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Viaje a Grecia: Delfos, más allá del mito (Parte II)

Kylix con la representación de Apolo realizando una libación. (Museo de Delfos)

APOLO

Como breve reseña mitológica, Apolo es el hijo de Zeus y de Leto (hija de los titanes Ceo y Febe). Su hermana melliza es Artemisa. Apolo nació sietemesino, pero gracias a Temis que le alimentó con néctar y ambrosía su crecimiento fue rápido. Apolo, a los pocos días de nacer en la isla de Delos (la antigua Ortigia), pidió un arco y flechas, que Hefesto le facilitó inmediatamente. Delos significa “brillante”, (por Apolo, dios de la luz), en otras fuentes la relacionan con “manifiesta, evidente”. Pitón, hijo de Gea, persiguió a Leto para matarla, pero no lo consiguió. Después, Apolo, sin titubeo, fue tras la serpiente Pitón a la que hirió con sus flechas en el Monte Parnaso. Pitón huyó al Oráculo de la Madre Tierra en Delfos (ciudad llamada así en honor del monstruo Delfine, su compañero), pero Apolo continuó su caza hasta que le dio muerte en el interior del santuario.

Gea presentó el ultraje a Zeus, quien no solamente ordenó que Apolo fuese al valle del Tempe para purificarse, sino que además instituyera los Juegos Píticos en honor de Pitón, los cuales debía presidir como penitencia y restaurar el daño causado.

Según otra versión paralela, Apolo visitó Creta y a la vuelta (convertido en delfín) se trajo los primeros sacerdotes y se apoderó del Oráculo de Delfos y retuvo a su servicio a la Pitonisa. Por esta razón, los cretenses legaron su música sagrada, su ritual, sus danzas y su calendario a los helenos, así como el labrys, o hacha doble, que dio nombre a la primera corporación sacerdotal de Delfos, los Labriadas.

Para ampliar más información relevante os remito al siguiente enlace: Apolo

APOLO HIPERBÓREO

La historia de Apolo nos puede resultar a veces confusa, según las fuentes, porque también a Apolo se le conoce como un dios de los Hiperbóreos, es decir, “hombre de más allá del Viento Norte”. Delos (vinculado directamente con Apolo), precisamente, fue también otro centro de culto hiperbóreo.

El origen de los hiperbóreos se sitúa en las regiones septentrionales del noroeste de Europa. La propia etimología de la palabra “hiperbóreos” indica que viven más allá del viento Bóreas, es decir, en algún lugar lejano y desconocido localizado en el norte. Los hiperbóreos estaban organizado bajo una ley divina donde no había guerra y todo el entorno era de paz, de armonía, de justicia y de sabiduría con un vínculo directo con los dioses. En síntesis, una Edad de Oro similar a la que menciona el poeta griego Hesíodo en su obra la Teogonía. Por lo tanto, los hiperbóreos son una raza sagrada, libre de enfermedades y vejez, que no conocían ni el trabajo ni la guerra y pasaban sus vidas danzando, tocando la lira, la flauta. Como bien atestigua las fuentes de la Tradición, el país de los hiperbóreos es la patria original de los pueblos arios e indoeuropeos, foco principal de la Tradición Primordial. La civilización nórdico-polar fue su epicentro espiritual.

Según el mito, Zeus dictó que Apolo residiera en Delfos y trajera las leyes a los helenos, pero el joven dios se marchó volando sobre un carro tirado por cisnes desde Delos hasta el país de los hiperbóreos, donde permaneció un año entero. Sin embargo, como los habitantes de Delfos no dejaron de invocarle con cánticos y danzas, el dios marchó hasta Delfos.

Desde entonces, pasaba los tres meses de invierno entre los hiperbóreos y regresaba con la primavera a Delfos. Durante su ausencia Dioniso reinaba en Delfos como señor del oráculo.

Si Apolo se convirtió en el dios que aleja el mal y purificador por excelencia fue porque él mismo tuvo que purificarse después de haber dado muerte a la serpiente Pitón. Según el mito, Apolo tenía que limpiar su propia mancha, o dicho al estilo griego antiguo tenía que evitar que se produjera el “miasma”, una desgracia que corrompía una sociedad entera. Para ampliar más información sobre el término  ir a: miasma y o catarsis.

Por lo tanto, Apolo contribuyó a humanizar las costumbres arcaicas en relación con el homicidio, de ahí las dos máximas inscritas en su templo: “Conócete a ti mismo” y “Nada en exceso”.

Por otra parte, si seguimos las fuentes del mundo Tradicional a través de Eduard Alcántara, el autor indica que Apolo hiperbóreo: simboliza a la perfección, con su actitud mayestática, la inmutabilidad y estabilidad del Principio Supremo; un Principio Supremo que equivale al No-Ser de determinada metafísica o al Motor Inmóvil del que hablaba Aristóteles. (Es lo Insondable e Inindefinible y a partir de lo cual se manifiesta, por emanación, el Universo. Es la Trascendencia pura.) El Apolo hiperbóreo sí que es, por ello, la genuina representación de un tipo de Espiritualidad Solar en sentido puro; tomando, pues, al Sol en el sentido del astro Iluminador (la estrella) que permanece fijo e inmutable y alrededor del cual giran los móviles planetas. ( Ir al enlace de Eduard Alcántara)

Efectivamente, hay datos que confirman que existe una identificación entre Apolo-Helios desde, al menos, la época arcaica (Esquilo, Suplicantes, 212-214). Sin embargo, hay que matizar un aspecto para evitar confusiones. Todas las cualidades positivas son representadas por las divinidades solares, como por ejemplo Ra (símbolo de la luz solar) en la civilización egipcia o Helio y Apolo, entre los griegos. Pero la diferencia es evidente entre Helio y Apolo. Por un lado, Helio simboliza al sol que nos nutre cada día, el que preside las estaciones, la fecundidad y la productividad de la tierra; y, por otro lado, Apolo es el símbolo de la productividad del alma, es decir, los frutos terrestres se convierten en este caso en los “frutos” del alma, de los deseos y de su espiritualización-sublimación. En suma, Apolo representa la armonía del alma, la obra interiorizada; Helio representa el astro solar que fecunda, la obra exteriorizada, es decir, representa una cualidad del espíritu.

Volviendo al hilo del mito, Pitón fue enviado contra Leto por Hera para mortificar a Zeus (leer: Himno homérico a Apolo), y Apolo, después de matar a Pitón y, lo más probable a su compañero Delfine, se apodera del templo oracular de la Madre Tierra, pues Hera era la Madre Tierra o Delfine en su aspecto profético.  Para ganarse a la opinión local de Delfos se instituyeron juegos fúnebres regulares en honor a Pitón y mantuvieron en su puesto a su sacerdotisa. La interpretación sobre la religiosidad en esta época remota del significado de la muerte de Pitón y la relación del hombre-iniciado con la Madre Tierra lo aclara Eduard Alcántara en su blog: “ representa un certero símbolo para clasificar a ese tipo de religiosidades cuyos fundamentos están sometidos a las leyes del devenir, de la caducidad y de la mutabilidad, un certero símbolo para clasificar a esas religiosidades de corte telúrico-matriarcal en las que la Madre Tierra se convierte en la divinidad central, pues los productos que en ella toman vida (las plantas) nacen, crecen, se reproducen y mueren (así como los animales y las personas que de dichos productos dependen); son perecederos. Quien rinde culto a la Madre Tierra como eje principal de sus creencias no concibe más realidad que aquélla del devenir y no podrá, por tanto, aspirar a acceder al Despertar -del que hablaba el Buda- consistente en Identificarse ontológicamente (debido a la transustanciación conseguida por el ya Hombre Superior) con el Principio Supremo que es imperecedero, eterno e inmutable, a diferencia de lo que sucede con el cosmos o mundo manifestado que es caduco, mutable y perecedero”.

