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En esta sección abarcaremos el concepto del alma en la antigua Griega.

La fe en la inmortalidad

Campos Elíseos

El pensamiento homérico sobre el alma refleja la resignación y no el deseo del hombre, cuya existencia después de la muerte, se reduce a vagar como un alma en pena, existiendo sin duda, pero carente de todo sentido. Pero la cuestión es: ¿no existía ningún deseo de poder alcanzar otro tipo de vida más vivificante y estimulante a la hora de morir? En los poemas de Homero, la concepción del alma, después de la muerte, es la de no descansar siquiera de las extenuaciones de la vida (el alma de Sísifo, la de Tántalo, por mencionar algunos ejemplos que hemos comentado en este blog) pero tampoco sigue existiendo. Parece que el reino del Hades no ofrece una luz de esperanza, aunque sea una llamita tenue y ligera. El Hades es el fin para el hombre, cerrando así cualquier vestigio de luz y esperanza.

La única vía de esperanza para eludir el lóbrego reino del Hades era que los dioses te enviaran a los Campos Elíseos, un lugar donde la luz es eterna, nunca hay nieve, ni largo invierno, ni vientos ni lluvias, acompañado de una paz inquebrantable y eterna.

Según la creencia más popular, un dios podía, de repente, sustraer a un mortal protegido suyo y llevárselo a la eternidad, bien sea a los Campos Elíseos o al Olimpo. De manera arbitraria, en algunos casos, y otras por parentesco directo con el dios, el mortal pasaría a ser inmortal.

En la Odisea (Canto IV. 560) Proteo, que tenía el don de leer el porvenir, le profetisa a Menelao que los inmortales te enviarán a los Campos Elíseos y le enfatiza que es un lugar donde los hombres viven dichosos. Proteo le hace ver que, cuando llegue su hora, no acabará su vida, dice de él el poema; en otras palabras, Menelao no tendrá que morir para ir a los Campos Elíseos pues irá vivo y tampoco le arrebatará la muerte una vez alcanzado los Campos Elíseos. Entendemos que el alma de Menelao (Psique) no tiene que separarse de su cuerpo ni ser sepultado. Por lo tanto, los Campos Elíseos es un lugar inasequible para los demás mortales, solamente para algunos privilegiados: a Menelao le garantizan un lugar especial de bienaventuranza e inmortalidad. La inmortalidad de los dioses tiene además otros disfrutes como el néctar y la ambrosía. Así pues, el hombre que se alimente de estos divinos regalos se convierte en dios, en inmortal. En suma, Menelao es transportado vivo a la eterna vida gozosa y plena de felicidad, a un lugar especial.

Zeus, dios soberano.

¿Es la virtud y el mérito los que dan derecho a la futura bienaventuranza? En los poemas homéricos no hay el menor rastro de que sea así. Menelao no se distingue especialmente por ninguna virtud concreta, será transportado a los Campos Elíseos simplemente porque su matrimonio con Helena lo hace yerno de Zeus, tal como lo anuncia Proteo; en la otra cara de la moneda nos encontramos a Aquiles hundido y desolado en el reino de las sombras en el Libro XI de la Odisea:

No me consueles de la muerte, ilustre Ulises. Preferiría estar en la tierra y servir a un hombre pobre, sin muchos medios de vida, que ser el señor de todos los consumidos.

Esquema de dos mundos opuestos:

Aquiles

Tártaro, la muerte, separación de la psique del cuerpo, desolado, hundido, una sombra vagando. Aquiles es virtuoso, como guerrero y persona.

Menelao

En los Campos Elíseos, permanencia de la psique en el cuerpo, la evitación de la muerte, un privilegio. La virtud no es su fuerte.

Hay que precisar que aquellos inmortales que terminen su vida en los Campos Elíseos llevan una vida consciente interminable, eterna, pero no se les confiere ningún poder divino, ni salir más allá de los confines de la tierra.

Por otro lado, en el ámbito religioso, los héroes de la epopeya homérica no están a la altura de los dioses. Es decir, en la época homérica no hay indicios de que se realicen rituales en honor a Menelao o a Heracles para que sean los intermediarios entre los dioses y los hombres, sino que son fuerzas divinas de pleno derecho que tienen un trato de culto propio, unos santuarios florecientes y, por supuesto, detrás, una mitología indeleble e inquebrantable. Es muy común que, casi siempre, cada héroe es conocido solamente en su territorio, excepto Heracles que traspasó fronteras.

Pero, entonces, ¿qué virtudes tiene que tener un héroe para terminar su vida en los Campos Elíseos? Probablemente, en el caso de Menelao, fuera más un anhelo del espíritu poético de Homero que una necesidad de orden religioso, incluso dicha decisión iba más allá de una creencia popular. Es decir, sólo se subraya el deseo poético, apoyándose en la libertad de la poesía. Lo que sí podemos estar seguro es que el culto religioso no tuvo un peso influyente en la decisión de mandar a Menelao a los Campos Elíseos, sino más bien Homero intenta revelarnos el tema del tránsito hacia la eternidad.

Igualmente, hay otros casos en el que los dioses se llevan a los mortales a la morada de los dioses, al Olimpo, como un regalo exclusivo, que puede ser un don especial que los dioses aprecian y quieren compartir. En este caso, destacamos la figura de Ganímedes.

