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Catarsis y miasma en la tragedia griega

Hemos hablado ya alguna vez en este Blog de la catarsis (del griego κάθαρσις kátharsis, purificación). La palabra catarsis es utilizada por Aristóteles para definir la tragedia griega (La Poética o Sobre la poética Περὶ Ποιητικῆς). Ver representadas sobre las tablas las debilidades humanas, ayuda al hombre a ver los efectos y las consecuencias negativas de éstas, contribuyendo así a la purificación del alma.
Pero existe otro término griego que podemos relacionar con la tragedia y que nos permite conocer también mejor la cultura griega y la importancia de los rituales funerarios. Nos referimos a miasma. La palabra proviene del griego μίασμα, mancha, pero es mucho más que eso. Según la R.A.E miasma es un efluvio maligno que, según se creía, desprendían cuerpos enfermos, materias corruptas o aguas estancadas. De ahí se creía que provenían infecciones que se propagaban de unos a otros como por ejemplo las bacterias.

Edipo y la esfinge de Gustave Moreau (1864)

Edipo y la esfinge de Gustave Moreau (1864)

Y… ¿cómo se relaciona esto con el tema que nos ocupa? En el griego antiguo miasma es también una impureza no sólo física sino moral. Era necesario expiar los miasmas a través de rituales y ceremonias para que estos no se propagaran ya que estas personas podrían ser perjudiciales para la sociedad. ¿No es esto por ejemplo lo que ocurre en la tragedia de Edipo? El pueblo necesita encontrar al culpable del asesinato del rey para acabar con la enfermedad que los acecha y esa es la solución a las desdichas de Tebas, la repuesta que trae Creonte del Oráculo:

EDIPO.- ¿Cuál es la respuesta? Por lo que acabas de decir, no estoy ni tranquilo ni tampoco preocupado.
CREONTE.- Si deseas oírlo estando éstos aquí cerca, estoy dispuesto a hablar y también, si lo deseas, a ir dentro.
EDIPO.- Habla ante todos, ya que por ellos sufro una aflicción mayor, incluso, que por mi propia vida.
CREONTE.- Diré las palabras que escuché de parte del dios. El soberano Febo nos ordenó, claramente, arrojar de la región una mancilla que existe en esta tierra y no mantenerla para que llegue a ser irremediable.
EDIPO.- ¿Con qué expiación? ¿Cuál es la naturaleza de la desgracia?
CREONTE.- Con el destierro o liberando un antiguo asesinato con otro, puesto que esta sangre es la que está sacudiendo la ciudad.
(SÓFOCLES, EDIPO REY)

Por tanto, y como puede observarse en las tragedias griegas, no sólo las centradas en el personaje de Edipo sino también por ejemplo en Orestes (La Orestíada, trilogía de Eurípides), la muerte puede dar origen a una contaminación miasmática y se hace necesaria la purificación no sólo del individuo sino de una colectividad.

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Edipo, la fuerza del destino

El hombre ha dirigido su mirada y atención hacia su propio mundo interior. Un ejemplo de esta manifestación se encuentra en las tragedias griegas que narran la senda del hombre, explorando los abismos y recovecos del alma. Aristóteles destacó que la tragedia es capaz de lograr que el alma se eleve y se purifique de sus pasiones. A este proceso se llama “catarsis”: la purificación interior que logra el espectador a la vista de las miserias humanas. El siguiente video nos habla del personaje mítico de Edipo. Espero que os guste.

Otros enlaces recomendados sobre la misma temática: Las maldiciones en la mitología griega

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mayo 19, 2014 · 8:43 am

Las Erinias

El remordimiento de Orestes

El remordimiento de Orestes.

El cuadro se titula “Las Erinias”, realizado en 1862 por William Adolphe Bouguereau, y trata sobre Orestes perseguido por las Erinias después de matar a su madre con un cuchillo. En este cuadro podemos observar a Orestes desnudo, tapándose los oídos para así no escuchar a las Erinias que señalan la trágica muerte.