Así, se entiende que Gea, la Madre Tierra, representa el mundo del devenir, el arraigo al mundo exterior y la fecundidad, y de tales cualidades nace la serpiente Pitón que busca el beneficio del mundo, la obra exteriorizada; sin embargo, Apolo es la manifestación  suprema del espíritu y del alma,  por eso mata a la serpiente Pitón y cierra un ciclo antiguo y primitivo dominado por una religiosidad telúrico-matriarcal para dar comienzo un ciclo de crecimiento del alma con otras directrices marcadas por el propio Apolo: armonía, serenidad, “nada en exceso” y “conócete a ti mismo”.

 

 

Dioniso (Parte del frontón del templo) Museo de Delfos

DIONISO

Según el mito órfico, Dioniso Zagreo es hijo de Zeus y Perséfone, antes de que esta se convirtiera en reina del Hades. El pequeño creció en Creta, protegido por los mismos guardianes que habían guardado a Zeus de los ojos de Cronos. Pero los Titanes, enemistados con Zeus, esperaron a que los guardianes descansaran para atraer al pequeño con juguetes dorados. Cuando los Titanes se abalanzaron sobre él, el pequeño intentó defenderse tomando la forma de diversos dioses y animales, pero terminaron por despedazarle y devorar su carne cruda. Atenea interrumpió el espantoso banquete justo a tiempo para rescatar el corazón del pequeño, lo encerró en una figura de yeso en la que insufló vida y así Dioniso renació de nuevo y se hizo inmortal. Zeus, preso por la ira, mató a los Titanes con sus rayos. Según el mito de las cenizas nació la especie humana, que es una mezcla de la parte terrena de los Titanes y la parte divina de Dioniso, según la versión órfica.

La forma de  los diversos animales que Dionisio manifestó fueron la de León, Toro y Serpiente, y éstos fueron los emblemas del año tripartito en el calendario. Nacía en invierno como serpiente (de aquí su corona de serpientes), se convertía en león en la primavera y lo mataban y devoraban como toro, cabra o ciervo en el solsticio estival, y a su vez se celebraba su festividad con fervor y júbilo mostrando la tumba de su resurrección anual en Delfos, tal como menciona Plutarco en su tratado (“Sobre Isis y Osiris” 35).

Dionisio tenía rango de divino, así se refleja en unas tablillas micénicas del siglo XIII a. C.  encontradas en Pilos. Es un dios vital de la naturaleza que se manifiesta en múltiples formas, dentro de su ámbito del reino de la naturaleza que le es propio. Por ello es garantía de la nueva vida y renovación porque representa el movimiento cíclico de la naturaleza, la primavera, la vid, la cosecha, el vino, el sacrificio, etc. Por lo tanto, es una vida en continua renovación, con un hálito indestructible fiel reflejo de la naturaleza y de la interacción del hombre con la propia naturaleza.

La lectura que podemos realizar en cuanto a la enseñanza de Dioniso es que el hombre siente la necesidad de comprender la vida humana y ajustarla en esos ciclos de la naturaleza y entender la figura de un dios de salvación, una figura que garantice a los hombres que sus vidas no están limitadas a los márgenes del nacimiento y la muerte, sino que se integrarán en esa dinámica creadora y destructora de la vida cíclica.

Otras versiones del mito de Dioniso lo relacionan como hijo de Zeus y de Deméter, o bien de Io. Sin embargo, la leyenda más popular lo hace hijo de Sémele y Zeus. Os emplazo al siguiente enlace para ampliar el mito: Dioniso.

Por otra parte, siguiendo el hilo del historiador Jacob Burckhardt (Historia de la cultura griega. Vol. I) los griegos tomaron de los tracios el culto de Dioniso y de ahí la complejidad de descomponer el origen de Dioniso, pues era procedente de Tracia, un culto extranjero. La complejidad de Dioniso se debe a que se parte de la idea de una época remotísima en que la religión de los griegos (aún por definir) era todavía un crisol de anhelos e ideas propias tomadas de la fe de algunos pueblos y de otras culturas.

Durante el periodo arcaico de Homero (S. VIII a.C.) empezaría el frenesí dionisíaco por parte de los fieles de Dioniso. No obstante, en la epopeya de Homero, tanto en la Ilíada como la Odisea (S. XIII), hay que ser muy cautos, pues el papel de Dioniso aparece unas cuantas veces, de manera fugaz y como segundo plano del escenario. Cabe destacar, por ejemplo, que en los dos poemas homéricos nunca interviene en la vida y en los destinos del hombre, ni es el quien ofrenda y escancia el vino. Por lo tanto, si no tiene un papel destacado en el mundo homérico nos da a entender que el dios tracio todavía no había alcanzado el pico más alto en la vida y en la fe de los griegos durante el conflicto de Troya, pero no se descarta que haya tenido una significación importante que fuera más allá de unos cuantos cultos locales, como puede ser en el caso de Pilos, en la época micénica (S.XVII-XII a.C.), donde se recoge un registro del dios en una tablilla con su nombre y su culto.

El espíritu griego, al ser poco propenso a abrirse a nuevos dioses, nos hace indicar que Dioniso tuvo que darse a conocer de un modo gradual, paulatino y abriéndose paso como un dios exótico. Aunque hay otras versiones que defienden que, si el dios se presenta como extranjero y lejano, no es porque sea de procedencia exótica, sino porque tenía una tendencia a lo extraño.

Lo que no cabe la menor duda es que, finalmente, el frenesí dionisíaco, el éxtasis de las fiestas orgiásticas causaron furor en la zona de Grecia central y en el Peloponeso siendo presa de su encanto la totalidad de las mujeres y que, a su vez, los griegos sentían, como no podía ser de otro modo, un rechazo contra estos agitados y turbulentos ritos procedentes de los tracios, una aversión nacida de un instinto muy hondo, contrarias a la mesura y el equilibrio del espíritu griego.

