Archivo mensual: marzo 2014

La Teogonía

nacimiento del olimpoLa teogonía griega, según el poeta Hesíodo, es ante todo el relato del nacimiento de “toda la raza de los eternos Inmortales” y de su descendencia, pero aparece también como la epopeya de los combates que enfrentaron a las diferentes generaciones de las divinidades por la conquista del poder, pues los dioses, al ser inmortales, sólo pueden sucumbir a la violencia de otros dioses más fuertes que ellos. La historia de estos cambios de reinado conduce al poeta a enumerar las tres generaciones de Urano, luego la de Crono y por último la de los Olímpicos, a cuya cabeza se sitúa Zeus. El poeta exalta la potencia soberana del señor del Olimpo, el último que conquistó el poder y reina todavía sobre los dioses y sobre los hombres.

La teogonía, ciñéndonos al sentido literal de la palabra, debería ser únicamente el relato del “nacimiento de los dioses”. Sin embargo, en Hesíodo, la teogonía se abre a una cosmogonía (“nacimiento del Universo organizado”), ya que relata primero el nacimiento de las primeras divinidades (personificaciones de elementos), luego el de los primeros dioses y la tarea emprendida por estos para organizar el mundo y poder finalmente reinar en el Olimpo.

La teogonía comienza por tanto, relatando el nacimiento del universo. En los orígenes del mundo existía el Caos, la vida indiferenciada, un abismo sin fondo donde erraban los elementos sin norte ni dirección. Más tarde aparecieron Gea, la Tierra, elemento de estabilidad, la Madre Universal que se enfrenta al estado de confusión de Caos y engendrará todo lo que existe y Eros, el Amor, el principio creador de la vida. Caos engendró de sí mismo a dos entidades contrarias, Érebo (las tinieblas) y Nicte (la noche), que a su vez engendraron sus opuestos y complementarios:  Éter y Hémera (la Luz del día). El Día y la Noche se unieron para formar el Tiempo; Érebo y Éter forman una pareja de opuestos, el negro y el blanco. Gea, por su parte, hizo nacer de sí misma, sin intervención de principio masculino alguno, lo que todavía faltaba en el Universo. Trajo primero al mundo a Urano, el Cielo, “igual a sí misma”, para que la cubriera y fecundase, envolviéndola por entero. La pareja Cielo-Tierra, por fin constituida, organiza el mundo en un Cosmos simétrico y equilibrado. Luego, Gea engendra de sí misma a las montañas y a su contrario líquido, Ponto, el elemento marino.

Aquí termina la primera parte de la cosmogonía, una vez que han aparecido todos los elementos primordiales del Cosmos: la Tierra y el Cielo.

En lo sucesivo, Gea ya no engendrará de sí misma, sino que será fecundada por elementos masculinos. Se une a su hijo Urano y concibe a los Titanes y las Titánides (los primeros dioses que no son meras personificaciones de los elementos), así como a los tres cíclopes y a los tres hecatonquiros (gigantes de cien brazos), seres violentos y primitivos. Ninguno de estos hijos, sin embargo, consigue ver la luz del día porque su padre, Urano, tendido sobre Gea en un incesante acto de procreación, no les deja salir del vientre de su madre. El nacimiento de los dioses del Universo ha quedado interrumpido por la potencia sexual desordenada y excesiva de Urano. Gea crea entonces el metal y con él, fabrica una hoz que entrega a su último hijo, Crono, para que la libere del peso de su incansable esposo. Crono corta entonces los testículos de su padre. Sobre las aguas de Ponto caen gotas de semen que fecundan su espuma, engendrando a Afrodita; sobre la Tierra caen gotas de sangre, de las que nacen las Erinias y las ninfas de los árboles. Gea, esta vez unida a Ponto, trae al mundo a Nereo, padre de las nereidas y a varios monstruos marinos.

La castración de Urano significó también una ruptura en el Universo: el Cielo se separó definitivamente de la Tierra y se fijó en la cima del Cosmos. Este acontecimiento marcó el fin de la primera generación divina pero permitió que el mundo se poblara con los hijos nacidos de ambos. Sin embargo, en el nuevo mundo así establecido, aparecerán fuerzas nuevas: la violencia y el odio (simbolizados por el acto castrador de Crono y por el nacimiento de las Erinias, divinidades de la venganza) pero también el amor con el nacimiento de Afrodita.

