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Los cultos mistéricos en la antigüedad

Nada más alejado para aproximarnos al significado real de la religiosidad antigua que nuestro actual concepto de religión. Estamos acostumbrados a entender la adhesión a una religión como una elección personal que excluye por sí misma la posibilidad de participar en cualquier otra. Ya desde su origen, las principales religiones contemporáneas de occidente –el judaísmo, el cristianismo y el islamismo– han presentado un insistente carácter autodefinitorio, así como un énfasis permanente en la delimitación de una religión frente a las otras. Esto no pasaba en el mundo precristiano: las distintas formas de culto de la antigüedad nunca fueron mutuamente excluyentes, incluso en los casos de dioses nuevos y extranjeros en general y en la institución de los misterios en particular. Eran distintas variantes, corrientes o alternativas dentro del conjunto único y homogéneo de la religión antigua.

Hablar de “religiones mistéricas”, como se hizo frecuentemente hasta en la década de los 80 aproximadamente, ya no resulta viable. Ni los misterios báquicos ni la iniciación en Eleusis, o los cultos de Isis o Mitra, tienen nada que ver con la adhesión a una religión en el sentido arriba mencionado. Existen numerosas diferencias entre ellos que nos impiden englobarlos bajo una única categoría. Pero es posible mostrar que pese a la magnitud de la diversidad se observan algunas constantes. Por razones de espacio abarcaremos sólo cinco modalidades (a nuestro criterio las más importantes) de los cultos mistéricos antiguos, comenzando por el más arcaico de ellos y más extendido en sentido territorial: El culto de Dioniso.

Bacco Caravaggio

Baco, Caravaggio, oleo sobre lienzo, 1598 ?

Al popular dios del vino y el éxtasis se le rendía culto en todas partes. Cualquier bebedor podía enorgullecerse de ser adorador de este dios. La tablilla de Hiponion, que menciona a los mystai y los bakchoi en su “camino sagrado” al otro mundo, da cuenta de la existencia de misterios dionisíacos, iniciaciones personales secretas con la promesa de la felicidad eterna en el más allá. Pero en contraste con los misterios eleusinos (sólo practicados en Eleusis), no parecen haber tenido un centro localizado de celebración. Los misterios de Dioniso aparecen por todos lados desde el Mar Negro hasta Egipto y desde Asia Menor al sur de Italia. Los más famosos, paradójicamente por su mala fama, fueron las Bacanales de Roma e Italia, reprimidas brutalmente por el senado romano en 186 a. C. El fresco de la Villa de los Misterios, en Pompeya, es el documento artístico más fascinante sobre los misterios báquicos, data de la época de Cesar. A veces se relaciona con estos misterios el mito del desmembramiento de Dioniso, pero no es seguro que se aplicara a todos ellos. Otro problema recurrente es el del vínculo del culto al dios con los textos y grupos “órficos”, aparentemente surgidos del mítico Orfeo, el cantor.

Senatus consultum de bacchanalibus

Senatus consultum de bacchanalibus, de 186 a. C.Reproducción de la tablilla de bronce encontrada en 1640, en Tiriolo (Calabria, Italia), con el Decreto senatorial sobre la prohibición de las fiestas bacanales y el castigo de la pena capital para sus organizadores. La original se encuentra en el Museo de Historia del Arte de Viena

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Fresco de la Villa de los misterios en Pompeya (primera mitad del siglo II a. C.)

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Los misterios de Eleusis estaban dedicados a las “Dos Diosas”: Démeter, diosa del trigo, y su hija Perséfone, conocida también como Ferefata o “la Doncella”, Core. Eran organizados por la polis de Atenas y supervisados por elarchon basileus, el “rey”. Fueron los misterios por excelencia de los atenienses, y la fama literaria de Atenas se encargó de que pasaran a la posteridad. Existe además documentación importante procedente de la iconografía, las inscripciones y las excavaciones. El conocido mito narra la búsqueda de la diosa Démeter de su hija Perséfone, que había sido raptada por Hades y llevada al inframundo. “La Doncella” consigue finalmente regresar a Eleusis pero por un período de tiempo limitado, para luego volver al inframundo. Es entonces cuando los atenienses celebraban los Mysteria, el gran festival de otoño, con una peregrinación que se iniciaba en Atenas y terminaba en Eleusis. Allí culminaban los festejos en la sala de iniciaciones (telesterion) por la noche, y el hierofante revelaba “las cosas sagradas”. Démeter favorecía a la ciudad con dos dones en Eleusis: el trigo, como base de la vida civilizada, y los misterios, que llevaban en sí la promesa de las “mejores esperanzas” para una vida futura bienaventurada. Como hemos dicho antes, estos misterios sólo se celebraban en Eleusis y en ningún otro sitio. Para ampliar más información os dirijo a mi última entrada relacionada con los misterios de Eleusis, aprovechando mi viaje por tierras helenas: Eleusis.

Píndaro expresa sobre los Misterios de Eleusis: “Dichoso el que entra bajo la tierra, después de haber visto estas cosas; conoce el fin de la vida, y conoce su principio, el que le dio Zeus”. (Fragmentos, 137).

La Diosa Madre de Asia menor (Mater Magna, en latín)  era llamada por los griegos Méter. Mucho tiempo antes de la escritura se puede encontrar el culto a una Diosa Madre en Anatolia, remontándose hasta el neolítico. Su nombre frigio, Matar Kubileya, fue el más influyente para los griegos. Se la llamó Kybeleia o Kybele en griego, pero fue más conocida como “Madre de la montaña”, a veces con el agregado del nombre propio de una montaña local: Méter Idaia, Méter Dindimene… En este culto llamó la atención principalmente la institución de sacerdotes eunucos, los galloi, autocastrados que vivían sobre todo en Pesinunte. El correlato mitológico de estos sacerdotes es Atis, el paredro amante de la Madre, que es castrado y muere bajo un pino. En el año 204 a. C., el culto fue llevado a Roma por orden de los oráculos y se expandió luego a partir de allí. Tuvo varias formas de ritos personales y secretos (teletai mysteria); la forma más espectacular conocida fue eltaurobolium (conocido desde el siglo II d. C.), donde el iniciado permanecía en cuclillas dentro de un pozo cubierto con vigas de madera sobre las que se daba muerte a un toro y quedaba empapado por la sangre que manaba a borbotones del toro.

Los griegos siempre dieron mucha importancia a los dioses egipcios, pero entre ellos destacaron Isis y Osiris desde la época arcaica en adelante. Desde el principio los identificaron con Démeter y Dioniso (ir al enlace versión órfica) respectivamente. Los santuarios de los dioses egipcios, con sacerdotes egipcios o egipcianizantes, se establecieron por todas partes. El mito base de este culto es conocido principalmente por el libro de Plutarco, De Isis y Osiris. Relata la muerte de Osiris desmembrado por su hermano Set, buscado, encontrado y reunido por Isis, que luego concibió y dio a luz a Horus. En el último libro de El asno de oro, de Apuleyo, el texto sobre misterios más extenso que disponemos de la antigüedad pagana, están descritos los misterios de Isis.