Por eso se explica que el Dioniso que pasó a engrosar parte del Olimpo griego junto a los grandes dioses,  no era el antiguo dios tracio, sino una versión suavizada, con un perfil más helenizado y humanizado. Bajo esta nueva corriente, los griegos celebraban su fiesta anual, en la que el dios era adorado como el dios del vino, como el protector de la germinación de la vid y de los campos, como divina encarnación de la plenitud de vida de la naturaleza en todo su esplendor.  Asimismo, Dioniso también tomó relevancia en la tragedia griega y la poesía.  Según Jacob Burckhardt, la cúspide de la poesía griega, el drama, nace en realidad de los coros que animan las fiestas dionisíacas, como es el caso de Atenas, con sus alegres y pomponosas fiestas con gran entusiasmo, lejos de ser aquellas fiestas tracias con que periódicamente se conmemoraba la “epifanía” de Dionisos, su aparición en el mundo de los vivos, su salida del reino de las sombras en medio de las treguas nocturnas. Por eso, la naturaleza originaria de Dionisos, señor de los espíritus y las almas (y no la del dios del vino) tuvo también su continuidad en Delfos y en Atenas. El éxtasis, el desenfreno, el sombrío salvajismo del arcaico culto dionisíaco no desaparecieron del todo, pues en las fiestas trieterias, en las Agrionias y las Nictelias, se conservaban rasgos originales de la antigua barbarie, en medio de toda la finura de la civilización griega.

Los rituales más representativos ofrendados al dios tracio antiguo eran los sacrificios bajo un estado de delirio, comer carne cruda, la furia y la expresión desorbitada con que desgarraban con los manos a los animales destinados al sacrificio.

No eran cultos precisamente privados o que estuvieran ocultos en la sociedad griega. Sin ir más lejos, “Las Bacantes” de Eurípides refleja lo que se detalla en líneas anteriores.  Eurípides presentaba en cada una de las figuras del drama la divina locura a la que están sometidas, el poder de sojuzgamiento de sus almas que vibraban en las orgías dionisíacas y que nos permite imaginar lo que eran aquellos trances del alma.

La finalidad de estas fanáticas fiestas era la “purificación” del alma extáticamente excitadas. Quienes participaban dentro de este círculo mágico, consagraban sus almas, corriendo y danzando furiosamente por las montañas para formar parte de las bendiciones del dios. El mensaje de Dioniso era el de un gran alivio espiritual para el iniciado. En mi opinión, el iniciado debía aceptar el nuevo conocimiento, símbolo de la creación divina, luego interiorizarlo y, por último, soltarlo todo. En otras palabras, era el momento de la abertura a la eternidad, revelando todo lo que había dentro y exaltando que el cuerpo era un templo que contenía la divinidad. Este estallido cósmico representaría, quizá, las constelaciones existentes, el universo trazando el mapa de la humanidad o un instrumento de navegación para alcanzar el cenit espiritual. Las fiestas dionisiacas remiten a una danza de celebración alegre, danzarinas, que evolucionan por un decorado teatral, el monte Parnaso,  un entorno natural perfecto para la consagración de los iniciados. La finalidad última, tal como se detalla en líneas anteriores, era el nacimiento de algo que lleva tiempo incubándose dentro del iniciado y que revelaría la existencia de una potencia divina que necesita manifestarse hacia fuera. Las connotaciones fálicas que se daban en este ambiente eran el símbolo de toda creación y de todas las cuestiones relacionadas con la eyaculación y a la fertilidad.

En suma, el Monte Parnaso era el propio altar sacralizado manifestando que el mundo es divino, que la carne es una celebración viva y la vida una construcción incesante donde el iniciado formaba parte de ella. A través de Dioniso se conocía la alegría a través de un estallido. Dioniso era la vida misma, la transformación y la reconstrucción, la llama perenne de la materia y el espíritu. El dios era sinónimo de alegría cósmica y a su vez de la maravillosa catástrofe, la fuerza innominable, el amor cósmico que sostenía la materia, el huracán que atravesaba todo nuestro ser, etc. Los seguidores dionisiacos conocían el fuego del centro de la tierra, la luz del centro del universo, se alineaban con el eje universal, vibrante, para convertirse en un canal para la manifestación del dios. El iniciado, supongo, estallaría de alegría a sentir la unión: lo alto era lo bajo, lo bajo era lo alto, sería su experiencia propia y sublime cuando llegara al clímax de la exaltación dionisiaca. El iniciado experimentaría que todo lo que había estado encerrado en la materia, en su cuerpo (mental, físico, emocional y espiritual) rompería (como si se tratara de una eyaculación) hacía fuera y sentiría una danza cósmica dentro de sí y un reencuentro con su energía original. Ese sería su apoteosis final.

Apolo y Dioniso no tienen más remedio que compartir una alianza que se fraguó en Delfos, concretamente en el monte Parnaso, en la conocida gruta de Coricia. Ahí se celebraba el solsticio de invierno (un año sí y otro no) la fiesta nocturna de Dioniso, en las cercanías de los altares de Apolo, que era el dios que dominaba sobre Delfos.

Si en el propio templo de Apolo se celebraba una fiesta secreta a los sacerdotes apolíneos, las Tíadas (ménades, más tarde las sacerdotisas de Dionisos) danzaban frenéticamente en los montes. Las tíadas representaban a la luz de las antorchas acompañadas de una danza orgiástica,  el mito del Dionisos-niño desgarrado y devorado por los Titanes y la expulsión de éstos por Zeus, quien guarda los restos del niño que fue posible rescatar en el templo délfico de Apolo. Son las propias tíadas las que representan más tarde, mímicamente, la resurrección del dios.

En cuanto a las fiestas de Delfos se dividían, para satisfacer a ambos dioses. De esta manera hubo una reconciliación por parte de los sacerdotes del Apolo délfico y de los sacerdotes que representaban a Dioniso, como símbolo de universalidad religiosa. Y fue, precisamente el Oráculo de Delfos el que se encargó de introducir el rito de Dioniso en las comarcas colindantes y poco a poco contribuyó a su amplia difusión por toda la Hélade. Es cierto que el culto dionisíaco en Delfos fue disminuyendo hasta convertirse en un culto de versión moderada y suavizada, exentos de orgias y adaptado a la sensibilidad de la vida mesurada y serena de los atenienses. Dioniso, finalmente, se presenta como un dios liberador de las penas, del sufrimiento y de las tristezas de esta vida mundana. Sus cultos y festividades evocan la liberación de los sentimientos, la alegría sin control frente a las duras exigencias del orden establecido.  Cuando Hestia, diosa del hogar, decidió dejar el Olimpo y atender el fuego de las casas de las familias, Zeus eligió a Dioniso para ocupar su lugar como dios inmortal del vino, el jolgorio y las fiestas.

Apolo versus Dioniso, dos caras de una misma moneda. No se puede entender el uno sin el otro. Dos mundos que concebían la espiritualidad de dos formas distintas. Eduard Alcántara lo expresa así: Dionisos juega con lo sensual, con lo embriagador: con las danzas frenéticas, con el vino. Se le asocian rituales orgiásticos: es arquetípica, en atinada expresión evoliana, ‘luz del sur’. Es la agitación, la voluptuosidad, es el mundo de los sentidos, es símbolo del plano sensible y material de la realidad. Es, echando mano del hinduismo, prakriti. Por contra Apolo simboliza la espiritualidad pura, el dominio de uno mismo, el ser descondicionado e Iluminado por la Luz del Espíritu. Es el Primer Principio Eterno: es Purusha. Es Luz del Norte.

