humanas y cómo evitaría graves castigos a aquellos que les ofendieran. Por esta razón, era sumamente importante eludir la ira de los dioses, no transgrediendo la naturaleza y no vulnerando las leyes del universo. Por eso, era imprescindible llevar los rituales de manera concienzuda.

En suma, si analizamos las civilizaciones griegas a través de sus periodos, el vivir y el sentir del individuo es ya de por sí un suceso religioso continuado, como el trabajar, tomar el alimento, realizar deporte o ir a la guerra. Por consiguiente, sus actos poseían un valor religioso sagrado. Es decir, el hombre se hacía religioso y honraba cada acto como un elemento fundamental y sagrado de su vida. Toda manifestación de lo sagrado era importante para el hombre. Sólo hay que citar los misterios de Eleusis que pervivieron durante dos mil años. También, un elemento básico pero sagrado era el núcleo familiar donde la felicidad conyugal y la armonía de la familia era fundamental para el bienestar de la sociedad. Así, Hestia, diosa del hogar y del fuego, protegía los altares de cada hogar y por analogía también las polis. La última finalidad era que en cada rincón de la tierra y del universo ardiera un fuego sagrado místico que daba vida a toda la naturaleza.

Indudablemente, la religiosidad griega conectaba, de manera inseparable, con el mito. Pero, los mitos se bifurcaban en dos tipos diferenciados: por un lado, aquellos mitos de connotaciones exotéricas que trataban de explicar las circunstancias del entorno cultural de la sociedad y que serían conocidos por todos a través del calendario litúrgico; mientras que, por otro lado, los mitos esotéricos eran aquellos que reportaban un carácter sagrado y donde el individuo pasaba unas pruebas de carácter iniciático y ritual, como es el ejemplo de los doce trabajos de Heracles. Sin embargo, ambas concepciones conllevan a un acto religioso de respeto hacia la naturaleza, las leyes, la ética, la educación, lo que los griegos llamaban paideía, es decir, la formación íntegra del individuo para ejercer sus deberes cívicos dentro del campo de la filosofía, la ciencia, las humanidades y la política. La religión era, sin ninguna duda, el basamento que sostenía la integridad de todos esos saberes del hombre siendo la virtud el último fin.

El término “ateo”, desde el punto de vista social y político, era aquel que de algún modo hacía temblar los pilares de la sociedad y que rechazaba el sistema religioso de las polis, pues podía perturbar la paz pública al no reconocer los dioses que honraba la ciudad o el estado, como pudo ser el caso de Sócrates. La historia de Sócrates es conocida: le obligaron a beber cicuta por no reconocer los dioses de la Polis, aunque hay ciertas teorías que indican que fue por razones políticas más que religiosas.

La sociedad griega no era atea, pero esto no quería decir que hubiera personas que tuvieran un planteamiento “no creyente” y que se resistían a creer en un poder divino. Pero estos caracteres de indiferencia o de resistencia eran un rasgo muy común a lo largo de la historia y que puso en liza varios debates en torno a la impiedad, a la inmoralidad o a desestabilizar la armonía de las polis. De hecho, si repasamos los autores más brillantes de Grecia para ver sus planteamientos religiosos destacamos el ejemplo de Platón: su vida giró en la búsqueda de la Verdad, inmutable, eterna y absoluta, en la que creyó siempre y con constancia, bajo la influencia de Sócrates. Platón expone en sus Leyes (Libro X) su famoso programa de castigo al ateísmo y a la herejía. Por ejemplo, si alguien expresara abiertamente que el universo es producto de la agitación de elementos corpóreos carentes de inteligencia era ateísmo. O bien decir que los dioses eran indiferentes con respecto al hombre iba en contra de las bases religiosas más importantes del pensamiento griego. La base griega era inconcebible una separación hombre-dios y hombre-naturaleza. Platón advertía que, antes de perseguir a alguien bajo la acusación de impío, era fundamental determinar «si el delito lo cometió por convicción o sólo por pueril ligereza». Depende del grado de acusación se podía condenar al ostracismo, ir a la cárcel o, por último, la pena de muerte.

