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Viaje a Grecia: el santuario de Delfos (Parte III)

En la antigua Grecia, el culto se celebra en lugares concretos llamados santuarios, a los que la presencia de la divinidad convierte en lugares sagrados e inviolables. Algunas prohibiciones eran, por destacar las más llamativas: entrar de manera impura, morirse en ellos o cortar ramas (olivo, sobre todo). Otro aspecto a tener en cuenta es la imposibilidad de cambiarlos de lugar o modificarlos  sin haber tomado las precauciones pertinentes. Estos lugares presentan unas características comunes determinadas por las necesidades naturales del ritual: fuentes, bosques, rocas;así como las necesidades arquitectónicas:  un muro de piedra o una valla vegetal podían delimitar su perímetro y diferenciarlos de la tierra profana. Los santuarios podían estar localizados en el centro urbano o en el campo. Pero todos tienen un elemento común: el altar. Diríamos que es el elemento principal e indispensable para la vida religiosa que transforma cualquier espacio en un lugar sagrado.

Maqueta del Santuario de Delfos

El santuario de Delfos puede tomarse como ejemplo para entender las características particulares de la religión griega que se han mencionado en el párrafo anterior. Lógicamente, Delfos se convirtió no sólo en un lugar de culto, sino también un lugar de referencia para la realización de otras prácticas no menos importante, como es el deporte y la música. La música, el deporte y la religión eran los basamentos que definían a Delfos.

El funcionamiento del oráculo empezó en el siglo VIII a.C., un poco antes de la época de Homero. Los restos no nos permite hacer una lectura anterior debido a su complejidad. Anterior al siglo VIII a.C., o sea, en el periodo micénico rendían culto de algún modo a una fuerza natural relacionada con Gea. Gea tuvo como icono a la serpiente pitón y una adivina (Temis, la diosa de la Justicia). Pero poco más se puede decir sobre el santuario.

Como referencia a mi visita a Delfos, Pausanias nos marca la ruta que se ha de seguir.  A continuación, detallo una breve descripción de mi visita al santuario oracular por excelencia:

  1. Atenea Pronaia: edificio redondo, reconstrucción de una obra muy importante (siglo IV a.C.) por Teodoro de Fódice. El acceso se realizaba desde la parte baja de la ciudad, conocida como Marmaria, donde se observa el tholos o templo circular de Atenea Pronaia. El templo antiguo estaba dedicado a Atenea y era uno de los más antiguos templos griegos, sobre el 650 a.C. El Tholos es un edificio circular poco frecuente en otros santuarios. Su finalidad sigue siendo objeto de controversia. Nos los podemos encontrar también en Epidauro. Son los dos únicos santuarios con Tholos.   

     

    Vista panorámica de el Gimnasio (Wikipedia).

    2. Gimnasio: Pausanias no le da importancia, solo menciona que Ulises fue herido en el pie por un jabalí. Es el gimnasio más antiguo que nos encontramos (S.IV a.C.). Al lado hay otra pista que servía para entrenarse cuando no llovía. Delfos tenía unas instalaciones cubiertas y no cubiertas para paliar las necesidades durante todo el año. También, contaba con una piscina (cisterna), su finalidad era exclusivamente para refrescarse. Era circular de 1o metros de diámetros. También se contaba con una palestra, una zona de entrenamiento para los atletas. Subiendo del gimnasio por el camino que conduce al santuario nos encontramos:

    1. Fuentes Castalia: es la inspiración de la poesía pues los poetas bebían mentalmente de sus aguas cristalinas que le ofrecía Apolo. Antes de entrar en el santuario, los peregrinos tenían que purificarse en dicha Fuente. Píndaro afirmó: “suprema es el agua”. La fuente aún es hermosa, pues el paraje natural, como podéis imaginar, la embellece mucho más.

    Fuentes Castalia

    Vía Sacra

  2. Entrada del Santuario de Apolo: Plutarco es otro guía para entender Delfos, sus escritos narran muy bien el trazado de todo el recinto. De hecho, fue Sacerdote de Delfos (95 d. C. ) y sus apuntes hacen mucho más interesantes la visita a Delfos. (Para ampliar más información: Plutarco). Digamos que la entrada principal del santuario de Apolo comenzaría  desde la Vía Sacra (véase imagen de arriba). Cuando uno entra al recinto sagrado no tenemos que perder de vista todos los ángulos, porque según avancemos tenemos que recrear las imágenes sucesivas que las obras de arte nos ofrecen. Impresiona contemplar tantas obras de arte originales en un ambiente natural, un museo al aire libre. El santuario acoge otros edificios directamente relacionado con el culto, los llamados tesoros, o con las necesidades comunes para los visitantes, como por ejemplo, el teatro, el gimnasio o el estadio. Para todas las ofrendas y tesoros expuestos hay siempre detrás un mito o una historia de guerra vinculada con el santuario, en agradecimiento o bien como una demostración de poder y riqueza de las diferentes ciudades estados. Como me es imposible mencionar todas, citaré aquellas que más me han gustado:El tesoro de los atenienses: es uno de los ex votos más conocidos y el que tiene una distinción especial sobre los demás. Las principales escenas que presenta son: la Amazonomaquía, las heroicidades de Teseo y los trabajos de Hércules. Dentro se guardaban los ex votos que donaba la ciudad. El tesoro de los Atenienses se erigió para conmemorar una victoria ateniense, un acontecimiento histórico de la polis o bien, como otros autores atestiguan, para manifestar en el sagrado recinto de Delfos, la devoción y la riqueza de la ciudad que lo donaba. Otros monumentos del mismo calado serían: el tesoro de los Beocios, el de los Megarenses, el de los Sifnios, el de los Etolios, el de los Corintios, entre otros. Todos ellos con la misma finalidad que el Tesoro de los Atenienses. El ónfalos (reconstrucción) está situado en la parte lateral de la Vía Sacra, al lado del Tesoro de los Atenienses.