En otras palabras, lo dionisíaco como referente espiritual representa uno de los extremos en su oposición a la moderación apolínea. El triunfo de uno de estos principios niega al otro y a su vez supone la destrucción del contrario. La tensión entre lo dionisíaco y lo apolíneo (embriaguez y serenidad) vivificaría el arte griego durante muchos siglos.

Bibliografía:

  1. Ríos, E. J., La naturaleza del mito más allá de la mitología griega (vol. 1), [libro inédito<https://www.academia.edu/19982566/La_Naturaleza_del_Mito_mas_alla_de_la_Mitologia_Griega_Vol._III_&gt;,[consulta el 10-03-2020]
  2. García López J. . La religión griega, Madrid 1975
  3. Graves, R. Los Mitos griegos I. Alianza Editorial
  4. Burckhardt J. Historia de la cultura griega Volumen I. 
  5. Kaplan, M. El mundo griego. Universidad de Granada

Del Mundo Tradicional, me ha sido de gran utilidad para entender la perspectiva de Apolo y Dioniso el siguiente enlace:

Entre las obras literarias griegas os recomiendo:

  1. Las Bacantes-Eurípides
  2. Las Suplicantes- Esquilo

Entre los ensayos relacionados con la temática os recomiendo:

  1. El nacimiento de la tragedia(Friedrich Nietzsche)

 

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La religión griega en Homero y Hesíodo

La religión griega es un tema con el que estamos obligado a pensar no sólo en  la religión, sino también en la política, la antropología, la historia, la moral y la vida cotidiana. Para el griego, la religión era una experiencia más que un dogma, es decir, una forma de vida intrínseca que empieza justo cuando el individuo nace y termina cuando muere. Todo este proceso conlleva a que brote la conciencia individual y esa experiencia misma no se puede describir si no es a través del lenguaje ritual, el lenguaje mítico y el lenguaje conceptual, que son, a la vez, su expresión y su instrumento.

Hay que destacar que la religión griega no fue prescrita al pueblo por una fuerza exterior ni por una revelación sagrada, sino más bien nace de la fantasía del pueblo, originaria de sus supersticiones, miedos y temores. En otras palabras: la comunidad no tiene libros sagrados, ni dogmas ni tampoco levantan una iglesia con su jerarquía. La única finalidad es la de  encumbrar templos para rendir culto a una divinidad y a través del mito, transmitir el significado natural de los hechos que rodean al hombre.

Homero

Más adelante, Homero y Hesíodo modelan las fuerzas de la naturaleza de los demonios primitivos de manera antropomórfica, convirtiéndolos en dioses maravillosos, leyendas que unen a los hombres y a los dioses. Aunque hay un desprendimiento de los demonios primitivos, siguen siendo fuerzas naturales. Ambos autores fueron los transmisores de la religión griega, del canto épico, de los himnos, recabando las fantasías populares de los campesinos, así como la tradición religiosa de los distintos pueblos, los cultos a la naturaleza, etc. Fueron los rapsodas, poetas, primeros maestros de la lengua griega, los creadores del dialecto épico, sintetizando con ello la base de todas las leyendas, mitos y héroes.

El mundo homérico tiene una forma de ver la verdad que ha llegado a nosotros,  convirtiéndose en una tradición poética, en parte por reflejar su sociedad, no tan distante y lejana como podemos creer. En Homero, por ejemplo, se puede destacar las relaciones del hombre con la naturaleza, del hombre con el hombre, del hombre con dios, donde la ética, la moral y la psicología son las herramientas fundamentales del hombre para posicionarse ante la vida. Nuestro mundo, tal como se ve hoy día, está desequilibrado, desmoralizado, desestructurado y hay una carencia de valores humanos en cada rincón de la tierra. Así son los dioses homéricos, que se presentan en el mundo real tal como los vemos, con sus objetivos irracionales y sus intervenciones más bien erráticas. Homero y Hesíodo han llegado a nosotros porque nos muestran, en cierto modo, la verdad, una verdad con la que yo me identifico plenamente y que trato de ensalzar y a la vez de desmenuzar.

¿Qué se aprende con Homero y Hesíodo? Con Homero y Hesíodo se aprende un camino: el hombre tiene que ser fiel a sí mismo, sin más.

De la obra de Homero emana una sabiduría que llama poderosamente la atención: una crítica a una sociedad y una comprensión de esta. Homero  nos presenta la cruda realidad tal como es, no acorde con nuestros deseos y sueños que anhelamos diariamente. Por eso, nosotros, como lectores, como observadores de la vida, de la naturaleza, de nuestro entorno,  debemos usar la inteligencia (Nous) en su más alta esfera porque las exigencias de la vida son tal como nos las presentan Homero y Hesíodo. Por eso, hay que penetrar dentro de dicho pensamiento para discernir el papel que el hombre juega en esta vida.

Hesíodo

Homero y Hesíodo, entre otros, eran los sabios de la época arcaica, poetas que hacían de magos, de videntes, presentándonos mundos irreales e imposibles de entender a través de los sentidos, pero ellos consiguen con su gran maestría que nos lo creamos, porque ese mundo irreal, mítico, casi surrealista, que nos presentan es para nosotros una forma de ver la realidad y de reconciliarnos con ella.

¿Cuál es su llave maestra para hacernos creer en ese mundo? El mito. El mito es la expresión (vehículo) simbólica de algo que está más allá. Ambos poetas crearon la teogonía y cosmogonía, dando como producto final la visión de todo el pueblo, en moral y ética.

Por lo tanto se crea una teogonía y una cosmogonía fiel al pensamiento griego. No es de extrañarnos: cada pueblo indígena se encuentra el mismo ideario sobre la creación del hombre, su destino y la formación del universo. Esto se debe a que la naturaleza humana siente una necesidad profunda de encontrar una justificación de todas las cosas. De hecho, Rodas y Creta, por ejemplo, tenían también su propia teogonía; Eleusis y Samotracia eran fuentes de misticismo.

Dioses

La idea principal es que los dioses no existen desde siempre, no han creado el mundo, han surgido del seno oscuro de las fuerzas naturales; los elementos engendran al dios, por ejemplo, el Ponto crea a Nereo, los hombres no han sido creados por los dioses. Los dioses han nacido pero no mueren. Se alimentan de ambrosía, néctar y humo (el que sube de los altares cuando se realizan sacrificios). Por sus venas no corre sangre, sino un líquido especial: el ícor.

Los dioses son fuerzas no personas. El pensamiento religioso organiza y clasifica estas fuerzas; distingue varios tipos de poderes sobrenaturales con su propia dinámica, su modo de acción, sus dominios y sus límites. Cada divinidad tiene su nombre, sus atributos, sus aventuras. Además, son antropomórfico, es decir, a la divinidad se le atribuyen la apariencia y las cualidades del hombre, porque consideran que la figura más bella es la humana, Aunque los dioses sean invisibles para el hombre, éstos se manifiestas de manera indirecta: disfraces, sueños, fenómenos atmosférico (lluvia, trueno…), animales (cisne, toro…)

Los dioses simbolizan la eterna juventud, llevan una vida fácil, teóricamente son omniscientes, prevén el futuro pero no pueden desviarlo, dominan a los hombres y a la naturaleza, pero  la única fuerza que se les escapa es el destino. Por ejemplo, dirigen la guerra de Troya, Zeus conoce de antemano la caída de Troya, pero no puede evitar el destino de su hijo Sarpedón: su muerte. Cada dios elige un bando, pero ¡ojo!, del mismo modo que el hombre depende de los dioses, los dioses también dependen de los hombres. Deméter (disfrazada de anciana) le pide ayuda a los vecinos de Eleusis y éstos le dicen quién raptó a su hija Perséfone. Los hombres intervienen en los conflictos de los dioses, por ejemplo, con el asunto de la manzana de la discordia, en el que Paris decide quién es la más bella.

