Pitágoras y la tradición mistérica

Fuente original: Arsgravis

Recuperado: 17 de Enero de 2023

Presentación

En agosto de 1955, Emmanuel d’Hooghvorst pronunció una conferencia en Bruselas sobre Pitágoras y el pitagorismo que, por su extensión, era imposible publicar completa. Por eso, presentamos algunos fragmentos de la misma que en el año 2010 aparecieron publicados en la revista “Le Miroir d’Isis”. Acompañamos las palabras de D’Hooghvorst con unas imágenes de la famosa basílica neopitagórica de Roma que data del comienzo de la era cristiana y que precisamente ahora y solo durante unos meses se puede visitar.

Conferencia de Emmanuel d’Hooghvorst

El conferenciante comienza situando la figura de Pitágoras y se refiere a algunos rasgos importantes de su escuela, como por ejemplo, el famoso silencio pitagórico y, sobre todo, a la relación del pitagorismo con el culto a Apolo y con el oráculo de Delfos:

Se han atribuido muchas cosas a Pitágoras. Hay que reconocer que a menudo se le ha interpretado, y ello en el peor sentido del término. Algunos, a causa de sus trabajos matemáticos, lo han considerado un sorprendente precursor de la ciencia moderna; otros lo han convertido en un apóstol de lo que los teósofos llaman la transmigración de las almas, o se han sentido impresionados por su amabilidad hacia los animales y su régimen. Otros más, (lo conocen) por las leyes sobre la armonía, ya sea esta moral, cósmica o arquitectónica…

Y yo me pregunto, señoras y señores, si muchos entre ustedes no se habrán sentido atraídos por el pitagorismo simplemente por su silencio. Existe un proverbio que dice que “el silencio es oro”, y deberán admitir que las verdades más profundas de la filosofía se ocultan a menudo de los lugares comunes y las conversaciones corrientes. Y así llegamos al núcleo del asunto del que deseaba hablarles, pues saben que el esoterismo, es decir, “el interior” del misterio de vida se expresa siempre por el silencio…

Pues, ¿quién no recuerda a los acusmáticos pitagóricos, la escuela de silencio a la que cada discípulo debía someterse durante años, cinco según Jámblico, antes de que se le autorizara a hablar? Y en relación al orden que fundó en Crotona, Pitágoras estableció la siguiente regla (seguramente una regla de oro): “No se debe hablar de los asuntos pitagóricos sin luz” Este acusma resulta sorprendente que si se reflexiona sobre su significado.  Pronto volveremos a él…

Pero ¿quién era este Pitágoras del que nos ocupamos? Un nombre muy extraño para ser el hijo de Mnesarco, el herrero de Samos, un nombre tan extraño que incluso nos preguntamos si no fue un nombre prestado, tanta es la semejanza con el rol que este personaje parece haber interpretado. Pitágoras en realidad quiere decir “el que emite el verbo pitio”, o “el verbo de Apolo” y, de aquí, “el profeta apolíneo”. ¡Un nombre extremadamente curioso, en efecto, para un herrero!, que seguramente no simplificará las ideas que tenemos sobre su personalidad mortal y temporal de este mundo.

Además, el pitagorismo parece haber estado en estrecha relación con Delfos, que cumplía la función profética para la nación griega. Se acordarán del pasaje del catecismo de los acusmáticos que cuenta Jámblico (Vida de Pitágoras 18, 82): “¿Qué es el oráculo de Delfos? Respuesta: Es la Tetraktys, que es la armonía en la que viven las sirenas.” Es allí, pues, donde se debe situar el pitagorismo, presentado a partir de su simbolismo más conocido, la Tetraktys. En lo que podríamos denominar el culto o la religión oficial de Grecia, el gran centro del Mediterráneo oriental, el oráculo de Delfos. De este modo hemos establecido uno de los hechos más importantes: la escuela pitagórica estaba en relación con el culto de Apolo, el profeta pítico de Delfos…

Con el oráculo de Delfos, y especialmente con Apolo, nos situamos en el corazón de la mitología griega, misteriosa impenetrable, y siempre traicionada por los comentadores modernos. Toda clase de explicaciones se han dado respecto a ella: una supuesta ficción poética, inventada para un público infantil, llena de imaginación y fantasía para explicar los cambios de las estaciones, la salida y la puesta del sol, el crecimiento y el decrecimiento de la luna, la germinación del trigo y de la viña. Un pueblo infantil, quizá, posiblemente poético y ciertamente imaginativo, pero en cualquier caso, ¡mucho menos estúpido que los mitólogos modernos con sus explicaciones!…

Lo que parece cierto es que la mitología se refiere a una serie de realidades extrañas al hombre moderno, completamente apartadas de su cerebro y de las que incluso ha perdido todo recuerdo. Esto significa que la mitología habla del mysterium magnum, de la regeneración física de la naturaleza. Debemos fijarnos en que los mitólogos oficiales han rehusado siempre, de modo sistemático y obstinado, tomar en consideración las explicaciones de los que, en Europa, hasta finales del siglo XVIII, se han reivindicado, si bien discretamente, como los continuadores y los herederos de los sabios de la Antigüedad. Me refiero a los filósofos herméticos cristianos tales como Maïer, Fabre, Pernety, etc.

Y, ¿qué dice la mitología respecto a Apolo? Vamos a recordarlo rápidamente. Leto era la hija de Cronos, Zeus se enamoró y tuvo relaciones con ella. Hera, su esposa celosa, envió a la serpiente Pitón contra Leto, quien, a fin de escapar de su picadura mortal, huyó y durante mucho tiempo erró por tierras y mares. Por fin desembarcó en la isla de Delos, que aún no había sido fijada. Poseidón, que hasta aquel momento había jugado con ella, la fijó en medio de las corrientes y Leto alumbró primero a Artemisa que después hizo de partera para con su madre y la ayudó a dar a luz a Apolo, su hermano gemelo. Cuando hubieron crecido, Apolo mató a Pitón con sus flechas, de donde proviene el nombre de “Pitio”. La etimología nos enseña que Leto, en griego, evoca algo oscuro, oculto, nocturno, negro. Leto es, en cierto modo, oscura y está oculta sobre la tierra. Es también virgen y  podría decirse que es una hija del tiempo pues Zeus, según su raíz Dieus (origen de la palabra “Dios”), quiere decir cielo brillante y día.

 El matrimonio de Zeus y Leto es, en cierto sentido, el matrimonio del cielo y la tierra. Después de la boda, Leto erra por todas partes, por tierras y mares, hasta que llega a Delos, que Neptuno fija para ella (este detalle no es de poca importancia). Delos proviene del griego “deloo” (‘mostrar’); Artemisa y Apolo nacen en Delos, es decir en la manifestación de las cosas ocultas. Artemisa, nacida en primer lugar, a menudo fue denominada por los griegos como “Hemerasia” que significa ‘luz-del-día’, o, en otras palabras, la luz nueva nacida de la mañana. Ella es la que ayuda a su madre a dar a luz a Apolo, el sol divino.

Todo ello nos permite avanzar una plausible suposición para explicar el acusma al que nos hemos referido antes: “No se debe hablar de los asuntos pitagóricos o píticos sin luz”. Hay que abstenerse de hablar del verbo profético o de cosas parecidas, en tanto que la oscuridad no se haya clarificado, en tanto que la luz virgen de Artemisa no haya sido proyectada en aquellos en los que poco antes todo era oscuro…

Sobre la Sabiduría

A  partir de este momento, Emmanuel d’Hooghvorst va a tratar de esta luz nueva que en las antiguas culturas tradicionales recibió el nombre genérico de Sabiduría. Para ello, empieza examinando su importancia en el antiguo Egipto y en los libros sapienciales del pueble judío, para finalizar descubriéndola en la mitología griega, personificada en la figura de la diosa Atenea:

Sólo existe un punto en el que todos los filósofos e historiadores de la Antigüedad están de acuerdo: todos sitúan el origen de su iniciación sagrada y de su sabiduría en la sagrada tierra de Egipto, llamada también la tierra de los dioses, proyección del cielo sobre la tierra.

Les recuerdo que en todo lo que conocemos que nos ha llegado desde la Antigüedad parece existir siempre un doble sentido, una expresión clara y vulgar que oculta y vela un significado secreto, relacionado con una serie de realidades tangibles pero cuya naturaleza nos es desconocida en la actualidad.

Plutarco en su Isis y Osiris nos dice que la tierra de Egipto es negra y se denomina Kemia (origen de la palabra alquimia), y que (simbólicamente) es Osiris. Esta tierra está irrigada, cubierta y fertilizada por el Nilo celeste, llamado Isis, y que de su unión se engendra Horus, el de la mirada estable. Esta triada, Osiris-Isis-Horus se parece mucho a la triada Zeus-Latona- Artemisa/Apolo. Lo que dicen los griegos de que su sabiduría viene de la tierra de Egipto podría tener un sentido oculto, como si cada uno ellos se hubieran llevado una porción de dicha tierra, si esto fuera posible…

Existe, no obstante, otra tradición que tiene su origen en Egipto y que dejó numerosos testimonios escritos a los que podemos recurrir en busca de información. Es la tradición hebrea: Moisés venía de Egipto y fue iniciado en sus templos, con la diferencia de que los judíos dejaron Egipto como unos hijos ingratos, que despojan a sus padres (antes de marchar). Si hacemos una breve incursión en los libros sapienciales del Antiguo Testamento veremos si podemos encontrar algo que arroje luz sobre nuestro asunto. Para empezar encontramos una figura de la Sabiduría cuya grandeza domina toda la Biblia: se trata de Salomón… célebre, además,  por su amor a la Sulamita, cuyo sentido no es otro que el femenino de Salomón. Podemos llamar pues a la Sulamita, su alma gemela, exactamente lo que Isis era para Osiris. Y la Sulamita también era negra; “Soy negra pero bella, no miréis tez oscura, es el sol que me ha quemado”.

Un gran número de libros sapienciales se atribuyeron ya fuera acertada o erróneamente a Salomón, a excepción del Eclesiastés, porque en éste, mucho más que en cualquier otro, se refiere a la Sabiduría y a los medios para adquirirla. Y, al leer estos libros, nos acordamos del modo en el que Salomón, en una célebre plegaria, se vuelve hacia Dios y le implora su Sabiduría.

