Archivo mensual: agosto 2014

El simbolismo de Troya

TROYANOS
Son los esfuerzos nuestros, de los desventurados,
son los esfuerzos nuestros como los de los troyanos.
Algo conseguimos; nos reponemos
un poco; y empezamos
a tener coraje y buenas esperanzas.
Pero siempre algo surge y nos detiene.
Aquiles en el foso enfrente a nosotros
sale y con grandes voces nos espanta.
Son los esfuerzos nuestros como los de los troyanos.
Creemos que con decisión y audacia
cambiaremos la animosidad de la suerte,
y nos quedamos afuera para combatir.
Mas cuando sobreviene la gran crisis,
nuestra audacia y decisión desaparecen;
se turba nuestra alma, paralízase;
y en torno de los muros corremos
buscando salvarnos con la fuga.
Empero nuestra caída es cierta. Arriba,
sobre las murallas, comenzó ya el lamento.
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Este poema pertenece al poeta griego Constantino Petrou Cavafis,  una de las figuras literarias más importantes del siglo XX y uno de los mayores exponentes del renacimiento de la lengua griega moderna.
Troya, la “dueña de Asia”, la legendaria ciudad que inmortalizó la epopeya homérica, aparece situada bajo el signo de la gloria y la traición: presentes divinos y promesas no respetadas jalonan su historia desde su fundación hasta su destrucción por la astucia y la fuerza.
La Troya de Príamo

La Troya de Príamo

Fue fundada en la llanura del Escamandro por Ilo, hijo del Rey Tros (a su vez fundador mítico del reino troyano), que la bautizó con el nombre de Ilión. Algún tiempo después de su fundación, Zeus envió una señal para demostrar su favor y protección: una estatua de la diosa Palas Atenea, el Paladio, milagrosamente caída del cielo. Para albergarla, Ilo hizo construir en Troya un gran templo consagrado a Atenea. Ilo es el antepasado común de dos linajes reales troyanos llamados a tener unos destinos tan ilustres como opuestos. Por un lado, la rama encabezada por su hijo Laomedonte (padre de Príamo) condenada a la extinción y la de su hija Temiste (abuela de Eneas), destinada a perpetuarse gloriosamente a través de la fundación de Roma.

La caída de Troya fue el exterminio de prosperidad  y poder de una ciudad en la que el anciano Príamo, Rey de Troya, tuvo que sufrir la pérdida de sus conciudanos bajo las armas griegas. Cuando Troya cae al fin, el anciano monarca muere degollado por Neoptólemo, el hijo de Aquiles, de quien un oráculo había profetizado que sería el supremo vencedor de la ciudad. Con Príamo y su linaje desaparecería definitivamente la ciudad de Troya.
Hemos comentado en Animasmundi el tema del destino del hombre y las maldiciones que acarrean sobre los linajes de mayor jerarquía. Por eso, para entender el trasfondo de Troya, os invito a leer los siguientes enlaces: la hybris y las maldiciones en la mitología griega. Tampoco tenemos que pasar por alto que Troya también presenta el destino miserable de las mujeres arrastradas como esclavas lejos de su ciudad. Por lo tanto, la guerra de Troya condujo a los hombres a separarse de la sabiduría, esa vanidad o esa desmesura que desafía a los dioses y, a través de ellos, al orden cósmico. Más allá de representar una entidad abstracta y simbólica, este es el valor que se le confiere a la saga de Troya en el mito cosmogónico antiguo: un valor que por ser simbólico continúa siendo hoy día muy actual, pues las condiciones que dieron lugar a esa gran guerra son hoy en día tan actuales como entonces. Así lo vemos en el poema de Cavafis, donde Troya y su trágico destino sirve al poeta para ejemplificar la vida de los hombres, luchando cada día por la felicidad pero que sólo consiguen en momentos determinados pues los obstáculos volverán a surgir…Sin duda un mensaje pesimista que no puede dejar de recordarnos aquellos primeros versos de aquel soneto IV de Garcilaso: Un rato se levanta mi esperanza / mas, cansada de haberse levantado, / torna a caer, (…)
Fuente de información recomendada:

Poesía completa (Alianza Literaria (Al))

Enlaces relacionados con Cavafis:

Ítaca

La muerte de Sarpedón

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Los sueños en el pensamiento homérico

"La muerte y el sueño"  1874, John W. Waterhouse

“La muerte y el sueño” 1874, John W. Waterhouse

En las obras de Homero, La Ilíada y La Odisea, hay un tema que no tenemos que dejar pasar por alto: los sueños. Por eso, vamos a analizar los tipos de sueños que se dan y sus características generales más comunes, así como algunos datos reveladores que nos llamen más la atención.

En primer lugar, observamos la figura que aparece en sueños y que se dirige al soñador, se coloca sobre su cabeza y le dirige unas palabras. El contenido de este mensaje es siempre el mismo: le recuerda que está dormido y luego le trasmite una orden, una petición o unas palabras que pretenden servir de consuelo. Tras el mensaje, o bien la figura se retira y el soñador se despierta como bien se refleja en el sueño de Agamenón (La Ilíada, Libro II), o bien el soñador responde y reacciona con algún gesto, provocando que la figura se esfume como por ejemplo cuando aparece el alma de Patroclo en sueños y Aquiles intenta abrazarlo (La Iíada, Libro XXIII), o bien, sin solución de continuidad, el soñador se levanta y la figura le ayuda a llevar a cabo el mensaje como es el caso del sueño de Príamo con Hermes, (La Ilíada, Libro XIV).

También puede ocurrir que el soñador —todavía dormido— responda a la figura e incluso se entable una conversación entre ambos, tras la cual la figura desaparece y el soñador despierta, como por ejemplo en el sueño de Penélope con el fantasma de Iftima, (La Odisea, Libro XXIV). De ninguno de los casos parece desprenderse que se produzca el despertar a resultas del sueño, por la impresión que éste causa.

 El esquema resultaría de esta manera:

1. La imagen del sueño se dirige hacia el durmiente ( es muy común que se pose encima de la cabeza).

2. Presentación y leyenda de la imagen del sueño.

3. Consecuencia del sueño.

Se deduce que en Homero el sueño se concibe como algo externo al soñador, con una entidad propia y autónoma, independiente de quien sueña.

Por lo tanto, los sueños que aparecen narrados con detalle en Homero son sueños directos, en los que la figura onírica se presenta al soñador y le dirige un mensaje.

Tan sólo tenemos un ejemplo de un sueño simbólico, el de Penélope con las ocas (La Odisea, Libro XIX) que, por otra parte, es el sueño narrado más extensamente.

El sueño simbólico es un tipo que, con toda seguridad, conocía Homero porque además era un tipo de sueños bien atestiguado en civilizaciones más antiguas. A consecuencia de este sueño, Penélope invoca al comienzo del pasaje al mendigo para que interprete el sueño que a continuación y sin especificar las circunstancias en las que se ha producido, pasa a describir. A lo largo de la narración, Penélope hace hincapié en el hecho de que se trata de un sueño, lo que llamaban los griegos óneiros (somnium, en latín). En La Odisea, Penélope refiere a este mendigo (Ulises) la visión que ha tenido, expresando al finalizar:

Hay sueños inescrutables y de lenguaje oscuro y no se cumple todo lo que anuncian a los hombres. Hay dos puertas para los leves sueños: una, construida de cuerno, y otra, de marfil. Los que vienen por el bruñido marfil nos engañan, trayéndonos palabras sin efecto, y los que salen por el pulimentado cuerno anuncian al mortal que los ve cosas que realmente han de verificarse

Por otra parte, Homero dota al sueño de un mensaje de carácter divino: “—Escuchad, amigos míos; mientras dormía, he tenido un sueño divino. Ahora estamos muy lejos de las naves; que uno de vosotros vaya a decirle al hijo de Atreo, al divino Agamenón, pastor de pueblos, que haga venir a este lugar, lejos de las naves, un mayor número de guerreros” (La Odisea, Libro XIV)

Como se puede observar, en los antiguos griegos los sueños adivinatorios son ya signos de acontecimientos futuros.

