Viaje a Grecia: Esparta, Leónidas

Durante buena parte de los periodos arcaico y clásico, Esparta era una potencia militar diferente a otras polis al tener controlada la vida de los ciudadanos espartanos, bajo un sistema educativo rígido y extremo que les hacían diferentes a otros griegos.

El ideario espartano tenía como base el valor y la destreza en el combate, así como un fuerte sentimiento por su patria que le otorgaba una virtud de fidelidad, dando la vida por la ciudad si fuera necesario. El hombre espartano se sentía orgulloso de realizar un servicio militar hasta los sesenta años, manteniendo unas convicciones firmes sobre los valores de guerra y combate que les hacían individuos especiales, únicos e irrepetibles. Así, surgiría una élite de combatientes de casta espartana con unas condiciones físicas y mentales únicas para la lucha.

Para entender el mundo espartano, tenemos que hablar de las dos caras de Leónidas: el Leónidas como hoplita y rey, y el mundo interior de Leónidas.

Cuando nació Leónidas (540 a.C.) el Estado tenía derecho a decidir si podía vivir o no, pues pasaba su primer examen físico, bajo un estricto control de los funcionarios del gobierno para determinar su vitalidad, su potencial y sus condiciones físicas. En el caso de que Leónidas naciera con algún defecto físico o psíquico, se le daba muerte en el monte Teogesto. Leónidas pasó la primera criba sin ningún tipo de dudas. Sus padres estaban felices, pues le esperaba una vida llena de gloria.

Hasta los siete años, Leónidas estuvo bajo el regazo de sus padres. Pero al cumplir los siete, abandonó su hogar para formar parte del sistema militar y convertirse en un hoplita, pues el camino empezaba con la obediencia, la solidaridad del colectivo por encima de las individualidades, la destreza en el manejo de armas (espada, lanza, escudo..) y la estrategia militar. Los padres de Leónidas estaban orgullosos de la educación espartana y celebraban jubilosos la aportación que iban a darle a Esparta.

De los siete a los once años, Leónidas pasó a formar parte de los lobeznos o chiquillos; de los doce a los quince, ya era considerado un muchacho; a partir de los dieciséis años ya era un Irene (hoy día, cadete) con distintos grados: Primero, Segundo, Tercero y Cuarto grado.

A los jóvenes se les inculcaba el civismo que consistía en asistir a las asambleas del pueblo y respetar a las autoridades. Asimismo, aprendían el uso preciso de las palabras (laconismo). También, el amor maternal fortalecía el patriotismo. La madre era capaz de sacrificar a su hijo, si se había mostrado cobarde en la guerra.

Con veinte años entraba en el ejército espartano y desde entonces, estaba Leónidas movilizado hasta los sesenta. Desde los siete años hasta los sesenta estaba entregado en cuerpo y alma al ejército y a partir de los sesenta años podía formar parte del senado, tener un cargo en cualquier institución pública o entrenar a los jóvenes hoplitas.

Leónidas llevaba una vida militar estrictamente disciplinada y vivía colectivamente con el resto de irenes: dormían juntos, comían juntos, realizaban ejercicios físicos juntos, era una forma de crear unos lazos estrechos y fieles. La élite espartana no era muy numerosa, pero era una máquina perfecta muy eficaz para el combate.

A los veinte años Leónidas pasó una prueba que le marcaría como soldado hoplita, como un bautismo de sangre: cazar a otro hombre y ejecutarle. Varios ilotas (esclavos) eran soltados en la noche en el campo, una oportunidad para ser libres. Pasó la prueba: sesgó el cuello del ilota sin vacilación.

Leónidas se casó con Gorgo, pues la descendencia de un varón era un compromiso obligatorio dentro del ejército con el fin de garantizar una élite de soldados espartanos. Las mujeres espartanas estaban entrenadas desde muy jóvenes para dar robustos guerreros, su objetivo principal. Gorgo fue la única en ser hija de un rey de Esparta, esposa de un rey de Esparta y madre de un rey de Esparta. Plutarco (Vida de Licurgo, xix.8) narra la importancia del papel de las mujeres en Esparta:

«Habiendo sido interrogada por una mujer del Ática: «¿Por qué sois las únicas, vosotras las laconias, que mandáis a los hombres?», «Es porque, contestó, somos las únicas que damos a luz a verdaderos hombres». Leónidas y Gorgo tuvieron un hijo, Plistarco, el que fuera sucesor de Leónidas.

En el 490 a. C. Jerjes I decidió invadir Grecia. Esparta pidió consejo al Oráculo de Delfos. El oráculo predijo que Esparta perdería a su rey durante la batalla, o bien sería conquistada. Sin embargo, en la historia espartana , nunca había perdido en combate un rey . El mensaje fue desolador.

Esparta decidió trazar un plan enviando una fuerza de élite para defender el desfiladero de las Termópilas (300 hoplitas) junto a otras tropas griegas, sumando en total seis mil soldados, con el fin de retener a los persas y que la flota griega se replegase más allá del estrecho que forma la isla de Eubea con la costa de Grecia central. En las filas persas, según las fuentes que se consulten, eran cientos de miles acompañados de miles de animales. Así pues, el desequilibrio de ambas fuerzas era vidente y la balanza favorable para los persas. Tras tomar posiciones en las Termópilas, los griegos repelieron con gran éxito los primeros ataques persas, pues los griegos se situaron en el lugar más estrecho del desfiladero y luchaban en falanges apretadas y bien protegidos por sus grandes escudos. Pero transcurridos unos días, los griegos fueron traicionados por un tal Efialtes de Tesalia: Leónidas se encontró rodeado por las tropas del sátrapa Hidarnes. Heródoto cita que algunos abandonaron su puesto para volver a sus ciudades respectivas, mientras que Leónidas decidió quedarse. Según Heródoto, Leónidas mandó la mayor parte de sus tropas para salvar sus vidas, pero Leónidas jamás abandonó su posición, cosa inapropiada para un espartano, y recordó las palabras de su mujer: “volverás a Esparta con esto o sobre esto” Es decir, o se volvía victorioso de la guerra con su escudo o muerto sobre él, pero siempre con honor.

Paso de las Termópilas en la actualidad

En las Termópilas se produce una de las batallas más épicas de la historia que duraría tres días intensivos. Al segundo día, Jerjes no sabe cómo ganar la guerra a 7.000 hombres con su ejército de 300.000 persas. Pero la suerte cambió al bando persa, pues un pastor griego, Efialtes, vende a sus compatriotas y le sugiere al rey persa la manera de rodear al ejército griego. Leónidas supo que la batalla final tenía un vencedor y decidió eximir a sus aliados de participar en aquel suicidio colectivo. Leónidas permanece solo en el campo de batalla con 300 hombres de élite, todos ellos garantizaban que tenían descendencia espartana y que seguirían sus linajes de sangre. El sacrificio de los 300 espartanos permite a los atenienses ganar tiempo y preparar la batalla naval de Salamina, con la victoria griega y la amenaza persa totalmente aniquilada, tanto por mar como por tierra.

