Archivo de la categoría: Antigua Grecia

En esta sección abarcaremos el concepto del alma en la antigua Griega.

Viaje a Grecia: origen de nuestra civilización

El Templo de Apolo en Corinto

Cuando uno viaja a Grecia para ver in situ algunos de los yacimientos arqueológicos más representativos y hermosos de la Grecia antigua resulta desconsolador comprobar como enclaves tan simbólicos y significativos de nuestra civilización han quedado debilitados y esqueléticos por la invasión de otras culturas y de otras religiones. También, hay que añadir la dejadez humana y las heridas del tiempo que merman algunos restos arqueológicos imposibles de restaurar, como es el caso de Esparta.

En esta introducción, sin embargo, quiero expresar a los lectores que, a pesar de los distintos estados de los yacimientos, he disfrutado descubriendo la belleza más allá de los contornos físicos, contemplando los paisajes naturales más espectaculares, soberbios y melancólicos del mundo griego. Más allá de los vetustos y deteriorados yacimientos nunca tenemos que olvidar nuestros orígenes a pesar  del mundo materialista y decadente actual. Tenemos, pues, la tarea ardua de buscar dentro de nosotros el espíritu primigenio, la semilla de una civilización donde la unidad y la profundidad de su cultura se lo debemos a los griegos que, precisamente,  sentaron las bases espirituales, ideológicas y formales de toda la civilización occidental. Como bien dijo Gabriele D´Annunzio: “para todo pueblo de noble origen la cultura es la más luminosa de las armas de largo alcance, la cultura es más que un arma: es una fuerza indomable, como el derecho y la fe”.

Cuando uno recorre los enclaves más importantes de Grecia, en cada uno de sus santuarios, en cada expresión artística, no deja de asombrarse con todas y en cada una de sus manifestaciones, pues el pueblo griego ha marcado una huella tan profunda que hoy día sigue maravillando, pues lo original es lo más real, auténtico y cercano que podemos encontrar de nosotros mismos.

La búsqueda de la esencia del universo, las leyes del cosmos, la voluntad de representar no sólo la forma exterior de la realidad, sino de expresar los valores filosóficos, éticos, morales, espirituales, incluso, llegando al misticismo,  eran los pilares que sustentaban la sociedad griega. A todo esto hay que añadir los conocimientos exhaustivos que tenían sobre matemáticas, geometría, astrología,  teatro, literatura, resaltando en cada área el nacimiento, el devenir y el destino del hombre. Grecia es nuestra cuna, no lo olvidemos jamás, son nuestras raíces y nuestra cultura matriz.

Más allá de los espacios temporales , el arte cumple con una máxima sublime: la elaboración de un lenguaje artístico perfectamente relacionado con su mundo interior y que expresa las formas y el ideal pertenecientes al Ser, marcando un nivel no sólo de primera clase sino también universal.  Pongamos el ejemplo del arte “geométrico” (siglos X-VIII a.C.) que nace, precisamente, de una nueva mentalidad y de una nueva actitud del hombre frente a la naturaleza, ya no vista como un universo a representar, sino como una realidad infinita y compleja en la cual el hombre griego reconoce la esencia y las leyes ordenadoras internas, sin dejarse enmarañar por las formas aparentes, variables y circunstanciales del mundo externo.

Viajar por el Peloponeso es sinónimo de esencia, raíz, alma inagotable, fuente, origen, nacimiento, esplendor, belleza… La antigua civilización griega nos mantiene en un estado hipnótico y tiene un poder mágico-sacro que todavía aún ejerce de manera intacta sobre las generaciones actuales. Sólo hay que ver la demanda turística que tiene el país heleno que cada día visitan para ver los antiguos vestigios y los museos arqueológicos que hay en cada yacimiento.  Viajar, en definitiva, a Grecia, es viajar a nuestra cuna, con una añoranza del esplendor, de la plenitud, de la belleza y del mundo Tradicional. Para mí,  recorrer las más hermosas ciudades y santuarios de antaño ha sido sentir en mi interior una luz perenne que hoy día, en los tiempos modernos en el que vivimos, jamás brotaría con tanta fuerza y sensibilidad.

Atenas, Eleusis, Corinto, Micenas, Epidauro, Nauplia, Tirinto, Esparta, Mesenia, Bassae, Olimpia, Delfos y el paso de las Termópilas han sido mi estaciones de penitencia espiritual. Y tal como dijo Tales de Mileto: “todo está lleno de dioses”. Ahora, más que nunca, entiendo sus palabras, pues a pesar de la estética de los yacimientos aún hay vida, esplendor, belleza e inmortalidad en todos ellos.

En los próximos posts haré una lectura íntima y fuera de los contornos físicos de cada yacimiento arqueológico destacando los valores que en este blog llevo varios años ensalzando: la religiosidad griega, la filosofía, la ética, la moral y los mitos. No obstante, haré otras lecturas que considero interesantes de comentar, como pueden ser algún monumento, una escultura en particular o una cerámica conmemorativa sobre una escena de la vida cotidiana.

BIENVENIDOS AL MUNDO GRIEGO: PRÓXIMA ESTACIÓN, ELEUISIS

 

 

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¡Nos vamos a Grecia!

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¡En este mes de julio voy a cumplir un sueño: viajar a Grecia, cuna de nuestra civilización occidental! El periplo es el siguiente: Atenas, punto de partida, donde contemplaré la Acrópolis y los museos de la capital más representativos de la civilización griega. Después, iré a Eleusis, cuna del misticismo griego y muy conocida por ser la ciudad natal de Esquilo. Será en Eleusis donde me iniciaré en los misterios mayores eleusinos, con el beneplácito de las diosas Deméter y Perséfone. Después, visitaré Corinto, una de las más famosas ciudades griegas de la antigüedad; Micenas, la ciudad de Agamenón, rey que dirigió la expedición aquea contra Troya; Tirinto, otro enclave fundamental del periodo micénico; Nauplia, el puerto de Argos; Epidauro, con su majestuoso y famoso teatro donde se acogió el festival de las Asclepias; Esparta, la cuna de Leónidas; Mesenia, con su teatro griego; Andritsena, con su imponente templo de Apolo; Olimpia, para visitar el Templo de Hera y el famoso estadio, sede de los primeros Juegos Olímpicos, taller de Fidias y el museo arqueológico de Olimpia; Delfos, lugar sagrado para la consulta de su oráculo, pues realizaremos un ritual de purificación en la Fuente de Castalia y contemplaremos el templo de Apolo. También se visitará el teatro, el estadio, donde se celebraban los Juegos Píticos, el templo de Atenea Pronaia y, desde luego, se visitará el Museo Arqueológico; las Termópilas, un enclave importante donde los griegos combatieron a los persas durante las Guerras Médicas y, por supuesto, rendiremos un especial tributo a Leónidas, con el monumento dedicado a él y a sus 300 espartanos. En definitiva, un viaje especial para tender un puente entre el mundo griego y el nuestro, para reencontrarnos con nuestras raíces.

No es solamente un recorrido arqueológico y cultural, pues para mi es un viaje interior, una consagración espiritual, pues comprender el posicionamiento del hombre en el universo, su relación directa con la divinidad, el contacto con seres sobrenaturales y, sin declinar, la respuesta del más allá, es y será el eje de este apasionante viaje. Considero fundamental volver la mirada hacia atrás para ahondar en nuestra huella original y recuperar los vestigios filosóficos y espirituales abandonados en nuestra era moderna. En suma, un viaje que llevaba muchos años en mi mente pero que nunca se presentó la oportunidad. Os recuerdo que en la antigua Grecia era muy común la búsqueda de la purificación del alma, la idea del cuidado del alma, por eso este viaje representa mucho para mí. A partir del mes de agosto mis entradas en este blog serán exclusivamente relacionadas con el viaje. ¡ Os veo muy pronto y felices vacaciones!

