Jenófanes de Colofón

Jenófanes de Colofón fue un poeta y filósofo griego, nació en Colofón, ciudad costera de Asia Menor. Su nacimiento y muerte es un debate abierto aún por cerrar, pero lo sitúan en el periodo presocrático. Según Aristóteles, Parménides fue su discípulo. El pensamiento de Jenófanes engloba una visión del mundo y de los dioses opuesta a los planteamientos de la épica homérica y hesiódica.

Jenófanes

Jenófanes

Jenófanes afirma que estos dioses no son más que una invención humana, creada a imagen y semejanza del ser humano, además de poseer todos los vicios más representativos, tales como la mentira, la corrupción, la traición, la venganza, entre otras cualidades, por lo que en ningún momento deberían ser referencia en el tejido social de la cultura griega. Cabe destacar, por lo tanto, que Jenófanes es un filósofo moralista preocupado por las posibles influencias que las creencias tradicionales podían tener sobre la sociedad griega. Jenófanes planteó una idea muy sencilla al criticar el antropomorfismo destacando que en cada región del mundo los dioses tienen las características de los habitantes de la zona: los etíopes dicen que sus dioses son chatos y negros, mientras que los tracios dicen que los suyos tienen ojos azules y son pelirrojos. Por lo tanto, Jenófanes destaca la existencia de un único Dios, sin apariencias y atributos de los seres humanos, siendo supremo y perfecto, oponiéndose totalmente a los planteamientos de los dioses homéricos. Sin entrar en cuestiones filosóficas más profundas, al plantearse muchas ideas controvertidas sobre la filosofía de Jenófanes, el autor manifiesta los límites humanos diciendo: ningún hombre conoció ni conocerá nunca la verdad sobre los dioses y sobre cuantas cosas digo; pues aun cuando por azar resultara que dice la verdad completa, sin embargo no lo sabe. Sobre todas las cosas no hay más que parecer.La interpretación tradicional afirmaba que Jenófanes se limitaba a expresar meramente la relatividad del conocimiento, al considerar que éste depende de cada individuo.Para terminar, unos versos de Jenófanes aclaran perfectamente el pensamiento aquí planteado:

Hay un Dios Supremo encima de todos los dioses, más divino que los mortales,cuya  forma no es parecida a la de los hombres como tampoco es semejante a su naturaleza;

pero los fútiles mortales imaginan que, tal como ellos mismos,

los dioses son procreadoscon sensaciones humanas,

con voz y miembros corpóreos. 

De esa forma, si los bueyes y los leones tuviesen manos

y pudiesen trabajar al modo de los hombres, 

y pudiesen esculpir con cincel o pintar su concepción de la divinidad, 

entonces los caballos retratarían a los dioses como caballos,

a los bueyes, los representarían como bueyes,

cada tipo de animal representaría lo divino con su forma,

y dotado con su naturaleza.

En relación con los dioses (Teología), sus ideas principales son las siguientes:
1. Crítica a los dioses de la religión convencional por su inmoralidad y su naturaleza antropomórfica. Jenófanes, descubre con claridad que los dioses son una creación y un reflejo de los hombres. Según él, las diferentes razas atribuyen a los dioses sus propias características particulares, lo que, por reducción al absurdo, debería llevarnos a pensar que los animales harían también lo mismo.
2. Existe una sola divinidad que no es antropomórfica. Cuando en los textos se afirma que dios es el mayor entre los dioses y los hombres, no debería interpretarse literalmente el plural referido a los dioses. De todos modos existen otros pasajes en donde Jenófanes habla de los dioses (plural) tal vez en una concesión a la terminología popular, sin que ello signifique adhesión a cierto monoteísmo.
3. Jenófanes afirma que dios es uno y no semejante a los hombres ni en cuerpo ni en pensamiento. Esta afirmación parece implicar que dios debía tener cuerpo (aunque distinto al humano). Que debía tener cuerpo se deduce también de que, el dios de Jenofánes es un ser que ve y que oye.

solReflexión personal

En los tiempos que corren actualmente seguimos en la misma cuerda floja religiosa que en la antigua Grecia. Hoy hay otra clase de politeísmo y no me refiero a que cada religión tenga un predicador, un profeta o un dios, con sus elencos de santos, ángeles y vírgenes en sus diferentes advocaciones. Me refiero, concretamente, a  que la sociedad se mueve sobre arenas movedizas,  un barco que hace aguas por todas partes, también en el nivel interior, en la esfera más íntima y personal. Todo esto se refleja en nuestro entorno, donde vivimos: violencia, crímenes, robos, fracturas sociales, pérdida de valores (educación, ética, perdón, respeto, deshumanización).

La angustia es comprender que nos falta algo en nuestro interior y no sabemos lo que es. Miramos dentro de nosotros y hay un pozo sin fondo que pensamos  llenar con cosas materiales muy deseadas pero que, una vez conseguido, vemos como el fondo del pozo se ha agrandado más y sigue pues, medio vacío. Éste es el hombre, según creo yo que pensaba Jenófanes. Al final de los días, el tiempo  será tan implacable como un fuerte oleaje que se lleva a los hombres y las civilizaciones. ¿Y nuestros pequeños “dioses” que nos rodean diariamente? Los dioses que creamos nosotros mismos tienen el mismo vacío que un pozo sin fondo. Incluso sufren más que nosotros: artistas, cantantes, futbolistas, políticos, religiosos, modelos…La sociedad crea alrededor de ellos un banco de niebla de ilusiones efímeras. Jenófanes pensaba que los dioses no crearon al hombre, más bien fueron los hombres quienes crearon a los dioses. El dios de Jenófanes era el ser humano, como lo era también para Sócrates, Platón y Aristóteles.

Jenófanes denunciaba que los dioses cometían adulterios, robaban, engañaban unos a otros, eran inmorales, caprichosos, crueles, al igual que los humanos. ¿Cómo pueden en verdad ser dioses? ¿Cómo podemos seguir creyendo en nuestros “dioses”? La idea central de Jenófanes era la creencia de una única divinidad para todos, abstracta y más justa. ¿Qué piensas tú?

 

Obra recomendada: Los filósofos presocráticos (GRANDES OBRAS CULTUR)

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Los filósofos presocráticos

El alma en Epiménides

Empédocles

Epiménides

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La concepción de lo divino en la antigua Grecia

GodsEl naturalismo, el antropomorfismo y el politeísmo son tres componentes fundamentales de la religión de los griegos. La presencia de lo sagrado, que puede despertar en ellos sentimientos mezclados de miedo, estupor y respeto les afectaba hondamente, sobre todo en ciertos lugares privilegiados. Los griegos observaron la presencia de lo sagrado en los elementos naturales, como las piedras, en los manantiales, en los árboles y en los bosques, en las praderas, en las grutas, en los animales. Bajo este prisma, la naturaleza misma (physis), a la que pertenecen los seres humanos, está sacralizada y aparece como el receptáculo donde se funde, para brotar perpetuamente, las innumerables fuerzas e influencias experimentadas como sobrenaturales. De ahí que no nos extrañemos que Tales de Mileto pronunciara la célebre frase “todas las cosas están llenas de dioses” (Aristóteles, De anima A 5, 411 a 7).