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ZEUS

Platón quería dejar claro que el hombre debía vivir su vida con el dominio de la razón y bajo un arquetipo ideal de vida, pues se intentaba reconocer también que en el Cosmos había un Orden, unas directrices divinas donde operaba el auténtico Espíritu. Por eso, el ateísmo quedaba totalmente rechazado y el orden del mundo se atribuía a la Razón divina que ordenaba el cosmos y que a su vez debía reflejarse en la Polis conforme al plan divino. En suma, El hombre era artífice de la Gran Obra, el arquitecto de ese modelo que había de plasmarse sobre la tierra.

En la otra cara de la moneda, tenemos un ejemplo claro y conciso de rebeldía religiosa. Jenófanes de Colofón (nacido entre el 580 a. C. y el 570 a. C. – muerto entre el 475 a. C. y el 466 a. C) criticó a los dioses antropomórfico como un invento humano que corrompía a la sociedad, pero según que versiones sus doctrinas tenían una base panteísta.

Como panteísta entendemos a:

  • Dios es idéntico a todas las cosas. Dios es el mundo.
  • Todo es divino.
  • Está identificado con el mundo.
  • El universo entero, la naturaleza y Dios son lo mismo: Esto significa que todo es de una sola esencia: Dios, el universo, la materia, las personas, etc.

Sin embargo, otros autores señalan a Jenófanes como politeísta, aunque priorizaba una “divinidad” por encima de las demás de naturaleza incorpórea (de ahí su feroz ataque al antropomorfismo de Homero y Hesíodo).

Jenófanes subraya la expresión “el más grande entre los dioses y los mortales”, que éste utiliza refiriéndose al dios central de su cosmovisión (Zeus), deja claramente abierta la existencia de más dioses, pues el poeta y filósofo griego aclara que en el término que utiliza,  a esos “dioses” no les otorga forma (ni antropológica ni animal), por lo cual hay que pensar en esos dioses como fuerzas sutiles que forman parte del entramado suprasensible cósmico y lo articulan y lo armonizan, y no en dioses exotéricos como el vulgo así lo percibía.

Así, por lo tanto, se podía ubicar a Jenófanes como un filósofo metafísico (y no como un teólogo) de su época.

Para aclarar el crisol de términos relacionados con la metafísica griega de índole indoeuropeísta, Eduard Alcántara expresa que:

el Ser Supremo Incondicionado se manifiesta, primeramente, a través de fuerzas o numens que en momentos dados (en épocas y tradiciones diferentes) fueron caracterizados  –en modo mayoritario- de manera antropomórfica. Así el hombre empezó a hablar de dioses y de esta manera no sucedió que el vulgo devoto cayera en el olvido del hecho de la existencia de la Trascendencia, pues el Conocimiento del Ser Supremo y la Identificación con el mismo sólo están al alcance de unos pocos que ostentan una aptitud o unos impulsos proclives a la transformación real interior, pero la mayoría hubiera dado, por completo, la espalda a lo Espiritual si no se le hubiera hecho más fácil de ´entender´ y ´contemplar´ lo Trascendente gracias a la existencia de divinidades con forma; formas que se diferenciarán para cada etnia y/o cultura con el fin de que se adaptaran mejor a sus respectivos  parámetros existenciales, a sus sensibilidades y a sus idiosincrasias.

En síntesis, hay que considerar el Principio Supremo como origen de todo el Cosmos y sin condicionamiento de ningún tipo (p.ej., de forma antropomórfica) siendo las fuerzas sutiles (que de él derivan) una característica propia del mundo manifestado y trascender hacia una visión metafísica-esotérica que está muy lejana de aquella visión exotérica-religiosa acaecida desde el punto de vista del vulgo.

Hay otros autores que propagaron el monoteísmo de Jenófanes, pero en mi opinión personal está fuera de lugar. El monoteísmo (ligado después al ateísmo) surgiría con el cristianismo y con las religiones monoteístas (judía, cristiana e islámica).

El monoteísmo, sin ningún tipo de vacilaciones. no estaba asentado, ni mucho menos, en la cultura popular del pensamiento griego. Es cierto que hay pensadores relevantes como Jenófanes que postulaba un dios moral, único y todopoderoso, una fuerza unificadora, formador del mundo, pero que defendía a su vez la diversidad dentro de la unidad, pues Jenófanes cita a Dios como “el más grande entre los dioses y los mortales”.

