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Hécate

Invoco a Hécate , protectora de los caminos, en las encrucijadas, grata, celeste, terrenal, marina, de azafrana­do peplo, sepulcral, y que se agita delirante entre las almas de los muertos; hija de Perses , amante de la soledad, que disfruta con los ciervos, noctámbula, protectora de los perros, invencible soberana que devora animales salva­jes, sin ceñidor en su cintura, y con una figura irresistible; que se mueve entre los toros, dueña guardiana de todo el universo; conductora , joven guerrera, nutridora de jó­venes, montaraz. En conclusión, suplico que asista la don­cella a los sagrados misterios, mostrándose propicia al boyero de corazón siempre alegre. (I Himno a Hécate).

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Hécate

Hécate (el que hiere a voluntad, que ataca como le place) es una divinidad compleja, indudablemente muy arcaica, procedente del sur de Asia Menor. Según Hesíodo, es descendiente de los titanes, hija de Perses y Asteria, por eso no se vincula con el Panteón de los doce grandes dioses olímpicos. Sin embargo, su poder, que se extiende sobre la tierra, el mar y el cielo, es inmenso. Divinidad bienhechora, hace prosperar las empresas de los hombres (cría de ganado, guerras, viajes, procesos…), pero puede condenarlas al fracaso si así le place. El propio Zeus respeta su omnipotencia. Con el tiempo esta imagen tutelar se difumina:  Hécate se convierte en una inquietante divinidad del reino del Hades, donde a veces se la encuentra sosteniendo dos antorchas en las manos. Vinculada a un mundo nocturno, diosa de la luna y de la magia, aparece a menudo bajo formas animales (perra, loba, yegua) seguida por una jauría aullante. Es la Triple Hécate de los sortilegios que se alza en los cruces de caminos (lugares particularmente consagrados a las prácticas mágicas) bajo la forma de una estatua tricéfala o incluso con tres cuerpos. En una época más tardía se establecía una relación entre Hécate, Artemisa y Selene. En Roma, Hécate sería identificada con Trivia, diosa de la encrucijada.

La triplicidad tan acusada de Hécate, perceptible tanto en sus antiguos poderes (aire, mar y tierra) como en las diversas representaciones de la diosa (como puede ser la Quimera o Cerbero), haría referencia a una división del tiempo o del año muy arcaica que implicaba tres periodos, cada uno de los cuales estaría simbolizado por un animal. Tiene tres cuerpos y tres cabezas: de león, perro y yegua.

El propio Zeus honra a Hécate tanto que nunca le niega la antigua facultad de la que ha gozado siempre: la de conceder o negar a los mortales cualquier don que deseen.

La inclusión y alabanza de Hécate en la Teogonía son problemáticas para los investigadores, ya que Hesíodo (700 a.C.) parece elogiar en demasía sus atributos y responsabilidades, a pesar de ser, en aquella época, una diosa relativamente menor y extranjera. Se ha propuesto que esto puede ser debido a que en la población de origen de Hesíodo (Beocia) hubo una devoción substancial hacia Hécate y que su inclusión en la Teogonía fue su propia forma de promover a la diosa local entre el público no familiarizado. Lo que sí quería reflejar Hesíodo era su rango como diosa triple original, suprema en el cielo, la tierra y el Tártaro; pero los helenos destacaban sus poderes destructores a expensas de las fuerzas sutiles creadoras, hasta que por fin sólo se la invocaba en los ritos clandestinos de magia, especialmente en los lugares donde confluían tres caminos.

A medida que su culto se extendió a zonas de Grecia, se presentó un problema, dado que el papel de Hécate ya estaba cubierto por otras deidades más prominentes del panteón griego, particularmente Artemisa y por Némesis, personaje más arcaico. Esta analogía mística de la triada (Artemisa, Némesis y Hécate) fomentaron el carácter sagrado del número tres.