He aquí el fragmento del Libro de la Sabiduría, al que se refiere Emmanuel d’Hooghvorst: “Dios de los padres y Señor de misericordia, que con tu palabra hiciste todas las cosas, y en tu sabiduría formaste al hombre para que dominase sobre tus criaturas, y para regir el mundo con santidad y justicia, y para administrar justicia con rectitud de corazón. Dame la sabiduría que se asienta junto a tu trono y no me excluyas del número de tus siervos, porque siervo tuyo soy, hijo de tu sierva, hombre débil y de pocos años, demasiado pequeño para conocer el juicio y las leyes. Pues, aunque uno sea perfecto entre los hijos de los hombres, sin la sabiduría, que procede de ti, será estimado en nada… Contigo está la sabiduría, conocedora de tus obras, que te asistió cuando hacías el mundo, y que sabe lo que es grato a tus ojos y lo que es recto según tus preceptos. Mándala desde tus santos cielos, y de tu trono de gloria envíala, para que me asista en mis trabajos y venga yo a saber lo que te es grato. Porque ella conoce y entiende todas las cosas, y me guiará prudentemente en mis obras, y me guardará en su esplendor”. (Sb 9,1-6-9-11). D’Hooghvorst, comenta estas palabras del modo siguiente:

Dame la Sabiduría que se asienta junto a tu trono. Según la doctrina cabalística, se puede buscar el trono de Dios, cerca del cual se encontrará también a la Sabiduría, sobre el firmamento, en los cielos empíreos llamados Shamaim. Es una región que brilla y refulge de un fuego puro y supraesencial. De Shamaim procede Hokmael, el espíritu de la Sabiduría divina, que ilumina a los hombres piadosos que lo invocan.

La Sabiduría está descrita como el medio para realizar todas las cosas, como el pensamiento mismo de Dios, que a veces desciende a la tierra para iluminar a los hombres piadosos, para guiarlos en sus acciones y asistirlos con su consejo. Se dice también que sin ella el hombre no puede hacer nada para resultar agradable a Dios.

Volvamos ahora al helenismo y al pitagorismo, encontramos  en ellos dos símbolos mitológicos que arrojarán luz sobre nuestro asunto. En su Tratado sobre los ídolos, Pofirio nos dice, entre otras cosas, que Hefaistos era hijo de Zeus y que habitaba con él en el Olimpo (de lampao, “brillar”). Pero un día su padre se encolerizó y lo precipitó a la tierra. Desde entonces Hefaistos necesita de un soporte para arder, necesita de la leña, es decir, de la materia; cojea, se volvió feo, pero es el herrero universal. En secreto, en las profundidades del Hades (lo contrario de la isla de Delos), forja todo aquello que con el tiempo se materializará. Hay mucho que decir respecto a eso, en particular sobre la historia de Pitágoras, que justamente fue iniciado en una forja, y formado su oído bajo las leyes de la armonía. Una célebre sentencia pitagórica dice: “Escuchad la voz del fuego”.

Los estucos de la Basílica

Emmanuel d´Hooghvorst se refiere después a los estucos de la basílica pitagórica de la Porta Maggiore, descritos por Carcopino, entre los que se encuentra uno con un personaje mitológico central al que el autor va a dedicar la parte final de su exposición. En el estuco se representa a Ulises y ante él, sentada, aparece una mujer que Carcopino identifica como Helena, pero que según el criterio de D’Hooghvorst sería la diosa Palas, pues según dicho autor: “Es imposible separar a Ulises de Palas Atenea, la consejera, la tutora, la divina protectora, que al final le asegura el completo triunfo sobre sus tribulaciones”. Palas representa a la sabiduría pitagórica y D’Hooghvorst explica lo que sigue respecto a esta diosa:

¿Quién era Palas? Se acodarán de que nace armada del cerebro de un Zeus parturiente. Ella es pues el pensamiento mágico de Dios. Estaba con él antes del nacimiento del mundo. Homero (que siempre ha sido estudiado por la belleza de su poesía y nunca por su sabiduría), a veces la hace descender del Olimpo para instruir y aconsejar a los mortales por los que siente afecto. Palas parece derivar de palakis que sin ninguna intención peyorativa significa “concubina”, así como también “sacerdotisa” y “virgen”. La sabiduría, como sucede con Salomón, consiste en ganar su amor, en recibirla de Dios, su Padre, y unirse a ella en un casamiento virginal. Palas es fiel en sus afectos. Muestra a sus escogidos las realizaciones de Dios, su Padre, el modo en que el mundo fue hecho. Les guía en sus acciones para que no estén abandonados en la tierra, y los vuelve inmortales.

A ella aluden las siguientes rimas doradas: “Son de raza divina, estos hombres mortales/a los que la naturaleza sagrada revela todas las cosas. “ Si Palas os es propicia», dice Khunrath en su Anfiteatro de la eterna Sabiduría,  entonces: “Como Ulises entraréis en la caverna de los Cíclopes, y si descendéis al Hades, saldréis de allí sanos y salvos. Si os acercáis a los Lotófagos y a Sirtes, volveréis de allí con toda seguridad. Si bebéis de la copa de Circe no os cambiará. Si navegáis cerca de Escila no os engullirá. Si oís a las sirenas, no os dormiréis, al contrario, seréis los jueces de todos”. Únicamente este hombre, me parece, puede calificarse en el sentido pitagórico del término como un verdadero filósofo.

Y para concluir, les invito a meditar sobre esta inscripción que, según Plutarco, se podía leer en el frontón del templo de Palas en Sais: “Soy todo lo que fue, todo lo que será, mi velo jamás ha sido levantado por ningún mortal. El fruto de mi seno fue el sol.”

Para más información sobre Arsgravis: enlace de interés.

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Las «Dionisias rurales»

Autor: Javier Jara Herrero @JavierJaraH (Twitter, 24 diciembre de 2022)

La famosa Saturnalia romana no era la celebración más antigua del renacer de los días. El solsticio de invierno, naturalmente, ya se celebraba en la antigua Grecia con una festividad dedicada a Dioniso, deidad asociada al vino y a la fertilidad.

Coincidían con el mes griego de Posidonia, que podríamos identificar con la segunda mitad de diciembre y la primera de enero. Durante las Dionisias rurales tenían lugar grandes actos públicos y musicales, así como otras celebraciones privadas de los «misterios» dionisíacos.

Pero el evento más popular de esta festividad consistía en una procesión que comenzaba a las afueras de la ciudad. Ciudadanos de toda clase social dejaban de lado sus diferencias (hasta cierto punto) y se reunían en un entorno natural para conmemorar sus orígenes comunes.

Los congregados iban ataviados con máscaras que escondían su identidad y que favorecían un sano intercambio de sátiras y burlas antes de comenzar el desfile hacia la ciudad. No faltaban tampoco hombres y mujeres travestidos, lo que potenciaba la igualdad entre los participantes.

Durante la procesión, unos individuos (‘phallophoroi’ o ‘portadores de falos’) cargaban sobre sus hombros un carro con imágenes del dios Dioniso, estatuillas de madera que en su forma más antigua representaban un gigantesco poste fálico, coloreado de rojo y ricamente decorado.

Esta comitiva iba precedida por muchachas jóvenes con cestas, que anunciaban el paso del dios lanzando pétalos al aire. El broche de la procesión lo protagonizaban sátiros y mujeres con diversas ofrendas, particularmente hogazas de pan y jarras de agua, pero sobre todo de vino.

La celebración culminaba con las correspondientes ofrendas de alimentos y bebida en el templo consagrado al dios. Era el momento dejar paso a los placeres terrenales, que consistían en un lujoso banquete que, en algunas ocasiones, corría de parte del erario público.

En esta fase final no era extraño encontrar a las llamadas ‘ménades’, mujeres que representaban a las musas relacionadas con Dioniso y que se dejaban caer en el trance salvaje y orgiástico que se asociaba con este dios.

Pero lo más corriente era organizar concursos de baile y canto mientras los coros interpretaban composiciones poéticas. Con el paso del tiempo se incluyeron representaciones dramáticas, probablemente de las obras que habían alcanzado la fama durante ese año.

Las Dionisias rurales alcanzaron gran fama a mediados del siglo V a. C., momento en el que Aristófanes las plasma como telón de fondo de su obra ‘Los Acarnienses’.

Forman también parte de los festejos generales griegos conocidos simplemente como ‘Dionisias’, que contaban con otra celebración urbana (las ‘Grandes Dionisias’) en nuestro mes de marzo, en esta ocasión para celebrar el final del invierno y la calma en los mares navegables.

No es que falte el vino (junto con otras libaciones) en nuestra forma actual de celebrar estas fechas, pero quizá, solo por probar, podríamos honrar también las antiguas costumbres griegas un año de estos. Seguro que, al menos, será divertido y saldremos en los periódicos.

PARA MÁS INFORMACIÓN:

Bernabé, A. y Macías Otero, S. (eds.) 2020: Religión griega: una visión integradora. Madrid: Guillermo Escolar Ed.

Larson, J. 2016: Understanding Greek Religion. New York: Routledge.

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TRADICIÓN, ANTÍDOTO A LA DECADENCIA

El autor de este libro, el profesor Eduard Alcántara, hoy es uno de los mayores exponentes y difusores del pensamiento evoliano en nuestra Patria; ha escrito infinidad de artículos sobre la Tradición en general, metafísica, metapolítica, temas históricos, religiosos; ha dado varias conferencias, concedido entrevistas, etc. Sus anteriores libros El Hombre de la TradiciónReflexiones contra la Modernidad y Evola frente al Fatalismo son verdaderas joyas que sintetizan magistralmente lo mejor del pensamiento evoliano en particular y de la doctrina tradicional en general, verdaderos manuales o guías existenciales que, interiorizándolas y vivenciándolas, nos pueden ayudar un poco más a «mantenernos en pie en medio de este mundo en ruinas» como decía ese gran Testigo de la Tradición que fue el Maestro romano y Barón Julius Evola, y también a comprender el mundo en crisis y totalmente ayuno de principios, referentes y valores verdaderamente elevados en el que actualmente estamos inmersos y en el que nos desenvolvemos. Este libro que el lector hoy tiene entre manos sigue pues esa misma tónica, inspirado completamente en la Weltanschauung tradicional del mundo y en la doctrina esencialmente estoica, viril y olímpica de Julius Evola.