Ganímedes, el más bello de los mortales, de quien se dice que fue arrebatado por los dioses para ser transportado al Olimpo y vivir allí eternamente, como copero de Zeus. Fue el propio Zeus quien, transformado en águila, se lo llevó por los aires hasta el Olimpo. El rapto de Ganímedes ha sido una fecunda fuente de inspiración para la literatura griega y romana desde Homero (Ilíada V, 265; XX, 232) hasta Ovidio (Metamorfosis, X, 155).

¿Por qué la leyenda de Ganímedes tuvo tanta repercusión en aquella época? En mi opinión, la creencia según la cual un dios o una diosa podía, de repente, despojar a un mortal de su vida sin ser visto por nadie, como es el caso de la joven Core (conocida como Perséfone después de que Plutón la raptara al Hades) o Ganímedes, servía para explicar las desapariciones de individuos que jamás regresaban a su hogar, por circunstancias imprevistas, o de soldados que desaparecían en combate. Imaginaos salir de casa a dar un paseo y desaparecer de la faz de la tierra. ¿Qué impacto tendría en su familia? Era pues una justificación, de carácter divino, para exponer las desapariciones en combate, los raptos, la fuga premeditada, etc. Sin embargo, según la creencia antigua, los raptos de Ganímedes y Orión reflejarían los astros que se observan en los fenómenos del cielo y que debían ser explicados. En estas leyendas cabe destacar que a los fenómenos celestes se les consideraban seres animados y dotados de alma como a los hombres. El significado de estos mitos refleja que si los dioses elevan a Orión a su reino, cualquier mortal puede llegar a gozar de la misma suerte, contando con el favor de un dios. En el caso de Perséfone, después de ser raptada por Hades, Zeus, como intermediario, estableció que Perséfone volvería con su madre, Deméter, llegando con ella la primavera y volvería a descender al mundo de las tinieblas al llegar la época de la siembra.

En síntesis, la inmortalidad ofrece más ventajas que desventajas. Sin embargo, escudriñando los poemas de Homero, hay que ver la inmortalidad desde otra óptica. En la Odisea (Canto V. 209) la ninfa Calipso, enamorada de Ulises, le ofrece la inmortalidad siempre y cuando renuncie a su identidad. La reflexión de Ulises es la siguiente: si olvida quién es, también olvidará adónde va y nunca alcanzará su logro espiritual. Supongamos que Ulises aceptase la oferta de Calipso, si cediese a la tentación de ser inmortal, dejaría en ese instante de ser un hombre, no sólo porque se convertiría en un dios sino porque eso le llevaría al exilio, renunciando para siempre a vivir con los suyos, por lo que perdería su propia identidad. Con más rotundidad, al aceptar la inmortalidad, Ulises dejaría de ser Ulises y ya no sería el Ulises que todos conocemos: rey de Ítaca, marido de Penélope, hijo de Laertes…

El propio Zeus nos hace entender que Ulises es el más sabio de todos los humanos; Atenea es su escudo protector (Odisea, Canto V. 7). Ambos ven que su principal destino es comportarse en la tierra como el representante de los dioses a nivel del Gran Todo. Aunque Ulises es mortal, es un Zeus pequeño al igual que Ítaca es un mundo pequeño y el objetivo de su periplo en la Odisea se le hace tortuoso, retorcido, doloroso, con muchas pérdidas alrededor suya. Pero Ulises continúa hacia delante y declina la inmortalidad que le ofrece Calipso. Su único anhelo es hacer que la justicia reine por las buenas o por las malas, si hace falta y alcanzar la armonía, su destino. Por eso Zeus no permanecerá insensible a este proyecto que le recuerda al suyo, cuando tuvo que reestablecer el orden dentro del caos inicial que había en el universo (Teogonía). Ulises, por fin, después de diez años preso en la isla de Calipso, y gracias a la intervención de Atenea, pudo seguir el impulso de su espíritu.

Ahora sabemos de dónde viene y adónde va Ulises: del caos al cosmos pero a su nivel, que es humano, pero que a su vez refleja el orden cósmico. Es un itinerario de sabiduría pero a su vez un camino tortuoso, polvoriento, de mucho sufrimiento, cuyo fin, sin embargo, es el de alcanzar la sabiduría aceptando la condición de mortal que es la de todo ser humano.

Ulises

Ulises nos enseña la lección más importante: la inmortalidad es para los dioses no para los humanos y no es lo que uno debe buscar desesperadamente en esta vida. En síntesis, las líneas maestras que Ulises nos enseña son:

  1. Es muy importante pertenecer a una comunidad armoniosa, a una patria (un cosmos).

  2. Dar la espalda a nuestra naturaleza y arrancar nuestras raíces que están conectadas con los verdaderos valores e hilvanadas a nuestras tradiciones ancestrales es desviarnos de los propósitos del cosmos y, por lo tanto, representa la peor forma de despersonalización que pueda conocerse en la vida. No podemos caer en el olvido. Ulises tiene que luchar para no bajar al destierro, al olvido y, por encima de todo, su único fin es alinearse con su verdadero Yo, aquél que perdió cuando lo arrancaron de su patria.

  3. La guerra de Troya, fiel reflejo de nuestro mundo actual, es una máquina de engullir a miles de jóvenes, un desarraigo sin igual para unos soldados llevados a la fuerza lejos de sus hogares, lejos de toda civilización, de toda dicha, lanzados a un universo que no tiene nada que ver con la vida en armonía y equilibrio. Esta visión es muy importante para entender el universo como parte elemental de nosotros. Hoy día, nos están arrancando nuestras raíces, el desorden y el caos son esos grandes agujeros negros de nuestras vidas.

