Hécate

Invoco a Hécate , protectora de los caminos, en las encrucijadas, grata, celeste, terrenal, marina, de azafrana­do peplo, sepulcral, y que se agita delirante entre las almas de los muertos; hija de Perses , amante de la soledad, que disfruta con los ciervos, noctámbula, protectora de los perros, invencible soberana que devora animales salva­jes, sin ceñidor en su cintura, y con una figura irresistible; que se mueve entre los toros, dueña guardiana de todo el universo; conductora , joven guerrera, nutridora de jó­venes, montaraz. En conclusión, suplico que asista la don­cella a los sagrados misterios, mostrándose propicia al boyero de corazón siempre alegre. (I Himno a Hécate).

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Hécate

Hécate (el que hiere a voluntad, que ataca como le place) es una divinidad compleja, indudablemente muy arcaica, procedente del sur de Asia Menor. Según Hesíodo, es descendiente de los titanes, hija de Perses y Asteria, por eso no se vincula con el Panteón de los doce grandes dioses olímpicos. Sin embargo, su poder, que se extiende sobre la tierra, el mar y el cielo, es inmenso. Divinidad bienhechora, hace prosperar las empresas de los hombres (cría de ganado, guerras, viajes, procesos…), pero puede condenarlas al fracaso si así le place. El propio Zeus respeta su omnipotencia. Con el tiempo esta imagen tutelar se difumina:  Hécate se convierte en una inquietante divinidad del reino del Hades, donde a veces se la encuentra sosteniendo dos antorchas en las manos. Vinculada a un mundo nocturno, diosa de la luna y de la magia, aparece a menudo bajo formas animales (perra, loba, yegua) seguida por una jauría aullante. Es la Triple Hécate de los sortilegios que se alza en los cruces de caminos (lugares particularmente consagrados a las prácticas mágicas) bajo la forma de una estatua tricéfala o incluso con tres cuerpos. En una época más tardía se establecía una relación entre Hécate, Artemisa y Selene. En Roma, Hécate sería identificada con Trivia, diosa de la encrucijada.

La triplicidad tan acusada de Hécate, perceptible tanto en sus antiguos poderes (aire, mar y tierra) como en las diversas representaciones de la diosa (como puede ser la Quimera o Cerbero), haría referencia a una división del tiempo o del año muy arcaica que implicaba tres periodos, cada uno de los cuales estaría simbolizado por un animal. Tiene tres cuerpos y tres cabezas: de león, perro y yegua.

El propio Zeus honra a Hécate tanto que nunca le niega la antigua facultad de la que ha gozado siempre: la de conceder o negar a los mortales cualquier don que deseen.

La inclusión y alabanza de Hécate en la Teogonía son problemáticas para los investigadores, ya que Hesíodo (700 a.C.) parece elogiar en demasía sus atributos y responsabilidades, a pesar de ser, en aquella época, una diosa relativamente menor y extranjera. Se ha propuesto que esto puede ser debido a que en la población de origen de Hesíodo (Beocia) hubo una devoción substancial hacia Hécate y que su inclusión en la Teogonía fue su propia forma de promover a la diosa local entre el público no familiarizado. Lo que sí quería reflejar Hesíodo era su rango como diosa triple original, suprema en el cielo, la tierra y el Tártaro; pero los helenos destacaban sus poderes destructores a expensas de las fuerzas sutiles creadoras, hasta que por fin sólo se la invocaba en los ritos clandestinos de magia, especialmente en los lugares donde confluían tres caminos.

A medida que su culto se extendió a zonas de Grecia, se presentó un problema, dado que el papel de Hécate ya estaba cubierto por otras deidades más prominentes del panteón griego, particularmente Artemisa y por Némesis, personaje más arcaico. Esta analogía mística de la triada (Artemisa, Némesis y Hécate) fomentaron el carácter sagrado del número tres.

Emergen entonces dos versiones de Hécate en la mitología griega: la menos conocida es un claro ejemplo de intento por integrarla sin disminuir a Artemisa. En ella, Hécate es una sacerdotisa mortal comúnmente asociada con Ifigenia, que desdeña e insulta a la diosa cazadora, lo que la lleva finalmente a suicidarse. Artemisa adorna entonces el cadáver con joyas y susurra para que su espíritu se eleve y se convierta en la diosa Hécate, que actúa de forma parecida a Némesis como espíritu vengador, pero únicamente para mujeres heridas. Este tipo de mitos en el que una deidad local patrocina o «crea» a una deidad extranjera era popular en las culturas antiguas como forma de integrar sectas extranjeras. Adicionalmente, a medida que la adoración de Hécate crecía, su figura fue incorporada al mito posterior del nacimiento de Zeus como una de las comadronas que escondieron al niño, mientras Crono consumía la roca falsa que le había dado Gea.

La segunda versión ayuda a explicar cómo Hécate se ganó el título de «Reina de los Fantasmas» y su papel como diosa de la hechicería. De forma parecida a las hermas (tótems de Hermes) que se colocaban en las fronteras como protección frente al peligro, las imágenes de Hécate, como diosa liminar, podía también jugar un rol como protectora de espíritus. De esta manera, era muy común poner estatuas de la diosa en las puertas de las ciudades y finalmente en las puertas de las casas. Sin embargo, con el tiempo, la creencia en el alejamiento de espíritus malignos llevaría también a la creencia de que ofender a Hécate también los atraía. Así surgieron las invocaciones a Hécate como gobernadora suprema de las fronteras entre el mundo de los vivos y el mundo de los fantasmas. En suma, Hécate tenía la “llave” para evitar que el mal escapara del mundo de la oscuridad, como también permitía que dicho mal entrase. De ahí se explica la presencia de Hécate (como diosa lunar) en el cementerio y el poder que tenía ella sobre estos lugares tan tenebrosos. Los atributos más representativos, además de las dos antorchas, eran las hojas de álamo negro, que al ser oscuras por una cara y claras por la otra, simbolizaba el límite entre los dos mundos.

En el relato mítico del rapto de Perséfone por Hades, la única información que pudo obtener Deméter, se la dio Hécate quien había oído a la joven doncella gritar: «¡Un rapto, un rapto!», pero al correr en su ayuda no había encontrado ni rastro de ella. Luego, Deméter llamó a Hécate para ver a Helio, quien todo lo ve, y le obligaron a admitir que Hades había sido el que raptó a Core. Así, Core pasaría tres meses del año en compañía de Hades como Reina del Tártaro, con el nombre de Perséfone (de phero y phonos, «la que trae la destrucción»), y los nueve meses restantes con Deméter. Hécate se ofreció a asegurar que se cumpliera ese acuerdo y a vigilar constantemente a Core.

Las fuentes más remotas presumen de citar a Core, Perséfone y Hécate como la diosa en Tríada que simbolizaba la Doncella, Ninfa y Vieja, en una época en que, posiblemente, las mujeres practicaban los misterios de la agricultura. Core representa el grano verde, Perséfone la espiga madura y Hécate el cereal cosechado, indicando así un rito de la fertilidad para asegurar una próspera cosecha durante el año. De nuevo, nos encontramos con el tres, como símbolo sagrado. También el mismo número sagrado se puede interpretar con el rapto de Core por Hades en el que la trinidad helénica de dioses se casa forzosamente con la triple diosa pre-helénica: Zeus con Hera, Zeus o Posidón con Deméter, y Hades con Core.

Cubierta De Libro, Fantasía, Retrato
Empusas, demonios femeninos seductores

Como dato relevante, las hijas de Hécate fueron los repugnantes demonios llamados Empusas (“obstaculizar”, interpretándolo como “la que obstaculiza” o bien como “la que tiene un solo pie”, en tanto que pasaba por tener un pie de bronce) que se las reconocen por tener ancas de asno y de bronce. Se alimentaban de carne humana y aterrorizaban a las mujeres y a los niños.

Estos demonios solían asustar a los viajeros, pero también se las podían ahuyentar con palabras insultantes: al oírlas, huían chillando despavoridas. Las Empusas, igualmente, se disfrazan de perras, vacas o doncellas hermosas y como último fin, se acuestan con los hombres por la noche o durante la siesta, alimentándose de sus fuerzas vitales hasta que morían. Cuenta la leyenda que eran demonios femeninos muy seductores, concepción probablemente llevada a Grecia desde Palestina, donde se las llamaba Lilim («hijas de Lilith») y se creía que tenían ancas de asno, pues el asno simbolizaba la lascivia y la crueldad. Lilith («buho») era una Hécate cananea y los judíos hacían amuletos para protegerse con ella en una época tan posterior como la Edad Media.

Referencias:

Graves, R. Los mitos griegos I. Ed. Alianza.

Vernant, J.P. El universo, los dioses, los hombres: el relato de los mitos griegos. Ed. Anagrama.

Diccionario Etimológico de la Mitología Griega (PDF).

Himno homérico a Deméter. Enlace: Deméter

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Los cultos mistéricos en la antigüedad

Nada más alejado para aproximarnos al significado real de la religiosidad antigua que nuestro actual concepto de religión. Estamos acostumbrados a entender la adhesión a una religión como una elección personal que excluye por sí misma la posibilidad de participar en cualquier otra. Ya desde su origen, las principales religiones contemporáneas de occidente –el judaísmo, el cristianismo y el islamismo– han presentado un insistente carácter autodefinitorio, así como un énfasis permanente en la delimitación de una religión frente a las otras. Esto no pasaba en el mundo precristiano: las distintas formas de culto de la antigüedad nunca fueron mutuamente excluyentes, incluso en los casos de dioses nuevos y extranjeros en general y en la institución de los misterios en particular. Eran distintas variantes, corrientes o alternativas dentro del conjunto único y homogéneo de la religión antigua.

Hablar de “religiones mistéricas”, como se hizo frecuentemente hasta en la década de los 80 aproximadamente, ya no resulta viable. Ni los misterios báquicos ni la iniciación en Eleusis, o los cultos de Isis o Mitra, tienen nada que ver con la adhesión a una religión en el sentido arriba mencionado. Existen numerosas diferencias entre ellos que nos impiden englobarlos bajo una única categoría. Pero es posible mostrar que pese a la magnitud de la diversidad se observan algunas constantes. Por razones de espacio abarcaremos sólo cinco modalidades (a nuestro criterio las más importantes) de los cultos mistéricos antiguos, comenzando por el más arcaico de ellos y más extendido en sentido territorial: El culto de Dioniso.

Bacco Caravaggio

Baco, Caravaggio, oleo sobre lienzo, 1598 ?

Al popular dios del vino y el éxtasis se le rendía culto en todas partes. Cualquier bebedor podía enorgullecerse de ser adorador de este dios. La tablilla de Hiponion, que menciona a los mystai y los bakchoi en su “camino sagrado” al otro mundo, da cuenta de la existencia de misterios dionisíacos, iniciaciones personales secretas con la promesa de la felicidad eterna en el más allá. Pero en contraste con los misterios eleusinos (sólo practicados en Eleusis), no parecen haber tenido un centro localizado de celebración. Los misterios de Dioniso aparecen por todos lados desde el Mar Negro hasta Egipto y desde Asia Menor al sur de Italia. Los más famosos, paradójicamente por su mala fama, fueron las Bacanales de Roma e Italia, reprimidas brutalmente por el senado romano en 186 a. C. El fresco de la Villa de los Misterios, en Pompeya, es el documento artístico más fascinante sobre los misterios báquicos, data de la época de Cesar. A veces se relaciona con estos misterios el mito del desmembramiento de Dioniso, pero no es seguro que se aplicara a todos ellos. Otro problema recurrente es el del vínculo del culto al dios con los textos y grupos “órficos”, aparentemente surgidos del mítico Orfeo, el cantor.

Senatus consultum de bacchanalibus

Senatus consultum de bacchanalibus, de 186 a. C.Reproducción de la tablilla de bronce encontrada en 1640, en Tiriolo (Calabria, Italia), con el Decreto senatorial sobre la prohibición de las fiestas bacanales y el castigo de la pena capital para sus organizadores. La original se encuentra en el Museo de Historia del Arte de Viena

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Fresco de la Villa de los misterios en Pompeya (primera mitad del siglo II a. C.)