Algunas de las innumerables fuerzas e influencias experimentadas como sobrenaturales quedan personificadas con los nombres de Fortuna, Destino, Justicia, Violencia, Paz, etc., y se manifiestan sobre todo en su acción sobre el curso de la vida humana. La mayor parte, sin embargo, están dotadas de una personalidad que la imaginación de los griegos encarnó en las figuras antropomorfas del panteón (Aristóteles, Política, 1, 1, 1252b, 24-29). En las obras de Homero, como podemos ver, los dioses y las diosas no están libres de las pruebas que sufre el hombre y pocos de ellos escapan a las discordias y a las pasiones cuyas pericias relata la mitología.

Además de la cualidad de la inmortalidad que gozan los dioses y las diosas, son también invisibles y evitan revelarse en todo su máximo esplendor, por lo que se manifiestan  más bien de un modo indirecto, mediante signos o bajo disfraces, en ocasiones bajo un fenómeno atmosférico, en el curso de su sueño, expresándose por boca de un mortal, etc. Por ejemplo, en el mito de Dánae, Zeus apareció cayendo como una lluvia fina y dorada y la dejó embarazada. De esta unión nació Perseo.

Las divinidades griegas, muy sincréticas, están ligadas a funciones que pueden acumular o distribuirse entre sí. Algunas (Gea, Zeus, Poseidón, Hades, Afrodita) rigen las grandes fuerzas telúricas; otras (Deméter, Dioniso, Artemis) rigen los ciclos biológicos; otras (Zeus, Atenea, Apolo, Ares, Hera, Hestia, Hefesto, Hermes), los principios y las instituciones que garantizan en el orden político y social la vida de las ciudades. Presiden también las disposiciones morales y determinan las tendencias del carácter. Penetran los secretos de las conciencias y conocen el futuro, que revelan en los presagios y los oráculos.

Los dioses griegos son inmortales. Han nacido, pero no mueren. Se alimentan de ambrosía, néctar y humo (el que sube de los altares de los hombres cuando hacen sacrificios). Por sus venas no corre sangre, sino un líquido especial: el icor. También se les llama bienaventurados. He aquí a Afrodita reconocida por Diomedes en el campo de batalla delante de Troya: Tideo se estiró, saltó con la aguda lanza y la hirió en el extremo de la mano delicada. Al punto la lanza taladró la piel, traspasando el inmortal vestido que las propias Gracias le habían elaborado, en lo alto de la muñeca. Fluía la inmortal sangre de la diosa, el ícor, que es lo que fluye por dentro de los felices dioses; pues no comen pan ni beben rutilante vino, y por eso no tienen sangre y se llaman inmortales. (Homero, Ilíada, V, 337 y ss.). Los dioses son fuerzas no personas.

La noción de divinidad individual no excluye la existencia de fuerzas colectivas, indivisibles, indisociables, como las Cárites, grupo de tres divinidades, a menudo invocadas bajo ese nombre plural, aunque también puede aparecer cada una bajo su nombre propio. Las Musas o la Ninfas también reciben localmente un culto colectivo.

El politeísmo fue algo dinámico donde los dioses olímpicos constituían sólo una de las categorías de seres sobrenaturales. La personalidad de las grandes divinidades proviene de sucesivas asimilaciones que se produjeron desde los orígenes, en detrimento de las deidades indígenas, siendo un movimiento sincrético que no se detuvo jamás y contribuyó al constante enriquecimiento de la religión griega. Pongamos el caso de la diosa Cibeles, cuando los jonios colonizaron Éfeso, por el Siglo X a.C., se encontraron que la diosa era la divinidad más venerada entre la población indígena, un culto que a su vez procedía en época prehistórica se brindaba a la diosa madre. Los griegos adoptaron en el plano religioso la siguiente postura: dado que Artemisa tenía atributos y semejanzas con Cibeles, como la fertilidad, los jonios introdujeron su culto con la intención de asimilar una deidad de la otra. Más tarde, como dato curioso, los cristianos decidieron asimilar la diosa Artemisa a la virgen María, tan casta y pura como la diosa Artemisa.

El politeísmo tuvo una dura crítica iniciada por el filósofo Jenófanes de Colofón en el siglo VI a.C. Según Aristóteles no especulaba sobre un principio material como hacían Tales, Anaxímenes o Heráclito “sino que, volviendo la mirada a los cielos, declaró que hay un Dios” (Aristóteles, Metafísica)

Entre los grupos de seres sobrenaturales, los griegos distinguieron los demonios (daimones) y los héroes. Pero ni los unos ni los otros pueden reducirse a una simple definición porque, según las épocas y los contextos en que aparecen, tienen diferentes significados. La palabra “daimon”, que puede ser sinónimo de “theos” (dios), designó la potencia sagrada, tal como intervenía en los asuntos humanos, para bien o para mal. El “daimon” podía encarnarse en un genio de la vegetación, como Pan, o en   seres terribles, como las Erinias, espíritus de la venganza. Pero no poseía, en general, una individualidad definida ni un nombre en particular. Este es el sentido que tiene la palabra daimon en Homero, donde también puede designar de manera vaga a la divinidad. Pero los démones constituyen a veces una clase de seres divinos intermediarios entre los dioses y los hombres, según relata Platón (Leyes, V, 738d; VII, 801e).

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Heracles y las Yeguas de Diomedes. Detalle del mosaico romano de Los doce trabajos de Liria (Valencia), en el M.A.N. (Madrid).

A diferencia de los “daimones”, que son superiores a la humanidad y escapan a la muerte, los héroes son seres semidivinos, como Heracles o Asclepios. A ambos se relacionan con el culto rendido a los muertos y supone, al menos para ciertos seres excepcionales, el acceso a otra vida más conforme con sus méritos que el simulacro de existencia reservada en el Hades al común de los mortales.

Por lo tanto, el héroe es un muerto, de nombre conocido o anónimo, cuya vida y muerte gloriosas están asociadas a una época pasada y sirvieron a la comunidad. Se reconoce al héroe por el culto que se le rinde, y que difiere del culto a los muertos ordinarios por la duración, la frecuencia de las manifestaciones de culto y su importancia, y, por último, por la comunidad a la que afecta. El centro del culto es la tumba o, a falta de tumba, el lugar supuesto donde reposan sus restos.

