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El origen de los démones

La sociedad griega es totalmente opuesta a la nuestra y los términos que nosotros usamos hoy día no tienen nada que ver con los de la época griega. Por ejemplo, la función de la religión de nuestra época está secularizada a nivel social; en la sociedad griega la religión está inserta en todos los campos de la vida pública, social y política. Igualmente, el término démones (demonios) ha ido cambiando a lo largo de los diferentes periodos de la literatura griega. Para entender las variantes que ha adoptado dicho término debemos remontarnos a la religión prehelénica, minoica y micénica donde la naturaleza cobra un cariz notable al representar los fenómenos atmosféricos (lluvia, trueno, etc) como demonios, fuerzas que dominan la naturaleza y al hombre y a la que hay que respetar. Asimismo, el sol, la luna, los ríos, el mar, las estrellas, representan démones que guían el curso de la vida del hombre.

Hesíodo

Después, en Los trabajos y los días de Hesíodo se cuenta el relato de las cinco edades del mundo (v. 109-201). Es en la edad de oro donde los hombres vivían como los dioses, sin saber lo que eran las enfermedades ni la vejez, sin conocer el sufrimiento ni el hambre. Eran, pues, hombres ricos y poderosos. Tras llegar la inevitable muerte,  los hombres de la edad de oro morían vencidos por el sueño y eran  depositados en la tierra, por voluntad de Zeus, como demonios benignos y, concretamente, como demonios que moraban sobre la tierra, convertidos en guardianes de los hombres, que acompañaban y guiaban entre ellos, sin ser vistos, envueltos en nubes, observando la justicia y la injusticia y repartiendo la riqueza, como reyes. Así pues, los hombres de la generación de oro eran entes protectores, que no van al más allá, a otro plano, sino que moraban y actuaban sobre la tierra con los vivos. Hesíodo le da el nombre de “démones”.

Por otra parte, Daimon es sinónimo de Theos (Dios), pero en Homero y en Hesíodo se refiere a los dioses o a la divinidad, en general. Por ejemplo: Cuando Homero dice de Licaón que un dios “lo lanzó en las manos de Aquiles” (Ilíada XXI, 47), no se refiere a un dios en concreto, sino a un demonio (daimon). En Homero la palabra daimon se aplicaba a los dioses en cuanto poder indefinido; sin embargo Hesíodo es el primero en referirse con esta palabra a divinidades menores (Trabajos y días v. 123).

Por lo tanto, los démones de Hesíodo no actuaban como seres intermedios entre los dioses y los hombres. Eran concebidos como seres inmortales y que moraban en un plano intermedio,  participando de la acción invisible y la vida eterna de los dioses. En Homero, el demonio ejercía sobre la humanidad una acción bienhechora o funesta (Ilíada, XV, 418, 468; XXI, 93). De aquí surgió el término  polidemonismo, es decir, la creencia en muchos demonios que circundan la vida del individuo.

En el ámbito filosófico, Pitágoras expresa “el aire está todo lleno de almas a las que se llama demonios y héroes. Son ellas las que envían a los hombres los sueños y los signos de la enfermedad y la salud” (cf. D. L., VIII 32). Aquí el término cambia drásticamente, con respecto a Hesíodo y Homero, pues, los pitagóricos enfatizaban la idea de que el alma recibía en cada renacimiento un nuevo daimon.

En Platón el término demonio va oscilando por matices muy concretos: el demonio asesor que guía al hombre durante su vida y conduce su alma ante los jueces después de su muerte (Fedro, 242); el demonio-alma, alma razonable dada a cada hombre (Timero, 41ª); y, por último, el producto de un dios y una mortal (Leyes, IV, 717b).

En Sócrates, se refiere al guía del alma durante la vida y después de ella, es un protector personal que acompaña y conduce.

