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Psyché, el alma del difunto

Anne-Louis Girodet de Roussy-Trioson El funeral de Atala (1808), Museo del Louvre.

Anne-Louis Girodet de Roussy-Trioson El funeral de Atala (1808), Museo del Louvre.

Para los antiguos griegos un muerto es un rompecabezas. La persona viva deja de existir y no se le parece en nada. Es en la muerte cuando el hombre deja de funcionar, de tener vitalidad, de sentir…Pero su identidad persiste porque aunque haya muerto, nacen dos cosas nuevas: por un lado,  el sôma o cadáver. Nos referimos con  sôma a la materia inerte. Al no poder autoconservarse, su apariencia comienza a cambiar. Es cuando aparece la psyche. Hemos hablado de psyche en anteriores artículos así como de las diferentes almas que tiene el hombre antes y después de la muerte. La idea principal es que la psyche es inmaterial, no puede tocarse, es más bien un eidolon, una imagen. Sólo puede hablar en los sueños o bien si le proporciona sangre caliente. El eidolon lo podemos asimilar a un negativo de una imagen fotográfica. Sólo la cabeza y el rostro son las partes reconocibles de la persona. Las almas que están en el Hades son precisamente el tipo de almas ausentes de cuerpo, de memoria, de vida. El funeral es la ceremonia de su partida y el ritual de su liberación.
En definitiva,  la división del muerto en psiche y soma indica esta descomposición en el aspecto natural y el cultural en el  pensamiento griego arcaico. Las obras de Homero, la Ilíada y la Odisea, se ocupan de ambos aspectos de la muerte.

Tras irse la psyche, el embalsamiento era una opción a elegir para los micénicos, ya que mediante esta práctica se evita la última indignidad de la muerte. En Homer0 se lava el cuerpo, se unge con aceites, se lo purifica, si hay heridas, con harina (Ilíada XVIII, 350-353; y XXIV, 43-45), y se amortaja. Finalmente, se quema. Este ritual subraya la creencia de que si dejas el cuerpo que se pudra no es un proceso limpio, sin embargo la incineración lo es, ya que lo que se quema deja de existir por completo: el cuerpo quemado ha sido salvado de la decadencia. Lógicamente, los huesos persisten al no tener bastante temperatura para quemarlos; por ellos,  se embalsaman, se envuelven en una capa de grasa, se colocan en una vasija dorada y se entierran profundamente, cubriéndolos con pesadas piedras, donde se espera que no cambien de lugar ni de estado jamás (Ilíada XXII, 238-257 y XXIV, 792-798).
Para el pensamiento griego el muerto realiza un largo viaje, así se refleja que “todo esto es adecuado para el cadáver que tiene que hacer su largo viaje en la neblinosa oscuridad” (Ilíada XXIII, 50-51). La idea del duelo no gira en torno a un recuerdo del pasado, más bien mira al futuro, hacia la situación posterior al funeral  y celebra al difunto no por lo que hizo sino por cuánto se le echará de menos. Al dejar ir a la persona querida, se crea una nueva figura social, la del ausente. Dicha ausencia la llenan con un nombre y una historia para que se queden inmortalizados en los tiempos venideros.
Las almas deambulan por el Hades, pero bajo una condición inerte. No tienen vida, sólo recuerdos. En el Canto XI de la Odisea, visión del inframundo homérico, el difunto puede ser visto como un mensajero de los vivos; por lo demás, los muertos no tienen información sobre los hechos acaecidos después de su fallecimiento. Es decir, están deseosos de noticias sobre los vivos.

Para concluir, podemos destacar que la oración de la psyché antes de enterrar el cuerpo no es una oración para ser admitida en otro mundo; la morada del Hades es un mundo. Por eso, la psyche reza para ser liberada de este mundo, lo cual puede considerarse una admisión en el antimundo. Recordemos que el Hades es el señor de una tercera parte de la herencia de Crono. Su mundo es un no-mundo. Del mismo modo, el funeral es una conversión de la persona en no-persona, en el negativo de una persona. Al cuerpo se le libra de la decadencia aniquilándolo. A la persona social se la libra de la incapacidad convirtiéndola de una persona activa en una persona a la que se recuerda y que tiene recuerdos. En ambos sentidos, el funeral purifica al difunto al establecer el tiempo de su existencia y al convertirlo en algo que no está sometido a cambios.
Para más información sobre los ritos funerarios os dejo los siguientes enlaces de Animasmundi:

  1.  Ritos funerarios en la antigua Grecia
  2. Los ritos funerarios y el alma
  3. Hermes, guía de las almas difuntas

Temas relacionados sobre la psyche:

  1. La concepción del alma en la antigua Grecia
  2. El alma como “sombra”
  3. Las almas del ego
  4. El eidolon

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Edad de Oro

La Edad de Oro (Lucas Cranach, 1530)

La Edad de Oro (Lucas Cranach, 1530)