El culto rendido a los héroes no difiere siempre del que se rinde a los dioses: los rituales y las fiestas son a veces los mismos, y su esplendor depende del mayor o menor grado de renombre del héroe y de la importancia de la comunidad que los celebra. Las fiestas en honor de Teseo en Atenas, las Teseas, son totalmente comparables a las fiestas en honor de Atenea. Y se espera de los héroes lo que se espera de los dioses: su campo de intervención es vasto y diverso, pronuncian oráculos, curan, protegen, castigan. No son intermediarios entre el mundo de los dioses y el de los hombres, sino que son fuerzas divinas de pleno derecho y tienen a menudo un personal de culto propio, unos santuarios florecientes y, por supuesto, una mitología.

Obras de referencias:

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El suicidio de Áyax

escultura-del-ayax-el-grande-heroe-de-la-mitologia-griega-373001-MLM20253308450_022015-OÁyax Telamón o Áyax el Grande es, para mí, uno de los héroes más vibrantes de la épica griega. Al ser un personaje admirado y a la vez odiado, nadie duda de su talento innato en el manejo de las armas y con un espíritu luchador e incansable, destaca entre las filas griegas, tras Aquiles, sin dejar a nadie indiferente. Para bien o para mal,  Áyax ha llegado a nuestros días. Sin duda fue la eficacia de Áyax en el combate lo que motivó que unos fabricantes de detergentes domésticos bautizaran con el nombre del héroe a uno de sus productos, el Áyax, destinado a luchar…contra la suciedad. También, un equipo de fútbol holandés laureado  a nivel internacional, el Áyax de Ámsterdam, presume de llevar en su escudo su imagen. Sin embargo, ahondando en la personalidad de Áyax, uno descubre que muchos autores terminan desprestigiando al héroe de Salamina y por esta razón, estoy de acuerdo con la obra trágica de Sófocles, Áyax,  donde el autor ofrece una salida al héroe cuyo resultado final es impecable. Dicha tragedia resulta muy interesante, porque, sin omitir los defectos del héroe y sus graves acciones, Sófocles consigue redimirlo.

Para aquellos que desconocen la historia de Áyax, al morir Aquiles, víctima de la flecha lanzada por Paris y guiada por Apolo, fue el propio Áyax el que, junto a Ulises, recogió su cuerpo y sus armas del campo de batalla. Como era costumbre, tras el funeral,  ambos héroes convocaron una asamblea de jefes para reclamar como recompensa la preciada armadura de Aquiles, la cual había sido forjada personalmente por el dios Hefesto. Las armas, finalmente, son adjudicadas a Ulises. Áyax se creía merecedor de tal premio y se sintió deshonrado por sus compañeros de armas. Áyax, con todo su odio y rencor de su alma, entró en una locura descontrolada. En su delirio, trama matar a sus propios compañeros de batalla y a Ulises. Sin embargo, gracias a la intervención divina de Atenea, la protectora de Ulises, Áyax confunde un rebaño de ovejas con sus compañeros y mata a todos los animales. Cuando Áyax despertó de su locura, vio que había deshonrado su espada de guerrero con sangre de animales y decidió quitarse la vida antes que vivir en la vergüenza y la indignidad de un guerrero de su linaje. Para ello utilizó la espada de Héctor, que éste le había entregado como una ofrenda de honor tras su primer duelo.

El suicidio en la antigua Grecia se consideraba una muerte maldita, pues no permite que el alma encuentre su remanso de paz, considerándose una muerte impura. Curiosamente, Áyax es el único guerrero de la guerra de Troya que se suicida. En la sociedad griega, los hombres mueren en el campo de batalla cumpliendo el ideal de civismo. La ciudad les concede un hermoso sepulcro y una elogiosa oración fúnebre con varios días de rituales. En la tragedia griega el suicidio se ve no como un “acto heroico” sino una “solución trágica” que la moral reprueba. Aristóteles afirma que “una especie de deshonor acompaña al suicida, que es mirado como culpable para con la sociedad” y define el morir por mano propia como un acto injusto que la ley no permite y un deshonor que acompaña al que se mata. La situación es delicada. Los jefes griegos discutieron qué hacer con el cadáver del héroe. El hermanastro de Áyax, Teucro, deseaba sepultarlo pero Agamenón y Menelao decidieron que no se debía enterrar, dejando su cuerpo expuesto para que lo buitres acabaran con él. No obstante, Ulises, sintiéndose en parte responsable de su muerte, actuó a favor del fallecido y convenció a sus compañeros para que permitiera los actos fúnebres. Y así fue enterrado, en vez de incinerarlo como era la costumbre. Ulises conmovido, depositó sobre su tumba las armas de Aquiles.

Sin embargo, la traición pesa sobre el héroe sin justificación alguna. La traición se consideraba uno de los peores delitos en Atenas, un delito que merecía las más severas sanciones. Más concretamente podemos decir que la ley para los traidores que encontramos recogida en Jenofonte (Helénicas 1.7.22) era la misma que existía para los ladrones de las propiedades sagradas y probablemente era así porque la comisión de estos dos delitos recibía el mismo castigo, a saber, la prohibición de ser enterrados en el Ática; o, en el caso de la traición, en el territorio al que se había traicionado y la confiscación de los bienes. En este caso, Áyax no había sido castigado por su traición de intentar matar a sus compañeros, ya que se suicidó antes de ser juzgado.

Áyax preparando su suicidio. Reproducción de un ánfora de figuras negras pintada por Exequias (530 – 525 a. C.).

¿Por qué se suicida Áyax? Es la cuestión que siempre me ha hecho reflexionar. No me vale con el último enfrentamiento entre Ulises y Áyax por la disputa de las armas de Aquiles.  Por eso, hay que amplificar el campo de visión más allá de aquel funesto episodio y realizar un análisis con más recorrido y de manera exhaustiva sobre la vida de Áyax.

Hay varios momentos en la vida de Áyax que se deberían tener en cuenta para entender de qué manera llega el héroe de Salamina al suicidio:

  1. Antes de la guerra de Troya, el padre de Áyax, Rey de Salamina, le recomienda que luche con sus armas, pero también con la ayuda de los dioses. Áyax le responde, con arrogancia, que tan sólo los cobardes ganan la victoria con el auxilio de los dioses.
  2. Atenea quiso alentar al héroe de algunos peligros, pero lo desechó con insolencia, diciéndole que no se mezclase en su conducta de la cual daría buena cuenta, y que reservase sus favores para sus compañeros de batalla.
  3. En otra ocasión, rehusó el ofrecimiento que la propia Atenea le hizo para proteger su carro.
  4. Ayáx borró de su escudo el búho, ave favorita de Atenea, temiendo que esta imagen fuese tomada como un acto de respeto hacia ella y, por consecuencia, como una prueba de desconfianza en su propio valor.