“Me sucede no sé qué divino y demoníaco…Es una voz que se hace oír por mí y que, cada vez que eso me ocurre, me aparta de lo que eventualmente estoy a punto de hacer, pero que nunca me empuja a la acción” (Apología de Sócrates, 31d)

Empédocles  elabora, al parecer, su versión de la caída de los daimones en términos decididamente míticos. Empédocles explica la manera en que un daimon podía, en cada vida sucesiva, ascender a reinos más altos de la creación (plantas, bestias, hombres), padecer la mejor forma de encarnación posible en cada uno de ellos y reconquistar su estado original de dios. (Empédocles)

En la literatura mágica y pseudocientífica atribuida a Orfeo hay una destacada obra titulada Dodecaetérides donde hay varios versos que declaran que su contenido fue dictado por un demonio, una revelación. Asimismo, en el Papiro de Derveni (S. IV a. C.), rollo de papiro que contiene comentarios órficos, menciona invocaciones y sacrificios que apaciguan las almas. Afirma que mediante un encantamiento de los magos se puede cambiar la actitud de los daimones que salen al encuentro y son almas vengativas. Estamos, pues, muy probablemente, ante algún ritual funerario que pretendía tranquilizar las almas de los difuntos y evitar que los daimones las hostigasen por las faltas cometidas expiando así sus culpas. También, se alude a la existencia de daimones en el más allá, servidores de los dioses y que podrían tener como misión castigar a los hombres injustos.

En cuanto a la tragedia destacamos el Áyax de Sófocles y al personaje de Casandra de la guerra de Troya. En ambos casos se le atribuye una locura, causada por un daimon externo, que le llega como un castigo divino y la designación fatalista e inevitable del destino.

  • ¡ay de mí!, poseído de divina locura (Áyax, v 610)
  • Nunca, por propio impulso, hijo de Telamón, te has apartado de tu razón, como para arrojarte entre rebaños. Un mal divino debe haberte llegado (Áyax, v 183).

En definitiva, a través de este blog  y examinando los versos de Homero,  encontramos bastantes huellas del culto al alma, las cuales nos hace admitir que los descendientes de los antiguos griegos creían en una vida consciente del alma (psique) separada del cuerpo y  que ejercía una notable y destacada influencia sobre los hombres. Dicha creencia, siendo la fe el principio activo, les llevaba a cumplir diferentes clases de culto a las almas de los muertos. Con Hesíodo se continúa, de manera viva y fresca, la creencia en la exaltación de las almas de los muertos y su paso a una vida superior. Además, hay que tener presente, ante todo, el motor personal y familiar, los rituales que desempeñaron en sus prácticas privadas, predominando, en todo momento, el culto a los muertos, a los antepasados, a los daimones o a los héroes estrictamente locales.

FUENTES PRIMARIAS:

Obras: Teogonía; Trabajos y días; Escudo (Alma Mater)

Ilíada (Clásicos de la literatura)

Áyax. Las Traquinias. Antígona. Edipo Rey (El Libro De Bolsillo – Clásicos De Grecia Y Roma)

Obras completas de Platón. III. Diálogos dogmáticos: Fedón, Gorgias, El banquete, El político, Timeo, Critias: Volume 3 (Platón. Obras completas)

Apología de Sócrates (Cultura Clasica)

BIBLIOGRAFÍA

La religión griega en la polis de la época clásica (Universitaria)

Diccionario crítico de esoterismo (2 vols.) (Diccionarios)

ENLACES DE INTERÉS

Empédocles

El démon

Áyax

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El alma de las plantas y los animales en la Grecia antigua

Aristóteles

Aristóteles

El corpus filosófico del pensamiento griego, en concreto de Aristóteles, se basaba en la idea de que el alma inferior es el alma “vegetativa” a cuyo dominio están limitadas las plantas. A ella se deben la nutrición, el crecimiento, la procreación y el marchitarse. Superior a ésta es el “alma sensitiva”, que distingue al animal de la planta; sus “facultades” se refieren al movimiento local, a las percepciones de los sentidos y, con ello, a la representación y al apetito. Para esta distinción capital entre planta y animal, se apoya Aristóteles en el hecho de que la planta no tiene ninguna unidad íntima y no posee ningún órgano central, mientras que para los animales y los hombres este órgano es el corazón.