Emergen entonces dos versiones de Hécate en la mitología griega: la menos conocida es un claro ejemplo de intento por integrarla sin disminuir a Artemisa. En ella, Hécate es una sacerdotisa mortal comúnmente asociada con Ifigenia, que desdeña e insulta a la diosa cazadora, lo que la lleva finalmente a suicidarse. Artemisa adorna entonces el cadáver con joyas y susurra para que su espíritu se eleve y se convierta en la diosa Hécate, que actúa de forma parecida a Némesis como espíritu vengador, pero únicamente para mujeres heridas. Este tipo de mitos en el que una deidad local patrocina o «crea» a una deidad extranjera era popular en las culturas antiguas como forma de integrar sectas extranjeras. Adicionalmente, a medida que la adoración de Hécate crecía, su figura fue incorporada al mito posterior del nacimiento de Zeus como una de las comadronas que escondieron al niño, mientras Crono consumía la roca falsa que le había dado Gea.

La segunda versión ayuda a explicar cómo Hécate se ganó el título de «Reina de los Fantasmas» y su papel como diosa de la hechicería. De forma parecida a las hermas (tótems de Hermes) que se colocaban en las fronteras como protección frente al peligro, las imágenes de Hécate, como diosa liminar, podía también jugar un rol como protectora de espíritus. De esta manera, era muy común poner estatuas de la diosa en las puertas de las ciudades y finalmente en las puertas de las casas. Sin embargo, con el tiempo, la creencia en el alejamiento de espíritus malignos llevaría también a la creencia de que ofender a Hécate también los atraía. Así surgieron las invocaciones a Hécate como gobernadora suprema de las fronteras entre el mundo de los vivos y el mundo de los fantasmas. En suma, Hécate tenía la “llave” para evitar que el mal escapara del mundo de la oscuridad, como también permitía que dicho mal entrase. De ahí se explica la presencia de Hécate (como diosa lunar) en el cementerio y el poder que tenía ella sobre estos lugares tan tenebrosos. Los atributos más representativos, además de las dos antorchas, eran las hojas de álamo negro, que al ser oscuras por una cara y claras por la otra, simbolizaba el límite entre los dos mundos.

En el relato mítico del rapto de Perséfone por Hades, la única información que pudo obtener Deméter, se la dio Hécate quien había oído a la joven doncella gritar: «¡Un rapto, un rapto!», pero al correr en su ayuda no había encontrado ni rastro de ella. Luego, Deméter llamó a Hécate para ver a Helio, quien todo lo ve, y le obligaron a admitir que Hades había sido el que raptó a Core. Así, Core pasaría tres meses del año en compañía de Hades como Reina del Tártaro, con el nombre de Perséfone (de phero y phonos, «la que trae la destrucción»), y los nueve meses restantes con Deméter. Hécate se ofreció a asegurar que se cumpliera ese acuerdo y a vigilar constantemente a Core.

Las fuentes más remotas presumen de citar a Core, Perséfone y Hécate como la diosa en Tríada que simbolizaba la Doncella, Ninfa y Vieja, en una época en que, posiblemente, las mujeres practicaban los misterios de la agricultura. Core representa el grano verde, Perséfone la espiga madura y Hécate el cereal cosechado, indicando así un rito de la fertilidad para asegurar una próspera cosecha durante el año. De nuevo, nos encontramos con el tres, como símbolo sagrado. También el mismo número sagrado se puede interpretar con el rapto de Core por Hades en el que la trinidad helénica de dioses se casa forzosamente con la triple diosa pre-helénica: Zeus con Hera, Zeus o Posidón con Deméter, y Hades con Core.

Cubierta De Libro, Fantasía, Retrato
Empusas, demonios femeninos seductores

Como dato relevante, las hijas de Hécate fueron los repugnantes demonios llamados Empusas (“obstaculizar”, interpretándolo como “la que obstaculiza” o bien como “la que tiene un solo pie”, en tanto que pasaba por tener un pie de bronce) que se las reconocen por tener ancas de asno y de bronce. Se alimentaban de carne humana y aterrorizaban a las mujeres y a los niños.