Nos referimos a un período mítico de los orígenes de la humanidad en el que los hombres vivían en la felicidad más completa en una especie de paraíso terrestre. El “mito de las razas”, tal como lo refiere Hesíodo, permite conocer en estado puro un pensamiento mítico vivo que reflexiona sobre la decadencia de la sociedad de su tiempo. Cuenta Hesíodo que fueron cinco las razas que se sucedieron desde el nacimiento de la humanidad. Los hombres de la Edad de Oro fueron los primeros, creados por los dioses Olímpicos, vivían en los tiempos que reinaba Crono. Como los dioses, vivían con “el corazón libre de preocupaciones, al margen de las penas y  las miserias”; siempre jóvenes, desconocían la enfermedad y la vejez. Pasaban el tiempo en un puro regocijo, ajenos a todos los males, y cuando llegaba la hora de la muerte “parecían sucumbir a un dulce sueño”. Poseían todo sin necesidad de trabajar o de luchar: “El suelo fecundo producía por sí solo una abundante y generosa cosecha y ellos vivían de sus campos, en la alegría y la paz, en medio de bienes sin cuento”

Vino a continuación la Edad de Plata, que correspondería al reinado de Zeus, caracterizada por una relativa degradación en relación con la anterior. Con la Edad de Bronce la degradación se acentúa y aparecen fenómenos como la guerra. Tras la Edad de Bronce viene la raza de los héroes, representada especialmente por los héroes de Tebas y los protagonistas de la guerra de Troya. La Edad de Hierro, por último, corresponde a la época de Hesíodo, última fase de decadencia. La descripción que ofrece el autor no presenta más que enfermedades, vejez, muerte e incertidumbre ante un futuro desconocido, angustia por el porvenir y trabajos sin fin. La Edad de Oro enmarcaba el reino de Dice, la Justicia, pero la historia posterior de la humanidad aparece como una larga sucesión de tropiezos y caídas en la hibris (la desmesura) y en la violencia.

En definitiva, Según el poeta griego Hesíodo, la decadencia moral del mundo en el que vivimos es consecuencia de la degradación producida a lo largo de cinco etapas que han marcado la evolución de la raza humana, su progresivo alejamiento de los dioses y su inexorable caída hacia el mal. Tales etapas son la Edad de Oro, la Edad de Plata, la Edad de Bronce, la Edad de los Héroes y la Edad de Hierro. Este mito sobre la evolución humana fue igualmente narrado por el escritor romano Ovidio, en el Libro I de su obra La metamorfosis, aunque sin mencionar la Edad de los Héroes.

Todas las culturas han intentado explicar la historia de la evolución humana, el origen de nuestra especie y las razones de nuestra existencia. Antes de que la ciencia lograra dar una teoría racional al respecto, las sociedades trataban de comprender estos problemas mediante relatos míticos, es decir, historias ejemplares que explican simbólicamente las relaciones del ser humano con el cosmos.

En Los trabajos y los días, Hesíodo explicó por qué los hombres vivimos como vivimos; más aún, explicó por qué no somos iguales que los dioses y hemos llegado a ser lo que somos. Y con un sentido claramente ejemplarizante, subrayó la importancia del trabajo y de la rectitud moral para garantizarse la supervivencia y favorecer el progreso de la humanidad.

Enlaces recomendados: la hybris; el mito en el pensamiento griego.

Fuentes de información:
LOS TRABAJOS Y LOS DÍAS (LITERATURA-OMEGA LITERATURA CLÁSICA)
Obras y fragmentos (B. CLÁSICA GREDOS)

 

 

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La Teogonía

nacimiento del olimpoLa teogonía griega, según el poeta Hesíodo, es ante todo el relato del nacimiento de “toda la raza de los eternos Inmortales” y de su descendencia, pero aparece también como la epopeya de los combates que enfrentaron a las diferentes generaciones de las divinidades por la conquista del poder, pues los dioses, al ser inmortales, sólo pueden sucumbir a la violencia de otros dioses más fuertes que ellos. La historia de estos cambios de reinado conduce al poeta a enumerar las tres generaciones de Urano, luego la de Crono y por último la de los Olímpicos, a cuya cabeza se sitúa Zeus. El poeta exalta la potencia soberana del señor del Olimpo, el último que conquistó el poder y reina todavía sobre los dioses y sobre los hombres.

La teogonía, ciñéndonos al sentido literal de la palabra, debería ser únicamente el relato del “nacimiento de los dioses”. Sin embargo, en Hesíodo, la teogonía se abre a una cosmogonía (“nacimiento del Universo organizado”), ya que relata primero el nacimiento de las primeras divinidades (personificaciones de elementos), luego el de los primeros dioses y la tarea emprendida por estos para organizar el mundo y poder finalmente reinar en el Olimpo.