    El ónfalo, en primer plano.

    Me encuentro en la plaza, frente al Templo de Apolo, justamente en la rampa de entrada al pronao (reconstruida), ¡¡Qué maravilla!!

En la pronao estaban las dos frases lacónicas y cargadas de sabiduría: “Conócete a ti mismo” y “Nada en exceso”. Sabios principios. Sin embargo, había otra inscripción, muy curiosa y que ha sido fruto de debate durante siglos y siglos: la “E”, la que dio más controversia a los sabios griegos. Concretamente, Plutarco escribió un tratado titulado “Sobre la E”. La “E” es la quinta letra del alfabeto griego (epsylon). Sin embargo, fue Amonio, el maestro-filosófico de Plutarco, quien expuso que la “E”  significa “Eres” , en una palabra, la divinidad Apolo “Es” mientras que el hombre se mueve en el devenir de los tiempos. Esta reflexión nos recuerda a la formulación bíblica de quién es Dios y la respuesta es rotunda: Dios es el que es. El planteamiento de Plutarco resulta muy interesante y reflexivo para abrir un hilo de debate sobre  la “E”.

 

El templo de Apolo, visto desde la parte superior del santuario.

El teatro tenía una capacidad para 5.000 espectadores. Las representaciones eran dramáticas y líricas. Como dato curioso, al ser un lugar muy frecuentado, sobre sus muros tenían grabados diferentes actas y decretos que necesitaban divulgación.

El Estadio

La primera construcción del estadio se remonta al s. V a.C, así lo confirma la inscripción grabada en la parte externa del muro sur del estadio. Como era normal, al principio no había asientos; los asientos de piedra del Parnaso fueron construidos gracias a la portación de Herodes Ático en los tiempos del emperador Adriano. Este estadio (178, 35m) es un poco más pequeño que el de Olimpia (212, 54 m) pues la pista de Olimpia se midió con los pies de Hércules (697,3 pies), como cita el mito.

Ahora se entiende que Delfos  se le conoce como “ómfalos”, el “centro” u “ombligo” del mundo durante más de mil años. Ciudadanos de todo el mundo y reyes de todas las patrias acudían desde los lugares más remotos para consultar a la sacerdotisa del oráculo, para construir monumentos a los dioses en oro, mármol, bronce y piedra y para participar en competiciones atléticas o musicales. A partir de hoy, espero que Delfos sea una visita obligada para los amantes de la cultura griega, para aquellos que quieran descubrir algo nuevo y diferente y, sobre todo, sentir esa fuerza que había allí presente, sin igual, y que pululaba alrededor del santuario.

Delfos me conquistó, me desbordó y me abrió un nuevo horizonte para entender el pensamiento griego.

Tomo prestadas las palabras de la autora literaria Aurora Luque para concluir mi viaje   a Delfos:

Cómo podría desintoxicarme. Dependo de por vida de una droga. De Grecia.

 

Bibliografía:

  • Petsas F. M. Delfos. Sus monumentos y su museo. Ediciones CRINI, 2004.
  • Kaplan M. El mundo griego. Universidad de Granada.

Me ha sido de gran utilidad para ampliar más información sobre Delfos:

  • Conferencia sobre Delfos realizada por Miguel Ángel Elvira Barba (Canal Youtube Fundación Juan March)

 

 

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Viaje a Grecia: Tirinto

Murallas de Tirinto

Tirinto es la cuna de Heracles, un yacimiento arqueológico enclavado en el Peloponeso. Era una fortaleza descomunal situada sobre una colina hace más de siete mil años, conocida como la de las grandes murallas. Tuvo su máximo esplendor entre el 1200 y el 1400 a.C. Al contemplar el palacio, las murallas y las escaleras, me recordaba mucho a los castillos medievales.

Vista genérica de Tirinto. (Wikipedia)

Tirinto, al igual que Micenas, destaca por sus murallas elevadas y compactas, que facilitaban la creación de un Estado poderoso,  centralizado y con una jerarquía definida. Era muy común los enfrentamientos entre los distintos Estados para controlar y dominar Grecia central y el Peloponeso, pero también se aliaban en grandes Ligas para llevar a cabo las batallas bélicas en el exterior, como es el caso de la guerra de Troya. De este modo, la maquinaria griega desplegaba todo su potencial a nivel terrestre y con una gran actividad marítima para controlar el tráfico comercial y someter a otros pueblos.

Los “micénicos” eran aqueos que compartían la misma lengua, cultura y fisionomía indoeuropea que había ocupado la península helénica a principios del segundo milenio a.C. procedente de la Europa central. Los aqueos, de manera gradual y progresiva, aparecen como la casta aristocrática y dominante que Homero describe y que tuvo que imponer su idiosincrasia a otras etnias del tronco griego y, sobre todo, a las poblaciones pre-helénicas que se asentaban en las costas que bañaban el Peloponeso, con anterioridad a su llegada y las islas mediterráneas.

Un ejemplo fue cuando los aqueos invadieron y conquistaron Creta hacia el 1450 a.C. De esta manera, fueron absorbiendo la civilización cretense y desarrollando  la cultura micénica tal como la conocemos. Aunque la cultura micénica tenga estratos minoicos, también impusieron su fuerte personalidad, propia de un pueblo belicoso y conquistador.