Puede que haya referencias literarias o filosóficas de la idea de un solo Dios, pero es una referencia general como unidad, denominada Theo (Dios) sin indicar un nombre concreto (Zeus, Poseidón, etc.)

Por otra parte, hay que matizar que los griegos no se definieron a sí mismo como politeístas. La palabra politeísta la inventó Filón de Alejandría, filósofo cuya religión de origen fue judía. Una religión politeísta se caracteriza por la pluralidad de fuerzas divinas y de cultos. La diversidad de dioses no era contradictoria con la idea de unidad de lo divino.

En el siglo VI a.C. se produce la transición del mito al Logos, es decir, el paso del pensamiento mítico al racional. Destacamos al panteísta Tales de Mileto (624 a. C.- c. 546 a. C, aproximadamente), que atribuía “alma” a todo lo que pertenecía al Cosmos (minerales, vegetales, animales, personas), siendo para él “lo que anima”, lo que es causa del movimiento. Así surgiría la filosofía, el debate y la crítica.

Los atomistas como Demócrito (S. V-IV a. C.) intentaron explicar el mundo de una manera puramente materialista, sin referencia a lo místico o espiritual. Entre otros filósofos presocráticos que probablemente tenían opiniones ateas se incluyen a Pródico de Ceos y Protágoras. Protágoras de Abdera (485 a. C.- c. 411 a. C) fue el primero que se llamó sofista y fue acusado de ateísmo y tuvo que abandonar Atenas. El propio Protágoras declaró: de los dioses no puedo saber si existen, ni qué forma tienen. En efecto, son muchas las dificultades que obstaculizan tal conocimiento, como la imposibilidad de recurrir a la experiencia sensible, y la brevedad de la vida.

Diágoras de Melos,  también filósofo sofista  griego del siglo V a.C, se llevó de hecho la mala fama del primer “ateo” en la Grecia clásica, y es citado como tal por Cicerón en su De Natura Deorum.

El atomista y materialista Epicuro (341-270 a.C.) disputó muchas doctrinas religiosas, incluyendo la existencia de un más allá o una deidad personal; consideró el alma puramente material y mortal. Aunque el epicureísmo no haya descartado la existencia de dioses, él creía que, si existieran, ellos estaban despreocupados con la humanidad. Pero Platón en su libro Leyes argumenta muy bien sobre estas cuestiones y respondía con maestría estos pensamientos que causaban malestar en la sociedad.

Conforme la sociedad griega asentaba nuevos ramales filosóficos, destacaría a Carnéades de Cirene, que dirigió la Academia de Platón en el siglo II a.C., y que consideraba “la creencia en dioses como algo ilógico”. El filósofo formuló contra la prueba teleológica de la existencia de Dios, inclinándose como un escéptico pues postuló que era imposible un conocimiento auténtico, sino una probabilidad.

Destacaría, sin lugar a dudar, el ejemplo de la importancia del tejido religioso en la antigua Grecia en la organización en torno al culto de Eleusis, como motor político que impulsaba el ideario griego.

La profanación de este culto supondría un delito de asebeia (impiedad) porque más allá del terreno religioso sus tentáculos se extendían a la esfera política y social.

La religiosidad en torno a Eleusis daba, principalmente, mucha importancia a la ritualidad y a la práctica religiosa. Había un profundo respeto hacia los misterios de Eleusis y transgredir sus tradiciones suponía romper con los moldes socio-político de la sociedad.

Es bien conocido que Esquilo (525 a.C.- 456 a.C.) fue juzgado por haber revelado los secretos de los Misterios de Eleusis en una de sus obras. Cabe destacar, que su defensa se fundamentó en una falta de intencionalidad, debido a su ignorancia sobre el rito.  Fue finalmente absuelto precisamente por declararse ignorante.

Básicamente había que preservar los valores cívicos de la comunidad entre los ciudadanos de las polis. Si se vulneraba dichos valores, el individuo le daba la espalda a la sociedad, y el poder político podía tomar las medidas pertinentes, desde el destierro hasta la pena de muerte. Por lo tanto, poder político y poder religioso era el mismo corpus, pues las magistraturas políticas ejercían poder en el campo religioso, teniendo como fin la defensa de las tradiciones religiosas y el respeto al estado social. El aviso principal para el ciudadano era claro y conciso: se desgranaba los valores éticos y morales de la comunidad con una misma creencia. En otras palabras, si un ciudadano vulnerase los valores o cualquier actividad relacionada con el rito, sería castigado, siendo el tipo de delito la asebia, en sus diferentes grados y acepciones.