La segunda generación, la de los Titanes, será a partir de entonces la dueña del mundo, con Crono como cabeza suprema. Algunos titanes y titánides se unen entre sí: Océano y Tetis engendran los ríos y manantiales; Hiparión y Tía a Helio, Selene y Eos; Ceo y Febe a dos hijas, Leto y Asteria. La pareja más importante será la que formen Crono y Rea, que, tendrán la siguiente descendencia: Hestia, Deméter, Hera, Hades, Poseidón y Zeus. Pero Crono suprime a su descendencia, como hiciera su padre Urano, devorando a sus hijos uno a uno apenas nacen, por temor a que uno de ellos le arrebate el poder.

Desde el acto sacrílego que Crono cometió contra su padre, la teogonía aparece marcada por la ley del Talión. El dominio de Crono, establecido por la fuerza, arrastrará a este al inevitable engranaje que establece que toda falta va seguida de su castigo: su poder puede serle arrebatado como él lo hizo. Zeus, el único hijo que Crono no había llegado a suprimir gracias a un engaño de Rea, que le había dado una piedra envuelta en pañales para que la devorara en lugar del niño, crecerá en la isla de Creta y, ya adulto, se rebelará contra su padre y le destronará después de una larga guerra.

El reinado de Zeus y de sus hermanos y hermanas significa el dominio de la tercera generación de los dioses, los Olímpicos. El orden del mundo queda establecido en lo sucesivo. La supremacía de Zeus es soberana pues, a diferencia de su padre, ha basado su poderío en la justicia y en el derecho. Reparte honores y los poderes con sus hermanos Hades, que reinará en los infiernos, y Poseidón, a quien corresponderá el reino del mar.

Para terminar, esta teogonía va seguida en Hesíodo de una hérôogonia, catálogo de semidioses nacidos de un dios y una mortal o de una diosa y un mortal. De las uniones de los dioses entre sí nacerán a continuación muchas divinidades, pero estos nacimientos suceden ya en un mundo organizado que no tiene, por tanto, una relación directa con la teogonía.

Temas relacionados con la misma temática en animasmundi: Mitos sobre el origen del cosmos y los dioses

Referencia bibliográfica recomendada:013. Obras y fragmentos. Teogonía. Trabajos y Días. Escudo. Fragmentos. Certamen. (BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS)

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Los orígenes de la religión órfica

Orfeo y Eurídice

Orfeo y Eurídice

Los orígenes de la religión órfica están todavía bastante confusos. Desde la mitad del siglo VI a.C., aproximadamente, podemos encontrar distintos puntos de contacto entre el mundo griego y comunidades religiosas, poseídas de unas peculiaridades teorías místicas que tienen como primer predicador a Orfeo, el legendario cantor tracio. La distinción decisiva que hay entre sus opiniones y las de la filosofía consiste en que las enseñanzas que se propagan en estos círculos no se dan como resultado de un trabajo intelectual de uno o varios investigadores, sino como revelaciones de Dios o más bien de su profeta Orfeo y que no se dirigen tanto a la razón cuanto al sentimiento religioso y a la fantasía. Estas religiones tenían que ser creídas, pues el orfismo era, en definitiva, una religión; más exactamente aún, una teoría.

En el  orfismo se distingue dos dominios principales: el de las doctrinas sobre la formación del mundo y el de la creencia en el alma.  Hay que destacar que tanto los cosmólogos órficos como la conocida descripción de Hesíodo acerca del surgimiento del mundo y del nacimiento de los dioses, están totalmente dominados, en lo que respecta a su manera de pensar, por las formas míticas: las dos fuentes de información hacen surgir el mundo de poderes personificados que encarnan dominios parciales del “Todo”, ciertas fuerzas naturales, como el Eros, o también conceptos aislados, como la noche o el tiempo; el desarrollo posterior sucede por generación sexual entre los poderes personales. En definitiva, sus especulaciones cosmogónicas no tienen mayor significación para el desarrollo posterior de la filosofía griega, a no ser la de que por ellos se han renovado los planteamientos sobre algunos problemas.