Estos demonios solían asustar a los viajeros, pero también se las podían ahuyentar con palabras insultantes: al oírlas, huían chillando despavoridas. Las Empusas, igualmente, se disfrazan de perras, vacas o doncellas hermosas y como último fin, se acuestan con los hombres por la noche o durante la siesta, alimentándose de sus fuerzas vitales hasta que morían. Cuenta la leyenda que eran demonios femeninos muy seductores, concepción probablemente llevada a Grecia desde Palestina, donde se las llamaba Lilim («hijas de Lilith») y se creía que tenían ancas de asno, pues el asno simbolizaba la lascivia y la crueldad. Lilith («buho») era una Hécate cananea y los judíos hacían amuletos para protegerse con ella en una época tan posterior como la Edad Media.

Referencias:

Graves, R. Los mitos griegos I. Ed. Alianza.

Vernant, J.P. El universo, los dioses, los hombres: el relato de los mitos griegos. Ed. Anagrama.

Diccionario Etimológico de la Mitología Griega (PDF).

Himno homérico a Deméter. Enlace: Deméter

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Febe, Ceo y Hécate

Febe es, tal y como lo expresa su nombre, portadora de un gran brillo. Por medio del titán Ceo se convierte en madre de Asteria y Leto; sus sobrinos son Apolo y Ártemis. La luz que irradia esta titánide también irrumpe con fuerza de su descendencia. Es la predecesora del oráculo de Delfos, que primero correspondía a Gea y después a la titánide Temis. El oráculo de Delfos estuvo desde un principio custodiado por mujeres. De él se dice que «hasta donde llega la memoria, el oráculo estuvo reservado a mujeres». En un primer momento se anunciaban allí las sentencias de Gea y de sus sucesoras, después las de Apolo por medio de su sacerdotisa. El oráculo titánico es un oráculo de las madres; el apolíneo, de las vírgenes que son boca, receptáculo y crátera de Apolo. Apolo se encarga de administrar el oráculo por encargo de Zeus. La sentencia de Dodona reza así:

Gea nos trae los frutos, por ello

venerad a la tierra como madre.

Zeus fue, Zeus es, Zeus será.

¡Oh tú, todopoderoso Zeus!

Se han formulado conjeturas sobre los inicios del oráculo de Apolo. En un primer momento parece que fueron pastores, caros a Apolo, quienes dieron con el lugar, se entusiasmaron con el vapor que ascendía de él y, bajo la inspiración de Apolo, pronunciaron las respuestas del oráculo. Boio, una délfica, dice que fueron los hiperbóreos quienes prepararon el oráculo para el dios. Se atribuye a Femónoe, la primera sacerdotisa de Apolo en Delfos, la invención del hexámetro, y se dice que fue la primera en componer las sentencias de Apolo en estos versos. Al parecer, la muerte del dragón pítico es el acontecimiento que pone punto final al antiguo oráculo ctónico. En Febe se advierte claramente que el oráculo pasa a pertenecer a Apolo.

Febe y Asteria representadas en un relieve del Altar de Pérgamo.

Asteria, hija de Febe y de Ceo, es la madre de Hécate, a la que engendra con el titán Perses. El himno a Hécate inserto en la Teogonía muestra la veneración que se le tributaba y el poder de que disponía. En Hécate hay algo que todo lo une, de manera que con sus poderes y dones impera y entreteje a través de vastos espacios; en todos los lugares sale al encuentro del hombre y el hombre tiene acceso a ella desde múltiples ámbitos y en todos los caminos de la vida. De ahí que se la llame «la que actúa desde la distancia». La Teogonía dice de Hécate que ya en la época de los titanes ejercía un triple dominio: sobre la tierra, sobre el cielo y sobre el mar. No sólo es de origen titánico, sino que ella misma es una titánida. Su ascendencia se remonta a tiempos inmemoriales y permanece incólume a través de todas las convulsiones. De ella se dice que tiene una parte en todo y que todo lo disfruta. Zeus la venera por encima de cualquier otra, jamás la ofende y no la priva de los honores de los que ya disfrutaba en gran medida bajo Crono. Antes bien, la respeta mucho y multiplica sus dignidades.