Joan Montcau

ÍNDICE

  • Introducción                                                                                         
     
  • Las migraciones de los pueblos boreales e indoeuropeos en Revuelta contra el mundo moderno 
  • Contra el darwinismo                                                                       
  • Progresistas                                                                          
  • ¿Consumismo o decrecimiento?                                      
  • Existencias agitadas                                                           
  • El infantilismo, denominador común de nuestros tiempos 
  • De esclavos a amos                                                              
  • La lucha interior                                                                   
  • El Imperium a la luz de la tradición                                
  • Lanzas a favor del medievo                                              
  • Tal día como hoy de 1410: Episodio del enfrentamiento entre Luz del Norte y Luz del Sur            
  • El Fuero Juzgo y Recesvinto. A vueltas con el
  • Enfrentamiento entre Luz del Norte y Luz del Sur        
  • El Islam y la Tradición                                                                        
  • Discerniendo de par en par                                               
  • Rostro y máscara del espiritualismo contemporáneo             
  • Entrevista a Eduard Alcántara por Manuel Quesada

Para la adquisición del ejemplar os emplazo el siguiente enlace: Editorial EAS

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El origen de la navidad

Fuente original del texto: Paseo Toledo Mágico

La navidad y sus orígenes paganos

Paradójicamente de todas las fiestas cristianas, la que tiene más claros orígenes paganos, será la Navidad…

Hay que pensar en este sentido, que en los evangelios, ya sean canónicos o apócrifos, nada se dice de la fecha de nacimiento de Jesucristo. Y de hecho, en el E vangelio según san Lucas, daría la impresión de que el nacimiento de Jesús no se habría producido en pleno invierno sino en primavera o verano, pues literalmente se nos dice: “que había en aquella región algunos pastores que velaban de noche vigilando el ganado” (Lucas, 2,8). Pastores que a la sazón y como todos sabemos, habrían sido testigos del nacimiento del “niño-dios”. Siendo así y sabiéndose como a día de hoy se sabe que en la Palestina de aquel tiempo, el pastoreo se practicaba durante la primavera y el verano, no parecerá que precisamente la noche del solsticio de invierno, dichos pastores anduvieran al raso con sus animales…

Y es que en cualquier caso, para el cristianismo de los orígenes y la iglesia primitiva, lo importante en la vida de un santo no era el día de su nacimiento, sino la fecha de su muerte. Pues esa era la fecha de su unión con Dios. De su “renacer” en los Cielos.

De hecho desde el siglo V, la iglesia de Oriente celebraba no el día del nacimiento de Jesucristo, sino el de su primera aparición pública. Es decir la epifanía, la adoración de los Reyes Magos el día 6 de Enero.

No teniéndose así en los albores de la Iglesia una idea clara de cuando habría nacido Jesús, hasta el siglo IV se propusieron diferentes fechas: el 6 de Enero, el 28 de Marzo, el 18 de Abril…

¿Por qué se aceptó el 25 de diciembre como fecha de “La Navidad”?

Bueno, pues vamos a ver si es posible responder a esta pregunta…

El paganismo grecolatino y en general el paganismo europeo de la Antigüedad, tras su aparente politeísmo, escondía sin embargo el reconocimiento de una Divinidad Suprema. Una suerte de “padre de los dioses” al que todas las demás divinidades estaban supeditadas, y que desde un punto de vista más metafísico, tenía en todas esas otras divinidades, meros atributos o accidentes de su sustancia eterna e inmutable.  Es decir, el politeísmo pagano era en realidad un henoteísmo. Aquí y para el ámbito del mundo romano, dicho “padre de los dioses”, fue en principio equiparado a Júpiter. E ideas análogas pueden encontrarse también en torno al Odín escandinavo.

En cualquier caso este henoteísmo del paganismo europeo, apuntaba a su vez a una idea muy propia del mundo grecolatino, que era la idea de que este mismo Dios Supremo, era conocido con distintos nombres y adorado con distintos ritos, según la idiosincrasia de cada pueblo y lugar.

Dicho esto, nos vamos a encontrar con que desde el siglo II d.C., proveniente del antiguo mundo indoiranio, y a través fundamentalmente de las legiones y los soldados de Roma,  se va a expandir en el Imperio la religión del mitraísmo.

En ésta, el Dios Supremo es identificado con el Sol. Entendido éste como símbolo del principio superior auto luminoso, que tiene en sí mismo y no en otro, la fuente de su luz y su ser.

En Roma y por influencia del mitraísmo, el culto al Sol adquirirá carta de naturaleza a través del emperador Caracalla, primero vinculándolo al culto a Apolo, y después a lo largo del siglo III y de mano de los emperadores Heliogabalo y Aureliano, convirtiéndose en cabeza del panteón romano como Deus Sol Invicto.

Este “Sol Invicto” de Aureliano es un dios anicónico, sin figura corporal o representación en imágenes e iconos. Es un dios por decirlo así “metafísico”. Un Sol que no es entendido en clave astronómica o naturalista y que tampoco pretende suplantar a ningún otro dios, porque precisamente está por encima de todos los dioses. Es el símbolo del “principio supremo”, del “motor inmóvil”, del generador y sustentador de toda luz, de toda vida, de toda fuerza, más allá de las vicisitudes de la existencia condicionada. Más allá del espacio y el tiempo y el devenir del mundo contingente.

La fiesta del “nacimiento” de este Sol Invicto (Dies Natalis Invicti Solis) la fijará el propio Aureliano en el solsticio de invierno, es decir el 25 de diciembre. Y esto se hará con toda la carga simbólica que esto implica: tras el solsticio de la noche más larga, el sol renacía de nuevo siempre triunfante e invicto frente a las potencias de la oscuridad y el caos. Más allá del mundo condicionado del devenir, la “Luz Suprema” ni se aparta ni se agota y una y otra vez renacía triunfante mostrando “el Camino”.

La efeméride se celebraba por todo lo alto con vistosas ceremonias y juegos en el circo, y a su vez quedaba impregnada de una clara impronta de mitraísmo. Pues Mitra, el dios solar llegado de la antigua Persia que tanto predicamento tenía entre las legiones, también había nacido un 25 de diciembre y era fácilmente equiparable al Sol Invicto de Roma.

El emperador Constantino hizo al Sol Invicto su suprema divinidad y conforme a la doctrina religiosa y espiritual de Roma, se hizo identificar con el mismo Sol Invicto. Como su Imperator y Pontifex en la Tierra.

Aquí hay que entender que Roma no estará intentando negar la religión anterior, sino armonizar el antiguo politeísmo grecolatino con la idea de un Dios Supremo, siendo politeísmo y monoteísmo, distintas expresiones de una misma realidad superior y divina.

Ahora, todo esto ocurría en paralelo al desarrollo del cristianismo, que era la otra gran religión llegada de oriente próximo. Religión que también manejaba ideas y principios paralelos a los que se estaban dando en torno al mitraísmo, y que habiéndose convertido en la religión preferida por las clases populares, era por decirlos así, el “competidor directo” de la religión de Mitra.

Es a partir de aquí que entraremos en uno de esos momentos decisivos de la Historia… La convivencia posiblemente un tanto confusa, entre el antiguo politeísmo pagano, el mitraísmo y el culto romano al Sol Invicto, así como el pujante y cada vez más popular cristianismo, llevó a Constantino mediante el edicto de Milán (313 d.C.), a establecer la libertad religiosa en el Imperio. Poniéndose fin a siglos de recelo y persecuciones contra el cristianismo. El propio Constantino se convertirá a la religión cristiana y ese Dios Supremo anteriormente llamado Apolo y posteriormente Sol Invicto, pasara a ser ahora el “Cristo Jesús”.

El recién reconocido cristianismo, con valedor en el mismísimo emperador, se convertirá a partir de ese momento en el rival declarado del mitraísmo. Pues las similitudes entre ambas religiones, así como sus disparidades irreconciliables, condujeron a la necesidad de que solo una de ellas prevaleciera…

Es así que a través de un proceso de sustitución y apropiación el concilio de Nicea (325 d.C.) fijará el nacimiento de Jesús como “Sol Verdadero”, el 25 de diciembre.

Esto se hará sin necesidad de forzar la propia doctrina cristiana, pues en ésta los profetas Isaías y Malaquías, habían anunciado la llegada del “mesías” como Luz y Sol en la oscuridad, y eso precisamente, es lo que se simbolizaba en las fiestas del solsticio de invierno.

Del mismo modo, en el evangelio según san Juan, la idea de la Luz Suprema y su asimilación a Jesucristo ocupará un lugar fundamental: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la Luz brillaba en la tinieblas, y las tinieblas no podían sofocarla…” (1,4-5).

Es decir, la imagen de Jesucristo como Sol Invicto, fue aprovechada para la evangelización y la expansión del cristianismo. Planteándose la persona de Jesús como la plenitud del Dios Supremo en la Tierra, como Hombre y como mártir, para la redención del resto de todos los Hombres. Todas las religiones previas serán consideradas entonces como aproximaciones limitadas o directamente fallidas, de una plenitud, que solo en Cristo alcanza su verdadera realización.

En todo caso, el proceso de cristianización del antiguo mundo romano será largo y en ocasiones confuso. Y así en el siglo V el papa León Magno, señalará preocupado como los fieles en muchas ocasiones, antes de entrar en el templo, se volvían y saludaban al Sol…

Fue necesario entonces realizar precisiones teológicas indicando que en la Navidad se celebraba el nacimiento del “creador del sol”, y no al “sol como creador”…

La imagen de Jesucristo como “Sol Victorioso” queda en cualquier manera vinculada a la tradición cristiana y la Eucaristía será representada como un círculo que emite rayos brillantes y del mismo modo las custodias,  tendrán esa simbología solar.