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Citas célebres de Homero

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Homero

  • Ningún hombre o mujer nacido, cobarde o valiente, puede eludir su destino.
  • La vida es en gran medida una cuestión de expectativas.
  • De todas las criaturas que respiran y se mueven sobre la tierra, no hay nada que sea más agonizante que el hombre.
  • Las palabras vacías son malvadas.
  • La juventud tiene el genio vivo y el juicio débil.
  • Odio a ese hombre que esconde una cosa en su corazón y habla otra.
  • Su descenso fue como la caída de la noche.
  • Llevadera es la labor cuando muchos comparten la fatiga.
  • Si sirves a muchos maestros, pronto sufrirás.
  • El sueño es el hermano gemelo de la muerte.
  • Incluso las penas son una alegría para alguien que recuerda todo lo que forjó y soportó.
  • Fuera de la vista, fuera de la mente.
  • Por las buenas o por las malas, este peligro también será algo que recordaremos.
  • ¿No es sagrado, incluso para los dioses, el hombre errante que viene cansado?
  • Hay un tiempo para muchas palabras, y también hay un tiempo para dormir.
  • No sé lo que depara el futuro, pero sé quién tiene el futuro en sus manos.
  • Un hombre que ha pasado por experiencias amargas y ha viajado lejos, disfruta incluso de sus sufrimientos después de un tiempo.                    Imagen relacionada
  • Un amigo con un corazón comprensivo no vale menos que un hermano.
  • Demasiados reyes pueden arruinar un ejército.
  • Una pequeña roca retiene una gran ola.
  • El esclavo pierde la mitad de su alma cuando entra en servidumbre.
  • No hay mayor fama para un hombre que la que él gana con el trabajo de sus pies o la destreza de sus manos.
  • No sigas cantando este amargo cuento que desgasta mi corazón.
  • Incluso un tonto aprende algo una vez que lo golpea.
  • Sé fuerte, dice mi corazón; soy un soldado; he visto peores lugares que este.
  • Permítanme no morir sin gloria y sin lucha, pero permítanme primero hacer algo grande que se contará entre los hombres en el más allá.
  • No envidies la riqueza del prójimo.
  • El vino puede engañar el ingenio del sabio, pero hacer que el sabio se divierta.
  • Los inmortales nunca son ajenos el uno al otro.
  • Pocos hijos son como sus padres; la mayoría son peores, algunos mejores.
  • Las almas generosas son dóciles.
  • Él sabía cómo decir muchas cosas falsas que eran como verdaderos dichos.
  • Ni el hombre más bravo puede luchar más allá de lo que le permiten sus fuerzas.
  • ¡Cuán propensos a dudar, cuán cautos son los sabios!
  • La desgracia no es tan grande como para morir por un amigo, como para encontrar un amigo por el que valga la pena morir.
  • No digas una palabra a favor de la muerte; prefiero ser un siervo pagado en la casa de un pobre y estar por encima del suelo, que el rey de reyes entre los muertos.
  • La caridad que es insignificante para nosotros puede ser preciosa para los demás.
  • Ni el hombre más bravo puede luchar más allá de lo que le permiten sus fuerzas.
  • Nosotros los hombres somos miserables.
  • ¡Cuán tedioso es un cuento contado de nuevo!
  • Le corresponde a un padre ser intachable si espera que su hijo lo sea.
  • Zeus no presta su ayuda a los embusteros.
  • No hay mejor aguijón que la necesidad.
  • Los mares rugientes y muchas montañas oscuras se encuentran entre nosotros.
  • La raza de los hombres es como la de las hojas: cuando una generación florece, la otra decae.
  • ¡No mentí! ¡Acabo de crear ficción con mi boca!
  • Todo hombre sabio ama a la esposa que ha elegido.
  • Cualquier momento puede ser el último. Todo es más hermoso porque estamos condenados. Nunca serás más adorable de lo que eres ahora. Nunca vamos a estar aquí de nuevo.
  • Ah, qué descarado, la forma en que estos mortales culpan a los dioses. De nosotros solos, dicen que vienen todas sus miserias, pero ellos mismos con sus propias maneras imprudentes agravan sus dolores más allá de lo que les corresponde.
  • Los excelsos regalos de los dioses no pueden ser destruidos con facilidad por los mortales hombres, ni pueden hacer ceder a sus fuerzas.
  • Cada hombre se deleita en el trabajo que más le conviene.
  • Algunas cosas pensarás de ti mismo,… algunas cosas que Dios te pondrá en la mente.
  • Nadie puede apresurarme a ir a Hades antes de mi tiempo, pero si llega la hora de un hombre, sea él valiente o sea cobarde, no tendrá escapatoria.
  • La espada misma incita a actos de violencia.
  • Los hombres se cansan antes de dormir, de amar, de cantar y bailar que de hacer la guerra.
  • Aunque en la casa de Hades los muertos se olvidan de sus muertos, aun así tendré en cuenta a mi querido camarada.

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Crítica sobre “Troya: La caída de una ciudad”

La serie “Troya: La caída de una ciudad” ha sido una de las apuestas que Netflix ha ofrecido en su plataforma para sus clientes. El proyecto ha sido producido por la prestigiosa cadena inglesa BBC con 8 episodios que gira en torno a la figura de Paris, que descubre su verdadera identidad, a Helena de Esparta y a la caída de Troya.

La serie es una estafa, una sarta de mentiras con un producto de calidad pésimo y de mal gusto. Una serie que deja insatisfechos a los amantes de la cultura griega y en estado de shock a los lectores de Homero. No se la recomiendo a nadie. Para los más puristas, ni intenten de visionarla, pues vuestra sangre ardería en el Tártaro.

Para empezar, han buscado una épica y una presentación con un presupuesto bajísimo, comparado con “Juego de Tronos”, “Roma”, “Vikingos”, entre otras. Por lo tanto, se parte de un presupuesto de segunda línea. Después, no han sido fieles a los textos homéricos, pecando de inexactitudes y de falta de rigor en su presentación. Han envasado la Ilíada con la tendencia modernista de hoy día. Es una serie que está al mismo nivel que la basura cinematográfica de “Troya”, la película de Brad Pitt. En esa película, la figura de Aquiles está tergiversada y manipulada intencionadamente, fiel a los principios de inmundicia de la meca de Hollywood.

Destaquemos los gravísimos errores de la serie:

  • Zeus, Aquiles, Patroclo, Néstor y Eneas son de raza negra. Han “maquillado” a los dioses y héroes y lo han globalizado para que encajen en nuestra sociedad. Lógicamente no me refiero que moleste por temas raciales, sino por las imprecisiones culturales, raciales y mitológicas que suponen estas diversificaciones. Entiendo que hay que vender la serie, a nivel internacional, pero han tocado la “tecla” incorrecta.
  • La homosexualidad de Aquiles y Patroclo, un clásico que empezó en el cine y eso vende mucho, muchísimo. Pero esta vez, en los tiempos modernos que vivimos, han añadido un nuevo elemento, acorde a la tendencia actual: hacer un trío en una playa exótica con Briseida, la esclava de Aquiles. ¿Dónde está entonces la homosexualidad de ambos? Después de que un oráculo obligara a Agamenón a renunciar a Criseida, el rey ordenó a sus heraldos que tomasen a Briseida, esclava de Aquiles como compensación. Aquiles se ofendió por este embargo y, como resultado, se retiró de la batalla, a la que no regresaría hasta la muerte de Patroclo. En cuanto a la orientación sexual, en la obra homérica no existe ninguna mención homosexual entre Aquiles y Patroclo de manera directa, clara y concisa. Los dos héroes tienen una amistad profunda y extremadamente significativa, pero la evidencia de un elemento romántico o sexual es equívoca. La Ilíada describe a ambos héroes como «compañeros de guerra» no sexuales. En el canto IX de la Iliada se presenta a Aquiles y Patroclo durmiendo cada uno con una mujer, Aquiles con Diomeda y Patroclo con Ifis, mujer que, por cierto, el propio Aquiles entregó a Patroclo. ¿Dónde está la homosexualidad?
  • La falta del retrato de cada personaje. No te identificas con ellos, no están bien trabajado a nivel psicológico. Se salva Ulises y el padre de Héctor, Príamo. Es horrible la interpretación de Helena, sin palabras. En general, la interpretación es cutre y no empatizas con ningún personaje.
  • El guion es de segunda mano, una versión para los tiempos decadentes que estamos atravesando, un instrumento desafinado y mal compuesto.
  • Por falta de presupuesto la puesta de escena de los dioses es secundaria, sin actuar de manera directa con los héroes. La relación héroe-dioses es fría, distante y sin aliciente alguno. En la obra homérica la presencia de los dioses es opuesta a la de la serie.
  • Las batallas no son espectaculares, por la falta de presupuesto mencionada anteriormente.
  • La química es inexistente entre Paris y Helena, esa frialdad no se entiende, pero bueno, es normal no se han leído las fuentes originales para crear la serie.