Las Erinias son espíritus femeninos de la Justicia y de la Venganza, personifican un antiquísimo concepto de castigo. Los romanos las identificarían más tarde con sus Furias.

Nacidas de las gotas de esperma y sangre que cayeron sobre Gea cuando Crono mutiló a Urano, se las considera primitivas divinidades ctónicas del panteón helénico y en este sentido pueden compararse a las Moiras, ya que no tienen otras leyes que las propias y no reconocen la autoridad de los dioses olímpicos.

Principalmente las Erinias son tres: Alecto (la implacable) perseguía sin descanso a los mortales hasta conseguir que murieran de locura; Tisífona (la vengadora del asesinato) castigaba los delitos de sangre; y, por último,  Megera (la celosa) se encargaba de hacer nacer el odio y la discordia entre los mortales, castigando los delitos de infelicidad. Las tres se representaban como genios femeninos alados con los cabellos entreverados de serpientes y blandiendo antorchas o látigos. Su morada es el Érebo, las tinieblas infernales. A menudo comparadas con “perras”, vuelven locas a sus víctimas, a las que persiguen sin descanso.

Protectoras simbólicas del orden del cosmos (el universo organizado frente al Caos) y del orden religioso y cívico característicos del pensamiento helénico, opuestos a las fuerzas desestabilizadoras de la anarquía, persiguen a todo aquel que haya cometido una falta susceptible de turbarlos, desde las cometidas contra la familia hasta el pecado de la  hibris. Castigan especialmente a los asesinos, ya que su crimen es tanto una mancha de tipo religioso como una amenaza para la estabilidad del grupo social. Expulsado de su ciudad, el culpable errará de ciudad en ciudad, víctima de la persecución de las terribles Erinias, hasta que encuentre una autoridad caritativa que consienta en purificarlo de su crimen. Las Erinias se convierten entonces en las Euménides, “las bondadosas”, eufeminismo con el que se pretendía halagarlas para desviar su cólera y conseguir que fueran propicias.

Desde los poemas homéricos, la función esencial de las Erinias es la de vengar el crimen y castigarlo, especialmente los cometidos contra la familia, encabezados por el parricidio. La tradición trágica les otorga este papel fundamental a través de la historia ejemplar de dos familias míticas perseguidas por una maldición implacable: los Labdácidas, en torno a la figura de Edipo y los Atridas, en torno a la de Orestes, ambos parricidas irresponsables que obtendrán la redención de su crimen después de la purificación. La maldición divina original cede así su lugar a un nuevo orden cívico.

En la obra de Sófocles, Edipo en Colono, es significativo que llega a su última morada en el bosque dedicado a las Erinias. Esto demuestra que ha pagado su penitencia por sus crímenes de sangre haciendo una ofrenda a las Erinias. De esta manera,  Edipo consigue redimirse de su desgracia y desaparece bajo el suelo divino, en una especie de apoteosis misteriosa y serena.

Por otra parte, cuando Agamenón regresa de Troya con su nueva esclava y amante, Casandra (hija de Príamo y Hécuba), una Clitemnestra enfurecida tras el sacrificio de su hija Ifigenia y las infidelidades maritales, asesina a ambos con ayuda de su nuevo amante. Será su hijo Orestes quien vengue el crimen matando a su propia madre. Pero esto es matricidio, un terrible delito de sangre, y las Erinias se lanzan a la persecución del joven. Todos los dioses, que consideran relativamente legítima la venganza tomada por Orestes, tratan de persuadirlas para que dejen tranquilo a Orestes. Las Erinias no parecen dispuestas a aceptar, llegando a pedir “sangre por sangre” en el santuario de Apolo. Sólo los dioses consiguen salvar la vida de Orestes, proponiendo que sea juzgado en el Areópago, el tribunal situado en Atenas, verdadera referencia en toda Grecia. La propia Atenea termina por absolver a Orestes.