En definitiva el largo y complicado proceso histórico, cultural, religioso y espiritual del Imperio Romano y la Tardo Antigüedad,  habrá conducido a través del henoteísmo pagano y de la idea del Dios Supremo, a un escenario de convivencia, influencia y pugna entre distintas posibilidades religiosas en la que dejando atrás el mitraísmo y el Sol Invicto romano, el cristianismo habrá salido vencedor.

En dicho proceso el cristianismo habrá hecho suya la fiesta del 25 de diciembre ubicando en dicha efeméride, el nacimiento de Cristo. Siendo esa y desde el concilio de Nicea en el 325 d.C. la fecha de la Navidad.

El cristianismo salía así vencedor del proceso religioso y espiritual del Bajo Imperio, pero no lo hacía sin quedar influenciado por dicho mundo y sus tradiciones, incorporándolas entonces a su acervo y su doctrina. Conduciéndose a partir de ahí y a través del catolicismo medieval, de acuerdo a lo que algunos han llamado “heleno cristianismo”: Cristianismo europeo o europeizado que se contrapondrá a la impronta judeocristiana propiamente dicha.

Los conflictos medievales entre el Emperador y el Papa y posteriormente entre el catolicismo y el protestantismo, parecerán apuntar en la dirección de ese alma dual de la tradición cristiana. Un tema apasionante que por ahora y sin embargo, dejaremos para otra ocasión…

La tradición y los orígenes remotos de las cosas. Las creencias espirituales, la religión y la magia. Todo ello conforma hoy día el alma oculta de nuestras ciudades y pueblos… valgan entonces nuestras Rutas por Toledo para desvelar el misterio…

Artículo elaborado a partir de “El origen de las fiestas. La cristianización del calendario”. De Domingo Domené Sánchez. En Ediciones del Laberinto. 2010. Pág. 218-223.
 Gonzalo Rodríguez García.

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Odiseo: ¡Presente!

En la Ilíada Odiseo aparece como un terrible guerrero (Canto X y XI) que en varias ocasiones convence a las tropas griegas para que no abandonen la llanura (Canto II, XIV). Se le presenta también como un hábil diplomático que, aunque fracasa en su primera tentativa de apaciguar a Aquiles (Canto IX), furioso contra Agamenón porque este le había arrebatado a su cautiva Briseida, logra finalmente llevar a buen puerto la negociación que devolverá a Aquiles al campo de batalla (Canto XIX); anteriormente Ulises había conseguido que Agamenón restituyera a la cautiva Criseida a su padre sacerdote de Apolo (Canto I).

Sin embargo, Odiseo queda definitivamente consagrado en la Odisea. Todo el relato se organiza en torno a el, «el hombre de los mil recursos» (Canto I): es el ausente que busca a su hijo (II, III, IV) antes de que su presencia le sitúe en el centro del relato; narra sus propias aventuras a Alcínoo (Canto V a XII) y el lector asiste a su regreso de Ítaca y a su venganza (Canto XIII a XXIII). En todas las circunstancias el héroe se muestra «magnánimo», fiel a sus amigos y a su familia, sagaz y valeroso.
Esta misma imagen es la que refleja la pieza de Sófocles Áyax, que opone a un Odiseo prudente y comedido a un Áyax atacado por una locura asesina y descontrolada. En la pieza de Sófocles Filoctetes, Odiseo, entregado en cuerpo y alma a la causa griega, consigue con su astucia habitual que el último compañero de Heracles les entregue el arco y las flechas necesarias para la victoria griega. Sófocles trató la muerte del héroe en Ulises herido, de la que sólo se han conservado algunos fragmentos. En esta obra, Telégono, el hijo que Odiseo había tenido con Circe (XII), llega a Ítaca y mata a su padre ignorando su identidad.
En el siglo IV a. C. Aristóteles pone la Odisea (Poética, VIII, XVII) como modelo de relato organizado en torno a un tema único: Ulises. Platón, sin embargo, la condena como ficción (La República, III). Los estoicos proponen a Odiseo como ejemplo de buena conducta: es «el héroe paciente» por excelencia. Virgilio se inspira en la invocación de los muertos que hace Odiseo (Odisea, XI) para escribir el canto VI de la Eneida, donde se desarrolla el descenso al Hades de Eneas. Horacio celebra la templanza de Ulises (Epístolas, 1,7) y Séneca su prudencia (Cartas a Lucilo, XX, 123). Los libros XIII y XIV de las Metamorfosis de Ovidio presentan al elocuente Ulises vencedor de Áyax, la rabia de Polifemo, engañado por el héroe y los maleficios de Circe.

Cuando leemos la Odisea, Odiseo es un ejemplo de la conexión directa que tenía con su alma. Exploró sus propias virtudes (inteligencia, paciencia, creatividad, intuición, aceptación, humildad, entre otras cualidades) a través de veinte años que duró su periplo hasta alcanzar su hogar. Muchos avatares, sufrimientos, pérdidas de seres queridos y compañeros de guerra, incluso se vio abandonado por los dioses a seguir escalando a través de los escombros de todos sus torcidos sueños hasta que aprendió a distinguir entre lo que decía su mente y lo que decía su corazón. Odiseo aprendió a controlar las propias emociones para poder percibir la comunicación interna entre el cuerpo y el alma. Durante su regreso a Ítaca (su hogar), para encontrarse de nuevo con su mujer e hijo, el desafío diario que estaba sometido era extremo, agotador, imposible de superar. Sin embargo, el héroe nunca se acomodó en el asiento negativo de la vida y combatió con mente, cuerpo y alma todos los obstáculos terrenales, incluso, llegando a dominar su propia naturaleza interna.

Odiseo creció espiritualmente, nunca se sintió víctima, ni tampoco culpó a los demás. Se levantaba con cada golpe que recibía. Cambió de actitud, bajando al Hades (al mundo del infierno) para invertir su brújula interna, buscando el lado positivo de las cosas y rompiendo todas las ataduras que le mantenía ligado al sentimiento de victimismo logró imponer su luz espiritual ante la sombra oscura y fatalista que le acechaba en cada momento. Tras salir del Hades, siguió su recorrido con pies firmes, pero, sobre todo, conectado con la Realidad, aprendiendo las lecciones en su camino con sabiduría. La evolución eterna de Ulises es un fiel reflejo de este viaje humano que tenemos que recorrer.

En los tiempos actuales de nuestra sociedad, las huellas de Odiseo, Homero y de los héroes mitológicos aún perviven con nosotros hilvanando todas las virtudes del mundo griego. La paciente Penélope se ha inmortalizado en el techo de San Jerónimo (Iglesia de la Concepción de Granada) reflejando sus virtudes (inteligente, paciente, fiel, refinada…) en la esposa del Gran Capitán, doña María Manrique. Precisamente, de alusiones mitológicas está llena la cubierta de la iglesia, todo un recorrido histórico-literario para recordarnos los valores del Renacimiento español. En la iglesia de San Jerónimo, al Gran Capitán se le representa como un hombre virtuoso y con un historial rico en hazañas y proezas, por eso se destacan ocho figuras que guardan una correspondencia directa con él: Homero, Escipión, Marco Tulio Cicerón, Julio César, Pompeyo, y Aníbal, entre otros. Homero va relatando las hazañas de estos ingentes hombres para que sus recuerdos pervivan para siempre. Concretamente, en la imagen de abajo, Homero representa una cosmovisión amplia, clara, armoniosa y espiritual, mostrando la luz de todo lo que existe y sucede.

También destacamos las figuras relacionadas con las virtudes de la duquesa doña María Manrique, que son cuatro de origen bíblico y otras cuatro de origen mitológico. Las bíblicas son Judit, Ester, Débora y Abigail, representando la Fortaleza, la Templanza, la Justicia y la Prudencia.

En cuanto a las figuras de origen mitológico, son Artemisia, Alcestis, Penélope y Hersilia,  con las que la duquesa se identificaría por su entrega a sus respectivos esposos: Artemisia por haber encargado el gran Mausoleo para su esposo Mausolo, Alcestis por haber ofrecido su vida para salvar la de su marido, aunque en el último momento fuera salvada por Hércules, Penélope por su paciencia y fidelidad esperando tantos años el regreso de Odiseo y Hersilia por su fecundidad al haber dado un heredero a Rómulo.

Los relieves nos señalan temas tan evocadores sobre la vida y la muerte, el hombre y dios, la libertad, el destino, todo bajo la tela del relato mítico, sin dogmas ni credos religiosos.

Son evidentes muchas analogías entre el mundo de Odiseo y el Gran Capitán. Ambos son héroes épicos que adquieren su gloria en el campo de batalla. Otra característica que comparten es que los dos están por encima de los demás seres humanos. Otra seña de identidad muy común es que ambos están unidos por un cordón espiritual inquebrantable, moviéndose entre lo divino y lo humano, buscando el amparo celestial para acometer sus respectivas empresas.

En definitiva, presentamos dos mundos donde el mito es perenne en ambos lados de la historia; el mundo de que hablamos es un mundo trascendente de la vida más allá de lo cotidiano, más allá de lo mundano. Ambos héroes son referentes para recuperar la fuerza del mito en el mundo presente desde un punto de vista espiritual. Hay que distinguir el Ser del Devenir, salir de este desorden mundial. Odiseo, el Gran Gran Capitán, grandes leyendas por sus grandes gestas, nos aportan fuerza interior y a explorar los recovecos internos de nuestro Ser. Son referentes para romper las barreras de nuestros mundos interiores.

VÍNCULOS ODISEO/GRAN CAPITAN:

  • Desintegración de sus egos.
  • Cosmovisión de la vida trascendental y espiritual.
  • La espada como símbolo de equilibrio, fuerza, justicia.
  • Búsqueda de la verdad.
  • Honor, patria, respeto hacia lo sagrado.

Referencias:

http://aracelirldeloleoalcincel.blogspot.com/2019/07/el-monasterio-jeronimo-de-granadala.html

https://viajarconelarte.blogspot.com/2015/09/la-iglesia-del-monasterio-jeronimo-de.html

Imágenes:

Por cortesía de Sagrario Malagón.

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Aquiles

Estatua de Aquiles en Corfú, Grecia.

