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La concepción de lo divino en la antigua Grecia

GodsEl naturalismo, el antropomorfismo y el politeísmo son tres componentes fundamentales de la religión de los griegos. La presencia de lo sagrado, que puede despertar en ellos sentimientos mezclados de miedo, estupor y respeto les afectaba hondamente, sobre todo en ciertos lugares privilegiados. Los griegos observaron la presencia de lo sagrado en los elementos naturales, como las piedras, en los manantiales, en los árboles y en los bosques, en las praderas, en las grutas, en los animales. Bajo este prisma, la naturaleza misma (physis), a la que pertenecen los seres humanos, está sacralizada y aparece como el receptáculo donde se funde, para brotar perpetuamente, las innumerables fuerzas e influencias experimentadas como sobrenaturales. De ahí que no nos extrañemos que Tales de Mileto pronunciara la célebre frase “todas las cosas están llenas de dioses” (Aristóteles, De anima A 5, 411 a 7).

Algunas de las innumerables fuerzas e influencias experimentadas como sobrenaturales quedan personificadas con los nombres de Fortuna, Destino, Justicia, Violencia, Paz, etc., y se manifiestan sobre todo en su acción sobre el curso de la vida humana. La mayor parte, sin embargo, están dotadas de una personalidad que la imaginación de los griegos encarnó en las figuras antropomorfas del panteón (Aristóteles, Política, 1, 1, 1252b, 24-29). En las obras de Homero, como podemos ver, los dioses y las diosas no están libres de las pruebas que sufre el hombre y pocos de ellos escapan a las discordias y a las pasiones cuyas pericias relata la mitología.

Además de la cualidad de la inmortalidad que gozan los dioses y las diosas, son también invisibles y evitan revelarse en todo su máximo esplendor, por lo que se manifiestan  más bien de un modo indirecto, mediante signos o bajo disfraces, en ocasiones bajo un fenómeno atmosférico, en el curso de su sueño, expresándose por boca de un mortal, etc. Por ejemplo, en el mito de Dánae, Zeus apareció cayendo como una lluvia fina y dorada y la dejó embarazada. De esta unión nació Perseo.

Las divinidades griegas, muy sincréticas, están ligadas a funciones que pueden acumular o distribuirse entre sí. Algunas (Gea, Zeus, Poseidón, Hades, Afrodita) rigen las grandes fuerzas telúricas; otras (Deméter, Dioniso, Artemis) rigen los ciclos biológicos; otras (Zeus, Atenea, Apolo, Ares, Hera, Hestia, Hefesto, Hermes), los principios y las instituciones que garantizan en el orden político y social la vida de las ciudades. Presiden también las disposiciones morales y determinan las tendencias del carácter. Penetran los secretos de las conciencias y conocen el futuro, que revelan en los presagios y los oráculos.

Los dioses griegos son inmortales. Han nacido, pero no mueren. Se alimentan de ambrosía, néctar y humo (el que sube de los altares de los hombres cuando hacen sacrificios). Por sus venas no corre sangre, sino un líquido especial: el icor. También se les llama bienaventurados. He aquí a Afrodita reconocida por Diomedes en el campo de batalla delante de Troya: Tideo se estiró, saltó con la aguda lanza y la hirió en el extremo de la mano delicada. Al punto la lanza taladró la piel, traspasando el inmortal vestido que las propias Gracias le habían elaborado, en lo alto de la muñeca. Fluía la inmortal sangre de la diosa, el ícor, que es lo que fluye por dentro de los felices dioses; pues no comen pan ni beben rutilante vino, y por eso no tienen sangre y se llaman inmortales. (Homero, Ilíada, V, 337 y ss.). Los dioses son fuerzas no personas.

La noción de divinidad individual no excluye la existencia de fuerzas colectivas, indivisibles, indisociables, como las Cárites, grupo de tres divinidades, a menudo invocadas bajo ese nombre plural, aunque también puede aparecer cada una bajo su nombre propio. Las Musas o la Ninfas también reciben localmente un culto colectivo.