¿Qué significa que Hécate participa de todos los seres y todos los poderes titánicos y qué calidad tiene esta participación? Con ella nos encontramos ante una dominadora de un poder peculiar. No se limita a una determinada función; su acción atraviesa y cruza cualquier otra acción y une aquello que es opuesto o que parece serlo. Su poder interviene espacialmente en todo, en la tierra firme, en el espacio celeste y marino. No obstante, no es reina sobre la tierra, ni es soberana del cielo y del mar. Como Gea, abarca los espacios luminosos del día y la oscuridad subterránea. Pero no impera sobre el día ni sobre la noche. No es fácil pensar como una forma a la plural Hécate, que actúa en las correspondencias y en los antagonismos, pues se diluye de un modo fantasmagórico y se sustrae a toda mirada. Este diluirse es propio de ella. Como su poder, también ella tiene algo de trimorfo, su lugar predilecto es el cruce de tres caminos.

Hécate, ilustración de Stéphane Mallarmé.

Lo titánico en Hécate se manifiesta de un modo diferente al de los grandes titanes, como misterio de la naturaleza en el oscuro retorno de las conexiones y uniones. Hécate ama los caminos, sobre todo cuando se entrecruzan y entrelazan. A esto se debe que se haga escuchar en las reuniones, las contiendas, los juicios, las competiciones donde se cruzan muchas voluntades y opiniones; que asegure la victoria, el botín y la gloria; que otorgue protección a los navegantes, puesto que conoce incluso los desconocidos caminos del mar y guía con seguridad. Bajo su dominio están los juramentos; el juramento de aquel que la invoca es vinculante en cualquier lugar, puesto que Hécate está en todas partes. En sus manos está el saber hacer, es capaz de todo y de incentivar a todos.

Debido a que su poder actúa de múltiples maneras en las bifurcaciones, conexiones y cruces, al final de cada mes y en las encrucijadas de los caminos se colocaba en su honor y en el de los dioses que alejan las desgracias una comida con la que se confortaban los pobres. Como tiene parte en todo, está en contacto con todos los titanes y dioses, preferentemente con Rea, con Ártemis, protectora de los jóvenes, y con Selene y Perséfone. Bajo su dominio se encuentra toda la naturaleza elemental, pero siempre en las uniones, conexiones y perspectivas que existen entre los diferentes ámbitos y círculos. En el Himno homérico encuentra y acompaña a Deméter; sigue los pasos de Perséfone, que conducen de la oscuridad hacia la luz y de la luz hacia la oscuridad. Es también soberana del mundo inferior y al mismo tiempo diosa de las expiaciones y purificaciones, pues a través de ella se abre el buen camino. Como diosa nocturna que conduce a lo más subterráneo está, al igual que Selene, bañada de un brillo plateado. Saca a las almas del Hades inaccesible, pues entra y sale de él volando libremente. También, vagabundea fantasmagóricamente en las encrucijadas con las almas de los difuntos, es de ahí donde se comprende bien que guarde relación con el mensajero Hermes, conocedor de los caminos.

Por otra parte, Hécate es la madre ancestral de los magos y las magas, la instructora de Medea y Circe. Por esta característica suya la invocan aquellos que se ocupan de la magia y los conjuros, y los que en las noches de luna recolectan las hierbas en las que han penetrado los poderes de Hécate. A Hécate le seducen la noche, las tumbas, la sangre de los asesinados; en su honor se sacrifican ovejas de color negro, perros jóvenes y miel. El perro es un animal inseparable de Hécate. No sólo se presenta acompañada por perros estigios cuando asciende del submundo, sino que los perros que vagan por los caminos nocturnos anuncian su cercanía con aullidos y alaridos. La relación del perro con Hécate da una idea de la naturaleza de este animal.

Para ampliar más información: Hécate

Bibliografía:

Friedrich Georg Jünger: Mitos griegos. Carlota Rubies (tr.). Barcelona: Herder, 2006.

Datos de interés:

Friedrich G. Jünger, pensador alemán hermano del conocido Ernst Jünger, dedicó la mayor parte de su obra al estudio de la antigüedad clásica y las implicaciones filosóficas de la era técnica. Este es el primero de sus libros traducidos al castellano.