La significación histórica del Orfismo radica más bien en su doctrina del alma. La mística basada sobre ella ha podido desarrollarse realmente cuando se encontró una oposición hostil entre cuerpo y alma. El sentimiento de esta oposición, que era totalmente ajeno a la antropología homérica, el profundo convencimiento de que el alma humana tiene naturaleza divina y que su cuerpo es su cárcel, eran concepciones que solamente pudieron desarrollarse sobre el suelo griego a consecuencia de la experiencia del éxtasis y ante todo, del culto orgiástico a Dioniso. Por primera vez, con la victoria de la religión de Dioniso, por medio de la cual fue despertada la vida afectiva en sus profundidades más soterradas y fue elevada a alturas insospechadas, va ampliando sus círculos la creencia de que el alma, libre de las ataduras del cuerpo, se hace partícipe de fuerzas maravillosas. De esta manera pudo desarrollarse el pensamiento “de que también el alma tenía que purificarse del cuerpo como de un impedimento que la contaminaba”. Esta teoría surgió en primer lugar bajo el influjo de ideas catárticas como las que entonces dominaban, encarnadas especialmente en Epiménides de Creta, o sea, aquellas teorías que propugnaban que el hombre tenía que “purificarse” de ciertas manchas por medio de poderes demoníacos.

Así se formó el sentimiento de esta tajante oposición y con ello, de la profunda distinción valorativa entre cuerpo y alma, una de las raíces de la ascética órfica. La otra consiste en la aparición de una especie de conciencia de pecado y como consecuencia de esto, una nostalgia de salvación que brotaba de almas atormentadas. Por medio de esta ascética se quería liberar al alma de las ligaduras del cuerpo, es decir,  del mundo de los sentidos, para que ella, que era de origen divino pero que, a consecuencia de una culpa anterior a su existencia terrena, había sido atada al cuerpo, libre de la “órbita del devenir”, libre de todas las ligaduras terrenas, levantase el vuelo hacia la divinidad y pudiese unirse con ella de nuevo. Aquí está tendido el puente entre la ascética y la antigua mística griega, cuya profunda investigación tenemos que agradecer a Edwin Rohde en su Psyche.

La secta órfica no sólo encontró su centro principal en Atenas, también encontró un suelo favorable en la Magna Grecia y Sicilia, y por eso, no es casual el que la mención más antigua del famoso “Orfeo” se encuentre en el rapsoda Íbico de Regio. Noticias sorprendentes nos han ofrecido aquellas extrañas láminas de oro que fueron encontradas en las proximidades de la antigua Turios, y más al Sur todavía, en Petelia, en tumbas de los siglos IV y III a.C; según el texto de los hexámetros que hay grabados sobre ellas, se deduce que eran entregadas a los muertos “para indicarles el camino y para que fueran reconocidos por las divinidades de la muerte”. Pero también en Eleuterna, en Creta, se ha encontrado una inscripción semejante del siglo II a.C. Y aunque desde el siglo IV los cultos órficos fueron degenerando en conspiraciones, han durado, sin embargo, hasta el final de la Antigüedad y todavía han ejercido un influjo importante en los neopitagóricos y neoplatónicos e incluso también en las antiguas representaciones cristianas del más allá y en las del destino del alma humana después de la muerte.

El punto central de la religión órfica se trató en este mismo blog en el siguiente enlace: el mito de los Titanes.

Mito de los Titanes

Mito de los Titanes

Tras la lectura del mito de los Titanes, la ascética ha tenido otra meta, pues una de las doctrinas principales de los órficos es el juicio final de las almas en el Hades, donde a los piadosos se les concede su premio en un banquete sublime y a los impíos se les da el castigo en un pantano, donde tienen que echar agua en una criba y llevar a cabo otros trabajos sin sentido, indefinidamente. Junto al trono de Zeus está la Dike, diosa de la Justicia, inflexible vengadora de todo delito. Así pues, la doctrina de una retribución en el más allá constituye una parte fundamental de la antigua creencia órfica. Para escapar de los terribles castigos en el Hades, los ánimos atemorizados ofrecían a los dioses infernales sacrificios y plegarias con los cuales esperaban no sólo expiación de las culpas para los vivientes, sino también para los que ya habían muerto. De esta manera perseguiría también la ascética de los creyentes órficos escapar con la mayor indulgencia posible del juicio final en el Hades.

