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El origen de los démones

La sociedad griega es totalmente opuesta a la nuestra y los términos que nosotros usamos hoy día no tienen nada que ver con los de la época griega. Por ejemplo, la función de la religión de nuestra época está secularizada a nivel social; en la sociedad griega la religión está inserta en todos los campos de la vida pública, social y política. Igualmente, el término démones (demonios) ha ido cambiando a lo largo de los diferentes periodos de la literatura griega. Para entender las variantes que ha adoptado dicho término debemos remontarnos a la religión prehelénica, minoica y micénica donde la naturaleza cobra un cariz notable al representar los fenómenos atmosféricos (lluvia, trueno, etc) como demonios, fuerzas que dominan la naturaleza y al hombre y a la que hay que respetar. Asimismo, el sol, la luna, los ríos, el mar, las estrellas, representan démones que guían el curso de la vida del hombre.

Hesíodo

Después, en Los trabajos y los días de Hesíodo se cuenta el relato de las cinco edades del mundo (v. 109-201). Es en la edad de oro donde los hombres vivían como los dioses, sin saber lo que eran las enfermedades ni la vejez, sin conocer el sufrimiento ni el hambre. Eran, pues, hombres ricos y poderosos. Tras llegar la inevitable muerte,  los hombres de la edad de oro morían vencidos por el sueño y eran  depositados en la tierra, por voluntad de Zeus, como demonios benignos y, concretamente, como demonios que moraban sobre la tierra, convertidos en guardianes de los hombres, que acompañaban y guiaban entre ellos, sin ser vistos, envueltos en nubes, observando la justicia y la injusticia y repartiendo la riqueza, como reyes. Así pues, los hombres de la generación de oro eran entes protectores, que no van al más allá, a otro plano, sino que moraban y actuaban sobre la tierra con los vivos. Hesíodo le da el nombre de “démones”.

Por otra parte, Daimon es sinónimo de Theos (Dios), pero en Homero y en Hesíodo se refiere a los dioses o a la divinidad, en general. Por ejemplo: Cuando Homero dice de Licaón que un dios “lo lanzó en las manos de Aquiles” (Ilíada XXI, 47), no se refiere a un dios en concreto, sino a un demonio (daimon). En Homero la palabra daimon se aplicaba a los dioses en cuanto poder indefinido; sin embargo Hesíodo es el primero en referirse con esta palabra a divinidades menores (Trabajos y días v. 123).

Por lo tanto, los démones de Hesíodo no actuaban como seres intermedios entre los dioses y los hombres. Eran concebidos como seres inmortales y que moraban en un plano intermedio,  participando de la acción invisible y la vida eterna de los dioses. En Homero, el demonio ejercía sobre la humanidad una acción bienhechora o funesta (Ilíada, XV, 418, 468; XXI, 93). De aquí surgió el término  polidemonismo, es decir, la creencia en muchos demonios que circundan la vida del individuo.

En el ámbito filosófico, Pitágoras expresa “el aire está todo lleno de almas a las que se llama demonios y héroes. Son ellas las que envían a los hombres los sueños y los signos de la enfermedad y la salud” (cf. D. L., VIII 32). Aquí el término cambia drásticamente, con respecto a Hesíodo y Homero, pues, los pitagóricos enfatizaban la idea de que el alma recibía en cada renacimiento un nuevo daimon.

En Platón el término demonio va oscilando por matices muy concretos: el demonio asesor que guía al hombre durante su vida y conduce su alma ante los jueces después de su muerte (Fedro, 242); el demonio-alma, alma razonable dada a cada hombre (Timero, 41ª); y, por último, el producto de un dios y una mortal (Leyes, IV, 717b).

En Sócrates, se refiere al guía del alma durante la vida y después de ella, es un protector personal que acompaña y conduce.

