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La Epifanía de Atenea

Con el nombre de «Epifanía de Atenea» se conoce el momento en que esta diosa se aparece al bravo Aquiles en el primer capítulo de la Ilíada de Homero. Aquiles y Agamenón discuten acaloradamente sobre la conveniencia de emprender la guerra contra la amurallada Troya; en un momento de la discusión, Aquiles, encolerizado, está a punto de desenvainar la espada que lleva junto al muslo, para matar a Agamenón. Entonces, descendida del cielo por orden de Hera, se le aparece Palas Atenea para hacerle desistir de su intención; nadie de los presentes la ve, tan sólo Aquiles. El fragmento que narra este episodio es el siguiente:

Sacó de la vaina la gran espada; del cielo vino Atenea, / pues la había enviado la diosa Hera, la de blancos brazos, / que por igual amaba a ambos en su corazón, y se preocupaba por ellos. / Se puso detrás de Aquiles, y cogió al Pelida de la rubia cabellera, / apareciéndosele a él sólo; de los demás, ninguno la veía. / Se quedó estupefacto Aquiles; se volvió seguidamente, y al punto reconoció a Palas Atenea: sus ojos brillaban de un modo terrible. (Ilíada I,194- 200).

Todas las exégesis que se conservan sobre este fragmento coinciden en el comentario, por lo que es fácil advertir su carácter tradicional. Los versos de Homero, como todos los textos revelados, esconden una verdad mucho más amplia y rica de la que aparentan; por ello los comentaristas son necesarios para interpretarlos, más allá de su sentido histórico y anecdótico. Por ejemplo, Heráclito, el homérico, o el rétor, dice lo siguiente al introducir su glosa sobre el fragmento de la Epifanía de Atenea: Un saber brillante y eminentemente filosófico, expresado en forma alegórica, subyace en estas reflexiones. Incluso Platón, tan ingrato para con Homero en la República, tiene que reconocer, a partir de estos versos, que se ha apropiado de la teoría homérica sobre el alma.

Heráclito, como la mayoría de comentaristas, utiliza las palabras de Platón para desvelar el sentido oculto de los versos de Homero, ya que este autor sistematiza discursivamente un saber que, en su origen, no era el fruto de una especulación mental, sino el desarrollo de la ciencia tradicional que el divino Homero conocía.

Los antiguos filósofos griegos no intentaban establecer las diferentes categorías del ser, ni tan siquiera, mediante la teoría del alma, establecer una psicología del hombre; su intención, más bien, era enseñar la doctrina unitiva sobre la inmortalidad del alma, la divinización del hombre. Debemos tener esto muy en cuenta al aproximarnos a la teoría del alma que subyace en los versos de Homero y que es uno de los motivos básicos del presente estudio.

Los sabios griegos diferenciaban dos almas (psykhe) en el hombre, dos principios; uno de ellos sería el alma racional (logisticon), o el intelecto (nous), el otro el alma irracional (alogiston). La primera pertenece al Dios originario y Uno, la segunda proviene de los astros. Plotino explica la diferencia establecida por Platón de la siguiente manera: En el Timeo, el Dios hacedor es quien provee el principio del alma, mientras que los dioses móviles son los que deparan las pasiones temibles y necesarias, iras, apetitos, placeres y penas y otras especies de almas de las que resultan las pasiones de aquí. En efecto, esta doctrina nos vincula a los astros, puesto que de ellos tomamos un alma y nos sometemos a la Fatalidad cuando venimos aquí.

Jámblico, recurriendo explícitamente a las concepciones herméticas, escribe lo siguiente sobre esta división del alma: El hombre tiene dos almas: una salida del Primer Inteligible, que participa también del poder del demiurgo; la otra, introducida en nosotros a partir de la revolución de los cuerpos celestes; es sobre ésta, que se desliza el alma que ve a Dios.

Es importante comprender, según aparece en el escrito anterior, que no se trata dos partes de una misma alma sino de dos almas diferentes; esto queda muy claro en el pensamiento pitagórico: Otros, empero, y entre ellos también Numenio [importante representante del pitagorismo], no atribuyen tres partes a un alma única, o al menos dos, racional e irracional, sino que piensan que tenemos dos almas, como también otras cosas, [se refiere a la paridad de nuestros miembros, sentidos, etc.], la racional y la irracional.

Según la teoría platónica, el alma irracional se divide, a su vez, en dos partes (eide, propiamente: ‘forma’, ‘imagen’) que son: el alma irascible (thymos) y el alma concupiscible (epithymia). Heráclito, el rétor, cita a Platón para explicar la división ternaria del alma cuando éste la compara a dos caballos (las partes irracionales) y un auriga (el alma racional). Las tres almas se ubican en el cuerpo humano de la manera siguiente: la parte racional en la cabeza, como la acrópolis en las ciudades, la parte irascible en el corazón y la parte concupiscible en el hígado o, según otros, en las zonas adyacentes.

Sobre la significación exacta de lo que Homero y Platón llaman thymos, el alma irascible, se ha escrito mucho, por eso intentaremos resumir y precisar a qué se referían con este término. Pseudo Plutarco siguiendo a los estoicos, define al thymos como un pneuma connatural, una exhalación sensible, dependiente de la humedad corpórea.  Se trata del principio de vida encarnada, un hálito, un soplo, que desaparece con la muerte, por eso, cuando Homero se refiere al fallecimiento de un héroe dice: Exhaló su thymos (Ilíada IV, 524, XIII, 654). Sobre él se sustenta la vida en el hombre y en los animales y, también, el psiquismo. Rige y gobierna sobre la voluntad, por eso, a veces se traduce thymos por ‘voluntad’. También es el motor de los deseos y las pasiones; su origen etimológico parece ser thymiao, que significa ‘quemar incienso’, ‘producir humo’; es propiamente un calentamiento de la sangre en la zona del corazón, por lo que no nos puede extrañar que sus manifestaciones más evidentes sean el arrebato, la cólera, la ira, la agresividad, etcétera, pero también el coraje, el valor, la ambición. Otra de las traducciones de la palabra thymos sería la de ‘sentimiento’, o el pensamiento propio del corazón, es decir, del hombre. La vida encarnada se asienta sobre el thymos. Aquiles, como iremos viendo a lo largo de este estudio, representa el alma del hombre.

La otra parte del alma irracional, la epithymia, la parte concupiscible, gobierna y dirige las funciones propias del cuerpo; equivaldría al alma vegetal, genera los impulsos irracionales que conducen al hombre a comer, beber, reproducirse, etcétera.

Los primeros cristianos recogieron la herencia homérica  sobre la teoría del alma y la vincularon sin dificultad a los misterios evangélicos. Clemente de Alejandría escribe: Tres son, ciertamente, las facultades del alma: la intelectual, que recibe el nombre de logisticón, es el hombre interior, que guía al hombre que vemos, y que, a su vez, es guiado por otro, Dios; la irascible, que es salvaje, cercana a la locura; y, en tercer lugar, la concupiscible, que adopta muchas más forma que Proteo, el multiforme genio marino, quien, revistiendo ahora una forma y luego otra, incitaba al adulterio, a la lascividad y a la corrupción […]. En cambio, el hombre en quien el logos habita no cambia, no se transforma, tiene la forma del logos, es semejante a Dios, es bello, no es pendenciero.

También en la cábala judía medieval encontramos las influencias directas de la tradición homérica; el autor delZohar escribía: Dijo Rabí Yehuda: Existen en el hombre tres direcciones [motores, conductas]: primero la dirección de la pasión, que es el deseo entre todos los malos deseos, y es la fuerza de la pasión, y, finalmente, la dirección que mueve y fortifica el cuerpo, que es llamada ánima corporal (nefech ha-guf).

Retornando al mundo clásico, comprobamos que el gran misterio y el interés de la teoría del alma reside en la constatación de que hay en el hombre un alma que es propia y exclusiva del Dios primero, y que no puede ni debe confundirse con los otros principios motores, se trata de la nechamah santa de la que nos habla el Zohar, el logos, semejante a Dios, de Clemente, el nous de los griegos. Respecto a ella escribe Sinesius: Yo lo afirmo ardientemente: nos consumimos en vanos esfuerzos cuando no tenemos en nosotros el Nous del que hablamos, ya sea natural o adquirido; pues no hay duda de que si Dios habita en alguna parte de nosotros es en el Nous y en ninguna otra parte; es el único templo que conviene a Dios.