Para terminar, una de las características que más llama la atención en esta ascética y que es inaudita en la vida del pueblo griego consiste en la prohibición de comer carne. Uno de los pasajes de las Leyes de Platón nos pone este hecho de manifiesto, cuando habla, idealizándolos, de los hombres de la época primitiva: “Ni una vez se atrevieron a probar carne de reses muertas, ni tampoco sacrificaron animales a los dioses, pero sí ofrecían tortas y frutas rociadas con miel y otras dádivas puras como éstas. Se abstenían, pues, de comer carne en la creencia de que esto era una profanación y de manchar de sangre los altares de los dioses. Una vida órfica, por consiguiente, la llevaban aquellos hombres, que se alimentaban de lo inanimado y que temían lastimar a lo animado”.

Enlaces relacionados con la temática: MetempsicosisPitágoras y el concepto del almaLa transmigración del alma entre los órficosOrfeo más allá de la muerte

Obras de referencias recomendadas:

Psique: La idea del alma y la inmortalidad entre los griegos
Historia filosofia griega vol. 1: primer: Los primeros presocráticos y los pitagóricos. (VARIOS GREDOS)
Las leyes

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Las Erinias

El remordimiento de Orestes

El remordimiento de Orestes.

El cuadro se titula “Las Erinias”, realizado en 1862 por William Adolphe Bouguereau, y trata sobre Orestes perseguido por las Erinias después de matar a su madre con un cuchillo. En este cuadro podemos observar a Orestes desnudo, tapándose los oídos para así no escuchar a las Erinias que señalan la trágica muerte.

Las Erinias son espíritus femeninos de la Justicia y de la Venganza, personifican un antiquísimo concepto de castigo. Los romanos las identificarían más tarde con sus Furias.

Nacidas de las gotas de esperma y sangre que cayeron sobre Gea cuando Crono mutiló a Urano, se las considera primitivas divinidades ctónicas del panteón helénico y en este sentido pueden compararse a las Moiras, ya que no tienen otras leyes que las propias y no reconocen la autoridad de los dioses olímpicos.

Principalmente las Erinias son tres: Alecto (la implacable) perseguía sin descanso a los mortales hasta conseguir que murieran de locura; Tisífona (la vengadora del asesinato) castigaba los delitos de sangre; y, por último,  Megera (la celosa) se encargaba de hacer nacer el odio y la discordia entre los mortales, castigando los delitos de infelicidad. Las tres se representaban como genios femeninos alados con los cabellos entreverados de serpientes y blandiendo antorchas o látigos. Su morada es el Érebo, las tinieblas infernales. A menudo comparadas con “perras”, vuelven locas a sus víctimas, a las que persiguen sin descanso.

Protectoras simbólicas del orden del cosmos (el universo organizado frente al Caos) y del orden religioso y cívico característicos del pensamiento helénico, opuestos a las fuerzas desestabilizadoras de la anarquía, persiguen a todo aquel que haya cometido una falta susceptible de turbarlos, desde las cometidas contra la familia hasta el pecado de la  hibris. Castigan especialmente a los asesinos, ya que su crimen es tanto una mancha de tipo religioso como una amenaza para la estabilidad del grupo social. Expulsado de su ciudad, el culpable errará de ciudad en ciudad, víctima de la persecución de las terribles Erinias, hasta que encuentre una autoridad caritativa que consienta en purificarlo de su crimen. Las Erinias se convierten entonces en las Euménides, “las bondadosas”, eufeminismo con el que se pretendía halagarlas para desviar su cólera y conseguir que fueran propicias.

Desde los poemas homéricos, la función esencial de las Erinias es la de vengar el crimen y castigarlo, especialmente los cometidos contra la familia, encabezados por el parricidio. La tradición trágica les otorga este papel fundamental a través de la historia ejemplar de dos familias míticas perseguidas por una maldición implacable: los Labdácidas, en torno a la figura de Edipo y los Atridas, en torno a la de Orestes, ambos parricidas irresponsables que obtendrán la redención de su crimen después de la purificación. La maldición divina original cede así su lugar a un nuevo orden cívico.