“Me sucede no sé qué divino y demoníaco…Es una voz que se hace oír por mí y que, cada vez que eso me ocurre, me aparta de lo que eventualmente estoy a punto de hacer, pero que nunca me empuja a la acción” (Apología de Sócrates, 31d)

Empédocles  elabora, al parecer, su versión de la caída de los daimones en términos decididamente míticos. Empédocles explica la manera en que un daimon podía, en cada vida sucesiva, ascender a reinos más altos de la creación (plantas, bestias, hombres), padecer la mejor forma de encarnación posible en cada uno de ellos y reconquistar su estado original de dios. (Empédocles)

En la literatura mágica y pseudocientífica atribuida a Orfeo hay una destacada obra titulada Dodecaetérides donde hay varios versos que declaran que su contenido fue dictado por un demonio, una revelación. Asimismo, en el Papiro de Derveni (S. IV a. C.), rollo de papiro que contiene comentarios órficos, menciona invocaciones y sacrificios que apaciguan las almas. Afirma que mediante un encantamiento de los magos se puede cambiar la actitud de los daimones que salen al encuentro y son almas vengativas. Estamos, pues, muy probablemente, ante algún ritual funerario que pretendía tranquilizar las almas de los difuntos y evitar que los daimones las hostigasen por las faltas cometidas expiando así sus culpas. También, se alude a la existencia de daimones en el más allá, servidores de los dioses y que podrían tener como misión castigar a los hombres injustos.

En cuanto a la tragedia destacamos el Áyax de Sófocles y al personaje de Casandra de la guerra de Troya. En ambos casos se le atribuye una locura, causada por un daimon externo, que le llega como un castigo divino y la designación fatalista e inevitable del destino.

  • ¡ay de mí!, poseído de divina locura (Áyax, v 610)
  • Nunca, por propio impulso, hijo de Telamón, te has apartado de tu razón, como para arrojarte entre rebaños. Un mal divino debe haberte llegado (Áyax, v 183).

En definitiva, a través de este blog  y examinando los versos de Homero,  encontramos bastantes huellas del culto al alma, las cuales nos hace admitir que los descendientes de los antiguos griegos creían en una vida consciente del alma (psique) separada del cuerpo y  que ejercía una notable y destacada influencia sobre los hombres. Dicha creencia, siendo la fe el principio activo, les llevaba a cumplir diferentes clases de culto a las almas de los muertos. Con Hesíodo se continúa, de manera viva y fresca, la creencia en la exaltación de las almas de los muertos y su paso a una vida superior. Además, hay que tener presente, ante todo, el motor personal y familiar, los rituales que desempeñaron en sus prácticas privadas, predominando, en todo momento, el culto a los muertos, a los antepasados, a los daimones o a los héroes estrictamente locales.

FUENTES PRIMARIAS:

Obras: Teogonía; Trabajos y días; Escudo (Alma Mater)

Ilíada (Clásicos de la literatura)

Áyax. Las Traquinias. Antígona. Edipo Rey (El Libro De Bolsillo – Clásicos De Grecia Y Roma)

Obras completas de Platón. III. Diálogos dogmáticos: Fedón, Gorgias, El banquete, El político, Timeo, Critias: Volume 3 (Platón. Obras completas)

Apología de Sócrates (Cultura Clasica)

BIBLIOGRAFÍA

La religión griega en la polis de la época clásica (Universitaria)

Diccionario crítico de esoterismo (2 vols.) (Diccionarios)

ENLACES DE INTERÉS

Empédocles

El démon

Áyax

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La fe en la inmortalidad

Campos Elíseos

El pensamiento homérico sobre el alma refleja la resignación y no el deseo del hombre, cuya existencia después de la muerte, se reduce a vagar como un alma en pena, existiendo sin duda, pero carente de todo sentido. Pero la cuestión es: ¿no existía ningún deseo de poder alcanzar otro tipo de vida más vivificante y estimulante a la hora de morir? En los poemas de Homero, la concepción del alma, después de la muerte, es la de no descansar siquiera de las extenuaciones de la vida (el alma de Sísifo, la de Tántalo, por mencionar algunos ejemplos que hemos comentado en este blog) pero tampoco sigue existiendo. Parece que el reino del Hades no ofrece una luz de esperanza, aunque sea una llamita tenue y ligera. El Hades es el fin para el hombre, cerrando así cualquier vestigio de luz y esperanza.

La única vía de esperanza para eludir el lóbrego reino del Hades era que los dioses te enviaran a los Campos Elíseos, un lugar donde la luz es eterna, nunca hay nieve, ni largo invierno, ni vientos ni lluvias, acompañado de una paz inquebrantable y eterna.