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Los misterios de Eleusis estaban dedicados a las “Dos Diosas”: Démeter, diosa del trigo, y su hija Perséfone, conocida también como Ferefata o “la Doncella”, Core. Eran organizados por la polis de Atenas y supervisados por elarchon basileus, el “rey”. Fueron los misterios por excelencia de los atenienses, y la fama literaria de Atenas se encargó de que pasaran a la posteridad. Existe además documentación importante procedente de la iconografía, las inscripciones y las excavaciones. El conocido mito narra la búsqueda de la diosa Démeter de su hija Perséfone, que había sido raptada por Hades y llevada al inframundo. “La Doncella” consigue finalmente regresar a Eleusis pero por un período de tiempo limitado, para luego volver al inframundo. Es entonces cuando los atenienses celebraban los Mysteria, el gran festival de otoño, con una peregrinación que se iniciaba en Atenas y terminaba en Eleusis. Allí culminaban los festejos en la sala de iniciaciones (telesterion) por la noche, y el hierofante revelaba “las cosas sagradas”. Démeter favorecía a la ciudad con dos dones en Eleusis: el trigo, como base de la vida civilizada, y los misterios, que llevaban en sí la promesa de las “mejores esperanzas” para una vida futura bienaventurada. Como hemos dicho antes, estos misterios sólo se celebraban en Eleusis y en ningún otro sitio. Para ampliar más información os dirijo a mi última entrada relacionada con los misterios de Eleusis, aprovechando mi viaje por tierras helenas: Eleusis.

Píndaro expresa sobre los Misterios de Eleusis: “Dichoso el que entra bajo la tierra, después de haber visto estas cosas; conoce el fin de la vida, y conoce su principio, el que le dio Zeus”. (Fragmentos, 137).

La Diosa Madre de Asia menor (Mater Magna, en latín)  era llamada por los griegos Méter. Mucho tiempo antes de la escritura se puede encontrar el culto a una Diosa Madre en Anatolia, remontándose hasta el neolítico. Su nombre frigio, Matar Kubileya, fue el más influyente para los griegos. Se la llamó Kybeleia o Kybele en griego, pero fue más conocida como “Madre de la montaña”, a veces con el agregado del nombre propio de una montaña local: Méter Idaia, Méter Dindimene… En este culto llamó la atención principalmente la institución de sacerdotes eunucos, los galloi, autocastrados que vivían sobre todo en Pesinunte. El correlato mitológico de estos sacerdotes es Atis, el paredro amante de la Madre, que es castrado y muere bajo un pino. En el año 204 a. C., el culto fue llevado a Roma por orden de los oráculos y se expandió luego a partir de allí. Tuvo varias formas de ritos personales y secretos (teletai mysteria); la forma más espectacular conocida fue eltaurobolium (conocido desde el siglo II d. C.), donde el iniciado permanecía en cuclillas dentro de un pozo cubierto con vigas de madera sobre las que se daba muerte a un toro y quedaba empapado por la sangre que manaba a borbotones del toro.

Los griegos siempre dieron mucha importancia a los dioses egipcios, pero entre ellos destacaron Isis y Osiris desde la época arcaica en adelante. Desde el principio los identificaron con Démeter y Dioniso (ir al enlace versión órfica) respectivamente. Los santuarios de los dioses egipcios, con sacerdotes egipcios o egipcianizantes, se establecieron por todas partes. El mito base de este culto es conocido principalmente por el libro de Plutarco, De Isis y Osiris. Relata la muerte de Osiris desmembrado por su hermano Set, buscado, encontrado y reunido por Isis, que luego concibió y dio a luz a Horus. En el último libro de El asno de oro, de Apuleyo, el texto sobre misterios más extenso que disponemos de la antigüedad pagana, están descritos los misterios de Isis.

Por último, imposible dejar de reconocer a Mitra. Deidad indoirania muy antigua, atestiguada ya en la Edad de Bronce y venerada desde entonces por todas partes donde la tradición irania ejerció influencia. No tenemos información de los misterios característicos de Mitra antes del 100 a. C., y no deja de ser problemática la manera en que se fundaron o su relación exacta con la tradición irania. Estos misterios se celebraban en cuevas subterráneas por pequeños grupos de varones que se reunían delante del mitreo (representación de Mitra dando muerte al toro que ocupaba el ábside de la cueva) para la comida sacrificial y las iniciaciones. Era un culto exclusivo del sexo masculino. En especial contaba con numerosos adeptos entre los soldados y oficiales romanos. El símbolo central del mitraísmo es el sacrificio rejuvenecedor del toro por parte del joven dios, que se asemeja al sacrificio del toro primordial Gosh por parte de Ahriman, en la tradición zoroástrica. Relacionado con el poder indomable del sol, la fiesta mitraica romana del Sol Invictus sirvió de pauta para establecer la fecha tradicional del nacimiento de Cristo, el 25 de diciembre.

El mito se refleja en la iconografía mitraica. Había siete grados de iniciación: Córax, Ninfis, Miles, Leo, Persa, Heliodromo y Pater. Un último título parece aludir a la autoridad central: pater patrum. Para inaugurar un nuevo Mitreo, debía estar presente un pater. Así, el mitraísmo estaba dirigido por un sanctissimus ordo, lo que explica la llamativa uniformidad de los santuarios y la iconografía. Se extendió el culto desde el Rin al Danubio y de allí a Dura-Europos, y hasta África. La movilidad de las legiones romanas fue sustancial para la expansión del mitraísmo.

Para concluir, la autora Elsa Cross aborda la mitología griega y la filosofía para definir las religiones mistéricas o cultos mistéricos, “nombre que dio la historiografía moderna a ese fenómeno religioso tan extendido en la antigüedad” cuyas características más señaladas eran sus símbolos y mensajes místicos, metafísicos y cosmológicos. Los misterios trataron de dar respuestas precisamente a las inquietudes humanas más trascendentales y que, a su vez, guardaban con celo, con su peculiar halito de secretismo y aportando un rango divino que les hacía ser diferentes a las religiones oficiales.

Fuente

Burkert, W. Cultos mistéricos antiguos, Madrid, Trotta, 2005.

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El espíritu Tradicional en la Mitología griega

Descubrir el templo de Poseidón, en el cabo Sunio
Templo de Poseidón en el Cabo de Sunion.

Para comprender el espíritu tradicional debemos tener muy presente un axioma irrefutable sobre el Principio de las dos Naturalezas: hay un orden físico y otro metafísico. Llamamos orden físico al mundo tangible, visible (a través de los cinco sentidos), al devenir que arrastra al hombre a un mundo sin rumbo y sin sentido. Nos referimos al mundo metafísico cuando hablamos del mundo invisible y, más allá del mismo, la esfera intangible.

Un ejemplo que ilustra lo que describimos en líneas anteriores es en la arcaica civilización minoica: el soberano rey Minos servía de puente, en otras palabras, hacía de constructor entre los dos mundos (físico-metafísico) y ejercía su poder sobre ambos, como Rey y Sacerdote por voluntad y protección de Poseidón y, a su vez, era hijo de Zeus. De este modo, las leyes divinas se promulgaban de manera exactas, justas y equitativas y se aplicaban en el reino, respondiendo a la verdad, ya que el propio Minos hablaba en nombre no de su propia persona (mortal y efímera) sino de toda la integridad de una persona completa que sabía perfectamente conjugar los dos mundos. Por esta razón, era comprensible la sangre de una descendencia divina (Zeus) y otra mortal (Europa). Según el emanacionismo, de su madre heredaría el Atman; de Zeus el linaje divino, en otras palabras, el soberano rey Minos tenía una descendencia no sólo de sangre sino de espíritu. Si se perdiera esta descendencia espiritual y nobleza se convertían en términos vacíos, un puente que no conectaría con ambos mundos. Esta base procedía de la Tradición Oculta que puso su peso y su fuerza en mantener el linaje o sucesión de Reyes sagrados, formando con ello un eje de luz perenne y de eternidad en el tiempo.

Tras la ruptura con la Tradición y con ese puente sagrado y, al sucederse mortales sin linajes divinos en el cargo del rey soberano, se empezaron a formar una política de tiranos, déspotas y de séquitos que abusaban no solamente del poder, sino de tergiversar las leyes divinas y de romper con una tradición sacra. Aquí se explica, por ejemplo, el largo y decadente proceso del hombre, debido a esta fractura con los dioses, reflejado de manera brillante en las cuatro edades. Precisamente, Hesíodo detalla el proceso de caída por el cual el hombre va atravesando desde la Edad de Oro hasta del Hierro, un ciclo descendente por el que el hombre apartaría de su mundo físico las fuerzas sutiles o numens. Sin embargo, Hesíodo destaca los llamados Ciclos Heroicos donde las castas de los valientes guerreros (Aquiles, Agamenón, Heracles, Teseo, entre otros) superan su simple condición mortal para conectar con lo Trascendente. Así, por ejemplo, en el mito de Heracles, con sus doce trabajos, termina por equilibrar su Yo inferior con el mundo celeste.

Por otra parte, en la Tradición también nos menciona el primer Principio o Elemento, el del fuego, como componente del universo, oculto e invisible pero presente en la naturaleza que nos rodea, como vaina luminosa que nos envuelve.  Este agente invisible se llama Agni y ya aparece en los antiguos Rishis de la India, es decir, en aquellos antiguos sabios de la antigüedad védica que adoraban dicho elemento realizando rituales muy solemnes para sus guerreros. Heráclito, por ejemplo, expresaba que: “El fuego es el elemento generador y de sus transformaciones, tanto si se rarifica como si se condensa, nacen todas las cosas (…)”

En la mitología, Aquiles es el héroe que vacila entre tener una vida tranquila, larga y hogareña o la vida inmortal, pero que finalmente elige perder la vida en el campo de batalla antes de haberla vivido plenamente y yacer sobre su lecho de muerte.

Aquiles es hijo de un mortal, Peleo (descendiente de Zeus), y de una nereida, Tetis, ninfa del mar. Tetis, quiso que ninguno de sus hijos fuera mortal al igual que su padre. Para ello, sometió al pequeño Aquiles a un ritual con la acción del fuego con la finalidad de purificar el componente mortal que Aquiles había heredado de su padre Peleo. Pero este consiguió arrancarle a tiempo de las llamas, aunque el talón derecho del niño quedó dañado por el fuego. Más adelante, el centauro Quirón repararía el daño causado por el ritual de Tetis reemplazando el hueso quemado por el de un gigante célebre por su velocidad, cualidad que se reconocería mucho después, pues a Aquiles se le conocería como “el de los pies ligeros”. Parece ser que Aquiles tenía un don para correr a una velocidad excepcional, pero con el talón como único punto vulnerable.  Otra versión relata que Tetis sumergió a Aquiles en las mágicas aguas del río Éstige, que tenían la propiedad de convertirlo en invulnerable, pero sumergió el cuerpo entero excepto el talón derecho. Ambas versiones toman el agua o el fuego como elementos purificadores. El fuego, a condesarse, se vaporiza, y este vapor toma consistencia y se convierte en agua que retorna a la tierra.

Está claro que el hombre (sea cual sea la civilización que consultemos), en los tiempos de la Edad de Oro, había gozado de una conexión instintiva con las fuerzas íntimas y ocultas de la naturaleza, así como de las energías cósmicas, que percibía directamente en la vida de los elementos (fuego, agua, aire, tierra), o a través de una comunión inmediata y directa con el principio que está en el origen de las cosas. Durante la Edad de Oro destacamos la raza aria (descendientes directos de la rama atlante) que se había establecido en las cordilleras del Himalaya. Dicha raza emigró formando los pueblos indoeuropeos que se extendieron por Irlanda, Inglaterra, el norte de Francia, Escandinavia; mientras que por el sur dieron a los arios de la India, además de los sármatas, germanos, itálicos y, por supuesto, al pueblo dorio griego. Como principal ideario, los pueblos indoeuropeos transmitieron los misterios y las elevadas doctrinas esotéricas con lo que empezaría a evolucionar el pensamiento religioso indoeuropeo, ese espíritu glorioso que destaca Hans Friedrich Karl Günter en su ensayo Religiosidad Nórdica.