La serie en sí es un castigo para los amantes de la cultura griega, sin tensión, con una dirección a nivel de aficionados, una coctelera llena de mentiras y manipulaciones. Se puede realizar una serie de bajo presupuesto, pero lo más fiel posible. Han sido ocho episodios insoportables, ocho episodios manipulando los textos homéricos.

Desmintiendo los mitos que salen en la serie:

  1. En la serie cuenta que fue Aquiles quien perpetra el asalto a la ciudad de Troya, disfrazado, para hablar con Helena y tejer un plan de conquista en caso de que ella no regrese a Esparta. En las fuentes originales, es Ulises el que se disfraza de mendigo para adentrarse en Troya.
  2. Eetión, padre de Andrómaca, muere a manos de Aquiles, pero los troyanos le hacen una ridícula exequias funeraria con el sacrificio de…¡un caballo! El rito funerario a nivel patriarcal estaba lleno de excesos, no escatimaban en gastos y en sacrificios. Pero, de todas formas, el mito es falso porque en realidad, Aquiles mata a Eetio y es el propio Aquiles quien lo entierra por temor religioso.
  3. Pándaro es un personaje de ficción que sale en la serie, como otros muchos. No voy a entrar en detalles de los múltiples personajes de ficción que no están en el mundo homérico. Otros personajes inventados por la serie: Telémono y Atio. Por lo tanto, todo lo que se relata de la historia de ambos, conectado al ciclo troyano, y relacionado con los episodios de la serie es mentira, lógicamente.
  4. Paris muere en el campo de batalla, pero en la serie muere en sus aposentos a mano de Menelao, bajo la indiferencia y fría mirada de su esposa Helena. El personaje de Paris lo presentan como débil, inseguro, temeroso y propenso al suicidio. Otro invento más de la BBC.
  5. Helena vuelve con Menelao. Abre las puertas de Troya y casi siempre juega a dos bandas en la serie, para darle más emoción e impulso a la trama. La interpretación de Helena es horrible y no es fiel al mito, pues Helena, al morir Paris en el campo de batalla, se casa de nuevo con un hermano de Paris (Deífobo) y lo mata delante de Menelao, por eso, Menelao la perdona.
  6. En cuanto al nacimiento de Alejandro fue Andrómaca, su madre, la que tuvo el sueño revelador de la maldición de su hijo y no Casandra.
  7. La puesta de escena de los dioses es ridícula, distante, sin conexión directa con los héroes de cada bando. En la serie, el mito de la famosa manzana de la discordia es ridículo, una parodia absurda y fuera de lugar. En general, la participación de los dioses nunca es relevante. ¿Qué puede pensar Homero de la serie? Vergüenza. ¿Qué pueden pensar los héroes de la serie? Pensarán que cuando pasen mil años por delante, ellos seguirán reinando las constelaciones y que nadie hablará de esta serie ni de nosotros.
  8. La serie enfoca con luz propia a las amazonas. Destacan con un papel en la serie. Es cierto que en la obra homérica la mencionan, pero no tienen un papel vital como en la serie. Es verdad que cuenta la leyenda que Aquiles tuvo un combate directo con Pentesilea, reina amazona. Pero de este combate, en la obra de Homero no hay rastro alguno. No es una invención de la serie, pues dicho combate se menciona en un poema perdido titulado “Etiópida”, narrando la breve participación de las amazonas en la guerra de Troya, casi un siglo después de la obra homérica. Sobre Etiópida: pinchar aquí.

Aquiles, junto a Zeus. Fuente: hipertextual.com

Vamos a tratar el tema racial con sumo interés, pues he visto en muchos foros que es el tema más conflictivo.

¿Por qué Zeus no puede ser negro? ¿Por qué los héroes de Homero no son negros?

Los rasgos fundamentales de la religiosidad griega fueron propios de todos los pueblos de lengua indoeuropea que nos proporcionaron un arquetipo de su espiritualidad. Si nos remontásemos a Zeus como figura indoeuropea, como el “Padre Celeste”, afortunadamente, podemos encontrar rasgos que nos permiten remontarnos más profundamente al mundo griego, zambullirnos en lo más profundo para alcanzar una originaria religiosidad con sello indoeuropeo. Concretamente, en Grecia, es posible identificar aquellos elementos y atributos espirituales necesarios para comprender la religiosidad indoeuropea en sus picos más elevados. Gracias al pueblo griego se refleja en aguas puras y cristalinas unos de nuestros legados más hermoso, donde podemos contemplar con orgullo y alegría el espíritu primigenio impregnado en sus expresiones más puras.

El estudio sobre la religión micénica (aprox. 1580-1150 a.C.) se basa casi por completo en las excavaciones e investigaciones arqueológicas. Bajo esos resultados, la comunidad científica llegó a la conclusión de que había afinidad entre la religión micénica y la cretense.

Si nos basamos en las tabillas halladas en Pilos, se leen los nombres de los dioses, bien conocidos por nosotros, de la religión posterior de los griegos: Zeus, Hera, Poseidón, Ares, entre otros. La conclusión fue que, a pesar de que el panteón de los dioses del Olimpo no comenzó a crearse en la época micénica, sí existió los primeros vestigios de una estirpe de dioses destacando la presencia de nombres divinos de origen indoeuropeo en el mundo micénico, poniendo de manifiesto que la religión micénica no provenía completamente de la minóica o cretense, aunque sí compartían algunos rasgos comunes. Por lo tanto, el sincretismo de elementos indoeuropeos y micénicos lo tenemos bien atestiguado en algún caso como es el del culto de la Madre Tierra, o el culto a Zeus, con un nombre de claro linaje indoeuropeo y no de procedencia africana.

Otros rasgos fundamentales de dicha semilla indoeuropea de la que Homero es un perfecto canalizador de tradiciones, son las relaciones entre hombres y dioses, pues éstas no eran relaciones incompatibles y dioses y hombres no estaban tan alejados. Como ya sabemos, los dioses son superiores e inmortales, y los hombres de estirpes selectas (Aquiles, Agamenón, Heracles, entre otros) pueden vanagloriarse por su linaje de una afinidad con los dioses. ¿Y por qué esa conexión hombre-dios tan estrecha en el mundo griego? Se basa, fundamentalmente, en que ambos están ligados a los mismos valores, a la verdad y a la virtud, tal como Platón expresa reiteradamente en sus Leyes (X, 889).  Por otra parte, tenemos que destacar que los griegos tuvieron siempre clara la finitud del hombre ante la infinitud de la divinidad, así como la relación de dependencia de los hombres con los seres divinos. Un ejemplo sería el oráculo “Conócete a ti mismo”, inscrito en Delfos, en el Templo de Apolo. O como bien destaca Píndaro en la quinta Oda Ístmica: “no intentes nunca llegar a ser Zeus”. En la serie hay un vacío entre el héroe y los dioses, fiel reflejo de la actual sociedad que ha dado la espalda a lo Sagrado, a lo meramente espiritual.