No cabe duda de que Áyax es un príncipe valiente e intrépido que prestó grandes servicios a los griegos; pero de un carácter temperamental y al mismo tiempo cruel. Es de destacar que se valió de su fuerza humana más que de la divina y que nunca fue herido en combate, pero el mundo moral de Áyax es desastroso. En una sociedad en la cual la religión, el respeto a los dioses y  los rituales eran una parte indisociable de la moral griega, Áyax decide rebasar las líneas rojas de la moral griega poniendo la unidad social a la que pertenece en peligro, como fue el caso de la disputa de las armas de Aquiles. La sociedad ateniense acogía en su seno, sin problemas, la incredulidad, quizá con la única condición de que no diera lugar a gestos de impiedad, pero los actos de Áyax van más allá de la incredulidad, por lo que el héroe está siempre bajo amenaza de los dioses, especialmente de Atenea.

Igualmente, no hay que olvidar que la base fundamental de la sociedad griega es que a los dioses se les tiene que respetar ya que son impredecibles y, a la vez, te hace ver que el ser humano vive en un mundo hecho de fuerzas extrañas, de fenómenos sobrenaturales que te afectan para bien y para mal. Cabe recordar que la Ilíada comienza con un alejamiento del hombre de los dioses y las consecuencias son nefastas:

¿Qué dios sembró entre ellos la discordia? El hijo de Zeus y Leto (Ilíada, 8-9)

En dicho pasaje, Agamenón había ofendido al sacerdote de Apolo y como  consecuencia de las oraciones del sacerdote, Apolo mandó una plaga contra el ejército de Agamenón.

Recordemos que Áyax desoye las palabras sabias de su padre, Rey de Salamina, sobre el culto y respeto que hay que ofrecer a los dioses. Pero más allá de no atender las palabras de su padre, la actitud del héroe con los dioses no era la más adecuada, en concreto con Atenea, con la que siempre tuvo un pulso beligerante. La condición moral de Áyax va desgastándose  hasta llegar a su último episodio cuando se disputan las armas de Aquiles y Áyax es el perdedor. Para mí, Áyax fue merecedor de llevar las armas de Aquiles, porque estaba más ligado a él que Ulises, además de ser un héroe que se entregó a la batalla sin miramientos. Pero las circunstancias que rodearon a la disputa de las armas favorecieron a Ulises.

Recordemos también que Áyax es el único guerrero de Troya que rechaza a los dioses y el único que acaba suicidándose. La pregunta es la siguiente: ¿los dioses te garantizan la protección y la gloria en el campo de batalla? Indudablemente no. De hecho, el Olimpo de los dioses se divide en la guerra de Troya, defendiendo a troyanos y griegos y, como en cualquier guerra, siempre hay muerte, dolor, enfermedad y sufrimiento en ambos lados. Pero es curioso que Áyax sea el único que se postula en contra de los dioses y el único que corta el hilo de su muerte con el suicidio.

Por otra parte, en la Ilíada, en mi opinión, los hombres no son considerados libres, sino personas incrustadas en un tejido social rígido e inflexible, que no se cuestionan en absoluto las normas sociales que les envuelven. Es decir, el único punto de referencia que tienen es la sociedad en la que viven. Aceptan y viven sus vidas por muy grande que sean sus sufrimientos. A la vez, el hombre homérico, sobre todo en la Ilíada, carece de interioridad. Sin embargo, son muy expresivos, no esconden nada, por lo que es totalmente conocido, no tienen secretos, hablan y actúan tal como son, diríamos que es un campo de fuerzas al descubierto con todas sus pasiones incontroladas, un volcán en plena erupción sin dejar nada en su interior. Áyax carece de dicha interioridad pero a su vez tampoco se preocupa de cultivar los valores morales de su época por lo que su laberinto interior le lleva al suicidio. No tiene otra vía de escape, porque de otra manera habría pedido redimirse a sus compañeros, o bien buscar la complacencia de los dioses para encontrar otra salida distinta al suicidio.  Sin embargo, en la Odisea, con Ulises como protagonista, aparecen una clase de individuos con un desarrollo personal más evolucionado y con una interioridad mucho más profunda. De este modo, Áyax representa la parte incompleta del ser, infringiendo los valores de su sociedad incesantemente y no aprendiendo de  las oportunidades que le va surgiendo en cada episodio de su vida; Ulises sería la parte completa del ser que termina por culminar su camino espiritual, personal y psicológico. En suma,  son dos héroes con un desarrollo interior distinto y con unos resultados antagónicos visibles y palpables. Pongamos un ejemplo que refuerce mis palabras, cuando Ulises desciende al Hades y se encuentra con Áyax, en el Canto XI de la Odisea:

tartaro

El Hades

Las demás almas de los difuntos estaban entristecidas y cada una preguntaba por sus cuitas. Sólo el alma de Áyax, el hijo de Telamón, se mantenía apartada a lo lejos, airada por causa de la victoria en la que lo vencí contendiendo en el juicio sobre las armas de Aquiles, junto a las naves. Lo estableció la venerable madre y fueron jueces los hijos de los troyanos y Palas Atenea. ¡Ojalá no hubiera vencido yo en tal certamen! Pues por causa de estas armas la tierra ocultó a un hombre como Áyax, el más excelente de los dánaos en hermosura y gestas después del irreprochable hijo de Peleo.

Ulises se acerca a Áyax:

Áyax, hijo del irreprochable Telamón. ¿Ni siquiera muerto vas a olvidar tu cólera contra mí por causa de las armas nefastas? Los dioses proporcionaron a los argivos aquella ceguera, pues pereciste siendo tamaño baluarte para los aqueos. Los aqueos nos dolemos por tu muerte igual que por la vida del hijo de Peleo. Y ningún otro es responsable, sino Zeus, que odiaba al ejército de los belicosos dánaos y a ti te impuso la muerte. Ven aquí, soberano, para escuchar nuestra palabra y nuestras explicaciones. Y domina tu ira y tu generoso ánimo. Así dije, pero no me respondió.

 Como hemos observado, Áyax y Ulises son dos polos opuestos en carácter, temperamento y actitud no sólo durante la vida sino que, después de su muerte, Áyax continúa con su egoísmo, su soberbia y falta de perdón. A su vez, está tocado por la hybris, un concepto griego que puede traducirse como ‘desmesura’ y que alude a un orgullo o confianza en sí mismo muy exagerada, especialmente cuando se ostenta poder. La ausencia de la hybris  determina una moral de la mesura, la moderación y la sobriedad, obedeciendo al proverbio pan metron, que significa literalmente ‘la medida en todas las cosas’, o mejor aún ‘nunca demasiado’ o ‘siempre bastante’. En una sociedad tan jerarquizada como la griega, Áyax no se da cuenta conscientemente de su lugar en el universo y de los múltiples elementos que dominan su entorno social, muy ligado a los dioses y a las fuerzas de la naturaleza, de ahí su voluntad propia de suicidarse.

Por otra parte, justo antes del suicidio y continuando con el argumento de la obra de Sófocles, Áyax invoca a varios dioses: a Zeus para que llame a su hermano Teucro e impida que su cadáver sea profanado; a Hermes, para que lo conduzca a las mansiones infernales; a las Erinias (la Venganza), para que atormenten a los griegos; al Sol, para que lleve sus noticias a Salamina (patria de Áyax); a la Muerte, para que venga a recibirle. Y enviando un último adiós a Salamina, a Atenas, a las fuentes, ríos y llanuras de Troya, se da la muerte echándose sobre su espada.