Siguiendo las pautas de Günter, la esencia de la religiosidad griega de carácter indoeuropeo se puede resumir de la siguiente manera:

  • No nace de ninguna forma de temor.
  • No teme a la muerte.
  • No teme a Dios. Su Dios no es un dios castigador.
  • No cree que Dios concibiera el mundo.
  • Para el griego el mundo era antes un orden fuera del tiempo: hombres y dioses tienen su sede, su camino y su misión.
  • Creen en una eterna alternancia de mundos que nacen y desaparecen, en “reiterados crepúsculos de los dioses”, por ejemplo, en cataclismos, catástrofe cósmica.
  • No creen en el juicio final, ni en el advenimiento de un reino de dios…
  • No han sido creado por Dios, ni a la voluntad de un creador.
  • El origen del hombre, al igual que el Cosmos, es por Manifestación del Principio Supremo de emanación. (Para ampliar más información: el emanantismo. )
  • No está sumiso a Dios.
  • La religiosidad griega no es servidumbre.
  • Dios se concibe como la Suprema Razón que se manifiesta en el Orden del Mundo, un vínculo Dios-Hombre, Idea esencia del mundo griego, siendo una común racionalidad. No dudaban de una Realidad Superior que les era evidente.
  • Los griegos buscaban la sabiduría.
  • El griego confía en una comunidad que abarca a hombres y dioses, la Polis de Atenas. Los dioses, como el hombre, han de encontrar el origen de su existencia en la Manifestación (por emanación) del Principio Supremo. Héroes como Teseo (Rey sacro de Atenas) y Ulises (Rey sacro de Ítaca) representan el guerrero espiritual, restaurando, equilibrando y armonizando el microcosmos que hay dentro de ellos, así forman parte del entramado mundo suprasensible del macrocosmos. La enseñanza de ambos héroes es superar cualquier tipo de barrera que suponga un obstáculo para el recorrido iniciático que lleve a la Gran Liberación y a volver a su génesis: incondicionada, eterna, divina…
  • La unión de los dioses en torno a una ciudad en los momentos críticos debía responder a la unión de los hombres, unión en la que la fuerza y la eficacia simbólica se expresaban en momentos como las Panateneas. Tanto las Panateneas en Atenas como las Jacintas en Esparta, por poner el ejemplo de las fiestas más fastuosas de dos ciudades referentes helénicas, es la manera de volver a renovar el pacto que une a la ciudad con sus dioses y que garantizaba el orden y la prosperidad.
  • El griego honraba a una divinidad con respeto, educación, rezaban de pie con la mirada dirigida al cielo, brazos extendidos: «A Palas Atena, ilustre diosa, comienzo a cantar, la de ojos de lechuza, rica en industrias, que un indómito corazón posee, doncella venerable, que la ciudad protege, valerosa, Tritogenia, a la que solo engendró el industrioso Zeus en su santa cabeza, de belicosas armas dotada, doradas, resplandecientes.» 28º Himno Homéricoc. s. VII a. C.
  • La religiosidad griega, de base indoeuropea, es la religiosidad de nuestro mundo y una de sus semillas más características es que no conocían el sentimiento del pecado, no se sentían víctima, para ellos no existía el miedo ni el sufrimiento, ni la mortificación para elevarse ante Dios.

Curiosamente, dentro de la cadena indoeuropea que se estableció en el Tíbet, destacamos a los rishis (sabios de la antigüedad védica), que consiguieron conservar y transmitir una parte de sus poderes espirituales originales a través de una disciplina que llamaron “yoga”, cuya base es unir la mente con la divinidad por medio de la práctica de la meditación y de la ascesis espiritual. Después, los brahamanes fueron herederos de los rishis y con Krishna, líder y asceta de los Himalayas, crearon e innovaron su religión, siendo Brahma Dios del universo, y Vishnú como el “Verbo”, segunda persona de la divinidad y Su manifestación invisible.

Con el paso de las siguientes edades o periodos, el hombre perdería las habilidades y facultades de la Edad de Oro, como, por ejemplo, el contacto directo con las potencias superiores. Aquel pensamiento tan elevado y trascendental de los brahmanes, refugiados y aislados en sus alejadas ermitas de los Himalayas, se distanciaba cada vez más del mundo del devenir y de los placeres terrenales. De aquí que el hombre abandonara aquella Vía tan rigurosa, estricta y ascética, por lo que hubo una separación entre el Hombre y Dios.

En la antigua Grecia, no obstante, consiguieron encauzar los recuerdos de aquella época dorada y es curioso que surgió un personaje que volvió a conectar con estas potestades superiores: Orfeo. Su nombre significa “el que cura con la luz”. Orfeo despertó de nuevo el sentido de la divinidad con su lira de siete cuerdas que el mismo talló y que después portó Apolo, que simboliza el saber vibrar en las siete notas fundamentales del universo, las cuales, corresponden a los siete planetas sagrados tradicionales y que también tienen una analogía con los siete chakras principales. La religión órfica irrumpió de manera gradual y paulatina en el siglo VI a.C. y Orfeo era su profeta.

La gran virtud de Orfeo, de origen tracio, era el de mantener con la naturaleza una relación especial, íntima y directa. Gracias a la sutileza, Orfeo era capaz de cautivar la esencia que otros no podían o no sabían captar. Así, Orfeo aparece como el mediador entre la naturaleza y el hombre, una especie de intérprete del lenguaje maravilloso de las cosas al lenguaje ordenado de la palabra y de la música que va en conexión directa con el universo. De esta manera, se pretendía trascender y superar la mediocridad de la vida humana y su pobre y efímero tránsito por el mundo. Indudablemente, Orfeo, tenía el don de la adivinación, pues el mismo instituyó los Misterios de Dionisio, versión órfica, y difundió su culto. Según los órficos, Dionisio, que representa el Yo cósmico, fue destrozado y despedazado por lo Titanes, pero gracias a Atenea se recompuso pues ésta le insufló de nuevo vida y se lo entregó a Zeus. Zeus fulminó a los Titanes con su rayo y de esas cenizas que caía sobre la tierra nacía la humanidad que había transgredido las leyes divinas y que debía redimirse. La humanidad llevaba por una parte esa parte titánica y por otra una parte divina, representada por Dionisio. El hombre, en efecto, tiene en sí latente el fuego (Agni) que debía encender, cuán una chispa se tratara, y vivir una vida espiritual en conexión con los dioses. Ulises, Heracles, Teseo, entre otros héroes, alcanzaron ese grado de conexión divina, gracias a la realización de unos trabajos esotéricos que debían de realizar en el plano terrenal para elevar sus almas, pasando de esta manera simbólica de ser hombre terrenal Dionisio a convertirse en el Dionisio divino, es decir, se da una transmutación de ser terrenal a ser espiritual. Por esta razón Orfeo está también ligado a una sociedad de guerreros, con sus ritos de iniciación, como bien atestiguan los pueblos indoeuropeos.

Todo aquel héroe que tenía contacto con Orfeo sabía que tenía ante sí una oportunidad para adquirir capacidades sobrehumanas. Orfeo acompaña a Jasón y a los argonautas en la búsqueda del vellocino de oro. En este relato, ya se observa que Orfeo escolta a estos héroes hacia el mundo de lo divino, marcándoles el camino de liberación de las almas y su ascenso final, tras los pertinentes ritos de purificación e iniciación y, por último, impulsándoles a la búsqueda de la sabiduría.

Asimismo, el mito del descenso de Dionisio al Hades para rescatar a su madre Sémele guarda una estrecha relación simbólica con la historia del descenso de Orfeo para recuperar a su esposa Eurídice. El mito en sí fue desarrollado bajo la visión órfica como paradigma mítico de la liberación del alma y la bendición que el propio Dioniso era capaz de conceder a sus devotos en el Hades.

Por lo tanto, en el orfismo, Dionisio es hijo de Zeus y Perséfone y tiene la capacidad de interceder ante ella para que sus iniciados reciban un destino feliz en el otro mundo.

En síntesis, las diferentes religiones esotéricas expuestas en párrafos anteriores tenían como objetivo fundamental el de exponer los principios de las leyes naturales del cosmos, la hoja de ruta esotérica que el hombre debía recorrer para alcanzar el despertar de la divinidad, hasta alcanzar la ascesis mística. Por medio de sus fundadores de religiones esas ascesis era posible alcanzarla gracias a un contacto directo.

Cabe destacar que, a pesar de la pluralidad de dioses y de profetas, todos parten de la misma fuente, ya que no existían tantas verdades diferentes, sino una sola verdad vista por distintos profetas y una pluralidad de dioses; la diversidad de dioses no es contradictoria con la idea de unidad de lo divino.

Esto nos hace entender que, gracias a una base esotérica manifiesta sin alterar sus principios, la evolución de un pueblo va también en conformidad con ella.

Las religiones esotéricas se caracterizaban por su espiritualidad superior dejando a un lado lo pagano. Bajo este prisma, son consideradas religiones de salvación. En Eleusis, presentaban un abanico de ceremonias y representaciones dramáticas en las que Deméter jugaba un rol fundamental, mientras que su hija Perséfone representaba a un testigo mudo. Los devotos eran cautivados y abstraídos por la magia del entorno y su musicalidad, que despertaba los invisibles e insondables recovecos de los iniciados, donde reconocían en Perséfone el símbolo de su alma inmortal. Había dos dones que Deméter concedía: el trigo como sustento de la vida, y los misterios que guardaban la promesa de una vida mejor, más allá del plano terrenal.

En Delfos, a Dionisio se le rendía un culto extático donde el iniciado sentía interiormente una mutación de la consciencia que hacía cambiar de manera radical la percepción que tenía sobre el mundo y sobre sí mismo. A través de un trance, se dejaba poseer por el espíritu de Dionisio, una energía más poderosa e infinita. No se trataba de perder conciencia, sino de dejar que hablara la locura original, sagrada, que había dentro de uno mismo. Lo más probable y siguiendo las tragedias de los clásicos, es que los iniciados perdieran la noción del tiempo y sustrayeran cualquier sentido relacionado con la vista, el oído y las palabras. Seguramente el gran escenario para la liberación del alma sería el Monte Parnaso que lo verían como un reflejo del cosmos y el iniciado se sentía conectado con él a través de su alma. Al perder esa concepción de espacio, tampoco se tendría la concepción del tiempo, pues el objetivo final era ser el fenómeno de la naturaleza que está por nacer dentro de ti. Cada gesto, cada baile, cada acción serían perfectos. No existía margen de error, no había un plan premeditado ni intención. Dionisio representaba en ese momento infinito la acción pura en el eterno presente. En Las Bacantes de Eurípides expresa (73-151):

“Feliz el iniciado dichosamente en los misterios de los dioses que consagra su vida y ofrece su alma como compañera del tíaso del dios, bailando en los montes como bacantes en santas purificaciones (…) Mana de la tierra leche, mana vino, mana el néctar de las abejas. Se respira un aroma parecido al incienso de Siria cuando Baco alza en lo alto la llama roja de la antorcha de pino a la carrera con su fuego, dejando al aire sus rizos delicados y con danzas y alaridos conmueve a las delirantes mujeres bramando con gritos de evohé”.

Gracias al estado de delirio de la posesión divina, los devotos podían obrar todo tipo de prodigios en sus danzas y cánticos en el monte, entre ritos de caza y muerte de un animal, así como otros “milagros” dionisiacos, relacionados con los dominios del dios (vegetación, la vid…).

Para concluir, aunque el nombre de Dioniso no tenga una raíz indoeuropea, sí que tiene un influjo oriental y algunos autores vinculan al dios con la India aunque residualmente se ha perdido la línea continua de unos cultos arcaicos que enlazarían perfectamente con el mediterráneo abarcando la India a través de Oriente Medio y Persia. Su trasunto indio sería Shiva. Shiva correspondería al principio destructor que conformaría la trinidad hindú siendo Brahma el principio creador y Vishnú, el principio conservador. Shiva, al igual que Dioniso, representaría no solamente el principio destructor, sino también simbolizaría el falo, como expresión de fecundador. También se le representa como el señor de la danza cósmica. Después, los pueblos arios le dieron un lugar en sus rituales y lo relacionaron como el protector de la naturaleza y de los animales bajo el nombre de Pashupati. A Shiva se le reconocen los siguientes rasgos, muy afines a Dioniso: la vid, la fertilidad de la tierra, el señor de los animales, la invocación para la danza o el teatro, conectado con las fuerzas descontroladas, oscila entra la vida (fiestas, orgías nocturnas) y la muerte. De una manera gradual, las huellas del Shivaísmo se integraron en el Brahmanismo védico, transformándolo profundamente, de ahí la dificultad de conectar con sus orígenes. Del mismo modo pasa con Dionisio, su procedencia es ambigua y su culto permaneció subyacente a la ola de invasiones y guerras. De todas formas, si debemos pensar que el Dionisio arcaico hubiera sido la misma divinidad que el Shiva de la religión védica, nos encontraríamos divinidades “idénticas” en religiones diferentes, y esta posibilidad es también muy válida para conectar las religiones occidentales y orientales.

Bibliografía

Burkert, W. Cultos mistéricos antiguos. Ed. Trotta.

Capelle, W. Historia de la Filosofía Griega. Ed. Gredos

Bernabé, A. Orfeo y la tradición órfica. Akal Universitaria. Serie Religiones y mitos.

Günter, H. Religiosidad nórdica. Ed. EAS.

Montes, A. Repensar a Heráclito. Ed. Trotta.

Grimal, P. Diccionario de mitología griega y romana. Ed. Paidos.