Por último, imposible dejar de reconocer a Mitra. Deidad indoirania muy antigua, atestiguada ya en la Edad de Bronce y venerada desde entonces por todas partes donde la tradición irania ejerció influencia. No tenemos información de los misterios característicos de Mitra antes del 100 a. C., y no deja de ser problemática la manera en que se fundaron o su relación exacta con la tradición irania. Estos misterios se celebraban en cuevas subterráneas por pequeños grupos de varones que se reunían delante del mitreo (representación de Mitra dando muerte al toro que ocupaba el ábside de la cueva) para la comida sacrificial y las iniciaciones. Era un culto exclusivo del sexo masculino. En especial contaba con numerosos adeptos entre los soldados y oficiales romanos. El símbolo central del mitraísmo es el sacrificio rejuvenecedor del toro por parte del joven dios, que se asemeja al sacrificio del toro primordial Gosh por parte de Ahriman, en la tradición zoroástrica. Relacionado con el poder indomable del sol, la fiesta mitraica romana del Sol Invictus sirvió de pauta para establecer la fecha tradicional del nacimiento de Cristo, el 25 de diciembre.

El mito se refleja en la iconografía mitraica. Había siete grados de iniciación: Córax, Ninfis, Miles, Leo, Persa, Heliodromo y Pater. Un último título parece aludir a la autoridad central: pater patrum. Para inaugurar un nuevo Mitreo, debía estar presente un pater. Así, el mitraísmo estaba dirigido por un sanctissimus ordo, lo que explica la llamativa uniformidad de los santuarios y la iconografía. Se extendió el culto desde el Rin al Danubio y de allí a Dura-Europos, y hasta África. La movilidad de las legiones romanas fue sustancial para la expansión del mitraísmo.

Para concluir, la autora Elsa Cross aborda la mitología griega y la filosofía para definir las religiones mistéricas o cultos mistéricos, “nombre que dio la historiografía moderna a ese fenómeno religioso tan extendido en la antigüedad” cuyas características más señaladas eran sus símbolos y mensajes místicos, metafísicos y cosmológicos. Los misterios trataron de dar respuestas precisamente a las inquietudes humanas más trascendentales y que, a su vez, guardaban con celo, con su peculiar halito de secretismo y aportando un rango divino que les hacía ser diferentes a las religiones oficiales.

Fuente

Burkert, W. Cultos mistéricos antiguos, Madrid, Trotta, 2005.

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Mnemósine

Mnemósine (Μνημοσύνη) era una Titánide, hija de Urano y de Gea. Con Zeus, engendra a las nueve Musas. Se trata de la “Memoria” (Hesiod. Theog. 134-135; Apollod. Bibl. 1, 1, 1; 3, 1). Sin embargo, otra genealogía que habría sido originada por un poema cosmológico de Alcman (siglo VII a.C.), afirmaba que estas nueve musas habían nacido en el principio de los tiempos como hijas de Urano y Gea. Por eso se afirma que pertenecen al grupo de los Titanes, ya que representan fuerzas del mundo antiguas y fundamentales del origen del cosmos.

Mnemósine visto por Dante Gabriel Rossetti (1875)

Según Hesíodo en la Teogonía:

(..) Gea acostada con Urano, alumbró a Océano de profundas corrientes, a Ceo, a Crío, a Hiperión, a Jápeto, a Tea, a Rea, a Temis, a Mnemósine, a Febo de áurea corona y a la amable Tetis. Después de ellos nació el más joven, Crono, de mente retorcida, el más terrible de los hijos y se llenó de un intenso odio hacia su padre. 

Mnemósine es la memoria y el recuerdo y, por lo tanto, tiene la capacidad de recordar lo ya existente y provocar que regrese el pasado en imágenes procedentes del devenir titánico. No desea el futuro, pues ella misma se inclina sobre sí misma y repite en el pensamiento algo que siempre ha pasado y que a su vez retorna como si se tratase de un círculo interno, una especie de bucle. La memoria tiene como base la experiencia y la experiencia es repetición (acontecimientos) y automatismos.

Como bien atestiguan las fuentes, los poetas de la antigua Grecia estaban adiestrados en la memorización y en la composición oral, quienes desde los comienzos de la épica habían formado y transmitido el saber mitológico. Gracias a Mnemósine la tradición mítica fue un repertorio de transmisión oral que iba heredándose (de manera repetitiva y con ricas imágenes) de padres a hijos.

Homero y Hesíodo son epígonos de una vieja tradición de bardos que componían magistralmente sobre papel y que solicitaban el favor de la Musa o las Musas , la conexión con ese saber memorizado que estas divinidades (las hijas de la Memoria, Mnemósine) transmitían al poeta.

Ambos poetas fueron los responsables de transmitir una antiquísima tradición oral que empezaría a deslumbrar durante el siglo VIII a.C., a poco de introducirse el alfabeto en Grecia. Tanto Homero como Hesíodo son los guardianes de un saber tradicional que no es invención de ellos, sino que repetían temas y evocaban figuras divinas y heroicas de todos conocidas por el pueblo heleno, al tiempo que reiteraban fórmulas épicas y se acogían, como principal valedoras, al patrocinio de las Musas, para que ellas garantizaran la veracidad de sus palabras. Recordemos cómo Homero comienza invocando a la Musa y cómo Hesíodo nos cuenta que fueron las Musas quienes se le aparecieron en el monte Helicón (de la región de Tespias, en Beocia) para confiarle la misión de transmitir el verídico y ordenado mensaje mítico de la Teogonía y de Trabajos y días.

Según el mito, y entre otros lugares, Eleuteras (norte de Ática) había un culto donde se veneraba a Mnemósine y cuentan que en una ocasión en Eleuteras , Mnemósine liberó a Dioniso de su éxtasis, es decir, le devolvió la memoria.

Otro mito relataba que quien deseara descender al santuario y oráculo subterráneo de Trofonio (en Beocia) era llevado, en primer lugar, a las fuentes de aguas donde debería beber del agua del Lete (el río del olvido) para después sumergirse en la fuente de Mnemósine que  le haría recordar lo que había visto en su vida. Digamos que el iniciado tendría una experiencia muy similar cuando la psique (el alma) abandonara el cuerpo y viajara al inframundo, al Hades, pero no sin antes bañarse en los cinco ríos del reino de las sombras: el Aqueronte (el río de la pena); el Cocito (el río de las lamentaciones); el Flegetonte (el río del fuego); el Lete (el río del olvido) y el Estigia (el río del odio). Sin embargo, había otro río, el Mnemósine, donde los iniciados en los Misterios tenían el privilegio de beber para recordar así sus vidas pasadas y alcanzar un status más elevado.

Se supone que Mnemósine acudía a los iniciados en los denominados misterios mayores, en su ayuda, hasta que podían alcanzar la sabiduría y reconocerse a sí mismo, su entorno y volver a su lugar de origen. De hecho, en las tablillas órficas relacionadas con el iniciado y el mundo mistérico expresan:

Ardo de sed y muero: pero dadme, aprisa, la fría agua que mana del pantano de Mnemosine.

El fin de este proceso iniciático era que con la ayuda de la memoria el iniciado sería un dios en vez de un mortal, liberándole de la muerte y dándole la verdadera vida.

Memoria, vida, renacer, dios y plenilunio,  son las conquistas mistéricas contra el olvido, la muerte, lo finito y temporal que pertenecen a este mundo. Al recuperar la memoria del pasado, el hombre se identificaba con Dionisos.

