Los sueños en el pensamiento homérico

"La muerte y el sueño" 1874, John W. Waterhouse

“La muerte y el sueño” 1874, John W. Waterhouse

En las obras de Homero, La Ilíada y La Odisea, hay un tema que no tenemos que dejar pasar por alto: los sueños. Por eso, vamos a analizar los tipos de sueños que se dan y sus características generales más comunes, así como algunos datos reveladores que nos llamen más la atención.

En primer lugar, observamos la figura que aparece en sueños y que se dirige al soñador, se coloca sobre su cabeza y le dirige unas palabras. El contenido de este mensaje es siempre el mismo: le recuerda que está dormido y luego le trasmite una orden, una petición o unas palabras que pretenden servir de consuelo. Tras el mensaje, o bien la figura se retira y el soñador se despierta como bien se refleja en el sueño de Agamenón (La Ilíada, Libro II), o bien el soñador responde y reacciona con algún gesto, provocando que la figura se esfume como por ejemplo cuando aparece el alma de Patroclo en sueños y Aquiles intenta abrazarlo (La Iíada, Libro XXIII), o bien, sin solución de continuidad, el soñador se levanta y la figura le ayuda a llevar a cabo el mensaje como es el caso del sueño de Príamo con Hermes, (La Ilíada, Libro XIV).

También puede ocurrir que el soñador —todavía dormido— responda a la figura e incluso se entable una conversación entre ambos, tras la cual la figura desaparece y el soñador despierta, como por ejemplo en el sueño de Penélope con el fantasma de Iftima, (La Odisea, Libro XXIV). De ninguno de los casos parece desprenderse que se produzca el despertar a resultas del sueño, por la impresión que éste causa.

 El esquema resultaría de esta manera:

1. La imagen del sueño se dirige hacia el durmiente ( es muy común que se pose encima de la cabeza).

2. Presentación y leyenda de la imagen del sueño.

3. Consecuencia del sueño.

Se deduce que en Homero el sueño se concibe como algo externo al soñador, con una entidad propia y autónoma, independiente de quien sueña.

Por lo tanto, los sueños que aparecen narrados con detalle en Homero son sueños directos, en los que la figura onírica se presenta al soñador y le dirige un mensaje.

Tan sólo tenemos un ejemplo de un sueño simbólico, el de Penélope con las ocas (La Odisea, Libro XIX) que, por otra parte, es el sueño narrado más extensamente.

El sueño simbólico es un tipo que, con toda seguridad, conocía Homero porque además era un tipo de sueños bien atestiguado en civilizaciones más antiguas. A consecuencia de este sueño, Penélope invoca al comienzo del pasaje al mendigo para que interprete el sueño que a continuación y sin especificar las circunstancias en las que se ha producido, pasa a describir. A lo largo de la narración, Penélope hace hincapié en el hecho de que se trata de un sueño, lo que llamaban los griegos óneiros (somnium, en latín). En La Odisea, Penélope refiere a este mendigo (Ulises) la visión que ha tenido, expresando al finalizar:

Hay sueños inescrutables y de lenguaje oscuro y no se cumple todo lo que anuncian a los hombres. Hay dos puertas para los leves sueños: una, construida de cuerno, y otra, de marfil. Los que vienen por el bruñido marfil nos engañan, trayéndonos palabras sin efecto, y los que salen por el pulimentado cuerno anuncian al mortal que los ve cosas que realmente han de verificarse

Por otra parte, Homero dota al sueño de un mensaje de carácter divino: “—Escuchad, amigos míos; mientras dormía, he tenido un sueño divino. Ahora estamos muy lejos de las naves; que uno de vosotros vaya a decirle al hijo de Atreo, al divino Agamenón, pastor de pueblos, que haga venir a este lugar, lejos de las naves, un mayor número de guerreros” (La Odisea, Libro XIV)

Como se puede observar, en los antiguos griegos los sueños adivinatorios son ya signos de acontecimientos futuros.

Según los griegos, hay cinco tipos diferentes para definir los sueños. Tenemos el óneiros, que los latinos llaman somnium, explicado en líneas anteriores.

Después, el hórama, que es denominado propiamente visión (visio). Pongamos un ejemplo: Pisístrato estaba sumido en un profundo sueño; pero Telémaco no podía disfrutar del placer del sueño, y en su alma, durante toda la noche, el pensamiento de su padre le tenía desvelado. La diosa entonces se acerca al héroe y le habla en los siguientes términos:

—Telémaco, no es conveniente que estés por más tiempo alejado de tu casa (La Odisea, Libro XV)

 Por lo tanto, los sueños no siempre se dan en el dormir y éste se caracteriza como un estado durante el cual el sujeto pierde contacto sensorial con el mundo externo. Los griegos consideraban que las visiones tienen su origen en la misma facultad que produce las ilusiones durante la vigilia, es decir, en la imaginación o fantasía. Se los debe considerar, pues, actos del alma sensitiva.

Otro tipo es el krematismós, que se conoce por oráculo (oraculum). Existen lugares llamados oráculos donde se dirigían para interpretar sueños o señales enviadas por los dioses. Quien los interpreta es el sacerdote. Si se desobedece a un sacerdote se esta desobedeciendo a un dios (los dioses pueden otorgar dones a los hombres). “Canta, oh diosa, la cólera pélida Aquilea” así da comienzo el canto I de La Ilíada. Ya que Agamenón, jefe de los aqueos, había provocado la ira de Apolo, al faltarle al respeto a su sacerdote, Crises. A veces, a través del sueño canalizaban el mensaje que interpretaba la sacerdotisa.

Asimismo, En la Ilíada (Libro I) Aquiles se cuestiona la actitud del dios Apolo, para lo cual consulta a un intérprete de sueños (oneiropólos), mencionándose a su vez a Euridamante, viejo practicante de dicho arte.

Hay que destacar que es muy común que los dioses intervengan directamente en los sueños para comunicarle algo a cada individuo.

Otro tipo de sueño es el denominado el enýpnion, que designamos por ensueño (insomnium); este término expresa única y exclusivamente el sueño en cuanto al acto de dormir, al igual que Hipno. “El divino Sueño vino a mí en sueños durante la inmortal noche. (La Ilíada, Libro II). “Así habló, y el Ensueño partió después de oír estas palabras. Llegó velozmente a las rápidas naves de los aqueos y se dirigió al Atrida Agamenón; lo encontró durmiendo en la tienda, y a su alrededor se extendió el inmortal Sueño” (La Ilíada, Libro Il).

Por último, el phántasma, que se le puede asignar el nombre de aparición. En La Ilíada (Libro XXIII), quien se aparece es un difunto. Cuando el muerto Patroclo se aparece en sueños a Aquiles, le pide que haga incinerar su cuerpo, ya que, al no haber sido enterrado, no podría cruzar el río que le separa del Hades.

En definitiva, el sueño fue en la Antigüedad una incógnita más de cuantas rodeaban al ser humano. En un primer momento, la aproximación del hombre griego al fenómeno onírico debió plasmarse en la tradición oral, basada en la experiencia práctica e influenciada por corrientes orientales. Las fuentes antiguas confirman un conocimiento muy difundido a nivel popular, juzgándose el sueño como el vehículo idóneo para la expresión de la voluntad divina, realizándose a su vez la interpretación de las visiones portadoras de un mensaje alegórico.