  4. Más allá de su dimensión casi iniciática en el plano humano, incluso de los aspectos cosmológicos, esta concepción de la búsqueda de la armonía, una reconciliación con el cosmos, posee también una dimensión metafísica que guarda relación con el tema de la muerte. Para los griegos, lo que caracteriza a la muerte es la pérdida de la entidad. Aquí la muerte no sería física: Ulises nos alienta a que jamás dejemos de ser personas trascendentales para convertirnos en zombis de la sociedad, sombras carentes de identidad, en masas ignorantes que abandonan su verdadera patria, para terminar siendo anónimos, luces y sombras que parpadean sin brillo llevando consigo la pérdida de nuestra individualidad.

  5. Ulises busca la inmortalidad en la sabiduría. Se sacude de todas las irrealidades, de sueños utópicos y de fluctuaciones inestables que va sorteando a su paso.

 

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El sacerdocio en la antigua Grecia

La religión griega no fue prescrita al pueblo por una fuerza exterior, ni por una revelación sagrada. Es el producto de la fantasía del pueblo, de sus supersticiones, sus miedos y sus temores. Así, de manera paulatina, la religión griega alcanza una dimensión social y política, siendo propiedad de los ciudadanos. Básicamente, las creencias residen en la propia naturaleza, con una fuerte costumbre arraigada entre los pueblos, con una base firme en el culto doméstico y una fuerte adoración a las potencias de la naturaleza. Cabe destacar que cada región posee su culto, sus ritos y no pretenden enseñar nada, por lo tanto no hay contradicción. De este modo, la religión empieza a calar profundamente en la vida política social de los ciudadanos.

La religión griega se inicia con el culto doméstico privado, erigiendo en cada hogar propio un pequeño santuario, sustentado por unas creencias, unas supersticiones innatas y transmitidas por vía familiar. A partir de ahí, sería el prototipo de unidad familiar la que después invitaría a participar a su comunidad en el culto doméstico y a expandir unas creencias acogiendo una deidad como protectora del hogar, de la comunidad y de la ciudad. De esta manera, la ciudad acabará reclamando una persona familiarizada con el culto, sacrificio y ofrendas a la divinidad elegida.  Por lo tanto, se crea el oficio de sacerdote responsable no solamente del santuario y todo lo que rodeaba a las actividades religiosas, sino  también el responsable de que el pueblo creciera de manera próspera, evitando que los dioses descargaran una epidemia, una sequía, una guerra o una crisis social, como posibles amenazas.

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Escena de sacrificio, crátera del pintor de Pothos, 430–420 a. C., Museo del Louvre.

La figura del sacerdote implicaba conectar con la vida social, y disponía de unos privilegios como, por ejemplo, tener un asiento de honor en el teatro y una presencia destacada en la Asamblea. Otras de las peculiaridades de la religión griega era que el  sacerdocio no implicaba una jerarquía, ni se levantaba sobre una base política, ni  difundía sermones favorables de los dioses, ni tampoco acataban una doctrina sagrada. El sacerdote heredaba su oficio bien por vía familiar, bien por elección popular o en algunos casos por sorteo.  La mayor parte de los sacerdocios eran anuales, pero al igual que las magistraturas, estaban abiertos a todos los ciudadanos y prohibidos para los metecos y los extranjeros. La premisa que se exigía para alcanzar el puesto de sacerdocio era que el aspirante debía pasar un examen para comprobar, en primer lugar, si estaba física y psicológicamente apto y era hijo legítimo y, en segundo lugar, que en la medida de lo posible, procediera de una familia intachable. Por último, si sus manos estaban limpias de sangre homicida o de cualquier delito análogo contra las cosas sagradas, no sólo él sino también su padre y su madre, quienes tenían que haber vivido conforme a tales normas. Como dato curioso, nada impedía al sacerdote o a la sacerdotisa el contraer matrimonio —la obligación de la castidad, salvo casos especiales, es solamente temporal y está vinculada a las exigencias inmediatas del culto (períodos de fiestas, por ejemplo). Asimismo, las funciones del sacerdote tampoco le obligaban a residir en el santuario.

La principal función del sacerdote no sólo era la litúrgica al describir el desarrollo del sacrificio, también enfatizaba por su papel en la consagración de las víctimas, en la pronunciación de las fórmulas de invocación y las oraciones. El mismo sacerdote podía degollar a la víctima, pero también podía delegar este cometido en uno o varios de los sacrificantes, y  no era en absoluto necesario ser sacerdote para llevar a cabo un sacrificio.

Al no existir una jerarquía religiosa que representase a los dioses, es decir, la figura del clero, tal como hoy la entendemos en nuestra sociedad, cualquier ciudadano podía en su hogar, o en un templo, realizar las acciones que representaban la piedad del hombre griego. Sin embargo, fuera de la práctica privada,  alrededor del sacerdote había un determinado números de ciudadanos que asumían otros cargos religiosos delegados por el pueblo. Podemos destacar:

  1. Para organizar fiestas especiales y controlar los ingresos y los gastos estaban los epimeletas.
  2. Para dirigir, de manera especial, los sacrificios de los cultos heredados de los antepasados, según la tradición y tener una responsabilidad judicial, es decir, tratar los asuntos de impiedad, responsable del calendario litúrgico estaba la figura arconte. En Atenas, por ejemplo, era el encargado de los cultos heredados de los antepasados y presidía los Misterios de Eleusis.
  3. Para mantener la estatua de culto, que representa al dios en su morada, así como la limpieza del edificio o de las distintas estancias y también controlar la actividad administrativa y garantizar el correcto funcionamiento del santuario estaban los neócoros.