En la obra de Sófocles, Edipo en Colono, es significativo que llega a su última morada en el bosque dedicado a las Erinias. Esto demuestra que ha pagado su penitencia por sus crímenes de sangre haciendo una ofrenda a las Erinias. De esta manera,  Edipo consigue redimirse de su desgracia y desaparece bajo el suelo divino, en una especie de apoteosis misteriosa y serena.

Por otra parte, cuando Agamenón regresa de Troya con su nueva esclava y amante, Casandra (hija de Príamo y Hécuba), una Clitemnestra enfurecida tras el sacrificio de su hija Ifigenia y las infidelidades maritales, asesina a ambos con ayuda de su nuevo amante. Será su hijo Orestes quien vengue el crimen matando a su propia madre. Pero esto es matricidio, un terrible delito de sangre, y las Erinias se lanzan a la persecución del joven. Todos los dioses, que consideran relativamente legítima la venganza tomada por Orestes, tratan de persuadirlas para que dejen tranquilo a Orestes. Las Erinias no parecen dispuestas a aceptar, llegando a pedir “sangre por sangre” en el santuario de Apolo. Sólo los dioses consiguen salvar la vida de Orestes, proponiendo que sea juzgado en el Areópago, el tribunal situado en Atenas, verdadera referencia en toda Grecia. La propia Atenea termina por absolver a Orestes.

Por último, La Eneida de Virgilio modifica un tanto esta función reguladora y redentora: las Erinias se convierten en simples divinidades infernales que atormentan a las almas de los muertos encadenadas en el Tártaro.

Os recomiendo la siguiente obra de referencia:

040. Tragedias (Ayax. Las traquinias. Antígona. Edipo rey. Electra. Filoctetes. Edipo en Colono) (BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS)

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La muerte de Sarpedón

LAS EXEQUIAS DE SARPEDON

Profundo dolor tiene Zeus. Ha dado muerte

Patroclo a Sarpedón; y ahora se abalanzan

el hijo de Menecio y los aqueos a arrebatar

el cuerpo y ultrajarlo.

Pero esto no agrada en absoluto a Zeus.

A su hijo amado -al que dejó

morir: tal era la ley al

menos muerto lo honrará.

Y he aquí que envía a Apolo a la llanura

instruido de cómo cuidar el cuerpo.

Con unción y dolor el cadáver del héroe

levanta Apolo y lo lleva hasta el río.

Lo limpia del polvo y de la sangre;

cura las horribles heridas, sin dejar

que aparezca vestigio alguno; vierte sobre él

los aromas de la ambrosía; y con espléndidos ropajes

olímpicos lo viste.

Blanquea su cutis; y con una peineta de perlas

sus cabellos negrísimos peina.

Los hermosos miembros los arregla y recuesta.

Ahora parece un joven rey auriga –

en sus veinticinco años, en sus veintiséis que

reposa después haber ganado,

con un carro de oro y velocísimos caballos,

en un certamen famoso el galardón.

En cuanto Apolo hubo terminado

su misión, llamó a los dos hermanos

al Sueño y a la Muerte, ordenándoles

que el cuerpo llevaran a Licia, ese rico país.

Y hacia allá al rico país, a Licia,

viajaron estos dos hermanos

Sueño y Muerte, y cuando ya llegaron

a la puerta de la casa real,

entregaron el glorificado cuerpo,

y volvieron a sus otras preocupaciones y quehaceres.

Y cuando lo recibieron allí; en la casa, comenzó

con procesiones, y honras, y lamentos,

y con abundantes libaciones en sagradas crateras,

y con todo lo necesario, la triste sepultación;

y después hábiles artesanos de la ciudad

y afamados artífices de la piedra

vinieron a labrar el túmulo y la estela.

*********************************************************

Este poema pertenece al poeta griego Constantino Petrou Cavafis,  una de las figuras literarias más importantes del siglo XX y uno de los mayores exponentes del renacimiento de la lengua griega moderna.

El poema, de carácter épico-narrativo,  se centra en el Canto XVI de la Ilíada, cuando llega la hora de la muerte de Sarpedón, hijo de Zeus, a manos de Patroclo. A pesar de que la muerte de Sarpedón es discutida entre los dioses, finalmente se dictamina lo que está escrito en el destino de Sarpedón:

[Hablando de Sarpedón] deja que muera a manos de Patroclo en reñido combate; y cuando el alma y la vida le abandonen, ordena a la Muerte y al dulce Hipno que lo lleven a la vasta Licia, para que sus hermanos y amigos le hagan exequias y le erijan un túmulo y un cipo, que tales son los honores debidos a los muertos.