Bhagavad Gita: el canto del Señor. Círculo de Lectores.

ENLACES DE INTERÉS:

El Emanacionismo

Dionisos y Shiva

Este artículo fue traducido al francés el 20 de abril de 2021 en: EURO-SYNERGIES

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El suicidio en el mundo griego

Ayax y Aquiles

Ayax y Aquiles (Photo credit: mmarftrejo)

En la antigua Grecia existía la creencia de que el alma, tras el ritual funerario, no iniciaba su vida ultra terrena inmediatamente después de la muerte y que vagaba cerca del féretro, aunque normalmente no adoptaba los rasgos característicos del difunto, más bien en forma de homúnculo. Si embargo, en el tratamiento de personas cuya muerte era por suicidio no se les enterraban ni incineraban. Una explicación clara era que los suicidas pertenecían a la clase de muertos que carecían de status. En ciudades como Tebas, o en Chipre, por ejemplo, los cadáveres suicidas eran arrojados al otro lado de la frontera. En Atenas, según Platón,  se permitía el enterramiento de los suicidas sólo en las fronteras entre doce distritos, lo cual significaba una porción de tierra alejada del mundo social y ordenado.

Por lo tanto, el funeral forma parte de un complejo de ritos funerarios que, a su vez, pertenece al complejo de ritos relacionados con la muerte. Hay que destacar que en la muerte se produce un rito de separación; después, un periodo liminal y, por último, un rito de incorporación. Por lo tanto, los ritos funerarios pertenecen al grupo de ritos de incorporación, cuyo fin es la transición del muerto hacia al mundo ultra terreno y, de manera especial, en la adaptación del vivo a la nueva situación creada tras la partida de unos de los miembros de la familia.

También en la antigua Grecia existían tradiciones sobre el suicidio voluntario de los ancianos, una práctica que señala la costumbre de eliminar a las personas de edad avanzada.

Por otra parte, los filósofos pensaban que no le estaba permitido al hombre morir por voluntad propia. Quien expulsaba el alma del cuerpo violentamente no permitía que fuera totalmente libre, porque todavía no había terminado su ciclo de aprendizaje en la vida terrenal, porque la muerte debía ser para el alma una liberación del cuerpo, no una cadena, pero, si era obligada a salir, el alma estaría cada vez más encadenada al cuerpo. Y, a decir verdad, las almas que habían sido arrancadas así, vagaban largo tiempo alrededor del cuerpo, de su sepultura o del lugar en que el suicidio se había perpetrado.  En definitiva,  la única muerte loable era aquella para la que te preparabas de antemano.

El suicidio, por tanto, se consideraba una muerte maldita, pues no permite que el alma encuentre su remanso de paz, considerándose una muerte impura. Sin embargo, Epicuro, cuyo pensamiento se asocia a los atomistas, el sabio puede suavizar el dolor físico con el recuerdo de alegrías pasadas, y, en el caso de que este dolor fuera insoportable, le queda siempre abierta la posibilidad de poner fin a su tormento por medio del suicidio.

En la sociedad griega, los hombres mueren en el campo de batalla cumpliendo el ideal de civismo. La ciudad les concede un hermoso sepulcro y una elogiosa oración fúnebre con varios días de rituales. En la tragedia griega el suicidio no es un “acto heroico” sino una “solución trágica” que la moral reprueba. Aristóteles afirma que “una especie de deshonor acompaña al suicida, que es mirado como culpable para con la sociedad” y define el morir por mano propia como un acto injusto que la ley no permite y un deshonor que acompaña al que se mata. Asimismo, Platón afirmaba que “matarse era un acto injusto” excepto en tres casos: porque lo ordena el Estado o porque están forzados por alguna desgracia o porque han incurrido en una ignominia. Yocasta, madre de Edipo, se ahorca tras conocer su incesto con su propio hijo Edipo y la desgracia familiar que hay detrás del linaje de Layo.

El suicidio de Áyax fue muy popular en la Grecia antigua:

Según cuenta la leyenda, el padre de Áyax le aconsejó que debiera luchar con las armas pero también con la ayuda de los dioses, a lo que le contestó que hasta el más cobarde podía vencer con la ayuda de los dioses. Con esta repuesta se ganaría la enemistad de los dioses, que tal y como pasa en muchas de las leyendas griegas, las dos cosas que éstos no perdonaban era la hibrys y la falta de culto.

Áyax, el héroe de Salamina, es despojado del trofeo de las armas de Aquiles a causa de las maniobras de Ulises. En su desesperación y movido por la ira, Ayax ataca a los suyos con la intención de matar a Agamenón, Menelao y Ulises. Atenea se interpone en su camino y consigue confundirle para que sus ataques se dirijan hacia las reses que constituyen el botín de guerra griego. Ante las murallas de Troya, Ayax el invencible es consciente de la gran humillación a la que ha sido sometido y se hunde en un abatimiento que le conduce al suicidio. De nada sirven los ruegos de los suyos. Una vez muerto, los átridas deciden prohibir su enterramiento pero Ulises, el que fuera su enemigo irreconciliable, intercede por Áyax y logra que en su última hora, el que fuera proscrito y perseguido por su delito contra la propiedad griega, reciba los honores que corresponden al soldado heroico de aquella larga confrontación.

Antes del suicidio, según el argumento de la obra de Sófocles, Áyax Invoca a varios dioses griegos: a Zeus para que llame a su hermano Teucro e impida que su cadáver sea profanado; a Hermes, para que lo conduzca a las mansiones infernales; a las Erinias (la Venganza), para que atormenten a los griegos; al Sol, para que lleve sus noticias a Salamina; a la Muerte, para que venga a recibirle. Y enviando un último adiós a Salamina, a Atenas, a las fuentes, ríos y llanuras de Troya, se da la muerte echándose sobre su espada.

Cuando Ulises desciende al Hades, en el Canto XI de la Odisea, se encuentra, cara a cara con Áyax:

Áyax, hijo del irreprochable Telamón. ¿Ni siquiera muerto vas a olvidar tu cólera contra mí por causa de las armas nefastas? Los dioses proporcionaron a los argivos aquella ceguera, pues pereciste siendo tamaño baluarte para los aqueos. Los aqueos nos dolemos por tu muerte igual que por la vida del hijo de Peleo. Y ningún otro es responsable, sino Zeus, que odiaba al ejército de los belicosos dánaos y a ti te impuso la muerte. Ven aquí, soberano, para escuchar nuestra palabra y nuestras explicaciones. Y domina tu ira y tu generosó ánimo. Así dije, pero no me respondió.

En definitiva, a los mortales no les está permitido quitarse la vida sin una orden divina. Para éstos se prescribe sepultarlos aislados de los demás, sin gloria y en el anonimato.

Obras de referencias recomendadas:

Bremmer, J. N. “El concepto del alma en la antigua Grecia”. Ediciones Siruela.

Rohde, E. “Psique: la idea del alma y la inmortalidad entre los griegos” Fondo de Cultura Económica.

Datos de interés:

Esta publicación fue traducida al francés el 6 de abril de 2021 en: EURO-SYNERGIES

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El ateísmo en la antigua Grecia

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Acrópolis

La religión griega es un tema con el que estamos obligados a pensar no sólo en la religión, sino también en la política, la antropología, la historia, la moral y la ética, pero no cabe la menor duda que la propia religión era el principal motor que movía la sociedad griega.

Para el griego, la religión era una experiencia más que un dogma, es decir, una forma de vida intrínseca que empezaba justo cuando el individuo nacía y terminaba cuando moría. Por ejemplo, en la religión minoica el culto religioso estaba relacionado con la fertilidad humana y el ciclo de las estaciones. Asimismo, sus orígenes también estaban vinculados a ceremonias funerarias como bien atestiguan los restos arqueológicos.

 Todo este proceso conllevaba a que brotara una conciencia individual religiosa de manera natural, y esa experiencia misma no se podía describir si no era a través del lenguaje ritual, el lenguaje mítico y el lenguaje conceptual, que eran, a la vez, su canal de expresión.  

Como bien sabemos, la civilización griega no conocía conceptos como iglesia o dogma alguno, y, en consecuencia, las conductas religiosas, la piedad o la impiedad no tenían ese carácter definido que pueden tener hoy día las religiones monoteístas. Partiendo de dicha base, ¿podemos imaginar cómo era la vida de un “ateo” en la Grecia a través de toda su historia?

Si hubiese ciertos rasgos de “ateísmo” en la época griega sería muy diferente al de hoy, así que partimos de la idea que el ateísmo griego no es nuestro ateísmo.

El ateísmo antiguo tendría dos enfoques:

  • No dogmático.
  • Indiferencia a la cuestión religiosa (politeísta) de la Polis, es decir, de la ciudad-estado.

Desde los tiempos remotos, la matriz de la religión griega se inició con los santuarios situados en cuevas, como es el caso del Monte Ida, la primera cueva sagrada, en el periodo micénico. Después, pasaría al culto doméstico privado, erigiendo en cada hogar un pequeño santuario, sustentado por unas creencias innatas que fueron heredadas por transmisión oral de padres a hijos. A partir de ahí, sería el prototipo de unidad familiar la que después invitaría a participar a su comunidad en el culto doméstico y a expandir unas creencias acogiendo una deidad como protectora del hogar, de la comunidad y de la ciudad, de manera gradual. Lógicamente, no todo el mundo participaría en su comunidad y declinaría los favores de los dioses, así que el ateísmo sería también un tema estrictamente privado y su conducta privada no preocuparía en absoluto a los poderes públicos que sí tenían una vinculación más estrecha con la religión y con sus tradiciones ancestrales. Es importante destacar que hay que considerar que la religión era principalmente una materia fuertemente vinculada a la tradición. Por ejemplo, los micénicos tenían pautas y concepciones muy afines a los griegos posteriores sobre cómo relacionarse con los dioses. Luego, más tarde, Homero y Hesíodo detallaron en sus obras cómo las fuerzas divinas influenciaban las acciones humanas y cómo evitaría graves castigos a aquellos que les ofendieran. Por esta razón, era sumamente importante eludir la ira de los dioses, no transgrediendo la naturaleza y no vulnerando las leyes del universo. Por eso, era imprescindible llevar los rituales de manera concienzuda.

En suma, si analizamos las civilizaciones griegas a través de sus periodos, el vivir y el sentir del individuo es ya de por sí un suceso religioso continuado, como el trabajar, tomar el alimento, realizar deporte o ir a la guerra. Por consiguiente, sus actos poseían un valor religioso sagrado. Es decir, el hombre se hacía religioso y honraba cada acto como un elemento fundamental y sagrado de su vida. Toda manifestación de lo sagrado era importante para el hombre. Sólo hay que citar los misterios de Eleusis que pervivieron durante dos mil años. También, un elemento básico pero sagrado era el núcleo familiar donde la felicidad conyugal y la armonía de la familia era fundamental para el bienestar de la sociedad. Así, Hestia, diosa del hogar y del fuego, protegía los altares de cada hogar y por analogía también las polis. La última finalidad era que en cada rincón de la tierra y del universo ardiera un fuego sagrado místico que daba vida a toda la naturaleza.

Indudablemente, la religiosidad griega conectaba, de manera inseparable, con el mito. Pero, los mitos se bifurcaban en dos tipos diferenciados: por un lado, aquellos mitos de connotaciones exotéricas que trataban de explicar las circunstancias del entorno cultural de la sociedad y que serían conocidos por todos a través del calendario litúrgico; mientras que, por otro lado, los mitos esotéricos eran aquellos que reportaban un carácter sagrado y donde el individuo pasaba unas pruebas de carácter iniciático y ritual, como es el ejemplo de los doce trabajos de Heracles. Sin embargo, ambas concepciones conllevan a un acto religioso de respeto hacia la naturaleza, las leyes, la ética, la educación, lo que los griegos llamaban paideía, es decir, la formación íntegra del individuo para ejercer sus deberes cívicos dentro del campo de la filosofía, la ciencia, las humanidades y la política. La religión era, sin ninguna duda, el basamento que sostenía la integridad de todos esos saberes del hombre siendo la virtud el último fin.

El término “ateo”, desde el punto de vista social y político, era aquel que de algún modo hacía temblar los pilares de la sociedad y que rechazaba el sistema religioso de las polis, pues podía perturbar la paz pública al no reconocer los dioses que honraba la ciudad o el estado, como pudo ser el caso de Sócrates. La historia de Sócrates es conocida: le obligaron a beber cicuta por no reconocer los dioses de la Polis, aunque hay ciertas teorías que indican que fue por razones políticas más que religiosas.