En general, la sociedad micénica estaba fuertemente jerarquizada, con un rey-dios que cumplía las funciones religiosas, un jefe del ejército, la élite sacerdotal, los escribas, funcionarios y supervisores que coordinaban las actividades económicas dirigidas desde el palacio. Este tipo de jerarquía nos recuerda a las monarquías orientales no semíticas, concretamente, a las monarquías indoeuropea, como es el caso de los hititas. Aunque realmente, como aclara Eduard Alcántara: la casta sacerdotal no era propia de los pueblos indoeuropeos, en los cuales la función sacra y la regio-dirigente estaban unidas de la mano de la casta sacro-aristocrática, por lo que la existencia de dicho estamento sacerdotal en Tirinto sería consecuencia de la absorción de modos sociales propios de esos pueblos prehelénicos con los que se encontraron los aqueos en su descenso al Peloponeso.

Para ampliar más información sobre Tradición y Jerarquía os remito al siguiente enlace: septentrionis.

Si nos remitimos a Pausanias,  se refiere a Tirinto de la siguiente manera:

La muralla es lo único que de las ruinas queda. Es obra de los cíclopes y esta hecha de piedras sin labrar, de un tamaño tal que  se podría remover de su sitio, ni la mas pequeña, una pareja de mulos. Entonces  intercalaron pequeñas piedras para encajar entre si las piedras grandes.

En el imaginario griego, se creía que las murallas de las ciudades micénicas fueron construidas por los gigantes llamados Cíclopes. A finales de la cultura micénica, alrededor del siglo XIII a.C., debido a diferentes motivos, aún por determinar, el objetivo principal era el de reforzar las murallas y por ello adquiere estas características ciclópeas, como factor determinante para defender la fortaleza.

El megarón o la “sala grande” principal del palacio Tirinto dará origen después al núcleo principal de los templos griegos posteriores. El palacio, según detallan los expertos, tenía un vasto vestíbulo, una habitación principal que albergaba el trono y una chimenea central rodeada de cuatro columnas de madera sobre bases de piedra que soportaban el techo. Las paredes estaban decoradas con pinturas al estilo cretense.

Heracles, el héroe mítico de Grecia. 

El hombre originario de Heracles era Alcides, un apelativo que le viene de su abuelo Alceo. Heracles es un nombre místico que le fue impuesto por Apolo justo en el momento en que pasó a ser servidor de Hera y se vio sometido a los doce trabajos que la diosa ordenó que se le impusiera. Así pues, Heracles significa “la gloria de Hera”, en honor a los trabajos que tendría que llevar a cabo para la gloria de la diosa.

El origen de Heracles nos conecta a la familia de los perseidas, cuyo fundador fue Perseo. Su madre, Alcmena y su padre mortal, Anfitrión, eran oriundos de Tirinto. Sin embargo, Anfitrión asesinó a Electrión, padre de Alcmena, y se vieron obligados a huir de Tirinto, siendo acogidos por Creonte, rey de Tebas. En Tebas, Anfitrión tuvo que ausentarse y Zeus aprovechó para hacerse pasar por el propio Anfitrión y engendró a Heracles; al regreso , Anfitrión también engendraría a otro hijo, Ificles sin que Alcmena se percatara de la doble inseminación y de un embarazo de gemelos.

La discordia apareció cuando Zeus dijo que el próximo nacido de la estirpe de Perseo gobernaría sobre Argos, pensando que sería Heracles. Sin embargo, Hera urdió un plan para que Heracles no fuera el rey de Argos: alargó el embarazo de Alcmena e hizo que Nicipe, esposa de Esténelo (otro hijo de Perseo), pariera un niño sietemesino. De esta manera, el pequeño Euristeo se convirtió en el dueño y señor de Tirinto y, con ello, de Argos y de las zonas colindantes, mientras que Heracles tuvo que ponerse a ser su servidor por haber nacido después, saltando con ello el juramento de Zeus. Sin embargo, para nosotros, la figura herculina siempre ha destacado sobre Eurísteo, llegando a nuestros días como el héroe griego más reconocido a nivel mundial. Para ello,  y a modo de conclusión, recordemos las palabras de Heródoto sobre el héroe griego:

Mis averiguaciones, pues, demuestran palpablemente que Heracles es un dios antiguo; y en mi opinión, obran muy acertadamente los griegos que han erigido, a título personal, templos a dos Heracles; a uno le ofrecen sacrificios como a un inmortal bajo la advocación de Olímpico, mientras que al otro le tributan honores como a un héroe [Hdt. II 44, 5].

Para ampliar más información:

Alvar Ezquerra,J. (2000), Diccionario Espasa. Mitología universal, Barcelona.

Elvira Barba, M.A. (2008), Arte y mito: manual de iconografía clásica, Madrid.

Bruit Zaidman, L & Schmitt Pantel, P. (2002), La religión griega en las polis de la época clásica. Madrid.

 

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Viaje a Grecia: Epidauro

Asclepio era hijo de Apolo y de la mortal Coronis. Cuando estaba en estado, se casó con Ischis. Apolo, obviamente, se sintió agraviado por la infidelidad y mató a Ischis; y, por otra parte, Artemisa, hermana de Apolo, mató a Coronis. Pero antes de que Coronis ardiera en la pira funeraria, Apolo sacó de su vientre a Asclepio y se lo entregó al centauro Quirón, quien le enseñó todo lo relacionado con las artes curativas y plantas medicinales. Además, Asclepio tenía un don especial: el poder de devolver la vida a los muertos. Zeus, que velaba por el orden del universo, no veía con buen agrado que se alterara el orden natural de la vida. Así que tuvo que matar a Asclepio con un rayo y lo ascendió a los cielos convirtiéndose en la constelación serpentina conocida con el nombre de Ofiuco. Asclepio está en el cielo rodeado de la serpiente, símbolo de la vida. La serpiente juega un papel destacado con múltiples significados e interpretaciones, por ejemplo, la serpiente se despoja de la vejez renaciendo, la relación con la sanación y la capacidad para devolver la vida, su relación con el falo masculino y la fertilidad femenina, con la eternidad y su configuración tardía como símbolo del tiempo que retorna sobre sí mismo, su papel de custodia de las fuentes de la vida y la inmortalidad; las creencias acerca de su androginia, omnisciencia, agresividad, insomnio, vigilia, así como su unión con las fuerzas oscuras y la consideración como ser que realiza, facilita o dificulta la transición entre niveles, rompiendo así el propio espacio de la realidad presente. En definitiva, la creencia en una fuerza especial, residente, emanada, inherente o simbolizada en la serpiente, una energía alineada con el lado de lo primordial, la fuerza pura y sola. En suma, la vida, con todas sus paradojas y complejidades.