Y Hermes Trismegisto afirma: Sólo la parte razonable del alma, escapando de la potestad de los genios, permanece estable, presta a volverse el Tabernáculo de Dios.

Es esa alma la que permite que el hombre caído en la materia y la corrupción vuelva a su patria originaria, y, así, volverse inmortal; como explicaba Platón: Esta alma nos eleva por encima de la tierra, a causa de su afinidad con el cielo, ya que somos una planta celeste. Por medio de ella podemos escapar de la influencia de los astros y de la fatalidad; como lo describe Jámblico: No está todo en la naturaleza ligado a la fatalidad, existe otro principio del alma que es superior a toda la naturaleza y a todo conocimiento, por medio del cual podemos unirnos a los dioses, estar por encima del orden cósmico y participar de la vida eterna y de las actividades de los dioses supracelestes.

Pero este nous no gobierna normalmente en el hombre; el hombre en su condición terrenal está subyugado a las directrices del alma irracional, es, como decía san Pablo, su esclavo.  Las dos partes del alma irracional se apoderan de lo esencial del hombre y lo conducen hacia la dispersión y la muerte, alejándolo del Principio, del Dios creador. Según los comentaristas que vamos siguiendo, este alejamiento es lo que ocurre a Aquiles en el preciso momento anterior a la Epifanía de Atenea: el héroe dominado por el thymos, se precipita sobre su espada, nublada su facultad de razonar por el furor que anida en su pecho. En este momento aparece Palas Atenea, la diosa guerrera de los grandes ojos, para cambiar la dirección que gobierna sobre Aquiles. La diosa apacigua el acaloramiento de su corazón, haciéndolo depender del poder de la razón, del alma divina.

Los comentaristas describen esta transformación, producida por la Epifanía de Atenea, de la manera siguiente; Heráclito, el rétor dice: [Atenea] le arranca de la embriaguez de la ira y le restituye a un estado mejor. Este cambio operado en él gracias a la razón es lo que en los poemas homéricos, con toda justicia, se identifica con Atenea. Casi puede decirse que la diosa no es sino una denominación de la inteligencia (nous) […]. Tras las llamaradas de cólera de Aquiles, aparece la diosa como un remedio para apagar el mal: Tomó al Pelida de la rubia cabellera (II. 1, 197).Durante el tiempo en el que Aquiles es presa de la cólera, el thymos está alojado en su pecho, pues, mientras desenvaina su espada, dentro de su velludo pecho, su corazón se debatía entre dos alternativas (II. 1, 189). Pero, cuando el furor se apacigua, y la facultad de razonar va poco a poco apoderándose de él, que estaba ya en trance de arrepentirse, la cordura comienza a tomar posesión de su cabeza.

Pseudo Plutarco comenta el sentido alegórico de la escena resumiendo la interpretación tradicional que estamos estudiando; dice así: El alma consta, como también es opinión de los filósofos, de una parte racional, con sede en la cabeza, y otra parte irracional, y a su vez ésta de una parte irascible, con sede en el corazón, y otra concupiscible, con sede en el vientre. Pues bien, ¿no fue Homero el primero que captó su diferencia, cuando a propósito de Aquiles representó en lucha su parte racional con la cólera y simultáneamente reflexionando sobre si vengarse de quien le había vejado o hacer cesar su cólera? «Mientras tales pensamientos revolvían en su mente y en su corazón» (II, 1, 193), esto es, la razón y su opuesto, la ira del corazón, sobre la que representó triunfante la razón, esto es lo que significa desde su punto de vista la Epifanía de Atenea».

La metamorfosis que transforma a Aquiles se produce tan sólo gracias a la intervención de Palas Atenea; debemos tenerlo muy en cuenta, ya que, a menudo, al interpretar profanamente los textos clásicos, se suele confundir la acción del alma racional con un interés y un producto propio y exclusivo del hombre, en el que los dioses no son sino invenciones inexistentes que representan diferentes aspectos de la psicología humana. La razón de la que hablan los comentaristas de Homero pertenece a Dios, es como hemos visto, diferente, esencialmente, del alma irracional. El cambio de Aquiles no es posible sin la manifestación de la divinidad, de la diosa de la sabiduría. Platón explica la etimología de Atenea como Theonoa, esto es, ‘el nous de Zeus’ o bien ‘la inteligencia divina’.

La inspiración que, proveniente del cielo se manifiesta a Aquiles y que sólo él recibe, es el suplemento del nous divino que el hombre necesita para acercarse a la morada de los dioses. Dicho suplemento, que viene del cielo por orden de Hera, es lo que despierta la parte divina que existe en cualquier hombre, pero que sin esta ayudo permanece impotente. Es el Alma del Mundo, el Espíritu Santo de los cristianos, que viene a socorrer y a guiar al hombre hacia la divinidad. Los pitagóricos decían que Atenea era el número siete, el número del Alma del Mundo, del Espíritu Santo, llamado en la liturgia: septiformis munere.

Así pues, la Epifanía de Atenea parece referirse a la iniciación  de aquél que puede contemplarla y recibir su nous. Entonces, el hombre ya no depende de los astros y de la fatalidad, sino que es conducido por el Buen Pastor. El cambio que se produce en Aquiles es realmente una conversión, lo que los hebreos llaman techuvah y los griegos metanoia, que se traduce equívocamente en un sentido moral por ‘arrepentimiento’, ‘penitencia’, ‘pesar’. La metanoia sería el cambio del pensamiento rector, girarse hacia el otro lado, encontrar el nous.

Cuando, por la iniciación de Atenea, el nous gobierna en el hombre, se engendra la virtud; al contrario, si es el alma irracional la que domina, como en Aquiles antes de la Epifanía de Atenea, entonces se engendra el vicio, se trata de la misma fuerza según ésta suba o baje; así lo explica Salustio: El alma irracional es la vida sensitiva e imaginativa, mientras que el alma racional es la vida que gobierna sobre la sensibilidad e imaginación y que se sirve de la razón. El alma irracional depende de las pasiones corpóreas, ella desea y se irrita irracionalmente, mientras que el alma racional con la razón desdeña el cuerpo, y, entablando combate contra el alma irracional, si vence, engendra la Virtud, pero, si es vencida, engendra el Vicio.

Porfirio expresa lo mismo con las siguientes palabras: La diferencia entre el hombre virtuoso y el malvado parece consistir en que el uno tiene en todo lugar el razonamiento a su lado como dominador y regulador del elemento irracional y el otro realiza la mayoría de sus actos omitiendo en todos ellos el reconocimiento y la cooperación de la razón. Por ello el uno se denomina irracional y llevado por la irracionalidad y el otro razonador y dominador de todo elemento irracional.

Hermes Trismegisto describe esta pelea entre el alma divina –recordemos que los griegos se refieren siempre a la razón divina y no humana- y el alma irracional como sigue: Empieza una lucha de uno [el alma racional] contra dos [las parte irracionales], la primera procurando huir, las otras empujándola hacia abajo; gran discordia y combate se derivan de ello entre estas partes, la primera queriendo escapar, las otras esforzándose por retenerla. Que venza la primera o las otras no es lo mismo, pues la primera tiende al bien, las otras habitan la región del mal; la primera suspira por la liberación, las otras aman la esclavitud. Si las dos partes [del alma irracional] han sido vencidas, permanecen confinadas en sí mismas, privadas incluso de la compañía de la parte rectora; pero si el alma racional ha perdido, es llevada, conducida en cautividad por las otras dos y encuentra su castigo en la vida que lleva aquí abajo. He aquí, hijo mío, tu guía para la ruta hacia lo alto. Es preciso, antes de alcanzar el final, abandonar el cuerpo, vencer el combate de la vida y, una vez vencedor, empezar la ascensión.

La virtud, en el sentido hermético, que es el que nos interesa, está lejos de ser un concepto moral, es decir, el feliz aunque doloroso cumplimiento de unos preceptos o de unas prohibiciones, es decir, el triunfo de la razón, gracias a nuestra voluntad, sobre el alma irracional. Pero es obvio que si esta razón no viene directamente del Espíritu Santo, nunca dejará de ser una razón exclusivamente humana. La virtud, según el profundo pensamiento de Homero y los siete sabios griegos, es el alma irascible que sigue las órdenes de la razón incorporada en el hombre por la visita de Palas Atenea; entonces la fuerza del alma irascible sirve para la ascensión del alma divina hacia su fuente originaria; es el hombre erguido. Escribe M. Pselo comentando los antiguos Oráculos caldeos: El alma irracional, que es imagen del alma racional, purificada en su vida por la Virtud, asciende al lugar supralunar.