La teogonía comienza por tanto, relatando el nacimiento del universo. En los orígenes del mundo existía el Caos, la vida indiferenciada, un abismo sin fondo donde erraban los elementos sin norte ni dirección. Más tarde aparecieron Gea, la Tierra, elemento de estabilidad, la Madre Universal que se enfrenta al estado de confusión de Caos y engendrará todo lo que existe y Eros, el Amor, el principio creador de la vida. Caos engendró de sí mismo a dos entidades contrarias, Érebo (las tinieblas) y Nicte (la noche), que a su vez engendraron sus opuestos y complementarios:  Éter y Hémera (la Luz del día). El Día y la Noche se unieron para formar el Tiempo; Érebo y Éter forman una pareja de opuestos, el negro y el blanco. Gea, por su parte, hizo nacer de sí misma, sin intervención de principio masculino alguno, lo que todavía faltaba en el Universo. Trajo primero al mundo a Urano, el Cielo, “igual a sí misma”, para que la cubriera y fecundase, envolviéndola por entero. La pareja Cielo-Tierra, por fin constituida, organiza el mundo en un Cosmos simétrico y equilibrado. Luego, Gea engendra de sí misma a las montañas y a su contrario líquido, Ponto, el elemento marino.

Aquí termina la primera parte de la cosmogonía, una vez que han aparecido todos los elementos primordiales del Cosmos: la Tierra y el Cielo.

En lo sucesivo, Gea ya no engendrará de sí misma, sino que será fecundada por elementos masculinos. Se une a su hijo Urano y concibe a los Titanes y las Titánides (los primeros dioses que no son meras personificaciones de los elementos), así como a los tres cíclopes y a los tres hecatonquiros (gigantes de cien brazos), seres violentos y primitivos. Ninguno de estos hijos, sin embargo, consigue ver la luz del día porque su padre, Urano, tendido sobre Gea en un incesante acto de procreación, no les deja salir del vientre de su madre. El nacimiento de los dioses del Universo ha quedado interrumpido por la potencia sexual desordenada y excesiva de Urano. Gea crea entonces el metal y con él, fabrica una hoz que entrega a su último hijo, Crono, para que la libere del peso de su incansable esposo. Crono corta entonces los testículos de su padre. Sobre las aguas de Ponto caen gotas de semen que fecundan su espuma, engendrando a Afrodita; sobre la Tierra caen gotas de sangre, de las que nacen las Erinias y las ninfas de los árboles. Gea, esta vez unida a Ponto, trae al mundo a Nereo, padre de las nereidas y a varios monstruos marinos.

La castración de Urano significó también una ruptura en el Universo: el Cielo se separó definitivamente de la Tierra y se fijó en la cima del Cosmos. Este acontecimiento marcó el fin de la primera generación divina pero permitió que el mundo se poblara con los hijos nacidos de ambos. Sin embargo, en el nuevo mundo así establecido, aparecerán fuerzas nuevas: la violencia y el odio (simbolizados por el acto castrador de Crono y por el nacimiento de las Erinias, divinidades de la venganza) pero también el amor con el nacimiento de Afrodita.

La segunda generación, la de los Titanes, será a partir de entonces la dueña del mundo, con Crono como cabeza suprema. Algunos titanes y titánides se unen entre sí: Océano y Tetis engendran los ríos y manantiales; Hiparión y Tía a Helio, Selene y Eos; Ceo y Febe a dos hijas, Leto y Asteria. La pareja más importante será la que formen Crono y Rea, que, tendrán la siguiente descendencia: Hestia, Deméter, Hera, Hades, Poseidón y Zeus. Pero Crono suprime a su descendencia, como hiciera su padre Urano, devorando a sus hijos uno a uno apenas nacen, por temor a que uno de ellos le arrebate el poder.

Desde el acto sacrílego que Crono cometió contra su padre, la teogonía aparece marcada por la ley del Talión. El dominio de Crono, establecido por la fuerza, arrastrará a este al inevitable engranaje que establece que toda falta va seguida de su castigo: su poder puede serle arrebatado como él lo hizo. Zeus, el único hijo que Crono no había llegado a suprimir gracias a un engaño de Rea, que le había dado una piedra envuelta en pañales para que la devorara en lugar del niño, crecerá en la isla de Creta y, ya adulto, se rebelará contra su padre y le destronará después de una larga guerra.

El reinado de Zeus y de sus hermanos y hermanas significa el dominio de la tercera generación de los dioses, los Olímpicos. El orden del mundo queda establecido en lo sucesivo. La supremacía de Zeus es soberana pues, a diferencia de su padre, ha basado su poderío en la justicia y en el derecho. Reparte honores y los poderes con sus hermanos Hades, que reinará en los infiernos, y Poseidón, a quien corresponderá el reino del mar.

Para terminar, esta teogonía va seguida en Hesíodo de una hérôogonia, catálogo de semidioses nacidos de un dios y una mortal o de una diosa y un mortal. De las uniones de los dioses entre sí nacerán a continuación muchas divinidades, pero estos nacimientos suceden ya en un mundo organizado que no tiene, por tanto, una relación directa con la teogonía.

Temas relacionados con la misma temática en animasmundi: Mitos sobre el origen del cosmos y los dioses

Referencia bibliográfica recomendada:013. Obras y fragmentos. Teogonía. Trabajos y Días. Escudo. Fragmentos. Certamen. (BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS)

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