Un ejemplo que haría recordar y conservar la memoria con todas sus facultades intelectuales e intuitivas lo leemos en la Odisea (Libro X), cuando Circe le recomienda a Ulises que para complacer a los dioses tiene que buscar los conocimientos de Tiresias (uno de los adivinos más celebra de la Gran Hélade), y así poder regresar a su patria, a Ítaca. Ulises le pregunta dónde vive y Circe le responde:

  • Tiresias no vive, Ulises, al menos no en este mundo, es una sombra en el reino de Hades. Sin embargo, guarda allí bien entera su mente, pues sólo a él le han permitido conservar sus dones y las facultades de su espíritu, mientras que las demás almas no son sino sombras errantes. (Los viajes de Ulilses. National Geographic. Especial Mitología. Marzo 2020).

En definitiva, Tiresias es presentado por Circe como «el ciego, que no ha perdido nada de su espíritu» (X, 492)  Por lo tanto, Tiresias tuvo el privilegio de bañarse en el río de Mnemósine, pues conocía todo lo relacionado con los misterios, gran profeta, mediador entre los dioses y los hombres y con poder de canalización entre el mundo de los vivos y  los muertos.

Apolo y las Musas. El Parnaso, Anton Raphael Mengs, 1760- 1761.

Para concluir. podemos afirmar que  Mnemósine no sólo contiene la memoria, sino también domina todo lo rítmico. El Cosmos tiene un sonido sutil, inapreciable para nosotros, unas ondas rítmicas (muy parecidas a la corriente del mar) que se apoya en la percepción afinada, etérea y estructuras armoniosas. El ritmo envuelve el espacio y su movimiento es siempre circular y su lenguaje es rítmico. Por ejemplo, las Musas danzan con la música del Cosmos, bailan al son del Cosmos, acompañadas de Apolo. Por lo tanto, Mnemósine tiene un papel fundamental en la construcción progresiva del Cosmos, destinado a ser regido por Zeus.

Fuentes:

Diccionario Etimológico de la Mitología Griega.

Friedich Georg Jünger Los Mitos Griegos. 

García Gual. C. Introducción a la mitología griega. Alianza Editorial.

Enlace de interés:

Este artículo fue traducido al francés el 27 de abril de 2021 en: EURO-SYNERGIES

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Viaje a Grecia: Delfos, más allá del mito (Parte II)

Kylix con la representación de Apolo realizando una libación. (Museo de Delfos)

APOLO

Como breve reseña mitológica, Apolo es el hijo de Zeus y de Leto (hija de los titanes Ceo y Febe). Su hermana melliza es Artemisa. Apolo nació sietemesino, pero gracias a Temis que le alimentó con néctar y ambrosía su crecimiento fue rápido. Apolo, a los pocos días de nacer en la isla de Delos (la antigua Ortigia), pidió un arco y flechas, que Hefesto le facilitó inmediatamente. Delos significa “brillante”, (por Apolo, dios de la luz), en otras fuentes la relacionan con “manifiesta, evidente”. Pitón, hijo de Gea, persiguió a Leto para matarla, pero no lo consiguió. Después, Apolo, sin titubeo, fue tras la serpiente Pitón a la que hirió con sus flechas en el Monte Parnaso. Pitón huyó al Oráculo de la Madre Tierra en Delfos (ciudad llamada así en honor del monstruo Delfine, su compañero), pero Apolo continuó su caza hasta que le dio muerte en el interior del santuario.

Gea presentó el ultraje a Zeus, quien no solamente ordenó que Apolo fuese al valle del Tempe para purificarse, sino que además instituyera los Juegos Píticos en honor de Pitón, los cuales debía presidir como penitencia y restaurar el daño causado.

Según otra versión paralela, Apolo visitó Creta y a la vuelta (convertido en delfín) se trajo los primeros sacerdotes y se apoderó del Oráculo de Delfos y retuvo a su servicio a la Pitonisa. Por esta razón, los cretenses legaron su música sagrada, su ritual, sus danzas y su calendario a los helenos, así como el labrys, o hacha doble, que dio nombre a la primera corporación sacerdotal de Delfos, los Labriadas.

Para ampliar más información relevante os remito al siguiente enlace: Apolo

APOLO HIPERBÓREO

La historia de Apolo nos puede resultar a veces confusa, según las fuentes, porque también a Apolo se le conoce como un dios de los Hiperbóreos, es decir, “hombre de más allá del Viento Norte”. Delos (vinculado directamente con Apolo), precisamente, fue también otro centro de culto hiperbóreo.

El origen de los hiperbóreos se sitúa en las regiones septentrionales del noroeste de Europa. La propia etimología de la palabra “hiperbóreos” indica que viven más allá del viento Bóreas, es decir, en algún lugar lejano y desconocido localizado en el norte. Los hiperbóreos estaban organizado bajo una ley divina donde no había guerra y todo el entorno era de paz, de armonía, de justicia y de sabiduría con un vínculo directo con los dioses. En síntesis, una Edad de Oro similar a la que menciona el poeta griego Hesíodo en su obra la Teogonía. Por lo tanto, los hiperbóreos son una raza sagrada, libre de enfermedades y vejez, que no conocían ni el trabajo ni la guerra y pasaban sus vidas danzando, tocando la lira, la flauta. Como bien atestigua las fuentes de la Tradición, el país de los hiperbóreos es la patria original de los pueblos arios e indoeuropeos, foco principal de la Tradición Primordial. La civilización nórdico-polar fue su epicentro espiritual.

Según el mito, Zeus dictó que Apolo residiera en Delfos y trajera las leyes a los helenos, pero el joven dios se marchó volando sobre un carro tirado por cisnes desde Delos hasta el país de los hiperbóreos, donde permaneció un año entero. Sin embargo, como los habitantes de Delfos no dejaron de invocarle con cánticos y danzas, el dios marchó hasta Delfos.

Desde entonces, pasaba los tres meses de invierno entre los hiperbóreos y regresaba con la primavera a Delfos. Durante su ausencia Dioniso reinaba en Delfos como señor del oráculo.

Si Apolo se convirtió en el dios que aleja el mal y purificador por excelencia fue porque él mismo tuvo que purificarse después de haber dado muerte a la serpiente Pitón. Según el mito, Apolo tenía que limpiar su propia mancha, o dicho al estilo griego antiguo tenía que evitar que se produjera el “miasma”, una desgracia que corrompía una sociedad entera. Para ampliar más información sobre el término  ir a: miasma y o catarsis.

Por lo tanto, Apolo contribuyó a humanizar las costumbres arcaicas en relación con el homicidio, de ahí las dos máximas inscritas en su templo: “Conócete a ti mismo” y “Nada en exceso”.

Por otra parte, si seguimos las fuentes del mundo Tradicional a través de Eduard Alcántara, el autor indica que Apolo hiperbóreo: simboliza a la perfección, con su actitud mayestática, la inmutabilidad y estabilidad del Principio Supremo; un Principio Supremo que equivale al No-Ser de determinada metafísica o al Motor Inmóvil del que hablaba Aristóteles. (Es lo Insondable e Inindefinible y a partir de lo cual se manifiesta, por emanación, el Universo. Es la Trascendencia pura.) El Apolo hiperbóreo sí que es, por ello, la genuina representación de un tipo de Espiritualidad Solar en sentido puro; tomando, pues, al Sol en el sentido del astro Iluminador (la estrella) que permanece fijo e inmutable y alrededor del cual giran los móviles planetas. ( Ir al enlace de Eduard Alcántara)

Efectivamente, hay datos que confirman que existe una identificación entre Apolo-Helios desde, al menos, la época arcaica (Esquilo, Suplicantes, 212-214). Sin embargo, hay que matizar un aspecto para evitar confusiones. Todas las cualidades positivas son representadas por las divinidades solares, como por ejemplo Ra (símbolo de la luz solar) en la civilización egipcia o Helio y Apolo, entre los griegos. Pero la diferencia es evidente entre Helio y Apolo. Por un lado, Helio simboliza al sol que nos nutre cada día, el que preside las estaciones, la fecundidad y la productividad de la tierra; y, por otro lado, Apolo es el símbolo de la productividad del alma, es decir, los frutos terrestres se convierten en este caso en los “frutos” del alma, de los deseos y de su espiritualización-sublimación. En suma, Apolo representa la armonía del alma, la obra interiorizada; Helio representa el astro solar que fecunda, la obra exteriorizada, es decir, representa una cualidad del espíritu.