El thymos purificado en la virtud se convierte en el camino ascendente, como el humo del incienso (recordemos la etimología del thymos que hemos visto), por medio del cual el alma divina, caída en lo profundo del hombre retorna hacia el cielo. La Epifanía de Atenea convierte la cólera en amor. Proclo, en su Himno a Atenea Sapientísima, le pide: Da a mi corazón tanto amor como sea necesario para que pueda de lo más profundo de los abismos terrenales retornar de nuevo al Olimpo, morada del Padre lleno de bondad.

En el proceso de la caída y la regeneración del hombre, Palas Atenea cumple la función de ayuda para que el héroe pueda retornar a su patria original. Olimpiodoro resume este peregrinaje, motivo de todos los misterios antiguos, de esta brillante manera: A modo de Core, el alma desciende al génesis; a modo de Dionisos es dividida por el génesis; a modo de Prometeo y de los Titanes, es atada al cuerpo; pero teniendo la fuerza suficiente, a modo de Heracles, ella se libera; filosofando realmente de forma pura, se recompone gracias a Apolo y a Atenea la Salvadora; y vuelve a subir con Deméter hacia sus propias causas.

Atenea conduce el alma hacia sus propias causas; sus atributos y epítetos lo manifiestan claramente, ya que es a la vez diosa de la guerra y diosa de la sabiduría.  Por su carácter guerrero vence al viejo vicio y conduce a sus héroes queridos hacia la victoria de la nueva virtud, transformando el thymos colérico en un thymos de amor, subyugado a la razón; en los ‘Himnos órficos’ es llamado gorgonicida, pues ayudó a Perseo a matar a la temible Gorgona.

Atenea es también la diosa de la Sabiduría, cosa que se significa en el mito por su nacimiento de la cabeza del Padre Zeus; para los antiguos, el nacimiento de la Sabiduría se produce en el pecho del hombre y al igual que la voz, que sale por la cabeza, a ella se la llama «nacida de la cabeza», gracias a la intervención de Hefaistos.

Esta voz nacida en el corazón (recordemos que el thymos tiene su asiento en esta parte del cuerpo) y manifestada y expresada en la cabeza es, sin lugar a dudas, la palabra verdadera del Sabio.

Palas Atenea, en su doble vertiente de diosa de la guerra y de la sabiduría, resume el sentido fundamental de la filosofía de los pitagóricos. Heriocles, lo confirma al comentar los Versos dorados de PitágorasLa filosofía tiene por finalidad purificar la vida humana y conducirla a su fin. La purifica liberándola de los desórdenes confusos de la materia y de las pasiones de los cuerpos mortales; la conduce a su fin haciéndole reencontrar la pura felicidad a la que es susceptible, dándole la semejanza de los dioses. La Verdad y la Virtud son los medios particularmente eficaces para obtener, por una vía natural, este doble resultado: la Virtud, reprimiendo los excesos de las pasiones, y la Verdad, dando, a aquellos que se preparan convenientemente, la posibilidad de recuperar la forma divina.

El auténtico filósofo es quien posee la virtud y la verdad, quien ha actualizado en su propia encarnación el mito de Atenea, es decir, quien ha realizado la plenitud de la obra hermética. La sabiduría es inseparable del hombre. El retorno del nous a su origen, la divinización del hombre, significa la actualización del mito.

Los poemas de Homero, sus divinas palabras, explican alegóricamente la regeneración del hombre, que es lo mismo que la realización del magisterio de los sabios alquimistas. El autor de la ‘Concordancia mito-físico-cábalo-hermética’ describe esta realización utilizando el mito del nacimiento de Atenea; escribe lo siguiente: Baco [Dioniso], que salió del muslo de Júpiter [Zeus], unido a Minerva [Atenea], que salió del cerebro de este Dios Todopoderoso por obra de Vulcano [Hefaistos] o fuego central, forman la quintaesencia milagrosa cuyos efectos colocan al Sabio por encima de la naturaleza humana.

El nacimiento de Atenea de la cabeza de Zeus esconde un misterio del que los auténticos filósofos han hablado muy poco; sin embargo, hemos encontrado algunas alusiones a una enigmática Hija de los Sabios que parece tener relación con la hija de Zeus. El Cosmopolita habla del resultado de su Obra citando la ‘Aurore apparaissante’y dice: Ella [la Piedra] es la hija de los Sabios, que tiene en su poder la autoridad, el honor la virtud y el imperio […]. ¡Oh, feliz Ciencia!, ¡Oh, feliz Sabio!, pues quien la conoce posee un tesoro incomparable, porque es rico delante de Dios y honrado por todos los hombres.

En la tradición cabalística encontramos también a esta misteriosa hija cuando se explica que Abraham, cuyo nombre significa «padre-elevado», tuvo una hija llamada Ba-col, un nombre que puede traducirse por ‘en-todo’, ya que en ella, él tenía todas las riquezas y todas las bendiciones. Algunas veces también se la llama Bat-Rochi, que significa ‘hija-de-mi-cabeza’.

Fuente original: arsgravis

 

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El oráculo de Trofonio: entre la consulta y la revelación iniciática

Fuente original: arsgravis

Estudio de Mario Agudo Villanueva sobre Trofonio en el que se explica quién era este misterioso personaje (dios, mito e historia) y los ritos que se practicaban para conocer su oráculo, en los que se relacionan los viejos cultos mistéricos, e incluso chamánicos, con las escuelas filosóficas.

 “Por supuesto que volverá a la superficie; no le preguntéis qué es lo que busca allá abajo; él mismo os lo dirá cuando vuelva a ser hombre ese Trofonio, ese sujeto de aspecto subterráneo” (NIETZSCHE, F. (1886): Aurora, prólogo, 1).

Friedrich Nietzsche se presenta a sí mismo como Trofonio en el prólogo de su Aurora. Se trata de una figura enigmática que el pensador alemán utiliza como recurso metafórico desde el que se parapeta con el fin de socavar la confianza del ser humano en la moral, para lo cual hace hincapié en su carácter subterráneo. Una referencia filosófica que nos permite calibrar el impacto que este personaje legendario, al cual Antonio Salieri consagró una ópera, adquirió en buena parte de Occidente tras la Antigüedad, donde su lúgubre antro sirvió de fuente de inspiración artística desde que Aristófanes se refiriese a él como lugar terrorífico: “Pon primero en mis manos una torta de miel, que me da miedo entrar, como si descendiera a la cueva de Trofonio” (Las Nubes, 500).

Grabado de Trofonio en el Tractatus Posthumus. (Wikipedia)

 

Dos siglos antes de la referencia nietzscheana, nos encontramos a este personaje en un contexto diferente, pero más vinculado con su función oracular primigenia. Se trata del Tractatus Posthumus. De Divinatione & magicis praestigiis, escrito por Jean-Jacques Boissarden en 1616. Allí aparece junto a medio centenar de personajes míticos e históricos relacionados con la magia y la adivinación, entre los que también se describe a Apolo Pitio, Hermes Trimegisto, Proteo, Nicóstrata, Tiresias, Anfiarao, Casandra, Laocoonte, las sibilas o el mismo Pitágoras. En el grabado que introduce al personaje, elaborado por Johann Theodor de Bry, se le representa sosteniendo un panal de abejas en su mano izquierda, mientras con la derecha agarra un extremo de su capa, única prenda que viste, junto con las sandalias. Completan la imagen un escenario repleto de vegetación y un ave que porta una rama que parece entregar al propio Trofonio. Aunque estamos ante una imagen tardía, los atributos representados coinciden en gran medida con los asignados por las fuentes antiguas, por lo que un análisis detallado de cada uno de ellos puede iluminar, aunque solo sea difusamente, el oscuro antro de este reconocido oráculo.