Enlace recomendado sobre la misma temática: Hypno y Tánato;

Obras de referencias recomendadas:
Iliada (B. BÁSICA GREDOS)
Odisea (CLÁSICA)
Los libros griegos de interpretacion de sueños

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La fe en la inmortalidad

Campos Elíseos

El pensamiento homérico sobre el alma refleja la resignación y no el deseo del hombre, cuya existencia después de la muerte, se reduce a vagar como un alma en pena, existiendo sin duda, pero carente de todo sentido. Pero la cuestión es: ¿no existía ningún deseo de poder alcanzar otro tipo de vida más vivificante y estimulante a la hora de morir? En los poemas de Homero, la concepción del alma, después de la muerte, es la de no descansar siquiera de las extenuaciones de la vida (el alma de Sísifo, la de Tántalo, por mencionar algunos ejemplos que hemos comentado en este blog) pero tampoco sigue existiendo. Parece que el reino del Hades no ofrece una luz de esperanza, aunque sea una llamita tenue y ligera. El Hades es el fin para el hombre, cerrando así cualquier vestigio de luz y esperanza.

La única vía de esperanza para eludir el lóbrego reino del Hades era que los dioses te enviaran a los Campos Elíseos, un lugar donde la luz es eterna, nunca hay nieve, ni largo invierno, ni vientos ni lluvias, acompañado de una paz inquebrantable y eterna.

Según la creencia más popular, un dios podía, de repente, sustraer a un mortal protegido suyo y llevárselo a la eternidad, bien sea a los Campos Elíseos o al Olimpo. De manera arbitraria, en algunos casos, y otras por parentesco directo con el dios, el mortal pasaría a ser inmortal.

En la Odisea (Canto IV. 560) Proteo, que tenía el don de leer el porvenir, le profetisa a Menelao que los inmortales te enviarán a los Campos Elíseos y le enfatiza que es un lugar donde los hombres viven dichosos. Proteo le hace ver que, cuando llegue su hora, no acabará su vida, dice de él el poema; en otras palabras, Menelao no tendrá que morir para ir a los Campos Elíseos pues irá vivo y tampoco le arrebatará la muerte una vez alcanzado los Campos Elíseos. Entendemos que el alma de Menelao (Psique) no tiene que separarse de su cuerpo ni ser sepultado. Por lo tanto, los Campos Elíseos es un lugar inasequible para los demás mortales, solamente para algunos privilegiados: a Menelao le garantizan un lugar especial de bienaventuranza e inmortalidad. La inmortalidad de los dioses tiene además otros disfrutes como el néctar y la ambrosía. Así pues, el hombre que se alimente de estos divinos regalos se convierte en dios, en inmortal. En suma, Menelao es transportado vivo a la eterna vida gozosa y plena de felicidad, a un lugar especial.

Zeus, dios soberano.

¿Es la virtud y el mérito los que dan derecho a la futura bienaventuranza? En los poemas homéricos no hay el menor rastro de que sea así. Menelao no se distingue especialmente por ninguna virtud concreta, será transportado a los Campos Elíseos simplemente porque su matrimonio con Helena lo hace yerno de Zeus, tal como lo anuncia Proteo; en la otra cara de la moneda nos encontramos a Aquiles hundido y desolado en el reino de las sombras en el Libro XI de la Odisea:

No me consueles de la muerte, ilustre Ulises. Preferiría estar en la tierra y servir a un hombre pobre, sin muchos medios de vida, que ser el señor de todos los consumidos.

Esquema de dos mundos opuestos:

Aquiles

Tártaro, la muerte, separación de la psique del cuerpo, desolado, hundido, una sombra vagando. Aquiles es virtuoso, como guerrero y persona.

Menelao

En los Campos Elíseos, permanencia de la psique en el cuerpo, la evitación de la muerte, un privilegio. La virtud no es su fuerte.

Hay que precisar que aquellos inmortales que terminen su vida en los Campos Elíseos llevan una vida consciente interminable, eterna, pero no se les confiere ningún poder divino, ni salir más allá de los confines de la tierra.

Por otro lado, en el ámbito religioso, los héroes de la epopeya homérica no están a la altura de los dioses. Es decir, en la época homérica no hay indicios de que se realicen rituales en honor a Menelao o a Heracles para que sean los intermediarios entre los dioses y los hombres, sino que son fuerzas divinas de pleno derecho que tienen un trato de culto propio, unos santuarios florecientes y, por supuesto, detrás, una mitología indeleble e inquebrantable. Es muy común que, casi siempre, cada héroe es conocido solamente en su territorio, excepto Heracles que traspasó fronteras.

Pero, entonces, ¿qué virtudes tiene que tener un héroe para terminar su vida en los Campos Elíseos? Probablemente, en el caso de Menelao, fuera más un anhelo del espíritu poético de Homero que una necesidad de orden religioso, incluso dicha decisión iba más allá de una creencia popular. Es decir, sólo se subraya el deseo poético, apoyándose en la libertad de la poesía. Lo que sí podemos estar seguro es que el culto religioso no tuvo un peso influyente en la decisión de mandar a Menelao a los Campos Elíseos, sino más bien Homero intenta revelarnos el tema del tránsito hacia la eternidad.

Igualmente, hay otros casos en el que los dioses se llevan a los mortales a la morada de los dioses, al Olimpo, como un regalo exclusivo, que puede ser un don especial que los dioses aprecian y quieren compartir. En este caso, destacamos la figura de Ganímedes.

Ganímedes, el más bello de los mortales, de quien se dice que fue arrebatado por los dioses para ser transportado al Olimpo y vivir allí eternamente, como copero de Zeus. Fue el propio Zeus quien, transformado en águila, se lo llevó por los aires hasta el Olimpo. El rapto de Ganímedes ha sido una fecunda fuente de inspiración para la literatura griega y romana desde Homero (Ilíada V, 265; XX, 232) hasta Ovidio (Metamorfosis, X, 155).

¿Por qué la leyenda de Ganímedes tuvo tanta repercusión en aquella época? En mi opinión, la creencia según la cual un dios o una diosa podía, de repente, despojar a un mortal de su vida sin ser visto por nadie, como es el caso de la joven Core (conocida como Perséfone después de que Plutón la raptara al Hades) o Ganímedes, servía para explicar las desapariciones de individuos que jamás regresaban a su hogar, por circunstancias imprevistas, o de soldados que desaparecían en combate. Imaginaos salir de casa a dar un paseo y desaparecer de la faz de la tierra. ¿Qué impacto tendría en su familia? Era pues una justificación, de carácter divino, para exponer las desapariciones en combate, los raptos, la fuga premeditada, etc. Sin embargo, según la creencia antigua, los raptos de Ganímedes y Orión reflejarían los astros que se observan en los fenómenos del cielo y que debían ser explicados. En estas leyendas cabe destacar que a los fenómenos celestes se les consideraban seres animados y dotados de alma como a los hombres. El significado de estos mitos refleja que si los dioses elevan a Orión a su reino, cualquier mortal puede llegar a gozar de la misma suerte, contando con el favor de un dios. En el caso de Perséfone, después de ser raptada por Hades, Zeus, como intermediario, estableció que Perséfone volvería con su madre, Deméter, llegando con ella la primavera y volvería a descender al mundo de las tinieblas al llegar la época de la siembra.