En definitiva, la religión griega hace algo más que amparar la vida cívica del ciudadano griego, cala cada uno de sus gestos desde que nace hasta que muere. Otra peculiar seña de identidad es que no conocen  la diferencia, que a nosotros nos resulta familiar, entre lo sagrado y lo profano, el ámbito religioso y el ámbito laico. Esas distinciones no tienen sentido para el ciudadano griego ya que la mayoría de sus actos humanos tienen una dimensión religiosa en la cual la comunidad vibra en una perfecta sintonía.

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Los Misterios en la antigua Grecia

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Misterios eleusinos

En la antigua Grecia nunca dejaron de lado los Misterios filosóficos y sobrenaturales que fueron la base de sus dogmas. De ellos entresacamos aspectos ocultos de una doctrina denominada esotérica para los eruditos, con unas enseñanzas de mayor profundidad y sentido para los que son capaces de penetrar en la esencia de las cosas. La gran religión de Grecia ofrecía un amplio abanico tanto para sus neófitos como para personas con un desarrollo superior. En otras palabras, había dos marcos de actuación bien definidos: uno público o exotérico, comprensible para todos; y uno secreto o esotérico, comprensible para los iniciados.

Hay que mencionar que en los antiguos Misterios había  pocas ceremonias inmorales u  obscenas. Es cierto que hay algunas clases de Misterios relacionados con el culto a Baco y las festividades populares, que en los últimos tiempos del paganismo degeneraron obscenamente, pero que no tenían nada que ver en absoluto con los Misterios de Eleusis. Por lo tanto, hay que destacar dos clases de misterios: los misterios mayores y los menores. La mayoría de las personas tenían conocimientos de la existencia de los misterios menores, ya que estaban al alcance del pueblo;  también se conocían, a menor escala, los misterios mayores que guardaban determinadas enseñanzas para algunos privilegiados, como por ejemplo los misterios que seguían sigilosamente los pitagóricos. (Para saber más sobre los pitagóricos, pincha en el siguiente enlace: pitagorismo).

Por esta razón, los Misterios de Eleusis tenían dos ceremonias: por un lado, los misterios menores se celebraban en el mes de marzo. Los sacerdotes purificaban a los suplicantes para la iniciación. Sacrificaban un cerdo a Deméter y entonces se purificaban a sí mismos; por otro lado, los misterios mayores tenían lugar en el mes de septiembre y duraban nueve días. El primer acto de los misterios mayores era el traslado de los objetos sagrados desde Eleusis hasta el Eleusinion, un templo en la base de la Acrópolis de Atenas.

Cualquiera de los atenienses o de los demás griegos que lo desea es iniciado. (Heródoto 8.65. 4)

No obstante, sea cual fuere la envergadura de los misterios (eleusinos, pitagóricos, órficos, etc.), la palabra misterios menciona la atracción de lo secreto y la promesa de aportar las respuestas existenciales de la vida. Éste era el elemento principal. Otro elemento muy común es el de que las religiones de los misterios procedían de la antigüedad tardía con una destacada influencia de Oriente, Egipto y Mesopotamia. Por ejemplo,  Dionisio fue destrozado y despedazado, igual que Osiris por los egipcios; también hay un paralelismo  entre Atenea, que salvó el corazón de Dionisio insuflándole de nuevo vida, e Isis, en Egipto, al recoger los miembros de Osiris que Seth, dios de la fuerza bruta de la naturaleza, había esparcido por la tierra, y los volvió a juntar.

Cabe recordar que los misterios de la antigüedad pagana, el culto de Eleusis, floreció sin interrupción desde el siglo VI a.C. hasta el siglo IV d. C. Cuando se menciona que Eleusis era espiritual, se refiere a  un cambio fundamental en la actitud religiosa, en búsqueda de una espiritualidad superior. Esta visión le daba al individuo la Vía de la salvación. La iniciación en Eleusis no suponía la adhesión a una religión en el sentido que nos es familiar, aunque puede haber ciertos perfiles comunes con el judaísmo, cristianismo y el islamismo.

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Deméter y Perséfone celebrando los misterios.

Los misterios de Eleusis estuvieron dedicados a Deméter y a su hija Perséfone, conocida también como Core (la Doncella). Estos misterios estaban organizados por la polis de Atenas. Tuvieron un gran prestigio literario lo que aseguró su fama y su continuidad. El famoso mito describe a Deméter buscando a Core, que había sido raptada por Hades, el dios del inframundo. Finalmente, Core regresa sólo por un periodo de tiempo limitado a Eleusis. En resumen, los atenienses celebraban el gran festival de Otoño, los Mysteria. La procesión recorría de Atenas a Eleusis y culminaba con una celebración nocturna en la sala de iniciaciones, el telesterion, albergando a miles de iniciados, donde el hierofante revelaba las respuestas sagradas. Había dos dones que Deméter concedía: el trigo como base de la vida civilizad, y los misterios que guardaban la promesa de las mejores esperanzas para una vida futura más feliz y próspera. El iniciado recibía el don de la eterna bienaventuranza en el más allá en su camino sagrado al otro mundo. Además,  se le otorgaba el sentido de ver en su interior la contemplación de la verdad. Para ampliar más información sobre los Misterios de Eleusis, os recomiendo este enlace: Eleusis.

En síntesis, los misterios son una forma de religión personal, llevado al plano más íntimo, donde se busca una dimensión espiritual más profunda que depende de una decisión privada con el fin de  aspirar a alguna forma de salvación.  También  existe otra forma de religión personal, muy elemental y extendida, que constituye otra vertiente para la práctica de los misterios: la “religión votiva”. Es decir,  la  que practican aquellas personas que están enfermas, en peligro o en cualquier tipo de necesidad y, a la inversa, aquellos que alcanzan cualquier clase de beneficio, realizando promesas a los dioses y normalmente las cumplen ofreciendo donaciones, promesas, más o menos valiosas.

Un ejemplo que sintetiza mis palabras es el miedo a la muerte. El miedo a la muerte es un hecho de la vida inevitable, un cordón común que nos une a todos los seres humano. Cuando uno ve la muerte de cerca, aparece el miedo y la preocupación por cosas que no se pensaban antes. No reflexionamos sobre los acontecimientos hasta que nos toca. Por eso, cuando se llega al último escalón de la vida terrenal, uno piensa que algún tipo de purificación u oración le ayudará. Una vez limpiado su interior, creen que continuarán en el Hades sin que las sombras o la oscuridad le acechen. De este modo, los misterios eran la llave maestra para una vida futura de promesas y de paz. La raíz intrínseca de los misterios podía dividirse en dos líneas: curaciones e inmunizaciones, por un lado; y supuesta beatitud después de la muerte, por otra.