Volviendo al hilo del mito, Pitón fue enviado contra Leto por Hera para mortificar a Zeus (leer: Himno homérico a Apolo), y Apolo, después de matar a Pitón y, lo más probable a su compañero Delfine, se apodera del templo oracular de la Madre Tierra, pues Hera era la Madre Tierra o Delfine en su aspecto profético.  Para ganarse a la opinión local de Delfos se instituyeron juegos fúnebres regulares en honor a Pitón y mantuvieron en su puesto a su sacerdotisa. La interpretación sobre la religiosidad en esta época remota del significado de la muerte de Pitón y la relación del hombre-iniciado con la Madre Tierra lo aclara Eduard Alcántara en su blog: “ representa un certero símbolo para clasificar a ese tipo de religiosidades cuyos fundamentos están sometidos a las leyes del devenir, de la caducidad y de la mutabilidad, un certero símbolo para clasificar a esas religiosidades de corte telúrico-matriarcal en las que la Madre Tierra se convierte en la divinidad central, pues los productos que en ella toman vida (las plantas) nacen, crecen, se reproducen y mueren (así como los animales y las personas que de dichos productos dependen); son perecederos. Quien rinde culto a la Madre Tierra como eje principal de sus creencias no concibe más realidad que aquélla del devenir y no podrá, por tanto, aspirar a acceder al Despertar -del que hablaba el Buda- consistente en Identificarse ontológicamente (debido a la transustanciación conseguida por el ya Hombre Superior) con el Principio Supremo que es imperecedero, eterno e inmutable, a diferencia de lo que sucede con el cosmos o mundo manifestado que es caduco, mutable y perecedero”.

Así, se entiende que Gea, la Madre Tierra, representa el mundo del devenir, el arraigo al mundo exterior y la fecundidad, y de tales cualidades nace la serpiente Pitón que busca el beneficio del mundo, la obra exteriorizada; sin embargo, Apolo es la manifestación  suprema del espíritu y del alma,  por eso mata a la serpiente Pitón y cierra un ciclo antiguo y primitivo dominado por una religiosidad telúrico-matriarcal para dar comienzo un ciclo de crecimiento del alma con otras directrices marcadas por el propio Apolo: armonía, serenidad, “nada en exceso” y “conócete a ti mismo”.

 

 

Dioniso (Parte del frontón del templo) Museo de Delfos

DIONISO

Según el mito órfico, Dioniso Zagreo es hijo de Zeus y Perséfone, antes de que esta se convirtiera en reina del Hades. El pequeño creció en Creta, protegido por los mismos guardianes que habían guardado a Zeus de los ojos de Cronos. Pero los Titanes, enemistados con Zeus, esperaron a que los guardianes descansaran para atraer al pequeño con juguetes dorados. Cuando los Titanes se abalanzaron sobre él, el pequeño intentó defenderse tomando la forma de diversos dioses y animales, pero terminaron por despedazarle y devorar su carne cruda. Atenea interrumpió el espantoso banquete justo a tiempo para rescatar el corazón del pequeño, lo encerró en una figura de yeso en la que insufló vida y así Dioniso renació de nuevo y se hizo inmortal. Zeus, preso por la ira, mató a los Titanes con sus rayos. Según el mito de las cenizas nació la especie humana, que es una mezcla de la parte terrena de los Titanes y la parte divina de Dioniso, según la versión órfica.

La forma de  los diversos animales que Dionisio manifestó fueron la de León, Toro y Serpiente, y éstos fueron los emblemas del año tripartito en el calendario. Nacía en invierno como serpiente (de aquí su corona de serpientes), se convertía en león en la primavera y lo mataban y devoraban como toro, cabra o ciervo en el solsticio estival, y a su vez se celebraba su festividad con fervor y júbilo mostrando la tumba de su resurrección anual en Delfos, tal como menciona Plutarco en su tratado (“Sobre Isis y Osiris” 35).

Dionisio tenía rango de divino, así se refleja en unas tablillas micénicas del siglo XIII a. C.  encontradas en Pilos. Es un dios vital de la naturaleza que se manifiesta en múltiples formas, dentro de su ámbito del reino de la naturaleza que le es propio. Por ello es garantía de la nueva vida y renovación porque representa el movimiento cíclico de la naturaleza, la primavera, la vid, la cosecha, el vino, el sacrificio, etc. Por lo tanto, es una vida en continua renovación, con un hálito indestructible fiel reflejo de la naturaleza y de la interacción del hombre con la propia naturaleza.

La lectura que podemos realizar en cuanto a la enseñanza de Dioniso es que el hombre siente la necesidad de comprender la vida humana y ajustarla en esos ciclos de la naturaleza y entender la figura de un dios de salvación, una figura que garantice a los hombres que sus vidas no están limitadas a los márgenes del nacimiento y la muerte, sino que se integrarán en esa dinámica creadora y destructora de la vida cíclica.

Otras versiones del mito de Dioniso lo relacionan como hijo de Zeus y de Deméter, o bien de Io. Sin embargo, la leyenda más popular lo hace hijo de Sémele y Zeus. Os emplazo al siguiente enlace para ampliar el mito: Dioniso.

Por otra parte, siguiendo el hilo del historiador Jacob Burckhardt (Historia de la cultura griega. Vol. I) los griegos tomaron de los tracios el culto de Dioniso y de ahí la complejidad de descomponer el origen de Dioniso, pues era procedente de Tracia, un culto extranjero. La complejidad de Dioniso se debe a que se parte de la idea de una época remotísima en que la religión de los griegos (aún por definir) era todavía un crisol de anhelos e ideas propias tomadas de la fe de algunos pueblos y de otras culturas.

Durante el periodo arcaico de Homero (S. VIII a.C.) empezaría el frenesí dionisíaco por parte de los fieles de Dioniso. No obstante, en la epopeya de Homero, tanto en la Ilíada como la Odisea (S. XIII), hay que ser muy cautos, pues el papel de Dioniso aparece unas cuantas veces, de manera fugaz y como segundo plano del escenario. Cabe destacar, por ejemplo, que en los dos poemas homéricos nunca interviene en la vida y en los destinos del hombre, ni es el quien ofrenda y escancia el vino. Por lo tanto, si no tiene un papel destacado en el mundo homérico nos da a entender que el dios tracio todavía no había alcanzado el pico más alto en la vida y en la fe de los griegos durante el conflicto de Troya, pero no se descarta que haya tenido una significación importante que fuera más allá de unos cuantos cultos locales, como puede ser en el caso de Pilos, en la época micénica (S.XVII-XII a.C.), donde se recoge un registro del dios en una tablilla con su nombre y su culto.