En síntesis, la inmortalidad ofrece más ventajas que desventajas. Sin embargo, escudriñando los poemas de Homero, hay que ver la inmortalidad desde otra óptica. En la Odisea (Canto V. 209) la ninfa Calipso, enamorada de Ulises, le ofrece la inmortalidad siempre y cuando renuncie a su identidad. La reflexión de Ulises es la siguiente: si olvida quién es, también olvidará adónde va y nunca alcanzará su logro espiritual. Supongamos que Ulises aceptase la oferta de Calipso, si cediese a la tentación de ser inmortal, dejaría en ese instante de ser un hombre, no sólo porque se convertiría en un dios sino porque eso le llevaría al exilio, renunciando para siempre a vivir con los suyos, por lo que perdería su propia identidad. Con más rotundidad, al aceptar la inmortalidad, Ulises dejaría de ser Ulises y ya no sería el Ulises que todos conocemos: rey de Ítaca, marido de Penélope, hijo de Laertes…

El propio Zeus nos hace entender que Ulises es el más sabio de todos los humanos; Atenea es su escudo protector (Odisea, Canto V. 7). Ambos ven que su principal destino es comportarse en la tierra como el representante de los dioses a nivel del Gran Todo. Aunque Ulises es mortal, es un Zeus pequeño al igual que Ítaca es un mundo pequeño y el objetivo de su periplo en la Odisea se le hace tortuoso, retorcido, doloroso, con muchas pérdidas alrededor suya. Pero Ulises continúa hacia delante y declina la inmortalidad que le ofrece Calipso. Su único anhelo es hacer que la justicia reine por las buenas o por las malas, si hace falta y alcanzar la armonía, su destino. Por eso Zeus no permanecerá insensible a este proyecto que le recuerda al suyo, cuando tuvo que reestablecer el orden dentro del caos inicial que había en el universo (Teogonía). Ulises, por fin, después de diez años preso en la isla de Calipso, y gracias a la intervención de Atenea, pudo seguir el impulso de su espíritu.

Ahora sabemos de dónde viene y adónde va Ulises: del caos al cosmos pero a su nivel, que es humano, pero que a su vez refleja el orden cósmico. Es un itinerario de sabiduría pero a su vez un camino tortuoso, polvoriento, de mucho sufrimiento, cuyo fin, sin embargo, es el de alcanzar la sabiduría aceptando la condición de mortal que es la de todo ser humano.

Ulises

Ulises nos enseña la lección más importante: la inmortalidad es para los dioses no para los humanos y no es lo que uno debe buscar desesperadamente en esta vida. En síntesis, las líneas maestras que Ulises nos enseña son:

  1. Es muy importante pertenecer a una comunidad armoniosa, a una patria (un cosmos).

  2. Dar la espalda a nuestra naturaleza y arrancar nuestras raíces que están conectadas con los verdaderos valores e hilvanadas a nuestras tradiciones ancestrales es desviarnos de los propósitos del cosmos y, por lo tanto, representa la peor forma de despersonalización que pueda conocerse en la vida. No podemos caer en el olvido. Ulises tiene que luchar para no bajar al destierro, al olvido y, por encima de todo, su único fin es alinearse con su verdadero Yo, aquél que perdió cuando lo arrancaron de su patria.

  3. La guerra de Troya, fiel reflejo de nuestro mundo actual, es una máquina de engullir a miles de jóvenes, un desarraigo sin igual para unos soldados llevados a la fuerza lejos de sus hogares, lejos de toda civilización, de toda dicha, lanzados a un universo que no tiene nada que ver con la vida en armonía y equilibrio. Esta visión es muy importante para entender el universo como parte elemental de nosotros. Hoy día, nos están arrancando nuestras raíces, el desorden y el caos son esos grandes agujeros negros de nuestras vidas.

  4. Más allá de su dimensión casi iniciática en el plano humano, incluso de los aspectos cosmológicos, esta concepción de la búsqueda de la armonía, una reconciliación con el cosmos, posee también una dimensión metafísica que guarda relación con el tema de la muerte. Para los griegos, lo que caracteriza a la muerte es la pérdida de la entidad. Aquí la muerte no sería física: Ulises nos alienta a que jamás dejemos de ser personas trascendentales para convertirnos en zombis de la sociedad, sombras carentes de identidad, en masas ignorantes que abandonan su verdadera patria, para terminar siendo anónimos, luces y sombras que parpadean sin brillo llevando consigo la pérdida de nuestra individualidad.

  5. Ulises busca la inmortalidad en la sabiduría. Se sacude de todas las irrealidades, de sueños utópicos y de fluctuaciones inestables que va sorteando a su paso.

 

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Chrónos, ¿el tiempo existe?

animasmundi_chronosAión es el dios de la eternidad al que no le hace falta devorar nada para ser eterno, es a la vez niño y anciano, el dios generoso y satisfecho que tiene sentido en sí mismo, el dios que no contempla los objetivos ni los planes sino que nos invita a la acción con valor por sí misma. Hay que destacar que el dios Aión no es ningún dios genético. Siempre está. No nace, no es originado, sino originario. No tiene que sublevarse contra nada y no tiene que comerse nada para ser eterno, tan solo da. En otras palabras, Aión es la eternidad.

Por otra parte, basándonos en las palabras de Antonio Campillo, al Tiempo, Chrónos, se le considera como la suma actual de todos los ahoras o instantes y como la suma virtual (en potencia, esto es, no llevada a término nunca) de esos mismos instantes o ahoras. Es a la suma actual o simultánea a la que acabará por dársele el nombre de Aión, y es a la suma virtual o sucesiva a la que acabará por dársele el nombre del Chronos.Si la suma sucesiva es infinita, y por tanto innumerable, sin principio ni fin, los antiguos filósofos se preguntaron varias cuestiones: ¿cómo puede darse una simultaneidad de la eternidad en acto? ¿Qué relación de semejanza y diferencia mantiene entre sí las dos infinitudes o eternidades: la infinita o eterna simultaneidad y la infinita o eterna sucesión?(Aión, Chronos y Kairós: la concepción del tiempo en la Grecia Clásica). Este es el gran problema que se encontraron los filósofos de la antigua Grecia, siendo para  los científicos actuales un rompecabezas aún por resolver.

El tiempo es complejo, ambiguo y a la vez relativo. Es decir, pensamos en el tiempo como un río que abarca del nacimiento a la muerte, pero en realidad, de lo que nos percatamos es de lo cambios que observamos, por eso recurrimos al concepto del tiempo. El tiempo es tan complejo que hay opiniones diversas sobre el tema: muchos científicos piensan que el tiempo es una ilusión pura y no existe; otros, piensan que el tiempo existe; y, a la vez, hay otros científicos que tienen dudas.

Vayamos por parte: Heráclito decía que el sol es siempre el mismo, y sin embargo es nuevo cada día. Afirmaba que lo eterno es a la vez instantáneo. También destacaba que lo más viejo es a la vez lo más joven y que el mundo entero está comenzando a cada instante. En definitiva, la suma sucesiva es infinita, sin principio ni fin.