La cúpula de la sabiduría griega consideraba que de todos los seres vivos, inferiores y superiores, el más elevado y el más peculiar es el hombre. La causa de su indudable superioridad sobre todas las demás criaturas radica, sin duda, en la facultad intelectual, en el espíritu, denominado Nous (el espíritu), o sea, la tercera y superior forma del alma, que en la realidad empírica se da siempre en unión de las otras dos inferiores. Mientras que el alma animal nace y muere con el cuerpo, el espíritu, por el contrario, preexiste desde toda la eternidad y, viniendo de fuera, penetra en el cuerpo, es decir, en el esperma masculino, en el momento de la procreación o durante ella y se aparta después de la muerte, totalmente incontaminado, del cuerpo y del alma animal. Este espíritu está libre de todo sufrimiento y no es influido por el cuerpo ni por el alma animal. Su actividad consiste esencialmente en el puro pensar.

Por otra parte, si comparamos el alma animal con el alma humana descubriremos que para los griegos antiguos las dos almas tenían mucho en común. Por ejemplo, la psiqué se menciona en Homero cuando Eumeo mata a un cerdo para Ulises y Homero detalla: “la psiqué lo abandonó”(La Odisea, XIV). Sin embargo, no se hace mención de que esta psiqué se dirigiera al Hades. Después del animal mencionado por Homero, el único animal que en la poesía antigua se dice que posee una psiqué es la serpiente. Hesíodo describe el cambio de piel de una serpiente con las palabras “sólo la psiqué permanece” y Píndaro menciona la psiqué dos veces en el caso de la muerte de una serpiente.

animalesEl Thymos (la fuente de las emociones y de los sentimientos) si que se asocia a muchos animales, como bueyes, cerdos, caballos, lobos, corderos, entre otros, en la obra homérica de La Ilíada y La Odisea. En la mayoría de los casos, el Thymós se nombra en el momento de la muerte, no existiendo diferencia alguna entre la descripción de la muerte de un animal y la muerte de un hombre.

Como ya hemos detallado en líneas anteriores, no se atribuye Nous a los animales. Era muy corriente asociar un Menos (la parte del alma relacionada con la valentía, el ardor de un guerrero, la fuerza innata)  a una pantera y a un león, a mulas, a un jabalí, a caballos, entre otros. Para ampliar más información detallada de lo que es el Nous, Thymos y Menos os remito a su enlace correspondiente de este mismo blog. Es fundamental discernir las partes del alma.

Por otra parte, en tiempos post-homéricos, la doctrina de la metempsicosis volvió a asignar una psiqué a los animales y creó la palabra empsico (lo que contiene una psiqué) para hacer referencia a seres vivos. Es curioso destacar que Empédocles creía que la carnicería sacrificial equivalía a un asesinato y en sus escritos las almas humanas de las víctimas sacrificiales protestaban por la muerte que les aguardaba. Sin embargo, según Yámblico (Vida de Pitágoras), Pitágoras negaba un alma humana en los animales sacrificiales. Asimismo, Pitágoras pensaba que en la cadena de las reencarnaciones la psiqué también se introducía en las plantas. Empédocles apoyó esta misma idea y prohibió la masticación de hojas de laurel, planta que él consideraba la forma más elevada de las encarnaciones vegetales, defendiendo incluso que él mismo había sido un arbusto en una existencia anterior.