 Trofonio y sus atributos: entre lo ctónico y lo filosófico

Las abejas y la miel son una constante en los testimonios antiguos sobre el enclave. Un enjambre de las primeras condujo a un tal Saón hasta la grieta donde se encontraba el oráculo, ante la imposibilidad de los beocios de localizar su paradero, tal y como nos relata Pausanias (IX, 40-2). Las abejas están vinculadas también con los poderes ctónicos, no en vano se relacionan con divinidades como Deméter, de la que nos dice nuestro geógrafo que fue nodriza de Trofonio (IX, 39-5). Por otro lado, todos los que pretendieran consultar el oráculo debían llevar, según el mismo autor, dos panes de cebada amasados con miel (IX, 39-9). Filóstrato testimonia que las tortas de este suculento manjar servían para aplacar a los reptiles que acometían a los que descendían (Vida de Apolonio, VIII-19), creencia antigua extendida por el Ática y Beocia según la cual, una Gran Serpiente habitaba el subsuelo y debía ser mantenida con ofrendas ubicadas en las puertas de las grutas. Pero tratándose de un oráculo, nos gustaría proponer otra lectura más coherente con su función. Hesíodo nos dice que a los reyes que son vástagos de Zeus, las musas les derraman una gota de miel para que fluyan suaves palabras de su boca, de manera que resuelvan las disputas con sabiduría y rapidez (Teogonía, 81-88). Podríamos estar, por tanto, ante un oráculo especial, al que se acudía no solo para conocer sus vaticinios, sino también para obtener algún tipo de conocimiento, pues las musas saben y cuentan “todo lo que ha sido, todo lo que es y todo lo que será” (Teogonía, 38-39).

Volvemos al testimonio de Filóstrato sobre la visita de Apolonio de Tiana al oráculo para encontrar sentido a otro de los elementos de la imagen que nos sirve de guía. Nos cuenta nuestra fuente que el legendario personaje, ante la negativa de los sacerdotes a dejarle pasar por considerarle un brujo: “arrancó cuatro barrotes y se introdujo con el manto del filósofo, por lo que obró de forma grata al dios Trofonio” (Vida de Apolonio, VIII, 19). Después de que el oráculo se apareciera a los sacerdotes para reprenderles su actitud ante el visitante, les encomendó a que fueran a Áulide porque allí le haría emerger de una forma maravillosa. Así fue, Apolonio apareció siete días después con un libro que contenía doctrinas de Pitágoras, que Trofonio le había entregado ante la pregunta sobre cuál era la filosofía más perfecta y pura (Vida de Apolonio, VIII, 20). Tenemos aquí, por tanto, otra relación de sumo interés: el manto del filósofo, un símbolo que podría hacer referencia a una distinción especial, como maestro de algún saber que se transmite dentro de un determinado círculo, un papel que se vería reforzado por las sandalias que porta nuestro personaje.

Nos queda un último elemento, el ave portadora de la rama, que, dado el contexto que nos ocupa, podría tratarse de una manifestación de esa mítica “rama dorada” de la que Virgilio cuenta que la sibila de Cumas recomendó cortar a Eneas para descender al Hades: “Pero si ansia tan grande anida en tu pecho, si tanto deseo de surcar dos veces los lagos estigios, de dos veces ver la negrura del Tártaro y te place emprender una fatiga insana, escucha primero lo que has de hacer. En un árbol espeso se esconde la rama de oro en las hojas y el tallo flexible, según se dice consagrada a Juno infernal; todo el bosque la oculta y la encierran las sombras en valles oscuros. Mas no se permite penetrar en los secretos de la tierra sino a quien ha cortado primero los retoños del árbol de dorados cabellos. La hermosa Proserpina determinó que se le llevara de presente” (Eneida, VI, 133-142).

El origen de Trofonio: ¿dios, mito o historia?

La descripción y el análisis de los atributos de Trofonio nos ha permitido aproximarnos de una manera superficial a su figura, pero para conocer con más profundidad la verdadera naturaleza de este oráculo, es necesario que consultemos lo que las fuentes nos dicen sobre su origen. Pausanias nos cuenta que era semejante a los dioses (IX, 11-2), constructor de palacios para el hombre, como la casa de Anfitrión, o de santuarios para la divinidad, como el templo de Apolo en Delfos (IX, 37, 5-6). Esta versión es ratificada por el Himno homérico a Apolo, que da cuenta de que Trofonio y Agamedes, caros a los dioses inmortales, pusieron un umbral de piedra sobre los cimientos levantados por Febo Apolo en el gran santuario panhelénico (295). Pero no es la única obra arquitectónica que se le atribuye, diferentes testimonios lo vinculan con el tesoro de Augías, en Élide; el de Hirieo, en Hiria o el de Poseidón, en Mantinea.

Sobre su muerte hay diferentes versiones. Algunas fuentes, como Pausanias, apuntan a que trató de urdir una treta para quedarse con el tesoro de Hirieo junto a su hermano. Cuando este fue descubierto, Trofonio le cortó la cabeza para que no le delatase y, en su huida, fue tragado por la tierra en el bosque sagrado de Lebadea (IX, 37, 6-7). Otras, como Plutarco, aseguran que al pedirle a Apolo una recompensa por haber construido su templo, el dios les premió con el mejor fin al que puede aspirar un hombre, morir sin sufrimiento (Moralia, 109a).

Sea como fuere, disponemos de un dato muy revelador en relación con la institución del oráculo en Lebadea. Nos cuenta Pausanias que los habitantes de Beocia, ante la ausencia de lluvias, acudieron a la Pitia, quien les remitió a Trofonio para que hiciera llover (IX, 40-1). Esta figura del artesano que puede controlar los fenómenos meteorológicos no es nueva. Nos recuerda a otros personajes de la mitología griega como los Telquinos, Kabiros, Curetes o Dáctilos, quienes constituían cofradías secretas en relación con misterios e iniciaciones de hermandades de trabajadores de los metales que tenían contacto con disciplinas tan variadas como la magia o la danza. Según Diodoro, los Telquinos, por ejemplo, podían producir tormentas, granizo y nieve (V, 55-3).

Conviene detenerse en este punto, puesto que resulta de gran interés para acercarnos a una posible interpretación del sentido del oráculo de Trofonio. El hombre de las sociedades arcaicas podía insertarse en lo sagrado mediante su propio trabajo, que adquiría un valor litúrgico. Vernant ha llamado la atención sobre cómo, en Homero, el término tecné se aplica al saber hacer de los demiurgoi, como metalúrgicos o carpinteros, pero también a las capacidades mágicas de Hefaistos o los sortilegios de Proteo. No hay una separación entre logro técnico y éxito mágico. Los secretos del oficio se incluyen en la misma esfera que el arte del adivino o las argucias del hechicero, ya que todos están en el marco de la praxis. Los artesanos intervienen de manera decisiva en la ordenación del mundo. En tiempos míticos son seres que viven al margen, recorriendo montes y bosques.

Este perfil encaja a la perfección con la trayectoria de Trofonio, un constructor errante que tiene la capacidad de controlar la naturaleza y que, una vez muerto, preside un oráculo desde el que transmite su saber. Pero esta capacidad de controlar los fenómenos atmosféricos no es exclusividad de los artesanos, es pertinente recuperar un pasaje muy revelador, el fragmento III de la colección Diels, que dice así: “De cuantos remedios hay para los males y resguardo para la vejez te informarás, porque para ti solo realizaré yo todo esto. Apaciguarás la furia de los infatigables vientos que sobre la tierra se agitan y destruyen con sus soplos los campos cultivados. Y aun, si quieres, dirigirás sus soplos en sentido favorable; y colocarás después de la lluvia sombría una sequía oportuna para los hombres, y después de la sequía estival dispondrás las corrientes que nutren a los árboles y que irrigan el éter, y retornarás del Hades el vigor de un hombre muerto”.

Significativas palabras que sitúan a Empédocles, en opinión de Peter Kingsley, como un mago depositario de un saber no solamente orientado a conocer los poderes de la naturaleza, sino también a controlarlos. Se trata, en efecto, de un conocimiento de la cosmología y de la naturaleza de aplicaciones prácticas. Un saber inserto en una tradición ancestral, heredera de tiempos míticos, que algunos grupos, como los pitagóricos, trataron de mantener como partes y portavoces de ese conocimiento. Es hora de abordar el ritual que seguían los consultantes del oráculo para tratar de comprender su sentido más profundo.