Entre los pitagóricos, la metempsicosis se presenta como la principal novedad en conexión con una auténtica vida ascética; en el orfismo, el culto fue, en lo esencial, a Dionisos como dios del inframundo, del que se esperaba la purificación de las almas y su beatitud final. Los órficos practicaban una vida de asceta muy rigurosa, bien su adherencia fuera por una preocupación del más allá, bien por un sentimiendo de pecado interior que tenían que purificar, perpetrada por una idea de culpa, las opiniones sobre el mal y una vida pesimista. La iniciación órfica debió de ser un misterior privado, ya que no se practicaba en el templo y con ninguna ceremonia popular como la de Eleusis. Más adelante los órficos se fusionarían con los pitagóricos hasta que estas corrientes desembocaron en el neoplatonismo.

Orfeo, cuyo nombre significa “el que cura con la luz” fundó los Misterios de Dionisio y difundió su culto. Dionisio representa el Yo cósmico que fue destrozado y despedazado (Ver siguiente enlace: Titanes) por los Titanes o fuerzas de la naturaleza. Atenea, la sabiduría divina nacida del pensamiento de Zeus, salvó su corazón y le devolvió a la vida entregándoselo a Zeus. De los vapores del cuerpo destrozado de Dionisio que arde en la pira nace la humanidad, caída y sin corazón, que custodia Zeus, y que se puede pues alcanzar por medio de Atenea, la sabiduría: así nacen los genios y los héroes, según afirma Orfeo. Asimismo, Orfeo despertó el sentido de la divinidad con su lira de siete cuerdas, que simbolizan el saber vibrar en las siete notas fundamentales del universo, las cuales, en música, corresponden a las siete notas musicales, en el hombre a los siete chakras principales, mientras que en el sistema solar corresponden a los siete planetas sagrados tradicionales.

Por último, aprovecho para recordar que había dos divisiones muy definidas con respecto a los dioses: los dioses del Olimpo (Zeus, Hera, Apolo, Atenea, etc.) y la de las divinidades ctónicas o infernales (Deméter, Perséfone, Hécate, Hades, etc.). Cabe destacar que las divinidades ctónicas son las que atañen a  las profundidades interiores del alma y  que con sus Misterios te introducen en sus secretos (Misterios menores).

Y en las cuatro grandes divinidades se simbolizan los elementos principales: Zeus, el aire, que corresponde a los sentimientos humanos; en Poseidón el agua, que corresponde en el hombre a la sangre; en Hades la tierra, que corresponde a la conciencia del Yo, que está también escondida en la tierra y oculta en el hombre no despertado; Hefesto, el fuego, que corresponde con la purificación y el cambio en el interior en el hombre.

Nota: desde “La Pequeña Grecia” han otorgado el 2º Premio Concurso Literario 2016 a este post. Desde aquí agradezco muchísimo vuestro premio así por el especial cariño que sienten desde Venezuela hacia este blog.

Obras de referencias:
Cultos Mistéricos Antiguos (Paradigmas)
Religion Griega Arcaica Y Clasica (LECTURAS DE HISTORIA)
La Creación De Lo Sagrado (El Acantilado)
De Homero A Los Magos (El Acantilado)
Historia de las creencias y las ideas religiosas I: De la Edad de Piedra a los Misterios de Eleusis (Orientalia)

Enlaces de interés:

  1. La iniciación al culto
  2. Los Misterios de Eleusis

 

 

 

 

 

 

 

 

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La concepción de lo divino en la antigua Grecia

GodsEl naturalismo, el antropomorfismo y el politeísmo son tres componentes fundamentales de la religión de los griegos. La presencia de lo sagrado, que puede despertar en ellos sentimientos mezclados de miedo, estupor y respeto les afectaba hondamente, sobre todo en ciertos lugares privilegiados. Los griegos observaron la presencia de lo sagrado en los elementos naturales, como las piedras, en los manantiales, en los árboles y en los bosques, en las praderas, en las grutas, en los animales. Bajo este prisma, la naturaleza misma (physis), a la que pertenecen los seres humanos, está sacralizada y aparece como el receptáculo donde se funde, para brotar perpetuamente, las innumerables fuerzas e influencias experimentadas como sobrenaturales. De ahí que no nos extrañemos que Tales de Mileto pronunciara la célebre frase “todas las cosas están llenas de dioses” (Aristóteles, De anima A 5, 411 a 7).

Algunas de las innumerables fuerzas e influencias experimentadas como sobrenaturales quedan personificadas con los nombres de Fortuna, Destino, Justicia, Violencia, Paz, etc., y se manifiestan sobre todo en su acción sobre el curso de la vida humana. La mayor parte, sin embargo, están dotadas de una personalidad que la imaginación de los griegos encarnó en las figuras antropomorfas del panteón (Aristóteles, Política, 1, 1, 1252b, 24-29). En las obras de Homero, como podemos ver, los dioses y las diosas no están libres de las pruebas que sufre el hombre y pocos de ellos escapan a las discordias y a las pasiones cuyas pericias relata la mitología.

Además de la cualidad de la inmortalidad que gozan los dioses y las diosas, son también invisibles y evitan revelarse en todo su máximo esplendor, por lo que se manifiestan  más bien de un modo indirecto, mediante signos o bajo disfraces, en ocasiones bajo un fenómeno atmosférico, en el curso de su sueño, expresándose por boca de un mortal, etc. Por ejemplo, en el mito de Dánae, Zeus apareció cayendo como una lluvia fina y dorada y la dejó embarazada. De esta unión nació Perseo.

Las divinidades griegas, muy sincréticas, están ligadas a funciones que pueden acumular o distribuirse entre sí. Algunas (Gea, Zeus, Poseidón, Hades, Afrodita) rigen las grandes fuerzas telúricas; otras (Deméter, Dioniso, Artemis) rigen los ciclos biológicos; otras (Zeus, Atenea, Apolo, Ares, Hera, Hestia, Hefesto, Hermes), los principios y las instituciones que garantizan en el orden político y social la vida de las ciudades. Presiden también las disposiciones morales y determinan las tendencias del carácter. Penetran los secretos de las conciencias y conocen el futuro, que revelan en los presagios y los oráculos.

Los dioses griegos son inmortales. Han nacido, pero no mueren. Se alimentan de ambrosía, néctar y humo (el que sube de los altares de los hombres cuando hacen sacrificios). Por sus venas no corre sangre, sino un líquido especial: el icor. También se les llama bienaventurados. He aquí a Afrodita reconocida por Diomedes en el campo de batalla delante de Troya: Tideo se estiró, saltó con la aguda lanza y la hirió en el extremo de la mano delicada. Al punto la lanza taladró la piel, traspasando el inmortal vestido que las propias Gracias le habían elaborado, en lo alto de la muñeca. Fluía la inmortal sangre de la diosa, el ícor, que es lo que fluye por dentro de los felices dioses; pues no comen pan ni beben rutilante vino, y por eso no tienen sangre y se llaman inmortales. (Homero, Ilíada, V, 337 y ss.). Los dioses son fuerzas no personas.