La obra de Sófocles termina con un  Áyax como un buen soldado y, sobre todo, como un soldado siempre al servicio de su ejército, arriesgando su vida en todo momento ante las necesidades de éste. Nunca temió arriesgar su vida en la defensa de los suyos. Y es esto finalmente lo que Sófocles enfatiza y lo que permite que Áyax pueda seguir siendo considerado un gran héroe en la Atenas del s. V a. C.

Como dato curioso y según la mitología, tras la muerte del héroe brotó una flor de jacinto en el punto donde cayó su sangre cuyos pétalos llevaban marcadas las dos primeras letras del nombre de Áyax (AY) como si fueran un lamento. En su nombre se celebraban en Salamina las fiestas Aiantes.

Obras de Referencias:

  1. Los mitos griegos (Ariel)
  2. Diccionario de mitología griega y romana (Lexicon)
  3. Diccionario abreviado de literatura clásica (El Libro De Bolsillo – Granbolsillo)
  4. La iliada, naturaleza y cultura (B. NUEVA CULTURA)
  5. El Mundo Trágico De Sófocles (B. ESTUDIOS CLÁSICOS)
  6. Áyax. Las Traquinias. Antígona. Edipo Rey (El Libro De Bolsillo – Clásicos De Grecia Y Roma)
  7. Ilíada – Odisea

 

Enlaces sobre la misma temática:

 

 

 

 

 

 

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Las maldiciones en la antigua Grecia

Una tumba con los restos incinerados de una joven que vivió en Atenas hace 2.400 años llamó la atención de los arqueólogos. Hallada en el año 2003, en la sepultura había cuatro tablillas de plomo con inscripciones que demuestran que en la antigua Grecia era muy importante llevarse bien con la gente y no granjearse enemigos.

Un reciente estudio de las tablillas demostró que fueron creadas para enviar mala suerte o energía destructiva a cuatro matrimonios de taberneros que podrían haber enfurecido a sus rivales comerciales.

Es posible que la difunta no tuviera nada que ver con las maldiciones, escribe el portal Live Science. Jessica Lamont, profesora de la Universidad John Hopkins de Baltimore, EE.UU. explica que “las tablillas de maldiciones funcionan de la siguiente manera: se supone que han de depositarse en algún lugar bajo tierra, como una tumba o un pozo. Se creía que estas localizaciones subterráneas ofrecían un canal a través del cual las maldiciones alcanzaban el inframundo”.

De manera que la muerte de la joven habría proporcionado un fácil acceso a los dioses a los que iban dirigidas las órdenes escritas en la maldición. Hécate, Artemisa y Hermes, las deidades invocadas en la tablilla, estaban relacionadas con el inframundo, el lugar al que iban a parar las almas de los muertos. En la antigüedad a menudo se asociaba a estos dioses con rituales de sacrificio.

Lamont destaca que “los taberneros eran conocidos a menudo por su tendencia a las trampas y a las maquinaciones”, por lo que supone que los autores de la maldición estaban motivados por “una rivalidad comercial”. Fuente original: RT

sarcofago-griego

Sarcófago griego

En los relatos míticos nos podemos encontrar un tema que siempre me ha llamado la atención: las maldiciones. A través de estas lecturas, descubrimos que la conciencia y el alma también se transmiten de generación en generación. Si el sistema familiar tiene alguna parte desequilibrada, todas las partes quedan afectadas. Pongamos como ejemplos las muertes inexplicables, las normas transgredidas de la familia, la homosexualidad rechazada, los miedos profundos, los acosos sexuales sufridos, en definitiva, los lazos de los progenitores se trasladan y se transmiten a los descendientes hasta que desaparece la totalidad de la estirpe familiar. Es decir, a través del inconsciente estamos ligados a nuestros padres y ellos a los suyos, hasta llegar a la raíz de un problema que conecta con una realidad que pasa desapercibida, pero que nunca se resuelve el conflicto porque no hay una aceptación de su existencia y, por lo tanto, la liberación de la persona nunca pasa por el reconocimiento de sus lazos ancestrales porque no son conscientes. Así pues, las almas de la misma familia sufren una maldición cuyas consecuencias son irreversibles. En la mitología griega hay varios ejemplos sobre este discurso tan interesante y peculiar.

CementerioLas maldiciones en Grecia y Roma seguían un protocolo muy formalizado. Llamadas katadesmoi (ataduras) por los griegos y tabulae (defixiones) por los romanos, se escribían en tablillas de plomo u otros materiales. Generalmente, invocaban la ayuda de un espíritu (una deidad, un demonio o un muerto prematuro) para cumplir con su objetivo y eran colocadas en algún lugar considerado eficaz para su activación, como en una tumba, cementerio, pozo o manantial sagrado.

En el texto de la maldición, el peticionario expresaba su deseo de que el enemigo sufriese daño de alguna forma específica. Con frecuencia se añadía la falta que había cometido la persona maldita: un robo, una infidelidad, no haber correspondido al amor del malediciente, haberle faltado al respeto, haberle robado el amor de su vida, etc.

Los griegos practicaban con frecuencia este tipo de maldiciones. De hecho, los griegos tenían en la edad heroica unos sacerdotes especiales llamados areteos, o sea, ‘maldecidores’.

Conservamos un corpus importante de este tipo de textos que nos permite saber cómo lo hacían. Abundan en la Ilíada estas imprecaciones, como la de Crises contra Agamenón y los griegos en el canto I. También abundan en las tragedias de Sófocles. Cuando Alcibíades fue desterrado después de la mutilación de Hermes, todos los sacerdotes del Ática excepto uno lanzaron contra él las más terribles imprecaciones. Fuente original: Animasmundi-Maldiciones

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Religión en tiempos de cólera

Las portadas satíricas de Charlie Hebdo que desataron la polémica con el yihadismo, con más de una decena de fallecidos en un tiroteo en París;  la polémica versión sexual del “Padre Nuestro” en la ceremonia de entrega de los Premios Ciutat de Barcelona y el artista que formó la palabra “Pederastia” con ostias consagradas, han desatado una fuerte polémica para defender lo que es la denominada libertad de expresión. Las consecuencias que acarrean para la sociedad estos tipos de conductas son difíciles de evaluar porque cada uno vive su verdad de manera diferente.  Sin entrar en provocaciones y buscando un punto en común que nos permita entendernos  sin faltarnos al respeto, vamos a preguntarnos cómo serían estos actos si sucedieran en la vida de los atenienses de la antigua Grecia.