Según los griegos, hay cinco tipos diferentes para definir los sueños. Tenemos el óneiros, que los latinos llaman somnium, explicado en líneas anteriores.

Después, el hórama, que es denominado propiamente visión (visio). Pongamos un ejemplo: Pisístrato estaba sumido en un profundo sueño; pero Telémaco no podía disfrutar del placer del sueño, y en su alma, durante toda la noche, el pensamiento de su padre le tenía desvelado. La diosa entonces se acerca al héroe y le habla en los siguientes términos:

—Telémaco, no es conveniente que estés por más tiempo alejado de tu casa (La Odisea, Libro XV)

 Por lo tanto, los sueños no siempre se dan en el dormir y éste se caracteriza como un estado durante el cual el sujeto pierde contacto sensorial con el mundo externo. Los griegos consideraban que las visiones tienen su origen en la misma facultad que produce las ilusiones durante la vigilia, es decir, en la imaginación o fantasía. Se los debe considerar, pues, actos del alma sensitiva.

Otro tipo es el krematismós, que se conoce por oráculo (oraculum). Existen lugares llamados oráculos donde se dirigían para interpretar sueños o señales enviadas por los dioses. Quien los interpreta es el sacerdote. Si se desobedece a un sacerdote se esta desobedeciendo a un dios (los dioses pueden otorgar dones a los hombres). “Canta, oh diosa, la cólera pélida Aquilea” así da comienzo el canto I de La Ilíada. Ya que Agamenón, jefe de los aqueos, había provocado la ira de Apolo, al faltarle al respeto a su sacerdote, Crises. A veces, a través del sueño canalizaban el mensaje que interpretaba la sacerdotisa.

Asimismo, En la Ilíada (Libro I) Aquiles se cuestiona la actitud del dios Apolo, para lo cual consulta a un intérprete de sueños (oneiropólos), mencionándose a su vez a Euridamante, viejo practicante de dicho arte.

Hay que destacar que es muy común que los dioses intervengan directamente en los sueños para comunicarle algo a cada individuo.

Otro tipo de sueño es el denominado el enýpnion, que designamos por ensueño (insomnium); este término expresa única y exclusivamente el sueño en cuanto al acto de dormir, al igual que Hipno. “El divino Sueño vino a mí en sueños durante la inmortal noche. (La Ilíada, Libro II). “Así habló, y el Ensueño partió después de oír estas palabras. Llegó velozmente a las rápidas naves de los aqueos y se dirigió al Atrida Agamenón; lo encontró durmiendo en la tienda, y a su alrededor se extendió el inmortal Sueño” (La Ilíada, Libro Il).

Por último, el phántasma, que se le puede asignar el nombre de aparición. En La Ilíada (Libro XXIII), quien se aparece es un difunto. Cuando el muerto Patroclo se aparece en sueños a Aquiles, le pide que haga incinerar su cuerpo, ya que, al no haber sido enterrado, no podría cruzar el río que le separa del Hades.

En definitiva, el sueño fue en la Antigüedad una incógnita más de cuantas rodeaban al ser humano. En un primer momento, la aproximación del hombre griego al fenómeno onírico debió plasmarse en la tradición oral, basada en la experiencia práctica e influenciada por corrientes orientales. Las fuentes antiguas confirman un conocimiento muy difundido a nivel popular, juzgándose el sueño como el vehículo idóneo para la expresión de la voluntad divina, realizándose a su vez la interpretación de las visiones portadoras de un mensaje alegórico.