El ritual: entre los sueños y la revelación

Según ha identificado David Hernández de la Fuente, el esquema de la consulta al oráculo de Trofonio se corresponde con los ritos de paso de diversas culturas. Tiene tres fases: segregación del grupo y del mundo, que se obtiene mediante el aislamiento y la purificación; fase de liminalidad o descenso al infierno, katábasis, al estilo de los héroes que descienden al Hades para conocer el futuro y recuerdo de la experiencia como sueño revelador. El modo en el que se desarrolla cada una de estas fases de acuerdo con el testimonio de las fuentes arroja más luz sobre esta cuestión.

Pausanias relata que el consultante era aislado en el edificio del Buen Demon y la Buena Tique, donde se realizaban las purificaciones. Durante su estancia, tomaba baños de agua fría en el río Hercina, que separaba la antigua Lebadea del bosque sagrado donde se encontraba el antro de Trofonio, y realizaba sacrificios tanto en honor al oráculo como a otras divinidades. La noche del descenso se sacrificaba un carnero en presencia de un adivino, quien al examen de las entrañas de la víctima determinaría si era un momento propicio para el descenso. Si así era, el individuo era lavado de nuevo en el río por unos muchachos llamados Hermas, ungido en aceite y conducido por los sacerdotes hasta las fuentes de Leteo (olvido) y Mnemósine (memoria). Acto seguido se le presenta ante la estatua de Trofonio, atribuida al mítico Dédalo, y es conducido a la cueva vestido con una túnica de lino, atado con cintas y calzado con zapatos del país (IX, 39, 5-14).

La descripción del oráculo que realiza Filóstrato es muy semejante a la de Pausanias, aunque sitúa la entrada a la cueva más allá del bosque (Vida de Apolonio, VIII, 19). Sea como fuere, lo que nos interesa es el rito en sí, muy parecido en ambos casos. Otro de los descensos cuyo testimonio conservamos es narrado por Plutarco, en Sobre el genio de Sócrates, donde describe cómo Timarco acude al oráculo para conocer el poder del daimon del filósofo ateniense (590a). Cuenta el relato que Timarco bajó a la cueva tras realizar los ritos pertinentes y oró. Estaba aturdido, se había herido la cabeza de un golpe producido en el descenso y por las suturas abiertas se le salía el alma, “que se mezcló gozosa con el aire radiante y puro” (590c). Una vez que su alma estaba fuera de su cuerpo, fue reclamada su atención por un susurro. Al mirar al cielo vio unas islas iluminadas por un suave fuego que se movían en círculo, mientras el éter susurraba una música. Entre las islas corría un mar (590d) y ríos de fuego penetraban por dos bocas. Hacia abajo, una gran sima redonda era el origen de terribles aullidos, gemidos y lamentos (590e).

Estamos ante descripciones sumamente interesantes, de clara reminiscencia pitagórica, cuya lectura detallada puede proporcionarnos algunas claves para interpretar el sentido de este oráculo. El ritual preliminar, con la reclusión en el edificio del Buen Demon, los baños purificadores en el río Hercina y los sacrificios forman parte de una muerte ritual que se culmina con la ingesta de las aguas de la fuente de Leteo. Cabe recordar que en el mundo griego, la muerte es el dominio del olvido. por lo que el consultante, al borrar su memoria del pasado, está en disposición de iniciarse en una nueva existencia. Acto seguido, al beber de la fuente de Mnemósine, la memoria, el sujeto estará en disposición de recordar lo que el oráculo le ha transmitido.

No es este un procedimiento de consulta habitual, pues los oráculos no solían exigir que el consultante se olvidase de toda su existencia anterior. Pero no es el único rasgo excepcional, hay otro muy revelador. Mientras en Delfos o en Dodona, la pitia o los sacerdotes del roble sagrado hacían de intérpretes del mensaje divino, aquí es el propio consultante el que recibe la revelación, pero no lo hace en un estado de consciencia, sino en sueños o aturdido. La mayoría de testimonios que conservamos nos dicen que el visitante del antro vivía una experiencia aterradora, hasta el punto de que tardaban un tiempo en recuperar la risa. El relato de Plutarco sobre la visita de Timarco nos proporciona otro dato fundamental: por las suturas abiertas en la cabeza del consultante salía su alma y se mezclaba con el aire para recibir el mensaje de Trofonio.

Este trance en el que el alma se separa del cuerpo para viajar a otro mundo, como el relatado por Plutarco, recuerda a las experiencias chamánicas. El chamán logra comunicarse con el mundo de los muertos sin convertirse en un instrumento, pero para ello debe iniciar una nueva vida con una separación del mundo y tras haber recibido una doble instrucción: de orden extático –sueños, trances- y de orden tradicional –técnicas, funciones, genealogía. Si bien el chamanismo es un fenómeno siberiano y central-asiático en stricto sensu, no es ajeno en absoluto el mundo griego. Dodds estudió la transferencia de este tipo de experiencias por el contacto que los escitas y los tracios tuvieron con el universo heleno. Estos pueblos sí habían tenido relaciones con el chamanismo, no en vano, algunos personajes míticos griegos como Abaris, Aristeas, Epiménides u Orfeo, de origen septentrional, ponen de manifiesto la presencia de estados de disociación mental semejantes. Más allá de referencias míticas, señala Dodds que ciertos personajes históricos, como Empédocles o Pitágoras, combinaban funciones de mago y naturalista, poeta y filósofo, predicador, curandero y consejero público. Esta acumulación de saberes supranormales les confería una gran relevancia social.

No parece casualidad, por tanto, que en el relato de Filóstrato, Trofonio manifestase simpatía por la filosofía pitagórica, y que las características descritas por las fuentes coincidieran, de forma extensa, con el fragmento III de la colección Diels sobre los poderes de Empédocles, al que aludíamos líneas arriba. El propio Pausanias nos dice que en el templo de Hercina, en Lebadea, había una estatua con una serpiente enroscada en un bastón y que podría estar consagrada al propio Trofonio, pues se identifica con Asclepio (IX, 39-3), lo que añade más semejanzas a ambas figuras.

Misterios, orfismo y pitagóricos

Vernant aseguró que el oráculo de Trofonio estaba a mitad de camino entre la consulta y la revelación. La muerte ritual sirve, como decíamos, para iniciar una nueva vida, pero para un griego, morir y volver a nacer significaba hacerlo en la inmortalidad o divinidad. En este sentido, un espacio como este antro, que permite acceder a la vez a las profundidades del cosmos y a las alturas del cielo, a través del que se ha llegado mediante un descenso iniciático, es el escenario ideal para recibir la enseñanza que permita convertir la muerte en una experiencia apoteósica

Mnemósine dispensa a sus elegidos con una sabiduría primigenia, no es una memoria genérica, es una omnisciencia de tipo adivinatorio que tiene que ver con esa habilidad de las musas para revelar lo que ha sido, lo que es y lo que será. Solo personajes dotados de tal sabiduría, como Tiresias o Anfiarao, son capaces de mantener la lucidez en el mundo de las sombras del Hades, solo ellos, como Trofonio, disponen de una memoria que les sirve de puente entre el mundo de los vivos y el Más Allá. Por eso en este oráculo la consulta no se presenta como una adivinación, sino como revelación del destino de las almas después de la muerte.

Este anhelo del hombre por la inmortalidad tiene como uno de sus modelos primigenios a Orfeo, capaz de dominar a las fuerzas del Hades con su música. Su experiencia se convirtió en símbolo de esta búsqueda para los que profesaban el mensaje de la salvación del alma a través de una sabiduría teológica y de una praxis espiritual de purificación que se plasma en los misterios órficos, donde solo podían participar iniciados. Van surgiendo así textos sagrados, himnos y poemas cuyo contenido nos recuerda, en gran medida, a la experiencia iniciática de los consultantes de Trofonio.

Observamos, sin embargo, un matiz destacable. Hemos pasado del plano de la cosmología, del principio de las cosas, al plano de la escatología, ligado a la historia individual. Un proceso que, en palabras de Vernant, altera el equilibrio existente entre olvido y memoria en el mito tradicional. El Hades, región desolada, morada helada, reino de las sombras y el olvido pasa a ser ahora la existencia corporal, que es la prisión del alma. Dado que la materia es corruptible, solo el alma puede aspirar a vivir eternamente, pero para alcanzar su plenitud debe purificarse. La memoria proporciona una transmutación de la existencia temporal, es el instrumento mediante el cual el alma trata de salir para siempre del tiempo. A través de la anamnesis se trata de reintegrar el tiempo humano en la periodicidad cósmica y en el seno de la eternidad divina.