La sociedad griega no era atea, pero esto no quería decir que hubiera personas que tuvieran un planteamiento “no creyente” y que se resistían a creer en un poder divino. Pero estos caracteres de indiferencia o de resistencia eran un rasgo muy común a lo largo de la historia y que puso en liza varios debates en torno a la impiedad, a la inmoralidad o a desestabilizar la armonía de las polis. De hecho, si repasamos los autores más brillantes de Grecia para ver sus planteamientos religiosos destacamos el ejemplo de Platón: su vida giró en la búsqueda de la Verdad, inmutable, eterna y absoluta, en la que creyó siempre y con constancia, bajo la influencia de Sócrates. Platón expone en sus Leyes (Libro X) su famoso programa de castigo al ateísmo y a la herejía. Por ejemplo, si alguien expresara abiertamente que el universo es producto de la agitación de elementos corpóreos carentes de inteligencia era ateísmo. O bien decir que los dioses eran indiferentes con respecto al hombre iba en contra de las bases religiosas más importantes del pensamiento griego. La base griega era inconcebible una separación hombre-dios y hombre-naturaleza. Platón advertía que, antes de perseguir a alguien bajo la acusación de impío, era fundamental determinar «si el delito lo cometió por convicción o sólo por pueril ligereza». Depende del grado de acusación se podía condenar al ostracismo, ir a la cárcel o, por último, la pena de muerte.

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ZEUS

Platón quería dejar claro que el hombre debía vivir su vida con el dominio de la razón y bajo un arquetipo ideal de vida, pues se intentaba reconocer también que en el Cosmos había un Orden, unas directrices divinas donde operaba el auténtico Espíritu. Por eso, el ateísmo quedaba totalmente rechazado y el orden del mundo se atribuía a la Razón divina que ordenaba el cosmos y que a su vez debía reflejarse en la Polis conforme al plan divino. En suma, El hombre era artífice de la Gran Obra, el arquitecto de ese modelo que había de plasmarse sobre la tierra.

En la otra cara de la moneda, tenemos un ejemplo claro y conciso de rebeldía religiosa. Jenófanes de Colofón (nacido entre el 580 a. C. y el 570 a. C. – muerto entre el 475 a. C. y el 466 a. C) criticó a los dioses antropomórfico como un invento humano que corrompía a la sociedad, pero según que versiones sus doctrinas tenían una base panteísta.

Como panteísta entendemos a:

  • Dios es idéntico a todas las cosas. Dios es el mundo.
  • Todo es divino.
  • Está identificado con el mundo.
  • El universo entero, la naturaleza y Dios son lo mismo: Esto significa que todo es de una sola esencia: Dios, el universo, la materia, las personas, etc.

Sin embargo, otros autores señalan a Jenófanes como politeísta, aunque priorizaba una “divinidad” por encima de las demás de naturaleza incorpórea (de ahí su feroz ataque al antropomorfismo de Homero y Hesíodo).

Jenófanes subraya la expresión “el más grande entre los dioses y los mortales”, que éste utiliza refiriéndose al dios central de su cosmovisión (Zeus), deja claramente abierta la existencia de más dioses, pues el poeta y filósofo griego aclara que en el término que utiliza,  a esos “dioses” no les otorga forma (ni antropológica ni animal), por lo cual hay que pensar en esos dioses como fuerzas sutiles que forman parte del entramado suprasensible cósmico y lo articulan y lo armonizan, y no en dioses exotéricos como el vulgo así lo percibía.

Así, por lo tanto, se podía ubicar a Jenófanes como un filósofo metafísico (y no como un teólogo) de su época.

Para aclarar el crisol de términos relacionados con la metafísica griega de índole indoeuropeísta, Eduard Alcántara expresa que:

el Ser Supremo Incondicionado se manifiesta, primeramente, a través de fuerzas o numens que en momentos dados (en épocas y tradiciones diferentes) fueron caracterizados  –en modo mayoritario- de manera antropomórfica. Así el hombre empezó a hablar de dioses y de esta manera no sucedió que el vulgo devoto cayera en el olvido del hecho de la existencia de la Trascendencia, pues el Conocimiento del Ser Supremo y la Identificación con el mismo sólo están al alcance de unos pocos que ostentan una aptitud o unos impulsos proclives a la transformación real interior, pero la mayoría hubiera dado, por completo, la espalda a lo Espiritual si no se le hubiera hecho más fácil de ´entender´ y ´contemplar´ lo Trascendente gracias a la existencia de divinidades con forma; formas que se diferenciarán para cada etnia y/o cultura con el fin de que se adaptaran mejor a sus respectivos  parámetros existenciales, a sus sensibilidades y a sus idiosincrasias.

En síntesis, hay que considerar el Principio Supremo como origen de todo el Cosmos y sin condicionamiento de ningún tipo (p.ej., de forma antropomórfica) siendo las fuerzas sutiles (que de él derivan) una característica propia del mundo manifestado y trascender hacia una visión metafísica-esotérica que está muy lejana de aquella visión exotérica-religiosa acaecida desde el punto de vista del vulgo.

Hay otros autores que propagaron el monoteísmo de Jenófanes, pero en mi opinión personal está fuera de lugar. El monoteísmo (ligado después al ateísmo) surgiría con el cristianismo y con las religiones monoteístas (judía, cristiana e islámica).

El monoteísmo, sin ningún tipo de vacilaciones. no estaba asentado, ni mucho menos, en la cultura popular del pensamiento griego. Es cierto que hay pensadores relevantes como Jenófanes que postulaba un dios moral, único y todopoderoso, una fuerza unificadora, formador del mundo, pero que defendía a su vez la diversidad dentro de la unidad, pues Jenófanes cita a Dios como “el más grande entre los dioses y los mortales”.

Puede que haya referencias literarias o filosóficas de la idea de un solo Dios, pero es una referencia general como unidad, denominada Theo (Dios) sin indicar un nombre concreto (Zeus, Poseidón, etc.)

Por otra parte, hay que matizar que los griegos no se definieron a sí mismo como politeístas. La palabra politeísta la inventó Filón de Alejandría, filósofo cuya religión de origen fue judía. Una religión politeísta se caracteriza por la pluralidad de fuerzas divinas y de cultos. La diversidad de dioses no era contradictoria con la idea de unidad de lo divino.

En el siglo VI a.C. se produce la transición del mito al Logos, es decir, el paso del pensamiento mítico al racional. Destacamos al panteísta Tales de Mileto (624 a. C.- c. 546 a. C, aproximadamente), que atribuía “alma” a todo lo que pertenecía al Cosmos (minerales, vegetales, animales, personas), siendo para él “lo que anima”, lo que es causa del movimiento. Así surgiría la filosofía, el debate y la crítica.

Los atomistas como Demócrito (S. V-IV a. C.) intentaron explicar el mundo de una manera puramente materialista, sin referencia a lo místico o espiritual. Entre otros filósofos presocráticos que probablemente tenían opiniones ateas se incluyen a Pródico de Ceos y Protágoras. Protágoras de Abdera (485 a. C.- c. 411 a. C) fue el primero que se llamó sofista y fue acusado de ateísmo y tuvo que abandonar Atenas. El propio Protágoras declaró: de los dioses no puedo saber si existen, ni qué forma tienen. En efecto, son muchas las dificultades que obstaculizan tal conocimiento, como la imposibilidad de recurrir a la experiencia sensible, y la brevedad de la vida.

Diágoras de Melos,  también filósofo sofista  griego del siglo V a.C, se llevó de hecho la mala fama del primer “ateo” en la Grecia clásica, y es citado como tal por Cicerón en su De Natura Deorum.

El atomista y materialista Epicuro (341-270 a.C.) disputó muchas doctrinas religiosas, incluyendo la existencia de un más allá o una deidad personal; consideró el alma puramente material y mortal. Aunque el epicureísmo no haya descartado la existencia de dioses, él creía que, si existieran, ellos estaban despreocupados con la humanidad. Pero Platón en su libro Leyes argumenta muy bien sobre estas cuestiones y respondía con maestría estos pensamientos que causaban malestar en la sociedad.

Conforme la sociedad griega asentaba nuevos ramales filosóficos, destacaría a Carnéades de Cirene, que dirigió la Academia de Platón en el siglo II a.C., y que consideraba “la creencia en dioses como algo ilógico”. El filósofo formuló contra la prueba teleológica de la existencia de Dios, inclinándose como un escéptico pues postuló que era imposible un conocimiento auténtico, sino una probabilidad.

Destacaría, sin lugar a dudar, el ejemplo de la importancia del tejido religioso en la antigua Grecia en la organización en torno al culto de Eleusis, como motor político que impulsaba el ideario griego.

La profanación de este culto supondría un delito de asebeia (impiedad) porque más allá del terreno religioso sus tentáculos se extendían a la esfera política y social.

La religiosidad en torno a Eleusis daba, principalmente, mucha importancia a la ritualidad y a la práctica religiosa. Había un profundo respeto hacia los misterios de Eleusis y transgredir sus tradiciones suponía romper con los moldes socio-político de la sociedad.

Es bien conocido que Esquilo (525 a.C.- 456 a.C.) fue juzgado por haber revelado los secretos de los Misterios de Eleusis en una de sus obras. Cabe destacar, que su defensa se fundamentó en una falta de intencionalidad, debido a su ignorancia sobre el rito.  Fue finalmente absuelto precisamente por declararse ignorante.

Básicamente había que preservar los valores cívicos de la comunidad entre los ciudadanos de las polis. Si se vulneraba dichos valores, el individuo le daba la espalda a la sociedad, y el poder político podía tomar las medidas pertinentes, desde el destierro hasta la pena de muerte. Por lo tanto, poder político y poder religioso era el mismo corpus, pues las magistraturas políticas ejercían poder en el campo religioso, teniendo como fin la defensa de las tradiciones religiosas y el respeto al estado social. El aviso principal para el ciudadano era claro y conciso: se desgranaba los valores éticos y morales de la comunidad con una misma creencia. En otras palabras, si un ciudadano vulnerase los valores o cualquier actividad relacionada con el rito, sería castigado, siendo el tipo de delito la asebia, en sus diferentes grados y acepciones.

Los motivos de asebia eran muy heterogéneos, pues no sólo se refería a romper una estatua o profanar un templo, sino que también se utilizaba el término para acusar a un ciudadano por no creer en los dioses, o que enseñaban otras áreas del conocimiento fuera de los parámetros dictados por las polis, como por ejemplo el caso de Sócrates, donde Meleto (poeta trágico del siglo V a.C.) le acusó por investigar sobre las cosas del subsuelo así como las cosas celestes. Meleto creía que Sócrates incurría en delito y traspasaba las líneas marcadas por la sociedad ateniense. (Plutarco. Ap.19b)

Sin embargo, existen casos en la segunda mitad del s. V a.C. como el caso de Diágoras de Melos (465- 410 a.C.), también conocido como el ateo, según Diodoro Sículo fue acusado por profanar los Misterios y condenado a muerte en Atenas, aunque murió en el exilio.

En suma, y sin entrar en profundidad, el pensamiento ateniense preservaba el mundo religioso, cuyo canal de transmisión más poderoso era la política y que, junto a la Tradición,  formaban un triángulo equilátero en pro de la comunidad. Así, se evitaría que la comunidad entrase en una crisis o cuestionara los conceptos del bien, la justicia, la verdad, etc. que fue, precisamente, lo que Sócrates quiso discutir a la política ateniense. Pero, la historia griega está llena de grietas, y ya en la segunda mitad del siglo V a. C. fue una época agitada donde las convulsiones sociales y políticas estaban al orden del día con temas relacionados con las creencias de fe, conspiraciones políticas, desprecio a los valores, etc. Sólo hay que analizar los acontecimientos tras la cruenta y devastadora Guerra del Peloponeso (431-404 a.C.), como las polis pertenecientes a la Liga de Delos comandada por Atenas perdieron su esplendor y hegemonía y cayeron en un gobierno oligárquico mucho más sangriento: el gobierno de los Treinta Tiranos. Bajo este gobierno, destacamos a Critias (discípulo de Sócrates y pariente de Platón) y un ateo declarante que solidificó un sistema antidemocrático. Probablemente, durante este periodo la brújula religiosa oscilaba entra una nueva reforma social política y la confusión. Más adelante, con la entrada en el poder de Alejandro Magno (S. IV a. C.) el núcleo religioso se diseminaría con otros movimientos religiosos y finalizaría con la entrada de la primera globalización del mundo occidental. Cabe destacar que durante el periodo helenístico se iría modificando la vida helénica hacia una nueva apertura al influjo oriental y a un confuso y desorientado sincretismo que sepultó al modelo tradicional griego pasando definitivamente a la conquista romana, testimoniando con ello una pérdida del sentimiento religioso griego, el cierre definitivo de una etapa y el comienzo de otra religión apartada de la ciudad y los lazos políticos.