Asclepio  puede verse en ambos hemisferios entre los meses de abril y octubre por estar situada sobre el ecuador celeste.

 

Asclepio sentado sobre un ónfalos (piedra sagrada), S. V a. C.(Museo Acrópolis de Atenas)

Asclepio, por lo tanto, es el dios griego de la medicina, el que sana y cura. Le hicieron un santuario en el lugar donde nació: en Epidauro, en la Argólida (Peloponeso). El santuario (Imagen 1) descansa en una llanura rodeada de montañas; este valle es aún llamado Hierón (Sagrado). En el templo de Asclepio destacaba la estatua criselefantina del dios sentado en un trono, obra de Trasímenes de Paros. En un costado del templo estaban las salas para los que iban a consultar al dios. Detrás del templo había un pequeño edificio para recibir a los moribundos y mujeres embarazadas, pues en el propio templo de Asclepio había una máxima que se debía respetar: nadie podía morir ni nacer allí.

Imagen 1

En el santuario también destacaba el Tholos, una planta circular de mármol blanco de doble columnata, en cuyo interior se hallaba la fuente sagrada, un manantial con propiedades curativas.

Como es habitual en los recintos sagrados, cada cuatro años se celebraba un festival, en este caso en honor de Asclepio, con música y eventos deportivos. En la figura 2, vemos el estadio olímpico del santuario de Asclepio.

Imagen 2

 

Enfermos de toda la Hélade acudían especialmente a este santuario, aunque tenían otros repartidos por distintas ciudades de Grecia, implorando su ayuda para curar sus enfermedades. Se solían encerrar durante toda la noche cerca de una cámara donde se custodiaba la estatua del dios. Luego manifestaban que Asclepio se les había aparecido en sueños y, como consecuencia de ello, quedaban curados: una especie de milagro. Como la gente acudía en masa a este lugar, era lógico que apareciesen otros edificios, e incluso otros negocios para aprovechar esta corriente milagrosa.

La peculiaridad del santuario con respecto a otros es el edificio, denominado “enkoimetérion”, el lugar de la incubación en el cual los peregrinos aguardaban a que el dios les curase milagrosamente en su sueño, tal como atestiguan las numerosas inscripciones de agradecimiento que han sido halladas y están expuestas en el museo. La zona más interesante es el interior del sagrado témenos de Asclepio. La importancia de la vida onírica en la Grecia antigua era ya atestiguada por Homero (El mundo onírico en Homero). No obstante, se pueden encontrar antecedentes de la incubatio tanto en el Imperio Hitita como en Babilonia desde el segundo milenio a. C.

Dios Asclepio Museo Arqueológico de Atenas. (Siglo V a.C.)

¿Por qué Asclepio sanaba a través del sueño?

En mi opinión más íntima y personal, a la mente, que es básicamente pura por naturaleza, la saturamos de apariencias y todas las apariencias son ilusorias. La mente materializa a su vez las formas, levanta todo tipo de prejuicios, de formas externas, es un caldo de cultivo donde crecen las ilusiones que nacen directamente de la mente ordinaria. La mente tiene tanto poder sobre nosotros que llega a inocular nuestras enfermedades, nuestro sufrimiento y nuestro dolor. A través del sueño el lenguaje no tiene expresión, pero sí tienen gran importancia los símbolos, pues es la propia alma, que es intrínsicamente pura y sin ningún tipo de mácula, la que no necesita precisamente expresarse con palabras.

El hombre es esclavo de su mente y es en la fase del sueño el momento de la sanación, pues la energía del dios Asclepio, su energía, conecta con el alma del paciente y ésta hace la función reparadora de su cuerpo, limpiando las impurezas que hay dentro de sí. Por otra parte, el cuerpo debe ser un espejo del alma, pero el hombre no puede conectar su Yo superior, del mismo modo que no puede enlazar el principio con el fin, esto es realizar el movimiento circular completo, pues dentro del ideario griego creían en la idea de la perfección como círculo y no conciben la idea de manera lineal, de creación. El hombre, de esta manera, acaba sucumbiendo al desgaste de su propia materia de manera enfermiza.

Desde mi perspectiva, para armonizar cuerpo, alma y mente, el dios realizaría una canalización de energías al cuerpo del paciente, conectando con su alma. No es de extrañarnos que, durante el tránsito de la noche, al dormir, no controlemos la conciencia, pero los sueños, las pesadillas, las imágenes o cualquier objeto que provoque malestar, procede de la mente y no de otro sitio. Después del tormento de las pesadillas, se cae en un sueño más profundo, emerge una luz más brillante que el sol. Entonces,  los apegos, las incomodidades, empiezan a cesar repentinamente para después revelarse la naturaleza primigenia del alma. Es lo más parecido a ver un nuevo amanecer diferente a los que se hayan visto antes, pero, al parecer, es una sensación que solamente sabe el paciente y es difícil de explicar, pues la mayoría de los enfermos, al despertar, olvidan esa experiencia directa y sublime, pero su mente queda limpia y su cuerpo comienza a sanar. Pueden recordar una luz tenue, otros pueden recordar un lugar tranquilo y sosegado; otros ven la alternancia de las noches en días o viceversa.