Partenón

Partenón, símbolo de Atenas

Para empezar,  la civilización griega no conocía ni “Iglesia” ni dogma alguno, y, en consecuencia, las conductas religiosas, la piedad o la impiedad, no tienen ese carácter definido que pueden tener en otras religiones. Por ejemplo, los términos herejía y persecución por razones religiosas son, en principio, imposibles en el sistema griego. Sin embargo, la sociedad griega condenó a determinados individuos por impiedad y a su vez, estableció en qué consistía el respeto a los dioses. Para los griegos, la impiedad es la falta de respeto a las creencias y los rituales. Por lo tanto, la comunidad cívica puede considerar la impiedad como un delito, llevar ante los tribunales a los convictos y condenarlos. Algunos ejemplos de comportamientos incívicos que podían acarrear una acusación de impiedad son:

  • Atentar contra la propiedad de los dioses, contra los rituales o las representaciones figuradas. Un ejemplo claro y sencillo sería cortar las ramas a un olivo consagrado a Atenea; otro ejemplo, profanar los misterios de Eleusis parodiándolos. En ambos casos se castigaba con la condena a muerte.
  • Introducir nuevos dioses o nuevos cultos se consideraba también un acto de impiedad (a menos que los hubieran aceptado oficialmente, como fue el caso de Atenas a final del siglo V en relación con Asclepio, Bendis, Amón y Adonis).
  • Vituperar a los dioses públicamente podía, igualmente, considerarse como impiedad. El ejemplo más célebre es el de Sócrates, acusado porque corrompía a la juventud, porque destruía la fe en los dioses de la ciudad y porque daba a conocer divinidades nuevas. Fue condenado a muerte por la ciudad de Atenas.
  • Profanar templos y robar objetos sagrados incluían pena de muerte.

En suma, los procesos de impiedad tienen, por tanto, causas muy distintas y parecen las reacciones violentas de una comunidad cívica que se siente amenazada en su unidad, siendo como era la religión, una parte indisociable de su identidad. Pero, aparte de estos casos, tanto más espectaculares cuanto más raros, la sociedad ateniense acogía en su seno, sin problemas, la incredulidad, quizá con la única condición de que no diera lugar a gestos de impiedad.

En cuanto a las representaciones con tintes satíricos, por ejemplo, la comedia de Aristófanes Las Ranas o  Eurípides con la obra Cíclope , se trata generalmente de caricaturas deformantes que tienen su origen en celebraciones populares afines al carnaval. Los griegos no consideraban impiedad el divertirse de ese modo a costa de los dioses. De hecho, Platón hace referencia  al gusto de los dioses por las bromas (Crátilo, 406c)

Como hemos detallado en líneas anteriores, las acusaciones de impiedad trazaban la línea que no se podía atravesar si se quería permanecer en el sistema social. Pero es aún más difícil de concretar qué era lo que se escondía, para los griegos, bajo la noción de piedad; qué era para ellos un hombre piadoso y una comunidad cívica respetuosa con los dioses. En líneas generales, la piedad parece haber sido el sentimiento que tenía el grupo o el individuo en relación con ciertas obligaciones. Las obligaciones de la comunidad afectaban, principalmente, al respeto por la tradición ancestral; algunos rituales muy antiguos se realizaban sin que los ciudadanos comprendieran exactamente su sentido, como puede suceder hoy día en nuestra sociedad; otros rituales más recientes, con frecuencia estaban desacreditados por ser considerados menos venerables y se daba, por ejemplo, una gran importancia a los banquetes que seguían a los sacrificios. De hecho, era muy común y necesario destinar a los dioses la parte que les era debida:  una parte material  y una parte de honores de culto, para lo que era necesario llamar a los exegetas, una especie de hombres-memoria de la ciudad que lo sabían todo en materia de rituales. En resumen,  Atenas se considera a sí misma no como una divinidad, sino —en palabras de L. Gernet—: «como un ser concreto y vivo al que los dioses seguramente protegían y al que nunca abandonarían, si ella no los abandonaba» (Le Génie grec, p. 295).

 

Atenea

Atenea

¿Cuáles eran las obligaciones religiosas de un ciudadano ateniense? Sus obligaciones eran variadas: la participación en los cultos de la ciudad, la abundancia de  ofrendas en los santuarios, la devoción prodigada a los muertos de su linaje y a las divinidades protectoras de su familia, participación en los rituales con las mejores condiciones (la organización de los juegos, las múltiples liturgias, las costas de los sacrificios y de los banquetes públicos, etc…), son todos ellos ejemplos de prácticas que los griegos reconocían como manifestaciones de la piedad. Podemos citar a Hipólito, al que Eurípides presenta «como aquel que vive en la sociedad de los dioses, el ser virtuoso limpio de todo mal» o incluso a Ion, hijo de Creúsa y Apolo, que, en el atrio del templo de Delfos, declara: «Hermoso en verdad es el trabajo, oh Febo, con que te sirvo en tu casa honrando la sede de tu oráculo. Ilustre es el trabajo de mantener mis manos esclavas de los dioses, señores no mortales, sino imperecederos. No me canso de ejercer este honroso trabajo.» Como se puede comprobar, en la sociedad ateniense era patente y muy común un sentimiento de proximidad y conexión entre hombre y dios.

En cuanto al pensamiento arcaico griego, la Ilíada, como obra literaria, es el libro más importante para los griegos y, aunque no sea un libro religioso en el sentido habitual de la expresión, pone de manifiesto actitudes religiosas que eran importantes para los griegos y que contribuyeron en gran medida a su condición de explicarnos el modo de vivir su religiosidad y su sentir como espíritu griego.

La llíada y la Odisea de Homero están llenos de datos sobre los dioses, los rituales y los mitos  y,  además, constituyen el intento más antiguo de organización del mundo religioso. Aprendida de memoria, la obra de Homero era la base de la educación de los griegos y la visión del mundo de los dioses que proponía se convirtió en el saber común del conjunto de los griegos de todas las épocas. Ambos poemas épicos  son una referencia de la época para conocer el grado de concienciación que tenían los griegos sobre la religión y la relación que tenían intrínsecamente con los dioses, cuya idea principal  es que a los dioses se  les tenía que respetar,  ya que eran impredecibles y, a la vez, nos hacen entender que el ser humano se hallaba en un mundo hecho de fuerzas extrañas, que nos afectaban para bien y para mal. De hecho,  La Ilíada comienza con un desplazamiento del hombre al dios y sus consecuencias nefastas:

¿Qué dios sembró entre ellos la discordia? El hijo de Zeus y Leto (Ilíada, 8-9)

En dicho pasaje, Agamenón había ofendido al sacerdote de Apolo y como consecuencia de las oraciones del sacerdote, Apolo mandó una plaga contra el ejército de Agamenón. Cuando se produce una ofensa a un dios, alguien profanaba un templo, se burlaba de un dios o violaba a una sacerdotisa protegida por el dios, entonces, se producía una catástrofe: una plaga, una hambruna, un maremoto, entre otras calamidades. Por eso, para preservar la armonía y la paz de la comunidad social de las iras de los dioses, se disponían de diferentes y múltiples rituales para alejar el trance con los dioses. Por ejemplo, el pueblo consultaba a un oráculo o a otra fuente de sabiduría divina y descubría qué ritual era preciso realizar y a qué dios debía consagrarse.