Enlace recomendado sobre la misma temática: Hypno y Tánato;

Obras de referencias recomendadas:
Iliada (B. BÁSICA GREDOS)
Odisea (CLÁSICA)
Los libros griegos de interpretacion de sueños

 

 

 

 

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Edad de Oro

La Edad de Oro (Lucas Cranach, 1530)

La Edad de Oro (Lucas Cranach, 1530)

Nos referimos a un período mítico de los orígenes de la humanidad en el que los hombres vivían en la felicidad más completa en una especie de paraíso terrestre. El “mito de las razas”, tal como lo refiere Hesíodo, permite conocer en estado puro un pensamiento mítico vivo que reflexiona sobre la decadencia de la sociedad de su tiempo. Cuenta Hesíodo que fueron cinco las razas que se sucedieron desde el nacimiento de la humanidad. Los hombres de la Edad de Oro fueron los primeros, creados por los dioses Olímpicos, vivían en los tiempos que reinaba Crono. Como los dioses, vivían con “el corazón libre de preocupaciones, al margen de las penas y  las miserias”; siempre jóvenes, desconocían la enfermedad y la vejez. Pasaban el tiempo en un puro regocijo, ajenos a todos los males, y cuando llegaba la hora de la muerte “parecían sucumbir a un dulce sueño”. Poseían todo sin necesidad de trabajar o de luchar: “El suelo fecundo producía por sí solo una abundante y generosa cosecha y ellos vivían de sus campos, en la alegría y la paz, en medio de bienes sin cuento”

Vino a continuación la Edad de Plata, que correspondería al reinado de Zeus, caracterizada por una relativa degradación en relación con la anterior. Con la Edad de Bronce la degradación se acentúa y aparecen fenómenos como la guerra. Tras la Edad de Bronce viene la raza de los héroes, representada especialmente por los héroes de Tebas y los protagonistas de la guerra de Troya. La Edad de Hierro, por último, corresponde a la época de Hesíodo, última fase de decadencia. La descripción que ofrece el autor no presenta más que enfermedades, vejez, muerte e incertidumbre ante un futuro desconocido, angustia por el porvenir y trabajos sin fin. La Edad de Oro enmarcaba el reino de Dice, la Justicia, pero la historia posterior de la humanidad aparece como una larga sucesión de tropiezos y caídas en la hibris (la desmesura) y en la violencia.

En definitiva, Según el poeta griego Hesíodo, la decadencia moral del mundo en el que vivimos es consecuencia de la degradación producida a lo largo de cinco etapas que han marcado la evolución de la raza humana, su progresivo alejamiento de los dioses y su inexorable caída hacia el mal. Tales etapas son la Edad de Oro, la Edad de Plata, la Edad de Bronce, la Edad de los Héroes y la Edad de Hierro. Este mito sobre la evolución humana fue igualmente narrado por el escritor romano Ovidio, en el Libro I de su obra La metamorfosis, aunque sin mencionar la Edad de los Héroes.

Todas las culturas han intentado explicar la historia de la evolución humana, el origen de nuestra especie y las razones de nuestra existencia. Antes de que la ciencia lograra dar una teoría racional al respecto, las sociedades trataban de comprender estos problemas mediante relatos míticos, es decir, historias ejemplares que explican simbólicamente las relaciones del ser humano con el cosmos.

En Los trabajos y los días, Hesíodo explicó por qué los hombres vivimos como vivimos; más aún, explicó por qué no somos iguales que los dioses y hemos llegado a ser lo que somos. Y con un sentido claramente ejemplarizante, subrayó la importancia del trabajo y de la rectitud moral para garantizarse la supervivencia y favorecer el progreso de la humanidad.

Enlaces recomendados: la hybris; el mito en el pensamiento griego.

Fuentes de información:
LOS TRABAJOS Y LOS DÍAS (LITERATURA-OMEGA LITERATURA CLÁSICA)
Obras y fragmentos (B. CLÁSICA GREDOS)

 

 

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