Hypnos_Thanatos

Hypnos y Thanatos toman al difunto Sarpedón (Londres, British Museum)

Una vez muerto un guerrero, era muy común apoderarse del cadáver, ultrajarle y quitarle la armadura como recompensa por la heroica victoria. Tras un duro combate bajo la mirada de Zeus y tras ser arrebatada la armadura de Sarpedón como premio, Zeus finalmente manda a Apolo a recoger el cuerpo de su hijo para prepararle en el ritual funerario. En la Grecia antigua, un funeral era mucho más complejo que un enterramiento o una cremación del cuerpo. Se llevaban a cabo unos ritos que tenían la propiedad de ayudar al alma muerta en su tránsito del mundo de los vivos al mundo de los muertos. Del perfecto cumplimiento del ritual dependería la salvación del individuo, es decir, el alma no vagaría en una eterna angustia. Por lo tanto, el rito funerario era un eslabón tan importante como el nacimiento y el matrimonio porque los griegos consideraban la muerte un nuevo status.

Zeus accede a darle este último trato de favor al héroe Sarpedón, ya que no puede salvarle del destino de la muerte:

¡Ea, querido Febo Apolo! Ve y después de sacar a Sarpedón de entre los dardos, límpiale la negra sangre; condúcele a un sitio lejano y lávale en la corriente de un río, úngele con ambrosía, ponle vestiduras divinas y entrégalo a los veloces conductores y hermanos gemelos: el Hipno y la Muerte. Y éstos transportándolo con presteza, lo dejarán en el rico pueblo de la vasta Licia. Allí sus hermanos y amigos le harán exequias y le erigirán un túmulo y un cipo, que tales son los honores debidos a los muertos (..)Apolo no desobedeció a su padre. Descendió de los montes ideos a la terrible batalla y en seguida, levantó al divino Sarpedón de entre los dardos, y conduciéndole a un sitio lejano, lo lavó en la corriente de un río, ungiólo con ambrosía, púsole vestiduras divinas y entrególo a los veloces conductores y hermanos gemelos: el Hipno y la Muerte. Y éstos, transportándolo con presteza, lo dejaron en el rico pueblo de la vasta Licia.

Además del rito funerario, vamos a destacar dos personificaciones de notable presencia en el pensamiento griego arcaico: Hipno (Sueño) y Tánato (Muerte)

Las fuentes literarias más arcaicas que nos han llegado de Hipno corresponden a la Ilíada donde inicialmente aparece el personaje como hermano de Tánato, ambos encargados de trasladar a Sarpedón  a un lugar donde se le puedan realizar las honras fúnebres para continuar con su viaje al más allá.

Hipno se nos presenta así como el dios del sueño y conduce,  junto a su hermano Tánato, a los difuntos hasta su lugar final de reposo, facilitando el cumplimiento de la premisa de las honras fúnebres heroicas en la patria del difunto, donde los honores serán mayores y ofrecidos no por los extranjeros sino por los miembros del grupo familiar.

Este hecho resalta la complejidad de Hipno como personaje mitológico  incluido en el limbo de los sueños y en el de la muerte, donde ambas presencias (sueño y muerte) estuvieron conectadas en el pensamiento griego antiguo. Durante todo el s. V a.C., se desarrolló un culto funerario destacable en torno a la figura de Hipno y su hermano gemelo Tánato en los que ambas personificaciones son presentadas como intermediarias entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

Para concluir, cabe destacar el tema del destino como fuerza sobrenatural que guía la vida humana, que se erige como una ley que está por encima del hombre y de los dioses y no quebrantable bajo ningún concepto. Así, el autor del poema humaniza al mismísimo Zeus que  no puede evitar la trágica muerte de su propio hijo: Profundo dolor tiene Zeus.

Otros poemas de Cavafis en Animasmundi:

Ítaca

El simbolismo de Troya

Enlaces relacionados con la misma temática: Hipno y Tánato; Hermes; los sueños en Homero

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