Por lo tanto, para el alma, la Vía del sueño es una herramienta que repara los daños causados en la materia, en este caso, en el cuerpo humano. Cuando el paciente duerme, el alma está despierta, activa, administra su propia autoridad y puede llevar a cabo todas las actividades porque el cuerpo está pasivo. El alma irradia una luz inherente y conoce todas las cosas, tiene poder, es visible y tangible en el mundo sensible cumpliendo perfectamente todas sus funciones, entre ellas, la de sanar el cuerpo durante el sueño.

Durante el sueño, hay que destacar que no sólo el alma tiene relación directa con el dios Asclepio para llevar a cabo el proceso de sanación, también puede acceder a conocimientos superiores que le están cotados durante la vigilia y gracias a la sensibilidad propia del alma, puede captar, entre otras cosas, las premoniciones, pues el alma está receptiva y preparada para ello. Hay que subrayar que el ensueño es un camino abierto para llegar al verdadero ser de las cosas, aunque no todos los conocimientos son accesibles, pues hay algunos conocimientos que llegan con la muerte.

Sin embargo,  no todas las personas que acudían al santuario de Asclepio se curaban pues sus almas habían entrado en una absoluta obscuridad y tenebrosidad cortando el “cordón umbilical” entre su cuerpo y su alma, o lo que es lo mismo, entra en la fase que yo denomino, la “ceguera del alma”.

No se pone en duda que se producían curaciones, sólo hay que ver la gran popularidad que tuvieron los santuarios durante mucho tiempo y la gran cantidad de exvotos. Los exvotos eran obsequios de las personas que se curaban en recuerdo de un beneficio, en este caso, de la sanación de cualquier tipo de enfermedad. (Imagen 3)

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Imagen 3 (Fuente: adevaherranz)

En el santuario se construyeron, por un lado, edificios para las necesidades de los enfermos y pacientes y, por otro lado, otros de carácter recreativo y deportivo como baños, una palestra, un gimnasio, un Odeón, un estadio (Imagen 2) y el teatro famoso de Epidauro (Imagen 4)

La importancia del culto a Asclepio fue un fenómeno excepcional y de suma importancia, pues continuó con una repercusión mediática incluso después del decreto de prohibición de las prácticas de religiones paganas de Teodosio I (391 d.C.) y de Teodosio II (423 d.C.), y sólo con la destrucción provocada por el terremoto del 551 d.C,  el santuario fue definitivamente destruido y abandonado.

Lo que más me ha sorprendido de Epidauro es su teatro, el más conocido del mundo griego: por su tamaño, por su belleza y en la actualidad por su buena conservación. Enclavado en medio de un paisaje natural espectacular, rodeado de montañas bajo el manto del cielo azul.  La sede tuvo su mayor esplendor desde finales del siglo V a.C. y durante toda la época romana.

Imagen 4

 

El famosísimo y magnífico teatro de Epidauro  se yergue en el seno de un frondoso bosque sobre una colina, como si la propia naturaleza lo hubiera dado a luz  pues, dicho teatro, armoniza con la naturaleza y con el cielo.

El teatro occidental nace con la civilización griega hacia finales del siglo VI a.C. La esencia del teatro griego no es solamente la representación visual, sonora y gestual que propone el autor para su público. El teatro griego exhala una fuerza espiritual que hacía crujir los cimientos del alma del público allí presente. La mente del dramaturgo y la acción del actor conjugan la espiritualidad griega en sus picos más altos alcanzando una identidad distinta, un destino distinto, una extensión más allá de las dimensiones descriptivas y representativas. “Teatro” para el griego no es igual que para el hombre moderno de ahora. No es observación, no es contemplar, no es “representación” de la vida cotidiana, de las grandes gestas épicas,  leyendas o mitos, sino “acción”, “cumplimiento de los hechos” “realización de los hechos”, no en función de una diversión o de una tragedia, pues para el griego era una implicación colectiva ética, moral, espiritual, política, psicológica, filosófica, es decir, un crisol de creencias y de fe que vibraban en sintonía, ya que  la línea de la vida real y del teatro era tan cercana y real que elevaban el mensaje hacia lo más alto, pues la vida es como un teatro donde se ponía a prueba el alma y, en la vida, al igual que en el teatro, se halla el auténtico espectáculo trágico o cómico de la condición humana sobre la cual interrogarse.

Los principales nombres de los grandes poetas trágicos: Esquilo, Sófocles, Eurípides; y los grandes comediógrafos: Aristófanes y Menandro.

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El teatro en Epidauro, en el corazón de la Argólida, donde se encuentra el santuario de Asclepio, dios de la medicina, destaca por sus armoniosas proporciones y su buena acústica. Si se deja caer una moneda sobre la piedra en el centro de la “orchestra”, el tintineo se oye perfectamente en cualquier punto de la vertiginosa cávea adosada a la pequeña colina, capaz de acoger a 15.000 espectadores. Esa sorprendente acústica, capaz de transmitir fielmente cualquier sonido de manera intensa, era un signo más del ideal de mímesis (imitación) acorde con la concepción griega del teatro. El teatro está perfectamente integrado en el paisaje, aprovechando la inclinación de la colina para construir su graderío, que forma un enorme semicírculo de 120 metros de diámetro y 24 de desnivel, dividido en dos zonas, alta y baja, por una galería central.

En definitiva, el teatro griego era el lugar de encuentro para miles de ciudadanos que compartían, al unísono, un espacio de recreo y de reflexión colectiva sobre política, acontecimientos históricos, mitos, religión, moral, convirtiéndose en un sello característico del sentimiento griego.