La lucha del hombre con el tiempo aparece de manera evidente en todas las manifestaciones del arte, de la literatura y de la religión en el mundo clásico. Pero es el mito la forma más eficaz de combatir la fugacidad y la caducidad de lo humano, pues el mito de por sí ya es una herramienta para no caer en el olvido.

Aquiles, por ejemplo, combate la fugacidad y la caducidad del hombre eligiendo la gloria eterna, imperecedera, pero pereciendo joven en el campo de batalla para permanecer con nosotros gracias a Mnemósine, la memoria. Tras la muerte de un héroe, por tradición, este recibía un culto exclusivo, pero no está en modo alguno a la altura de una divinidad. Tampoco es un ser humano pues ha sido capaz de romper las ligaduras que atan al ser humano con la esfera terrenal. En otras palabras, ha dejado de ser un hombre para convertirse en un héroe. La muerte le ha elevado a un estatus de figura religiosa que aún sigue activa en el mundo intangible. La polis puede solicitar su ayuda, se dirige a él, le invoca, cantando sus heroicidades, pero también recuerda sus sufrimientos. Posiblemente, dentro de la tradición católica, nos lleva a relacionar la figura del héroe con sus santos tras ser conferidos mártires y protectores locales, patronos de una ciudad, es decir, siendo figuras mediadoras entre el hombre y la divinidad. Sin embargo, hay diferencias entre ambos. Los santos, por un lado, aceptan el plan divino en buena parte por su sumisión a los designios de Dios, y hacen de puente para aquellos mortales que no han alcanzado la vida eterna. Ellos son los ungidos de Dios, paladines de virtudes morales e inquebrantable fe; por otro lado, los héroes incurren en horribles desmesuras (hybris), haciendo el bien y el mal, no se cuestionan la idea de la virtud y desde luego, se oponen a los designios de una divinidad, representada como caprichosa, hostil, envidiosa y que la mayoría de las veces son las grandes amenazas de muerte. Precisamente con la muerte que provoca la divinidad, el héroe finaliza su vida pero su heroicidad continúa eternamente y termina integrándose en el orden divino del mundo: estable, inmutable, sin ningún tipo de caos al que se había enfrentado a lo largo de su periplo como guerrero. De este modo, Aquiles se convierte en un legado lleno de relatos míticos y también en una figura de culto. Luego, los poetas de la antigüedad se encargan de inmortalizar sus hazañas post mortem.

Finalmente, el héroe pasa a tener un culto público con la participación activa de la ciudadanía, transformándose en un héroe cívico. La polis cristaliza el espíritu de dicho héroe, profundiza en sus hazañas conectándolo con los aspectos divinos y sensibles del mundo celeste. De esta manera, la ciudadanía se identificaba con sus dioses y con sus héroes, así también reconocía unos códigos cargados de valores que enraizaban el complejo mundo de su sociedad.

Aquiles, faro de inspiración para su pueblo Ftía (Tesalia) tuvo que elegir, según el oráculo, entre vivir una vida longeva, en familia pero anónima o bien ser Aquiles tal como lo conocemos hoy día. Aquiles comienza su leyenda justo cuando quiere formar parte de la gran lucha entre Occidente y Oriente, la Guerra de Troya, como lo fue en su días también las Guerras Médicas entre los griegos y los persas. Esta balanza entre Occidente y Oriente ha seguido después en la Era de Cristo con sus interminables guerras y continúa haciéndolo. Observar estos ciclos que se repiten nos lleva a recordar las historias y leyendas de los héroes de cualquier época (Aquiles, Ulises, Eneas, o no tan lejanas como el Cid, Pelayo, el Gran Capitán…).

Quizás tengamos que resaltar un mundo entero que tiene que ser revelado, un mundo que tiene que abrirse a la gloria de los grandes héroes y que forma parte de una historia que nos pertenece, en el sentido de una herencia que no podemos perder y mucho menos dejarnos pisotear y manipular.

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Tuffatore, tumba de la antigua Posidonia.

El nadador de Paestum, la pintura del techo de la tumba del Tuffatore, en el Museo Arqueológico de la ciudad, cerca de Salerno.KONTROLAB (LIGHTROCKET VIA GETTY IMAGES)

Autor:

JACINTO ANTÓN

Barcelona – 18 OCT 2022 

Fuente: EL PAIS

“Hochherziger Jüngling, fahre wohl!”, joven de gran corazón, que te vaya bien. Uno piensa en las palabras del célebre poema de Friedrich Schiller, Der Taucher, el buceador, sobre el joven que se lanza audazmente desde un acantilado a recuperar la copa del rey arrojada al mar, al contemplar la imagen no menos famosa y conmovedora del Tuffatoreel saltador o el clavadista, la pintura de un muchacho suspendido eternamente en el cielo en medio de un salto al agua en el techo de una tumba en Paestum, la antigua Posidonia griega, en la Campania italiana. La tumba del Tuffatore o del nadador está decorada con frescos en sus cuatro paredes que representan un simposio, un banquete, con parejas compuestas por un hombre maduro y otro joven. Pero es el que se pintó en el techo de travertino, en la losa que cierra como la tapa de una caja preciosa el sepulcro, el que se ha convertido en una de las obras artísticas más estudiadas y mencionadas de la antigüedad, y quizá la más perturbadora.

Es una escena enigmática, fulgurante, hermosísima, protagonizada por el chico que se lanza con gran estilo, desnudo, desde lo que parece ser una torre con plataforma. No se sabe a ciencia cierta qué representa esa pintura, tan plástica y conmovedora, llena de vitalidad, sensualidad y hasta erotismo, pero a la vez de insondable misterio y de una indescifrable tristeza; ni por qué se escogió un motivo —el salto al mar— que diríase tan poco apropiado para un contexto funerario. Se ignora asimismo quién era la persona enterrada en la tumba, más allá de que era de sexo masculino y probablemente joven, pues no había inscripciones, los objetos funerarios eran muy escasos (entre ellos un caparazón de tortuga y trozos de una lira), y los pocos huesos se perdieron antes de analizarlos.

El Tuffatore, ese Louganis de ultratumba de cerca del 480 antes de Cristo, con toda su carga poética, estética e histórica, no ha dejado de emocionar e intrigar desde el hallazgo de la sepultura en 1968 (por el arqueólogo italiano Marco Napoli), despertando en todo observador profundas sensaciones y un inexplicable estremecimiento, artístico y espiritual, como si contuviera un secreto a la vez del pasado y de la existencia. Su contemplación provoca efectos similares a las de las pinturas rupestres de la Cueva de los Nadadores en el Gilf Kebir que descubrió el conde explorador Laszlo Almásy (el de El paciente inglés), los saltos de trampolín inmortalizados por Leni Riefensthal o John Gutmann, o la gran zambullida de Hockney.

Aparte del debate sobre a qué tradición cultural pertenecen la tumba y sus pinturas (griega, de los pueblos itálicos de la zona, incluso se ha especulado con que fuera la sepultura de un etrusco), la figura del saltador se ha vinculado a tradiciones pitagóricas u órficas sobre el Más Allá, a ideas salvacionistas, a la metempsicosis…; se la ha visto como representación metafórica de la vida como intervalo entre dos nadas (el nacimiento, el inicio del salto, y la muerte, el agua), y se la ha convertido en un poderoso símbolo existencial. Hay que recordar que el katapontismos, lanzarse al agua desde las alturas, está también vinculado en la Antigua Grecia a la ordalía, el castigo y el suicidio (como en el caso de Safo).

Alguien ha dicho que es la pintura antigua que ha provocado el mayor impacto sobre la cultura visual moderna, y el cineasta Claude Lanzmann le dedicó un arrebatado ensayo (publicado por Confluencias, 2014). El autor de Shoah ya había estado en Paestum en los años cincuenta antes del descubrimiento, con Sartre y Simone de Beauvoir, y se había conmovido con sus majestuosos templos dóricos (que pintó Turner, por cierto); pero cuando años después vio el Tuffatore, al que calificó de “divine plongeur”, sublime nadador, la conmoción fue extraordinaria: “Nunca hubiera imaginado ser tocado en medio del corazón, trastornado en lo más profundo de mí mismo, como lo fui el día que se me apareció, arco perfecto, como si se zambullera sin fin en el espacio entre la vida y la muerte”. Por su parte, Eugenio Montale le dedicó un poema: “El Tuffatore captado al ralentí/ dibuja un arabesco arácnido/ y en esa figura tal vez se identifica/ su vida”.

A aportar claves para dilucidar la pintura y su sentido ha dedicado ahora un libro breve (poco más de 150 páginas) pero intensísimo, lleno de erudición y a la vez de sentido de la maravilla, Tonio Hölscher, profesor emérito de Arqueología Clásica en la Universidad Ruprecht Karl de Heidelberg. Hölscher, de 82 años, es un especialista de los monumentos estatales de Grecia y Roma, las imágenes mitológicas griegas y el urbanismo de la antigüedad, y ha trabajado en la sede del Instituto Arqueológico Alemán en Roma. En El nadador de Paestum, juventud, eros y mar en la Antigua Grecia (Crítica, 2022), el estudioso presenta un giro radical en la interpretación del Tuffatore desvinculándolo de la explicaciones escatológicas y simbólicas —tan sugestivas— para proponer que la figura representa una escena real: exactamente lo que vemos, un joven lanzándose al agua.

Reconstrucción de la tumba del Nadador de Paestum.

“Es un libro que se mueve en los límites de la disciplina, en parte académico pero pensado para un público amplio, con atención a la emotividad que despierta la pintura y su hálito poético”, explica Hölscher en conversación telefónica. Al comentarle que la lectura del libro ha coincidido en el caso de su interlocutor con la pérdida de un familiar más joven y vinculado de una manera casual al nadador de Paestum (cuando falleció dos hermanos estaban visitando la ciudad y contemplando la pintura en su museo arqueológico), el estudioso lamenta la triste coincidencia. “A mí también, en un sentido muy diferente, es una imagen que me toca de manera especial”.