Los 300 espartanos en posición falange

Herodoto relata que tan sólo dos hoplitas sobreviven a la masacre de las Termópilas. El primero de ellos, Pantites, se suicida por la vergüenza y el deshonor; Aristodemo, por otra parte, vuelve a Esparta, donde le espera la ignominia. Para “limpiar” esa mancha infame, en la siguiente batalla de Platea es el primero en acudir contra las tropas persas luchando hasta la muerte.

Léonidas y sus camaradas murieron en combate. Jerjes I mandó que a Leónidas le cortasen la cabeza y que la clavasen en una pica.

Placa conmemorativa de los griegos que perecieron en las Termópilas.

La otra cara de Leónidas: su Yo interior.

El Peloponeso surgió de las aguas cálidas del Egeo, fue como un parto que estalló hace más de 20 millones de años, emergiendo montañas, ríos y mar. Sobre el mismo Peloponeso se erigieron los templos que honran a los dioses, que, aunque hoy yacen quebrados, el halo aún brilla, pues dicen las ninfas que el Peloponeso es más antiguo que la luna y que el soplo divino nunca cesa, pues todo nace y muere allí continuamente.  El Peloponeso es tierra fértil de mitología, de historia y de héroes, una tierra ferviente y cargada de respuestas sobre la naturaleza, el hombre, los dioses, la vida, la muerte y el destino.

Os contaré una en especial, pues fue Clío (musa de la Historia) quien me reveló esta leyenda:

Apolo surcaba el cielo con su carro tirado por toros solares cuando de repente la oscuridad se apoderó del cielo, de la tierra y del mar. El amanecer empezó a retemblar, el fuego eterno de los altares dejó de iluminar los hogares y, a lo lejos, el soplo del viento encaminaba los dolores y los llantos que el pueblo bárbaro estaba sembrando allá por donde pisaba, pues los tambores de guerra que procedían desde Asia indicaban la destrucción total del mundo occidental.

El cielo languidecía lentamente como una vela y el amanecer se hundía en un mar de tinieblas, en una oscura e interminable noche. El mar temblaba en las Termórpilas y el sol flotaba achicado y temeroso en una densa capa de sangre empañando la costa del golfo Maliaco.

El cielo y la tierra empezaron a palidecer como una escuálida piel y justamente en el desfiladero de las Termópilas, donde no podían atravesar dos carros al mismo tiempo, Leónidas quería mostrar al mundo la otra cara de la oscuridad, pues él sabía que su luz interior era perenne y que brillaría más que cualquier estrella que se pudiera ver en el firmamento y que esa misma luz abriría de nuevo otro “despertar” para los griegos, otro amanecer para el mundo occidental. Y ese día llegó…

Fue el 11 de agosto (480 a.C.) cuando las Perséidas atravesaban el cielo con destellos que duraban menos de un segundo, estrellas fugaces que anunciaban que nuestro paso por la tierra era breve en comparación con la eternidad del universo. Bajo el foco de la constelación de Perseo, hijo de Zeus, Leónidas sentía que el cielo se abría como una ventana que anunciaba su inmortalidad, que su momento sobre la tierra se había terminado y una nueva morada le esperaba, un lugar especial para él… Entonces, los árboles se inclinaron ante él y todos sus caminos, todas sus decisiones y todos sus sueños anteriores a ese decisivo momento se cruzaron en el último vértice del tiempo. Se había cumplido la profecía de la Pitia de Delfos y Leónidas empezó a arrojar al mar todas sus pasiones y sus ataduras, mientras recordaba las últimas palabras que tuvo con su hijo Plistacarco antes de partir al campo de batalla:

  • Papá, ¿qué es el miedo?
  • ¡No lo sé hijo, somos espartanos!

 Mientras, desde el Monte Helicón, las Musas iban danzando al compás de la música del universo, pero había una en especial, Clío, que había decidido mantener vivo sus actos generosos y sus triunfos. Clío porta con delicadeza una trompeta con una mano y con la otra sostiene firmemente un libro abierto para que todos aquellos que quieran recordar a Leónidas dirijan su mirada al Cosmos y sigan su recorrido como un fenómeno desigual.

La incesante lluvia de las Perséidas que vislumbraban el cielo era la señal que Zeus le estaba mandando a Leónidas mientras preparaba su último viaje. Su alma empezaba a mirar hacia el cielo, con la constelación de Leo como testigo sigiloso, su corazón empezó a sentir otra melodía: dejó de oler la sal marina, sintió que el viento era distinto y que el mar silbaba como una caracola vacía. El tiempo y el espacio dejó de importarle, pues concibió la eternidad en su corazón. Su último deseo era el cambio que quería para el mundo y, bajo la atenta mirada de Zeus, estaba henchido de alegría y satisfecho con el camino que había recorrido porque el objetivo era recorrerlo y cada paso que dio en su vida tenía sentido. Atenea le habló así a través de su vocación, de la voz interior que le decía lo que tiene sentido y lo que no. Una última visión se apoderó de él: se vio como un ave que salía de su jaula, que va abriendo lentamente sus alas para volar…y exclamó sin titubeos sus últimas palabras: “afortunadamente todo es como debe ser”.

Ese fue el último tránsito que recorrió Leónidas. Las Termópilas es ahora un testigo mudo, un campo de batalla diferente a las crónicas bélicas sobre el paso de las Termópilas. Cuando pisé el escenario, por muy diferente que sea ahora, supe que metafóricamente, todos tenemos que batallar algún día con la muerte.

 

La muerte de Leónidas I: “hijo de león” (Esparta, hacia el año 540 a. C. – Termópilas, 11 de agosto de 480 a. C.) fue el 17.º rey agíada de Esparta. Encontró la muerte en el 480 a. C., durante la Segunda Guerra Médica, en la defensa de las Termópilas, bloqueando el avance del ejército persa de Jerjes.

 

Monumento en memoria de Leónidas

Pero la leyenda viva de Leónidas no terminó en las Termópilas, pues entre el 15 y el 21 de noviembre de cada año, sucede un fenómeno sin igual, un estallido de energías en el universo, una lluvia de estrellas que surcan el cielo iluminando la tierra, alcanzado su máxima intensidad cada 33 años, pues en todos los confines del mundo desean contemplar la lluvia de estrellas de las Leónidas. Entre esa lluvia, Leónidas aparece jubiloso, renovado, brillante junto a sus camaradas que perecieron en las Termópilas. Su brillo es de una energía descomunal, nadie se lo quiere perder. Se marchó un 11 de agosto acompañado de las Perséidas y regresa en noviembre con la lluvia de las Léonidas, eternamente, recordándonos su lucha por la libertad y enalteciendo los valores de fuerza, de justicia, de templanza, de fidelidad y de sabiduría.

Clío seguía susurrándome a mis oídos cuando me enseñó como es Esparta en nuestros días: “la estabilidad no existe, es como un niño balaceándose en un columpio donde no es posible el reposo”.

Quienes visiten Esparta deben buscar la percepción y la comprensión verdadera del momento presente, pero también se aprende que en el mundo no hay nada estable.

Clío se apresuró, pues las musas van con el viento, y me pronunció las siguientes palabras, las cuales se aseveró que quedaran grabadas en mi mente:

No permitas que te digan que estás sobre ruinas, pues aquellos que lo profieren se aferran solamente a las cosas externas de la vida quedándose a merced de los objetos y de lo superficial. En Esparta hay que dejar de buscar fuera el brillo y el esplendor de la gloriosa época espartana. Mira a lo Alto.