Reflexión personal

Hoy día, con la globalización tan arraigada que hay en nuestra sociedad, tenemos que aunar los valores suficientes para respetar las creencias religiosas del prójimo. Convivimos en una sociedad donde el islám y el cristianismo deben respetarse mutuamente. Debemos saber que muchas personas llevan consigo una relación íntima con su dios, con una fuerte vinculación de transformación interior; también, hay que respetar los símbolos y las tradiciones, sin destacar unas más que otras  y mucho menos, burlarse de las sagradas escrituras y de sus profetas. Hay que tolerar  el sistema poli-religiones que se está dando actualmente en nuestro mundo, con diferentes creencias y no creencias, con variadas formas de crecimiento interior y  de nuevas tendencias religiosas que están emergiendo en nuestra sociedad. Detrás de esta enorme ola, están llegando otros dioses, otros sistemas políticos, otras formas de convivencia. En definitiva, tenemos que potenciar las relaciones entre la pluralidad de religiones desde el respeto, la diversidad y cooperar en un sistema social que es múltiple y variado de la manera más pacífica y respetuosa posible, careciendo de sentido que una religión triunfe sobre las demás. Pero en cualquier caso, y fuera del contexto religioso, entender y mejorar el mundo sigue dependiendo de nosotros.

Obras de referencias:

  1. La religión griega en la polis de la época clásica (Universitaria)
  2. Religion Griega Arcaica Y Clasica (LECTURAS DE HISTORIA)
  3. La Religión Griega. Dioses Y Hombres: Santuarios, Rituales Y Mitos (Mundo griego)
  4. El imaginario griego: Los Contextos De Mitologia (Religiones y mitos)

Enlaces de interés:

 

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El simbolismo de Cerbero

cerbero-9-728Una de las más célebres descripciones de Cerbero la encontramos en el canto VI de La Divina Comedia de Dante, donde el poeta nos ofrece una aterradora imagen del monstruo guardián con sus tres fauces babeantes.
Según cuenta el mito cuando las almas se encuentran a Cerbero, que guardaba la entrada del Tártaro, su sola presencia resultaba aterradora, dejando el paso a todos los que iban a entrar y no permitía salir a nadie, sino que a todos los que intentaban salir los aterrorizaba con  horribles ladridos. Este Cerbero nació de Tifón y Equidna, según escribió Hesíodo en la Teogonia (311). Por otra parte, que custodiaba el palacio del Hades lo atestigua así Virgilio en el libro VI (417-8): El enorme Cerbero atruena estos reinos con el ladrido de su triple boca, recostándose temible en la parte delantera de la caverna. Decían que la forma de su cuerpo fue muy semejante a un perro, de cuya cabeza, sin embargo, colgaban numerosísimas serpientes en lugar de pelos, como dice Horacio en el libro III (11, 15-20) de las Odas: El temible portero del palacio, Cerbero, cede ante ti que lo acaricias, aunque su cabeza, como la de las Furias, la fortifican cien serpientes y un hediondo aliento y una baba mana de su boca de tres lenguas. Finalmente, que todo su lomo tiene serpientes en lugar de pelos y está atado por una cadena de serpientes, parece haberlo manifestado Tibulo en el libro III (4,87-8): el perro ceñido en su lomo por una caterva de serpientes, que tiene tres lenguas y triple cabeza. Que aquél tuvo tres cabezas lo atestigua así Sófocles en las Traquinias (1098): Al guardián de tres cabezas del Hades, monstruo irresistible, lo que también afirmó Cicerón en el libro I (5,10) de las Discusiones Tusculanas; en cambio, Hesíodo le atribuyó cincuenta cabezas en la Teogonia (310-3), según se ve claramente en estos versos: En segundo lugar parió un prodigioso hijo que no se puede nombrar. Cerbero, el sanguinario, el perro del Hades, de broncíneo ladrido, de cincuenta cabezas, despiadado y cruel. Horacio escribe que aquél tiene cien cabezas en el libro II (13,34-5) de los Poemas: La bestia de cien cabezas baja sus negras orejas. Hesíodo en la Teogonia (769-73) dice así que Cerbero lisonjea a los que entran y devora las almas que salen: Guarda la entrada un terrible perro, cruel y que actúa con malas artes: a los que entran los saluda alegremente con la cola y a la vez con ambas orejas, pero no les permite salir de nuevo sino que, acechando, devora al que coge en el momento de franquear las puertas. Pero Cerbero y también ya las Furias y la carencia de luz, el Tártaro vomitando por sus fauces llamas que causan terror, los que ni existen en ninguna parte ni pueden existir de hecho.
Los platónicos le consideraron como el principio del mal ya que sus funestas influencias se extienden sobre los tres elementos: aire, tierra y agua, de donde derivan sus tres cabezas. (Diccionario Mitología Universal, Edicocomunicación)

cerberoVarios héroes pudieron reducir al terrible Cerbero, como por ejemplo Orfeo, que consiguió amansar al animal con la música de su lira. Por otra parte, Heracles, cuya duodécima prueba consistía precisamente en traer al perro a Euristeo. Hades había aceptado con la condición de que el héroe redujese a Cerbero sin servirse de sus armas. Heracles lo aferró con sus brazos, impidiéndole respirar y lo llevó medio asfixiado a Euristeo, pero éste se escondió espantado dentro de una tinaja y le rogó que volviera a llevarlo lo antes posible a su lugar.
Para mi opinión, Cerbero simboliza la codicia y la discordia, pero a la vez la oportunidad que tiene el hombre de superarlas y de no vivir bajo la naturaleza animal, de no moverse por el mundo en un estadio primario a nivel emocional, sentimental y mental. Quizás el deseo material del hombre es el de trabajar para que cada deseo, cada disposición de ánimo y cada emoción sean más elevados y conscientes. Relatos como el de Heracles, Orfeo, Eneas muestran una luz y un ejemplo de conciencia más superior y elevada. En su sistema de interpretación moral de lo símbolos, se interpreta una perversión de las tres pulsiones esenciales: conservación, reproducción y espiritualización, dando lugar a la muerte del alma, razón por la cual aparece Cerbero como el guardián de las almas muertas, en el Tártaro, encargado de impedirles la salida y el retroceso hacia el mundo en el que todavía cabe la rectificación y la salvación.