La noción de divinidad individual no excluye la existencia de fuerzas colectivas, indivisibles, indisociables, como las Cárites, grupo de tres divinidades, a menudo invocadas bajo ese nombre plural, aunque también puede aparecer cada una bajo su nombre propio. Las Musas o la Ninfas también reciben localmente un culto colectivo.

El politeísmo fue algo dinámico donde los dioses olímpicos constituían sólo una de las categorías de seres sobrenaturales. La personalidad de las grandes divinidades proviene de sucesivas asimilaciones que se produjeron desde los orígenes, en detrimento de las deidades indígenas, siendo un movimiento sincrético que no se detuvo jamás y contribuyó al constante enriquecimiento de la religión griega. Pongamos el caso de la diosa Cibeles, cuando los jonios colonizaron Éfeso, por el Siglo X a.C., se encontraron que la diosa era la divinidad más venerada entre la población indígena, un culto que a su vez procedía en época prehistórica se brindaba a la diosa madre. Los griegos adoptaron en el plano religioso la siguiente postura: dado que Artemisa tenía atributos y semejanzas con Cibeles, como la fertilidad, los jonios introdujeron su culto con la intención de asimilar una deidad de la otra. Más tarde, como dato curioso, los cristianos decidieron asimilar la diosa Artemisa a la virgen María, tan casta y pura como la diosa Artemisa.

El politeísmo tuvo una dura crítica iniciada por el filósofo Jenófanes de Colofón en el siglo VI a.C. Según Aristóteles no especulaba sobre un principio material como hacían Tales, Anaxímenes o Heráclito “sino que, volviendo la mirada a los cielos, declaró que hay un Dios” (Aristóteles, Metafísica)

Entre los grupos de seres sobrenaturales, los griegos distinguieron los demonios (daimones) y los héroes. Pero ni los unos ni los otros pueden reducirse a una simple definición porque, según las épocas y los contextos en que aparecen, tienen diferentes significados. La palabra “daimon”, que puede ser sinónimo de “theos” (dios), designó la potencia sagrada, tal como intervenía en los asuntos humanos, para bien o para mal. El “daimon” podía encarnarse en un genio de la vegetación, como Pan, o en   seres terribles, como las Erinias, espíritus de la venganza. Pero no poseía, en general, una individualidad definida ni un nombre en particular. Este es el sentido que tiene la palabra daimon en Homero, donde también puede designar de manera vaga a la divinidad. Pero los démones constituyen a veces una clase de seres divinos intermediarios entre los dioses y los hombres, según relata Platón (Leyes, V, 738d; VII, 801e).

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Heracles y las Yeguas de Diomedes. Detalle del mosaico romano de Los doce trabajos de Liria (Valencia), en el M.A.N. (Madrid).

A diferencia de los “daimones”, que son superiores a la humanidad y escapan a la muerte, los héroes son seres semidivinos, como Heracles o Asclepios. A ambos se relacionan con el culto rendido a los muertos y supone, al menos para ciertos seres excepcionales, el acceso a otra vida más conforme con sus méritos que el simulacro de existencia reservada en el Hades al común de los mortales.

Por lo tanto, el héroe es un muerto, de nombre conocido o anónimo, cuya vida y muerte gloriosas están asociadas a una época pasada y sirvieron a la comunidad. Se reconoce al héroe por el culto que se le rinde, y que difiere del culto a los muertos ordinarios por la duración, la frecuencia de las manifestaciones de culto y su importancia, y, por último, por la comunidad a la que afecta. El centro del culto es la tumba o, a falta de tumba, el lugar supuesto donde reposan sus restos.

El culto rendido a los héroes no difiere siempre del que se rinde a los dioses: los rituales y las fiestas son a veces los mismos, y su esplendor depende del mayor o menor grado de renombre del héroe y de la importancia de la comunidad que los celebra. Las fiestas en honor de Teseo en Atenas, las Teseas, son totalmente comparables a las fiestas en honor de Atenea. Y se espera de los héroes lo que se espera de los dioses: su campo de intervención es vasto y diverso, pronuncian oráculos, curan, protegen, castigan. No son intermediarios entre el mundo de los dioses y el de los hombres, sino que son fuerzas divinas de pleno derecho y tienen a menudo un personal de culto propio, unos santuarios florecientes y, por supuesto, una mitología.

Obras de referencias:

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Religión en tiempos de cólera

Las portadas satíricas de Charlie Hebdo que desataron la polémica con el yihadismo, con más de una decena de fallecidos en un tiroteo en París;  la polémica versión sexual del “Padre Nuestro” en la ceremonia de entrega de los Premios Ciutat de Barcelona y el artista que formó la palabra “Pederastia” con ostias consagradas, han desatado una fuerte polémica para defender lo que es la denominada libertad de expresión. Las consecuencias que acarrean para la sociedad estos tipos de conductas son difíciles de evaluar porque cada uno vive su verdad de manera diferente.  Sin entrar en provocaciones y buscando un punto en común que nos permita entendernos  sin faltarnos al respeto, vamos a preguntarnos cómo serían estos actos si sucedieran en la vida de los atenienses de la antigua Grecia.

Partenón

Partenón, símbolo de Atenas

Para empezar,  la civilización griega no conocía ni “Iglesia” ni dogma alguno, y, en consecuencia, las conductas religiosas, la piedad o la impiedad, no tienen ese carácter definido que pueden tener en otras religiones. Por ejemplo, los términos herejía y persecución por razones religiosas son, en principio, imposibles en el sistema griego. Sin embargo, la sociedad griega condenó a determinados individuos por impiedad y a su vez, estableció en qué consistía el respeto a los dioses. Para los griegos, la impiedad es la falta de respeto a las creencias y los rituales. Por lo tanto, la comunidad cívica puede considerar la impiedad como un delito, llevar ante los tribunales a los convictos y condenarlos. Algunos ejemplos de comportamientos incívicos que podían acarrear una acusación de impiedad son:

  • Atentar contra la propiedad de los dioses, contra los rituales o las representaciones figuradas. Un ejemplo claro y sencillo sería cortar las ramas a un olivo consagrado a Atenea; otro ejemplo, profanar los misterios de Eleusis parodiándolos. En ambos casos se castigaba con la condena a muerte.
  • Introducir nuevos dioses o nuevos cultos se consideraba también un acto de impiedad (a menos que los hubieran aceptado oficialmente, como fue el caso de Atenas a final del siglo V en relación con Asclepio, Bendis, Amón y Adonis).
  • Vituperar a los dioses públicamente podía, igualmente, considerarse como impiedad. El ejemplo más célebre es el de Sócrates, acusado porque corrompía a la juventud, porque destruía la fe en los dioses de la ciudad y porque daba a conocer divinidades nuevas. Fue condenado a muerte por la ciudad de Atenas.
  • Profanar templos y robar objetos sagrados incluían pena de muerte.

