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Hécate

Invoco a Hécate , protectora de los caminos, en las encrucijadas, grata, celeste, terrenal, marina, de azafrana­do peplo, sepulcral, y que se agita delirante entre las almas de los muertos; hija de Perses , amante de la soledad, que disfruta con los ciervos, noctámbula, protectora de los perros, invencible soberana que devora animales salva­jes, sin ceñidor en su cintura, y con una figura irresistible; que se mueve entre los toros, dueña guardiana de todo el universo; conductora , joven guerrera, nutridora de jó­venes, montaraz. En conclusión, suplico que asista la don­cella a los sagrados misterios, mostrándose propicia al boyero de corazón siempre alegre. (I Himno a Hécate).

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Hécate

Hécate (el que hiere a voluntad, que ataca como le place) es una divinidad compleja, indudablemente muy arcaica, procedente del sur de Asia Menor. Según Hesíodo, es descendiente de los titanes, hija de Perses y Asteria, por eso no se vincula con el Panteón de los doce grandes dioses olímpicos. Sin embargo, su poder, que se extiende sobre la tierra, el mar y el cielo, es inmenso. Divinidad bienhechora, hace prosperar las empresas de los hombres (cría de ganado, guerras, viajes, procesos…), pero puede condenarlas al fracaso si así le place. El propio Zeus respeta su omnipotencia. Con el tiempo esta imagen tutelar se difumina:  Hécate se convierte en una inquietante divinidad del reino del Hades, donde a veces se la encuentra sosteniendo dos antorchas en las manos. Vinculada a un mundo nocturno, diosa de la luna y de la magia, aparece a menudo bajo formas animales (perra, loba, yegua) seguida por una jauría aullante. Es la Triple Hécate de los sortilegios que se alza en los cruces de caminos (lugares particularmente consagrados a las prácticas mágicas) bajo la forma de una estatua tricéfala o incluso con tres cuerpos. En una época más tardía se establecía una relación entre Hécate, Artemisa y Selene. En Roma, Hécate sería identificada con Trivia, diosa de la encrucijada.

La triplicidad tan acusada de Hécate, perceptible tanto en sus antiguos poderes (aire, mar y tierra) como en las diversas representaciones de la diosa (como puede ser la Quimera o Cerbero), haría referencia a una división del tiempo o del año muy arcaica que implicaba tres periodos, cada uno de los cuales estaría simbolizado por un animal. Tiene tres cuerpos y tres cabezas: de león, perro y yegua.

El propio Zeus honra a Hécate tanto que nunca le niega la antigua facultad de la que ha gozado siempre: la de conceder o negar a los mortales cualquier don que deseen.

La inclusión y alabanza de Hécate en la Teogonía son problemáticas para los investigadores, ya que Hesíodo (700 a.C.) parece elogiar en demasía sus atributos y responsabilidades, a pesar de ser, en aquella época, una diosa relativamente menor y extranjera. Se ha propuesto que esto puede ser debido a que en la población de origen de Hesíodo (Beocia) hubo una devoción substancial hacia Hécate y que su inclusión en la Teogonía fue su propia forma de promover a la diosa local entre el público no familiarizado. Lo que sí quería reflejar Hesíodo era su rango como diosa triple original, suprema en el cielo, la tierra y el Tártaro; pero los helenos destacaban sus poderes destructores a expensas de las fuerzas sutiles creadoras, hasta que por fin sólo se la invocaba en los ritos clandestinos de magia, especialmente en los lugares donde confluían tres caminos.

A medida que su culto se extendió a zonas de Grecia, se presentó un problema, dado que el papel de Hécate ya estaba cubierto por otras deidades más prominentes del panteón griego, particularmente Artemisa y por Némesis, personaje más arcaico. Esta analogía mística de la triada (Artemisa, Némesis y Hécate) fomentaron el carácter sagrado del número tres.

Emergen entonces dos versiones de Hécate en la mitología griega: la menos conocida es un claro ejemplo de intento por integrarla sin disminuir a Artemisa. En ella, Hécate es una sacerdotisa mortal comúnmente asociada con Ifigenia, que desdeña e insulta a la diosa cazadora, lo que la lleva finalmente a suicidarse. Artemisa adorna entonces el cadáver con joyas y susurra para que su espíritu se eleve y se convierta en la diosa Hécate, que actúa de forma parecida a Némesis como espíritu vengador, pero únicamente para mujeres heridas. Este tipo de mitos en el que una deidad local patrocina o «crea» a una deidad extranjera era popular en las culturas antiguas como forma de integrar sectas extranjeras. Adicionalmente, a medida que la adoración de Hécate crecía, su figura fue incorporada al mito posterior del nacimiento de Zeus como una de las comadronas que escondieron al niño, mientras Crono consumía la roca falsa que le había dado Gea.