Obras de referencias recomendadas:
EL CONCEPTO DEL ALMA EN LA ANTIGUA GRECIA
Iliada (B. CLÁSICA GREDOS)
Odisea: 62 (Letras Universales)
068. Odas y fragmentos (Olímpicas. Píticas. Nemeas. Istmicas. Fragmentos) (BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS)

 

 

 

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Los orígenes de la religión órfica

Orfeo y Eurídice

Orfeo y Eurídice

Los orígenes de la religión órfica están todavía bastante confusos. Desde la mitad del siglo VI a.C., aproximadamente, podemos encontrar distintos puntos de contacto entre el mundo griego y comunidades religiosas, poseídas de unas peculiaridades teorías místicas que tienen como primer predicador a Orfeo, el legendario cantor tracio. La distinción decisiva que hay entre sus opiniones y las de la filosofía consiste en que las enseñanzas que se propagan en estos círculos no se dan como resultado de un trabajo intelectual de uno o varios investigadores, sino como revelaciones de Dios o más bien de su profeta Orfeo y que no se dirigen tanto a la razón cuanto al sentimiento religioso y a la fantasía. Estas religiones tenían que ser creídas, pues el orfismo era, en definitiva, una religión; más exactamente aún, una teoría.

En el  orfismo se distingue dos dominios principales: el de las doctrinas sobre la formación del mundo y el de la creencia en el alma.  Hay que destacar que tanto los cosmólogos órficos como la conocida descripción de Hesíodo acerca del surgimiento del mundo y del nacimiento de los dioses, están totalmente dominados, en lo que respecta a su manera de pensar, por las formas míticas: las dos fuentes de información hacen surgir el mundo de poderes personificados que encarnan dominios parciales del “Todo”, ciertas fuerzas naturales, como el Eros, o también conceptos aislados, como la noche o el tiempo; el desarrollo posterior sucede por generación sexual entre los poderes personales. En definitiva, sus especulaciones cosmogónicas no tienen mayor significación para el desarrollo posterior de la filosofía griega, a no ser la de que por ellos se han renovado los planteamientos sobre algunos problemas.

La significación histórica del Orfismo radica más bien en su doctrina del alma. La mística basada sobre ella ha podido desarrollarse realmente cuando se encontró una oposición hostil entre cuerpo y alma. El sentimiento de esta oposición, que era totalmente ajeno a la antropología homérica, el profundo convencimiento de que el alma humana tiene naturaleza divina y que su cuerpo es su cárcel, eran concepciones que solamente pudieron desarrollarse sobre el suelo griego a consecuencia de la experiencia del éxtasis y ante todo, del culto orgiástico a Dioniso. Por primera vez, con la victoria de la religión de Dioniso, por medio de la cual fue despertada la vida afectiva en sus profundidades más soterradas y fue elevada a alturas insospechadas, va ampliando sus círculos la creencia de que el alma, libre de las ataduras del cuerpo, se hace partícipe de fuerzas maravillosas. De esta manera pudo desarrollarse el pensamiento “de que también el alma tenía que purificarse del cuerpo como de un impedimento que la contaminaba”. Esta teoría surgió en primer lugar bajo el influjo de ideas catárticas como las que entonces dominaban, encarnadas especialmente en Epiménides de Creta, o sea, aquellas teorías que propugnaban que el hombre tenía que “purificarse” de ciertas manchas por medio de poderes demoníacos.

Así se formó el sentimiento de esta tajante oposición y con ello, de la profunda distinción valorativa entre cuerpo y alma, una de las raíces de la ascética órfica. La otra consiste en la aparición de una especie de conciencia de pecado y como consecuencia de esto, una nostalgia de salvación que brotaba de almas atormentadas. Por medio de esta ascética se quería liberar al alma de las ligaduras del cuerpo, es decir,  del mundo de los sentidos, para que ella, que era de origen divino pero que, a consecuencia de una culpa anterior a su existencia terrena, había sido atada al cuerpo, libre de la “órbita del devenir”, libre de todas las ligaduras terrenas, levantase el vuelo hacia la divinidad y pudiese unirse con ella de nuevo. Aquí está tendido el puente entre la ascética y la antigua mística griega, cuya profunda investigación tenemos que agradecer a Edwin Rohde en su Psyche.