Friedrich Jünger estima que el mito no es sólo algo que ocurrió en un pasado imaginario sino que es una protohistoria que cíclicamente se manifiesta en el tiempo histórico del hombre. Por ello realiza una descripción de los dioses griegos, no tanto movido por una curiosidad filológica, sino por el interés de descifrar la naturaleza profunda de nuestra época. Jünger lleva a cabo retratos filosóficamente densos de los principales dioses de la mitología griega buscando su reflejo en el momento actual. Por ejemplo, estima que detrás de los titanes hay una forma de entender el tiempo que es la propia de la era técnica: un tiempo cavernario, mecánico y repetitivo. Son excelentes, y de clara influencia nietzscheana, los artículos dedicados a Apolo y Dioniso.

Texto recomendable para los interesados en la mitología griega y la filosofía de la técnica inspirada en Heidegger o Ernst Jünger.

 

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Las maldiciones en la antigua Grecia

Una tumba con los restos incinerados de una joven que vivió en Atenas hace 2.400 años llamó la atención de los arqueólogos. Hallada en el año 2003, en la sepultura había cuatro tablillas de plomo con inscripciones que demuestran que en la antigua Grecia era muy importante llevarse bien con la gente y no granjearse enemigos.

Un reciente estudio de las tablillas demostró que fueron creadas para enviar mala suerte o energía destructiva a cuatro matrimonios de taberneros que podrían haber enfurecido a sus rivales comerciales.

Es posible que la difunta no tuviera nada que ver con las maldiciones, escribe el portal Live Science. Jessica Lamont, profesora de la Universidad John Hopkins de Baltimore, EE.UU. explica que “las tablillas de maldiciones funcionan de la siguiente manera: se supone que han de depositarse en algún lugar bajo tierra, como una tumba o un pozo. Se creía que estas localizaciones subterráneas ofrecían un canal a través del cual las maldiciones alcanzaban el inframundo”.

De manera que la muerte de la joven habría proporcionado un fácil acceso a los dioses a los que iban dirigidas las órdenes escritas en la maldición. Hécate, Artemisa y Hermes, las deidades invocadas en la tablilla, estaban relacionadas con el inframundo, el lugar al que iban a parar las almas de los muertos. En la antigüedad a menudo se asociaba a estos dioses con rituales de sacrificio.

Lamont destaca que “los taberneros eran conocidos a menudo por su tendencia a las trampas y a las maquinaciones”, por lo que supone que los autores de la maldición estaban motivados por “una rivalidad comercial”. Fuente original: RT

sarcofago-griego

Sarcófago griego

En los relatos míticos nos podemos encontrar un tema que siempre me ha llamado la atención: las maldiciones. A través de estas lecturas, descubrimos que la conciencia y el alma también se transmiten de generación en generación. Si el sistema familiar tiene alguna parte desequilibrada, todas las partes quedan afectadas. Pongamos como ejemplos las muertes inexplicables, las normas transgredidas de la familia, la homosexualidad rechazada, los miedos profundos, los acosos sexuales sufridos, en definitiva, los lazos de los progenitores se trasladan y se transmiten a los descendientes hasta que desaparece la totalidad de la estirpe familiar. Es decir, a través del inconsciente estamos ligados a nuestros padres y ellos a los suyos, hasta llegar a la raíz de un problema que conecta con una realidad que pasa desapercibida, pero que nunca se resuelve el conflicto porque no hay una aceptación de su existencia y, por lo tanto, la liberación de la persona nunca pasa por el reconocimiento de sus lazos ancestrales porque no son conscientes. Así pues, las almas de la misma familia sufren una maldición cuyas consecuencias son irreversibles. En la mitología griega hay varios ejemplos sobre este discurso tan interesante y peculiar.