El espíritu griego, al ser poco propenso a abrirse a nuevos dioses, nos hace indicar que Dioniso tuvo que darse a conocer de un modo gradual, paulatino y abriéndose paso como un dios exótico. Aunque hay otras versiones que defienden que, si el dios se presenta como extranjero y lejano, no es porque sea de procedencia exótica, sino porque tenía una tendencia a lo extraño.

Lo que no cabe la menor duda es que, finalmente, el frenesí dionisíaco, el éxtasis de las fiestas orgiásticas causaron furor en la zona de Grecia central y en el Peloponeso siendo presa de su encanto la totalidad de las mujeres y que, a su vez, los griegos sentían, como no podía ser de otro modo, un rechazo contra estos agitados y turbulentos ritos procedentes de los tracios, una aversión nacida de un instinto muy hondo, contrarias a la mesura y el equilibrio del espíritu griego.

Por eso se explica que el Dioniso que pasó a engrosar parte del Olimpo griego junto a los grandes dioses,  no era el antiguo dios tracio, sino una versión suavizada, con un perfil más helenizado y humanizado. Bajo esta nueva corriente, los griegos celebraban su fiesta anual, en la que el dios era adorado como el dios del vino, como el protector de la germinación de la vid y de los campos, como divina encarnación de la plenitud de vida de la naturaleza en todo su esplendor.  Asimismo, Dioniso también tomó relevancia en la tragedia griega y la poesía.  Según Jacob Burckhardt, la cúspide de la poesía griega, el drama, nace en realidad de los coros que animan las fiestas dionisíacas, como es el caso de Atenas, con sus alegres y pomponosas fiestas con gran entusiasmo, lejos de ser aquellas fiestas tracias con que periódicamente se conmemoraba la “epifanía” de Dionisos, su aparición en el mundo de los vivos, su salida del reino de las sombras en medio de las treguas nocturnas. Por eso, la naturaleza originaria de Dionisos, señor de los espíritus y las almas (y no la del dios del vino) tuvo también su continuidad en Delfos y en Atenas. El éxtasis, el desenfreno, el sombrío salvajismo del arcaico culto dionisíaco no desaparecieron del todo, pues en las fiestas trieterias, en las Agrionias y las Nictelias, se conservaban rasgos originales de la antigua barbarie, en medio de toda la finura de la civilización griega.

Los rituales más representativos ofrendados al dios tracio antiguo eran los sacrificios bajo un estado de delirio, comer carne cruda, la furia y la expresión desorbitada con que desgarraban con los manos a los animales destinados al sacrificio.

No eran cultos precisamente privados o que estuvieran ocultos en la sociedad griega. Sin ir más lejos, “Las Bacantes” de Eurípides refleja lo que se detalla en líneas anteriores.  Eurípides presentaba en cada una de las figuras del drama la divina locura a la que están sometidas, el poder de sojuzgamiento de sus almas que vibraban en las orgías dionisíacas y que nos permite imaginar lo que eran aquellos trances del alma.

La finalidad de estas fanáticas fiestas era la “purificación” del alma extáticamente excitadas. Quienes participaban dentro de este círculo mágico, consagraban sus almas, corriendo y danzando furiosamente por las montañas para formar parte de las bendiciones del dios. El mensaje de Dioniso era el de un gran alivio espiritual para el iniciado. En mi opinión, el iniciado debía aceptar el nuevo conocimiento, símbolo de la creación divina, luego interiorizarlo y, por último, soltarlo todo. En otras palabras, era el momento de la abertura a la eternidad, revelando todo lo que había dentro y exaltando que el cuerpo era un templo que contenía la divinidad. Este estallido cósmico representaría, quizá, las constelaciones existentes, el universo trazando el mapa de la humanidad o un instrumento de navegación para alcanzar el cenit espiritual. Las fiestas dionisiacas remiten a una danza de celebración alegre, danzarinas, que evolucionan por un decorado teatral, el monte Parnaso,  un entorno natural perfecto para la consagración de los iniciados. La finalidad última, tal como se detalla en líneas anteriores, era el nacimiento de algo que lleva tiempo incubándose dentro del iniciado y que revelaría la existencia de una potencia divina que necesita manifestarse hacia fuera. Las connotaciones fálicas que se daban en este ambiente eran el símbolo de toda creación y de todas las cuestiones relacionadas con la eyaculación y a la fertilidad.

En suma, el Monte Parnaso era el propio altar sacralizado manifestando que el mundo es divino, que la carne es una celebración viva y la vida una construcción incesante donde el iniciado formaba parte de ella. A través de Dioniso se conocía la alegría a través de un estallido. Dioniso era la vida misma, la transformación y la reconstrucción, la llama perenne de la materia y el espíritu. El dios era sinónimo de alegría cósmica y a su vez de la maravillosa catástrofe, la fuerza innominable, el amor cósmico que sostenía la materia, el huracán que atravesaba todo nuestro ser, etc. Los seguidores dionisiacos conocían el fuego del centro de la tierra, la luz del centro del universo, se alineaban con el eje universal, vibrante, para convertirse en un canal para la manifestación del dios. El iniciado, supongo, estallaría de alegría a sentir la unión: lo alto era lo bajo, lo bajo era lo alto, sería su experiencia propia y sublime cuando llegara al clímax de la exaltación dionisiaca. El iniciado experimentaría que todo lo que había estado encerrado en la materia, en su cuerpo (mental, físico, emocional y espiritual) rompería (como si se tratara de una eyaculación) hacía fuera y sentiría una danza cósmica dentro de sí y un reencuentro con su energía original. Ese sería su apoteosis final.

Apolo y Dioniso no tienen más remedio que compartir una alianza que se fraguó en Delfos, concretamente en el monte Parnaso, en la conocida gruta de Coricia. Ahí se celebraba el solsticio de invierno (un año sí y otro no) la fiesta nocturna de Dioniso, en las cercanías de los altares de Apolo, que era el dios que dominaba sobre Delfos.

Si en el propio templo de Apolo se celebraba una fiesta secreta a los sacerdotes apolíneos, las Tíadas (ménades, más tarde las sacerdotisas de Dionisos) danzaban frenéticamente en los montes. Las tíadas representaban a la luz de las antorchas acompañadas de una danza orgiástica,  el mito del Dionisos-niño desgarrado y devorado por los Titanes y la expulsión de éstos por Zeus, quien guarda los restos del niño que fue posible rescatar en el templo délfico de Apolo. Son las propias tíadas las que representan más tarde, mímicamente, la resurrección del dios.

En cuanto a las fiestas de Delfos se dividían, para satisfacer a ambos dioses. De esta manera hubo una reconciliación por parte de los sacerdotes del Apolo délfico y de los sacerdotes que representaban a Dioniso, como símbolo de universalidad religiosa. Y fue, precisamente el Oráculo de Delfos el que se encargó de introducir el rito de Dioniso en las comarcas colindantes y poco a poco contribuyó a su amplia difusión por toda la Hélade. Es cierto que el culto dionisíaco en Delfos fue disminuyendo hasta convertirse en un culto de versión moderada y suavizada, exentos de orgias y adaptado a la sensibilidad de la vida mesurada y serena de los atenienses. Dioniso, finalmente, se presenta como un dios liberador de las penas, del sufrimiento y de las tristezas de esta vida mundana. Sus cultos y festividades evocan la liberación de los sentimientos, la alegría sin control frente a las duras exigencias del orden establecido.  Cuando Hestia, diosa del hogar, decidió dejar el Olimpo y atender el fuego de las casas de las familias, Zeus eligió a Dioniso para ocupar su lugar como dios inmortal del vino, el jolgorio y las fiestas.