Con este nuevo panorama, el hombre, en general, se planteó otros horizontes religiosos, otra perspectiva a su existencia y, no menos importante, encontrar su lugar en el mundo. Indudablemente con otro rumbo a lo desconocido la percepción del hombre comenzaría con otros planteamientos éticos-religiosos bajo un marco globalizado y cosmopolita donde la metafísica, por ejemplo, se había enterrado para preocuparse del problema de la conducta humana. Con la muerte de Alejandro Magno, la sociedad griega entró en diferentes estadios de inseguridad e incertidumbre a pesar de que surgieron dos escuelas notables como el estoicismo y el epicurismo. Con el epicureísmo, por ejemplo, se daba solución, precisamente, al problema de la felicidad. Los epicúreos anhelaban la paz consigo mismos desarrollando un método que huía de la tristeza, la melancolía, la angustia y las preocupaciones diarias que llegaban a apesadumbrar al ser humano en este periodo. Con el estoicismo, destacamos a Epicteto (50-135 d. C.) que expresó «A propósito de la religión para con los dioses, sábete que lo principal es tener respecto a ellos opiniones justas: se ha de considerar que existen y que lo gobiernan todo según el orden y la justicia, y además hay que rendírseles con obediencia y someterse a ellos en todos los sucesos, aceptando de buen grado cuanto ocurra, puesto que representa el cumplimiento de los más elevados designios.» Epicteto condenaba el ateísmo y la negación de la divina Providencia.

Con la caída de los valores tradicionales griegos, Atenas y Esparta irían perdiendo poder y solemnidad religiosa, y el espíritu de antaño terminaría su ciclo de existencia dando paso un flujo de corrientes individualistas que rechazaban la religión olímpica, aunque, es cierto, que seguía manteniéndose cultos importantes como lo fue Eleusis. Pero, concretamente, Eleusis tuvo que competir con otros estándares de creencias como fue la de Isis, Serapis, Attis, por mencionar algunos ejemplos. De Serapis se puede destacar que representaba ese nuevo sentimiento religioso, uniendo la cultura greco-egipcia bajo el mandato de Ptolomeo I, vinculando con ello Grecia y Egipto. Así, Eleusis pasaría a ser un culto mistérico subterráneo, de segunda clase. De este modo, y de manera gradual y paulatina, la clase social más representativa (media-baja) les faltó un basamento seguro y sereno para su vivir cotidiano. Al no encontrar un refugio espiritual ni tampoco poder alcanzar el entendimiento de una filosofía elevada como la de Platón (la escuela de Platón continuó la obra filosófica y la Academia sobrevivió hasta el siglo I a. C) o la de Zenón de Citio, fundador del estoicismo, buscaban apoyo en otras creencias religiosas que les garantizaban una promesa de mejor vida después de la muerte, aunque para muchos le surgiera nuevos temores: el temor al más allá, la angustia del juicio tras la muerte, entre otras inquietudes y zozobras.

A través de este texto, se ha comprobado que desde la antigua Grecia, desde un enfoque espiritual-metafísico, el hombre a través de los diferentes periodos entraría en un proceso de decadencia, pues, básicamente, había abandonado la experiencia directa y sublime de lo Trascendente para sustituirla por otros métodos más caviloso y racional-científico creado por la mente humana, encontrándose ésta en otro plano diferente al del espíritu. La iniciación, como vía elevada, habría quedado anulada en la postrimería cercana al periodo romano y nunca pudo mantener el Ser como lo Eterno y Trascendente. Así, los misterios dionisiacos, apolíneos, eleusinos fueron apagando su fuego eterno para pasar a otra realidad más mundana y terrenal, la filosofía discursiva y especulativa y canalizar mentalmente la idea de ateísmo, pecado y sufrimiento.

Fuentes:

Bruit Zaidman L. “La religión griega en la polis de la época clásica”. Editorial AKAL (2002)

Fernández Monterrubio, M. “Testimonios de divinidades no griegas en las inscripciones micénicas”. Departamento de Ciencias de la Antigüedad y de la Edad Media Universidad Autónoma de Barcelona. (2014)

Eliade, M.  “Historia de las creencias y las ideas religiosas: de la Edad de Piedra a los Misterios de Eleusis” Vol. I. Editorial PAIDOS.

Ríos, E.J. “La naturaleza del mito más allá de la mitología griega”. Vol I. Semper Eadem Ediciones.

Copleston, F. “Historia de la filosofía”. Tomo I. Editorial Ariel.

Abbagnano, A. “Historia de la filosofía” Vol 1. Hora S.A. (1994)

DICCIONARIO AKAL DE FILOSOFÍA

Fuentes/Internet:

La concepción panteísta. Recuperado de: http://www.armandfbaker.com/book/chapter_1.pdf

Sobre Jenófanes. Recuperado de: https://www.uv.es/~japastor/jenofa.htm

Tradición y metafísica. Recuperado de: https://septentrionis.wordpress.com/2015/07/18/numen-numina/


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Viaje a Grecia: el arte griego

MUSEO NACIONAL DE ATENAS-MUSEO ARQUEOLÓGICO (Visita a Atenas, verano 2019)

Un recorrido por el Museo Nacional de Atenas, de mi viaje en agosto de 2019. Este año quiero volver a Grecia, necesito entrar de nuevo en esa dimensión y sentir el efluvio de los dioses. Comparto mi visita con ustedes y los breves apuntes que hice de cada instantánea. Feliz año nuevo!!

  1. Prehistoria y protohistoria ( 4500-1220 a.C.)

En este periodo destacaría, indudablemente, el florecimiento de la civilización egea en las Cícladas, primera manifestación de los helenos indoeuropeos, que comprende un arte refinado y en sus geometrías armoniosas, materializándose sobre todo en la producción de estatuas y de estatuillas de mármol insular, los llamados “ídolos”.

Las manifestaciones artísticas de los primeros helenos indoeuropeos datan de entre el 2800 y el 2200 a.C., en plena Edad del Bronce, un periodo fértil en la demografía griega. El área de interés es el archipiélago de las Cícladas (Siros, Karos, Naxos, Milos, entre otras decenas de islas más). Destaca, tal como se muestra en la imagen figuras humanas sencillas, esquematizadas, con un sentido formal y proporcional de las divinidades, muy frecuente la interpretada como la “Gran Madre”.

Abajo, en la imagen, un ejemplo del arte cretense es el fresco, en el que se aprecia el aspecto típico femenino con su atuendo más tradicional

Indudablemente, la “máscara” de Agamenón representa la hegemonía micénica en el mediterráneo, imponiendo una riquísima  aportación al arte reflejando el poder de la aristocracia guerrera inclinada al lujo.

2.  Medievo helénico (1200-900 a.C)

Nos situamos en el periodo de las últimas invasiones indoeuropeas por parte de los dorios. Destaca un periodo de transición económica y demográfica (S. X a.C.) y con ello una nueva expresión artística, que da como resultado una nueva actitud del hombre frente a la compleja y ordenada trama del universo. Sus formas geométricas son abstractas y de la realidad.

La figura de arriba representa un aedo, un cantor de poemas épicos. El modelo es totalmente curvo, con la mano sobre la lira.

  1. Periodo geométrico (900-700  a. C. )

En este periodo destacaría un equilibrio artístico, cargado de temas figurativos alusivos a la cultura épica. Rigor geométrico y la racionalidad son claves en este periodo. En cuanto a la escultura se caracteriza por ser de madera y marfil, con ornamentos de bronce.

  1. Periodo orientalizante ( 700-610 a. C. )

La expansión de los movimientos coloniales y las relaciones comerciales y culturales con el Oriente mediterráneo, anatolio y mesopotámico dan lugar a un nuevo arte con una refinada orfebrería y tallas de escultura de piedra. En la arquitectura también se aprecie una influencia oriental.

La cerámica destaca por la imagen de la esvástica,  símbolo de buena fortuna, del universo, que ya se representaba en el budismo.

  1. Periodo arcaico ( 610-490 a. C. )

Se abandona el estilo oriental para dar paso un estilo inconfundible con la escultura de piedra de tamaño natural de la figura humana. En este periodo abundan los productos cerámicos figurativos en los que triunfan la mitología y la épica.

  1. Periodo clásico (490-323 a.C.)

En esa época el arte griego tiende a la representación del dinamismo del cuerpo humano, de su belleza ideal y de su mundo interior, expresada como manifestación positiva o negativa con los dioses, las leyes, la comunidad, los valores éticos que propugna la democracia ateniense.

Arriba en la imagen, se contempla a Hermes con el niño Dioniso en una escultura griega de mármol con una altura de 213 centímetros que se encuentra en el Museo Arqueológico de Olimpia, cuya autor es de Praxíteles, pero hay discrepancias entre los especialistas.

  1. Periodo helenístico (323-30 a.C.)

El periodo universal de Alejandro Magno trae consigo un arte de muchísimo nivel, exaltando, por ejemplo, el lujo del poder, o la búsqueda de las emociones.

La escultura de arriba representa a Afrodita, Pan y Eros. En la base se halla esta inscripción: “Dionysios hijo de Zenón de Theodoros, originario de Berytios [Beirut], bienhechor, para sí mismo y sus hijos, a los dioses ancestrales”).

Pan agarra el brazo izquierdo de Afrodita, que se protege de su parte más íntima, mientras le amenaza sin alterarse con una sandalia, con una sonrisa serena y controlando la situación. Eros protege a su madre empujando los cuernos de Pan. El pene se ha perdido, estaría erecto, según los expertos.

Referencias:

Historia Especial Arqueología. Grecia Clásica: reconstrucción en 3D de Atenas y Olimpia. National Geographic.

Durando, F. Grandes civilizaciones del pasado: Grecia Antigua. Ed, Folio

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Mnemósine

Mnemósine (Μνημοσύνη) era una Titánide, hija de Urano y de Gea. Con Zeus, engendra a las nueve Musas. Se trata de la “Memoria” (Hesiod. Theog. 134-135; Apollod. Bibl. 1, 1, 1; 3, 1). Sin embargo, otra genealogía que habría sido originada por un poema cosmológico de Alcman (siglo VII a.C.), afirmaba que estas nueve musas habían nacido en el principio de los tiempos como hijas de Urano y Gea. Por eso se afirma que pertenecen al grupo de los Titanes, ya que representan fuerzas del mundo antiguas y fundamentales del origen del cosmos.

Mnemósine visto por Dante Gabriel Rossetti (1875)

Según Hesíodo en la Teogonía:

(..) Gea acostada con Urano, alumbró a Océano de profundas corrientes, a Ceo, a Crío, a Hiperión, a Jápeto, a Tea, a Rea, a Temis, a Mnemósine, a Febo de áurea corona y a la amable Tetis. Después de ellos nació el más joven, Crono, de mente retorcida, el más terrible de los hijos y se llenó de un intenso odio hacia su padre. 

Mnemósine es la memoria y el recuerdo y, por lo tanto, tiene la capacidad de recordar lo ya existente y provocar que regrese el pasado en imágenes procedentes del devenir titánico. No desea el futuro, pues ella misma se inclina sobre sí misma y repite en el pensamiento algo que siempre ha pasado y que a su vez retorna como si se tratase de un círculo interno, una especie de bucle. La memoria tiene como base la experiencia y la experiencia es repetición (acontecimientos) y automatismos.

Como bien atestiguan las fuentes, los poetas de la antigua Grecia estaban adiestrados en la memorización y en la composición oral, quienes desde los comienzos de la épica habían formado y transmitido el saber mitológico. Gracias a Mnemósine la tradición mítica fue un repertorio de transmisión oral que iba heredándose (de manera repetitiva y con ricas imágenes) de padres a hijos.

Homero y Hesíodo son epígonos de una vieja tradición de bardos que componían magistralmente sobre papel y que solicitaban el favor de la Musa o las Musas , la conexión con ese saber memorizado que estas divinidades (las hijas de la Memoria, Mnemósine) transmitían al poeta.

Ambos poetas fueron los responsables de transmitir una antiquísima tradición oral que empezaría a deslumbrar durante el siglo VIII a.C., a poco de introducirse el alfabeto en Grecia. Tanto Homero como Hesíodo son los guardianes de un saber tradicional que no es invención de ellos, sino que repetían temas y evocaban figuras divinas y heroicas de todos conocidas por el pueblo heleno, al tiempo que reiteraban fórmulas épicas y se acogían, como principal valedoras, al patrocinio de las Musas, para que ellas garantizaran la veracidad de sus palabras. Recordemos cómo Homero comienza invocando a la Musa y cómo Hesíodo nos cuenta que fueron las Musas quienes se le aparecieron en el monte Helicón (de la región de Tespias, en Beocia) para confiarle la misión de transmitir el verídico y ordenado mensaje mítico de la Teogonía y de Trabajos y días.