Los motivos de asebia eran muy heterogéneos, pues no sólo se refería a romper una estatua o profanar un templo, sino que también se utilizaba el término para acusar a un ciudadano por no creer en los dioses, o que enseñaban otras áreas del conocimiento fuera de los parámetros dictados por las polis, como por ejemplo el caso de Sócrates, donde Meleto (poeta trágico del siglo V a.C.) le acusó por investigar sobre las cosas del subsuelo así como las cosas celestes. Meleto creía que Sócrates incurría en delito y traspasaba las líneas marcadas por la sociedad ateniense. (Plutarco. Ap.19b)

Sin embargo, existen casos en la segunda mitad del s. V a.C. como el caso de Diágoras de Melos (465- 410 a.C.), también conocido como el ateo, según Diodoro Sículo fue acusado por profanar los Misterios y condenado a muerte en Atenas, aunque murió en el exilio.

En suma, y sin entrar en profundidad, el pensamiento ateniense preservaba el mundo religioso, cuyo canal de transmisión más poderoso era la política y que, junto a la Tradición,  formaban un triángulo equilátero en pro de la comunidad. Así, se evitaría que la comunidad entrase en una crisis o cuestionara los conceptos del bien, la justicia, la verdad, etc. que fue, precisamente, lo que Sócrates quiso discutir a la política ateniense. Pero, la historia griega está llena de grietas, y ya en la segunda mitad del siglo V a. C. fue una época agitada donde las convulsiones sociales y políticas estaban al orden del día con temas relacionados con las creencias de fe, conspiraciones políticas, desprecio a los valores, etc. Sólo hay que analizar los acontecimientos tras la cruenta y devastadora Guerra del Peloponeso (431-404 a.C.), como las polis pertenecientes a la Liga de Delos comandada por Atenas perdieron su esplendor y hegemonía y cayeron en un gobierno oligárquico mucho más sangriento: el gobierno de los Treinta Tiranos. Bajo este gobierno, destacamos a Critias (discípulo de Sócrates y pariente de Platón) y un ateo declarante que solidificó un sistema antidemocrático. Probablemente, durante este periodo la brújula religiosa oscilaba entra una nueva reforma social política y la confusión. Más adelante, con la entrada en el poder de Alejandro Magno (S. IV a. C.) el núcleo religioso se diseminaría con otros movimientos religiosos y finalizaría con la entrada de la primera globalización del mundo occidental. Cabe destacar que durante el periodo helenístico se iría modificando la vida helénica hacia una nueva apertura al influjo oriental y a un confuso y desorientado sincretismo que sepultó al modelo tradicional griego pasando definitivamente a la conquista romana, testimoniando con ello una pérdida del sentimiento religioso griego, el cierre definitivo de una etapa y el comienzo de otra religión apartada de la ciudad y los lazos políticos.

Con este nuevo panorama, el hombre, en general, se planteó otros horizontes religiosos, otra perspectiva a su existencia y, no menos importante, encontrar su lugar en el mundo. Indudablemente con otro rumbo a lo desconocido la percepción del hombre comenzaría con otros planteamientos éticos-religiosos bajo un marco globalizado y cosmopolita donde la metafísica, por ejemplo, se había enterrado para preocuparse del problema de la conducta humana. Con la muerte de Alejandro Magno, la sociedad griega entró en diferentes estadios de inseguridad e incertidumbre a pesar de que surgieron dos escuelas notables como el estoicismo y el epicurismo. Con el epicureísmo, por ejemplo, se daba solución, precisamente, al problema de la felicidad. Los epicúreos anhelaban la paz consigo mismos desarrollando un método que huía de la tristeza, la melancolía, la angustia y las preocupaciones diarias que llegaban a apesadumbrar al ser humano en este periodo. Con el estoicismo, destacamos a Epicteto (50-135 d. C.) que expresó «A propósito de la religión para con los dioses, sábete que lo principal es tener respecto a ellos opiniones justas: se ha de considerar que existen y que lo gobiernan todo según el orden y la justicia, y además hay que rendírseles con obediencia y someterse a ellos en todos los sucesos, aceptando de buen grado cuanto ocurra, puesto que representa el cumplimiento de los más elevados designios.» Epicteto condenaba el ateísmo y la negación de la divina Providencia.