Del pueblo griego emanaba siempre la herencia de aquellos siglos de historia de cada uno de los pueblos que representaba la gran Hélade, en la que el alma indoeuropea se expresaba en toda su magnitud, queriendo con ello conservar unas tradiciones rica y pura. Un ejemplo ilustrativo sería la nobleza que se plasma en la Procesión de las Panateneas del friso del Partenón. Así, para aprehender la mentalidad originaria de la religión griega era muy necesario inmortalizar sobre el friso del Partenón las tradiciones más arraigadas de un pueblo con sello indoeuropeo, de aquellos verdaderos helenos, llegados desde Europa Central durante el Neolítico y la Edad del Bronce. En otras palabras, desde Homero, Hesíodo, pasando por Píndaro, sin olvidarnos de Esquilo y Sófocles tenían presentes la religiosidad de sus antepasados con el único fin de aprehender el sentido de la vida religiosa indoeuropea.

En los foros en los que se debate sobre el tema racial, he visto que han incluido a los etíopes como claro ejemplo de que hubo héroes de raza negra y que, de algún modo, de ahí se explica la hipótesis de la mezcolanza de raza negra con los aqueos, de esta manera se justifica que la serie no haya visto agravio alguno en destacar a Aquiles o a Patroclo como de raza negra. En primer lugar, la raza negra no componía los pueblos que representaban la gran Hélade, tal como he desarrollado en líneas anteriores, por lo tanto, los dioses no eran negros ni tampoco se mezclaban culturas y etnias de otros pueblos durante la época homérica. En segundo lugar, resulta difícil situar a Etiopía en un enclave geográfico debido a las contradicciones de los textos griegos antiguos, existiendo diversas interpretaciones de donde se hallaba realmente Etiopía según que texto se consulte. Para unos autores Etiopía estaba en Israel, para otros en el Alto Nilo. Así que no podemos divagar con este tipo de inexactitudes. Por otra parte, hay una mención de un rey de Etiopía, Memnón, que cuenta que se alió con los troyanos para la defensa de Troya y que murió a manos de Aquiles, pero dicha muerte se relata en la Etiópida, escrito después de la Ilíada. En la serie, lógicamente, Memnón no aparece, pues es más fácil hablar de  Aquiles, Patroclo, Ulises que de Memnón, personaje menos conocido.

Para cerrar el debate, destaco una célebre frase de Miguel de Cervantes: La historia, testigo de lo pasado, es cosa sagrada, porque ha de ser verdadera.

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Thymós, Noos y Menos

En la tradición épica las partes principales del alma del ego eran el thymós, el noos y el menos. El modelo del alma más común en el texto homérico es el thymós. El thymós se encuentra activo sólo en el cuerpo despierto. Una cualidad del thymós es que puede impulsar a las personas a realizar una actividad determinada. Por ejemplo, cuando Aquiles causa estragos entre los troyanos y se dirige al encuentro de Eneas, “su valeroso thymós impulsaba su ánimo” (XX 174). El thymós se destaca, principalmente, por ser la fuente de las emociones y de los sentimientos. Por ejemplo, Héctor reprocha a Paris que no se una a la lucha expresando: “Loco, te equivocas al almacenar amargo rencor en tu thymós” (VI- 326).

Según las fuentes eruditas se creía que el thymós residía principalmente en el pecho, siendo el phrén su ubicación principal. Hera pregunta a Poseidón: “ ¿no siente el thymós de tu phrén piedad por los agonizantes troyanos? (VIII. 202).

En el momento de un desvanecimiento, el thymós se anula, pierde su energía, pero al despertar, el thymós recupera su incesante actividad. Por ejemplo, cuando Adrómaca se desvanece al ver cómo el cuerpo de Héctor es arrastrado por toda la ciudad, su recuperación se describe de la siguiente manera: “ Una vez que hubo recobrado el aliento y que su thymós volvió a concentrarte en su phrén…” (XXII.475).

Por otra parte, el término vacila y el thymós  parece que abandona el cuerpo o de lo contrario se queda disperso por el cuerpo. Hay varios ejemplos que pueden interpretarse de las dos maneras:

  1. Menelao se dio cuenta de que no estaba herido de gravedad, “el thymós volvió a concentrarse en su pecho” (IV. 152). Aquí alude que hubo una acción de dispersión de dicha energía que después volvió a su lugar de origen.
  2. Cuando Sarpedón se desvanece parece indicar un abandono del cuerpo ya que dice que el viento “devolvió la vida a la que había arrebatado su thymós” (V. 697 s.). Aquí el thymós se representa como una especie de aliento (sin identificarse con la psiqué), aunque   dicho concepto podría haber sido influido por el concepto de la psiqué.

El nous es intuición o aprehensión inmediata y tiene un doble objeto: a) el Uno, y b) él mismo. En el nous existen las Ideas, no sólo de clases, sino también de individuos, aunque toda la multitud de las Ideas está contenida en el nous indivisiblemente. Pero una marca distintiva y exclusiva del nous es que el Uno está por encima de toda multiplicidad. Otro rango a subrayar es que el nous es eterno y atemporal, porque su estado de beatitud no es algo que adquiera, sino perpetua posesión. Goza, pues, el nous de aquella eternidad de la que el tiempo es solamente un remedo. El nous conoce todas las cosas juntas, simultáneamente, puesto que no tiene ni pasado ni futuro sino que lo ve todo en un eterno presente. El  nous es el alma del mundo: incorpórea e indivisible. Constituye el vínculo entre el mundo suprasensible y el mundo de los sentidos, y así no sólo está orientada hacia arriba, hacia el nous, sino también hacia abajo, hacia el mundo de la naturaleza. El nous escapa a todo pensamiento, no podemos llegar ni a imaginarlo, pues surgiría lo opuesto, lo múltiple. En síntesis, el nous es la forma primera y más intensa de unidad después del Uno, y refleja la unidad pura y absoluta.

En Homero, el  nous es la parte más intelectual. El nous es exclusivo del ser inteligente, de aquel que se conduce según un objetivo anteriormente fijado.  El noûs es una visión intelectual distinta de la visión sensorial, aunque en la literatura arcaica, en ocasiones, su sentido está más próximo a esta última. En este término se relacionan la facultad de pensar, la capacidad reflexiva y la meditación con la comprensión, la percepción e incluso con la memoria. Estos atributos son puestos en conexión con un pensamiento objetivo, con una forma de inteligencia divina. De ahí que en el griego posterior, sobre todo en escritos filosóficos, el nous se utilizara para designar la Inteligencia Suprema, el principio ordenador del universo. Hay que distinguir que  el «alma» es un principio «vivificante» mientras que el nous es un principio «pensante».

Por ejemplo, haga lo que haga Patroclo “el noos de Zeus es siempre más poderoso que el de los hombres” (XVI. 668)

El noos se localiza siempre en el pecho, pero nunca se considera algo material y tampoco se contempla en su origen como un órgano del cuerpo. Por otra parte, Platón, Aristóteles, entre otros filósofos, desarrollan el concepto de nous de manera sobresaliente, destacando, sobre todo, su estatus divino. Para la escuela filosófica el nous sería el componente imperecedero y trascendente.

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Anaxágoras (Wikipedia)

Para Anaxágoras es un principio organizador y de animación del universo. Platón distinguió un “Nous” cósmico de la razón común. Para él es la intuición intelectual más elevada sin necesidad de argumento. Aristóteles lo consideró una facultad involucrada en la adquisición de conocimientos en general. Él distingue el “Nous poietikos” (la razón activa) del “Nous pathetikos (la razón pasiva). Los Oráculos Caldeos lo consideran como el “Hijo o Intelecto paterno” que retiene los inteligibles del Dios Padre e introduce la sensación en los mundos. Plotino consideró al “Nous” (la mente divina, el Logos, la razón) como un principio casi absoluto y como la primera emanación del Uno. La hipóstasis derivada del Nous es el Alma del Mundo.