CementerioLas maldiciones en Grecia y Roma seguían un protocolo muy formalizado. Llamadas katadesmoi (ataduras) por los griegos y tabulae (defixiones) por los romanos, se escribían en tablillas de plomo u otros materiales. Generalmente, invocaban la ayuda de un espíritu (una deidad, un demonio o un muerto prematuro) para cumplir con su objetivo y eran colocadas en algún lugar considerado eficaz para su activación, como en una tumba, cementerio, pozo o manantial sagrado.

En el texto de la maldición, el peticionario expresaba su deseo de que el enemigo sufriese daño de alguna forma específica. Con frecuencia se añadía la falta que había cometido la persona maldita: un robo, una infidelidad, no haber correspondido al amor del malediciente, haberle faltado al respeto, haberle robado el amor de su vida, etc.

Los griegos practicaban con frecuencia este tipo de maldiciones. De hecho, los griegos tenían en la edad heroica unos sacerdotes especiales llamados areteos, o sea, ‘maldecidores’.

Conservamos un corpus importante de este tipo de textos que nos permite saber cómo lo hacían. Abundan en la Ilíada estas imprecaciones, como la de Crises contra Agamenón y los griegos en el canto I. También abundan en las tragedias de Sófocles. Cuando Alcibíades fue desterrado después de la mutilación de Hermes, todos los sacerdotes del Ática excepto uno lanzaron contra él las más terribles imprecaciones. Fuente original: Animasmundi-Maldiciones

Enlaces relacionados con la temática:

 

 

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Hades: el dios de las almas muertas

Narra el mito de uno de los dioses más temidos de la Antigua Grecia, de quienes intentaron burlarse de él y de los mortales que intentaron cruzar su camino. También se habla de la vida después de la muerte según la versión griega, pero le da al dios un fin sincrético. Os recomiendo el documental además de los artículos de este blog relacionados con el Hades.

Hades

Perséfone

Hécate

Eidôlon

El alma en Homero

Sísifo

Los ritos funerarios y el alma

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febrero 21, 2014 · 5:11 pm

Hécate, la otra cara del Hades

Hecate

Hecate (Photo credit: David J. Lull)

Hécate es una divinidad compleja, indudablemente muy arcaica, procedente del sur de Asia Menor. Según Hesíodo, es descendiente de los titanes, hija de Perses y Asteria, pero no pertenece al Panteón de los doce grandes dioses olímpicos. Sin embargo, su poder, que se extiende sobre la tierra, el mar y el cielo, es inmenso. Divinidad bienhechora, hace prosperar las empresas de los hombres (cría de ganado, guerras, viajes, procesos…), pero puede condenarlas al fracaso si así le place. El propio Zeus respeta su omnipotencia. Con el tiempo esta imagen tutelar se difumina. Hécate se convierte en una inquietante divinidad del reino del Hades, donde a veces se la encuentra sosteniendo dos antorchas en las manos. Como Perséfone, pasa a menudo por hija de Deméter. Vinculada a un mundo nocturno, diosa de la Luna y de la magia, aparece a menudo bajo formas animales (perra, loba, yegua) seguida por una jauría aullante. Es la Triple Hécate de los sortilegios que se alza en los cruces de caminos (lugares particularmente consagrados a las prácticas mágicas) bajo la forma de una estatua tricéfala o incluso con tres cuerpos. En una época más tardía se operó una asimilación entre Hécate, Artemisa y Selene. En Roma, Hécate sería identificada con Trivia, diosa de la encrucijada.

La triplicidad tan acusada de Hécate, perceptible tanto en sus antiguos poderes (aire, mar y tierra) como en las diversas representaciones de la diosa (como puede ser la Quimera o Cerbero), haría referencia a una división del tiempo o del año muy arcaica que implicaba tres periodos, cada uno de los cuales estaría simbolizado por un animal.

La inclusión y alabanza de Hécate en la Teogonía son problemáticas para los investigadores, ya que Hesíodo parece elogiar en demasía sus atributos y responsabilidades en el antiguo cosmos a pesar de ser en aquella época una diosa relativamente menor y extranjera. Se ha propuesto que en la población de origen de Hesíodo hubo una devoción substancial hacia Hécate y que su inclusión en la Teogonía fue su propia forma de promover a la diosa local entre el público no familiarizado.