Por último, La Eneida de Virgilio modifica un tanto esta función reguladora y redentora: las Erinias se convierten en simples divinidades infernales que atormentan a las almas de los muertos encadenadas en el Tártaro.

Os recomiendo la siguiente obra de referencia:

040. Tragedias (Ayax. Las traquinias. Antígona. Edipo rey. Electra. Filoctetes. Edipo en Colono) (BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS)

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Las maldiciones en la mitología griega

Marcel Baschet (1862-1941): Edipo maldice a Polinices (Œdipe condamne Polynice), en presencia de Antígona e Ismene.

Marcel Baschet (1862-1941): Edipo maldice a Polinices (Œdipe condamne Polynice), en presencia de Antígona e Ismene.

En los relatos míticos nos podemos encontrar un tema que siempre me ha llamado la atención: las maldiciones. A través de estas lecturas, descubrimos que la conciencia y el alma también se transmiten de generación en generación. Si el sistema familiar tiene alguna parte desequilibrada, todas las partes quedan afectadas. Pongamos como ejemplos las muertes inexplicables, las normas transgredidas de la familia, la homosexualidad rechazada, los miedos profundos, los acosos sexuales sufridos, en definitiva, los lazos de los progenitores se trasladan y se transmiten a los descendientes hasta que desaparece la totalidad de la estirpe familiar. Es decir, a través del inconsciente estamos ligados a nuestros padres y ellos a los suyos, hasta llegar a la raíz de un problema que conecta con una realidad que pasa desapercibida, pero que nunca se resuelve el conflicto porque no hay una aceptación de su existencia y, por lo tanto, la liberación de la persona nunca pasa por el reconocimiento de sus lazos ancestrales porque no son conscientes. Así pues, las almas de la misma familia sufren una maldición cuyas consecuencias son irreversibles. En la mitología griega hay varios ejemplos sobre este discurso tan interesante y peculiar.

Las maldiciones en Grecia y Roma seguían un protocolo muy formalizado. Llamadas katadesmoi (ataduras) por los griegos y tabulae (defixiones) por los romanos, se escribían en tablillas de plomo u otros materiales. Generalmente, invocaban la ayuda de un espíritu (una deidad, un demonio o un muerto prematuro) para cumplir con su objetivo y eran colocadas en algún lugar considerado eficaz para su activación, como en una tumba, cementerio, pozo o manantial sagrado.

En el texto de la maldición, el peticionario expresaba su deseo de que el enemigo sufriese daño de alguna forma específica. Con frecuencia se añadía la falta que había cometido la persona maldita: un robo, una infidelidad, no haber correspondido al amor del malediciente, haberle faltado al respeto, haberle robado el amor de su vida, etc.

Los griegos practicaban con frecuencia este tipo de maldiciones. De hecho, los griegos tenían en la edad heroica unos sacerdotes especiales llamados areteos, o sea, ‘maldecidores’.

Conservamos un corpus importante de este tipo de textos que nos permite saber cómo lo hacían. Abundan en la Ilíada estas imprecaciones, como la de Crises contra Agamenón y los griegos en el canto I. También abundan en las tragedias de Sófocles. Cuando Alcibíades fue desterrado después de la mutilación de Hermes, todos los sacerdotes del Ática excepto uno lanzaron contra él las más terribles imprecaciones.

Para empezar a dar algunos ejemplos, citaremos a Layo, cuyo linaje real era de la ciudad de Tebas, pero cuando le correspondió ocupar el trono, sus primos lo usurparon y tuvo que exiliarse a Pisa, donde el rey Pélope lo acogió como huésped. Pélope quiso que Layo le enseñase a su hijo Crisipo a montar caballos, por lo que le asigna como tutor del niño. Layo quedó prendado del joven y un día lo raptó y lo violó. Según una versión, Crisipo se suicidó por la vergüenza infligida; según otra, Hipodamía, su madre, mandó a sus hermanastros que lo asesinaran. Al darse cuenta de lo ocurrido, Pélope arrojó sobre su amigo Layo la maldición de Apolo, por lo cual declara que su estirpe se exterminará a sí misma. La inaudita acción de Layo acarrea sobre él la venganza divina y los dioses traman un plan, a la vez que dan ejemplo para el resto de los mortales, castigando la perversión y maldiciendo a todo el linaje de Layo hasta que desaparezca en un baño de sangre.