Puede ser que las ruinas, en comparación con Epidauro, Atenas o Mesenia, resulten algo decepcionante, pero si tengo que explicar nuestras raíces indoeuropeas, elegiría Esparta y, me quedaría solo, pues el individuo-masa preferiría la Acrópolis como principal vestigio.

Desgraciadamente, la sociedad moderna se sube a las pasiones desenfrenadas, a las conmociones exacerbadas y las modas fugaces. La sociedad moderna ha desatendido la raíz y se ha preocupado de las ramas y no saben que éstas, crecen de manera natural. Si carecemos de una base sólida, de nuestras raíces, ni siquiera la ciencia más avanzada y moderna te permitiría recoger los frutos. Nuestro cometido es alcanzar nuestro origen, nuestra raíz, y es en Esparta donde tenemos que empezar a rodar para recoger los frutos. El valor simbólico de Esparta es inigualable a cualquier otra Polis griega y su luz brilla en el firmamento nocturno, siendo nuestra sociedad actual opaca y tóxica para que entienda su remanso de paz, su inquebrantable serenidad y su incondicional silencio.

Esparta transmite quietud, paz y silencio, pues los tours de viajes no tienen en su ruta Esparta, está alejada de lo comercial, pues el turista busca la caverna de la ignorancia que Platón ya atestiguó con firmeza. Es por ello que no todo el mundo que visite Esparta aprecia su trasfondo, más allá de las ruinas.

Imagen 1

Las ruinas se encuentran al norte de la ciudad actual (Imagen 1-2)).

Cuando iba caminando entre olivos y observando los pocos restos de la acrópolis, era inevitable de recordar las palabras de Tucídides: si Esparta quedase desierta y sólo quedasen sus ruinas, en eras distantes no podrán creer que el poder de los espartanos era tan grande como su fama.

Imagen 2

 

Para ampliar más información:

La batalla de las Termópilas

Esclavos de Esparta

Documental: Esparta. Código de Honor.

 

Deja un comentario

Archivado bajo Antigua Grecia

Conferencia de Manuel Bendala sobre Micenas

El catedrático de Arqueología y arqueólogo Manuel Bendala presenta un recorrido por la patria de Agamenón, Micenas. En el siglo XIX, el arqueólogo alemán H. Schliemann confió en la historicidad de los poemas de Homero, y decidió excavar, además de las ruinas de Troya, las de Micenas. En esta sesión se detallan las primeras excavaciones, así como otros trabajos arqueológicos que desenterraron, de la tierra y del olvido, los excepcionales vestigios de la ciudad –la Puerta de los Leones, el Tesoro de Atreo y el Palacio de Micenas, entre ellos–, símbolo de uno de los momentos más brillantes y trascendentes de la historia de la humanidad.

 

Deja un comentario

Archivado bajo Antigua Grecia

Viaje a Grecia: Micenas

Maqueta de la ciudad de Micenas

Es inevitable relacionar Micenas con el mundo homérico, concretamente con Agamenón, pues el eco de la guerra de Troya aún resuena con fuerza y frescura en nuestra sociedad actual. El enclave de Micenas está situado en la parte noriental del Peloponeso, con una interminable secuencia de relieves de colinas y montes. Su ubicación está sobre una colina escarpada frente a la llanura de Argos y del golfo de Nauplia. Está muy bien protegida a sus espaldas por montañas. Su enclave estratégico no es casualidad, pues la elección encajaba con el ideario griego para levantar un asentamiento para defenderse en una sociedad guerrera y hostil. Es el yacimiento arqueológico más famoso de la región, vinculado a algunos de los mitos más destacados y significativos del mundo homérico, pues el nombre de Micenas va estrechamente relacionado también con el linaje de los Atreo que son las referencias no solamente del mundo micénico, sino también de las tragedias clásicas griegas, como es el caso de La Orestíada de Esquilo.

Puerta de Los Leones

Puerta de Los Leones (Imagen 1)

 

Micenas es un campo prolífero en mitología y en historia, tiene un halo diferente al de Tirinto, pues solamente cuando uno está en el palacio de Micenas,  la sensación es que te colma de gloria y te consideras el rey del mundo, pues la propia fortaleza inexpugnable tiene fuerza, poder y domina, de manera concienzuda, el punto más alto de la ciudadela, donde uno puede admirar su exuberancia y poderío. Para acceder a la insuperable fortaleza, atravesé por una gran rampa que comienza en la Puerta de los Leones (Imagen 1).

Una vez que entras, el recinto está reforzado con murallas enormes y puertas monumentales y colosales. Dicho estilo tuvo su apogeo en el siglo XIII a.C., cuando las murallas ciclópeas presentaban un aparejo poligonal de grandes proporciones, cuyo mejor ejemplo es Micenas.

En el edificio principal del palacio destaca un gran patio, una casa de huéspedes y, en su centro, el famoso megaron, que a su vez consta de tres partes: un pórtico de columnas, un vestíbulo y el domo o la cámara principal que albergaba el trono del wanax, el rey micénico, y por debajo de él aparecen dos grupos cuyas funciones , roles y responsabilidades están poco definidas, pero en cualquier caso parecen constituir formas diversas de nobleza: los telestai (terratenientes) y los hequetais (funcionarios reales). Otra figura a destacar era la del lawagetas, que pudiera ser el comandante del ejército.

Dentro de la fortificación, el palacio incluye talleres, almacenes, edificios de culto, residencias de altos funcionarios. Destaca también las tumbas reales, y la entrada de un manantial subterráneo donde una cisterna almacenaba el agua. Ya fuera de las murallas destacan los famosos tesoros o tumbas del tipo tholos, que consiste en un corredor de acceso, una entrada y una cámara abovedada. La Tumba de Agamenón o Tesoro de Atreo fue una tumba destacada con respecto a las demás tumbas. En su interior albergaba placas de metal que en la actualidad no se conservan. (Ver imagen 2 y 3)

Imagen 2-3: Tumba de Agamenón, del tipo tholos

Micenas , ya en el siglo XIII a.C., era un enclave estratégico con un poder predominante sobre las fortificaciones rivales de la zona, como Argos, Pilos o Tirinto. A pesar de que cada una de estas ciudades fueran independientes, se cree que el rey Micenas era considerado el soberano supremo de todos los demás reinos. Este sería el motivo por el cual, en los poemas homéricos, Agamenón, rey de Micenas, apareciera como el líder de una poderosa alianza de reinos griegos que lanzó contra Troya  más de mil naves de guerra. De todas formas, las pruebas arqueológicas evidencian que hay que remontarse al siglo XVI a.C,   cuando surgen los primeros centros de poder micénicos. A este periodo pertenece la famosa “Máscara de Agamenón” (Imagen 4) y la guerra de Troya data del siglo XIII a.C,   mientras que  La Ilíada fue compuesta en el siglo VIII a.C. Entre el ajuar había armas, corazas de oro, perlas de ámbar, un ritón y una caja hexagonal de madera recubierta de láminas de oro decoradas con relieves.