Esta concepción del alma, presente en el orfismo, en las doctrinas pitagóricas y en la filosofía de Platón es la que observamos en este fragmento de las reflexiones de Timarco en el antro de Trofonio que nos relata Plutarco: “El alma está sumergida en el cuerpo. Lo que queda libre de la corrupción la gente lo llama entendimiento”(“Sobre el genio de Sócrates”, 592a). Implica la existencia de un alma o yo separable, anterior al cuerpo, que le sobrevivirá. Reconocer a través de la multiplicidad de las encarnaciones del alma la unidad y continuidad de una historia individual, una psique cuyas circunstancias constituyen para cada hombre su propio destino individual, se presenta bajo la forma de un daimon, un ser sobrenatural que lleva en nosotros una existencia independiente. La reminiscencia de las encarnaciones que ha conocido en otro tiempo el daimon de nuestra alma tiende un puente entre el yo y el universo, en último término, da sentido a nuestra existencia pasada, presente y futura.

No estamos ante una evolución del tipo de consulta que se podía realizar en el oráculo de Trofonio, sino ante un mismo acontecimiento interpretado por diferentes sensibilidades. En este lugar, como señala acertadamente David Hernández de la Fuente, se ponen en relación los viejos cultos mistéricos griegos con las escuelas filosóficas. La revelación de Lebadea parece situarse entre la doctrina órfica y la teoría socrática del alma, sobre una base enraizada en los albores del mundo griego.

Para ampliar más información sobre el mundo de los oráculos:

  1. Los orígenes de los oráculos.
  2. Sibila, el don de la profecía. 

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El origen de los démones

La sociedad griega es totalmente opuesta a la nuestra y los términos que nosotros usamos hoy día no tienen nada que ver con los de la época griega. Por ejemplo, la función de la religión de nuestra época está secularizada a nivel social; en la sociedad griega la religión está inserta en todos los campos de la vida pública, social y política. Igualmente, el término démones (demonios) ha ido cambiando a lo largo de los diferentes periodos de la literatura griega. Para entender las variantes que ha adoptado dicho término debemos remontarnos a la religión prehelénica, minoica y micénica donde la naturaleza cobra un cariz notable al representar los fenómenos atmosféricos (lluvia, trueno, etc) como demonios, fuerzas que dominan la naturaleza y al hombre y a la que hay que respetar. Asimismo, el sol, la luna, los ríos, el mar, las estrellas, representan démones que guían el curso de la vida del hombre.

Hesíodo

Después, en Los trabajos y los días de Hesíodo se cuenta el relato de las cinco edades del mundo (v. 109-201). Es en la edad de oro donde los hombres vivían como los dioses, sin saber lo que eran las enfermedades ni la vejez, sin conocer el sufrimiento ni el hambre. Eran, pues, hombres ricos y poderosos. Tras llegar la inevitable muerte,  los hombres de la edad de oro morían vencidos por el sueño y eran  depositados en la tierra, por voluntad de Zeus, como demonios benignos y, concretamente, como demonios que moraban sobre la tierra, convertidos en guardianes de los hombres, que acompañaban y guiaban entre ellos, sin ser vistos, envueltos en nubes, observando la justicia y la injusticia y repartiendo la riqueza, como reyes. Así pues, los hombres de la generación de oro eran entes protectores, que no van al más allá, a otro plano, sino que moraban y actuaban sobre la tierra con los vivos. Hesíodo le da el nombre de “démones”.

Por otra parte, Daimon es sinónimo de Theos (Dios), pero en Homero y en Hesíodo se refiere a los dioses o a la divinidad, en general. Por ejemplo: Cuando Homero dice de Licaón que un dios “lo lanzó en las manos de Aquiles” (Ilíada XXI, 47), no se refiere a un dios en concreto, sino a un demonio (daimon). En Homero la palabra daimon se aplicaba a los dioses en cuanto poder indefinido; sin embargo Hesíodo es el primero en referirse con esta palabra a divinidades menores (Trabajos y días v. 123).

Por lo tanto, los démones de Hesíodo no actuaban como seres intermedios entre los dioses y los hombres. Eran concebidos como seres inmortales y que moraban en un plano intermedio,  participando de la acción invisible y la vida eterna de los dioses. En Homero, el demonio ejercía sobre la humanidad una acción bienhechora o funesta (Ilíada, XV, 418, 468; XXI, 93). De aquí surgió el término  polidemonismo, es decir, la creencia en muchos demonios que circundan la vida del individuo.

En el ámbito filosófico, Pitágoras expresa “el aire está todo lleno de almas a las que se llama demonios y héroes. Son ellas las que envían a los hombres los sueños y los signos de la enfermedad y la salud” (cf. D. L., VIII 32). Aquí el término cambia drásticamente, con respecto a Hesíodo y Homero, pues, los pitagóricos enfatizaban la idea de que el alma recibía en cada renacimiento un nuevo daimon.

En Platón el término demonio va oscilando por matices muy concretos: el demonio asesor que guía al hombre durante su vida y conduce su alma ante los jueces después de su muerte (Fedro, 242); el demonio-alma, alma razonable dada a cada hombre (Timero, 41ª); y, por último, el producto de un dios y una mortal (Leyes, IV, 717b).

En Sócrates, se refiere al guía del alma durante la vida y después de ella, es un protector personal que acompaña y conduce.

“Me sucede no sé qué divino y demoníaco…Es una voz que se hace oír por mí y que, cada vez que eso me ocurre, me aparta de lo que eventualmente estoy a punto de hacer, pero que nunca me empuja a la acción” (Apología de Sócrates, 31d)

Empédocles  elabora, al parecer, su versión de la caída de los daimones en términos decididamente míticos. Empédocles explica la manera en que un daimon podía, en cada vida sucesiva, ascender a reinos más altos de la creación (plantas, bestias, hombres), padecer la mejor forma de encarnación posible en cada uno de ellos y reconquistar su estado original de dios. (Empédocles)

En la literatura mágica y pseudocientífica atribuida a Orfeo hay una destacada obra titulada Dodecaetérides donde hay varios versos que declaran que su contenido fue dictado por un demonio, una revelación. Asimismo, en el Papiro de Derveni (S. IV a. C.), rollo de papiro que contiene comentarios órficos, menciona invocaciones y sacrificios que apaciguan las almas. Afirma que mediante un encantamiento de los magos se puede cambiar la actitud de los daimones que salen al encuentro y son almas vengativas. Estamos, pues, muy probablemente, ante algún ritual funerario que pretendía tranquilizar las almas de los difuntos y evitar que los daimones las hostigasen por las faltas cometidas expiando así sus culpas. También, se alude a la existencia de daimones en el más allá, servidores de los dioses y que podrían tener como misión castigar a los hombres injustos.

En cuanto a la tragedia destacamos el Áyax de Sófocles y al personaje de Casandra de la guerra de Troya. En ambos casos se le atribuye una locura, causada por un daimon externo, que le llega como un castigo divino y la designación fatalista e inevitable del destino.

  • ¡ay de mí!, poseído de divina locura (Áyax, v 610)
  • Nunca, por propio impulso, hijo de Telamón, te has apartado de tu razón, como para arrojarte entre rebaños. Un mal divino debe haberte llegado (Áyax, v 183).

En definitiva, a través de este blog  y examinando los versos de Homero,  encontramos bastantes huellas del culto al alma, las cuales nos hace admitir que los descendientes de los antiguos griegos creían en una vida consciente del alma (psique) separada del cuerpo y  que ejercía una notable y destacada influencia sobre los hombres. Dicha creencia, siendo la fe el principio activo, les llevaba a cumplir diferentes clases de culto a las almas de los muertos. Con Hesíodo se continúa, de manera viva y fresca, la creencia en la exaltación de las almas de los muertos y su paso a una vida superior. Además, hay que tener presente, ante todo, el motor personal y familiar, los rituales que desempeñaron en sus prácticas privadas, predominando, en todo momento, el culto a los muertos, a los antepasados, a los daimones o a los héroes estrictamente locales.