La segunda versión ayuda a explicar cómo Hécate se ganó el título de «Reina de los Fantasmas» y su papel como diosa de la hechicería. De forma parecida a las hermas (tótems de Hermes) que se colocaban en las fronteras como protección frente al peligro, las imágenes de Hécate, como diosa liminar, podía también jugar un rol como protectora de espíritus. De esta manera, era muy común poner estatuas de la diosa en las puertas de las ciudades y finalmente en las puertas de las casas. Sin embargo, con el tiempo, la creencia en el alejamiento de espíritus malignos llevaría también a la creencia de que ofender a Hécate también los atraía. Así surgieron las invocaciones a Hécate como gobernadora suprema de las fronteras entre el mundo de los vivos y el mundo de los fantasmas. En suma, Hécate tenía la “llave” para evitar que el mal escapara del mundo de la oscuridad, como también permitía que dicho mal entrase. De ahí se explica la presencia de Hécate (como diosa lunar) en el cementerio y el poder que tenía ella sobre estos lugares tan tenebrosos. Los atributos más representativos, además de las dos antorchas, eran las hojas de álamo negro, que al ser oscuras por una cara y claras por la otra, simbolizaba el límite entre los dos mundos.

En el relato mítico del rapto de Perséfone por Hades, la única información que pudo obtener Deméter, se la dio Hécate quien había oído a la joven doncella gritar: «¡Un rapto, un rapto!», pero al correr en su ayuda no había encontrado ni rastro de ella. Luego, Deméter llamó a Hécate para ver a Helio, quien todo lo ve, y le obligaron a admitir que Hades había sido el que raptó a Core. Así, Core pasaría tres meses del año en compañía de Hades como Reina del Tártaro, con el nombre de Perséfone (de phero y phonos, «la que trae la destrucción»), y los nueve meses restantes con Deméter. Hécate se ofreció a asegurar que se cumpliera ese acuerdo y a vigilar constantemente a Core.

Las fuentes más remotas presumen de citar a Core, Perséfone y Hécate como la diosa en Tríada que simbolizaba la Doncella, Ninfa y Vieja, en una época en que, posiblemente, las mujeres practicaban los misterios de la agricultura. Core representa el grano verde, Perséfone la espiga madura y Hécate el cereal cosechado, indicando así un rito de la fertilidad para asegurar una próspera cosecha durante el año. De nuevo, nos encontramos con el tres, como símbolo sagrado. También el mismo número sagrado se puede interpretar con el rapto de Core por Hades en el que la trinidad helénica de dioses se casa forzosamente con la triple diosa pre-helénica: Zeus con Hera, Zeus o Posidón con Deméter, y Hades con Core.

Cubierta De Libro, Fantasía, Retrato
Empusas, demonios femeninos seductores

Como dato relevante, las hijas de Hécate fueron los repugnantes demonios llamados Empusas (“obstaculizar”, interpretándolo como “la que obstaculiza” o bien como “la que tiene un solo pie”, en tanto que pasaba por tener un pie de bronce) que se las reconocen por tener ancas de asno y de bronce. Se alimentaban de carne humana y aterrorizaban a las mujeres y a los niños.

Estos demonios solían asustar a los viajeros, pero también se las podían ahuyentar con palabras insultantes: al oírlas, huían chillando despavoridas. Las Empusas, igualmente, se disfrazan de perras, vacas o doncellas hermosas y como último fin, se acuestan con los hombres por la noche o durante la siesta, alimentándose de sus fuerzas vitales hasta que morían. Cuenta la leyenda que eran demonios femeninos muy seductores, concepción probablemente llevada a Grecia desde Palestina, donde se las llamaba Lilim («hijas de Lilith») y se creía que tenían ancas de asno, pues el asno simbolizaba la lascivia y la crueldad. Lilith («buho») era una Hécate cananea y los judíos hacían amuletos para protegerse con ella en una época tan posterior como la Edad Media.

Referencias:

Graves, R. Los mitos griegos I. Ed. Alianza.

Vernant, J.P. El universo, los dioses, los hombres: el relato de los mitos griegos. Ed. Anagrama.

Diccionario Etimológico de la Mitología Griega (PDF).

Himno homérico a Deméter. Enlace: Deméter

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