Según el mito, y entre otros lugares, Eleuteras (norte de Ática) había un culto donde se veneraba a Mnemósine y cuentan que en una ocasión en Eleuteras , Mnemósine liberó a Dioniso de su éxtasis, es decir, le devolvió la memoria.

Otro mito relataba que quien deseara descender al santuario y oráculo subterráneo de Trofonio (en Beocia) era llevado, en primer lugar, a las fuentes de aguas donde debería beber del agua del Lete (el río del olvido) para después sumergirse en la fuente de Mnemósine que  le haría recordar lo que había visto en su vida. Digamos que el iniciado tendría una experiencia muy similar cuando la psique (el alma) abandonara el cuerpo y viajara al inframundo, al Hades, pero no sin antes bañarse en los cinco ríos del reino de las sombras: el Aqueronte (el río de la pena); el Cocito (el río de las lamentaciones); el Flegetonte (el río del fuego); el Lete (el río del olvido) y el Estigia (el río del odio). Sin embargo, había otro río, el Mnemósine, donde los iniciados en los Misterios tenían el privilegio de beber para recordar así sus vidas pasadas y alcanzar un status más elevado.

Se supone que Mnemósine acudía a los iniciados en los denominados misterios mayores, en su ayuda, hasta que podían alcanzar la sabiduría y reconocerse a sí mismo, su entorno y volver a su lugar de origen. De hecho, en las tablillas órficas relacionadas con el iniciado y el mundo mistérico expresan:

Ardo de sed y muero: pero dadme, aprisa, la fría agua que mana del pantano de Mnemosine.

El fin de este proceso iniciático era que con la ayuda de la memoria el iniciado sería un dios en vez de un mortal, liberándole de la muerte y dándole la verdadera vida.

Memoria, vida, renacer, dios y plenilunio,  son las conquistas mistéricas contra el olvido, la muerte, lo finito y temporal que pertenecen a este mundo. Al recuperar la memoria del pasado, el hombre se identificaba con Dionisos.

Un ejemplo que haría recordar y conservar la memoria con todas sus facultades intelectuales e intuitivas lo leemos en la Odisea (Libro X), cuando Circe le recomienda a Ulises que para complacer a los dioses tiene que buscar los conocimientos de Tiresias (uno de los adivinos más celebra de la Gran Hélade), y así poder regresar a su patria, a Ítaca. Ulises le pregunta dónde vive y Circe le responde:

  • Tiresias no vive, Ulises, al menos no en este mundo, es una sombra en el reino de Hades. Sin embargo, guarda allí bien entera su mente, pues sólo a él le han permitido conservar sus dones y las facultades de su espíritu, mientras que las demás almas no son sino sombras errantes. (Los viajes de Ulilses. National Geographic. Especial Mitología. Marzo 2020).

En definitiva, Tiresias es presentado por Circe como «el ciego, que no ha perdido nada de su espíritu» (X, 492)  Por lo tanto, Tiresias tuvo el privilegio de bañarse en el río de Mnemósine, pues conocía todo lo relacionado con los misterios, gran profeta, mediador entre los dioses y los hombres y con poder de canalización entre el mundo de los vivos y  los muertos.

Apolo y las Musas. El Parnaso, Anton Raphael Mengs, 1760- 1761.

Para concluir. podemos afirmar que  Mnemósine no sólo contiene la memoria, sino también domina todo lo rítmico. El Cosmos tiene un sonido sutil, inapreciable para nosotros, unas ondas rítmicas (muy parecidas a la corriente del mar) que se apoya en la percepción afinada, etérea y estructuras armoniosas. El ritmo envuelve el espacio y su movimiento es siempre circular y su lenguaje es rítmico. Por ejemplo, las Musas danzan con la música del Cosmos, bailan al son del Cosmos, acompañadas de Apolo. Por lo tanto, Mnemósine tiene un papel fundamental en la construcción progresiva del Cosmos, destinado a ser regido por Zeus.

Fuentes:

Diccionario Etimológico de la Mitología Griega.

Friedich Georg Jünger Los Mitos Griegos. 

García Gual. C. Introducción a la mitología griega. Alianza Editorial.

Enlace de interés:

Este artículo fue traducido al francés el 27 de abril de 2021 en: EURO-SYNERGIES

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Aión

Imagen: Wikipedia

El significado más arcaico de Aión es el de vida, aliento o fuerza vital y por extensión, el de duración o perduración de la vida. Más tarde, pasó a designar las grandes eras o edades de la vida del mundo, los grandes ciclos o eones del Cosmos. También se le asigna el Tiempo como vida siempre viva, sin principio ni fin, eso es la Eternidad. En cuanto a la etimología, hay que subrayar que Aión va vinculado con la raíz indoeuropea –aiw (fuerza vital, eternidad) que también va asociada con la palabra latina aeternus.

Para los antiguos griegos, Aión es dios de la eternidad al que no le hace falta devorar nada para ser eterno; es a la vez niño y anciano, el dios generoso y satisfecho que tiene sentido en sí mismo, el dios que no contempla los objetivos ni los planes, sino que nos invita a la acción que tenga sentido en sí misma.

En las escrituras antiguas chinas y por boca del filósofo Lao Zi , se menciona de una manera brillante:

“Hay una cosa confusamente formada, anterior al cielo y a la tierra. ¡Silenciosa, ilimitada! De nada depende y no sufre mudanza (..)” ( El Libro del Tao, LXIX)

Cuando el iniciado actúa bajo los auspicios de Aión, está satisfechos con el Camino que recorre porque el objetivo es recorrerlo y cada paso tiene sentido. El Aión nos conecta a través del del Atman, de la voz de la sabiduría, que nos dice lo que tiene sentido y lo que es real para seguir únicamente nuestro propósito espiritual.

Desde los tiempos remotos hasta hoy el Aión no es considerado ningún dios genético. Siempre está. No nace, no es originado, sino originario. No tiene que sublevarse contra nada y no tiene que comerse nada para ser eterno, tan solo fluye.

En la mitología griega sus imágenes son dobles: por un lado, se le presenta como a un anciano, dueño de todo lo atemporal, de lo que no nace ni muere, de lo perfecto que, a veces,  está acompañado con la serpiente  que se muerde la cola y que nos indica el eterno retorno; por otro lado, también se presenta como un joven que sostiene el Zodiaco por donde circulan las estaciones que expresan que siempre hay repetición, y  que después de cada invierno viene cada primavera simbolizando el renacimiento de la naturaleza.

El Aión trasciende el mundo, pero eso no significa que no se encuentre en él. Paradójicamente, es precisamente el presente el momento en que Aión aparece o se desvela,  pero que, a su vez, también es un destello de fugacidad que se desvincula de las líneas temporales del tiempo (Cronos). El ser y el devenir; lo permanente y lo cambiante; este es uno de los grandes temas de la filosofía griega, que se ve reflejado respectivamente en los conceptos de aión y de cronos.

Imagen: Wikipedia

En suma, Aión es Dios de la vida y no de la vida que muere puesto que forma parte del pasado, del futuro, de la vejez y de la eterna juventud, en contraposición a la tiranía del presente de Cronos, que pertenece al tiempo y a la voracidad del mismo.

En la obra de Homero, el aión no aparece relacionado con la vejez, y sólo los jóvenes lo poseen plenamente. Cuando Hera discute el destino de Sarpedón con Zeus, describe la muerte de éste como el tiempo “en el que la psiqué y el aión le abandonaron” (Ilíada, Canto XVI)

Siguiendo este hilo conductor que relaciona el término Aión con el símbolo del círculo,  hay que entenderlo  como un periodo que retorna, una eternidad breve, un círculo en el orden del tiempo, fuera del espacio. Por esta razón es muy frecuente que los iniciados hablaran (a través de la simbología) de las “ruedas del mundo”. Dichas ruedas representarían lo Eterno, lo que siempre es (no como eternidad) sino como Eterno. El iniciado sabría perfectamente (por medio de la intuición) que hay que retornar por el Camino Eterno con armonía, orden y perfección, porque el Aión es anterior a todo; el iniciado forma parte de la realidad permanente de los múltiples cambios. El hombre iniciado (como capas de cebolla) tiene que desligarse de todas las capas mundanas, superficiales, banales, de sus deseos fútiles, de sus múltiples egos y aceptar el principio de todas las cosas de la naturaleza y el cosmos, puesto que la naturaleza es cíclica, cada proceso en ella es como un péndulo circular que avanza y retrocede y su desarrollo cíclico es su ley principal. Cabe destacar que el iniciado oscila en este recorrido sin interferir en la naturaleza ni tampoco bloquear el camino eterno que tiene su orden y armonía. El iniciado sabe que su punto de vista es parcial, pues la verdad última se daría cuando el iniciado alcanzase el despertar de la divinidad (el Atman), cuando esas capas ya por fin se han erradicado (deseos, ambiciones, la falta de pretensiones) y se une con la propia naturaleza divina y eterna.

El iniciado ha de alcanzar finalmente la vacuidad (el principio supremo), retornar a su origen, a la quietud, retornar a la propia naturaleza, no sin antes dominar la energía vital que se desplaza por los canales (chakras) de su cuerpo.

Aristóteles menciona el Aión de manera peculiar: “Nuestros abuelos nos han transmitido esta palabra como ciencia divina” (Del cielo, A, 9, 279ª).

Fuentes de información:

Campillo, Antonio. Aión, Chrónos y Kairós: la concepción del tiempo en la Grecia Clásica. Nº3, 1991. Págs. 33-70

Nuñez, Amanda. Los pliegues del Tiempo: Kronos, Aión y Kairós. UNED. PDF.

Etimología sobre: Aión

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Breve introducción a la doctrina del emanacionismo en la mitología griega

La mitología griega tiene una doble cara: por un lado, detalla el relato tradicional y arcaico del origen de los dioses, del universo, del hombre y de qué manera interactúan entre sí. Son relatos que provienen de un periodo remoto y que han ido creciendo sobre una base “mítica”; por otro lado, la otra cara (desconocida y alejada de nuestra actual sociedad) es la interpretación de la carga simbólica de acuerdo con sus orígenes y el lenguaje derivado del mismo y que permite una lectura y reflexión desde un punto de vista tradicional e indoeuropeo. Sin embargo, ambas caras coinciden en que la mitología viene de tiempos remotos, legendarios y es aceptada y transmitida de generación en generación. No son, pues, relatos inventados o de modas fugaces. De hecho, la tradición mítica detalla los aspectos más importantes de la vida de una raza y de cómo se produjeron los hechos más determinantes, lo que le hace tener un sello de autenticidad, como por ejemplo los seres primigenios que dieron lugar al mundo y los dioses que intervinieron en el orden de las cosas y, lógicamente, de la vida humana. No tenemos que olvidar tampoco a los héroes que nos marcan el camino y nos enseñan de qué manera se relacionan con los dioses. En suma, la identidad de un pueblo nos explica (por medio de la narración mítica) por qué sucedieron estos procesos originales.

Ulises atado al mástil de su barco tratando de vencer la atracción de las sirenas. Cuadro de Leon Belly Las sirenas (Museo de l’Hotel Sandelin, Saint Omer, Francia).

En el horizonte (pero no tan lejanos como pensamos) el mito, los dioses y los héroes van trazando los fundamentos de nuestros orígenes; asimismo, explican y detallan las causas de las cosas desvelando los orígenes sacros de la emanación y los sucesos que han dejado huella en nuestro mundo que, lamentablemente, están ahora apagados, mudos, aletargados, donde el hombre, sin sensibilidad a lo sagrado, le ha dado la espalda a la chispa divina de nuestros orígenes.

Cabe destacar que es un rasgo muy distintivo que la base de las fuerzas naturales en formas próximas a lo humano sea de tipo antropomórfico, pero ¿el antropomorfismo de los dioses es una de las características más distintivas del origen de la mitología?

Si repasamos los orígenes de la mitología griega, éstos nos ofrecen una explicación minuciosa del universo animado por fuerzas sutiles y figuras de rostros humanos. Sin embargo, el eslabón principal sobre el origen y estructura ontológica del mundo griego es la del emanacionismo. Esto quiere decir que todo aquello que existe no es sino una emanación que procede de una unidad primordial, lo que Plotino denominó “lo uno”. Después de lo Uno y, siguiendo con la visión griega, es la Inteligencia o Nous (también se le nombra como espíritu, intuición), lo que sería el mundo platónico de las Ideas. Estos rasgos se observan en el mundo indoeuropeo de la Tradición que explica el sentido sacro sobre el mundo ordenado bajo las leyes del cosmos.