La maldición comienza cuando los dioses mandan a la Esfinge a Tebas. Este ser, con cuerpo de león, cabeza de mujer y alas de pájaro, se dedica a sembrar el terror por los campos tebanos, destruyendo las cosechas y estrangulando a todos los que son incapaces de resolver sus acertijos. Layo se termina casando con Yocasta pero el oráculo de Delfos le advierte que no tenga progenie porque sería un varón, mataría a su padre y se casaría con su madre. Moira, el destino, es inevitable, así que la profecía se cumple: Layo, estando ebrio, se unió a su esposa Yocasta y tuvo un hijo. Al nacer el niño, Layo le atravesó con fíbulas los pies y lo entregó a un pastor para que lo abandonara. Layo esperaba escapar así del oráculo puesto que matarlo directamente habría sido una impiedad y creía que nadie recogería a un recién nacido con los pies atravesados. Así pues, fue abandonado en el monte Citerón pero fue hallado por otros pastores que lo entregaron al rey Pólibo de Corinto. Peribea o Mérope, la esposa de Pólibo y reina de Corinto, se encargó de la crianza del bebé, llamándolo Edipo, que significa de pies hinchados. Finalmente, según el mito, Edipo mata a su padre sin saber quién era y, por haber salvado a Tebas de la esfinge, se casa con su madre, la reina Yocasta, haciéndose rey de Tebas hasta que se conocen los hechos. Yocasta se ahorca y Edipo se saca los ojos. En cuanto a los hijos que habían nacido de este casamiento incestuoso, dos de ellos, Etéocles y Polínices se matan en combate el uno al otro, mientras que las hijas, Antígona e Ismele, son condenadas a muerte. La justicia está servida, por la maldición que sobre Layo, su abuelo, se había hecho.

El otro mito es el de Tántalo, rey de Lidia e hijo de Zeus. Los dioses honraron a Tántalo más que a ningún otro mortal. Él comió a su mesa en el Olimpo, y en una ocasión fueron a cenar a su palacio. Para probar su omnisciencia, Tántalo mató a su único hijo Pélope, lo coció en un caldero y lo sirvió en el banquete. Sólo Deméter, trastocada por la reciente pérdida de su hija Perséfone, «no se percató de lo que era» se comió el hombro izquierdo del desdichado. Zeus ordenó a Hermes que reconstruyera el cuerpo de Pélope y lo volviera a cocer en un caldero mágico, sustituyendo su hombro por uno forjado de marfil de delfín, hecho por Hefesto y ofrecido por Deméter. Las moiras le dieron vida de nuevo y así obtuvo nuevas cualidades.

Tántalo fue condenado a sufrir sed y hambre angustiosas. Lo colgaron para siempre de un árbol en el Tártaro. Bajo él, había un estanque de agua, pero cuando se detenía a beber, el estanque quedaba fuera de su alcance. El árbol estaba cargado de frutas pero, cuando estaba cerca de las frutas, el viento apartaba las ramas.

Es muy llamativo que el sacrilegio de Tántalo pesara también sobre toda su descendencia. Su hija Níobe, cuyos hijos morirían bajo las flechas de Artemisa y Apolo, ha quedado como el símbolo del dolor materno inconsolable. Por otro lado,  Pélope quiso casarse con Hipodamía. El padre de ella, Enómao, rey de Pisa o de Olimpia, había matado a treinta pretendientes de la joven tras vencerlos en una carrera de carros. Había hecho esto porque la amaba para sí o, alternativamente, porque una profecía afirmaba que moriría a manos de su yerno. Pélope fue a pedir la mano de Hipodamía y se preparó para competir con Enómao. Preocupado por si perdía, Pélope fue a la orilla del mar e invocó a Poseidón, y, recordándole su devoción (los «dulces regalos de Afrodita»), le pidió ayuda. Sonriendo, Poseidón hizo aparecer un carro tirado por caballos grandes y alados.