El politeísmo fue algo dinámico donde los dioses olímpicos constituían sólo una de las categorías de seres sobrenaturales. La personalidad de las grandes divinidades proviene de sucesivas asimilaciones que se produjeron desde los orígenes, en detrimento de las deidades indígenas, siendo un movimiento sincrético que no se detuvo jamás y contribuyó al constante enriquecimiento de la religión griega. Pongamos el caso de la diosa Cibeles, cuando los jonios colonizaron Éfeso, por el Siglo X a.C., se encontraron que la diosa era la divinidad más venerada entre la población indígena, un culto que a su vez procedía en época prehistórica se brindaba a la diosa madre. Los griegos adoptaron en el plano religioso la siguiente postura: dado que Artemisa tenía atributos y semejanzas con Cibeles, como la fertilidad, los jonios introdujeron su culto con la intención de asimilar una deidad de la otra. Más tarde, como dato curioso, los cristianos decidieron asimilar la diosa Artemisa a la virgen María, tan casta y pura como la diosa Artemisa.

El politeísmo tuvo una dura crítica iniciada por el filósofo Jenófanes de Colofón en el siglo VI a.C. Según Aristóteles no especulaba sobre un principio material como hacían Tales, Anaxímenes o Heráclito “sino que, volviendo la mirada a los cielos, declaró que hay un Dios” (Aristóteles, Metafísica)

Entre los grupos de seres sobrenaturales, los griegos distinguieron los demonios (daimones) y los héroes. Pero ni los unos ni los otros pueden reducirse a una simple definición porque, según las épocas y los contextos en que aparecen, tienen diferentes significados. La palabra “daimon”, que puede ser sinónimo de “theos” (dios), designó la potencia sagrada, tal como intervenía en los asuntos humanos, para bien o para mal. El “daimon” podía encarnarse en un genio de la vegetación, como Pan, o en   seres terribles, como las Erinias, espíritus de la venganza. Pero no poseía, en general, una individualidad definida ni un nombre en particular. Este es el sentido que tiene la palabra daimon en Homero, donde también puede designar de manera vaga a la divinidad. Pero los démones constituyen a veces una clase de seres divinos intermediarios entre los dioses y los hombres, según relata Platón (Leyes, V, 738d; VII, 801e).

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Heracles y las Yeguas de Diomedes. Detalle del mosaico romano de Los doce trabajos de Liria (Valencia), en el M.A.N. (Madrid).

A diferencia de los “daimones”, que son superiores a la humanidad y escapan a la muerte, los héroes son seres semidivinos, como Heracles o Asclepios. A ambos se relacionan con el culto rendido a los muertos y supone, al menos para ciertos seres excepcionales, el acceso a otra vida más conforme con sus méritos que el simulacro de existencia reservada en el Hades al común de los mortales.

Por lo tanto, el héroe es un muerto, de nombre conocido o anónimo, cuya vida y muerte gloriosas están asociadas a una época pasada y sirvieron a la comunidad. Se reconoce al héroe por el culto que se le rinde, y que difiere del culto a los muertos ordinarios por la duración, la frecuencia de las manifestaciones de culto y su importancia, y, por último, por la comunidad a la que afecta. El centro del culto es la tumba o, a falta de tumba, el lugar supuesto donde reposan sus restos.

El culto rendido a los héroes no difiere siempre del que se rinde a los dioses: los rituales y las fiestas son a veces los mismos, y su esplendor depende del mayor o menor grado de renombre del héroe y de la importancia de la comunidad que los celebra. Las fiestas en honor de Teseo en Atenas, las Teseas, son totalmente comparables a las fiestas en honor de Atenea. Y se espera de los héroes lo que se espera de los dioses: su campo de intervención es vasto y diverso, pronuncian oráculos, curan, protegen, castigan. No son intermediarios entre el mundo de los dioses y el de los hombres, sino que son fuerzas divinas de pleno derecho y tienen a menudo un personal de culto propio, unos santuarios florecientes y, por supuesto, una mitología.

Obras de referencias:

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El démon

Empédocles

Empédocles

Se puede hablar de Empédocles de transmigración de una entidad personal que cambia de cuerpo a lo largo de las generaciones. A esta entidad, que otros autores denominan “alma”, Empédocles le da el nombre de demon, lo que subraya su carácter divino, ya que en la tradición griega la palabra “demon” (daimón) se aplica siempre a entidades divinas.
El demon no es una entidad espiritual, contrapuesta, como tal, a un cuerpo material, sino una entidad extensa que entra en composición con el cuerpo, pero sin confundirse con él.
El demon, como entidad transmigrante, sobrevive a los sucesivos cuerpos en los que encarna, manteniendo su identidad personal, como lo demuestra la conservación de memoria de sus anteriores encarnaciones.
La transmigración del demon no se limita a los seres humanos, sino a toda clase de seres vivos: plantas y animales.
La razón de la transmigración del demon es religiosa y moral. El demon es desterrado de la compañía de los dioses como castigo por una culpa cometida: el sacrificio cruento y el consumo de la carne. La razón de ellos es parentesco que la propia transmigración de los démones origina entre los seres vivos, ya que cualquier animal puede contener un demon que anteriormente pudo ser un pariente cercano. Por eso, matar animales sería como un parricidio o un infanticidio, y comerlos, un acto de canibalismo. Lo mismo, y por las mismas razones, cabe decir del consumo de cierto vegetales, como el laurel y las habas.
La transmigración del demon es la expresión de la condición miserable de la raza humana. Sin embargo, la rueda de las reencarnaciones no constituye un círculo perverso del que sea imposible salir. Al contrario, Empédocles lo concibe como un proceso de ida y vuelta, en el que cabe la transmigración a formas inferiores de vida y también a formas superiores, incluso como dioses. La razón es que se considera como un ciclo de purificación penitente, sensible a la observancia de preceptos rituales cuya principal característica es la abstención de los alimentos impuros: la carne, el laurel y las habas.
El ciclo de la transmigración responde al siguiente esquema ternario:
1. Condición feliz entre los dioses
2. Condición miserable reencarnado en cuerpo mortales
3. Recuperación de la condición primera tras un proceso de reencarnación ascendente.
Es el mismo esquema presente en todas las tradiciones religiosas que tienen una concepción cíclica de la vida: vida-muerte-retorno a la vida (resurrección/reencarnación)
Las características del demon vienen a identificarse con divinidades intermedia, más próximas a los hombres.
En el nacimiento del demon es definido por una mezcla de los cuatro elementos fundamentales que componen la realidad (fuego, aire, agua y tierra), los cuales, al mezclarse entre sí, producen los distintos géneros de seres vivos.
El demon, pues, viene a ser uno de esos elementos que entran en composición del ser vivo, asumiendo la identidad personal del individuo, haciendo de éste como un todo.

Fuente de referencia:

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Empédocles

Empédocles

Empédocles

En este blog el debate central lo ocupa el alma humana y su destino. Por eso, creo muy importante destacar la figura de Empédocles pues expresa que el cuerpo es sólo “la tierra que envuelve al hombre”, puesto que la naturaleza vistió el alma de una “extraña cobertura de carne”. Mientras el cuerpo, después de la muerte, se desintegra en los cuatro elementos que lo componen (tierra, agua, fuego y aire), el alma humana, por el contrario, tiene origen divino.

El alma, en su existencia preterrena, fue un espíritu bienaventurado en el reino de los dioses, en inalterable unión con el Uno. Pero por la culpa del “odio violento”, que intenta en todas las partes del mundo convertir la unidad en multiplicidad, el alma es desgarrada de su unidad feliz, del “cielo”, y lanzada a la infame tierra, a este “lugar sin alegría, donde la muerte, el rencor, y una multitud de males semejantes, enfermedades agotadoras, poderes destructores, obras perecederas, van de un lado para otro, en lo oscuro, sobre el valle de la desgracia”. El alma tiene que hacer una larga peregrinación a través de toda clase de cuerpos de animales y plantas, hasta que al fin por medio del amor puede volver de nuevo a la unidad divina. De esta manera, el alma del hombre es un peregrino en la tierra, un extranjero que va errante sin reposo, que ha sido expulsado de su patria celeste y empujado a las ciudades de los pecados y de la impiedad. A la caída del alma corresponde una elevación gradual, ya que le ha sido concedido poder expiar la culpa sometida en su existencia preterrena; esto sólo puede conseguirse con una vida purificada, es decir, con una vida limpia.

A través de la doctrina de la transmigración de las almas adquiere su peculiar significación la estrecha relación que existe entre hombre y animal que resulta de la filosofía natural de Empédocles. Tienen importancia extraordinaria las consecuencias de este parentesco: un lazo común abraza a todo lo animado, un mismo derecho válido para todos. De aquí se deduce lógicamente un mandato categórico: el respeto y la consideración ante todo lo viviente. Por lo tanto, es una injuria horrible matar animales y comer su carne. Los cuerpos de animales que los impíos devoran son “morada de almas en pena”´.

El alma de Empédocles se merece un lugar especial en este blog porque surge de la doctrina pitagórica sobre el alma que hemos mencionado varias veces en el blog. Además,  es muy relevante su concepto sobre el “Daimon” que también lo hemos estudiado con anterioridad.

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