Máscara de Agamenón. Museo Nacional Atenas (Figura 4)

Figura 5

 

En las excavaciones de las tumbas, se encontraron dos niños cubiertos de joyas de oro y rodeados de hojas con adornos de mariposa y espirales, cetros de plata, gemas de ágata y amatista y una diadema de oro con motivos florales. También había balanzas de oro. Encima de los dos niños hay una diadema de oro. El ajuar funerario estaba cubierto de ornamentos de oro, correspondiente con la figura 5.

 

El gran hallazgo se lo debemos a Heinrich Schliemann, descubridor de Troya y Micenas. En 1876, encontró, con la obra de Pausanias  Descripción de Grecia, las tumbas reales y pudo identificar los restos de la ciudad, como la muralla y la famosa Puerta de los Leones que había permanecido perdida en el olvido. A partir de ahí, se ha vuelto a recuperar gran parte de la acrópolis de la ciudad. Schliemann descubre los restos de tres hombres en una tumba de Micenas, dos de ellos tenían el rostro cubierto por una máscara de oro. Cuando Schliemann levantó las máscaras, una de las calaveras se deshizo al instante, pero la otra se mantuvo lo suficiente para ver su carne y sus “treinta y dos hermosos dientes”. El arqueólogo, al descubrir la belleza del hallazgo, proclamó ante el mundo que había contemplado el rostro de Agamenón. Sin embargo, sabemos que aun en el caso de que Agamenón hubiera existido, la tumba precedía en varios siglos a la fecha estimada de la supuesta guerra de Troya, tal como hemos comentado en párrafos anteriores.

Hay que destacar que el hallazgo de las dos máscaras funerarias de oro, junto con otras cuatro, son una confirmación única y exclusiva de una tradición que no tiene parecido en el resto del mundo minoico-micénico y se trata de objetos sin antecedentes por lo que se considera una práctica ritual exclusiva de los reyes de Micenas entre los siglos XVI y XV a.C. Por lo que se deduce que en Micenas alcanzó una amplia difusión la creencia en la vida de ultratumba y el culto a los muertos, de los cuales son testimonios las tumbas micénicas. A juzgar por algunos hallazgos de restos de cadáveres en estas tumbas, es probable que los antiguos micénicos conocieran algunos métodos de embalsamamiento del sistema egipcio.

Para el estudio de la religión micénica contamos con información proporcionada por las inscripciones en lineal B sobre tablillas encontradas en las excavaciones. Estas tablillas fueron redactadas por escribas anónimos para contabilizar la economía de los centros palaciales; no encontramos en ellas mitos, himnos, plegarias, descripciones de rituales ni de santuarios, ni tampoco leyes sagradas. Las fuentes son limitadas, aunque también hay que contar con otras influencias como las tomadas de la cultura minoica y de algunos sustratos pregriegos de la península.

Las tablillas encontradas del periodo micénico (Figuras 6 y 7) registran fundamentalmente el envío de materias primas a una serie de destinatarios, entre los que se encuentran tanto deidades como individuos: el problema, pues, es identificar si una tablilla tiene o no fines religiosos, es decir, si interpretar las entregas de productos como ofrendas a los dioses o envíos a santuarios para su manutención. En cualquier caso los recursos obtenidos se concentraban en el palacio, que los utilizaba para el mantenimiento del aparato de poder y de las élites micénicas.

Figura 6

Figura 7

Figura 7

Las tablillas van relacionadas con la organización del culto: ofrendas de productos agrícolas e industriales, ofrendas de animales de sacrificio, banquetes de estado, ofrendas y raciones para festividades religiosas, personal de culto y otros aspectos económicos del sector religioso.

A grandes rasgos, la religión es un sistema de pensamiento basado en la creencia de un mundo invisible e inmaterial que interactúa con el mundo real; la religión funciona como un sello cultural propio de la época, una unión de creencias y prácticas que une a una comunidad. La religión griega tenía un amplio sistema de creencias y rituales, pero no era fijo, y nada indica que la religión micénica fuese diferente.

No se conserva himnos ni mitos, gran parte de las creencias y prácticas se han perdido para siempre, por lo que únicamente podemos especular. Sin embargo, probablemente los micénicos tenían concepciones similares a los griegos posteriores sobre su relación con los dioses.

Hay que recordar que la religión griega no fue prescrita al pueblo por una fuerza exterior ni por una revelación sagrada, sino más bien nace de la fantasía del pueblo, originaria de sus supersticiones, miedos y temores. En otras palabras: la comunidad no tiene libros sagrados ni dogmas, ni tampoco levantan una iglesia con su jerarquía.

La religión griega no es una religión rígidamente establecida, sino que fue evolucionando a través de tiempo, de la misma manera que otras manifestaciones culturales humanas, y por este motivo, si queremos avanzar en el estudio de esta compleja disciplina, debemos tener en cuenta las influencias y los sincretismos, como por ejemplo el fetichismo.

El fetichismo religioso es de carácter espiritual y tiene que ver con creencias religiosas que dan culto a objetos inanimados o animados conocidos como “fetiches” a los que se les presumen propiedades sobrenaturales. De este modo, el hombre puede protegerse de las fuerzas naturales a través de los fetiches, medio del que se supone dispone para actuar sobre los elementos que no es capaz de controlar. Los dioses micénicos no son dioses divinos reconocibles, son más bien rasgos genéricos: “diosa madre” “diosa de la vegetación”, etc. Destacamos, por lo tanto, la ausencia de templos independientes y la ausencia de imágenes dedicadas al culto. Pongamos el ejemplo del salón del trono (megaron), donde ardía un fuego que recuerda al que se encendía en los hogares griegos del periodo clásico en honor de Hestia, diosa que no se atestigua en las tablillas debido a que no había adquirido todavía una forma antropomórfica y se concebía como un elemento concreto, el fuego del hogar. Los mismos centros palaciegos servían como punto de referencia para rituales unificadores y de aplacamiento de los dioses que cada rey micénico, o wanax, llevaba a cabo en nombre de su ciudad.

En los textos en lineal B se encuentren dioses olímpicos conocidos en Época Clásica, como son Zeus, Hera, Ártemis, Poseidón, Dioniso, Hermes, Ares, Hefesto (indirectamente atestiguado en un tipo de antropónimo llamado nombre teofórico), y, aunque es dudoso, quizás también Deméter. Destaca, curiosamente, la ausencia de dos dioses: Apolo y Afrodita. Algunos dioses olímpicos, como Zeus, Poseidón, Dioniso y Hermes, se documentan tanto en el continente como en Creta, mientras que otros, como Ártemis, sólo aparecen en la Grecia continental.

Textos en Lineal B

Se puede partir de la idea de que la religión micénica era politeísta, pero no se trataba de una religión politeísta típica, más bien eran nombres minoicos, seres sobrehumanos (de tipo primitivo) transformados en dioses con el surgir de una religión politeísta en una segunda época, afianzado en la veneración de una pluralidad de seres divinos complejos, diferenciados e incluidos en un panteón. Asimismo, cabe destacar la presencia de nombres divinos de origen indoeuropeo en el panteón micénico, poniendo de manifiesto que la religión micénica no provenía completamente de la minoica o cretense, aunque sí comparten algunos rasgos comunes. Hay que precisar que los griegos no se definieron a sí mismo como politeístas. La palabra politeísta la inventó Filón de Alejandría, filósofo, cuya religión de origen, el judaísmo, es monoteísta.