 Como se ha visto en líneas anteriores, la figura del sacerdote es totalmente opuesta a la nuestra y los términos que nosotros usamos hoy día en relación con la iglesia y la religión no tienen nada que ver con los de la época griega. Igualmente, la función de la religión de nuestra época está secularizada a nivel social; en la sociedad griega, la religión está solapada en todos los campos de la vida pública, social y política.

Enlaces de interés:

Obras de referencias:

  1. La religión griega en la polis de la época clásica (Universitaria)
  2. Religion Griega Arcaica Y Clasica (LECTURAS DE HISTORIA)
  3. La Religión Griega. Dioses Y Hombres: Santuarios, Rituales Y Mitos (Mundo griego)
  4. El imaginario griego: Los Contextos De Mitologia (Religiones y mitos)

 

 

 

 

 

 

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El rito en la antigua Grecia

En la Grecia arcaica, como en otras muchas civilizaciones antiguas, los ritos eran muy importantes, ya que en una época en la que todavía jugaban un papel muy destacado los elementos mágicos y religiosos, se creía en la eficacia de la ceremonia para propiciar  las fuerzas naturales y sobrenaturales. Por lo tanto, no nos debe extrañar que hubiese especialistas en estas cuestiones y que su rango fuese elevado y muy considerado.

El rito era una parte vital y sumamente importante pero además, se consideraba una señal de jerarquía, de poder. La conservación de estos antiguos ritos, por otra parte,  tenía que ver con los valores morales de una sociedad que mostraba respeto a los dioses y a la naturaleza.

Los ritos son un método de autodisciplina, de dominio de uno mismo y de la naturaleza, ya que el individuo se ve a obligado a hacer las cosas de una manera precisa y determinada. Igualmente, tenían la responsabilidad de la ritualización de la sociedad y del Estado garantizando un perfecto funcionamiento de los mismos.

Sintetizando, el ritual sirve para organizar el espacio y el tiempo, para definir las relaciones entre los hombres y los dioses, los hombres con la naturaleza y los hombres con los hombres. El rito no está construido en base a unas doctrinas ni es fiel a un dogma o a una creencia, sino más bien la continuidad de una tradición y una conexión de la comunidad que es la observancia. Pero, por otra parte, esto no excluye un pensamiento religioso o unas creencias, ya que se basan en un sistema de organización que conecta la sociedad humana con el universo que la rodea, incluyendo a los dioses.

Degollamiento de víctima sacrificial.

Degollamiento de víctima sacrificial

La vida pública y privada de un ciudadano griego estaba organizada en torno a un conjunto de ritos de todas clases, desde su nacimiento hasta su muerte, por lo que la religión se mezcla, de manera natural y orgánica, en todos los momentos y todas las etapas de la vida del ciudadano griego. Cualquier falta de cumplimiento en la práctica incitaba la ira divina, y cualquier cambio y alteración debía ser sancionada. En la antigüedad, uno de los fines de los oráculos, portadores de la palabra divina, por ejemplo, el oráculo de Delfos, era castigar o sancionar a aquellas personas que podían reformar la práctica del ritual.

La observancia de los ritos ya se encuentra codificada en época muy temprana por medio de unas leyes escritas. La multiplicación y la publicación de estas «leyes sagradas», grabadas en piedra y colocadas a las puertas de los templos y en los lugares públicos, es uno de los fenómenos que acompañan al nacimiento de la ciudad-estado al comienzo del siglo VIII a.C.

Para concluir, destacaremos un texto muy ilustrativo donde  refleja lo cotidiano que era realizar un ritual, siendo la libación y la plegaria fundamental en dicho rito:

«ELECTRA.— Heraldo supremo de cuantos viven sobre la tierra o debajo de ella, dame tu ayuda, Hermes, Hermes subterráneo; llévame el mensaje, para que los dioses de bajo la tierra, deidades tutelares de la morada de mi padre, presten oído a mis plegarias, y también la tierra, la que todo lo pare y, después de haberlo criado, lo recibe de nuevo en su seno.

Yo, al derramar estas libaciones en honor del muerto, digo, invocando a mi padre: «Ten compasión de mí y de mi amado Orestes y enciende de nuevo la luz en palacio, porque, en cierto modo, ahora andamos nosotros errantes, vendidos por la misma que nos parió, mientras que ella ha tomado, en tu lugar, por marido a Egisto, precisamente el que fue cómplice de tu asesinato. Yo ocupo el lugar de una esclava, y, lejos de tus riquezas, Orestes, está desterrado, en tanto que ellos, con arrogancia, se refocilan en grande con lo que ganaste Con tus fatigas. ¡Qué venga aquí Orestes —te ruego— por una fortuna feliz! Y escúchame, padre, concédeme que llegue yo a ser mucho más casta de lo que es mi madre y más piadosa con mi mano.

Éstas son mis plegarias en nuestro favor. Para los culpables, yo digo, padre, que se presente un vengador tuyo y que, con justicia, a los que mataron, se lo haga pagar con la muerte. Esto lo coloco en el centro de mi plegaria, diciendo, en perjuicio de aquellos, esta imprecación. Para nosotros, en cambio, envía aquí arriba bienes con ayuda de las deidades, la tierra y la justicia vengadora»

Con tales plegarias hago la ofrenda de estas libaciones. Exige el rito que vosotras lo coronéis con gritos de duelo, entonando el peán por el muerto.» (Esquilo, Las Coéforas, vv. 123-150.)