La secta órfica no sólo encontró su centro principal en Atenas, también encontró un suelo favorable en la Magna Grecia y Sicilia, y por eso, no es casual el que la mención más antigua del famoso “Orfeo” se encuentre en el rapsoda Íbico de Regio. Noticias sorprendentes nos han ofrecido aquellas extrañas láminas de oro que fueron encontradas en las proximidades de la antigua Turios, y más al Sur todavía, en Petelia, en tumbas de los siglos IV y III a.C; según el texto de los hexámetros que hay grabados sobre ellas, se deduce que eran entregadas a los muertos “para indicarles el camino y para que fueran reconocidos por las divinidades de la muerte”. Pero también en Eleuterna, en Creta, se ha encontrado una inscripción semejante del siglo II a.C. Y aunque desde el siglo IV los cultos órficos fueron degenerando en conspiraciones, han durado, sin embargo, hasta el final de la Antigüedad y todavía han ejercido un influjo importante en los neopitagóricos y neoplatónicos e incluso también en las antiguas representaciones cristianas del más allá y en las del destino del alma humana después de la muerte.

El punto central de la religión órfica se trató en este mismo blog en el siguiente enlace: el mito de los Titanes.

Mito de los Titanes

Mito de los Titanes

Tras la lectura del mito de los Titanes, la ascética ha tenido otra meta, pues una de las doctrinas principales de los órficos es el juicio final de las almas en el Hades, donde a los piadosos se les concede su premio en un banquete sublime y a los impíos se les da el castigo en un pantano, donde tienen que echar agua en una criba y llevar a cabo otros trabajos sin sentido, indefinidamente. Junto al trono de Zeus está la Dike, diosa de la Justicia, inflexible vengadora de todo delito. Así pues, la doctrina de una retribución en el más allá constituye una parte fundamental de la antigua creencia órfica. Para escapar de los terribles castigos en el Hades, los ánimos atemorizados ofrecían a los dioses infernales sacrificios y plegarias con los cuales esperaban no sólo expiación de las culpas para los vivientes, sino también para los que ya habían muerto. De esta manera perseguiría también la ascética de los creyentes órficos escapar con la mayor indulgencia posible del juicio final en el Hades.

Para terminar, una de las características que más llama la atención en esta ascética y que es inaudita en la vida del pueblo griego consiste en la prohibición de comer carne. Uno de los pasajes de las Leyes de Platón nos pone este hecho de manifiesto, cuando habla, idealizándolos, de los hombres de la época primitiva: “Ni una vez se atrevieron a probar carne de reses muertas, ni tampoco sacrificaron animales a los dioses, pero sí ofrecían tortas y frutas rociadas con miel y otras dádivas puras como éstas. Se abstenían, pues, de comer carne en la creencia de que esto era una profanación y de manchar de sangre los altares de los dioses. Una vida órfica, por consiguiente, la llevaban aquellos hombres, que se alimentaban de lo inanimado y que temían lastimar a lo animado”.

Enlaces relacionados con la temática: MetempsicosisPitágoras y el concepto del almaLa transmigración del alma entre los órficosOrfeo más allá de la muerte

Obras de referencias recomendadas:

Psique: La idea del alma y la inmortalidad entre los griegos
Historia filosofia griega vol. 1: primer: Los primeros presocráticos y los pitagóricos. (VARIOS GREDOS)
Las leyes

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Metempsicosis

Giambologna, mercurio

Giambologna, mercurio (Photo credit: Wikipedia)

Metempsicosis o metempsícosis es un término filosófico griego referido a la creencia en la transmigración del alma de un cuerpo a otro, especialmente su reencarnación posterior a la muerte. Esta creencia fue difundida por las sectas de los órficos y de los pitagóricos, fue aceptada por Empédocles, Platón, Plotino y los neoplatónicos.

Término derivado del griego que significa “traslado de un alma a otro cuerpo; se le llama también «reencarnación” o ” transmigración del alma”. Con esto se quiere indicar la convicción de que el principio vital humano, el alma-espíritu, que se experimenta como no totalmente dependiente del cuerpo (por ejemplo, la experiencia del sueño), pasa a través de sucesivas etapas de unión con cuerpos distintos antes de alcanzar el estado final de descanso o de disolución.