Pero, la cuestión es: ¿Por qué se da simultaneidad de lo infinito?

Anaximandro establece dos dimensiones.

  1. Originaria: se refiere a ilimitada, eterna.
  2. Originada: se refiere a limitada y temporal.

La segunda parte depende de la primera, y esto hace que el Tiempo sea eterno, pero es una eternidad regulada, una sucesión numérica o rítmica de los ciclos cósmicos.

Anaximandro llama Ápeiron a aquello que es principio (Arché) y expresa que es eterno. De este Ápeiron nace los cielos y el mundo, en cuyo seno nacen y perecen, se engendran y corrompen todas las cosas. Del ser ilimitado nacen las cosas limitadas (temporales) que vuelven a retornar cuando perecen.

Parménides mantiene la siguiente idea:

  1. Vía del Ser: se refiere que es siempre.
  2. Vía del no-Ser: aquello que llega a ser y deja de ser.

Parménides piensa que el Ser que “es siempre” no puede ser ilimitado porque sería “igual a sí mismo”, estaría completo, lo tiene todo, y al abarcarlo todo es inmóvil.

El Ser sería: eterno, perfecto, autosuficiente, inmóvil, siempre igual a sí mismo. Esta base filosófica fue aceptada después por Plotino y Platón, entre otros.

Parménides, por otra parte, refuerza su teoría identificando la Vía del Ser con la Vía de la Verdad (Aletheia) y el pensar y  la Vía del no- Ser con la vía de las apariencias, de las opiniones (doxa) diversas, cambiantes. Parménides concluye que ambas vías son diferentes pero necesarias.

Aparcamos un momento el plano filosófico y vamos a hacer una reflexión:

crhnos_animasmundiEl sol sale por el este, pero llegará un instante, un momento en el que el sol estará en otra posición. Su movimiento nos indica que el tiempo avanza. Si se parase el sol y mis manos se parasen y nada cambiara, entonces podríamos decir que no ha pasado el tiempo. Por otra parte, sabemos que el tiempo se divide en tres estadios: pasado, presente y futuro, pero sabemos que estos estadios no son más que ilusiones. Igualmente, pensamos que el fluir estáasociado al movimiento. El aire, el agua, la tierra se mueven, es decir, fluyen, lo observamos con nuestras percepciones. Pero el tiempo, en sí, no lo vemos, solo apreciamos los cambios. Los objetos físicos tienen cambio. Los tiempos pasados y futuros no tienen una base real; los sucesos si tienen una base real, tienen una secuencia unidireccional. Por ejemplo: si hago rodar un huevo sobre la mesa, caerá al suelo y el huevo se romperá. Sabemos que es imposible volver atrás, es decir, reconstruir el huevo de nuevo. Por lo tanto, no podemos volver al pasado, porque el pasado no es un lugar; ni tampoco podemos viajar al futuro, porque tampoco es un lugar. A primera vista, parece que el tiempo tiene una dirección hacia el futuro, pero esto no implica que el tiempo avance hacia él. De la misma manera que, aunque una brújula apunta siempre al norte, no significa que estemos avanzando hacia el norte. La flecha indica una simetría, como arriba y abajo es una posición relativa en el espacio, por eso el futuro y el pasado son posiciones a lo largo de un eje que es el tiempo. Por lo tanto, no tiene sentido hablar de futuro y pasado.

Como se puede comprobar hay ambigüedad en el tiempo y hay confusión, pero ¿cómo podemos asegurar que el tiempo pasa? Una cuestión que para la comunidad científica es un quebradero de cabeza.

Volviendo al Aión y a Chrónos, se pensaba que ambos mantenían una relación de grados, de diferentes jerarquías, pero además se deliberaba quedefendían una relación tanto de precedencia como de procedencia. Pero, ¿cómo se origina el tiempo a partir de la eternidad? ¿Qué movimiento es ése por el que pasa de lo inmóvil a lo móvil, de lo perfecto a lo imperfecto, del alma al cuerpo inmortal? ¿Por qué se piensa como un movimiento de degradación, como una “caída” una “deuda” que ha de ser pagada? Muchas preguntas y pocas respuestas fiables…

Partimos de la idea que desde el Aión al Chrónos hay un instante, un punto, un momento en el que se da un movimiento o tránsito, pero no puede darse en el tiempo, pues es precisamente el cambio que da origen al tiempo. Pero a su vez, este movimiento o tránsito tampoco puede darse en la eternidad porque la eternidad no puede cambiar. Ese justo instante, ese “nacimiento”, ese punto de conexión, el intervalo, por llamarlo de alguna manera,  una “chispa”, es el punto donde se encuentra la eternidad y el tiempo. Hay muchas más cuestiones sobre el tiempo que no dependen sólo de cuestionarse su existencia:

  1. ¿Cómo ha sido pensado el instante?
  2. ¿Cómo se realiza en él la génesis del Chrónos a partir del Aión?

Estas preguntas  no se pueden explicar cronológicamente, pero sí ontológicamente, y según cuenta Platón de Parménides,  el filósofo parte de dos ideas:

  1. Chrónos deriva del Aión, porque lo imita, lo refleja, lo copia, lo produce o representa.
  2. Chrónos depende constitutivamente del Aión: el uno no puede darse sin el otro.

Platón lo resumía con “la imagen móvil de la inmóvil eternidad”

Por lo tanto se llega a la conclusión teórica que el tránsito de la eternidad al tiempo es el que hace posible todo tránsito, todo cambio, todo movimiento.

Como sabemos, el tiempo es rítmico, se mueve, tiene sus ciclos, el tiempo es métrico. El Aión, por lo tanto, no puede ser pensado sin el Chrónos. En otras palabras, gracias a él  se conoce el Aión. Además, la copia (Chrónos) no puede darse sin el original (Aión); a su vez, el original no puede darse sin la copia.

La idea fundamental de todo esto es que la eternidad no puede dejar de engendrar o producir tiempo como fórmula universal.

Desde otra perspectiva,si nos remitimos a la geología, por ejemplo, los fósiles nos cuenta una historia, clara y precisa. Las rocas, los fósiles nos detallan una historia personal, sabiendo la edad que tiene, por ejemplo, la tierra. Esto es la prueba que tenemos del tiempo, marcas o huellas que dejan un elemento, un objeto, un fósil, que pasan a nuestros recuerdos. Algunos científicos creen que cuando percibimos el movimiento es una ilusión que nuestro cerebro procesa, nos cuenta una historia. Igualmente, los recuerdos lejanos nos hacen dudar. Por ejemplo, si dudo que hace 20 años viajé al norte de España a un lugar concreto y determinado, recurro al álbum de fotografías para “refrescar” la memoria.

Recapitulemos: envejecer es cambiar y nos permite decir que el tiempo pasa; de lo contrario, si no envejecemos el tiempo no pasa.Por lo tanto, el tiempo es un parámetro que utilizamos para definir cambios. Esta es la idea que se tiene sobre el tiempo, por eso, se dice que el tiempo existe, porque lo vemos en nosotros mismos. La problemática que nos encontramos se ve también reflejada en la ambigüedad con la que es tratado el tiempo en los refranes y la fraseología popular:

“se me ha pasado el tiempo volando”

“se me ha hecho el tiempo pesado, largo”

“La semana se me ha hecho corta..”