Según la creencia más popular, un dios podía, de repente, sustraer a un mortal protegido suyo y llevárselo a la eternidad, bien sea a los Campos Elíseos o al Olimpo. De manera arbitraria, en algunos casos, y otras por parentesco directo con el dios, el mortal pasaría a ser inmortal.

En la Odisea (Canto IV. 560) Proteo, que tenía el don de leer el porvenir, le profetisa a Menelao que los inmortales te enviarán a los Campos Elíseos y le enfatiza que es un lugar donde los hombres viven dichosos. Proteo le hace ver que, cuando llegue su hora, no acabará su vida, dice de él el poema; en otras palabras, Menelao no tendrá que morir para ir a los Campos Elíseos pues irá vivo y tampoco le arrebatará la muerte una vez alcanzado los Campos Elíseos. Entendemos que el alma de Menelao (Psique) no tiene que separarse de su cuerpo ni ser sepultado. Por lo tanto, los Campos Elíseos es un lugar inasequible para los demás mortales, solamente para algunos privilegiados: a Menelao le garantizan un lugar especial de bienaventuranza e inmortalidad. La inmortalidad de los dioses tiene además otros disfrutes como el néctar y la ambrosía. Así pues, el hombre que se alimente de estos divinos regalos se convierte en dios, en inmortal. En suma, Menelao es transportado vivo a la eterna vida gozosa y plena de felicidad, a un lugar especial.

Zeus, dios soberano.

¿Es la virtud y el mérito los que dan derecho a la futura bienaventuranza? En los poemas homéricos no hay el menor rastro de que sea así. Menelao no se distingue especialmente por ninguna virtud concreta, será transportado a los Campos Elíseos simplemente porque su matrimonio con Helena lo hace yerno de Zeus, tal como lo anuncia Proteo; en la otra cara de la moneda nos encontramos a Aquiles hundido y desolado en el reino de las sombras en el Libro XI de la Odisea:

No me consueles de la muerte, ilustre Ulises. Preferiría estar en la tierra y servir a un hombre pobre, sin muchos medios de vida, que ser el señor de todos los consumidos.

Esquema de dos mundos opuestos:

Aquiles

Tártaro, la muerte, separación de la psique del cuerpo, desolado, hundido, una sombra vagando. Aquiles es virtuoso, como guerrero y persona.

Menelao

En los Campos Elíseos, permanencia de la psique en el cuerpo, la evitación de la muerte, un privilegio. La virtud no es su fuerte.

Hay que precisar que aquellos inmortales que terminen su vida en los Campos Elíseos llevan una vida consciente interminable, eterna, pero no se les confiere ningún poder divino, ni salir más allá de los confines de la tierra.

Por otro lado, en el ámbito religioso, los héroes de la epopeya homérica no están a la altura de los dioses. Es decir, en la época homérica no hay indicios de que se realicen rituales en honor a Menelao o a Heracles para que sean los intermediarios entre los dioses y los hombres, sino que son fuerzas divinas de pleno derecho que tienen un trato de culto propio, unos santuarios florecientes y, por supuesto, detrás, una mitología indeleble e inquebrantable. Es muy común que, casi siempre, cada héroe es conocido solamente en su territorio, excepto Heracles que traspasó fronteras.

Pero, entonces, ¿qué virtudes tiene que tener un héroe para terminar su vida en los Campos Elíseos? Probablemente, en el caso de Menelao, fuera más un anhelo del espíritu poético de Homero que una necesidad de orden religioso, incluso dicha decisión iba más allá de una creencia popular. Es decir, sólo se subraya el deseo poético, apoyándose en la libertad de la poesía. Lo que sí podemos estar seguro es que el culto religioso no tuvo un peso influyente en la decisión de mandar a Menelao a los Campos Elíseos, sino más bien Homero intenta revelarnos el tema del tránsito hacia la eternidad.

Igualmente, hay otros casos en el que los dioses se llevan a los mortales a la morada de los dioses, al Olimpo, como un regalo exclusivo, que puede ser un don especial que los dioses aprecian y quieren compartir. En este caso, destacamos la figura de Ganímedes.