Aún inseguro de sí mismo, Pélope (o la propia Hipodamía) convenció al auriga de Enómao, Mírtilo, para que le ayudase a ganar, prometiéndole la mitad del reino y la primera noche en el lecho de Hipodamía.

La noche anterior a la carrera, al montar el carro, Mírtilo cambió las pezoneras de bronce que sujetaban las ruedas al eje por unas falsas fabricadas con cera de abeja. La carrera comenzó y discurrió durante mucho tiempo. Pero justo cuando Enómao estaba alcanzando a Pélope y preparándose para matarlo, las ruedas se soltaron y el carro se rompió. Mírtilo sobrevivió, pero Enómao fue arrastrado por sus caballos hasta morir. Pélope mató entonces a Mírtilo porque éste había intentado violar a Hipodamía. Cuando moría, Mírtilo maldijo a Pélope por su traición, y la maldición se cumplió: dos de los hijos de Pélope e Hipodamía, Atreo y Tiestes, mataron a un tercero, Crisipo, que era su favorito y que iba a heredar el reino. Atreo y Tiestes fueron desterrados junto con Hipodamía, su madre, quien entonces se ahorcó.

El remordimiento de Orestes

El remordimiento de Orestes

La fatal herencia se transmitiría al destino de la familia de Agamenón, hijo de Atreo, materia trágica de la que Esquilo extraerá su trilogía la Orestíada. Cuando Tiestes descubrió que su acción era sacrílega, rompió a llorar y, vomitando la comida, invocó para la estirpe de Atreo esta maldición, al tiempo que pisoteaba el banquete: ¡Que perezca así toda tu descendencia! Fue Egisto, otro hijo de Tiestes, quien consumó la sentencia que pesaba sobre los Atridas, la familia de Atreo. Así que, según cuenta la leyenda, Agamenón se había ganado la cólera de la diosa Artemisa ya que su gente dio caza a unos de los venados sagrados de la diosa. Debido a esto, la flota aquea del rey que venía de luchar en Troya estaba detenida sin poder partir. El divino Calcante fue interrogado para saber cómo aplacar a la diosa y la respuesta fue que se debía sacrificar a Ifigenia, hija de Agamenón, en nombre de la diosa Artemisa, para que ésta los dejara partir. El rey consintió en hacer el sacrificio. Así, mandó a llamar a su hija que se encontraba en Micenas con su madre, con el pretexto de prometerle al héroe Aquiles. Cuando llegara, el adivino Calcante sería el encargado de inmolarla en nombre de la diosa encolerizada.

Según cuenta la versión más conocida, cuando Ifigenia llegó y el sacrificio se iba a realizar, la diosa se apiadó de la joven y puso en su lugar una cierva. Se llevó a Ifigenia a Tauride, donde la convirtió en su sacerdotisa. En todo caso, el episodio trajo dos consecuencias de signo contrario: un viento favorable para la partida y un odio inextinguible hacia Agamenón en el corazón de su esposa Clitemnestra.

Cuando Agamenón regresó triunfal a Micenas, tras terminar la guerra de Troya, en compañía de su esclava Casandra, Clitemnestra estuvo maquinando un plan para librarse de su esposo y vivir libremente con su amante Egisto y, a la vez, vengar la pérdida de su hija Ifigenia. Los dos amantes diseñaron una trampa perfecta. Ya en su mansión, Agamenón se despojó de sus armas para tomar un baño; al salir del agua vistió su túnica, pero apenas tuvo tiempo de advertir que ni su cabeza ni sus brazos podían pasar por las aberturas del cuello y las mangas, que estaban cosidas. Con el todopoderoso señor de guerreros desnudo, cegado y atrapado por una débil tela, los conspiradores atravesaron su cuerpo con una espada. Así se cumplía, por fin, la ancestral maldición que pesaba sobre los Atridas, padre de Agamenón, que había matado a tres hijos de Tiestes, con quien disputaba el trono de Micenas, para luego servírselos como manjar en un festín.