  1. Perséfone
  2. Los jueces infernales
  3. Tártaro
  4. Hécate
  5. Orfeo
  6. Hermes, guía de las almas difuntas

 

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Minos, Radamanto y Éaco

Cuando alguno de estos cae en manos de Radamanto, no sabe quién es, ni quiénes son sus parientes, y sólo descubre una cosa, que es malo; y después de reconocerle como tal, le relega al Tártaro, no sin marcarle con cierta señal, según se le juzgue capaz o incapaz de curación.
Cuando llega al Tártaro el culpable es castigado según merece. Otras veces, viendo un alma que ha vivido santamente y en la verdad […] se entusiasma por ella y la envía a las Islas Afortunadas.
Éaco hace lo mismo por su parte. Uno y otro ejercen sus funciones de jueces, teniendo en las manos una vara. Minos está sentado solo, vigila a los otros, y tiene un cetro de oro que Odiseo, de Homero, dice haber visto: Teniendo en la mano un cetro de oro y administrando justicia a los muertos (Gorgias, Platón)

Litografía de los tres jueces de los muertos: Minos, Éaco y Radamanto (Ludwig Mack, Die Unterwelt, 1826)

Litografía de los tres jueces de los muertos: Minos, Éaco y Radamanto (Ludwig Mack, Die Unterwelt, 1826)

Como se puede observar, los tres jueces del Hades cumplían una función de torturadores de las almas después de la muerte, obligando a que cada uno confesase sus crímenes para que se le destinara después a cada uno una vida de placer o de sufrimiento, según el dictamen final de los severos jueces.
Sobre Radamanto se dice que juzgaba las almas de los orientales junto a Minos; mientras, Éaco hacía lo propio con los occidentales, teniendo Minos el voto decisivo. Se trataba, sobre todo, de un juicio moral que decide el tipo de existencia de ultratumba.
Pues yo, conociendo estas cosas antes que vosotros, os di como jueces a mis hijos, dos procedentes de Asia, Minos y Radamantis, y uno de Europa, Éaco (Gorgias, 523-524)
Por lo tanto, después de que llegan allí las almas, las juzgan en el prado y en la encrucijada, de donde salen dos caminos: uno, hacia el Tártaro; otro, a las Islas de los Bienaventurados, los Campos Elísios, donde Natale Conti nos relata con precisión lo siguiente:
De otra parte, nos exhortaban los sabios a la honradez con grandes y los más alegres placeres presentados en los Campos Elisios. Pues cualquiera de los hombres buenos que haya observado las reglas y haya vivido santamente, éste era conducido a la compañía de los felices, donde la tierra era productora de toda clase de frutos; y las aguas manaban de las fuentes más limpias y los prados, produciendo una primavera perpetua, se vestían de variadas flores. Allí estaban las asambleas de los filósofos, allí los teatros de los poetas, allí los coros en círculo, allí los placeres de la música, allí los armoniosos y elegantes banquetes y el placer no unido a molestia alguna, pues no se sentía ni calor inmoderado ni frío, sino que el aire era siempre saludable y templado, y no estaba inflamado por muy ardientes rayos del sol. Pues, ¿qué clase hay de las más suaves avecillas que allí no ejercite su admirable canto, o qué árboles olorosos hay que no vistan siempre de las más deliciosas flores? De aquí las luchas, de aquí las enemistades, de aquí los odios, de aquí las bandas de ladrones, de aquí los engaños, de aquí los perjurios, de aquí las envidias estaban desterradas. Aquí la vida más feliz y libre de toda molestia se desarrollaba sin miedo a la muerte o a la enfermedad, según decían. Esta clase de felicidad estaba destinada sólo a aquéllos que hubieran vivido piadosa y santamente o que hubiesen cometido algunos pecados, pero curables y leves, que en otro lugar no lejos de éste eran expiados (Natale Conti, Libro Tercero de la Mitología).

En efecto, cuando durante largo tiempo han dado castigo a las almas según la gravedad de los crímenes, para que sean purificadas de toda suciedad y contagio del cuerpo, después eran enviadas a los Campos Elisios. Por ello, Virgilio, escribió así en el libro VI (739-44): por tanto, reciben los castigos y pagan los suplicios de los viejos males; unas se extienden suspendidas al viento vacío; para otras bajo el vasto remolino se lava su impuro crimen o es purificado el cuerpo (cada cual sufrimos los manes propios; después somos enviados por el amplio Elisio y unos pocos habitamos los felices campos).

«Allí está Minos», La divina comedia (Inferno, canto V, línea 4). Ilustración de Gustave Doré.

«Allí está Minos», La divina comedia (Inferno, canto V, línea 4). Ilustración de Gustave Doré.

Continuando con los jueces infernales, en Homero en el libro XI (568-71) de La Odisea describe: Y bien aquí vi a Minos, ilustre hijo de Zeus, que tiene cetro de oro, administrando justicia a los muertos, sentado. Estos, unos sentados y otros en pie a su alrededor, exponían sus causas al soberano en la casa de amplias puertas de Hades.
Según Virgilio, Minos era el juez de aquellos a los que se había aplicado la pena de muerte tras ser acusados falsamente. Minos se sienta en una urna gigante, y decide si las almas deben ir al Elíseo o al Tártaro con la ayuda de un jurado mudo.
Radamantis era el juez especializado en investigar los crímenes que cada uno había cometido en vida, así lo atestigua Virgilio: posee estos muy crueles reinos el Gnosio Radamantis, y castiga y oye los crímenes, y obliga a confesar los delitos que cada uno, cuando estaba entre los hombres, alegrándose por la vana astucia, dejó para expiar en la tardía muerte. (La Eneida, libro VI 566-9)
Los jueces infernales de la antigua Grecia no sólo tuvieron una fuerte connotación en la mitología romana, con Virgilio como referente, sino también En La Divina Comedia de Dante, donde Minos se sienta en la entrada al segundo círculo del Inferno, que es el comienzo del Infierno propiamente dicho. Ahí juzga los pecados de cada alma y le asigna su justo castigo indicando el círculo al que debe descender. Hace esto dando el número apropiado de vueltas a su cola alrededor de su cuerpo. También puede hablar para aclarar la ubicación del alma dentro del círculo indicado por las vueltas de su cola.

Por último, en la antigua mística griega, entre ellas el orfismo, una de las doctrinas principales es el juicio final de las almas en el Hades, donde a los piadosos se les concede su premio en un banquete sublime y a los impíos se les da el castigo en un pantano, donde tienen que echar agua en una cuba y llevar a cabo otros trabajos sin sentido, indefinidamente. En este caso, junto al trono de Zeus, está la Dike, la diosa de la Justicia, inflexible vengadora de todo delito. Por lo tanto, la creencia órfica era pensar en una retribución en el más allá y para escapar de los terribles castigos en el Hades, ofrecían a los dioses infernales, sacrificios y plegarias con los cuales esperaban no sólo expiación de las culpas para los vivos, sino también para los que ya estaban muertos. Por otra parte, es curioso que los pitagóricos tuvieran como símbolo una Y, el signo del cruce de caminos, en el que el hombre debía elegir qué camino tomar: el del bien o el del mal. (Scripta Minora, I). De esta manera, el alma no se la jugaba después de la muerte.

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  3. Hermes, guía de las almas difuntas
  4. Lete
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