Ganímedes, el más bello de los mortales, de quien se dice que fue arrebatado por los dioses para ser transportado al Olimpo y vivir allí eternamente, como copero de Zeus. Fue el propio Zeus quien, transformado en águila, se lo llevó por los aires hasta el Olimpo. El rapto de Ganímedes ha sido una fecunda fuente de inspiración para la literatura griega y romana desde Homero (Ilíada V, 265; XX, 232) hasta Ovidio (Metamorfosis, X, 155).

¿Por qué la leyenda de Ganímedes tuvo tanta repercusión en aquella época? En mi opinión, la creencia según la cual un dios o una diosa podía, de repente, despojar a un mortal de su vida sin ser visto por nadie, como es el caso de la joven Core (conocida como Perséfone después de que Plutón la raptara al Hades) o Ganímedes, servía para explicar las desapariciones de individuos que jamás regresaban a su hogar, por circunstancias imprevistas, o de soldados que desaparecían en combate. Imaginaos salir de casa a dar un paseo y desaparecer de la faz de la tierra. ¿Qué impacto tendría en su familia? Era pues una justificación, de carácter divino, para exponer las desapariciones en combate, los raptos, la fuga premeditada, etc. Sin embargo, según la creencia antigua, los raptos de Ganímedes y Orión reflejarían los astros que se observan en los fenómenos del cielo y que debían ser explicados. En estas leyendas cabe destacar que a los fenómenos celestes se les consideraban seres animados y dotados de alma como a los hombres. El significado de estos mitos refleja que si los dioses elevan a Orión a su reino, cualquier mortal puede llegar a gozar de la misma suerte, contando con el favor de un dios. En el caso de Perséfone, después de ser raptada por Hades, Zeus, como intermediario, estableció que Perséfone volvería con su madre, Deméter, llegando con ella la primavera y volvería a descender al mundo de las tinieblas al llegar la época de la siembra.

En síntesis, la inmortalidad ofrece más ventajas que desventajas. Sin embargo, escudriñando los poemas de Homero, hay que ver la inmortalidad desde otra óptica. En la Odisea (Canto V. 209) la ninfa Calipso, enamorada de Ulises, le ofrece la inmortalidad siempre y cuando renuncie a su identidad. La reflexión de Ulises es la siguiente: si olvida quién es, también olvidará adónde va y nunca alcanzará su logro espiritual. Supongamos que Ulises aceptase la oferta de Calipso, si cediese a la tentación de ser inmortal, dejaría en ese instante de ser un hombre, no sólo porque se convertiría en un dios sino porque eso le llevaría al exilio, renunciando para siempre a vivir con los suyos, por lo que perdería su propia identidad. Con más rotundidad, al aceptar la inmortalidad, Ulises dejaría de ser Ulises y ya no sería el Ulises que todos conocemos: rey de Ítaca, marido de Penélope, hijo de Laertes…

El propio Zeus nos hace entender que Ulises es el más sabio de todos los humanos; Atenea es su escudo protector (Odisea, Canto V. 7). Ambos ven que su principal destino es comportarse en la tierra como el representante de los dioses a nivel del Gran Todo. Aunque Ulises es mortal, es un Zeus pequeño al igual que Ítaca es un mundo pequeño y el objetivo de su periplo en la Odisea se le hace tortuoso, retorcido, doloroso, con muchas pérdidas alrededor suya. Pero Ulises continúa hacia delante y declina la inmortalidad que le ofrece Calipso. Su único anhelo es hacer que la justicia reine por las buenas o por las malas, si hace falta y alcanzar la armonía, su destino. Por eso Zeus no permanecerá insensible a este proyecto que le recuerda al suyo, cuando tuvo que reestablecer el orden dentro del caos inicial que había en el universo (Teogonía). Ulises, por fin, después de diez años preso en la isla de Calipso, y gracias a la intervención de Atenea, pudo seguir el impulso de su espíritu.

Ahora sabemos de dónde viene y adónde va Ulises: del caos al cosmos pero a su nivel, que es humano, pero que a su vez refleja el orden cósmico. Es un itinerario de sabiduría pero a su vez un camino tortuoso, polvoriento, de mucho sufrimiento, cuyo fin, sin embargo, es el de alcanzar la sabiduría aceptando la condición de mortal que es la de todo ser humano.