Obra de referencia:
El origen salvaje: Ritos de sacrificio y mito entre los griegos (Acantilado (edición digital))

Enlaces de interés sobre el mismo tema:

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El culto a los difuntos en la antigua Grecia

Las inscripciones sepulcrales tienen un fin muy importante: acompañar al ser querido en su última y eterna morada. La inscripción va acompañada siempre con el soporte material, es decir, con el monumento sepulcral mismo.

Los griegos practicaban dos tipos de sepultura: la inhumación y la incineración, siendo ésta última reservada para los familiares más pudientes. La incineración procede de Asia Menor y está atestiguada en Grecia ya en el siglo XIII a.C. Los restos incinerados del difunto y del ajuar que los acompañaban, se depositaban en tierra o en recipientes de cerámica o mármol.

Al principio, surgió el deseo de marcar la presencia del sepulcro mediante una señal, siendo anónimo y reducido a un túmulo de tierra o piedras aglutinadas. Con la aparición de la escritura, en la tumba se escribe el nombre del difunto. El monumento sepulcral más extendido fue una estela, es decir, una piedra rectangular colocada encima de la tumba y sobre la que se escribe el nombre del difunto. Dicha estela era pintada y adornada con decoraciones en relieve en la época micénica, para más tarde adoptar el aspecto de un templete o naísko; sobre él, aparece la imagen del difunto y otras representaciones (niño con perro, un soldado galopando a caballo, etc.). En ocasiones, sobre la tumba, se podía erigir también una estatua, aunque solamente al alcance de las familias adineradas.

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Epigrama funerario

Los epigramas eran composiciones breves, de uno a ocho versos.  Pero fue a partir del siglo IV a.C. cuando se produce un giro decisivo, ya que se hacen más extensos con fines meramente literarios. De este modo, surge un género literario más, con un amplio abanico de temas como el carpe diem, la muerte considerada como una liberación de los sufrimientos de la vida, etc.

En este post abordaremos la función de los epigramas funerarios, considerados como la estela sepulcral y su epitafio de carácter conmemorativo. Desde una perspectiva primitiva, el fin del monumento sepulcral era impedir, con su peso, que el alma del difunto regresara a la tierra, terminando posteriormente siendo un lugar donde el alma podía asentarse.

Si nos remitimos a los textos más antiguos, comprobamos que la función de la estela sepulcral y de la inscripción grabada en ella era honrar y conservar la memoria del difunto entre las generaciones venideras:

Alcé un túmulo a Agamenón, para que su gloria sea imperecedera (Odisea IV, 584)

De este modo, el difunto conserva un vínculo con la vida, manteniéndose así en el recuerdo de los vivos gracias al sepulcro y al nombre grabado en él. El elemento principal, por lo tanto, es el nombre del difunto. El nombre formaba parte de la esencia del hombre, reflejando el ser con todas sus cualidades y virtudes, y era, sobre todo, una manera de que siguiera existiendo una vez muerto. Agamenón explica a Aquiles:

Ni muerto has perdido tu nombre, para siempre tendrás gran gloria entre todos los hombres, Aquiles (Odisea XXIV, 93-4)

La pronunciación del nombre era una parte esencial del rito funerario y del culto a los muertos. Cada vez que se decía el nombre del difunto en voz alta su persona era arrancada del mundo de los muertos y traído al de los vivos, siendo un vínculo del muerto con los vivos.

No ha de extrañarnos, por ejemplo, la costumbre griega de colocar la tumba a ambos lados del camino, a las afueras de la ciudad, para que los caminantes al pasar junto a ellas se detuvieran a leer el nombre del difunto. Para ello, era muy importante que en los epigramas funerarios se diera la llamada al caminante y la petición de que se detenga y lea la inscripción con el nombre del difunto, lo compadezca y después siga su camino.

Hombre que vas por el camino y en tu mente albergas otros pensamientos: detente y duélete al ver el sepulcro de Trason. (Atenas. Mediados del siglo VI a. C.).

Siguiendo en la época arcaica, también destaca la mención a las virtudes del difunto, apreciándose la evolución de los valores morales y éticos de los griegos, siendo, lógicamente, la virtud más valorada,  la excelencia del guerrero muerto defendiendo su patria y siendo Esparta, por ejemplo, el único lugar donde sólo tenían derecho a que su nombre figurara en la tumba los que habían padecido en combate o las mujeres muertas durante el parto. Los epitafios de caídos en combates son muy frecuentes en el siglo V a. C.,  durante las guerras médicas y del Peloponeso.

Detén tu paso y compadécete ante el sepulcro del difunto Creso, a quien en otro tiempo hizo perecer el violento Ares, cuando combatía entre los soldados de primera fila.

Triste destino en sus husos hilaron entonces las Moiras para hediste, cuando la muchacha llego a los dolores de parto, infeliz, pues no iba a tener en sus brazos al pequeño, ni alimentar con su pecho la boca de la criatura, porque solo pudo ver la luz de un día cuando el Destino se abalanzo sobre ellos y, sin hacer distinciones, se llevó a los dos a una sola tumba. (Tesalia siglo III a. C. )

En caso de morir lejos de la patria, sin recibir las honras fúnebres de los familiares, causaría grandes lamentos. Pongamos el caso de Sarpedón, comentado en este blog: la muerte de Sarpedón.