El menos se utiliza, principalmente, para designar el ardor de un guerrero. Se localizaba bien en el pecho o en el thymós. También se localizaba en el phren. Cuando un hombre siente menos en su pecho es consciente de un misterioso aumento de energía; la vida en él es fuerte, y se siente lleno de una confianza y ardor nuevos. En el calor de la batalla Heleno describe a Eneas y a Héctor la desesperada situación creada por Diomedes, porque “muestra todo su furor y ningún hombre puede competir con su menos” (VI. 101)

Para ampliar más información sobre el tema, os remito al siguiente enlace: Epifanía de Atenea

Obra de referencia recomendada:

EL CONCEPTO DEL ALMA EN LA ANTIGUA GRECIA

 

 

 

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El oráculo de Trofonio: entre la consulta y la revelación iniciática

Fuente original: arsgravis

Estudio de Mario Agudo Villanueva sobre Trofonio en el que se explica quién era este misterioso personaje (dios, mito e historia) y los ritos que se practicaban para conocer su oráculo, en los que se relacionan los viejos cultos mistéricos, e incluso chamánicos, con las escuelas filosóficas.

 “Por supuesto que volverá a la superficie; no le preguntéis qué es lo que busca allá abajo; él mismo os lo dirá cuando vuelva a ser hombre ese Trofonio, ese sujeto de aspecto subterráneo” (NIETZSCHE, F. (1886): Aurora, prólogo, 1).

Friedrich Nietzsche se presenta a sí mismo como Trofonio en el prólogo de su Aurora. Se trata de una figura enigmática que el pensador alemán utiliza como recurso metafórico desde el que se parapeta con el fin de socavar la confianza del ser humano en la moral, para lo cual hace hincapié en su carácter subterráneo. Una referencia filosófica que nos permite calibrar el impacto que este personaje legendario, al cual Antonio Salieri consagró una ópera, adquirió en buena parte de Occidente tras la Antigüedad, donde su lúgubre antro sirvió de fuente de inspiración artística desde que Aristófanes se refiriese a él como lugar terrorífico: “Pon primero en mis manos una torta de miel, que me da miedo entrar, como si descendiera a la cueva de Trofonio” (Las Nubes, 500).

Grabado de Trofonio en el Tractatus Posthumus. (Wikipedia)

 

Dos siglos antes de la referencia nietzscheana, nos encontramos a este personaje en un contexto diferente, pero más vinculado con su función oracular primigenia. Se trata del Tractatus Posthumus. De Divinatione & magicis praestigiis, escrito por Jean-Jacques Boissarden en 1616. Allí aparece junto a medio centenar de personajes míticos e históricos relacionados con la magia y la adivinación, entre los que también se describe a Apolo Pitio, Hermes Trimegisto, Proteo, Nicóstrata, Tiresias, Anfiarao, Casandra, Laocoonte, las sibilas o el mismo Pitágoras. En el grabado que introduce al personaje, elaborado por Johann Theodor de Bry, se le representa sosteniendo un panal de abejas en su mano izquierda, mientras con la derecha agarra un extremo de su capa, única prenda que viste, junto con las sandalias. Completan la imagen un escenario repleto de vegetación y un ave que porta una rama que parece entregar al propio Trofonio. Aunque estamos ante una imagen tardía, los atributos representados coinciden en gran medida con los asignados por las fuentes antiguas, por lo que un análisis detallado de cada uno de ellos puede iluminar, aunque solo sea difusamente, el oscuro antro de este reconocido oráculo.

 Trofonio y sus atributos: entre lo ctónico y lo filosófico

Las abejas y la miel son una constante en los testimonios antiguos sobre el enclave. Un enjambre de las primeras condujo a un tal Saón hasta la grieta donde se encontraba el oráculo, ante la imposibilidad de los beocios de localizar su paradero, tal y como nos relata Pausanias (IX, 40-2). Las abejas están vinculadas también con los poderes ctónicos, no en vano se relacionan con divinidades como Deméter, de la que nos dice nuestro geógrafo que fue nodriza de Trofonio (IX, 39-5). Por otro lado, todos los que pretendieran consultar el oráculo debían llevar, según el mismo autor, dos panes de cebada amasados con miel (IX, 39-9). Filóstrato testimonia que las tortas de este suculento manjar servían para aplacar a los reptiles que acometían a los que descendían (Vida de Apolonio, VIII-19), creencia antigua extendida por el Ática y Beocia según la cual, una Gran Serpiente habitaba el subsuelo y debía ser mantenida con ofrendas ubicadas en las puertas de las grutas. Pero tratándose de un oráculo, nos gustaría proponer otra lectura más coherente con su función. Hesíodo nos dice que a los reyes que son vástagos de Zeus, las musas les derraman una gota de miel para que fluyan suaves palabras de su boca, de manera que resuelvan las disputas con sabiduría y rapidez (Teogonía, 81-88). Podríamos estar, por tanto, ante un oráculo especial, al que se acudía no solo para conocer sus vaticinios, sino también para obtener algún tipo de conocimiento, pues las musas saben y cuentan “todo lo que ha sido, todo lo que es y todo lo que será” (Teogonía, 38-39).

Volvemos al testimonio de Filóstrato sobre la visita de Apolonio de Tiana al oráculo para encontrar sentido a otro de los elementos de la imagen que nos sirve de guía. Nos cuenta nuestra fuente que el legendario personaje, ante la negativa de los sacerdotes a dejarle pasar por considerarle un brujo: “arrancó cuatro barrotes y se introdujo con el manto del filósofo, por lo que obró de forma grata al dios Trofonio” (Vida de Apolonio, VIII, 19). Después de que el oráculo se apareciera a los sacerdotes para reprenderles su actitud ante el visitante, les encomendó a que fueran a Áulide porque allí le haría emerger de una forma maravillosa. Así fue, Apolonio apareció siete días después con un libro que contenía doctrinas de Pitágoras, que Trofonio le había entregado ante la pregunta sobre cuál era la filosofía más perfecta y pura (Vida de Apolonio, VIII, 20). Tenemos aquí, por tanto, otra relación de sumo interés: el manto del filósofo, un símbolo que podría hacer referencia a una distinción especial, como maestro de algún saber que se transmite dentro de un determinado círculo, un papel que se vería reforzado por las sandalias que porta nuestro personaje.

Nos queda un último elemento, el ave portadora de la rama, que, dado el contexto que nos ocupa, podría tratarse de una manifestación de esa mítica “rama dorada” de la que Virgilio cuenta que la sibila de Cumas recomendó cortar a Eneas para descender al Hades: “Pero si ansia tan grande anida en tu pecho, si tanto deseo de surcar dos veces los lagos estigios, de dos veces ver la negrura del Tártaro y te place emprender una fatiga insana, escucha primero lo que has de hacer. En un árbol espeso se esconde la rama de oro en las hojas y el tallo flexible, según se dice consagrada a Juno infernal; todo el bosque la oculta y la encierran las sombras en valles oscuros. Mas no se permite penetrar en los secretos de la tierra sino a quien ha cortado primero los retoños del árbol de dorados cabellos. La hermosa Proserpina determinó que se le llevara de presente” (Eneida, VI, 133-142).

El origen de Trofonio: ¿dios, mito o historia?