Como podemos observar, también el tiempo es psicológico, subjetivo.

Un segundo se ve de manera diferente:el latido de un corazón se mueve cada segundo, pero en ese mismo segundo el sol ha viajado 274 km por nuestra galaxia. Las neuronas transmiten impulsos eléctricos en menos de un segundo…En un mismo segundo, nacer y morir se dan la mano. En definitiva, existe el movimiento, pero parece ser que el tiempo es algo muy subjetivo y psicológico.

El más claro ejemplo son las estrellas y galaxias que están a millones de años luz de distancia. Las podemos ver en los cielos pero ellas ya no están ahí, se han movido, hace miles de años que ya no están ahí. Parece magia.

A su vez, la memoria y el tiempo  van ligados entre sí. Un hecho que nos de miedo, un recuerdo tortuoso parece que nos dio una sensación mucho más duradera en el tiempo; sin embargo, una vacaciones en el Caribe pasan volando.

imagen_tiempoYo soy de los que pienso que el tiempo no existe. Es una invención. Lo que es infinito no puede dejar de serlo por división del tiempo. Para ello, me baso en las ideas de Julian Barbour, considerado una eminencia en la cosmología del tiempo. Barbour propone una física sin tiempo desde un polémico punto de vista en el cual el tiempo, tal como lo percibimos, no existe más que como ilusión, añadiendo que algunos problemas en las teorías de la física surgen de suponer su existencia como real. Barbour argumenta que no tenemos ninguna evidencia del pasado más allá de nuestra memoria de él, de igual modo, que no hay evidencia de un futuro que no sea nuestra creencia en el mismo. «El cambio se limita a crear una ilusión de tiempo, con cada momento individual existiendo por derecho propio, completo y entero.» Él llama a estos momentos los “ahoras”. Todo es una ilusión: no hay movimiento ni cambio alguno. El físico afirma además que la ilusión del tiempo es lo que interpretamos a través de lo que él llama “cápsulas de tiempo”, que representan «cualquier patrón fijo que genere o codifique la apariencia de movimiento, cambio o historia».

Igualmente,  la teoría de Einstein refleja una imagen del universo que actúa como un “bloque” estático que no cambia, en el cual el futuro y el pasado no difieren, de tal forma que la izquierda y la derecha no difieren físicamente. Tanto Barbour como Einstein piensan que el tiempo es solo una “ilusión persistente”

El tiempo tampoco existe en la Ecuación de Wheeler-DeWitt, que pretendía unir la relatividad y la mecánica cuántica. “Podemos decir que el tiempo simplemente desapareció de la ecuación de Wheeler-DeWitt. Es una cuestión por la que muchos teóricos se quedan desorientados. Quizá la mejor manera de pensar acerca de la realidad cuántica es abandonar el concepto de tiempo para que la descripción fundamental del universo sea intemporal”, expresa Carlo Rovelli, físico de la Universidad del Mediterráneo en Marsella.

Leucipo de Mileto, filósofo presocrático, expresa que los átomos están en movimiento desde la eternidad.  Su número, dado el número infinito de átomos y la inmensidad de espacios vacíos, es también infinito. Los átomos y el espacio vacío son los dos únicos elementos constitutivos de la realidad. Pero igual que en los seres individuales hay infinitos espacios vacíos, así también el espacio vacío circunda nuestro mundo y todos los mundos posibles y se extiende hasta el infinito, sin divisiones temporales.

Muchos científicos están ahora mismo resolviendo un problema que hace más de miles de años los primeros observadores de la naturaleza se cuestionaron :la vida, la muerte, la eternidad y el tiempo. Si consideraron al Uno como la idea del Bien, lo original, lo eterno, lo perfecto, ¿Por qué se originó la multiplicidad, el mal, el no Uno, la copia? En mi opinión, creo que esa no es la pregunta correcta, porque hemos observado que después de miles y miles de años los científicos no dan con la tecla acertada. Quizás, hay que liberarse de esa y otras cuestiones y observar que formamos parte del infinito, de la eternidad y que somos partícipe de este “movimiento” temporal en un universo atemporal..

Por otra parte, el Aión vive por encima del tiempo, en la eternidad. El Chrónos es una caída, una involución. De ahí se entiende que no evolucionemos de una manera caprichosa, sino que nos convertimos en algo que siempre hemos sido en nuestra naturaleza eterna. Hay una máxima oculta que dice: “conviértete en lo que eres”.

El tiempo es el resultado de la expresión de un arquetipo, incomprensible al intelecto humano, que se manifiesta gradualmente, en términos de tiempo y espacio,  en el proceso de la evolución. El tiempo es una expresión parcial y limitada.

El propósito de todo cambio o movimiento que percibimos forma parte del esquema de la evolución,de ayudar al desenvolvimiento de ese componente superior.

Todo cuanto suceda en el plano físico espacio-tiempo es un reflejo de algo más grande y bello que ocurre en los planos superiores. Existe una máxima que dice: “como es arriba, así es abajo”. Es decir, no sólo el Chronos es reflejo del Aión, sino que todo cuanto sucede en nuestra esfera física tiene su impacto e influencia en la esfera superior. En otras palabras, lo interno y lo externo, lo superior e lo inferior, aparecen afectándose recíprocamente en todo momento, y esta conexión lleva a cabo el proceso que vemos como evolución o desenvolvimiento.

Atributos de Chrónos:

  • Es limitado.
  • Desdicha: el paso del tiempo.
  • Relacionado con la memoria, la materia física.

Atributos de Aión:

  • Libertad
  • Inmortalidad
  • Felicidad
  • Independencia (cambios, enfermedad, muerte, etc..)
  • El tiempo es una expresión de la eternidad, del mismo modo que todos los colores naturales o artificiales son combinaciones diferentes de los tres colores primarios.
  • El Aión capacita a Chrónos para producir cambios y nosotros los percibimos por medio de los órganos sensoriales. Así captamos las vibraciones de luz, sonido, etc..

Para terminar, y a modo de aclaración hemos de saber que Chronos ha sido a veces confundido con Cronos, “el Tiempo” en griego, sin que exista relación etimológica.

 

 

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El sacerdocio en la antigua Grecia

La religión griega no fue prescrita al pueblo por una fuerza exterior, ni por una revelación sagrada. Es el producto de la fantasía del pueblo, de sus supersticiones, sus miedos y sus temores. Así, de manera paulatina, la religión griega alcanza una dimensión social y política, siendo propiedad de los ciudadanos. Básicamente, las creencias residen en la propia naturaleza, con una fuerte costumbre arraigada entre los pueblos, con una base firme en el culto doméstico y una fuerte adoración a las potencias de la naturaleza. Cabe destacar que cada región posee su culto, sus ritos y no pretenden enseñar nada, por lo tanto no hay contradicción. De este modo, la religión empieza a calar profundamente en la vida política social de los ciudadanos.