En los epigramas sepulcrales abundan las alusiones a ofrendas y ritos funerarios: sobre la tumba se depositan flores, mechones de pelo, se hacen libaciones, que pueden ser de leche, miel, agua, vino o aceite, que servía para aplacar la sed del difunto. En la tragedia griega hay alusiones a los ritos y ofrendas funerarias, por ejemplo, en Sófocles, Electra 326-7 448-451.

Para terminar, hoy día es imposible separar el día de todos los santos con Halloween y haré una mención especial muy curiosa: los fantasmas nunca faltaron en tierra de Grecia. Los sepulcros eran lugares inquietantes, tenebrosos y tétricos, porque se pensaba que algún resto de la vida del muerto quedaba enlazada al cadáver. En Esparta, donde los enterramientos se hacían en la misma ciudad, se consideraba como una especie de iniciación de los soldados más jóvenes medir su valor  paseando solos entre las tumbas. Por otra parte, la figura de Hécate se le consideraba como la diosa de las ánimas de los difuntos y se trató de seducirla con ofrendas para que impidiera las apariciones de los fantasmas. Según la leyenda, durante la noche Hécate se paseaba por los sepulcros en figura horrible acompañada de un cortejo de ánimas y del aullido de los perros.

También, durante el festival conocido como Antesteria, las Keres eran ahuyentadas. Sus equivalentes romanas eran Letum (muerte) o Tenebrae (sombras).
El festival tenía lugar en primavera, durante el undécimo, duodécimo y decimotercer día del mes de Antesterio. Estaba dedicado a Dioniso y recibía su nombre de la floración de los zarcillos de las viñas. La frase: “Fuera de aquí, Keres, las Antesterias han terminado” surgió como fórmula para alejar a los espíritus de los muertos, que aparecían durante las celebraciones. Según las fuentes eruditas, el día comenzaba con la masticación de hojas de espino cerval, una planta de sabor bastante desagradable, que tenía las propiedades de detener a los fantasmas.

Obra de referencia:

Enlaces de interés sobre el tema:

  1. La muerte de Sarpedón
  2. Hipno y Tánato
  3. Hermes, guía de las almas difuntas
  4. Hécate
  5. Los ritos funerarios
  6. ¿Zombis en la antigua Grecia?
  7. Las Keres

 

 

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La iniciación en el culto contra el miedo a la muerte

“Llegué hasta la línea divisoria que separa la vida de la muerte. En el inframundo traspasé el umbral de Perséfone, y después de haber viajado a través de todos los elementos, emprendí de nuevo el regreso”.

Este texto tiene más de dos mil años de antigüedad y procede de un hombre anónimo que había sido iniciado en los antiguos cultos mistéricos, reservados únicamente a los iniciados, un círculo muy elitista. El hombre creía que iniciándose en los misterios participaría del poder divino y podría sacar provecho de ello en la vida después de la muerte. Todos los que no hubieran experimentado una iniciación a través de los misterios, estarían destinados al Hades.

Lo que les sucedía en la iniciación era una vivencia simbólica o ritual de la muerte. Ésta tenía que ver con la oscuridad, el recogimiento y con un retiro completo,  así que los sacerdotes escenificaban hábilmente la “vivencia”. Los creyentes entendían esta escenificación como su propia salvación tan pronto como se produjera su muerte real. El objetivo es que seguirían existiendo en el más allá, de manera consciente, y no como una sombra, un espectro.

En la antigüedad se originaron diferentes cultos mistéricos, como los Misterios eleusinos en Grecia, explicados en Animasmundi en el siguiente enlace: Misterios

El objetivo de la iniciación era adquirir unos conocimientos secretos. Estos conocimientos capacitaban al que participaba de los misterios para distinguir en profundidad lo divino de lo humano, lo terrenal de lo ultraterrenal pero, además, lo capacitaban para que perdiera el miedo a la muerte. En definitiva, al iniciado se le presentaba un camino mejor que al resto de los mortales.

Deméter

Deméter

La iniciación tenía lugar fundamentalmente porque la vida del individuo se hallaba ligada a la de los dioses. Por ejemplo, Deméter se lamentaba porque su hija Perséfone había sido raptada por Hades, dios de la muerte, así, de esta manera, el hombre reconocía en esto que los seres sobrenaturales tenían sentimientos similares a los suyos. De este modo se estrechó el vínculo entre dios y hombre por lo que los hombres se sentían unidos a su dios por encima de su propia muerte. El dios sobre el que se había experimentado en la iniciación se situaba en un plano humano; la persona iniciada se sentía emparentada a este dios en el luto, en el dolor y en el miedo. Esta relación estrecha la experimentaban exclusivamente los iniciados en los cultos mistéricos.

A quien no hubiera sido iniciado le aguardaría otro destino lleno de horrores y peligros. Estar muerto significaba tener que vegetar por toda la eternidad como una sombra.

“ Que la iniciación te permita a ti, hombre, perdurar en el tiempo más allá de la propia muerte. Sin embargo, todos los que no hayan sido iniciados, deberán permanecer hundidos en el fango eternamente filtrando agua con una criba. (…) Los no iniciados no pasan por el filtro y son eliminados. A continuación, serán aniquilados por los demonios guardianes de puertas”.

La iniciación en los cultos mistéricos debía de ser sin duda una vivencia única, especial y penetrante. Se cree que al iniciado le aplicaban determinadas técnicas para alcanzar el éxtais, que le provocaban estados psíquicos hasta entonces nunca experimentados. El éxtasis lo capacitaba para una percepción sobrenatural. En ese estado, el iniciado podía verse cara a cara frente a Deméter. Esta experiencia era percibida como algo completamente real por los iniciados.