La descripción y el análisis de los atributos de Trofonio nos ha permitido aproximarnos de una manera superficial a su figura, pero para conocer con más profundidad la verdadera naturaleza de este oráculo, es necesario que consultemos lo que las fuentes nos dicen sobre su origen. Pausanias nos cuenta que era semejante a los dioses (IX, 11-2), constructor de palacios para el hombre, como la casa de Anfitrión, o de santuarios para la divinidad, como el templo de Apolo en Delfos (IX, 37, 5-6). Esta versión es ratificada por el Himno homérico a Apolo, que da cuenta de que Trofonio y Agamedes, caros a los dioses inmortales, pusieron un umbral de piedra sobre los cimientos levantados por Febo Apolo en el gran santuario panhelénico (295). Pero no es la única obra arquitectónica que se le atribuye, diferentes testimonios lo vinculan con el tesoro de Augías, en Élide; el de Hirieo, en Hiria o el de Poseidón, en Mantinea.

Sobre su muerte hay diferentes versiones. Algunas fuentes, como Pausanias, apuntan a que trató de urdir una treta para quedarse con el tesoro de Hirieo junto a su hermano. Cuando este fue descubierto, Trofonio le cortó la cabeza para que no le delatase y, en su huida, fue tragado por la tierra en el bosque sagrado de Lebadea (IX, 37, 6-7). Otras, como Plutarco, aseguran que al pedirle a Apolo una recompensa por haber construido su templo, el dios les premió con el mejor fin al que puede aspirar un hombre, morir sin sufrimiento (Moralia, 109a).

Sea como fuere, disponemos de un dato muy revelador en relación con la institución del oráculo en Lebadea. Nos cuenta Pausanias que los habitantes de Beocia, ante la ausencia de lluvias, acudieron a la Pitia, quien les remitió a Trofonio para que hiciera llover (IX, 40-1). Esta figura del artesano que puede controlar los fenómenos meteorológicos no es nueva. Nos recuerda a otros personajes de la mitología griega como los Telquinos, Kabiros, Curetes o Dáctilos, quienes constituían cofradías secretas en relación con misterios e iniciaciones de hermandades de trabajadores de los metales que tenían contacto con disciplinas tan variadas como la magia o la danza. Según Diodoro, los Telquinos, por ejemplo, podían producir tormentas, granizo y nieve (V, 55-3).

Conviene detenerse en este punto, puesto que resulta de gran interés para acercarnos a una posible interpretación del sentido del oráculo de Trofonio. El hombre de las sociedades arcaicas podía insertarse en lo sagrado mediante su propio trabajo, que adquiría un valor litúrgico. Vernant ha llamado la atención sobre cómo, en Homero, el término tecné se aplica al saber hacer de los demiurgoi, como metalúrgicos o carpinteros, pero también a las capacidades mágicas de Hefaistos o los sortilegios de Proteo. No hay una separación entre logro técnico y éxito mágico. Los secretos del oficio se incluyen en la misma esfera que el arte del adivino o las argucias del hechicero, ya que todos están en el marco de la praxis. Los artesanos intervienen de manera decisiva en la ordenación del mundo. En tiempos míticos son seres que viven al margen, recorriendo montes y bosques.

Este perfil encaja a la perfección con la trayectoria de Trofonio, un constructor errante que tiene la capacidad de controlar la naturaleza y que, una vez muerto, preside un oráculo desde el que transmite su saber. Pero esta capacidad de controlar los fenómenos atmosféricos no es exclusividad de los artesanos, es pertinente recuperar un pasaje muy revelador, el fragmento III de la colección Diels, que dice así: “De cuantos remedios hay para los males y resguardo para la vejez te informarás, porque para ti solo realizaré yo todo esto. Apaciguarás la furia de los infatigables vientos que sobre la tierra se agitan y destruyen con sus soplos los campos cultivados. Y aun, si quieres, dirigirás sus soplos en sentido favorable; y colocarás después de la lluvia sombría una sequía oportuna para los hombres, y después de la sequía estival dispondrás las corrientes que nutren a los árboles y que irrigan el éter, y retornarás del Hades el vigor de un hombre muerto”.

Significativas palabras que sitúan a Empédocles, en opinión de Peter Kingsley, como un mago depositario de un saber no solamente orientado a conocer los poderes de la naturaleza, sino también a controlarlos. Se trata, en efecto, de un conocimiento de la cosmología y de la naturaleza de aplicaciones prácticas. Un saber inserto en una tradición ancestral, heredera de tiempos míticos, que algunos grupos, como los pitagóricos, trataron de mantener como partes y portavoces de ese conocimiento. Es hora de abordar el ritual que seguían los consultantes del oráculo para tratar de comprender su sentido más profundo.

El ritual: entre los sueños y la revelación

Según ha identificado David Hernández de la Fuente, el esquema de la consulta al oráculo de Trofonio se corresponde con los ritos de paso de diversas culturas. Tiene tres fases: segregación del grupo y del mundo, que se obtiene mediante el aislamiento y la purificación; fase de liminalidad o descenso al infierno, katábasis, al estilo de los héroes que descienden al Hades para conocer el futuro y recuerdo de la experiencia como sueño revelador. El modo en el que se desarrolla cada una de estas fases de acuerdo con el testimonio de las fuentes arroja más luz sobre esta cuestión.

Pausanias relata que el consultante era aislado en el edificio del Buen Demon y la Buena Tique, donde se realizaban las purificaciones. Durante su estancia, tomaba baños de agua fría en el río Hercina, que separaba la antigua Lebadea del bosque sagrado donde se encontraba el antro de Trofonio, y realizaba sacrificios tanto en honor al oráculo como a otras divinidades. La noche del descenso se sacrificaba un carnero en presencia de un adivino, quien al examen de las entrañas de la víctima determinaría si era un momento propicio para el descenso. Si así era, el individuo era lavado de nuevo en el río por unos muchachos llamados Hermas, ungido en aceite y conducido por los sacerdotes hasta las fuentes de Leteo (olvido) y Mnemósine (memoria). Acto seguido se le presenta ante la estatua de Trofonio, atribuida al mítico Dédalo, y es conducido a la cueva vestido con una túnica de lino, atado con cintas y calzado con zapatos del país (IX, 39, 5-14).

La descripción del oráculo que realiza Filóstrato es muy semejante a la de Pausanias, aunque sitúa la entrada a la cueva más allá del bosque (Vida de Apolonio, VIII, 19). Sea como fuere, lo que nos interesa es el rito en sí, muy parecido en ambos casos. Otro de los descensos cuyo testimonio conservamos es narrado por Plutarco, en Sobre el genio de Sócrates, donde describe cómo Timarco acude al oráculo para conocer el poder del daimon del filósofo ateniense (590a). Cuenta el relato que Timarco bajó a la cueva tras realizar los ritos pertinentes y oró. Estaba aturdido, se había herido la cabeza de un golpe producido en el descenso y por las suturas abiertas se le salía el alma, “que se mezcló gozosa con el aire radiante y puro” (590c). Una vez que su alma estaba fuera de su cuerpo, fue reclamada su atención por un susurro. Al mirar al cielo vio unas islas iluminadas por un suave fuego que se movían en círculo, mientras el éter susurraba una música. Entre las islas corría un mar (590d) y ríos de fuego penetraban por dos bocas. Hacia abajo, una gran sima redonda era el origen de terribles aullidos, gemidos y lamentos (590e).

Estamos ante descripciones sumamente interesantes, de clara reminiscencia pitagórica, cuya lectura detallada puede proporcionarnos algunas claves para interpretar el sentido de este oráculo. El ritual preliminar, con la reclusión en el edificio del Buen Demon, los baños purificadores en el río Hercina y los sacrificios forman parte de una muerte ritual que se culmina con la ingesta de las aguas de la fuente de Leteo. Cabe recordar que en el mundo griego, la muerte es el dominio del olvido. por lo que el consultante, al borrar su memoria del pasado, está en disposición de iniciarse en una nueva existencia. Acto seguido, al beber de la fuente de Mnemósine, la memoria, el sujeto estará en disposición de recordar lo que el oráculo le ha transmitido.