Una religión politeísta se caracteriza por la pluralidad de fuerzas divinas y de cultos. La diversidad de dioses no es contradictoria con la idea de unidad de lo divino. El politeísmo se parece al sistema de las “muñecas rusas”. Más adelante (Siglo VIII a.C.) Homero y Hesíodo modelan dichas fuerzas de la naturaleza de manera antropomórfica, siendo dioses maravillosos, leyendas que unen a los hombres y a los dioses. Aunque hay un desprendimiento de los demonios primitivos, siguen siendo todavía fuerzas naturales.

Si algo queda claro durante el periodo micénico y, a través de las fuentes religiosas, es que la religión estaba enraizada en la vida cotidiana, formando el mismo “corpus” que la vida política y social. La religión era omnipresente,  con un esplendor cultural y una amplia diversidad de cultos, creencias y prácticas y cuando nos referimos a religión micénica , nos referimos a algo fundamentalmente sincrético: los elementos griegos coexistieron y se fusionaron con un componente minoico predominante en Creta, así como con un componente heládico en el Peloponeso y en la Grecia central. Por otra parte, y, por encima de este sincretismo, hay una divinidad micénica que posee una relevancia muy destacada, conocida como “Potnia”, pero no se sabe con exactitud si se trata de una diosa o de varias. Lo que no se pone en duda es que es una palabra indoeuropea que designa una divinidad femenina y puede ser entendida en términos griegos, pero esto no impide que las diferentes diosas (pues no se trata de una única diosa con varias advocaciones) a las que se refiere tuvieran, en algunos casos, algunas de las funciones de una Diosa Madre.

Fuera del terreno arqueológico y según las fuentes mitológicas, Micenas, conocida como la rica en oro, fue fundada por Perseo, hijo de Zeus y Dánae, y fue en este preciso lugar donde el pomo de la espada de Perseo, “mýkes”, había caído al suelo y se tomó este hecho como señal divina. De este modo, Micenas se convertiría en el centro político y artístico de primer nivel durante la Edad del Bronce. Su popularidad no sólo crecía por su fama de rica en oro sino también gracias a las hazañas de sus héroes que bien reflejó Homero.

Próximo post: Esparta-Leónidas

 

 

 

Deja un comentario

Archivado bajo Antigua Grecia

INTERPRETACIÓN METAFÍSICA DE LOS MITOS — Julius Evola. Septentrionis Lux

INTERPRETACIÓN METAFÍSICA DE LOS MITOS A menudo nos topamos con interpretaciones de mitos hechos desde la literalidad de lo que se lee en ellos. Una primera lectura de los mismos induce, sin duda, a ello. Pero los mitos propios de diferentes Tradiciones Sapienciales presentan diferentes grados de interpretación, cada uno de ellos adecuado al tipo […]

a través de INTERPRETACIÓN METAFÍSICA DE LOS MITOS — Julius Evola. Septentrionis Lux

1 comentario

septiembre 22, 2019 · 6:34 pm

Viaje a Grecia: Eleusis

La religión griega ha sido siempre algo hasta cierto punto familiar, pero está lejos de ser fácil de conocer y comprender. Aparentemente natural y sin embargo atávicamente extraña, al mismo tiempo refinada y bárbara, se ha tomado una y otra vez como guía en la búsqueda del origen de cualquier tipo de religión. Pero como fenómeno histórico es única e irrepetible y es en sí misma producto de una complicada prehistoria. (Walter Burkert)
Walter Burkert resume, en cierto modo, las impresiones de lo que ha sido mi viaje por Grecia. Del mismo modo que el viento siempre sopla a nuestro alrededor, la religión era para el griego el aire que respirar. Estar in situ en algunos de los yacimientos arqueológicos más representativos de la Grecia antigua ha sido una experiencia interiormente transformadora, única e irrepetible. Al pisar por primera vez suelo helénico se te abre dentro de ti una nueva ventana que va más allá de tus lecturas y reflexiones, va más allá de lo aprendido en el mundo académico, mucho más, incluso, de mis experiencias de vida.
La religión brota con fuerza en cada santuario, es el motor de la sociedad griega, es la luz que impregna los recodos de la naturaleza, es el manantial donde saciar la sed interior. En el resplandor natural de cada paisaje, de cada vestigio antiguo, están las huellas imperecederas de la religión. Contemplar este fenómeno es tan fascinante como extraño, pues las sensaciones se mezclan como una paleta de colores que nos hace ver que hay muchas más multiplicidades a nuestro alrededor de la que creemos y nuestra única finalidad es aprehenderlas para entender la base de nuestra civilización y de qué manera se articulaba la religión dentro de la sociedad griega.
Para conectar con la Unidad, primero hay que entender la multiplicidad de las cosas. Después de conocer y entender la multiplicidad, se llega a alcanzar y captar el misterio de las cosas en su identidad única, pero hay que saber desprenderse a su vez de dicha multiplicidad, pues cuando se observa la naturaleza con plena ecuanimidad es cuando regresamos a nuestra naturaleza original. Si te sales de este marco de referencia, es imposible conocer y comprender el mundo griego. Por eso, mencionar Eleusis es precisamente un ejemplo de esta hojarasca religiosa que de la que debemos desprendernos, cuidadosamente, para así poder captar el misterio de su naturaleza original. Para introduciros en el mundo de Eleusis, os remito el siguiente enlace de Animasmundi, fundamental, para entender el paso de la multiplicidad hacia la Unidad. Enlace: Eleusis

En Ática, el corazón arcaico de Grecia, he recorrido y contemplado el arcano santuario de los Misterios en Eleusis, epicentro espiritual ateniense más conocido dentro de la religiosidad de la antigua Grecia. Su ritualidad está plagada de preguntas y dudas sin resolver, debido a la naturaleza hermética y secreta que tenía el culto, solamente visible para los iniciados. Como tal, los misterios estaban totalmente al margen de la religiosidad popular y opuestos, por tanto, a lo que se conoce como religión pública griega. Por lo tanto, los Misterios Mayores de Eleusis son un culto secreto en el que sólo podían participar las personas que se preparaban mediante un ritual iniciático, totalmente diferente de la religión oficial o política, donde participaban todos los ciudadanos atenienses. En el caso de Eleusis era diferente.
Cuando uno se iniciaba en los Misterios Mayores había que acercarse a ellos con gran respeto, pues vienen a ser como las ideas puras, originarias, primigenias, el alma de todo lo que nos rodea, como Platón bien atestiguó. Así pues, mi camino hacia Eleusis empezó desde Atenas con un interrogante: ¿Por qué se teme a la muerte?
En Eleusis, a través de los Misterios Mayores, la única finalidad era la apertura de un mundo suprasensible donde tu alma conectaba directamente con el dios del Hades y su compañera Perséfone.
Para empezar a comprender el mito etiológico de estas iniciaciones, hay que recurrir al Himno Homérico a Deméter. Enlace: Himno Deméter.