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Imagen: Wikipedia

Para ampliar más información sobre el teatro griego os remito a los siguientes links de Animasmundi:

Las tragedias griegas

Catarsis

Diccionario

Para ampliar más información:

El teatro de Epidauro

Epidauro

 

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Conferencia de Manuel Bendala sobre Micenas

El catedrático de Arqueología y arqueólogo Manuel Bendala presenta un recorrido por la patria de Agamenón, Micenas. En el siglo XIX, el arqueólogo alemán H. Schliemann confió en la historicidad de los poemas de Homero, y decidió excavar, además de las ruinas de Troya, las de Micenas. En esta sesión se detallan las primeras excavaciones, así como otros trabajos arqueológicos que desenterraron, de la tierra y del olvido, los excepcionales vestigios de la ciudad –la Puerta de los Leones, el Tesoro de Atreo y el Palacio de Micenas, entre ellos–, símbolo de uno de los momentos más brillantes y trascendentes de la historia de la humanidad.

 

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Viaje a Grecia: Micenas

Maqueta de la ciudad de Micenas

Es inevitable relacionar Micenas con el mundo homérico, concretamente con Agamenón, pues el eco de la guerra de Troya aún resuena con fuerza y frescura en nuestra sociedad actual. El enclave de Micenas está situado en la parte noriental del Peloponeso, con una interminable secuencia de relieves de colinas y montes. Su ubicación está sobre una colina escarpada frente a la llanura de Argos y del golfo de Nauplia. Está muy bien protegida a sus espaldas por montañas. Su enclave estratégico no es casualidad, pues la elección encajaba con el ideario griego para levantar un asentamiento para defenderse en una sociedad guerrera y hostil. Es el yacimiento arqueológico más famoso de la región, vinculado a algunos de los mitos más destacados y significativos del mundo homérico, pues el nombre de Micenas va estrechamente relacionado también con el linaje de los Atreo que son las referencias no solamente del mundo micénico, sino también de las tragedias clásicas griegas, como es el caso de La Orestíada de Esquilo.

Puerta de Los Leones

Puerta de Los Leones (Imagen 1)

 

Micenas es un campo prolífero en mitología y en historia, tiene un halo diferente al de Tirinto, pues solamente cuando uno está en el palacio de Micenas,  la sensación es que te colma de gloria y te consideras el rey del mundo, pues la propia fortaleza inexpugnable tiene fuerza, poder y domina, de manera concienzuda, el punto más alto de la ciudadela, donde uno puede admirar su exuberancia y poderío. Para acceder a la insuperable fortaleza, atravesé por una gran rampa que comienza en la Puerta de los Leones (Imagen 1).

Una vez que entras, el recinto está reforzado con murallas enormes y puertas monumentales y colosales. Dicho estilo tuvo su apogeo en el siglo XIII a.C., cuando las murallas ciclópeas presentaban un aparejo poligonal de grandes proporciones, cuyo mejor ejemplo es Micenas.

En el edificio principal del palacio destaca un gran patio, una casa de huéspedes y, en su centro, el famoso megaron, que a su vez consta de tres partes: un pórtico de columnas, un vestíbulo y el domo o la cámara principal que albergaba el trono del wanax, el rey micénico, y por debajo de él aparecen dos grupos cuyas funciones , roles y responsabilidades están poco definidas, pero en cualquier caso parecen constituir formas diversas de nobleza: los telestai (terratenientes) y los hequetais (funcionarios reales). Otra figura a destacar era la del lawagetas, que pudiera ser el comandante del ejército.

Dentro de la fortificación, el palacio incluye talleres, almacenes, edificios de culto, residencias de altos funcionarios. Destaca también las tumbas reales, y la entrada de un manantial subterráneo donde una cisterna almacenaba el agua. Ya fuera de las murallas destacan los famosos tesoros o tumbas del tipo tholos, que consiste en un corredor de acceso, una entrada y una cámara abovedada. La Tumba de Agamenón o Tesoro de Atreo fue una tumba destacada con respecto a las demás tumbas. En su interior albergaba placas de metal que en la actualidad no se conservan. (Ver imagen 2 y 3)

Imagen 2-3: Tumba de Agamenón, del tipo tholos

Micenas , ya en el siglo XIII a.C., era un enclave estratégico con un poder predominante sobre las fortificaciones rivales de la zona, como Argos, Pilos o Tirinto. A pesar de que cada una de estas ciudades fueran independientes, se cree que el rey Micenas era considerado el soberano supremo de todos los demás reinos. Este sería el motivo por el cual, en los poemas homéricos, Agamenón, rey de Micenas, apareciera como el líder de una poderosa alianza de reinos griegos que lanzó contra Troya  más de mil naves de guerra. De todas formas, las pruebas arqueológicas evidencian que hay que remontarse al siglo XVI a.C,   cuando surgen los primeros centros de poder micénicos. A este periodo pertenece la famosa “Máscara de Agamenón” (Imagen 4) y la guerra de Troya data del siglo XIII a.C,   mientras que  La Ilíada fue compuesta en el siglo VIII a.C. Entre el ajuar había armas, corazas de oro, perlas de ámbar, un ritón y una caja hexagonal de madera recubierta de láminas de oro decoradas con relieves.

Máscara de Agamenón. Museo Nacional Atenas (Figura 4)

Figura 5

 

En las excavaciones de las tumbas, se encontraron dos niños cubiertos de joyas de oro y rodeados de hojas con adornos de mariposa y espirales, cetros de plata, gemas de ágata y amatista y una diadema de oro con motivos florales. También había balanzas de oro. Encima de los dos niños hay una diadema de oro. El ajuar funerario estaba cubierto de ornamentos de oro, correspondiente con la figura 5.