La religión griega se inicia con el culto doméstico privado, erigiendo en cada hogar propio un pequeño santuario, sustentado por unas creencias, unas supersticiones innatas y transmitidas por vía familiar. A partir de ahí, sería el prototipo de unidad familiar la que después invitaría a participar a su comunidad en el culto doméstico y a expandir unas creencias acogiendo una deidad como protectora del hogar, de la comunidad y de la ciudad. De esta manera, la ciudad acabará reclamando una persona familiarizada con el culto, sacrificio y ofrendas a la divinidad elegida.  Por lo tanto, se crea el oficio de sacerdote responsable no solamente del santuario y todo lo que rodeaba a las actividades religiosas, sino  también el responsable de que el pueblo creciera de manera próspera, evitando que los dioses descargaran una epidemia, una sequía, una guerra o una crisis social, como posibles amenazas.

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Escena de sacrificio, crátera del pintor de Pothos, 430–420 a. C., Museo del Louvre.

La figura del sacerdote implicaba conectar con la vida social, y disponía de unos privilegios como, por ejemplo, tener un asiento de honor en el teatro y una presencia destacada en la Asamblea. Otras de las peculiaridades de la religión griega era que el  sacerdocio no implicaba una jerarquía, ni se levantaba sobre una base política, ni  difundía sermones favorables de los dioses, ni tampoco acataban una doctrina sagrada. El sacerdote heredaba su oficio bien por vía familiar, bien por elección popular o en algunos casos por sorteo.  La mayor parte de los sacerdocios eran anuales, pero al igual que las magistraturas, estaban abiertos a todos los ciudadanos y prohibidos para los metecos y los extranjeros. La premisa que se exigía para alcanzar el puesto de sacerdocio era que el aspirante debía pasar un examen para comprobar, en primer lugar, si estaba física y psicológicamente apto y era hijo legítimo y, en segundo lugar, que en la medida de lo posible, procediera de una familia intachable. Por último, si sus manos estaban limpias de sangre homicida o de cualquier delito análogo contra las cosas sagradas, no sólo él sino también su padre y su madre, quienes tenían que haber vivido conforme a tales normas. Como dato curioso, nada impedía al sacerdote o a la sacerdotisa el contraer matrimonio —la obligación de la castidad, salvo casos especiales, es solamente temporal y está vinculada a las exigencias inmediatas del culto (períodos de fiestas, por ejemplo). Asimismo, las funciones del sacerdote tampoco le obligaban a residir en el santuario.

La principal función del sacerdote no sólo era la litúrgica al describir el desarrollo del sacrificio, también enfatizaba por su papel en la consagración de las víctimas, en la pronunciación de las fórmulas de invocación y las oraciones. El mismo sacerdote podía degollar a la víctima, pero también podía delegar este cometido en uno o varios de los sacrificantes, y  no era en absoluto necesario ser sacerdote para llevar a cabo un sacrificio.

Al no existir una jerarquía religiosa que representase a los dioses, es decir, la figura del clero, tal como hoy la entendemos en nuestra sociedad, cualquier ciudadano podía en su hogar, o en un templo, realizar las acciones que representaban la piedad del hombre griego. Sin embargo, fuera de la práctica privada,  alrededor del sacerdote había un determinado números de ciudadanos que asumían otros cargos religiosos delegados por el pueblo. Podemos destacar:

  1. Para organizar fiestas especiales y controlar los ingresos y los gastos estaban los epimeletas.
  2. Para dirigir, de manera especial, los sacrificios de los cultos heredados de los antepasados, según la tradición y tener una responsabilidad judicial, es decir, tratar los asuntos de impiedad, responsable del calendario litúrgico estaba la figura arconte. En Atenas, por ejemplo, era el encargado de los cultos heredados de los antepasados y presidía los Misterios de Eleusis.
  3. Para mantener la estatua de culto, que representa al dios en su morada, así como la limpieza del edificio o de las distintas estancias y también controlar la actividad administrativa y garantizar el correcto funcionamiento del santuario estaban los neócoros.

 Como se ha visto en líneas anteriores, la figura del sacerdote es totalmente opuesta a la nuestra y los términos que nosotros usamos hoy día en relación con la iglesia y la religión no tienen nada que ver con los de la época griega. Igualmente, la función de la religión de nuestra época está secularizada a nivel social; en la sociedad griega, la religión está solapada en todos los campos de la vida pública, social y política.

Enlaces de interés:

Obras de referencias:

  1. La religión griega en la polis de la época clásica (Universitaria)
  2. Religion Griega Arcaica Y Clasica (LECTURAS DE HISTORIA)
  3. La Religión Griega. Dioses Y Hombres: Santuarios, Rituales Y Mitos (Mundo griego)
  4. El imaginario griego: Los Contextos De Mitologia (Religiones y mitos)

 

 

 

 

 

 

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El rito en la antigua Grecia

En la Grecia arcaica, como en otras muchas civilizaciones antiguas, los ritos eran muy importantes, ya que en una época en la que todavía jugaban un papel muy destacado los elementos mágicos y religiosos, se creía en la eficacia de la ceremonia para propiciar  las fuerzas naturales y sobrenaturales. Por lo tanto, no nos debe extrañar que hubiese especialistas en estas cuestiones y que su rango fuese elevado y muy considerado.

El rito era una parte vital y sumamente importante pero además, se consideraba una señal de jerarquía, de poder. La conservación de estos antiguos ritos, por otra parte,  tenía que ver con los valores morales de una sociedad que mostraba respeto a los dioses y a la naturaleza.

Los ritos son un método de autodisciplina, de dominio de uno mismo y de la naturaleza, ya que el individuo se ve a obligado a hacer las cosas de una manera precisa y determinada. Igualmente, tenían la responsabilidad de la ritualización de la sociedad y del Estado garantizando un perfecto funcionamiento de los mismos.

Sintetizando, el ritual sirve para organizar el espacio y el tiempo, para definir las relaciones entre los hombres y los dioses, los hombres con la naturaleza y los hombres con los hombres. El rito no está construido en base a unas doctrinas ni es fiel a un dogma o a una creencia, sino más bien la continuidad de una tradición y una conexión de la comunidad que es la observancia. Pero, por otra parte, esto no excluye un pensamiento religioso o unas creencias, ya que se basan en un sistema de organización que conecta la sociedad humana con el universo que la rodea, incluyendo a los dioses.

Degollamiento de víctima sacrificial.

Degollamiento de víctima sacrificial

La vida pública y privada de un ciudadano griego estaba organizada en torno a un conjunto de ritos de todas clases, desde su nacimiento hasta su muerte, por lo que la religión se mezcla, de manera natural y orgánica, en todos los momentos y todas las etapas de la vida del ciudadano griego. Cualquier falta de cumplimiento en la práctica incitaba la ira divina, y cualquier cambio y alteración debía ser sancionada. En la antigüedad, uno de los fines de los oráculos, portadores de la palabra divina, por ejemplo, el oráculo de Delfos, era castigar o sancionar a aquellas personas que podían reformar la práctica del ritual.

La observancia de los ritos ya se encuentra codificada en época muy temprana por medio de unas leyes escritas. La multiplicación y la publicación de estas «leyes sagradas», grabadas en piedra y colocadas a las puertas de los templos y en los lugares públicos, es uno de los fenómenos que acompañan al nacimiento de la ciudad-estado al comienzo del siglo VIII a.C.