“Su iconografía es única”, prosigue Hölscher. “Hay algunas cosas parecidas, pero en ciertos aspectos no hay nada igual, interesa no ya como arte sino como elemento de la vida social, política y afectiva, y nos permite explorar aspectos fundamentales de la cultura griega”. Al investigador, que tiene muy claro que hay que ubicar al nadador de Paestum en un contexto griego, le ha interesado mucho lo que revela la tumba sobre la relación de los jóvenes, “la esperanza de la sociedad”, con los adultos en el mundo clásico, “una relación muy distinta a la nuestra”. Y “la importancia de la belleza, que no es en ese mundo solo algo relacionado con el aspecto exterior, sino una calidad social”. Hölscher recalca que en el universo griego, “la belleza no constituye únicamente un rasgo físico sino espiritual y ético; el cuerpo sano y fuerte es bello y un instrumento de excelencia humana”. En ese contexto, ha de entenderse su aseveración de que el nadador de Paestum, el Tuffatore, es una representación realista, “lo que no quiere decir trivial; se trata de una realidad que no es banal sino significativa”. Ese, subraya, es el núcleo teórico de su libro.

“La opinión común hasta ahora era que se trataba de una imagen de simbolismo escatológico”, explica. “El joven no saltaba al mar, sino que realizaba un tránsito de la vida a la muerte, el mar era la eternidad, etcétera, etcétera. Había consenso sobre esa interpretación. Considerar que no, que se trata realmente de un salto, es una idea que ha tardado en cuajar, pero que cada vez convence a más estudiosos”. Se ha tenido que vencer también un tópico que era el de la mala relación de los griegos con el mar. “Era una relación muy intensa y, como en otras culturas marinas, ambivalente, de miedo y fascinación, pero desde luego, pese a que algún erudito lo niegue aún, los griegos nadaban y les gustaba hacerlo. De hecho, hay un proverbio griego que iguala no saber nadar a no saber leer. Y tenemos ejemplos elocuentes de la pericia de los griegos como nadadores, como el del famoso buceador Escilis [sale en la secuela de 300] y su hija Hidna, que sabotearon los amarres de la flota de Jerjes en el cabo Artemisio”. Sabemos de un pugilista olímpico que entrenaba nadando, y en el santuario de Dionisio Melanaigis en Hermíone, en la Argólida, se realizaban concursos de natación y salto al agua.

Hölscher deplora, pues, los muchos prejuicios con los que se ha abordado la imagen del nadador de Paestum, “el mayor, ese simbolismo escatológico que a veces tiene una proveniencia cristiana”. El estudioso insiste en la realidad del salto del Tuffatore, “un efebo que en su tránsito hacia la edad adulta demostraba su capacidad atlética y su valor lanzándose ante los ojos de hombres adultos que sentían atracción erótica por los muchachos, a los que introducían en el mundo de ciudadanos de la polis”. El salto tiene pues parte de rito de tránsito, pero no es una metáfora, sino una imagen real, de algo que sucedía y que no era solo un pasatiempo, sino una actividad social”. El profesor ha observado la continuidad de la práctica de arrojarse los jóvenes al mar desde las alturas en Polignano a Mare, en el litoral de la región de Apulia (vecina a la Campania). “Se lanzan al agua, se tuffano, desde alturas increíbles, y se les admira por ello”. En el lugar se celebran las finales del Red Bull Clift Diving, una competición internacional de saltos de acantilado.

Destaca Hölscher que el salto del bronceado nadador de Paestum revela una gran técnica y es el resultado de mucha práctica. “El único aspecto no realista es la cabeza, que lleva en alto y no entre los brazos, pero mostrarla es importante en el arte griego, es una convención”. El Tuffatore exhibe el sexo. “Sí, eso era importante también, porque la escena tiene un componente homoerótico corriente en el contexto”. Es un miembro pequeño, si se permite la comparación. “Es la convención, no es una infantilización, es que los griegos preferían el sexo no muy grande; representarlo grande les parecía de mal gusto”.

La escena es muy bella. “Hay una maravillosa armonía en la pintura, con esos árboles que parecen tender sus ramas desnudas hacia el saltador. El mar está representado de una manera delicadísima, muy hermosa”. La plataforma desde la que salta “es un misterio”: “No tengo una opinión definitiva sobre qué es esa estructura. Parece una especie de torre de piedra, pero no hemos encontrado nada similar en la arqueología. Quizá fuera una construcción de madera, es posible que existieran torres así. Buscando un lugar para imaginar una escena similar lo encontré en la isla de Tasos, en el Egeo, donde hay algunos de los mejores acantilados de Grecia. No hay torres para lanzarse, pero sí puntos en los que está acreditado que se lanzaban los jóvenes, por inscripciones en la roca. Son grafitis de admiración por esos muchachos bellos y muchos de ellos solo se pueden leer desde el mar”. Posidonia, rebautizada Paestum por los romanos, estaba en la orilla y de hecho tomaba su nombre griego del dios del mar. No se ha probado que hubiera acantilados desde los que se lanzaran los jóvenes al agua, pero Hölscher considera lógico pensar que existieran y que algún día se localicen.

Sobre la identidad del nadador de Paestum, reflexiona Tonio Hölscher, “hay especulaciones, pero es difícil decir algo con seguridad. Debía ser un miembro de la élite de la ciudad, culturalmente griego. Podría ser alguien muerto en la juventud. Los griegos hacían las tumbas y monumentos funerarios más bellos para los que morían jóvenes, era algo que los conmovía mucho”. ¿Es la tumba el encargo de un amante? “No, siempre era la familia; posiblemente la hicieron construir en recuerdo de esa juventud que se expresa con tanta vitalidad en el salto eterno del Tuffatore”.

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La naturaleza del hombre en el mito griego

Museo Nacional del Prado. Madrid.

La ascensión de Heracles al Olimpo en un carro tirado por cuatro caballos simboliza que Heracles era un héroe solar patrono de los juegos olímpicos. Cada caballo representaba un año, mientras que los cuatro caballos juntos representarían los cuatro años que transcurrían entre los juegos olímpicos.

Todo héroe alcanza su máxima capacidad productiva y su mejor estado posible cuando desarrolla plenamente su naturaleza. A esto se le conoce como la arete, la virtud. El hombre está inclinado hacia ella mediante las fuerzas germinativas que lleva consigo desde su nacimiento, pero son «semillas», «chispas» y él mismo debe alcanzar el desarrollo y la virtud con su esfuerzo. Heracles es un buen ejemplo de ello.

La sensibilidad griega no se expresa en el «tú debes», sino en el «tú puedes». Las plantas o los animales portan en sí una determinación propia e innata que le hacen alcanzar una satisfacción acorde con su naturaleza; del mismo modo, el hombre tan sólo debe desarrollar plenamente su peculiar esencia para alcanzar su naturaleza, la arete, y en ella también debe residir su eudaimonía, palabra griega que originalmente significa que el hombre tiene su propio daimon por el que es guiado.

Daimon es sinónimo de Theos (Dios), pero en Homero y en Hesíodo se refiere a los dioses o a la divinidad, en general. Por ejemplo: Cuando Homero dice de Licaón que un dios “lo lanzó en las manos de Aquiles” (Ilíada XXI, 47), no se refiere a un dios en concreto, sino a un demonio (daimon). En Homero la palabra daimon se aplicaba a los dioses en cuanto poder indefinido; sin embargo Hesíodo es el primero en referirse con esta palabra a divinidades menores (Trabajos y días v. 123).

Por lo tanto, los démones de Hesíodo no actuaban como seres intermedios entre los dioses y los hombres. Eran concebidos como seres inmortales que moraban en un plano intermedio,  participando de la acción invisible y la vida eterna de los dioses. En Homero, el demonio ejercía sobre la humanidad una acción bienhechora o funesta (Ilíada, XV, 418, 468; XXI, 93). De aquí surgió el término  polidemonismo, es decir, la creencia en muchos demonios que circundan la vida del individuo.

En el ámbito filosófico, Pitágoras expresa “el aire está todo lleno de almas a las que se llama demonios y héroes. Son ellas las que envían a los hombres los sueños y los signos de la enfermedad y la salud” (cf. D. L., VIII 32). Aquí el término cambia drásticamente, con respecto a Hesíodo y Homero, pues los pitagóricos enfatizaban la idea de que el alma recibía en cada renacimiento un nuevo daimon.

En Platón, el término demonio va oscilando por matices muy concretos: el demonio asesor que guía al hombre durante su vida y conduce su alma ante los jueces después de su muerte (Fedro, 242); el demonio-alma, alma razonable dada a cada hombre (Timero, 41ª); y, por último, el producto de un dios y una mortal (Leyes, IV, 717b).

En Sócrates, se refiere al guía del alma durante la vida y después de ella, es un protector personal que acompaña y conduce.

“Me sucede no sé qué divino y demoníaco…Es una voz que se hace oír por mí y que, cada vez que eso me ocurre, me aparta de lo que eventualmente estoy a punto de hacer, pero que nunca me empuja a la acción” (Apología de Sócrates, 31d).

¿Cuál es la naturaleza del hombre?

Las corrientes filosóficas griegas expresan que sólo el logos puede indicar al hombre su fin y conformar correctamente su vida.

En el mundo de la Tradición, indica que el hombre comparte el principio activo de la eternidad (el Atman). Así se entiende que el hombre se considere eterno, pero no inmortal; todo lo contrario que los dioses.

El Atman solamente anida en el hombre, en estado aletargado, es la semilla divina. La finalidad del hombre es el despertar de la semilla divina a través de la iniciación. Heracles (con la realización de los doce trabajos), Jasón (en la búsqueda del Vellocino de Oro), Ulises en su regreso a Ítaca, son ejemplos claros donde se dan los procesos iniciáticos para el despertar de la divinidad en el hombre.

En definitiva, con Heracles aprendemos que la naturaleza del hombre se dirige al desarrollo y mantenimiento de nuestra esencia dada por la naturaleza. Si le damos la espalda a lo Trascendente, nos desviamos de nuestra naturaleza, nos separamos de nuestras raíces, es decir, todo lo que es de Origen Divino junto con sus múltiples manifestaciones en el plano humano. La ruptura hombre-divinidad se da cuando no reconocemos nuestra verdadera naturaleza. Heracles, Jasón, Teseo, Odiseo nos recuerdan en sus relatos perennes nuestra naturaleza divina y la lucha diaria y continua que tenemos que librar para alcanzar este desarrollo espiritual.