No es este un procedimiento de consulta habitual, pues los oráculos no solían exigir que el consultante se olvidase de toda su existencia anterior. Pero no es el único rasgo excepcional, hay otro muy revelador. Mientras en Delfos o en Dodona, la pitia o los sacerdotes del roble sagrado hacían de intérpretes del mensaje divino, aquí es el propio consultante el que recibe la revelación, pero no lo hace en un estado de consciencia, sino en sueños o aturdido. La mayoría de testimonios que conservamos nos dicen que el visitante del antro vivía una experiencia aterradora, hasta el punto de que tardaban un tiempo en recuperar la risa. El relato de Plutarco sobre la visita de Timarco nos proporciona otro dato fundamental: por las suturas abiertas en la cabeza del consultante salía su alma y se mezclaba con el aire para recibir el mensaje de Trofonio.

Este trance en el que el alma se separa del cuerpo para viajar a otro mundo, como el relatado por Plutarco, recuerda a las experiencias chamánicas. El chamán logra comunicarse con el mundo de los muertos sin convertirse en un instrumento, pero para ello debe iniciar una nueva vida con una separación del mundo y tras haber recibido una doble instrucción: de orden extático –sueños, trances- y de orden tradicional –técnicas, funciones, genealogía. Si bien el chamanismo es un fenómeno siberiano y central-asiático en stricto sensu, no es ajeno en absoluto el mundo griego. Dodds estudió la transferencia de este tipo de experiencias por el contacto que los escitas y los tracios tuvieron con el universo heleno. Estos pueblos sí habían tenido relaciones con el chamanismo, no en vano, algunos personajes míticos griegos como Abaris, Aristeas, Epiménides u Orfeo, de origen septentrional, ponen de manifiesto la presencia de estados de disociación mental semejantes. Más allá de referencias míticas, señala Dodds que ciertos personajes históricos, como Empédocles o Pitágoras, combinaban funciones de mago y naturalista, poeta y filósofo, predicador, curandero y consejero público. Esta acumulación de saberes supranormales les confería una gran relevancia social.

No parece casualidad, por tanto, que en el relato de Filóstrato, Trofonio manifestase simpatía por la filosofía pitagórica, y que las características descritas por las fuentes coincidieran, de forma extensa, con el fragmento III de la colección Diels sobre los poderes de Empédocles, al que aludíamos líneas arriba. El propio Pausanias nos dice que en el templo de Hercina, en Lebadea, había una estatua con una serpiente enroscada en un bastón y que podría estar consagrada al propio Trofonio, pues se identifica con Asclepio (IX, 39-3), lo que añade más semejanzas a ambas figuras.

Misterios, orfismo y pitagóricos

Vernant aseguró que el oráculo de Trofonio estaba a mitad de camino entre la consulta y la revelación. La muerte ritual sirve, como decíamos, para iniciar una nueva vida, pero para un griego, morir y volver a nacer significaba hacerlo en la inmortalidad o divinidad. En este sentido, un espacio como este antro, que permite acceder a la vez a las profundidades del cosmos y a las alturas del cielo, a través del que se ha llegado mediante un descenso iniciático, es el escenario ideal para recibir la enseñanza que permita convertir la muerte en una experiencia apoteósica

Mnemósine dispensa a sus elegidos con una sabiduría primigenia, no es una memoria genérica, es una omnisciencia de tipo adivinatorio que tiene que ver con esa habilidad de las musas para revelar lo que ha sido, lo que es y lo que será. Solo personajes dotados de tal sabiduría, como Tiresias o Anfiarao, son capaces de mantener la lucidez en el mundo de las sombras del Hades, solo ellos, como Trofonio, disponen de una memoria que les sirve de puente entre el mundo de los vivos y el Más Allá. Por eso en este oráculo la consulta no se presenta como una adivinación, sino como revelación del destino de las almas después de la muerte.

Este anhelo del hombre por la inmortalidad tiene como uno de sus modelos primigenios a Orfeo, capaz de dominar a las fuerzas del Hades con su música. Su experiencia se convirtió en símbolo de esta búsqueda para los que profesaban el mensaje de la salvación del alma a través de una sabiduría teológica y de una praxis espiritual de purificación que se plasma en los misterios órficos, donde solo podían participar iniciados. Van surgiendo así textos sagrados, himnos y poemas cuyo contenido nos recuerda, en gran medida, a la experiencia iniciática de los consultantes de Trofonio.

Observamos, sin embargo, un matiz destacable. Hemos pasado del plano de la cosmología, del principio de las cosas, al plano de la escatología, ligado a la historia individual. Un proceso que, en palabras de Vernant, altera el equilibrio existente entre olvido y memoria en el mito tradicional. El Hades, región desolada, morada helada, reino de las sombras y el olvido pasa a ser ahora la existencia corporal, que es la prisión del alma. Dado que la materia es corruptible, solo el alma puede aspirar a vivir eternamente, pero para alcanzar su plenitud debe purificarse. La memoria proporciona una transmutación de la existencia temporal, es el instrumento mediante el cual el alma trata de salir para siempre del tiempo. A través de la anamnesis se trata de reintegrar el tiempo humano en la periodicidad cósmica y en el seno de la eternidad divina.

Esta concepción del alma, presente en el orfismo, en las doctrinas pitagóricas y en la filosofía de Platón es la que observamos en este fragmento de las reflexiones de Timarco en el antro de Trofonio que nos relata Plutarco: “El alma está sumergida en el cuerpo. Lo que queda libre de la corrupción la gente lo llama entendimiento”(“Sobre el genio de Sócrates”, 592a). Implica la existencia de un alma o yo separable, anterior al cuerpo, que le sobrevivirá. Reconocer a través de la multiplicidad de las encarnaciones del alma la unidad y continuidad de una historia individual, una psique cuyas circunstancias constituyen para cada hombre su propio destino individual, se presenta bajo la forma de un daimon, un ser sobrenatural que lleva en nosotros una existencia independiente. La reminiscencia de las encarnaciones que ha conocido en otro tiempo el daimon de nuestra alma tiende un puente entre el yo y el universo, en último término, da sentido a nuestra existencia pasada, presente y futura.

No estamos ante una evolución del tipo de consulta que se podía realizar en el oráculo de Trofonio, sino ante un mismo acontecimiento interpretado por diferentes sensibilidades. En este lugar, como señala acertadamente David Hernández de la Fuente, se ponen en relación los viejos cultos mistéricos griegos con las escuelas filosóficas. La revelación de Lebadea parece situarse entre la doctrina órfica y la teoría socrática del alma, sobre una base enraizada en los albores del mundo griego.

Para ampliar más información sobre el mundo de los oráculos:

  1. Los orígenes de los oráculos.
  2. Sibila, el don de la profecía. 

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La religión micénica

El estudio sobre la religión micénica (aprox. 1580-1150 a.C.) se basa casi por completo en las excavaciones e investigaciones arqueológicas. Bajo esos resultados, la comunidad científica llegó a la conclusión de que había afinidad entre la religión micénica y la cretense.

Si nos basamos en las tabillas halladas en Pilos, se leen los nombres de los dioses, bien conocidos por nosotros, de la religión posterior de los griegos: Zeus, Hera, Poseidón, Ares, Dionisos. Si estos nombres han sido leídos correctamente cabría llegar a la conclusión de que el panteón de los dioses del Olimpo comenzó a crearse ya en la época micénica entre la población aquea que sobrevivió a la invasión doria, y fue luego heredado por la sociedad homérica, pero rotundamente no es así, pues todo indica que al lado de estos exponentes religiosos del tiempo micénico subsistían muchos elementos del antiguo fetichismo.