En el Himno Homérico se expresa con claridad la bienaventuranza para el iniciado y la cuestión de estos misterios que, principalmente, ofrecen a sus acólitos la esperanza de una vida existencial mejor. Era muy importante realizar un descenso interior espiritual para conectar con las fuerzas sutiles de los planos metafísicos. Sin embargo, para descender a nuestras moradas internas era necesario recorrer un camino tortuoso, angosto, de sombras y peligros. Así se llevó a cabo la vuelta de nuevo a la vida de Perséfone, al mundo superior, con la ayuda de Hermes, Hécate y la propia Deméter. Otro ejemplo que ilustra la importancia de estos Misterios y que tuvo una rimbombancia mitológica y, a la vez, social-religiosa fue cuando Heracles tuvo que iniciarse en los misterios de Eleusis antes de comenzar sus doce trabajos y, concretamente, para emprender la captura de Cerbero. Así, Heracles se inicia en los misterios para entrar, precisamente, en el Hades y traer al mundo de los vivos al perro de tres cabezas. Heracles obtuvo respuestas sobre el Más Allá y le garantizaba a su vez un trato privilegiado por parte de Perséfone, con el fin de alcanzar la sabiduría y la eternidad. El descenso a la morada infernal también lo recorrieron otros héroes como Orfeo y Ulises. Cada uno de ellos, tuvo que prepararse para realizar unos trabajos específicos y diferentes, pero con una misma finalidad: la búsqueda de la sabiduría. Para ampliar información sobre Orfeo y Ulises os remito a los siguientes enlaces: Orfismo, Orfeo y Ulises.
Estamos equivocados si pensamos que la verdadera lucha es solamente externa, con el oleaje de la vida azotándonos cada día, siendo esclavos de la sociedad en la que vivimos. La verdadera lucha está en el campo de batalla de nuestro mundo interior, ésta es la gran guerra; la externa es sólo una pequeña batalla. Por eso, el hombre griego sabía que era más importante ganar la guerra interior que perder varias batallas relacionadas con las vicisitudes de la vida terrenal. En suma, la victoria interior te daba la eternidad, te abría una aurora interior hacia lo infinito, hacia la sabiduría. Este era el mensaje sublime de Eleusis.
Si escudriñamos las civilizaciones del mundo antiguo todas se han cuestionado por el destino, por el Más Allá, por la muerte, por la vida y es en Eleusis donde tienes la oportunidad de consagrarte no solo espiritualmente, a través de sus ritos, sino también de disipar tus dudas existenciales. Por lo tanto, una de las finalidades era la de mitigar el miedo a la muerte. A través de unos relatos sagrados, unas apariciones de luz acompañadas de olores de pétalos, de fragancias de la naturaleza, experimentabas una “muerte virtual” de ti mismo y un nuevo renacer espiritual donde ya no le tendrías miedo a la muerte. ¿Qué simboliza la muerte para el ser humano?
La experiencia del cambio es equivalente a la de la pérdida. El hombre levanta muros, construye sueños, aspira a todo tipo de creencias y de fantasías, con el fin de asegurar el futuro, la estabilidad de una vida feliz y completa. Pero cuando uno se iniciaba en los misterios eleusinos, el camino era otro muy diferente, pues el verdadero camino era la Vía interna, con la cristalización de un nuevo “despertar” como única aspiración.
Los antiguos sabios estaban establecidos en la certidumbre y no tenían que convencer a toda costa a los demás de sus convicciones. Sócrates dijo “Yo sé que no sé nada”. Él era consciente de lo que no sabe, pero permanecía unificado y apacible en un clima de certidumbre inquebrantable. La enseñanza de Sócrates es simple: no busquemos la certidumbre mientras todavía nos asalten las dudas. Hay que superar las dudas, despejar las incógnitas, una tras de otra, superar nuestras barreras mentales y nuestros miedos y, de esta manera, no quedará más que la certidumbre. La certidumbre es un estado de ser estable. Éstos eran los nobles propósitos de Eleusis.
Transitar por Eleusis, para mí, fue como atravesar un puente hacia otro mundo, pues entendí que la verdadera libertad y la búsqueda de la felicidad están estrechamente relacionadas con abandonar el ayer, el mañana y el hoy, para terminar, surcando la otra cara de la orilla más allá de la vida y de la muerte, pues, realmente, no hay fronteras entre este mundo y el más allá, tal como pensamos. Finalmente, ¡eres libre!
La iniciación no se podía detallar, pues era secreta, pero digamos que cuando alcanzabas el pico más alto de la montaña, de repente, llegabas a ver tu alma separada del cuerpo, de la mente y de tus emociones, donde no existían el presente, el futuro y el pasado, pues rompías la atadura de tu cuerpo en varias fases. No es de extrañar que Sócrates, abocado al suicidio, planteaba que no tenía miedo a la muerte, pues había conocido la agonía liberadora. Empédocles dudaba que la muerte y el nacimiento tengan unos límites que los hombres habían trazado con propósito.
Así que los Misterios Mayores te marcaban interiormente, pues te facultaban un don especial para ver el final de la vida, el principio dado por Zeus, la idea de conocimiento, pues era también una experiencia visual, una visión metafísica durante el transcurso de las iniciaciones que infundía el verdadero valor de la vida y de la muerte. Todos los conocimientos y la experiencia espiritual no se desvelaban a oídos profanos, pero si tengo que enfatizar que el iniciado tenía contacto directo con las potestades del mundo del Más Allá, y poseía el mapa cósmico (Sabiduría) que había de trazar en esta vida terrenal y también después de la muerte.
En cuanto al miedo a la muerte, también se reflejaba en los héroes griegos la valentía que encara la muerte con paz y armonía, otorgándole un estatus y unas prerrogativas especiales.
En síntesis, Eleusis es un foco espiritual que atrajo la atención de toda Grecia, un lugar de peregrinación durante toda la antigüedad. Deméter, entre cuyos atributos están la espiga, el narciso y la adormidera, además de las antorchas y una serpiente, es la diosa generadora de estos misterios. Por otra parte, las dos castas sacerdotales (los Cérices y los Eumólpidas) fueron los primeros linajes de los Misterios de Eleusis. Dichos misterios se celebraron anualmente durante unos dos mil años. Entre los iniciados también hubo personalidades influyentes como Sócrates, Platón, Aristóteles, Sófocles, Plutarco o Marco Aurelio, entre otros.
Platón comenta sobre estos misterios en su diálogo Fedón acerca de la inmortalidad del alma, asegurando que “nuestros misterios tenían un significado muy real: aquél que fuese purificado e iniciado viviría junto a los dioses”.
Joshua J. Mark apunta que Plutarco, también un iniciado, escribía al respecto que “a causa de estas devotas y sagradas promesas dadas en los misterios […] nos adherimos firmemente a la verdad incuestionable de que nuestra alma es incorruptible e inmortal”, añadiendo a continuación que “cuando un hombre muere es como aquellos que han sido iniciados en los misterios. Toda nuestra vida es una travesía por caminos tortuosos sin salida.”