FUENTES PRIMARIAS:

Obras: Teogonía; Trabajos y días; Escudo (Alma Mater)

Ilíada (Clásicos de la literatura)

Áyax. Las Traquinias. Antígona. Edipo Rey (El Libro De Bolsillo – Clásicos De Grecia Y Roma)

Obras completas de Platón. III. Diálogos dogmáticos: Fedón, Gorgias, El banquete, El político, Timeo, Critias: Volume 3 (Platón. Obras completas)

Apología de Sócrates (Cultura Clasica)

BIBLIOGRAFÍA

La religión griega en la polis de la época clásica (Universitaria)

Diccionario crítico de esoterismo (2 vols.) (Diccionarios)

ENLACES DE INTERÉS

Empédocles

El démon

Áyax

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El alma de las plantas y los animales en la Grecia antigua

Aristóteles

Aristóteles

El corpus filosófico del pensamiento griego, en concreto de Aristóteles, se basaba en la idea de que el alma inferior es el alma “vegetativa” a cuyo dominio están limitadas las plantas. A ella se deben la nutrición, el crecimiento, la procreación y el marchitarse. Superior a ésta es el “alma sensitiva”, que distingue al animal de la planta; sus “facultades” se refieren al movimiento local, a las percepciones de los sentidos y, con ello, a la representación y al apetito. Para esta distinción capital entre planta y animal, se apoya Aristóteles en el hecho de que la planta no tiene ninguna unidad íntima y no posee ningún órgano central, mientras que para los animales y los hombres este órgano es el corazón.

La cúpula de la sabiduría griega consideraba que de todos los seres vivos, inferiores y superiores, el más elevado y el más peculiar es el hombre. La causa de su indudable superioridad sobre todas las demás criaturas radica, sin duda, en la facultad intelectual, en el espíritu, denominado Nous (el espíritu), o sea, la tercera y superior forma del alma, que en la realidad empírica se da siempre en unión de las otras dos inferiores. Mientras que el alma animal nace y muere con el cuerpo, el espíritu, por el contrario, preexiste desde toda la eternidad y, viniendo de fuera, penetra en el cuerpo, es decir, en el esperma masculino, en el momento de la procreación o durante ella y se aparta después de la muerte, totalmente incontaminado, del cuerpo y del alma animal. Este espíritu está libre de todo sufrimiento y no es influido por el cuerpo ni por el alma animal. Su actividad consiste esencialmente en el puro pensar.

Por otra parte, si comparamos el alma animal con el alma humana descubriremos que para los griegos antiguos las dos almas tenían mucho en común. Por ejemplo, la psiqué se menciona en Homero cuando Eumeo mata a un cerdo para Ulises y Homero detalla: “la psiqué lo abandonó”(La Odisea, XIV). Sin embargo, no se hace mención de que esta psiqué se dirigiera al Hades. Después del animal mencionado por Homero, el único animal que en la poesía antigua se dice que posee una psiqué es la serpiente. Hesíodo describe el cambio de piel de una serpiente con las palabras “sólo la psiqué permanece” y Píndaro menciona la psiqué dos veces en el caso de la muerte de una serpiente.

animalesEl Thymos (la fuente de las emociones y de los sentimientos) si que se asocia a muchos animales, como bueyes, cerdos, caballos, lobos, corderos, entre otros, en la obra homérica de La Ilíada y La Odisea. En la mayoría de los casos, el Thymós se nombra en el momento de la muerte, no existiendo diferencia alguna entre la descripción de la muerte de un animal y la muerte de un hombre.

Como ya hemos detallado en líneas anteriores, no se atribuye Nous a los animales. Era muy corriente asociar un Menos (la parte del alma relacionada con la valentía, el ardor de un guerrero, la fuerza innata)  a una pantera y a un león, a mulas, a un jabalí, a caballos, entre otros. Para ampliar más información detallada de lo que es el Nous, Thymos y Menos os remito a su enlace correspondiente de este mismo blog. Es fundamental discernir las partes del alma.

Por otra parte, en tiempos post-homéricos, la doctrina de la metempsicosis volvió a asignar una psiqué a los animales y creó la palabra empsico (lo que contiene una psiqué) para hacer referencia a seres vivos. Es curioso destacar que Empédocles creía que la carnicería sacrificial equivalía a un asesinato y en sus escritos las almas humanas de las víctimas sacrificiales protestaban por la muerte que les aguardaba. Sin embargo, según Yámblico (Vida de Pitágoras), Pitágoras negaba un alma humana en los animales sacrificiales. Asimismo, Pitágoras pensaba que en la cadena de las reencarnaciones la psiqué también se introducía en las plantas. Empédocles apoyó esta misma idea y prohibió la masticación de hojas de laurel, planta que él consideraba la forma más elevada de las encarnaciones vegetales, defendiendo incluso que él mismo había sido un arbusto en una existencia anterior.

Obras de referencias recomendadas:
EL CONCEPTO DEL ALMA EN LA ANTIGUA GRECIA
Iliada (B. CLÁSICA GREDOS)
Odisea: 62 (Letras Universales)
068. Odas y fragmentos (Olímpicas. Píticas. Nemeas. Istmicas. Fragmentos) (BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS)

 

 

 

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Los orígenes de la religión órfica

Orfeo y Eurídice

Orfeo y Eurídice

Los orígenes de la religión órfica están todavía bastante confusos. Desde la mitad del siglo VI a.C., aproximadamente, podemos encontrar distintos puntos de contacto entre el mundo griego y comunidades religiosas, poseídas de unas peculiaridades teorías místicas que tienen como primer predicador a Orfeo, el legendario cantor tracio. La distinción decisiva que hay entre sus opiniones y las de la filosofía consiste en que las enseñanzas que se propagan en estos círculos no se dan como resultado de un trabajo intelectual de uno o varios investigadores, sino como revelaciones de Dios o más bien de su profeta Orfeo y que no se dirigen tanto a la razón cuanto al sentimiento religioso y a la fantasía. Estas religiones tenían que ser creídas, pues el orfismo era, en definitiva, una religión; más exactamente aún, una teoría.

En el  orfismo se distingue dos dominios principales: el de las doctrinas sobre la formación del mundo y el de la creencia en el alma.  Hay que destacar que tanto los cosmólogos órficos como la conocida descripción de Hesíodo acerca del surgimiento del mundo y del nacimiento de los dioses, están totalmente dominados, en lo que respecta a su manera de pensar, por las formas míticas: las dos fuentes de información hacen surgir el mundo de poderes personificados que encarnan dominios parciales del “Todo”, ciertas fuerzas naturales, como el Eros, o también conceptos aislados, como la noche o el tiempo; el desarrollo posterior sucede por generación sexual entre los poderes personales. En definitiva, sus especulaciones cosmogónicas no tienen mayor significación para el desarrollo posterior de la filosofía griega, a no ser la de que por ellos se han renovado los planteamientos sobre algunos problemas.

La significación histórica del Orfismo radica más bien en su doctrina del alma. La mística basada sobre ella ha podido desarrollarse realmente cuando se encontró una oposición hostil entre cuerpo y alma. El sentimiento de esta oposición, que era totalmente ajeno a la antropología homérica, el profundo convencimiento de que el alma humana tiene naturaleza divina y que su cuerpo es su cárcel, eran concepciones que solamente pudieron desarrollarse sobre el suelo griego a consecuencia de la experiencia del éxtasis y ante todo, del culto orgiástico a Dioniso. Por primera vez, con la victoria de la religión de Dioniso, por medio de la cual fue despertada la vida afectiva en sus profundidades más soterradas y fue elevada a alturas insospechadas, va ampliando sus círculos la creencia de que el alma, libre de las ataduras del cuerpo, se hace partícipe de fuerzas maravillosas. De esta manera pudo desarrollarse el pensamiento “de que también el alma tenía que purificarse del cuerpo como de un impedimento que la contaminaba”. Esta teoría surgió en primer lugar bajo el influjo de ideas catárticas como las que entonces dominaban, encarnadas especialmente en Epiménides de Creta, o sea, aquellas teorías que propugnaban que el hombre tenía que “purificarse” de ciertas manchas por medio de poderes demoníacos.

Así se formó el sentimiento de esta tajante oposición y con ello, de la profunda distinción valorativa entre cuerpo y alma, una de las raíces de la ascética órfica. La otra consiste en la aparición de una especie de conciencia de pecado y como consecuencia de esto, una nostalgia de salvación que brotaba de almas atormentadas. Por medio de esta ascética se quería liberar al alma de las ligaduras del cuerpo, es decir,  del mundo de los sentidos, para que ella, que era de origen divino pero que, a consecuencia de una culpa anterior a su existencia terrena, había sido atada al cuerpo, libre de la “órbita del devenir”, libre de todas las ligaduras terrenas, levantase el vuelo hacia la divinidad y pudiese unirse con ella de nuevo. Aquí está tendido el puente entre la ascética y la antigua mística griega, cuya profunda investigación tenemos que agradecer a Edwin Rohde en su Psyche.