A medida que su culto se extendió a zonas de Grecia se presentó un problema, dado que el papel de Hécate ya estaba cubierto por otras deidades más prominentes del panteón griego, particularmente Artemisa y por personajes más arcaicos como Némesis.

Emergen entonces dos versiones de Hécate en la mitología griega. La menos conocida es un claro ejemplo de intento por integrarla sin disminuir a Artemisa. En ella, Hécate es una sacerdotisa mortal comúnmente asociada con Ifigenia, que desdeña e insulta a la diosa, lo que la lleva finalmente a suicidarse. Artemisa adorna entonces el cadáver con joyas y susurra para que su espíritu se eleve y se convierta en la diosa Hécate, que actúa de forma parecida a Némesis como espíritu vengador, pero únicamente para mujeres heridas. Este tipo de mitos en el que una deidad local patrocina o «crea» a una deidad extranjera era popular en las culturas antiguas como forma de integrar sectas extranjeras. Adicionalmente, a medida que la adoración de Hécate crecía, su figura fue incorporada al mito posterior del nacimiento de Zeus como una de las comadronas que escondieron al niño, mientras Crono consumía la roca falsa que le había dado Gea.

La segunda versión ayuda a explicar cómo Hécate se ganó el título de «Reina de los Fantasmas» y su papel como diosa de la hechicería. De forma parecida a como las hermas (tótems de Hermes) se ponían en las fronteras como protección frente al peligro, imágenes de Hécate, como diosa liminar, podían también jugar dicho papel protector. Se hizo común poner estatuas de la diosa en las puertas de las ciudades y finalmente en las puertas de las casas. Con el tiempo, la asociación con el alejamiento de espíritus malignos llevó a la creencia de que ofender a Hécate también los atraía. Así surgieron las invocaciones a Hécate como gobernadora suprema de las fronteras entre el mundo normal y el de los espíritus.

La transición de la figura de Hécate puede seguirse hasta la Atenas del siglo V. Aparece como una gran diosa en dos fragmentos de Esquilo. En Sófocles y Eurípides se ha convertido en la señora de la brujería y las Keres.

Por otra parte, «Reina de los Fantasmas» es un título asociado con Hécate debido a la creencia de que podía tanto evitar que el mal saliese del mundo de los espíritus, como también permitir que dicho mal entrase.Hécate, pues, tenía un papel y poder especial en los cementerios. Guarda los «caminos y senderos que se cruzan». Su asociación con los cementerios también tuvo mucha importancia en la idea de Hécate como diosa lunar. También a Hécate se le relaciona con las hojas del álamo negro que son oscuras por una cara y claras por la otra, simbolizando el límite entre los mundos.

Como dato literario, en la novela de Paul Morand Hécate y sus perros (1954) el narrador ve cómo su amante Clotilde se transforma durante la noche y deja escapar palabras incomprensibles. Poco a poco descubre que lleva una vida secreta y se entrega al placer de forma animal. Asimismo, la película Hécate de Daniel Schmid (1982) está inspirada en la novela de Paul Morand: la diosa maléfica encarna los fantasmas sexuales del deseo masculino.

Invoco a Hécate , protectora de los caminos, en las encrucijadas, grata, celeste, terrenal, marina, de azafrana­do peplo, sepulcral, y que se agita delirante entre las almas de los muertos; hija de Perses , amante de la soledad, que disfruta con los ciervos, noctámbula, protectora de los perros, invencible soberana que devora animales salva­jes, sin ceñidor en su cintura, y con una figura irresistible; que se mueve entre los toros, dueña guardiana de todo el universo; conductora , joven guerrera, nutridora de jó­venes, montaraz. En conclusión, suplico que asista la don­cella a los sagrados misterios, mostrándose propicia al boyero de corazón siempre alegre. (I Himno a Hécate)

Obras de referencias recomendadas:

  1. Gran libro de la mitologia griega, el
  2. Diccionario Akal de El saber griego (Diccionarios)

Enlaces sobre la misma temática:

 

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