Sófocles se inició en ellos:
“Tres veces son felices los mortales que, habiendo contemplado estos ritos, parten para el Hades, pues sólo a ellos les es dado poseer allí una vida verdadera.”
Sófocles marca el carácter del iniciado, pues sólo aquel que poseía un alma receptiva y con espíritu noble recibía esas energías inconmensurables que hacían posible una rearmonización interior en sus cuerpos sutiles que, a su vez, también repercutían en su cuerpo físico, además del despertar espiritual que he mencionado en párrafos anteriores. Pero no todos podían recibir un milagro, aun siendo auténtico el santuario y beneficiosos sus influjos.
El auténtico iniciado se construía desde el interior, pero el lugar sacro donde se celebraban los rituales era en la sala conocida como el Telesterion.
No es de extrañarnos que los Misterios de Eleusis estuvieran vigente durante más de dos mil años y que marcaron una huella en la sociedad griega, pues el hombre está llamado a conectar su naturaleza divina con las leyes naturales del Universo, de los designios divinos de evolución y de los métodos de despertar espiritual e iniciático, hasta alcanzar la ascesis mística. Al fin y al cabo, el Sendero del hombre que ha de hollar es el de superar la condición de su finitud y conquistar lo Eterno.
Grecia, cuna del más puro misticismo, transmitía las doctrinas esotéricas o mistéricas que velaban secretamente el verdadero sentido y significado de la sabiduría divina revelada (sophia) con sus órdenes iniciáticas, pero solo unos pocos estaban preparados para recibirlas.
Los Misterios Eleusinos alcanzaron rápidamente la categoría de culto mistérico más importante y con mayor afluencia de devotos del mundo de habla griega, una posición que mantuvo a lo largo de toda la antigüedad hasta que el emperador Teodosio decretó edictos contra los cultos mistéricos a finales del siglo IV d. C.
Finalmente, el emperador Claudio quiso trasladar el santuario a Roma y el emperador Teodosio I ordenó el cierre del santuario, hasta que, definitivamente, Alarico lo devastó en el año 395 de nuestra Era.

Desde Eleusis a su Museo Arqueológico, fui recorriendo cada uno de sus rincones. A continuación, haré una breve descripción de los enclaves más interesantes:

Imagen 1 (Museo Arqueológico Eleusis)

En la imagen 1 se representa en un relieve del siglo V a.C. a Triptólemo que está entre Deméter y Perséfone. Triptólemo (semidiós) aprendió los secretos de la agricultura de Démeter. De Perséfone asimiló los misterios eleusinos y gracias a estos conocimientos se convirtió en unos de los sacerdotes originales de Eleusis.

Imagen 2 (Museo Arqueológico Eleusis)

En la imagen 2, los cereales, el trigo y la antorcha son los símbolos más destacados relacionados con los misterios. Deméter y Perséfone simbolizan la vida, la muerte y la inmortalidad. Estos símbolos daban al iniciado confianza para afrontar la muerte y la promesa de la dicha en los oscuros dominios de Hades. Los iniciados estaban obligados a pasar primero por la fase preliminar del ritual, la purificación prescrita por Deméter.

Imagen 3. Yacimiento arqueológico de Eleusis, al fondo se observa el golfo de Egina

En la imagen 3 se observa el Telesterion. Fuera lo que fuera lo que ocurría en el Telesterion, los que entraban en él, salían a la mañana siguiente radicalmente transformados y estaba totalmente prohibido pormenorizar el protocolo que se seguía durante las iniciaciones.
Los misterios eleusinos celebraban el regreso de Perséfone, pues éste era también el regreso de las plantas y la vida a la tierra. Perséfone había comido semillas de granada que simbolizan la vida aún por renacer mientras estuvo en el inframundo y su renacimiento es un símbolo del renacimiento de toda la vida vegetal durante la primavera y de toda la vida sobre la tierra.

 

Imagen 4

En la imagen 4 observamos el acceso al Hades, según los órficos. En uno de los himnos órfico, el dedicado a Hades, se nombra a Eleusis como la ciudad donde están las puertas de Hades.

Imagen 5

Según el mito, y como se narra en el himno homérico, Deméter, diosa de la agricultura, se detuvo en Eleusis para descansar cuando viajaba en busca de su hija Perséfone, raptada por Hades. En la imagen 5, Deméter se disfrazó de anciana y se sentó en esa roca. Llega a Eleusis disfrazada de anciana campesina y es encontrada por unos jóvenes y termina siendo aceptada en casa del rey Céleo y su esposa Metanira. Allí se encargará de ser la nodriza de un hijo recién nacido, Demofonte, quien tenía problemas de salud. Para ampliar el mito, os emplazo al siguiente enlace: Mito Demofonte.

Deméter mandó a edificar un templo y un altar en su honor. Tras la alegría del reencuentro de la diosa con su hija Perséfone, Deméter dio instrucciones de cómo llevar a cabo sus ritos. El culto de Eleusis, según el mito, habría sido enseñado directamente por la propia diosa Deméter.

Según E. Rohde, “sólo a los iniciados les ha sido concedido vivir en el Hades una vida verdadera; al resto de los hombres no les esperan más que males infinitos”. Como bien atestigua el filólogo y helenista alemán, “en Eleusis no se adquirió la convicción sobre la inmortalidad del alma como tal, de acuerdo con su propia naturaleza, lo que se aprende en Eleusis no es que las almas viven cuando se separan del cuerpo, sino cómo será ese vivir”.

Imagen 6

La Via Sacra, que comenzaba en la Puerta Dipylon y llegaba hasta la puerta del templo, era recorrida por los iniciados que tomaban parte en las ceremonias de los Misterios. Se conservan todavía los restos de las diferentes partes del Telesterion, la sala rectangular donde tenían lugar los Misterios, así como sectores del recinto del santuario que datan de diferentes épocas griegas y romanas.
El Telesterion (imagen 6) era una sala rectangular, casi cuadrada, con asientos a lo largo de sus muros, y con el techo soportado por una serie de columnas levantadas en las intersecciones de unas imaginarias líneas paralelas a los cuatro lados. Como clímax en las ceremonias de Eleusis, los iniciados entraban al Telesterion, se les mostraban las sagradas reliquias de Demeter y las sacerdotisas revelaban las visiones obtenidas durante la noche sacra-espiritual.

 

Imagen 7

En la imagen 7 se contempla el “Lugar de Plutón” o denominado Plutonion, santuario dedicado a Plutón, más conocido por Hades, como nombre más antiguo. Dicho santuario está cerca al recinto sangrado denominado temenos. Fue contruido por Pisístrato en el siglo VI a.C.

Imagen 8

En la imagen 8 nos encontramos en el Museo Arqueológico de Eleusis, actual Elefsina, la estatua de Heracles. Heracles se inició en los misterios eleusinos, tal como hemos explicado en párrafos anteriores.

Próximo post: Micenas.

2 comentarios

Archivado bajo Antigua Grecia

Viaje a Grecia: origen de nuestra civilización

El Templo de Apolo en Corinto

Cuando uno viaja a Grecia para ver in situ algunos de los yacimientos arqueológicos más representativos y hermosos de la Grecia antigua resulta desconsolador comprobar como enclaves tan simbólicos y significativos de nuestra civilización han quedado debilitados y esqueléticos por la invasión de otras culturas y de otras religiones. También, hay que añadir la dejadez humana y las heridas del tiempo que merman algunos restos arqueológicos imposibles de restaurar, como es el caso de Esparta.