Apolo versus Dioniso, dos caras de una misma moneda. No se puede entender el uno sin el otro. Dos mundos que concebían la espiritualidad de dos formas distintas. Eduard Alcántara lo expresa así: Dionisos juega con lo sensual, con lo embriagador: con las danzas frenéticas, con el vino. Se le asocian rituales orgiásticos: es arquetípica, en atinada expresión evoliana, ‘luz del sur’. Es la agitación, la voluptuosidad, es el mundo de los sentidos, es símbolo del plano sensible y material de la realidad. Es, echando mano del hinduismo, prakriti. Por contra Apolo simboliza la espiritualidad pura, el dominio de uno mismo, el ser descondicionado e Iluminado por la Luz del Espíritu. Es el Primer Principio Eterno: es Purusha. Es Luz del Norte.

En otras palabras, lo dionisíaco como referente espiritual representa uno de los extremos en su oposición a la moderación apolínea. El triunfo de uno de estos principios niega al otro y a su vez supone la destrucción del contrario. La tensión entre lo dionisíaco y lo apolíneo (embriaguez y serenidad) vivificaría el arte griego durante muchos siglos.

Bibliografía:

  1. Ríos, E. J., La naturaleza del mito más allá de la mitología griega (vol. 1), [libro inédito<https://www.academia.edu/19982566/La_Naturaleza_del_Mito_mas_alla_de_la_Mitologia_Griega_Vol._III_&gt;,[consulta el 10-03-2020]
  2. García López J. . La religión griega, Madrid 1975
  3. Graves, R. Los Mitos griegos I. Alianza Editorial
  4. Burckhardt J. Historia de la cultura griega Volumen I. 
  5. Kaplan, M. El mundo griego. Universidad de Granada

Del Mundo Tradicional, me ha sido de gran utilidad para entender la perspectiva de Apolo y Dioniso el siguiente enlace:

Entre las obras literarias griegas os recomiendo:

  1. Las Bacantes-Eurípides
  2. Las Suplicantes- Esquilo

Entre los ensayos relacionados con la temática os recomiendo:

  1. El nacimiento de la tragedia(Friedrich Nietzsche)

 

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Viaje a Grecia: Delfos, el origen del oráculo (Parte I)

Origen del Oráculo

Delfos, santuario oracular por excelencia, comienza a deslumbrar mucho antes de la llegada de Apolo. Al principio, los griegos relacionan Delfos con el término delphis, “matriz”, independientemente de su etimología. El lugar consagrado era una sima, denominada por los griegos stomios, término que sirve también para designar la vagina.

En lo mitológico, la serpiente femenina Delphyne nace de la tierra. A la primera profetisa se le conocía como Dafnis y se sentaba en un trípode donde exhalaba los vapores de la profecía. Después, cede el lugar a la serpiente masculina pitón, cuyas sacerdotisas se conocían como Pítias. De este modo y de manera gradual, el venerable lugar empezó a poner de manifiesto la sacralidad y la potencia de la Tierra Madre. La Madre Tierra después cedió sus derechos a la titánide Febe o Temis  y,  con el paso de los tiempos, acabó siendo una nueva corriente religiosa bajo la tutela de Apolo.

Otra versión dice que Apolo robó el oráculo a la Madre Tierra después de matar a la serpiente Pitón y que sus sacerdotes hiperbóreos, Pagaso y Agieo, establecieron allí su culto.

Siguiendo los versos de las Euménides de Esquilo, por boca de la Pitia conocemos que Gea fue sucedida por su hija Temis y ésta a su vez por otra hija de Gea, la Titánide Febe, que dio su nombre a Febo Apolo, otro epíteto reconocido de Apolo. Sin embargo, el basamento en el que se centra el mito se halla en el Himno Homérico a Apolo Pitio como el epíteto más reconocido y más popular (S. VII a.c). Gracias a este himno se conoce como Apolo construyó su primer templo y el “bosque sagrado” en Delfos. (Ir al enlace Himno Homérico a Apolo)

En cuanto a la arquitectura del templo, se cuenta que la construcción del primer templo fue hecha con cera de abejas y pluma, en forma de colmena; después, con tallos de helecho; la tercera versión con ramas de laurel; luego, que Hefesto construyó uno nuevo de bronce, pero que la tierra se lo tragó; más adelante, fue construido con piedras labradas pero se quemó y fue reemplazado por el último templo que se conoce.

Delfos, para los griegos, es el centro exacto del universo. Según el mito, Zeus soltó dos águilas, una desde el extremo oriental del mundo y otra desde el extremo occidental y ambas se encontraron sobre el ónfalos, el símbolo de Delfos más representativo, que señala el centro del mundo.

Ónfalos. Museo Arqueológico de Delfos.

El ónfalos tiene una forma abovedada y suele estar ligado a las moradas de los espíritus de los muertos que viven bajo tierra y que tienen un poder mántico clarividente. El ónfalos tiene precisamente esa geometría porque está vinculado a la madre Tierra, a Gea, la primera diosa que tuteló Delfos. Dicha geometría se apreciaba, por ejemplo, en las construcciones de los edificios cupulares micénicos, en la que precisamente el Dios-Rey termina uniéndose a la madre Tierra y se conecta también a los cultos de las deidades ctónicas tan cercanas y habituales en tiempos homéricos (Hécate, Perséfone, Hades…). Por lo tanto, el ónfalos se puede interpretar como un “lugar” sagrado (una cueva, un templo…) relacionado con las fuerzas del inframundo.

Como datos de interés, la pieza que se exhibe en el museo de Delfos es una copia helenística del «ónfalos» que representaba la piedra que depositó Zeus en Delfos, el centro de la Tierra.

Para mí, el ónfalos es también símbolo de pureza total, nos revela la parte intacta que no ha sido tocada por el hombre, este testigo puro y celestial que suele ligarse con la parte más íntima y espiritual de nosotros, un centro de purificación, un habitáculo sagrado donde encontrarnos con nosotros mismos.

En el mito se habla de dos águilas. El simbolismo del águila también merece una mención especial y nada desdeñable. Destaca su carácter olímpico, heroico, solar, la representación de la realeza y presagio de victoria. Es el símbolo de Zeus, el padre de todos los dioses. Por eso, Delfos representa un lugar sagrado, especial, un portal donde fluye un tremendo poder con unas energías muy vigorosas y activas en su entorno para desempeñar su función clarividente. Delfos es un lugar inspirador, con unas tremendas rocas, que te evoca una diadema, una joya incrustada en el relieve montañoso que rodea al santuario.

Imagen de “Viajar a Atenas”

En suma, nos encontramos en un enclave natural, único y favorecido por la naturaleza. Delfos fue desde la antigüedad más remota un lugar sagrado; estaba ya consagrado a ser un lugar de peregrinación, un cruce de caminos que iba tejiendo de manera gradual y paulatina su propio destino a través de los siglos.

Uno siempre intenta descubrir cuales son las voluntades de los dioses. El vuelo de un ave o las vísceras de un animal eran el modo de presagiar el futuro, pero en Delfos,  los dioses hablaban directamente a través de las sacerdotisas y es lo que le hacía ser un lugar único y especial. De hecho, su fama duró más de mil años. Para entender el mundo griego, Delfos es un destino obligado para los amantes de la religión y la cultura griega. Sinceramente, ahí es donde reside la propia respuesta a todos nuestros interrogantes. Delfos fue la piedra angular del mundo antiguo occidental y para entender todo el tejido social, político y religioso de la época antigua hay que empezar precisamente en Delfos.