El fetichismo religioso es de carácter espiritual y tiene que ver con creencias religiosas que dan culto a objetos inanimados o animados conocidos como “fetiches” a los que se les suponen atributos sobrenaturales. De este modo, el hombre puede protegerse de las fuerzas naturales a través de los fetiches, medio del que supuestamente dispone para actuar sobre los elementos que no es capaz de controlar.

Por otra parte, la religión micénica era politeísta, pero no se trataba de una religión politeísta típica, más bien eran nombres minoicos, seres sobrehumanos (de tipo primitivo) transformados en dioses con el surgir de una religión politeísta en una segunda época, afianzado en la veneración de una pluralidad de seres divinos complejos, diferenciados e incluidos en un panteón.

Los dioses micénicos no son dioses divinos reconocibles, son más bien rasgos genéricos: “diosa madre” “diosa de la vegetación”, etc. Destacamos, por lo tanto, la ausencia de templos independientes y la ausencia de imágenes dedicadas al culto.

Asimismo, cabe destacar la presencia de nombres divinos de origen indoeuropeo en el panteón micénico, poniendo de manifiesto que la religión micénica no provenía completamente de la minóica o cretense, aunque sí comparten algunos rasgos comunes. (Para ampliar más información sobre esta cuestión: dioses micénicos)

Hay que subrayar que en la sociedad micénica alcanzó una amplia difusión la creencia en la vida de ultratumba y el culto a los muertos, de los cuales son testimonio las tumbas micénicas. A juzgar por algunos hallazgos casuales de restos de cadáveres en estas tumbas, es probable que los antiguos micénicos conocieran algunos métodos de embalsamamiento del sistema egipcio.

Máscara micénica realizada en una lámina dorada, llamada «máscara de Agamenón», Museo Arqueológico Nacional de Atenas.

En la religión micénica son inhumados los príncipes a los cuales se les entierran enjoyados con ricas alhajas. Los cuerpos descansan sobre cascajos y aparecen cubiertos por una capa de piedras y barro. Señales de humo, restos de cenizas y carbón indican que los cadáveres permanecieron algún tiempo yacentes sobre la pira de los sacrificios funerarios, previamente levantada en el lugar de enterramiento. En otras palabras, se encendía el fuego para el sacrificio, depositándose luego el cadáver sobre las brasas casi apagadas, cubierto con arena, barro y piedras. Era muy común encontrarse restos de animales (ovejas o cabras) quemados en honor al muerto. Un cuerpo intacto, sin descomponer, puede retornar también al otro yo; la idea de enterrarlos con sus mejores tesoros en la propia tumba era una precaución que se toma para que las almas de los muertos no aparecieran entre los mundos para atormentarles.

Continuando con las manifestaciones religiosas en relación con el mundo micénico, principalmente, partían de la creencia de una Diosa Madre y de su divino hijo, a veces esposo, destinado a morir o a ser sacrificado, con la muerte de año viejo que simbolizaba él mismo y el renacer en primavera. El renacimiento se celebraba con gran solemnidad acompañado de ritos relacionados con la fertilidad. Lo que es seguro es que en la religión micénica predomina una fuerza tal que termina con la formación y propagación de los mitos y coloca en el pináculo de la religión una pareja divina con un divino hijo que renace todos los años y todos los años muere, o una trinidad, o dos principios cósmicos, con su séquito de demonios. Todo lo demás se reduce a dioses locales, demonios auxiliares y figuras legendarias.

Hay que recordar que los micénicos eran griegos y esto bastaba para suponer una sustancial identidad o, al menos, un lazo estrecho entre religión micénica y religión griega. Al existir un fuerte hilo conductor entre lengua y cultura conectando religión micénica y griega, por ejemplo, en las tablillas micénicas, aparecen los nombres de Zeus, Hera, Poseidón, Artemisa, Dioniso, Hermes, como hemos indicado en líneas anteriores, incluso de otros muchos nombres divinos que no figuraban en la religión poshomérica.

Por otra parte, el sincretismo de elementos indoeuropeos y micénicos lo tenemos bien atestiguado en algún caso como es el del culto de la Madre Tierra, adorada con un nombre de claro linaje indoeuropeo. El hecho de que aparezca también como patrona de los herreros muestra, quizás, que su culto fue difundido por herreros minoicos muy helenizados. Por otra parte, junto a divinidades bien conocidas del Panteón clásico -Zeus, Hefesto, Ares, Hermes, Deméter, Artemis- sorprende la falta de algunas importantes como Afrodita, al tiempo que aparecen otras totalmente desconocidas o no identificadas hasta ahora como Ma-na-sa, Pe-re-swa, Di-ri-mi-jo, Do-pota, sin que a fecha de hoy sea posible aclarar si tras estos nombres extraños se ocultan figuras conocidas o bien se trata de dioses de la Grecia micénica muy diferentes de sus sucesores. La aparición de varios de ellos en tablillas de Pilo y Tebas hace pensar que no se trata de meros representantes de cultos locales.

Sin embargo, hay que subrayar, que la identidad de nombres análogos de un periodo a otro no garantiza verdaderamente una identidad de concepto. Concretamente, Zeus Pater griego y Júpiter para los romanos son divinidades “idénticas” en religiones diferentes. Pongamos que para la sociedad micénica Zeus incluyera el éter, las estrellas y que Gea fuera la señora de las fuerzas subterráneas y de los hombres que perviven en los sepulcros. De seguro, abstracciones que en esas épocas muy antiguas se han adquirido con un esfuerzo inmenso, pueden ejercer luego una poderosa influencia sobre pueblos vecinos o lejanos.

Lo que si tenemos que tener claro es que lo que destaca en la religión micénica,  es que se conservan rasgos ancestrales y que no hay rastros de un Olimpo.

Igualmente, sabemos que los griegos clásicos tenían una gran variedad y riqueza de cultos, de ofrendas y víctimas, con su calendario litúrgico definido. No es así en los cultos micénicos. En Knossos, por ejemplo, encontramos que en cada mes recibían ofrendas del mismo género, ofreciendo los productos de la estación a la divinidad correspondiente en sus santuarios y a sus sacerdotes. Se trata de entregas regulares que no están ligadas a determinadas fiestas de cada divinidad. No eran propiamente sacrificios tal como se podía ofrecer en la Grecia Clásica, ya que no se encuentra vestigio de sacrificios en la literatura micenológica. Esto no quiere decir que no lo hubiera, más bien el sacrificio en la sociedad micénica correspondía a un puesto diferente que el de la Grecia clásica.

Sintetizando, en la sociedad micénica se ofrecía a las divinidades los bienes más variados porque las divinidades eran consideradas las propietarias de terrenos y dueñas del personal de los templos, y parte de los bienes alimenticios ofrecidos servían para su comida. Bajo este aspecto existía una estrecha afinidad con las religiones del Próximo Oriente, en las que el acto sacrificial también casi desaparece, convirtiéndose en la preparación de la comida divina por excelencia.

“Zeus fue, Zeus es, Zeus será: ¡oh tú, poderoso Zeus!”

“Gea nos da los frutos; alabad, pues, a la tierra como madre”

(Pausanias, X, 12, 5)

La tradición más antigua y coordinada que poseemos acerca de la religiosidad micénica destaca tanto a Zeus como a esos seres colectivos que son los demons.

Datos de interés

Las concepciones religiosas griegas forman parte del gran capítulo fundamental de la creencia de los pueblos arios. A mucha distancia, en la mitología de los Vedas, se han podido hallar no sólo viejos parientes de los dioses griegos: Zeus Pater griego y Dyaus Pita de la religión védica (divinidades “idénticas” en religiones diferentes), y eso sin contar con toda una serie de leyendas y concepciones míticas que los griegos poseen en común con otros pueblos. En suma, en el fondo, la investigación sobre el origen de los dioses griegos se remonta muy atrás. (Enlace sobre la temática: testimonios de divinidades no griegas)

Para ampliar más información:

la sociedad micenica-9788473396011

 

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