La secta órfica no sólo encontró su centro principal en Atenas, también encontró un suelo favorable en la Magna Grecia y Sicilia, y por eso, no es casual el que la mención más antigua del famoso “Orfeo” se encuentre en el rapsoda Íbico de Regio. Noticias sorprendentes nos han ofrecido aquellas extrañas láminas de oro que fueron encontradas en las proximidades de la antigua Turios, y más al Sur todavía, en Petelia, en tumbas de los siglos IV y III a.C; según el texto de los hexámetros que hay grabados sobre ellas, se deduce que eran entregadas a los muertos “para indicarles el camino y para que fueran reconocidos por las divinidades de la muerte”. Pero también en Eleuterna, en Creta, se ha encontrado una inscripción semejante del siglo II a.C. Y aunque desde el siglo IV los cultos órficos fueron degenerando en conspiraciones, han durado, sin embargo, hasta el final de la Antigüedad y todavía han ejercido un influjo importante en los neopitagóricos y neoplatónicos e incluso también en las antiguas representaciones cristianas del más allá y en las del destino del alma humana después de la muerte.

El punto central de la religión órfica se trató en este mismo blog en el siguiente enlace: el mito de los Titanes.

Mito de los Titanes

Mito de los Titanes

Tras la lectura del mito de los Titanes, la ascética ha tenido otra meta, pues una de las doctrinas principales de los órficos es el juicio final de las almas en el Hades, donde a los piadosos se les concede su premio en un banquete sublime y a los impíos se les da el castigo en un pantano, donde tienen que echar agua en una criba y llevar a cabo otros trabajos sin sentido, indefinidamente. Junto al trono de Zeus está la Dike, diosa de la Justicia, inflexible vengadora de todo delito. Así pues, la doctrina de una retribución en el más allá constituye una parte fundamental de la antigua creencia órfica. Para escapar de los terribles castigos en el Hades, los ánimos atemorizados ofrecían a los dioses infernales sacrificios y plegarias con los cuales esperaban no sólo expiación de las culpas para los vivientes, sino también para los que ya habían muerto. De esta manera perseguiría también la ascética de los creyentes órficos escapar con la mayor indulgencia posible del juicio final en el Hades.

Para terminar, una de las características que más llama la atención en esta ascética y que es inaudita en la vida del pueblo griego consiste en la prohibición de comer carne. Uno de los pasajes de las Leyes de Platón nos pone este hecho de manifiesto, cuando habla, idealizándolos, de los hombres de la época primitiva: “Ni una vez se atrevieron a probar carne de reses muertas, ni tampoco sacrificaron animales a los dioses, pero sí ofrecían tortas y frutas rociadas con miel y otras dádivas puras como éstas. Se abstenían, pues, de comer carne en la creencia de que esto era una profanación y de manchar de sangre los altares de los dioses. Una vida órfica, por consiguiente, la llevaban aquellos hombres, que se alimentaban de lo inanimado y que temían lastimar a lo animado”.

Enlaces relacionados con la temática: MetempsicosisPitágoras y el concepto del almaLa transmigración del alma entre los órficosOrfeo más allá de la muerte

Obras de referencias recomendadas:

Psique: La idea del alma y la inmortalidad entre los griegos
Historia filosofia griega vol. 1: primer: Los primeros presocráticos y los pitagóricos. (VARIOS GREDOS)
Las leyes

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Metempsicosis

Giambologna, mercurio

Giambologna, mercurio (Photo credit: Wikipedia)

Metempsicosis o metempsícosis es un término filosófico griego referido a la creencia en la transmigración del alma de un cuerpo a otro, especialmente su reencarnación posterior a la muerte. Esta creencia fue difundida por las sectas de los órficos y de los pitagóricos, fue aceptada por Empédocles, Platón, Plotino y los neoplatónicos.

Término derivado del griego que significa “traslado de un alma a otro cuerpo; se le llama también «reencarnación” o ” transmigración del alma”. Con esto se quiere indicar la convicción de que el principio vital humano, el alma-espíritu, que se experimenta como no totalmente dependiente del cuerpo (por ejemplo, la experiencia del sueño), pasa a través de sucesivas etapas de unión con cuerpos distintos antes de alcanzar el estado final de descanso o de disolución.

La introducción de la metempsicosis como doctrina filosófica se debe a Pitágoras, quien según nos cuentan, se dijo idéntico al héroe troyano Euforbo, y agregó copiosos detalles de las ulteriores vagancias de su alma. El vegetarianismo y un respeto general por los animales fue la deducción práctica pitagórica de la doctrina.

Heráclides Póntico refiere que Pitágoras decía de sí mismo que «en otro tiempo había sido Etálides y tenido por hijo de Mercurio; que el mismo Mercurio le tenía dicho pidiese lo que quisiese, excepto la inmortalidad, y que él le había pedido el que vivo y muerto retuviese en la memoria cuanto sucediese». Así que mientras vivió se acordó de todo, y después de muerto conservó la misma memoria. «Que tiempo después de muerto, pasó al cuerpo de Euforbo y fue herido por Menelao. Que siendo Euforbo, dijo había sido en otro tiempo Etálides, y que había recibido de Mercurio en don la transmigración del alma, como efectivamente transmigraba y circuía por todo género de plantas y animales; el saber lo que padecería su alma en el infierno y lo que las demás allí detenidas. Que después que murió Euforbo, se pasó de alma a Hermótimo, el cual, queriendo también dar fe de ello, pasó a Branquida, y entrando en el templo de Apolo, enseñó el escudo que Menelao había consagrado allí»; y decía que «cuando volvía de Troya consagró a Apolo su escudo, y que ya estaba podrido, quedándole sólo la cara de marfil. Que después que murió Hermótimo se pasó a Pirro, pescador delio, y se acordó de nuevo de todas las cosas, a saber: cómo primero había sido Etálides, después Euforbo, luego Hermótimo y enseguida Pirro». Y finalmente, que después de muerto Pirro vino a ser Pitágoras, y se acordaba de todo cuanto hemos mencionado.

Euforbo era hijo de Pantoo y hermano de Hiperenor. Y hábil lancero, logró herir a Patroclo. Murió a manos de Menelao, en la Guerra de Troya, es mencionado en la Ilíada de Homero

Para saber más: mito de los Titanes

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Pitágoras y el concepto del alma

Pitágoras

Pitágoras (Photo credit: Javier Almodóvar)

La figura de Pitágoras está vinculado a la noción de transmigración del alma. Pitágoras habría sido el introductor de este concepto en Grecia, relacionado directamente con la noción de la inmortalidad del alma, que, con el paso del tiempo, estaba llamada a convulsionar la mentalidad griega.

Primeramente, el pensamiento de Pitágoras era que el alma era inmortal. Asimismo, la mentalidad de Pitágoras era tan abierta y clara que tuvo la creencia en la transmigración del alma de un ser humano a un animal o viceversa, circunstancia que incrementaba el impacto que producía la extraña afirmación pitagórica en quienes la oían. Además, que los acontecimientos pasados se repetían en un proceso cíclico y que nada es nuevo en sentido absoluto.

Pitágoras fue muy consecuente con su doctrina y, para demostrarla, presumía de poder rememorar las reencarnaciones anteriores del alma, lo que provocó que fuera considerado un sabio que poseía extraordinarios conocimientos.

Por otra parte, Pitágoras consideraba el cosmos como el resultado de una armonía sometida a la ley del orden y la proporción y en la que existe una energía universal que une lo celestial con lo terrenal, lo divino con lo humano, que a su vez todos seres vivos participan en la existencia de una comunidad, una relación de hermandad donde tienen que imperar la moderación, la prudencia y el orden y que la discordia, la rivalidad y la violencia deben ser erradicadas.

El respeto hacia los animales era tal que impedía maltratarlos, comerlos o sacrificarlos en los rituales religiosos.

Enlaces recomendados: Metempsicosis La transmigración del alma entre los órficos Orfeo más allá de la muerte El mito de los Titanes

Obra de referencia recomendada:

Orfeo y la religión griega: Estudio sobre el movimiento órfico (El Árbol del Paraíso)

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