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Sobre el destino de los héroes

El héroe clásico concibe el mundo como un campo de batalla donde proyecta su voluntad acorde con la idea del Orden de la manifestación, pero los caminos son múltiples y las hazañas son diferentes y muy desafiantes hasta que, por fin, el héroe cumple el último propósito de su destino que es el de encender la llama que anida en su interior. Esta llama perenne, algunos la citan como la Sabiduría, para otros es la Verdad; pero, en definitiva, la idea es manifestar la ley del cosmos en este mundo, cumpliendo así con la máxima “lo que es arriba es abajo”.

El héroe clásico tiene el mundo bajo sus pies y en ese mundo también se encuentran las fuerzas sutiles que dominan la naturaleza, una naturaleza que está constantemente en movimiento, que oscila entre morir y nacer. A esto hay que añadir un factor que va más allá del alcance del hombre y los dioses: el destino.

El destino para el héroe tiene dos vías: por un lado, seguir en su hogar y morir anciano al lado de su familia con una vida tranquila hasta que alcanza el final de sus días, sin dejar ninguna huella de resplandor y eternidad, cayendo así en el olvido para siempre, sin memoria…; por otro lado, la vida breve pero la gloria eterna de ser recordado como un héroe a través de todas las generaciones, como es el caso de Aquiles, o bien, alcanzar el Olimpo como Hércules, o el caso de Menelao, que vivió eternamente en los Campos Elíseos. En suma, héroes que eligieron la opción más difícil, el camino más arduo y tortuoso, como es el caso también de Eneas, héroe troyano que se exilió de su patria, moldeando su nuevo destino y aceptando así formar parte del elenco mundo heroico que deja atrás las comodidades, las riquezas, las alabanzas efímeras y las superficiales. En otras palabras, el héroe quiere ganar el combate más importante que se le presenta: alcanzar su propio destino.

El héroe clásico amanece con su espada afilada para entrar en combate, pero sin temor. Las armas de los héroes caídos son los trofeos a disputar en los juegos agonales funerarios, bajo la atenta mirada de la Niké, la diosa alada de la Victoria, que muestra el valor del esfuerzo, la convivencia, la fraternidad y el crecimiento espiritual. Poseer las armas de Aquiles, por ejemplo, dotaba al héroe de un vínculo más cercano con el rey de los mirmidones y, a su vez, reforzaba una relación fraterno-espiritual.

La cultura romana también tiene como filosofía de vida este sentimiento de victoria y el deseo de ganar. Sin embargo, fueron los griegos quienes levantaron una sociedad “agonal”, competitiva, luchadora, que, desde una temprana edad, les eran impuestos entrenamientos físicos obligatorios, manteniendo así una condición física inmejorable. Igualmente, también se participaba en los eventos deportivos como las olimpiadas. En suma, los juegos agonales eran un simulacro para la guerra, que era el principal objetivo. Pero, el héroe clásico, aquel que decide ir más allá de la guerra, más allá de la hazaña bélica, decide poner a prueba sus facultades físicas-espirituales y prioriza la conquista de su verdadera naturaleza a la decrepitud de la vejez.

Fresco del palacio de Aquileón en Corfú, Grecia: Aquiles elige la gloria eterna, imperecedera, arrancando la flor de su juventud para permanecer con nosotros gracias a Mnemósine, la memoria. Aquiles arrastra el cadáver de Héctor frente a los muros de Troya.

LOS TRABAJOS DE HÉRCULES s. III. MOSAICO DE LIRIA. VALENCIA. | mosaicos  romanos

Hércules, héroe por excelencia en el mundo grecorromano, a través de sus doce trabajos, alcanza la apoteosis con la ascensión al Olimpo. Una vez que se fraguó la voluntad divina, se instauró el Orden después del Caos, porque precisamente el héroe se rodea de un mundo caótico, en ruinas, rodeados de monstruos, de seres de naturaleza salvaje e indómita, pero, precisamente, el propio héroe da respuesta a estos desafíos del devenir y nos enseña a combatir las múltiples caras del destino.

Los dioses lidian también con esta fuerza desconocida llamada destino. Un ejemplo que ilustra la idea del destino en el mundo olímpico es cuando llega la hora de la muerte de Sarpedón, hijo de Zeus, a manos de Patroclo. A pesar de que la muerte de Sarpedón es discutida entre los dioses y Zeus quiere evitarla, finalmente se dictamina lo que está escrito en el destino de Sarpedón:

[Hablando de Sarpedón] deja que muera a manos de Patroclo en reñido combate; y cuando el alma y la vida le abandonen, ordena a la Muerte y al dulce Hipno que lo lleven a la vasta Licia, para que sus hermanos y amigos le hagan exequias y le erijan un túmulo y un cipo, que tales son los honores debidos a los muertos. (Ilíada, Canto XVI).

Ya sabemos que el destino es inescrutable. Ni los propios dioses pueden dominar esta vasta fuerza que se les escapa de sus dominios.

A escala terrenal, el destino del hombre se caracteriza a través de la vejez (Geras), el Engaño (Dolos), el Hambre ( Limos, Etón), y las Moiras como la última estación del hombre. Las implacables Cloto, Láquesis y Atropo (la tríada temible de la que todo hombre quiere escapar) acechan al héroe en su caminar.  Zeus no puede salvar a su hijo Sarpedón y accede finalmente a lo que indica la balanza del destino; no obstante, Afrodita si salva a su hijo Eneas y le insufla en su mente un propósito nuevo para el que ha sido elegido. El destino nos puede resultar en ocasiones caprichoso, pero no es tal como lo pensamos.

El destino es tal como es. En nuestra mente limitada no podemos alcanzar a entender la fuerza del destino y sus dictados cósmicos. Estamos aún muy lejos…

En la imagen de arriba, Eneas representa al héroe clásico que hemos descrito en párrafos anteriores. El héroe sufre la derrota de su patria por la cruenta guerra de Troya. Su alma oscila entre quedarse como esclavo de los aqueos, como trofeo, o bien iniciar su propia búsqueda de la verdad, su destino, la libertad…Es decir, Eneas debe reiventarse, recorrer el camino del Caos al Orden, buscar su sede, su camino y su misión, tal como hizo Hércules, Ulises, Menelao…En el cuadro de arriba se observa la huida de Eneas tras la caída de Troya.

El punto de partida de Eneas es la creencia en una eterna alternancia de mundos que nacen y desaparecen. Del mismo modo que hubo varias generaciones de dioses y de fuerzas sutiles que dominaron el cosmos, también en la tierra esos mundos se han de renovar. De aquí se interpreta que Eneas porta esa luz cósmica y renovadora, a pesar del aniquilamiento de su patria y así el destino teje un nuevo sendero para el héroe troyano. Se abre una nueva vía de iniciación para el héroe que la acepta y se responsabiliza de su nuevo camino.

Breve reseña mitológica sobre Eneas

Eneas, Príncipe troyano, hijo de Anquises y de Afrodita (Venus). Su destino no estaba ligado a Troya, a pesar de casarse con Creusa, hija de Príamo y Hécuba, reyes de Troya. Eneas lleva linaje divino, pero era muy complejo que reinara en Troya junto a su mujer. Afrodita tenía para su hijo la misión de fundar una nueva Troya, arquetipo de la futura Roma, bajo la voluntad de Zeus (Júpiter). La Eneida relata el peregrinaje de Eneas a través del Mediterráneo y las dificultades que la enemistad de Juno (Hera) pone en el camino del héroe.

En efecto, Eneas posee un rango de héroe clásico, de linaje divino, con unas características muy afines al héroe tradicional. Para Platón (Leyes, IV, 716), el hombre que posee templanza interior, y control de sí mismo, es “amigo del dios”. Dioses y héroes fraguan un nuevo Orden, un mismo Destino. Aunque en el Olimpo Hera y Afrodita se enfrentan, Zeus se niega a favorecer a un bando u a otro cuando se da el decisivo combate entre Eneas y Turno que también pretendía la mano de Lavinia, hija de Latino, rey del Lacio. Turno cae en el combate final y Eneas reinará sobre un pueblo en el que se funden armónicamente las virtudes de los latinos y las de los troyanos.

“El arte de vivir es cambiar las hojas sin perder las raíces”.

Eneas, tras la caída de Troya, desconoce cuál es su lugar en este mundo. Su madre jamás le desvela su cometido como guerrero, pero sí que siente la llamada de que algo muy grande se está forjando dentro de él, porque es conocedor de su linaje divino.

Así que Eneas propone cambiar de vida, sin perder sus más auténticas raíces y sacro origen, pues de carecer de estos valores su objetivo final no tendría sentido y sería algo quimérico y fatalista. El guerrero guarda con mucho sigilo la memoria (Mnemósine, una de las fuerzas del mundo antiguo y fundamentales del origen del cosmos) como principal fortaleza, a pesar de que Troya ha sido conquistada, arrasada y aniquilada. Eneas trata de no olvidar quién es y se queda observando desde arriba, entre los escombros de su amada patria, sin pasado y sin futuro. Sin embargo, lo único a lo que se aferra es a la única realidad posible: el presente y sus orígenes. De aquí se entienda que el héroe convierta sus infortunios o lo de su patria en un diamante por pulir y cada abismo de oscuridad, en un nuevo foco de luz. El héroe debe seguir brillando portando la llama de su patria a su destino final. Troya no es el punto final, debió pensar un desalentado Eneas sobre las cenizas de la malograda Troya. Troya arde, pero Eneas atraviesa la noche de los miedos y la mala traición, ningún temor le asusta, ni siquiera las almas de sus compañeros caídos en combate, que pululan como fruta seca por el Hades,  le conmueve porque sabe que la fuerza inconcebible del universo le sostiene. Ni las muertes ni las persecuciones a los troyanos por parte de los aqueos pueden hacer nada para frenar a Eneas, porque el héroe toma consciencia y fuerza vital para llevar a cabo su propia odisea. Eneas conoció la mayor derrota de su vida, pero no se detuvo. Eneas comienza así a bailar con el universo. Tras huir de Troya, el héroe avanza hacia todas las dimensiones interiores, rompiendo las barreras físicas y mentales, hasta llegar a descubrir su objetivo, el triunfo de la eternidad.