Para concluir, destacaremos un texto muy ilustrativo donde  refleja lo cotidiano que era realizar un ritual, siendo la libación y la plegaria fundamental en dicho rito:

«ELECTRA.— Heraldo supremo de cuantos viven sobre la tierra o debajo de ella, dame tu ayuda, Hermes, Hermes subterráneo; llévame el mensaje, para que los dioses de bajo la tierra, deidades tutelares de la morada de mi padre, presten oído a mis plegarias, y también la tierra, la que todo lo pare y, después de haberlo criado, lo recibe de nuevo en su seno.

Yo, al derramar estas libaciones en honor del muerto, digo, invocando a mi padre: «Ten compasión de mí y de mi amado Orestes y enciende de nuevo la luz en palacio, porque, en cierto modo, ahora andamos nosotros errantes, vendidos por la misma que nos parió, mientras que ella ha tomado, en tu lugar, por marido a Egisto, precisamente el que fue cómplice de tu asesinato. Yo ocupo el lugar de una esclava, y, lejos de tus riquezas, Orestes, está desterrado, en tanto que ellos, con arrogancia, se refocilan en grande con lo que ganaste Con tus fatigas. ¡Qué venga aquí Orestes —te ruego— por una fortuna feliz! Y escúchame, padre, concédeme que llegue yo a ser mucho más casta de lo que es mi madre y más piadosa con mi mano.

Éstas son mis plegarias en nuestro favor. Para los culpables, yo digo, padre, que se presente un vengador tuyo y que, con justicia, a los que mataron, se lo haga pagar con la muerte. Esto lo coloco en el centro de mi plegaria, diciendo, en perjuicio de aquellos, esta imprecación. Para nosotros, en cambio, envía aquí arriba bienes con ayuda de las deidades, la tierra y la justicia vengadora»

Con tales plegarias hago la ofrenda de estas libaciones. Exige el rito que vosotras lo coronéis con gritos de duelo, entonando el peán por el muerto.» (Esquilo, Las Coéforas, vv. 123-150.)

Obra de referencia:
El origen salvaje: Ritos de sacrificio y mito entre los griegos (Acantilado (edición digital))

Enlaces de interés sobre el mismo tema:

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Hermes, guía de las almas difuntas

Y Hermes llamaba a las almas de los pretendientes, el Cilenio, y tenía entre sus manos el hermoso caduceo de oro con el que hechiza los ojos de los hombres que quiere y de nuevo los despierta cuando duermen. Con éste los puso en movimiento y los conducía, y ellas le seguían estridiendo. Como cuando los murciélagos en lo más profundo de una cueva infinita revolotean estridentes cuando se desprende uno de la cadena y cae de la roca, pues se adhieren unos a otros, así iban ellas estridiendo todas juntas y las conducía Hermes, el Benéfico, por los sombríos senderos. Traspusieron las corrientes de Océano y la Roca Leúcade y atravesaron las puertas de Helios y el pueblo de los Sueños, y pronto llegaron a un prado de asfódelo donde habitan las almas, imágenes de los difuntos (La Odisea, XXIV)

Hermes

Hermes

Así empieza Homero el canto 24 de la Odisea. Hermes es una divinidad que presenta atributos muy variados entre los griegos, una figura que rehúsa las explicaciones globales y simples. Divinidad de la ambigüedad, es el señor de los mundos poco establecidos, es dios de las puertas, de los goznes, de los caminos, señor de los animales, enviado y acompañante. Se le conocen casi ochenta epítetos que matizan algunos de estos aspectos. Sin poder entrar en la ardua (e irresoluble) discusión de cuál es su cometido más primitivo, interesa puntualizar uno de sus aspectos principales: el encargado de escoltar a las almas de los difuntos (Hermes psychopompe).

Hermes conoce los caminos de la muerte y en los que se inicia el difunto que se aventura en el umbral del inframundo, siendo éste el cometido que más nos interesa. El carácter psicopompo de Hermes, a pesar de que puede parecer reciente, está conectado perfectamente con el resto de las especializaciones del dios y sus funciones en el campo de la mediación presentan una coherencia estructural grande: de dios viajero y protector de los territorios ambiguos y limítrofes pasa fácilmente a ser divinidad que ayuda en el trance del acceso al más allá. La propia limitación de su cometido al momento justo del tránsito, sin que se adentre más allá del límite externo del Inframundo, es característica de la preeminencia de Hermes no sobre los espacios establecidos, sino sobre los espacios de transición.

El dios no actúa, por tanto, en el mundo atemporal del mito sino que se persona imaginariamente ayudando al difunto en su viaje al más allá. Cumple un papel reconfortante en la ideología funeraria, pues se asegura que el muerto no emprenda en soledad su viaje ya que lo espera como un amigo, un dios para guiarlo en los caminos de la muerte.

La posición de Hermes, central en todas las representaciones, es una demostración de su papel intermediario entre el difunto y el barquero Caronte, lo que corresponde perfectamente con su cometido de divinidad de los umbrales.

Por lo tanto, nos podemos imaginar a Hermes tomando al difunto de la mano y llevándolo en presencia de Caronte que espera al difunto para realizar el último viaje: el embarque.

Hermes se nos presenta, en definitiva, como un dios que ayuda y si su papel en las escenas en las que también se figura Caronte se limita a un mínimo trayecto (el paso desde la estela funeraria a la barca infernal), sirve imaginariamente para insistir en que el difunto no estará solo ni siquiera en el primer tramo del camino de la muerte.

Además de actuar como un psicopompo o guía de los difuntos, a quienes ayudaba a encontrar su camino hasta el inframundo, en muchos mitos griegos, Hermes es representado como el único dios (además de Hades y Perséfone) que podía entrar y salir del Hades sin dificultad. Por ejemplo, en el mito de Orfeo, Hermes llevó de vuelta a Eurídice al Hades después de que Orfeo mirase atrás para ver a su esposa por segunda vez. Asimismo, en el himno homérico a Deméter, Hermes guiaba a Perséfone de vuelta con Deméter.

LVII. A HERMES INFERNAL

Olorosa reina de incienso

Tú, que habitas el inexorable sendero del Cocito, im­puesto por el destino, que guías las almas de los mortales al fondo de la tierra, Hermes, hijo de Dioniso, que danza con delirio báquico, y de la doncella pafia, esto es, de Afro­dita de ojos vivos, que frecuentas la sagrada mansión de Perséfone, asistiendo a las almas de funesto sino, bajo tie­rra, como acompañante, a las que conduces, cuando les llega el día fijado de su destino, porque todo lo seduces, hipnotizador, con tu caduceo mágico, y de nuevo des­piertas a los que están dormidos. Pues te dio la diosa Perséfone el honor de acompañar a las almas eternas de los mortales por el camino que lleva al ancho Tártaro. Bie­naventurado, envía, pues, te lo ruego, a tus iniciados un fausto final a sus labores.

Os recomiendo los siguientes artículos relacionados con el tema:

Caronte

El Hades

Los ritos funerarios

Hipno y Tánato

Cerbero

Los jueces infernales

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El culto a los difuntos en la antigua Grecia

Las inscripciones sepulcrales tienen un fin muy importante: acompañar al ser querido en su última y eterna morada. La inscripción va acompañada siempre con el soporte material, es decir, con el monumento sepulcral mismo.