Algunas de las características más representativas del emanacionismo son:

  • Lo Uno no mengua y no se ve afectado por la emanación.
  • Lo Uno Está ajeno al tiempo.
  • Lo Uno está por encima de toda multiplicidad.

Por otra parte, el término Nous está ligado a Zeus como la mente suprema, pensante, observadora, reflexiva y meditativa.

Las características más representativas del Nous son:

Ø Es eterno y atemporal.

Ø No tiene ni pasado ni futuro, sino que lo ve todo en un eterno presente.

Ø Es alma del mundo: incorpórea e indivisible.

Ø Constituye el puente entre el mundo suprasensible y el mundo de los sentidos.

Ø Está orientada hacia arriba pero también hacia abajo, hacia el mundo de la naturaleza. (Lo que es arriba es abajo).

Ø Está fuera del mundo sensorial.

Para Platón, el Nous es la parte más elevada del alma, que permite el conocimiento directo, la intuición de la Ideas; es el acto primero del Bien, la visión inteligible vuelta sobre sí misma, la visión del principio, de lo Uno.

Plotino considera al Nous (la mente divina, el Logos, la razón) como un principio casi absoluto y como la primera emanación del Uno.

En Homero, el Nous se relaciona con una forma de inteligencia divina. En la Ilíada, “el Nous de Zeus es siempre más poderoso que el de los hombres” (XVI, 688).

Aunque en la Odisea, Homero puntualiza que el Nous también es exclusivo del ser inteligente, de aquel que se guía interiormente, a través de la intuición. El ejemplo que se puede citar es cuando Circe desea hechizar a Odiseo con un brebaje para convertirle, al igual que a sus compañeros, en cerdos. Pero el astuto Ulises tomó un antídoto gracias a la ayuda de Hermes y Circe, con gran asombro, exclamó: “sin duda en tu entraña se encierra un Nous indomable” (X, 329). En suma, el Nous es el “cordón umbilical” que une el hombre a los dioses, la esfera más íntima y personal que relaciona el hombre con los dioses.

El camino iniciático está trazado en el cosmos, entre las Constelaciones, como vía de desarrollo espiritual. Este camino ha sido transmitido en los doce trabajos de Heracles.

Para entender la estructura de la emanación el planteamiento sería el siguiente:

SER SUPREMO

  • Incondicionado con respecto al atributo, a la forma o a la raza.
  • Inmanifiesto e Incognoscible (Deus Absconditus).
  • Principio Primero y Eterno, la Realidad Superior del Universo (conocido también como Brahman en el hinduismo).
  • Principio Divino.

MANIFESTACIÓN POR EMANACIÓN DEL PRINCIPIO SUPREMO

  • Dioses
  • Demons
  • Seres vivos
  • Naturaleza
  • Minerales

¿Cuál sería la primera manifestación del Ser Supremo, según el esquema?

Las fuerzas sutiles o numens que:

  1. Dinamizan y armonizan el entramado cósmico.
  2. Cada numens tienen una dinámica diferente.
  3. Forman parte del mundo manifestado.
  4. Emanan del Principio Supremo.

Durante el periodo anterior a los dioses antropomórficos, es decir, hablamos del conocimiento exclusivos de las fuerzas sutiles, el hombre era consciente de:

  1. Su origen sacro.
  2. Vivía de acuerdo a ÉL.
  3. No dudaba de su existencia de una realidad superior que le era evidente.
  4. El origen del hombre era el mismo que el del cosmos.

¿Quiénes fueron las fuerzas sutiles o numens en la mitología griega?

Las fuerzas sutiles o numens en la mitología griega fueron:

  1. Caracterizados de manera antropomórfica (los dioses olímpicos).
  2. El hombre empieza a hablar de dioses con el fin de no caer en el olvido de la existencia de la trascendencia.
  3. Conocimiento relacionado con el Ser Supremo.
  4. Identificación del Ser Supremo.
  5. Las divinidades se adaptaron a cada cultura, según sus valores existenciales, a sus sensibilidades y a su idiosincrasia (formas, atributos, razas).

El rol del hombre griego que dicta Homero:

  • Está supeditado a las potencias del universo. Siempre tiene presente estas potencias.
  • Reconoce y vive bajo esos poderes mágicos, bajo un orden general del universo, de una ordenación de los embrollados acaecimientos de la vida de los individuos.
  • Su certidumbre considera el mundo como un cosmos, una organización cósmica, como lo que pretende instaurar en sus organizaciones sociopolíticas con el fin de establecer el orden macrocósmico en el mundo de aquí abajo.
  • Se resigna a su suerte, y en eso reside su poder, su fuerza, pero a la vez interactúa con el plano sutil de la realidad; no adopta, pues, una actitud pasiva hacia el mundo Suprasensible.
  • La religión de Homero vive en el mundo de lo racional, sus dioses son perfectamente comprensible para el espíritu griego. De la misma manera, también se puede acceder a ellos, interactuar con los mismos y Conocerlos (gnosis) con las herramientas Suprarracionales que se dan, por ejemplo, la Iniciación en los Misterios mayores, tales como sucedía en Eleusis o en Samotracia.(Veáse ambos enlaces).

Según van avanzando los periodos históricos junto a los mitos de las edades, la erosión de los dioses se ajustaría a los siguientes parámetros:

  • Antropomórficos.
  • De Carácter religioso-exotérico, fiel reflejo de las creencias del pueblo griego.
  • Adaptados a culturas-etnias, según sus sensibilidades e idiosincrasias.
  • De base politeísta.

El hombre, dada las circunstancias y según sus tradiciones, rebajó aquellas fuerzas sutiles o numens al grado más grosero (con cualidades muy reconocidas entre los dioses como la envidia, la cólera, la inmoralidad, los caprichos…) con el antropomorfismo, ya que no supo entender aquellas fuerzas sutiles o numens como origen sacro, viviendo de acuerdo con Él, pues no era necesario transformar las fuerzas sutiles a divinidades con formas humanas y con unas cualidades mezquinas y poco adecuadas a sus orígenes divinos y sacralizados.

En cuanto a los vegetales y los minerales:

  • Son formas burdas de la Manifestación del Principio Supremo.
  • No contienen el Principio de la Eternidad (Atman), por lo tanto, son otros tipos de realidad.
  • Al no tener el Principio Divino, el panteísmo, por ejemplo, sería inviable en estos casos.

En suma, y según el esquema, hay una emanación con una jerarquía clara, definida, descendente y sucesiva de entidades espirituales intermedias entre la cúspide divina y el mundo material que nos rodea.

Atman

El Atman solamente anida en el hombre, en estado aletargado, es la semilla divina. La finalidad del hombre es el despertar de la semilla divina a través de la iniciación. Heracles (con la realización de los doce trabajos), Jasón (en la búsqueda del Vellocino de Oro), Ulises en su odisea, son ejemplos claros donde se da el proceso iniciático para el despertar de la divinidad en nosotros; los numens y demons no tienen Atman.

En síntesis, el Principio Supremo se manifiesta por Emanación, y el hombre comparte el principio activo de la eternidad (el Atman). Así se entiende que el hombre se considere eterno, pero no inmortal; todo lo contrario que los dioses.

Por otra parte, Atman comparte esencia con Nous y no se aprecia diferencia ontológica entre ambos. Nos referimos a Nous cuando lo ubicamos en el origen y más allá del mundo manifestado; sin embargo, tal como se menciona en líneas anteriores, Atman está en el interior del hombre y, los héroes griegos (por medio de un trabajo espiritual e interiorizado) nos muestran la forma de activar esta semilla divina. Atman y Nous comparten esencia en el interior del hombre, ambos puentes nos unen con nuestro origen divino, sagrado y eterno.

En la Ilíada nos encontramos, por ejemplo, a Sarpedón cuyo padre es Zeus (Divino) y su madre (mortal) la bella Europa. Según el emanacionismo, de su madre hereda el Atman, de Zeus el linaje divino. Por esta razón, los héroes se jactaban de ser descendientes (pequeños microcosmos) e iguales a lo Uno y no una creación por la voluntad de Dios. Se trata, en definitiva, de que el hombre recorra el camino ascendente hasta conseguir despertar ese Atman que se halla como aletargado en su fuero interno. Gracias a esa paternidad divina a Sarpedón le proporcionaría la posibilidad privilegiada de activar los poderes (numina) que le faciliten esa activación, la del Atman,

Pneuma

Pneuma viene del griego y significa soplo, viento; aliento, respiración; espíritu o soplo divino. Pneuma se colocaría dentro del cosmos como fuerza sutil dentro del mundo manifestado (al mundo celeste, al Olimpo) y no con el principio supremo inmanifestado.

Por lo tanto, nos referimos a un principio de vida activo que, tras el fallecimiento, regresa al mundo celeste. De este modo, unos pocos héroes tenían el privilegio de estar con los dioses, como es el caso de Heracles, cuyo eidôlon fue visto por Ulises en el Hades pero que, al mismo tiempo, vivía entre los dioses inmortales (Odisea, XI-601). La parte que vivía en el Olimpo sería el pneuma del héroe. Esta naturaleza (pneuma: espíritu o soplo divino) atrapada dentro de nosotros debe ser recordada y redimida ante la orden divina superior.

También, y según el mito órfico, Dioniso es hijo de Zeus y Perséfone, antes de que esta se convirtiera en reina del Hades. El pequeño creció en Creta, protegido por los mismos guardianes que habían guardado a Zeus de los ojos de Cronos. Pero los Titanes, enemistados con Zeus, esperaron a que los guardianes descansaran para atraer al pequeño con juguetes dorados. Cuando los Titanes se abalanzaron sobre él el pequeño intentó defenderse tomando la forma de diversos dioses y animales, pero terminaron por despedazarle y devorar su carne cruda. Atenea interrumpió el espantoso banquete justo a tiempo para rescatar el corazón del pequeño, lo encerró en una figura de yeso en la que insufló vida (pneuma=aire) y así Dioniso se hizo inmortal. Zeus, preso de ira, mató a los titanes con sus rayos. Según el mito de las cenizas nació la especie humana, que es una mezcla de la parte terrena de los titanes y la parte divina de Dioniso. Esta parte divina es la que debe quedar libre y redimirse.

Para las corrientes filosóficas-sectarias, como los pitagóricos o los órficos, el pneuma era la sustancia primordial que el cosmos respiró antes de que nada parecido al aire existiera, principalmente porque en sus cosmologías los elementos estaban en este estadio primigenio aún por diferenciar y separar.

Mencionamos el término eidolon cuando es la representación material del alma, muy atestiguado en la sociedad arcaica y en la épica de Homero. La psique (alma) sería como el negativo de la imagen, una “sombra” que revolotea en el Hades; mientras que el eidolon es la representación más indiscutible del alma del difunto.

En las fuentes homéricas, Ulises, durante su visita al Hades, habla con el eidolon de su amigo Elpenor (Odisea, XI). De lo contrario, si fuera la psique de Elpenor, ésta produciría un sonido como el de un zumbido, ininteligible y su manifestación sería como un humo opaco y escabroso.

Aunque hay que enfatizar que, el significado de eidolon, no siempre va asociado con el alma del difunto. Un ejemplo es cuando Apolo aleja a Eneas del templo para que fuera curado de sus heridas tras su lucha con Diomedes: y fabricó un eidôlon a imagen y semejanza de Eneas (Ilíada, V).

Referencias:

Del Mundo Tradicional me ha sido de gran utilidad:

La teoría del emanacionismo o emanatismo

Es de lectura obligatoria para entender el Mundo Tradicional los siguientes enlaces:

Septentrionis numen-numina

Septentrionis Interpretación-metafísica de los mitos

Para ampliar más información relacionado con la temática:

Santa-María, A. Plotino, las formas platónicas y el noûs aristotélico (2013)

Otras referencias de interés:

Nous

Pneuma 

Eidolon

Agradezco a Eduard Alcántara por tamizar el texto y compartir sus conocimientos e interpretación de la Tradición. Para ampliar más información sobre el autor, os emplazo:

Alcántara, E. (Metapedia)

Alcántara, E. (Septentrionis)

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Prometeo y la búsqueda del fuego

Recomendamos “Los dioses cautivos. Mitología en el Museo del Prado” Conferencia impartida por Miguel Ángel Elvira Barba, Profesor Titular de Historia del Arte, Universidad Complutense de Madrid.

 

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