En esta introducción, sin embargo, quiero expresar a los lectores que, a pesar de los distintos estados de los yacimientos, he disfrutado descubriendo la belleza más allá de los contornos físicos, contemplando los paisajes naturales más espectaculares, soberbios y melancólicos del mundo griego. Más allá de los vetustos y deteriorados yacimientos nunca tenemos que olvidar nuestros orígenes a pesar  del mundo materialista y decadente actual. Tenemos, pues, la tarea ardua de buscar dentro de nosotros el espíritu primigenio, la semilla de una civilización donde la unidad y la profundidad de su cultura se lo debemos a los griegos que, precisamente,  sentaron las bases espirituales, ideológicas y formales de toda la civilización occidental. Como bien dijo Gabriele D´Annunzio: “para todo pueblo de noble origen la cultura es la más luminosa de las armas de largo alcance, la cultura es más que un arma: es una fuerza indomable, como el derecho y la fe”.

Cuando uno recorre los enclaves más importantes de Grecia, en cada uno de sus santuarios, en cada expresión artística, no deja de asombrarse con todas y en cada una de sus manifestaciones, pues el pueblo griego ha marcado una huella tan profunda que hoy día sigue maravillando, pues lo original es lo más real, auténtico y cercano que podemos encontrar de nosotros mismos.

La búsqueda de la esencia del universo, las leyes del cosmos, la voluntad de representar no sólo la forma exterior de la realidad, sino de expresar los valores filosóficos, éticos, morales, espirituales, incluso, llegando al misticismo,  eran los pilares que sustentaban la sociedad griega. A todo esto hay que añadir los conocimientos exhaustivos que tenían sobre matemáticas, geometría, astrología,  teatro, literatura, resaltando en cada área el nacimiento, el devenir y el destino del hombre. Grecia es nuestra cuna, no lo olvidemos jamás, son nuestras raíces y nuestra cultura matriz.

Más allá de los espacios temporales , el arte cumple con una máxima sublime: la elaboración de un lenguaje artístico perfectamente relacionado con su mundo interior y que expresa las formas y el ideal pertenecientes al Ser, marcando un nivel no sólo de primera clase sino también universal.  Pongamos el ejemplo del arte “geométrico” (siglos X-VIII a.C.) que nace, precisamente, de una nueva mentalidad y de una nueva actitud del hombre frente a la naturaleza, ya no vista como un universo a representar, sino como una realidad infinita y compleja en la cual el hombre griego reconoce la esencia y las leyes ordenadoras internas, sin dejarse enmarañar por las formas aparentes, variables y circunstanciales del mundo externo.

Viajar por el Peloponeso es sinónimo de esencia, raíz, alma inagotable, fuente, origen, nacimiento, esplendor, belleza… La antigua civilización griega nos mantiene en un estado hipnótico y tiene un poder mágico-sacro que todavía aún ejerce de manera intacta sobre las generaciones actuales. Sólo hay que ver la demanda turística que tiene el país heleno que cada día visitan para ver los antiguos vestigios y los museos arqueológicos que hay en cada yacimiento.  Viajar, en definitiva, a Grecia, es viajar a nuestra cuna, con una añoranza del esplendor, de la plenitud, de la belleza y del mundo Tradicional. Para mí,  recorrer las más hermosas ciudades y santuarios de antaño ha sido sentir en mi interior una luz perenne que hoy día, en los tiempos modernos en el que vivimos, jamás brotaría con tanta fuerza y sensibilidad.

Atenas, Eleusis, Corinto, Micenas, Epidauro, Nauplia, Tirinto, Esparta, Mesenia, Bassae, Olimpia, Delfos y el paso de las Termópilas han sido mi estaciones de penitencia espiritual. Y tal como dijo Tales de Mileto: “todo está lleno de dioses”. Ahora, más que nunca, entiendo sus palabras, pues a pesar de la estética de los yacimientos aún hay vida, esplendor, belleza e inmortalidad en todos ellos.

En los próximos posts haré una lectura íntima y fuera de los contornos físicos de cada yacimiento arqueológico destacando los valores que en este blog llevo varios años ensalzando: la religiosidad griega, la filosofía, la ética, la moral y los mitos. No obstante, haré otras lecturas que considero interesantes de comentar, como pueden ser algún monumento, una escultura en particular o una cerámica conmemorativa sobre una escena de la vida cotidiana.

BIENVENIDOS AL MUNDO GRIEGO: PRÓXIMA ESTACIÓN, ELEUISIS

 

 

2 comentarios

Archivado bajo Antigua Grecia

¡Nos vamos a Grecia!

Resultado de imagen de Acropolis

¡En este mes de julio voy a cumplir un sueño: viajar a Grecia, cuna de nuestra civilización occidental! El periplo es el siguiente: Atenas, punto de partida, donde contemplaré la Acrópolis y los museos de la capital más representativos de la civilización griega. Después, iré a Eleusis, cuna del misticismo griego y muy conocida por ser la ciudad natal de Esquilo. Será en Eleusis donde me iniciaré en los misterios mayores eleusinos, con el beneplácito de las diosas Deméter y Perséfone. Después, visitaré Corinto, una de las más famosas ciudades griegas de la antigüedad; Micenas, la ciudad de Agamenón, rey que dirigió la expedición aquea contra Troya; Tirinto, otro enclave fundamental del periodo micénico; Nauplia, el puerto de Argos; Epidauro, con su majestuoso y famoso teatro donde se acogió el festival de las Asclepias; Esparta, la cuna de Leónidas; Mesenia, con su teatro griego; Andritsena, con su imponente templo de Apolo; Olimpia, para visitar el Templo de Hera y el famoso estadio, sede de los primeros Juegos Olímpicos, taller de Fidias y el museo arqueológico de Olimpia; Delfos, lugar sagrado para la consulta de su oráculo, pues realizaremos un ritual de purificación en la Fuente de Castalia y contemplaremos el templo de Apolo. También se visitará el teatro, el estadio, donde se celebraban los Juegos Píticos, el templo de Atenea Pronaia y, desde luego, se visitará el Museo Arqueológico; las Termópilas, un enclave importante donde los griegos combatieron a los persas durante las Guerras Médicas y, por supuesto, rendiremos un especial tributo a Leónidas, con el monumento dedicado a él y a sus 300 espartanos. En definitiva, un viaje especial para tender un puente entre el mundo griego y el nuestro, para reencontrarnos con nuestras raíces.

No es solamente un recorrido arqueológico y cultural, pues para mi es un viaje interior, una consagración espiritual, pues comprender el posicionamiento del hombre en el universo, su relación directa con la divinidad, el contacto con seres sobrenaturales y, sin declinar, la respuesta del más allá, es y será el eje de este apasionante viaje. Considero fundamental volver la mirada hacia atrás para ahondar en nuestra huella original y recuperar los vestigios filosóficos y espirituales abandonados en nuestra era moderna. En suma, un viaje que llevaba muchos años en mi mente pero que nunca se presentó la oportunidad. Os recuerdo que en la antigua Grecia era muy común la búsqueda de la purificación del alma, la idea del cuidado del alma, por eso este viaje representa mucho para mí. A partir del mes de agosto mis entradas en este blog serán exclusivamente relacionadas con el viaje. ¡ Os veo muy pronto y felices vacaciones!

1 comentario

Archivado bajo Antigua Grecia