Deméter era experimentada del siguiente modo: el hombre embargado por el éxtasis dice: “Yo soy ceniza, la ceniza es tierra, la tierra es una diosa, entonces no estoy muerto”.  La cercanía de la diosa sería felizmente percibida en ese momento. Después el iniciado continuaba: “He entrado en el castillo de la diosa del inframundo”. Él sabía que de estas entrañas brotaría una vida nueva, pues vida y muerte van de la mano. De esta manera, cada iniciado, a través de esta experiencia, se libraría del miedo a la muerte.

Enlaces de interés:

  1. Eleusis
  2. Los Misterios

 

 

 

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La percepción del más allá en el pensamiento griego

Los griegos creían que los dioses influían en todos los aspectos de la existencia; en los cielos, sobre la tierra y en el inframundo Los focos iluminan el templo de Poseidón, dios del mar, en el cabo Sunion, Grecia. Vincent J. Musi, Yacimiento Arqueológico de Sunion Fuente: Caroline Alexander | NATIONAL GEOGRAPHIC 5 de septiembre […]

a través de Dioses, misterios, oráculos… El Más Allá en la antigua Grecia — La túnica de Neso

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Los Misterios en la antigua Grecia

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Misterios eleusinos

En la antigua Grecia nunca dejaron de lado los Misterios filosóficos y sobrenaturales que fueron la base de sus dogmas. De ellos entresacamos aspectos ocultos de una doctrina denominada esotérica para los eruditos, con unas enseñanzas de mayor profundidad y sentido para los que son capaces de penetrar en la esencia de las cosas. La gran religión de Grecia ofrecía un amplio abanico tanto para sus neófitos como para personas con un desarrollo superior. En otras palabras, había dos marcos de actuación bien definidos: uno público o exotérico, comprensible para todos; y uno secreto o esotérico, comprensible para los iniciados.

Hay que mencionar que en los antiguos Misterios había  pocas ceremonias inmorales u  obscenas. Es cierto que hay algunas clases de Misterios relacionados con el culto a Baco y las festividades populares, que en los últimos tiempos del paganismo degeneraron obscenamente, pero que no tenían nada que ver en absoluto con los Misterios de Eleusis. Por lo tanto, hay que destacar dos clases de misterios: los misterios mayores y los menores. La mayoría de las personas tenían conocimientos de la existencia de los misterios menores, ya que estaban al alcance del pueblo;  también se conocían, a menor escala, los misterios mayores que guardaban determinadas enseñanzas para algunos privilegiados, como por ejemplo los misterios que seguían sigilosamente los pitagóricos. (Para saber más sobre los pitagóricos, pincha en el siguiente enlace: pitagorismo).

Por esta razón, los Misterios de Eleusis tenían dos ceremonias: por un lado, los misterios menores se celebraban en el mes de marzo. Los sacerdotes purificaban a los suplicantes para la iniciación. Sacrificaban un cerdo a Deméter y entonces se purificaban a sí mismos; por otro lado, los misterios mayores tenían lugar en el mes de septiembre y duraban nueve días. El primer acto de los misterios mayores era el traslado de los objetos sagrados desde Eleusis hasta el Eleusinion, un templo en la base de la Acrópolis de Atenas.

Cualquiera de los atenienses o de los demás griegos que lo desea es iniciado. (Heródoto 8.65. 4)

No obstante, sea cual fuere la envergadura de los misterios (eleusinos, pitagóricos, órficos, etc.), la palabra misterios menciona la atracción de lo secreto y la promesa de aportar las respuestas existenciales de la vida. Éste era el elemento principal. Otro elemento muy común es el de que las religiones de los misterios procedían de la antigüedad tardía con una destacada influencia de Oriente, Egipto y Mesopotamia. Por ejemplo,  Dionisio fue destrozado y despedazado, igual que Osiris por los egipcios; también hay un paralelismo  entre Atenea, que salvó el corazón de Dionisio insuflándole de nuevo vida, e Isis, en Egipto, al recoger los miembros de Osiris que Seth, dios de la fuerza bruta de la naturaleza, había esparcido por la tierra, y los volvió a juntar.

Cabe recordar que los misterios de la antigüedad pagana, el culto de Eleusis, floreció sin interrupción desde el siglo VI a.C. hasta el siglo IV d. C. Cuando se menciona que Eleusis era espiritual, se refiere a  un cambio fundamental en la actitud religiosa, en búsqueda de una espiritualidad superior. Esta visión le daba al individuo la Vía de la salvación. La iniciación en Eleusis no suponía la adhesión a una religión en el sentido que nos es familiar, aunque puede haber ciertos perfiles comunes con el judaísmo, cristianismo y el islamismo.

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Deméter y Perséfone celebrando los misterios.

Los misterios de Eleusis estuvieron dedicados a Deméter y a su hija Perséfone, conocida también como Core (la Doncella). Estos misterios estaban organizados por la polis de Atenas. Tuvieron un gran prestigio literario lo que aseguró su fama y su continuidad. El famoso mito describe a Deméter buscando a Core, que había sido raptada por Hades, el dios del inframundo. Finalmente, Core regresa sólo por un periodo de tiempo limitado a Eleusis. En resumen, los atenienses celebraban el gran festival de Otoño, los Mysteria. La procesión recorría de Atenas a Eleusis y culminaba con una celebración nocturna en la sala de iniciaciones, el telesterion, albergando a miles de iniciados, donde el hierofante revelaba las respuestas sagradas. Había dos dones que Deméter concedía: el trigo como base de la vida civilizad, y los misterios que guardaban la promesa de las mejores esperanzas para una vida futura más feliz y próspera. El iniciado recibía el don de la eterna bienaventuranza en el más allá en su camino sagrado al otro mundo. Además,  se le otorgaba el sentido de ver en su interior la contemplación de la verdad. Para ampliar más información sobre los Misterios de Eleusis, os recomiendo este enlace: Eleusis.