Con la caída de los valores tradicionales griegos, Atenas y Esparta irían perdiendo poder y solemnidad religiosa, y el espíritu de antaño terminaría su ciclo de existencia dando paso un flujo de corrientes individualistas que rechazaban la religión olímpica, aunque, es cierto, que seguía manteniéndose cultos importantes como lo fue Eleusis. Pero, concretamente, Eleusis tuvo que competir con otros estándares de creencias como fue la de Isis, Serapis, Attis, por mencionar algunos ejemplos. De Serapis se puede destacar que representaba ese nuevo sentimiento religioso, uniendo la cultura greco-egipcia bajo el mandato de Ptolomeo I, vinculando con ello Grecia y Egipto. Así, Eleusis pasaría a ser un culto mistérico subterráneo, de segunda clase. De este modo, y de manera gradual y paulatina, la clase social más representativa (media-baja) les faltó un basamento seguro y sereno para su vivir cotidiano. Al no encontrar un refugio espiritual ni tampoco poder alcanzar el entendimiento de una filosofía elevada como la de Platón (la escuela de Platón continuó la obra filosófica y la Academia sobrevivió hasta el siglo I a. C) o la de Zenón de Citio, fundador del estoicismo, buscaban apoyo en otras creencias religiosas que les garantizaban una promesa de mejor vida después de la muerte, aunque para muchos le surgiera nuevos temores: el temor al más allá, la angustia del juicio tras la muerte, entre otras inquietudes y zozobras.

A través de este texto, se ha comprobado que desde la antigua Grecia, desde un enfoque espiritual-metafísico, el hombre a través de los diferentes periodos entraría en un proceso de decadencia, pues, básicamente, había abandonado la experiencia directa y sublime de lo Trascendente para sustituirla por otros métodos más caviloso y racional-científico creado por la mente humana, encontrándose ésta en otro plano diferente al del espíritu. La iniciación, como vía elevada, habría quedado anulada en la postrimería cercana al periodo romano y nunca pudo mantener el Ser como lo Eterno y Trascendente. Así, los misterios dionisiacos, apolíneos, eleusinos fueron apagando su fuego eterno para pasar a otra realidad más mundana y terrenal, la filosofía discursiva y especulativa y canalizar mentalmente la idea de ateísmo, pecado y sufrimiento.

Fuentes:

Bruit Zaidman L. “La religión griega en la polis de la época clásica”. Editorial AKAL (2002)

Fernández Monterrubio, M. “Testimonios de divinidades no griegas en las inscripciones micénicas”. Departamento de Ciencias de la Antigüedad y de la Edad Media Universidad Autónoma de Barcelona. (2014)

Eliade, M.  “Historia de las creencias y las ideas religiosas: de la Edad de Piedra a los Misterios de Eleusis” Vol. I. Editorial PAIDOS.

Ríos, E.J. “La naturaleza del mito más allá de la mitología griega”. Vol I. Semper Eadem Ediciones.

Copleston, F. “Historia de la filosofía”. Tomo I. Editorial Ariel.

Abbagnano, A. “Historia de la filosofía” Vol 1. Hora S.A. (1994)

DICCIONARIO AKAL DE FILOSOFÍA

Fuentes/Internet:

La concepción panteísta. Recuperado de: http://www.armandfbaker.com/book/chapter_1.pdf

Sobre Jenófanes. Recuperado de: https://www.uv.es/~japastor/jenofa.htm

Tradición y metafísica. Recuperado de: https://septentrionis.wordpress.com/2015/07/18/numen-numina/


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Viaje a Grecia: el arte griego

MUSEO NACIONAL DE ATENAS-MUSEO ARQUEOLÓGICO (Visita a Atenas, verano 2019)

Un recorrido por el Museo Nacional de Atenas, de mi viaje en agosto de 2019. Este año quiero volver a Grecia, necesito entrar de nuevo en esa dimensión y sentir el efluvio de los dioses. Comparto mi visita con ustedes y los breves apuntes que hice de cada instantánea. Feliz año nuevo!!