 

El gran hallazgo se lo debemos a Heinrich Schliemann, descubridor de Troya y Micenas. En 1876, encontró, con la obra de Pausanias  Descripción de Grecia, las tumbas reales y pudo identificar los restos de la ciudad, como la muralla y la famosa Puerta de los Leones que había permanecido perdida en el olvido. A partir de ahí, se ha vuelto a recuperar gran parte de la acrópolis de la ciudad. Schliemann descubre los restos de tres hombres en una tumba de Micenas, dos de ellos tenían el rostro cubierto por una máscara de oro. Cuando Schliemann levantó las máscaras, una de las calaveras se deshizo al instante, pero la otra se mantuvo lo suficiente para ver su carne y sus “treinta y dos hermosos dientes”. El arqueólogo, al descubrir la belleza del hallazgo, proclamó ante el mundo que había contemplado el rostro de Agamenón. Sin embargo, sabemos que aun en el caso de que Agamenón hubiera existido, la tumba precedía en varios siglos a la fecha estimada de la supuesta guerra de Troya, tal como hemos comentado en párrafos anteriores.

Hay que destacar que el hallazgo de las dos máscaras funerarias de oro, junto con otras cuatro, son una confirmación única y exclusiva de una tradición que no tiene parecido en el resto del mundo minoico-micénico y se trata de objetos sin antecedentes por lo que se considera una práctica ritual exclusiva de los reyes de Micenas entre los siglos XVI y XV a.C. Por lo que se deduce que en Micenas alcanzó una amplia difusión la creencia en la vida de ultratumba y el culto a los muertos, de los cuales son testimonios las tumbas micénicas. A juzgar por algunos hallazgos de restos de cadáveres en estas tumbas, es probable que los antiguos micénicos conocieran algunos métodos de embalsamamiento del sistema egipcio.

Para el estudio de la religión micénica contamos con información proporcionada por las inscripciones en lineal B sobre tablillas encontradas en las excavaciones. Estas tablillas fueron redactadas por escribas anónimos para contabilizar la economía de los centros palaciales; no encontramos en ellas mitos, himnos, plegarias, descripciones de rituales ni de santuarios, ni tampoco leyes sagradas. Las fuentes son limitadas, aunque también hay que contar con otras influencias como las tomadas de la cultura minoica y de algunos sustratos pregriegos de la península.

Las tablillas encontradas del periodo micénico (Figuras 6 y 7) registran fundamentalmente el envío de materias primas a una serie de destinatarios, entre los que se encuentran tanto deidades como individuos: el problema, pues, es identificar si una tablilla tiene o no fines religiosos, es decir, si interpretar las entregas de productos como ofrendas a los dioses o envíos a santuarios para su manutención. En cualquier caso los recursos obtenidos se concentraban en el palacio, que los utilizaba para el mantenimiento del aparato de poder y de las élites micénicas.

Figura 6

Figura 7

Figura 7

Las tablillas van relacionadas con la organización del culto: ofrendas de productos agrícolas e industriales, ofrendas de animales de sacrificio, banquetes de estado, ofrendas y raciones para festividades religiosas, personal de culto y otros aspectos económicos del sector religioso.

A grandes rasgos, la religión es un sistema de pensamiento basado en la creencia de un mundo invisible e inmaterial que interactúa con el mundo real; la religión funciona como un sello cultural propio de la época, una unión de creencias y prácticas que une a una comunidad. La religión griega tenía un amplio sistema de creencias y rituales, pero no era fijo, y nada indica que la religión micénica fuese diferente.

No se conserva himnos ni mitos, gran parte de las creencias y prácticas se han perdido para siempre, por lo que únicamente podemos especular. Sin embargo, probablemente los micénicos tenían concepciones similares a los griegos posteriores sobre su relación con los dioses.

Hay que recordar que la religión griega no fue prescrita al pueblo por una fuerza exterior ni por una revelación sagrada, sino más bien nace de la fantasía del pueblo, originaria de sus supersticiones, miedos y temores. En otras palabras: la comunidad no tiene libros sagrados ni dogmas, ni tampoco levantan una iglesia con su jerarquía.

La religión griega no es una religión rígidamente establecida, sino que fue evolucionando a través de tiempo, de la misma manera que otras manifestaciones culturales humanas, y por este motivo, si queremos avanzar en el estudio de esta compleja disciplina, debemos tener en cuenta las influencias y los sincretismos, como por ejemplo el fetichismo.

El fetichismo religioso es de carácter espiritual y tiene que ver con creencias religiosas que dan culto a objetos inanimados o animados conocidos como “fetiches” a los que se les presumen propiedades sobrenaturales. De este modo, el hombre puede protegerse de las fuerzas naturales a través de los fetiches, medio del que se supone dispone para actuar sobre los elementos que no es capaz de controlar. Los dioses micénicos no son dioses divinos reconocibles, son más bien rasgos genéricos: “diosa madre” “diosa de la vegetación”, etc. Destacamos, por lo tanto, la ausencia de templos independientes y la ausencia de imágenes dedicadas al culto. Pongamos el ejemplo del salón del trono (megaron), donde ardía un fuego que recuerda al que se encendía en los hogares griegos del periodo clásico en honor de Hestia, diosa que no se atestigua en las tablillas debido a que no había adquirido todavía una forma antropomórfica y se concebía como un elemento concreto, el fuego del hogar. Los mismos centros palaciegos servían como punto de referencia para rituales unificadores y de aplacamiento de los dioses que cada rey micénico, o wanax, llevaba a cabo en nombre de su ciudad.

En los textos en lineal B se encuentren dioses olímpicos conocidos en Época Clásica, como son Zeus, Hera, Ártemis, Poseidón, Dioniso, Hermes, Ares, Hefesto (indirectamente atestiguado en un tipo de antropónimo llamado nombre teofórico), y, aunque es dudoso, quizás también Deméter. Destaca, curiosamente, la ausencia de dos dioses: Apolo y Afrodita. Algunos dioses olímpicos, como Zeus, Poseidón, Dioniso y Hermes, se documentan tanto en el continente como en Creta, mientras que otros, como Ártemis, sólo aparecen en la Grecia continental.