La introducción de la metempsicosis como doctrina filosófica se debe a Pitágoras, quien según nos cuentan, se dijo idéntico al héroe troyano Euforbo, y agregó copiosos detalles de las ulteriores vagancias de su alma. El vegetarianismo y un respeto general por los animales fue la deducción práctica pitagórica de la doctrina.

Heráclides Póntico refiere que Pitágoras decía de sí mismo que «en otro tiempo había sido Etálides y tenido por hijo de Mercurio; que el mismo Mercurio le tenía dicho pidiese lo que quisiese, excepto la inmortalidad, y que él le había pedido el que vivo y muerto retuviese en la memoria cuanto sucediese». Así que mientras vivió se acordó de todo, y después de muerto conservó la misma memoria. «Que tiempo después de muerto, pasó al cuerpo de Euforbo y fue herido por Menelao. Que siendo Euforbo, dijo había sido en otro tiempo Etálides, y que había recibido de Mercurio en don la transmigración del alma, como efectivamente transmigraba y circuía por todo género de plantas y animales; el saber lo que padecería su alma en el infierno y lo que las demás allí detenidas. Que después que murió Euforbo, se pasó de alma a Hermótimo, el cual, queriendo también dar fe de ello, pasó a Branquida, y entrando en el templo de Apolo, enseñó el escudo que Menelao había consagrado allí»; y decía que «cuando volvía de Troya consagró a Apolo su escudo, y que ya estaba podrido, quedándole sólo la cara de marfil. Que después que murió Hermótimo se pasó a Pirro, pescador delio, y se acordó de nuevo de todas las cosas, a saber: cómo primero había sido Etálides, después Euforbo, luego Hermótimo y enseguida Pirro». Y finalmente, que después de muerto Pirro vino a ser Pitágoras, y se acordaba de todo cuanto hemos mencionado.

Euforbo era hijo de Pantoo y hermano de Hiperenor. Y hábil lancero, logró herir a Patroclo. Murió a manos de Menelao, en la Guerra de Troya, es mencionado en la Ilíada de Homero

Para saber más: mito de los Titanes

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Pitágoras y el concepto del alma

Pitágoras

Pitágoras (Photo credit: Javier Almodóvar)

La figura de Pitágoras está vinculado a la noción de transmigración del alma. Pitágoras habría sido el introductor de este concepto en Grecia, relacionado directamente con la noción de la inmortalidad del alma, que, con el paso del tiempo, estaba llamada a convulsionar la mentalidad griega.

Primeramente, el pensamiento de Pitágoras era que el alma era inmortal. Asimismo, la mentalidad de Pitágoras era tan abierta y clara que tuvo la creencia en la transmigración del alma de un ser humano a un animal o viceversa, circunstancia que incrementaba el impacto que producía la extraña afirmación pitagórica en quienes la oían. Además, que los acontecimientos pasados se repetían en un proceso cíclico y que nada es nuevo en sentido absoluto.

Pitágoras fue muy consecuente con su doctrina y, para demostrarla, presumía de poder rememorar las reencarnaciones anteriores del alma, lo que provocó que fuera considerado un sabio que poseía extraordinarios conocimientos.

Por otra parte, Pitágoras consideraba el cosmos como el resultado de una armonía sometida a la ley del orden y la proporción y en la que existe una energía universal que une lo celestial con lo terrenal, lo divino con lo humano, que a su vez todos seres vivos participan en la existencia de una comunidad, una relación de hermandad donde tienen que imperar la moderación, la prudencia y el orden y que la discordia, la rivalidad y la violencia deben ser erradicadas.

El respeto hacia los animales era tal que impedía maltratarlos, comerlos o sacrificarlos en los rituales religiosos.

Enlaces recomendados: Metempsicosis La transmigración del alma entre los órficos Orfeo más allá de la muerte El mito de los Titanes

Obra de referencia recomendada:

Orfeo y la religión griega: Estudio sobre el movimiento órfico (El Árbol del Paraíso)

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