En suma, los procesos de impiedad tienen, por tanto, causas muy distintas y parecen las reacciones violentas de una comunidad cívica que se siente amenazada en su unidad, siendo como era la religión, una parte indisociable de su identidad. Pero, aparte de estos casos, tanto más espectaculares cuanto más raros, la sociedad ateniense acogía en su seno, sin problemas, la incredulidad, quizá con la única condición de que no diera lugar a gestos de impiedad.

En cuanto a las representaciones con tintes satíricos, por ejemplo, la comedia de Aristófanes Las Ranas o  Eurípides con la obra Cíclope , se trata generalmente de caricaturas deformantes que tienen su origen en celebraciones populares afines al carnaval. Los griegos no consideraban impiedad el divertirse de ese modo a costa de los dioses. De hecho, Platón hace referencia  al gusto de los dioses por las bromas (Crátilo, 406c)

Como hemos detallado en líneas anteriores, las acusaciones de impiedad trazaban la línea que no se podía atravesar si se quería permanecer en el sistema social. Pero es aún más difícil de concretar qué era lo que se escondía, para los griegos, bajo la noción de piedad; qué era para ellos un hombre piadoso y una comunidad cívica respetuosa con los dioses. En líneas generales, la piedad parece haber sido el sentimiento que tenía el grupo o el individuo en relación con ciertas obligaciones. Las obligaciones de la comunidad afectaban, principalmente, al respeto por la tradición ancestral; algunos rituales muy antiguos se realizaban sin que los ciudadanos comprendieran exactamente su sentido, como puede suceder hoy día en nuestra sociedad; otros rituales más recientes, con frecuencia estaban desacreditados por ser considerados menos venerables y se daba, por ejemplo, una gran importancia a los banquetes que seguían a los sacrificios. De hecho, era muy común y necesario destinar a los dioses la parte que les era debida:  una parte material  y una parte de honores de culto, para lo que era necesario llamar a los exegetas, una especie de hombres-memoria de la ciudad que lo sabían todo en materia de rituales. En resumen,  Atenas se considera a sí misma no como una divinidad, sino —en palabras de L. Gernet—: «como un ser concreto y vivo al que los dioses seguramente protegían y al que nunca abandonarían, si ella no los abandonaba» (Le Génie grec, p. 295).

 

Deméter

¿Cuáles eran las obligaciones religiosas de un ciudadano ateniense? Sus obligaciones eran variadas: la participación en los cultos de la ciudad, la abundancia de  ofrendas en los santuarios, la devoción prodigada a los muertos de su linaje y a las divinidades protectoras de su familia, participación en los rituales con las mejores condiciones (la organización de los juegos, las múltiples liturgias, las costas de los sacrificios y de los banquetes públicos, etc…), son todos ellos ejemplos de prácticas que los griegos reconocían como manifestaciones de la piedad. Podemos citar a Hipólito, al que Eurípides presenta «como aquel que vive en la sociedad de los dioses, el ser virtuoso limpio de todo mal» o incluso a Ion, hijo de Creúsa y Apolo, que, en el atrio del templo de Delfos, declara: «Hermoso en verdad es el trabajo, oh Febo, con que te sirvo en tu casa honrando la sede de tu oráculo. Ilustre es el trabajo de mantener mis manos esclavas de los dioses, señores no mortales, sino imperecederos. No me canso de ejercer este honroso trabajo.» Como se puede comprobar, en la sociedad ateniense era patente y muy común un sentimiento de proximidad y conexión entre hombre y dios.

En cuanto al pensamiento arcaico griego, la Ilíada, como obra literaria, es el libro más importante para los griegos y, aunque no sea un libro religioso en el sentido habitual de la expresión, pone de manifiesto actitudes religiosas que eran importantes para los griegos y que contribuyeron en gran medida a su condición de explicarnos el modo de vivir su religiosidad y su sentir como espíritu griego.

La llíada y la Odisea de Homero están llenos de datos sobre los dioses, los rituales y los mitos  y,  además, constituyen el intento más antiguo de organización del mundo religioso. Aprendida de memoria, la obra de Homero era la base de la educación de los griegos y la visión del mundo de los dioses que proponía se convirtió en el saber común del conjunto de los griegos de todas las épocas. Ambos poemas épicos  son una referencia de la época para conocer el grado de concienciación que tenían los griegos sobre la religión y la relación que tenían intrínsecamente con los dioses, cuya idea principal  es que a los dioses se  les tenía que respetar,  ya que eran impredecibles y, a la vez, nos hacen entender que el ser humano se hallaba en un mundo hecho de fuerzas extrañas, que nos afectaban para bien y para mal. De hecho,  La Ilíada comienza con un desplazamiento del hombre al dios y sus consecuencias nefastas:

¿Qué dios sembró entre ellos la discordia? El hijo de Zeus y Leto (Ilíada, 8-9)

En dicho pasaje, Agamenón había ofendido al sacerdote de Apolo y como consecuencia de las oraciones del sacerdote, Apolo mandó una plaga contra el ejército de Agamenón. Cuando se produce una ofensa a un dios, alguien profanaba un templo, se burlaba de un dios o violaba a una sacerdotisa protegida por el dios, entonces, se producía una catástrofe: una plaga, una hambruna, un maremoto, entre otras calamidades. Por eso, para preservar la armonía y la paz de la comunidad social de las iras de los dioses, se disponían de diferentes y múltiples rituales para alejar el trance con los dioses. Por ejemplo, el pueblo consultaba a un oráculo o a otra fuente de sabiduría divina y descubría qué ritual era preciso realizar y a qué dios debía consagrarse.

Reflexión personal

Hoy día, con la globalización tan arraigada que hay en nuestra sociedad, tenemos que aunar los valores suficientes para respetar las creencias religiosas del prójimo. Convivimos en una sociedad donde el islám y el cristianismo deben respetarse mutuamente. Debemos saber que muchas personas llevan consigo una relación íntima con su dios, con una fuerte vinculación de transformación interior; también, hay que respetar los símbolos y las tradiciones, sin destacar unas más que otras  y mucho menos, burlarse de las sagradas escrituras y de sus profetas. Hay que tolerar  el sistema poli-religiones que se está dando actualmente en nuestro mundo, con diferentes creencias y no creencias, con variadas formas de crecimiento interior y  de nuevas tendencias religiosas que están emergiendo en nuestra sociedad. Detrás de esta enorme ola, están llegando otros dioses, otros sistemas políticos, otras formas de convivencia. En definitiva, tenemos que potenciar las relaciones entre la pluralidad de religiones desde el respeto, la diversidad y cooperar en un sistema social que es múltiple y variado de la manera más pacífica y respetuosa posible, careciendo de sentido que una religión triunfe sobre las demás. Pero en cualquier caso, y fuera del contexto religioso, entender y mejorar el mundo sigue dependiendo de nosotros.

Obras de referencias:

  1. La religión griega en la polis de la época clásica (Universitaria)
  2. Religion Griega Arcaica Y Clasica (LECTURAS DE HISTORIA)
  3. La Religión Griega. Dioses Y Hombres: Santuarios, Rituales Y Mitos (Mundo griego)
  4. El imaginario griego: Los Contextos De Mitologia (Religiones y mitos)

Enlaces de interés:

 

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