En síntesis, los misterios son una forma de religión personal, llevado al plano más íntimo, donde se busca una dimensión espiritual más profunda que depende de una decisión privada con el fin de  aspirar a alguna forma de salvación.  También  existe otra forma de religión personal, muy elemental y extendida, que constituye otra vertiente para la práctica de los misterios: la “religión votiva”. Es decir,  la  que practican aquellas personas que están enfermas, en peligro o en cualquier tipo de necesidad y, a la inversa, aquellos que alcanzan cualquier clase de beneficio, realizando promesas a los dioses y normalmente las cumplen ofreciendo donaciones, promesas, más o menos valiosas.

Un ejemplo que sintetiza mis palabras es el miedo a la muerte. El miedo a la muerte es un hecho de la vida inevitable, un cordón común que nos une a todos los seres humano. Cuando uno ve la muerte de cerca, aparece el miedo y la preocupación por cosas que no se pensaban antes. No reflexionamos sobre los acontecimientos hasta que nos toca. Por eso, cuando se llega al último escalón de la vida terrenal, uno piensa que algún tipo de purificación u oración le ayudará. Una vez limpiado su interior, creen que continuarán en el Hades sin que las sombras o la oscuridad le acechen. De este modo, los misterios eran la llave maestra para una vida futura de promesas y de paz. La raíz intrínseca de los misterios podía dividirse en dos líneas: curaciones e inmunizaciones, por un lado; y supuesta beatitud después de la muerte, por otra.

Entre los pitagóricos, la metempsicosis se presenta como la principal novedad en conexión con una auténtica vida ascética; en el orfismo, el culto fue, en lo esencial, a Dionisos como dios del inframundo, del que se esperaba la purificación de las almas y su beatitud final. Los órficos practicaban una vida de asceta muy rigurosa, bien su adherencia fuera por una preocupación del más allá, bien por un sentimiendo de pecado interior que tenían que purificar, perpetrada por una idea de culpa, las opiniones sobre el mal y una vida pesimista. La iniciación órfica debió de ser un misterior privado, ya que no se practicaba en el templo y con ninguna ceremonia popular como la de Eleusis. Más adelante los órficos se fusionarían con los pitagóricos hasta que estas corrientes desembocaron en el neoplatonismo.

Orfeo, cuyo nombre significa “el que cura con la luz” fundó los Misterios de Dionisio y difundió su culto. Dionisio representa el Yo cósmico que fue destrozado y despedazado (Ver siguiente enlace: Titanes) por los Titanes o fuerzas de la naturaleza. Atenea, la sabiduría divina nacida del pensamiento de Zeus, salvó su corazón y le devolvió a la vida entregándoselo a Zeus. De los vapores del cuerpo destrozado de Dionisio que arde en la pira nace la humanidad, caída y sin corazón, que custodia Zeus, y que se puede pues alcanzar por medio de Atenea, la sabiduría: así nacen los genios y los héroes, según afirma Orfeo. Asimismo, Orfeo despertó el sentido de la divinidad con su lira de siete cuerdas, que simbolizan el saber vibrar en las siete notas fundamentales del universo, las cuales, en música, corresponden a las siete notas musicales, en el hombre a los siete chakras principales, mientras que en el sistema solar corresponden a los siete planetas sagrados tradicionales.

Por último, aprovecho para recordar que había dos divisiones muy definidas con respecto a los dioses: los dioses del Olimpo (Zeus, Hera, Apolo, Atenea, etc.) y la de las divinidades ctónicas o infernales (Deméter, Perséfone, Hécate, Hades, etc.). Cabe destacar que las divinidades ctónicas son las que atañen a  las profundidades interiores del alma y  que con sus Misterios te introducen en sus secretos (Misterios menores).

Y en las cuatro grandes divinidades se simbolizan los elementos principales: Zeus, el aire, que corresponde a los sentimientos humanos; en Poseidón el agua, que corresponde en el hombre a la sangre; en Hades la tierra, que corresponde a la conciencia del Yo, que está también escondida en la tierra y oculta en el hombre no despertado; Hefesto, el fuego, que corresponde con la purificación y el cambio en el interior en el hombre.

Nota: desde “La Pequeña Grecia” han otorgado el 2º Premio Concurso Literario 2016 a este post. Desde aquí agradezco muchísimo vuestro premio así por el especial cariño que sienten desde Venezuela hacia este blog.

Obras de referencias:
Cultos Mistéricos Antiguos (Paradigmas)
Religion Griega Arcaica Y Clasica (LECTURAS DE HISTORIA)
La Creación De Lo Sagrado (El Acantilado)
De Homero A Los Magos (El Acantilado)
Historia de las creencias y las ideas religiosas I: De la Edad de Piedra a los Misterios de Eleusis (Orientalia)

Enlaces de interés:

  1. La iniciación al culto
  2. Los Misterios de Eleusis

 

 

 

 

 

 

 

 

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