Eneas pierde una batalla, pierde una guerra, pero el héroe jamás va a permitir aniquilar la integridad sagrada de su ser, sino que va a elevarla a lo más alto. Igualmente, Eneas no va a romper con su estirpe porque conoce perfectamente su linaje divino que lo considera mucho más valioso que un momento puntual histórico como fue la caída de Troya.

Memoria, vida, renacimiento, dioses y cosmos son las conquistas mistéricas contra el olvido, la muerte, lo finito y temporal que pertenecen a este mundo de apariencias. Al recuperar la memoria del pasado, el hombre se identifica con la divinidad. La memoria es el basamento de la sabiduría como el árbol con sus raíces, los frutos (futuro) serán su alimento.

Esto nos lleva a recordar un pasaje en concreto de la Odisea. Cuando Ulises y sus compañeros viajan al país de los lotófagos, donde sus habitantes comen loto (una planta con unas propiedades que te hacen olvidarlo todo)y no saben quiénes son, de dónde vienen, cuál son sus propósitos en esta vida, en fin, perdieron la existencia de sus vidas, dejaron de vivir como hombres y sus conciencias se evaporaron como el humo. Los compañeros de Ulises comieron de la planta y ya no desearon volver a su patria, ni tener proyectos ni ilusiones, ni ataduras, olvidaron su pasado y fueron presa de una vida engañosa y sin sentido. Ulises, al no probar el loto, es el único que está despierto y con conciencia y empieza a zarandear a sus compañeros para que salgan de la isla del olvido zarpando de nuevo en sus cóncavas naves, remando hacia el futuro.

No es de extrañarnos que, en el largo periplo de Ulises y su tripulación, en cada momento, la amenaza del olvido está presente, el desinterés de reencontrarse con su estirpe o la apatía de volver a su patria son las grandes batallas con las que tiene que lidiar Ulises para no perder su identidad. Digamos que el deseo de volver es el trasfondo del periplo de Ulises y sus compañeros. Volver a sus orígenes es estar en el mundo, es sentir la luz de la aurora y reencontrarse con el orden.

Eneas, paralelamente al viaje de Ulises a su patria, debe realizar su propio viaje, penetrar en su propia odisea, en un viaje hacia lo desconocido donde las fuerzas de la naturaleza se disponen a poner a prueba las capacidades del héroe troyano. Curiosamente a ambos héroes sienten que una densa y oscura nube se extiende sobre sus cabezas, como una turbia pesadilla, una sombra siniestra del Hades que le sigue allá por donde van, amenazándoles con el olvido y las ganas de regresar a sus orígenes, y si es posible , con la muerte final.

Nosotros no andamos tan lejos del periplo de Ulises o de Eneas, o ¿acaso la sociedad actual no se encuentra en el país de los lotófagos?

Eneas y Odiseo tienen mucho en común a la hora de poner en marcha sus viajes. Comparto el estudio del autor José Luís Calvo1 que refuerza mis reflexiones sobre el destino de los héroes y que comparto con vosotros:

  • Ambos tienen un único hijo: Ascanio/Telémaco.
  • Hay una divinidad que le protegen: (Afrodita/Atenea)
  • Hay una divinidad que impide que alcance su meta: (Hera/Poseidón).
  • El héroe encuentra dificultades para llegar a su destino: (Tracia, Creta, Sicilia, Dido/Calipso, Circe, Feacios).
  • Ambos reciben consejos de una adivina para descender al Infierno y recibir información más concreta sobre el desenlace final de su viaje y el futuro: Sibila/Circe.
  • Ambos héroes peregrinaron por muchísimo tiempo, conocieron lugares extraños y costumbres de muchos hombres y sufrieron también la pérdida de seres queridos.
  • Finalmente, alcanzaron el destino final: Lacio/Ítaca.
  • En su destino final ambos héroes tienen que combatir con el enemigo: pueblos itálicos/pretendientes.
  • Se restablece un Orden, la paz reina en ambos reinos.

Es cierto que hay matices diferentes que se deben tener en cuenta en ambos héroes:

  • Eneas tiene linaje divino por parte de madre (Afrodita) y Odiseo no presume de ser hijo de una divinidad, aunque Zeus lo tiene como un ser mortal con una inteligencia por encima de los demás mortales y siempre cumple sacrificios en favor de los dioses. (Odisea, Canto I)
  • El viaje de Odiseo es el regreso a su patria y, sin embargo, Eneas se dirige a conquistar una nueva tierra, tras la destrucción de la sacra ciudad de Troya.

«Es preciso, en las circunstancias presentes, estar en plenitud de fuertes como hombres valientes y no ceder, intentar encontrar la manera de vencer con honor y salvarnos. Y si no, moriremos con honor y jamás estaremos sometidos, en vida a los enemigos.» (Quirisifo)

Las huellas de un héroe están muy marcadas desde que comienza su odisea particular. La muerte amenaza en cada acción, en cada aventura, pero precisamente mediante el sufrimiento, la pérdida y la muerte de sus compañeros, el héroe, bajo su condición limitada, va adquiriendo grandeza y dignidad heroica. Esa luz interior va en aumento y ambos héroes no se encasillan como héroes trágicos. Ambos no luchan contra el destino, sino conforme a su destino.

Odiseo es puro carácter, irradia inteligencia, astucia, experiencia, es él mismo allá donde va. Su personalidad está llena de riquezas que se van revelando a lo largo de su viaje, siempre superándose ante cualquier adversidad, por muy cruel e injusta que fuera. Odiseo puede mostrar ternura y a la vez ira.

Cuando Eneas pone pie en Italia ya ha alcanzado su punto más alto de perfección, no comete errores. No tiene compasión cuando da muerte a Turno para hacerse con el poder y construir su nueva Troya. Afrodita consigue perpetuar el legado divino; Atenea ayuda a Odiseo a restablecer su microcosmos.

En ambos casos se da una reconciliación entre hombre-divinidad.

El ciclo iniciático ha finalizado.

Placa de terracota 450 a.C. Uno de los hilos dramáticos del relato del regreso de Odiseo es la revelación gradual de su identidad. Aquí, Odiseo aparece sentado ante la fachada de su palacio. La anciana nodriza, Eurykleia, le lava los pies, y lo reconoce por una vieja cicatriz.

(1) El Catedrático de Filología Griega expone varios estudios detallados sobre la Literatura Griega arcaica y clásica y destaca la figura del héroe griego y romano en su máximo cenit. Los estudios se recogen bajo el título Literatura al amanecer (2014).

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Las fiestas Anfidromias

Los niños eran considerados muy importantes por el simbolismo de pureza, e incluso tratados como dioses ya que el nacimiento se consideraba contrario a la muerte FOTO: DREAMSTIME

El mundo, tal y como lo conocemos, ha heredado una gran parte de las características, estilo de vida o cultura de la Edad Antigua. Tanto la época clásica de Grecia como la de Roma, dejaron costumbres que han llegado hasta nuestros días. Otras, aunque no se mantienen pero guardan relación, llamaban la atención y merece la pena recordarlas. Como es el caso de las fiestas Anfidromias, celebradas en la Antigua Grecia.

Estas celebraciones solamente son un ejemplo de que los hábitos y prácticas de la actualidad, por diferentes que sean, guardan una cierta conexión. Las Anfidromias tenían lugar para celebrar el nacimiento de un bebé, algo increíblemente importante para los antiguos griegos. En la religión griega, los niños eran considerados muy importantes por el simbolismo de pureza, e incluso tratados como dioses ya que el nacimiento se consideraba contrario a la muerte y eran los que, a priori, estaban más lejos de esta.

Mientras que hoy en día, un neonato es una bendición, trae dicha y alegría a la familia y conocidos, en la Antigua Grecia se preocupaban del futuro bebé desde que la madre sospechaba que podría estar embarazada.

Ilustres filósofos como Platón alentaba a las mujeres embarazadas a hacer ejercicio para que se facilitara el proceso de parto, mientras que Aristóteles sugería que debían comer adecuadamente. Y durante todo el embarazo, toda esa gente importante para la futura madre hacía un seguimiento de la preñez.

El día del nacimiento del bebé, solo estaba permitido que otras mujeres asistieran a la embarazada en el momento del parto. Nada de hombres, y ni siquiera el propio padre de la criatura podía estar presente. Por otro lado, el lugar en el que ocurría el parto era en el gineceo, un espacio de la casa reservado únicamente para las féminas, el cual solía ser el espacio más resguardado de la casa.

¿Qué eran las fiestas Anfidromias?

Hasta el quinto día, los bebés de la Antigua Grecia no eran mostrados al mundo. Para ello, se organizaban unas fiestas llamadas Anfidromias, a la que asistía toda la familia del recién nacido. En ella, el bebé era cargado en brazos de su padre, quien corría alrededor del fuego para mostrárselo a los invitados. Era en este momento cuando el neonato recibía el nombre, que de forma muy común, era el mismo nombre de su abuelo.

Poco después, algunas familias realizaban otra festividad, más distinta y formal. Solía llevarse a cabo por aquellas familias con mayor dinero, y se incluía un banquete y un sacrificio como motivo de celebración. Tras esta fiesta, tenía lugar la presentación oficial del bebé al resto de la sociedad, que coincidía con las fiestas de las Apaturias, celebradas una vez al año entre octubre y noviembre con motivo de honrar a las diosas Atenea o Afrodita, aunque en algunos casos, también se dice que eran dedicadas a Zeus y a Dioniso.

Era en el tercer día de estas festividades cuando se llevaba a cabo la presentación de todos los bebés de ese año. Esta ocasión, se aprovechaba también para registrar los nombres de los bebés ante la fratría, es decir, la agrupación social de la comunidad (lo que viene a ser el censo, como es llamado hoy en día).

Pero el género también era importante en el momento del nacimiento de los bebés. Los antiguos griegos alababan más a los bebés varones que a las hembras, ya que, según creían, los hombres tenían más facilidades de brindar una mayor estabilidad económica al hogar durante aquella época. Por otra parte, las nuevas niñas en ese mismo año no eran tan veneradas tras su nacimiento.

Fuente original:

La Razón. Cultura

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