Los griegos practicaban dos tipos de sepultura: la inhumación y la incineración, siendo ésta última reservada para los familiares más pudientes. La incineración procede de Asia Menor y está atestiguada en Grecia ya en el siglo XIII a.C. Los restos incinerados del difunto y del ajuar que los acompañaban, se depositaban en tierra o en recipientes de cerámica o mármol.

Al principio, surgió el deseo de marcar la presencia del sepulcro mediante una señal, siendo anónimo y reducido a un túmulo de tierra o piedras aglutinadas. Con la aparición de la escritura, en la tumba se escribe el nombre del difunto. El monumento sepulcral más extendido fue una estela, es decir, una piedra rectangular colocada encima de la tumba y sobre la que se escribe el nombre del difunto. Dicha estela era pintada y adornada con decoraciones en relieve en la época micénica, para más tarde adoptar el aspecto de un templete o naísko; sobre él, aparece la imagen del difunto y otras representaciones (niño con perro, un soldado galopando a caballo, etc.). En ocasiones, sobre la tumba, se podía erigir también una estatua, aunque solamente al alcance de las familias adineradas.

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Epigrama funerario

Los epigramas eran composiciones breves, de uno a ocho versos.  Pero fue a partir del siglo IV a.C. cuando se produce un giro decisivo, ya que se hacen más extensos con fines meramente literarios. De este modo, surge un género literario más, con un amplio abanico de temas como el carpe diem, la muerte considerada como una liberación de los sufrimientos de la vida, etc.

En este post abordaremos la función de los epigramas funerarios, considerados como la estela sepulcral y su epitafio de carácter conmemorativo. Desde una perspectiva primitiva, el fin del monumento sepulcral era impedir, con su peso, que el alma del difunto regresara a la tierra, terminando posteriormente siendo un lugar donde el alma podía asentarse.

Si nos remitimos a los textos más antiguos, comprobamos que la función de la estela sepulcral y de la inscripción grabada en ella era honrar y conservar la memoria del difunto entre las generaciones venideras:

Alcé un túmulo a Agamenón, para que su gloria sea imperecedera (Odisea IV, 584)

De este modo, el difunto conserva un vínculo con la vida, manteniéndose así en el recuerdo de los vivos gracias al sepulcro y al nombre grabado en él. El elemento principal, por lo tanto, es el nombre del difunto. El nombre formaba parte de la esencia del hombre, reflejando el ser con todas sus cualidades y virtudes, y era, sobre todo, una manera de que siguiera existiendo una vez muerto. Agamenón explica a Aquiles:

Ni muerto has perdido tu nombre, para siempre tendrás gran gloria entre todos los hombres, Aquiles (Odisea XXIV, 93-4)

La pronunciación del nombre era una parte esencial del rito funerario y del culto a los muertos. Cada vez que se decía el nombre del difunto en voz alta su persona era arrancada del mundo de los muertos y traído al de los vivos, siendo un vínculo del muerto con los vivos.

No ha de extrañarnos, por ejemplo, la costumbre griega de colocar la tumba a ambos lados del camino, a las afueras de la ciudad, para que los caminantes al pasar junto a ellas se detuvieran a leer el nombre del difunto. Para ello, era muy importante que en los epigramas funerarios se diera la llamada al caminante y la petición de que se detenga y lea la inscripción con el nombre del difunto, lo compadezca y después siga su camino.

Hombre que vas por el camino y en tu mente albergas otros pensamientos: detente y duélete al ver el sepulcro de Trason. (Atenas. Mediados del siglo VI a. C.).

Siguiendo en la época arcaica, también destaca la mención a las virtudes del difunto, apreciándose la evolución de los valores morales y éticos de los griegos, siendo, lógicamente, la virtud más valorada,  la excelencia del guerrero muerto defendiendo su patria y siendo Esparta, por ejemplo, el único lugar donde sólo tenían derecho a que su nombre figurara en la tumba los que habían padecido en combate o las mujeres muertas durante el parto. Los epitafios de caídos en combates son muy frecuentes en el siglo V a. C.,  durante las guerras médicas y del Peloponeso.

Detén tu paso y compadécete ante el sepulcro del difunto Creso, a quien en otro tiempo hizo perecer el violento Ares, cuando combatía entre los soldados de primera fila.

Triste destino en sus husos hilaron entonces las Moiras para hediste, cuando la muchacha llego a los dolores de parto, infeliz, pues no iba a tener en sus brazos al pequeño, ni alimentar con su pecho la boca de la criatura, porque solo pudo ver la luz de un día cuando el Destino se abalanzo sobre ellos y, sin hacer distinciones, se llevó a los dos a una sola tumba. (Tesalia siglo III a. C. )

En caso de morir lejos de la patria, sin recibir las honras fúnebres de los familiares, causaría grandes lamentos. Pongamos el caso de Sarpedón, comentado en este blog: la muerte de Sarpedón.

En los epigramas sepulcrales abundan las alusiones a ofrendas y ritos funerarios: sobre la tumba se depositan flores, mechones de pelo, se hacen libaciones, que pueden ser de leche, miel, agua, vino o aceite, que servía para aplacar la sed del difunto. En la tragedia griega hay alusiones a los ritos y ofrendas funerarias, por ejemplo, en Sófocles, Electra 326-7 448-451.

Para terminar, hoy día es imposible separar el día de todos los santos con Halloween y haré una mención especial muy curiosa: los fantasmas nunca faltaron en tierra de Grecia. Los sepulcros eran lugares inquietantes, tenebrosos y tétricos, porque se pensaba que algún resto de la vida del muerto quedaba enlazada al cadáver. En Esparta, donde los enterramientos se hacían en la misma ciudad, se consideraba como una especie de iniciación de los soldados más jóvenes medir su valor  paseando solos entre las tumbas. Por otra parte, la figura de Hécate se le consideraba como la diosa de las ánimas de los difuntos y se trató de seducirla con ofrendas para que impidiera las apariciones de los fantasmas. Según la leyenda, durante la noche Hécate se paseaba por los sepulcros en figura horrible acompañada de un cortejo de ánimas y del aullido de los perros.

También, durante el festival conocido como Antesteria, las Keres eran ahuyentadas. Sus equivalentes romanas eran Letum (muerte) o Tenebrae (sombras).
El festival tenía lugar en primavera, durante el undécimo, duodécimo y decimotercer día del mes de Antesterio. Estaba dedicado a Dioniso y recibía su nombre de la floración de los zarcillos de las viñas. La frase: “Fuera de aquí, Keres, las Antesterias han terminado” surgió como fórmula para alejar a los espíritus de los muertos, que aparecían durante las celebraciones. Según las fuentes eruditas, el día comenzaba con la masticación de hojas de espino cerval, una planta de sabor bastante desagradable, que tenía las propiedades de detener a los fantasmas.

Obra de referencia:

Enlaces de interés sobre el tema:

  1. La muerte de Sarpedón
  2. Hipno y Tánato
  3. Hermes, guía de las almas difuntas
  4. Hécate
  5. Los ritos funerarios
  6. ¿Zombis en la antigua Grecia?
  7. Las Keres

 

 

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