  1. Prehistoria y protohistoria ( 4500-1220 a.C.)

En este periodo destacaría, indudablemente, el florecimiento de la civilización egea en las Cícladas, primera manifestación de los helenos indoeuropeos, que comprende un arte refinado y en sus geometrías armoniosas, materializándose sobre todo en la producción de estatuas y de estatuillas de mármol insular, los llamados “ídolos”.

Las manifestaciones artísticas de los primeros helenos indoeuropeos datan de entre el 2800 y el 2200 a.C., en plena Edad del Bronce, un periodo fértil en la demografía griega. El área de interés es el archipiélago de las Cícladas (Siros, Karos, Naxos, Milos, entre otras decenas de islas más). Destaca, tal como se muestra en la imagen figuras humanas sencillas, esquematizadas, con un sentido formal y proporcional de las divinidades, muy frecuente la interpretada como la “Gran Madre”.

Abajo, en la imagen, un ejemplo del arte cretense es el fresco, en el que se aprecia el aspecto típico femenino con su atuendo más tradicional

Indudablemente, la “máscara” de Agamenón representa la hegemonía micénica en el mediterráneo, imponiendo una riquísima  aportación al arte reflejando el poder de la aristocracia guerrera inclinada al lujo.

2.  Medievo helénico (1200-900 a.C)

Nos situamos en el periodo de las últimas invasiones indoeuropeas por parte de los dorios. Destaca un periodo de transición económica y demográfica (S. X a.C.) y con ello una nueva expresión artística, que da como resultado una nueva actitud del hombre frente a la compleja y ordenada trama del universo. Sus formas geométricas son abstractas y de la realidad.

La figura de arriba representa un aedo, un cantor de poemas épicos. El modelo es totalmente curvo, con la mano sobre la lira.

  1. Periodo geométrico (900-700  a. C. )

En este periodo destacaría un equilibrio artístico, cargado de temas figurativos alusivos a la cultura épica. Rigor geométrico y la racionalidad son claves en este periodo. En cuanto a la escultura se caracteriza por ser de madera y marfil, con ornamentos de bronce.

  1. Periodo orientalizante ( 700-610 a. C. )

La expansión de los movimientos coloniales y las relaciones comerciales y culturales con el Oriente mediterráneo, anatolio y mesopotámico dan lugar a un nuevo arte con una refinada orfebrería y tallas de escultura de piedra. En la arquitectura también se aprecie una influencia oriental.

La cerámica destaca por la imagen de la esvástica,  símbolo de buena fortuna, del universo, que ya se representaba en el budismo.

  1. Periodo arcaico ( 610-490 a. C. )

Se abandona el estilo oriental para dar paso un estilo inconfundible con la escultura de piedra de tamaño natural de la figura humana. En este periodo abundan los productos cerámicos figurativos en los que triunfan la mitología y la épica.

  1. Periodo clásico (490-323 a.C.)

En esa época el arte griego tiende a la representación del dinamismo del cuerpo humano, de su belleza ideal y de su mundo interior, expresada como manifestación positiva o negativa con los dioses, las leyes, la comunidad, los valores éticos que propugna la democracia ateniense.

Arriba en la imagen, se contempla a Hermes con el niño Dioniso en una escultura griega de mármol con una altura de 213 centímetros que se encuentra en el Museo Arqueológico de Olimpia, cuya autor es de Praxíteles, pero hay discrepancias entre los especialistas.

  1. Periodo helenístico (323-30 a.C.)

El periodo universal de Alejandro Magno trae consigo un arte de muchísimo nivel, exaltando, por ejemplo, el lujo del poder, o la búsqueda de las emociones.

La escultura de arriba representa a Afrodita, Pan y Eros. En la base se halla esta inscripción: “Dionysios hijo de Zenón de Theodoros, originario de Berytios [Beirut], bienhechor, para sí mismo y sus hijos, a los dioses ancestrales”).

Pan agarra el brazo izquierdo de Afrodita, que se protege de su parte más íntima, mientras le amenaza sin alterarse con una sandalia, con una sonrisa serena y controlando la situación. Eros protege a su madre empujando los cuernos de Pan. El pene se ha perdido, estaría erecto, según los expertos.

Referencias:

Historia Especial Arqueología. Grecia Clásica: reconstrucción en 3D de Atenas y Olimpia. National Geographic.

Durando, F. Grandes civilizaciones del pasado: Grecia Antigua. Ed, Folio

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