Para resumir, hay ciertas características constantes que aparecen en todo mito relativo a una maldición familiar. En un sentido, forman el criterio de lo que define a una maldición familiar. Estas características pueden ayudarnos a entender, psicológicamente, lo que estamos buscando:

1.     El individuo que primero activa la maldición pertenece invariablemente a la realeza, desciende de un dios y es bendecido o dotado por un dios. Ese hombre o mujer nunca es un ser común sino que ha recibido alguna ofrenda o bendición especial concedida por una deidad. Por lo tanto, la ira de la deidad se conecta no solo con la mera trasgresión humana, sino con el uso abusivo de un talento o una ventaja otorgada por un dios. En otras palabras, la maldición no es una maldición desde el principio, sino que comienza como algo positivo y creativo que ha sido mal usado o distorsionado mediante la arrogancia, la codicia o la crueldad. Dado que el don otorgado por un dios es un símbolo de la naturaleza divina llevado a la forma humana, la maldición es realmente una inversión de algo divino interno, un abuso de aquello que es propiedad de nuestra propia alma.

2.      La maldición se vincula con el abuso y crímenes de niños. En el mito, Layo viola a un joven y luego exacerba la maldición al exponer a su propio hijo a la muerte. En el mito de la maldición de la Casa de Atreo, Tántalo corta en pedazos a su hijo y lo ofrece como comida a los dioses, solamente para probarlos. Sus hijos, Atreo y Tiestes, a su vez destruyen a sus propios hijos como una forma de vengarse uno del otro; y Agamenon, el hijo de Atreo, a su vez destruye a su hija para vencer en la Guerra de Troya. Cada sucesiva generación de esta torturada familia se involucra en alguna forma de cruel daño o destrucción de un niño o un joven.

3.     Los miembros de la familia que heredan la maldición la estimulan mediante su propia soberbia extrema. Cada generación tiene la oportunidad de expiar la maldición aceptando el castigo, pero cada una rehúsa a hacerlo ya que el individuo no puede resistir a entregarse a la codicia, la cólera o el deseo de venganza personal. Por consiguiente, la maldición se vuelve más poderosa y más abarcadora. Lo que realmente se hereda es un crisol de actitudes al que el individuo no desea renunciar o transformar y que termina en un ciego obstinarse en respuestas instintivas y en un rechazo a hacer los sacrificios necesarios o a imponer límites internos -aún cuando es advertido por el dios. En efecto, está poniendo el ego por delante del sí mismo cuando las fichas realmente caen.

4.     El Oráculo siempre advierte de las consecuencias al perpetrador o heredero de la maldición, pero los términos del Oráculo son intencionalmente mal entendidos o existe un intento voluntario de evitar la profecía. La tentativa de burlar al Oráculo termina paradójicamente en el cumplimiento del mismo.

El origen de la tragedia griega

Como hemos comprobado, en este artículo, al igual que en el blog, el hombre ha dirigido su mirada y atención hacia su propio mundo interior. Un ejemplo de esta manifestación se encuentra en las tragedias griegas que narran la senda del hombre, explorando los abismos y recovecos del alma. Aristóteles destacó que la tragedia es capaz de lograr que el alma se eleve y se purifique de sus pasiones. A este proceso se llama “catarsis”: la purificación interior que logra el espectador a la vista de las miserias humanas.

Obras de referencias recomendadas: Enigmatico edipo – mito y tragedia (Antropologia (fce))
Áyax. Las Traquinias. Antígona. Edipo Rey (El Libro De Bolsillo – Clásicos De Grecia Y Roma)

Enlaces recomendados:

la hybris;

las Erinias;

las Moiras;

Keres

Edipo

 

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