Cuando uno pisa Delfos le impresiona el imponente y erizado monte Parnaso (2459 m.) y la cadena montañosa que hay alrededor. En el Parnaso vivía Apolo, las Musas y los genios de la naturaleza. Justo a los pies de la cumbre había una cueva, con estalacticas y estalagmitas, algo hermoso, único. En definitiva, Delfos ya desde la antigüedad recreaba un ambiente evocador que se prestaba a la religiosidad,  al culto.

Debajo de las montañas se extienden pequeñas llanuras que te recuerda a una alfombra verde que va cubriendo toda la tierra y, justo al fondo, se ve el Golfo de Itea que se abre al Golfo de Corintio. La zona de Delfos está situada a una altura aproximada de 700 metros y está marcada por las Rocas Fedríadas que reflejan los rayos del sol (conocidas como las Resplandecientes). Entre las Rocas corren las finas aguas cristalinas de la fuente Castalia. El nombre de la fuente se toma de la hija del dios-río Aqueloo (una ninfa del Parnaso) que, para huir de la persecución de Apolo, se arrojó a la fuente que desde entonces tomó ese nombre.

Por lo tanto, agua y piedra son los elementos indispensables para que el lugar tomara un valor diferente de otros santuarios, pues el agua era el elemento purificador de la Pitia, antes de tomar contacto con los consultantes y las piedras se tomaban como una adoración, un objeto sagrado, como es el ejemplo del Ónfalos, la piedra sagrada.

Para levantar el lugar sagrado, Apolo tuvo que matar a la Pitón, una enorme serpiente, hija de Gea, que quedó en la tierra después del gran diluvio de Pirra y Deucalión. La pitón custodiaba la fuente profética Casótide, lugar cercano al Templo de Apolo, y vivía dentro de una gruta a los pies del Parnaso.

Apolo, tras matar a la Pitón (de aquí deriva el epíteto Apolo Pítio), tuvo que ir hasta el valle del Tempe y de ahí trajo el laurel con el cual construyó su templo. Apolo recitaba los oráculos en el santuario de Gea por boca de la Sibila, que estaba sentada atada a la “boca” de una “abertura de la tierra” de la cual exhalaba el “espíritu”. La primera Sibila del oráculo de Delfos (bajo el mandato de Apolo) se llamaba Erófila. El mundo de las Sibilas es fascinante y a la vez enigmático. Se cuenta que en una época remota indeterminada había una mujer que se llamaba Sibila y que tenía el don de la profetización y de poseer unas dotes innatas en la clarividencia. Su fama fue tan popular que a partir de entonces las mujeres venideras que hacían premoniciones se les conocía como mujeres sibilas. (Ir al enlace: el don de la profecía)

Como dato curioso, los sacerdotes de Apolo exigían, como requisitos, la virginidad a las pitias de Delfos, pues las consideraban como novias de Apolo; pero, según reza el mito, una de ellas se escapó con un devoto y por eso se decidió que en adelante tuvieran por lo menos cincuenta años para ser admitidas.

También, y siguiendo otras fuentes, hay que nombrar que los primeros sacerdotes de Apolo procedían de Cnosos, en la isla de Creta y que fueron guiado por Apolo convertido en delfín. De ahí que también se le conozca como Apolo délfico.

El modo de adivinación que se ofrecía en Delfos era, como hemos mencionado en líneas anteriores, el mismo dios, Apolo, que hablaba directamente por la boca de la Pitia. En los comienzos, el oráculo daba consejos una vez al año (S. VIII a. C.), coincidiendo con la celebración del aniversario de Apolo, el séptimo día del mes de Bisio (Febrero-Marzo). Pero la fama del oráculo iba aumentando progresivamente y a partir del siglo VI a.C. en adelante el oráculo tuvo que ampliar las consultas al séptimo día de todos los meses, excepto los invernales.

En el invierno Apolo partía hacia el país de los Hiperbóreos y dejaba el santuario bajo la tutela de Dioniso. Así pues, el sereno dios de la luz prestaba, de manera temporal, el santuario al dios del vino y la fiesta, que tenía su templo junto al de Apolo.

Para mí, Delfos es como un pequeño Thesaurus donde se puede hallar la serenidad y la sabiduría del ser. No nos extrañe que en el templo se hallara la famosa frase: “Conócete a ti mismo”, ya que sólo quien puede entrar dentro de sí mismo puede comprender el mensaje.

Los Juegos Píticos

Para conmemorar la victoria de Apolo sobre la Pitón se fundaron los Juegos Píticos.

En su origen, los juegos tenían lugar cada ocho años. Eran certámenes musicales con himnos poéticos a Apolo con acompañamiento de la lira. El premio era una corona de laurel. Os recomiendo la lectura del mito de Apolo y Dafne para vigorizar aún más el símbolo del laurel, además de lo mencionado en párrafos anteriores sobre el laurel.

Los vencedores de los Juegos Píticos ganaban el privilegio de colocar sus estatuas en el recinto sagrado.

Como era habitual en los Juegos había una tregua entre todos los griegos, que duraba tres meses, para que pudieran desplazarse los peregrinos desde sus remotas tierras a Delfos y de nuevo volver a sus lugares de orígenes. Como es lógico, cada Polis enviaba representantes que se llamaban “theoroi”. Las fiestas tenían una duración de una semana, aproximadamente. Se representaba una reconstrucción escénica del mito de la muerte de la serpiente por Apolo y se realizaba una solemne procesión, en la que el séquito principal lo formaban los sacerdotes con todas sus vestimentas ceremoniales, los representantes de las ciudades, los participantes en los juegos, etc. Todos aportando algún obsequio para el dios. Delante del templo se celebraba el famoso sacrificio de los cien toros (hecatombe) que tenía lugar en el gran altar. La festividad estaba dedicada a los certámenes teatrales donde se competían recitando himnos a Apolo con flauta o con lira, que en algunos de los casos se podían representar una tragedia o una comedia. Lógicamente, en los Juegos Píticos tenían competiciones deportivas en el estadio, pero no con la misma categoría que los de Olimpia. Dentro de las competiciones deportivas destacaban el péntantlon que comprendía la carrera de velocidad, lucha, salto, disco y jabalina. Destacaban también y era digno de ver, los combates de lucha y boxeo y una prueba de pancracio, que era una modalidad que unía lucha y boxeo. Y, por último, se celebraban las famosas carreras de caballos. Las Píticas destacaban de entre los juegos panhelénicos por sus certámenes con himnos religiosos con lira y flauta. La música, con un sentido sacro y mucho más amplio del que le damos hoy día, era uno de las aficiones de Apolo.

Para ampliar más información:

Enlaces de interés:

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Sátiros y Ménades

Los Sátiros y los Ménades eran seguidores de Dioniso. Los sátiros tenían una parte de hombres y otra parte de jabalíes (con pezuñas y orejas puntiagudas) y tenían cola de caballo. Eran criaturas horribles, retorcidas y amantes del vino, a las que solía representar en continua excitación sexual, acosando a Ninfas y Ménades. Su lujuria era extrema, y una de las funciones de la representación de los Sátiros era la de definir los límites de la conducta masculina. A diferencia de los Sátiros, según el mito, el hombre griego debería mostrar sentimientos moderados en su búsqueda de placer, tal como decía la máxima griega “Nada en exceso”. Nada en exceso invita a los hombres a encontrar su justa medida en el orden cósmico para protegerse de la hybrisese arquetipo de la falta de sabiduría, esa vanidad o esa desmesura que desafía a los dioses y, a través de ellos, al orden cósmico, pues todo es uno.