Textos en Lineal B

Se puede partir de la idea de que la religión micénica era politeísta, pero no se trataba de una religión politeísta típica, más bien eran nombres minoicos, seres sobrehumanos (de tipo primitivo) transformados en dioses con el surgir de una religión politeísta en una segunda época, afianzado en la veneración de una pluralidad de seres divinos complejos, diferenciados e incluidos en un panteón. Asimismo, cabe destacar la presencia de nombres divinos de origen indoeuropeo en el panteón micénico, poniendo de manifiesto que la religión micénica no provenía completamente de la minoica o cretense, aunque sí comparten algunos rasgos comunes. Hay que precisar que los griegos no se definieron a sí mismo como politeístas. La palabra politeísta la inventó Filón de Alejandría, filósofo, cuya religión de origen, el judaísmo, es monoteísta.

Una religión politeísta se caracteriza por la pluralidad de fuerzas divinas y de cultos. La diversidad de dioses no es contradictoria con la idea de unidad de lo divino. El politeísmo se parece al sistema de las “muñecas rusas”. Más adelante (Siglo VIII a.C.) Homero y Hesíodo modelan dichas fuerzas de la naturaleza de manera antropomórfica, siendo dioses maravillosos, leyendas que unen a los hombres y a los dioses. Aunque hay un desprendimiento de los demonios primitivos, siguen siendo todavía fuerzas naturales.

Si algo queda claro durante el periodo micénico y, a través de las fuentes religiosas, es que la religión estaba enraizada en la vida cotidiana, formando el mismo “corpus” que la vida política y social. La religión era omnipresente,  con un esplendor cultural y una amplia diversidad de cultos, creencias y prácticas y cuando nos referimos a religión micénica , nos referimos a algo fundamentalmente sincrético: los elementos griegos coexistieron y se fusionaron con un componente minoico predominante en Creta, así como con un componente heládico en el Peloponeso y en la Grecia central. Por otra parte, y, por encima de este sincretismo, hay una divinidad micénica que posee una relevancia muy destacada, conocida como “Potnia”, pero no se sabe con exactitud si se trata de una diosa o de varias. Lo que no se pone en duda es que es una palabra indoeuropea que designa una divinidad femenina y puede ser entendida en términos griegos, pero esto no impide que las diferentes diosas (pues no se trata de una única diosa con varias advocaciones) a las que se refiere tuvieran, en algunos casos, algunas de las funciones de una Diosa Madre.

Fuera del terreno arqueológico y según las fuentes mitológicas, Micenas, conocida como la rica en oro, fue fundada por Perseo, hijo de Zeus y Dánae, y fue en este preciso lugar donde el pomo de la espada de Perseo, “mýkes”, había caído al suelo y se tomó este hecho como señal divina. De este modo, Micenas se convertiría en el centro político y artístico de primer nivel durante la Edad del Bronce. Su popularidad no sólo crecía por su fama de rica en oro sino también gracias a las hazañas de sus héroes que bien reflejó Homero.

Próximo post: Esparta-Leónidas

 

 

 

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¡Nos vamos a Grecia!

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¡En este mes de julio voy a cumplir un sueño: viajar a Grecia, cuna de nuestra civilización occidental! El periplo es el siguiente: Atenas, punto de partida, donde contemplaré la Acrópolis y los museos de la capital más representativos de la civilización griega. Después, iré a Eleusis, cuna del misticismo griego y muy conocida por ser la ciudad natal de Esquilo. Será en Eleusis donde me iniciaré en los misterios mayores eleusinos, con el beneplácito de las diosas Deméter y Perséfone. Después, visitaré Corinto, una de las más famosas ciudades griegas de la antigüedad; Micenas, la ciudad de Agamenón, rey que dirigió la expedición aquea contra Troya; Tirinto, otro enclave fundamental del periodo micénico; Nauplia, el puerto de Argos; Epidauro, con su majestuoso y famoso teatro donde se acogió el festival de las Asclepias; Esparta, la cuna de Leónidas; Mesenia, con su teatro griego; Andritsena, con su imponente templo de Apolo; Olimpia, para visitar el Templo de Hera y el famoso estadio, sede de los primeros Juegos Olímpicos, taller de Fidias y el museo arqueológico de Olimpia; Delfos, lugar sagrado para la consulta de su oráculo, pues realizaremos un ritual de purificación en la Fuente de Castalia y contemplaremos el templo de Apolo. También se visitará el teatro, el estadio, donde se celebraban los Juegos Píticos, el templo de Atenea Pronaia y, desde luego, se visitará el Museo Arqueológico; las Termópilas, un enclave importante donde los griegos combatieron a los persas durante las Guerras Médicas y, por supuesto, rendiremos un especial tributo a Leónidas, con el monumento dedicado a él y a sus 300 espartanos. En definitiva, un viaje especial para tender un puente entre el mundo griego y el nuestro, para reencontrarnos con nuestras raíces.

No es solamente un recorrido arqueológico y cultural, pues para mi es un viaje interior, una consagración espiritual, pues comprender el posicionamiento del hombre en el universo, su relación directa con la divinidad, el contacto con seres sobrenaturales y, sin declinar, la respuesta del más allá, es y será el eje de este apasionante viaje. Considero fundamental volver la mirada hacia atrás para ahondar en nuestra huella original y recuperar los vestigios filosóficos y espirituales abandonados en nuestra era moderna. En suma, un viaje que llevaba muchos años en mi mente pero que nunca se presentó la oportunidad. Os recuerdo que en la antigua Grecia era muy común la búsqueda de la purificación del alma, la idea del cuidado del alma, por eso este viaje representa mucho para mí. A partir del mes de agosto mis entradas en este blog serán exclusivamente relacionadas con el viaje. ¡ Os veo muy pronto y felices vacaciones!

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