Sátiro portando una columna. (Wikipedia)

Según Vernant ( Mito y pensamiento en la Grecia antigua) afirma que la religión de Dionisio aporta a los fieles  una experiencia religiosa contraria del culto oficial: no ya la sacralización de un orden al cual es preciso integrarse, sino la emancipación de este orden, la liberación de las sujeciones que supone en algunos aspectos. El culto cívico se sujeta a un ideal de armonía y  de control, de dominio de sí, ocupando cada ser su puesto dentro de los límites que le son asignados. Lo dionisiaco aparece por el contrario como un culto del delirio y de la locura

El arte solía retratar con frecuencia a los Sátiros y también eran objeto de obras satíricas en Atenas, comedias desenfrenadas que en los festivales teatrales se representaban normalmente tras una trilogía trágica.

Algunas tradiciones consideran a Sileno padre de la tribu de los sátiros. Los tres mayores de estos, llamados Marón, Leneo y Astreo, eran iguales a su padre, y por ellos fueron también conocidos como silenos.

Sátiro y ménade en una vasija en torno al 500 a. C (Wikipedia)

Por otra parte, las Ménades (significa posesión de un dios) eran mujeres inducidas al frenesí religioso por Dioniso, tal como ejemplifica Eurípides en su obra “Las Bacantes”. Las Ménades abandonaban sus hogares y deambulaban frenética por el campo. Cada una de ellas llevaba una vara especial, el tirso. Se habían liberado tanto de las convenciones humanas que desgarraban animales vivos y comían su carne cruda con las manos. Las Ménades, por lo tanto, transgredían el orden masculino a través de la violación a las normas asignadas a las mujeres viéndose incitadas a saltarse las normas cívicas y sus deberes, con el fin de sumergirse en la locura del éxtasis dionisiaco. No era de extrañar que esta corriente asustaba al hombre griego que preferían tener a sus mujeres orando a los dioses y realizando las labores propias de su sexo.

Obras de referencias:

Diccionario de Mitología Clásica 2. Alianza Editorial.

Enciclopedia de Mitología Universal.

Vernant, J. P., Mito y pensamiento en la Grecia antigua. Editorial Ariel.

 

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La mujer griega en la religión

A las mujeres de la Grecia clásica se les negaba toda función política y jurídica, pues se daba por sentado que estas funciones la asumían los varones. Su papel estaba focalizado en el terreno doméstico, dentro de la casa. Sin embargo, en el terreno de lo religioso desempeñaron importantes cometidos que eran percibidos como decisivos a los ojos del conjunto de la comunidad.

Algunos ejemplos son:

  • Las jóvenes solteras servían como portadoras de cestas en las procesiones de las festividades. Por ejemplo, la procesión de las Panateneas.
  • Las mujeres adultas actuaban como sacerdotisas ante el altar de una divinidad y presidían el sacrificio de animales a los dioses. Por ejemplo, Cidipe, sacerdotisa de Hera.
  • Las mujeres casadas llevaban a cabo rituales secretos en los que no podían participar los hombres, ceremonias importantes para obtener la bendición de los dioses sobre los campos y las cosechas. Se creía que las mujeres tenían una relación íntima y especial con la fertilidad de la tierra, que en definitiva estaba representada por la diosa Gea.
  • Las mujeres también se involucraron en la adoración de divinidades “nuevas” como Adonis, que en el periodo clásico no formaban parte de la estructura formal de la ciudad. Era un rito privado fuera del calendario religioso oficial. Adonis es una divinidad oriental que nunca fue del todo aceptaba en el panteón griego. Cuenta el mito que Afrodita, la diosa del amor, se enamoró perdidamente del joven y hermoso Adonis, pero este pereció a manos de un jabalí mientras cazaba. En los últimos momentos de su vida, Afrodita lo tendió en un lecho hecho con lechugas.
  • Las mujeres de Dioniso. En Atenas, lejos de la presencia de los hombres, algunas mujeres se congregaban en un recinto cerrado y bailaban descalzas con desenfreno ante una efigie del dios Dioniso, con el pelo suelto. El hecho de ir descalzas o desmelenadas indican que han renunciado a su condición normal, sosegada, para adorar al dios en un estado de entusiasmo, que simboliza “tener el dios dentro de sí”
  • Profecías y profetisas: uno de los oficios femeninos más conocidos de la antigua Grecia era el de la pitia, la profetisa-sacerdotisa de Apolo en Delfos. Ostentaba la posición más prominente que podía ocupar una mujer en un cargo de tipo religioso en la Grecia clásica.
  • La religión en el ámbito doméstico: una de las tareas particulares de las mujeres consistía en hacer pastelillos para los sacrificios rituales. También, se encargaban de las estatuas, que eran cuidadosamente lavadas por mujeres (las únicas que podían ver a la diosa “desnuda” sin vestido de culto) y se les daba un nuevo atuendo para llevar. Un ejemplo claro sería la “ceremonia de aseo” en ella, las mujeres tejían  cada año un nuevo vestido para Atenea (Jenofonte, Helénicas, 1.4.12).
  • Sacrificios: las mujeres jóvenes estaban presentes en los sacrificios, incluso antes del matrimonio, pero además también lo estaban las sacerdotisas, que conducían el propio acto. Cuando el hacha golpeaba a la víctima, las mujeres entonaban un llanto ritual para llamar la atención de los dioses sobre aquello que se les ofrendaba. La presencia de mujeres eran tan importante en los rituales públicos que estas debían asistir tan pronto como fuera posible después de haber dado a luz o incluso inmediatamente después de haberse librado de la contaminación que suponía la participación en un funeral.
  • Ofrendas a los dioses: muchas veces las mujeres expresaban su piedad a través de regalos que ofrecían a los dioses. La más antigua de las dedicaciones conocidas entre las realizadas por mujeres es la de Nicandra de Naxos, quien en torno al 650 a.C. ofreció una estatua de Artemisa de gran tamaño en el templo de esta diosa en la isla de Delos, y en ella inscribió su propio nombre.
  • Rituales funerarios: las mujeres eran quienes preparaban el cuerpo del difunto, lo lavaban, lo vestían y lo dejaban listo para llevarlo hasta la carreta que lo conduciría hasta el cementerio. Es común ver a las mujeres golpeándose la cabeza, tirándose del pelo o arañándose las mejillas hasta sangrar. Los varones se lamentaban en silencio, sin mostrar emociones, de pie en torno al cadáver, levantando las manos en un silencioso gesto de respeto. Son famosas las plañideras: mujeres enérgicas con un exceso de luto. De hecho, en Atenas y Delfos decretaron leyes para prevenir estos hábitos excesivos en el luto femenino limitando los lamentos o prohibiendo lacerar sus mejillas.

Enlaces sobre la misma temática:

  1. Sacerdotisa griega
  2. Sibila, el don de la profecía
  3. Religión griega
  4. La iniciaciación en el culto
  5. Los Misterios
  6. El sacerdocio en la antigua Grecia
  7. Rituales funerarios
  8. La importancia de los rituales
  9. El rito griego
  10. El culto a los difuntos

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