Ulises

Ulises nos enseña la lección más importante: la inmortalidad es para los dioses no para los humanos y no es lo que uno debe buscar desesperadamente en esta vida. En síntesis, las líneas maestras que Ulises nos enseña son:

  1. Es muy importante pertenecer a una comunidad armoniosa, a una patria (un cosmos).

  2. Dar la espalda a nuestra naturaleza y arrancar nuestras raíces que están conectadas con los verdaderos valores e hilvanadas a nuestras tradiciones ancestrales es desviarnos de los propósitos del cosmos y, por lo tanto, representa la peor forma de despersonalización que pueda conocerse en la vida. No podemos caer en el olvido. Ulises tiene que luchar para no bajar al destierro, al olvido y, por encima de todo, su único fin es alinearse con su verdadero Yo, aquél que perdió cuando lo arrancaron de su patria.

  3. La guerra de Troya, fiel reflejo de nuestro mundo actual, es una máquina de engullir a miles de jóvenes, un desarraigo sin igual para unos soldados llevados a la fuerza lejos de sus hogares, lejos de toda civilización, de toda dicha, lanzados a un universo que no tiene nada que ver con la vida en armonía y equilibrio. Esta visión es muy importante para entender el universo como parte elemental de nosotros. Hoy día, nos están arrancando nuestras raíces, el desorden y el caos son esos grandes agujeros negros de nuestras vidas.

  4. Más allá de su dimensión casi iniciática en el plano humano, incluso de los aspectos cosmológicos, esta concepción de la búsqueda de la armonía, una reconciliación con el cosmos, posee también una dimensión metafísica que guarda relación con el tema de la muerte. Para los griegos, lo que caracteriza a la muerte es la pérdida de la entidad. Aquí la muerte no sería física: Ulises nos alienta a que jamás dejemos de ser personas trascendentales para convertirnos en zombis de la sociedad, sombras carentes de identidad, en masas ignorantes que abandonan su verdadera patria, para terminar siendo anónimos, luces y sombras que parpadean sin brillo llevando consigo la pérdida de nuestra individualidad.

  5. Ulises busca la inmortalidad en la sabiduría. Se sacude de todas las irrealidades, de sueños utópicos y de fluctuaciones inestables que va sorteando a su paso.

 

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La concepción del alma en la antigua Grecia

El Diccionario de Filosofía de José Ferrater destaca tres rasgos comunes a las variadas representaciones primitivas del alma:

  1. El alma se concibe a veces como un soplo, aliento o hálito, equivalente a la respiración. Cuando falta tal aliento, el individuo muere.
  2. Otras veces se la concibe como una especia de fuego. Al morir el individuo, este fuego, que es el calor vital, se apaga.
  3. A veces se la concibe como una sombra presentida o, de algún modo, entrevista durante el sueño.

mas_alla_mitologiaEn los dos primeros casos el alma es más bien un principio de vida; en el último caso no pasa de ser una sombra o simulacro. Que el alma sea un principio vital es una observación de tipo naturalista y su uso como tal es más restringido que la concepción religiosa del alma, a saber, un espíritu. Y es que una cosa es entender el alma como el principio formalizador del cuerpo (principio vital) y otra como una realidad independiente y sometida a un destino (principio espiritual). La idea de principio vital se mantiene en los adjetivos animado/inanimado y en el sustantivo latino animal, ser que tiene vida o está dotado de anima. Posiblemente sea la primera concepción -como aliento, exhalación o soplo- la más común, como resultaría de comprobar el significado originario de los términos para designar al alma: pneûma en griego, animus y anima en latín que significan todos ellos, de un modo u otro, aliento, aunque más tarde se adquieran el significado de un cierto principio o realidad distintos del cuerpo. Como ejemplo, un pasaje del canto XI de la Odisea, conocido como la evocación de los muertos, donde la sombra de Elpenor, uno de los guerreros aqueos que acompañaba a Ulises en su expedición, le cuenta como perdió accidentalmente la vida en el palacio de Circe: Laertíada, casta de Zeus, ingenioso Ulises, me dañó el desamor de algún dios y el exceso de vino. Me dormí en el tejado de la Casa de Circe; olvidándolo, en lugar de bajar la escalera, me eché hacia adelante y caí desde el techo y rompí en el suelo las vértebras de mi cuello, y mi aliento bajó a la morada del Hades.

Con la muerte de Elpenor, su psiqué vuela hacia al reino de los muertos, el Hades, quedando prisionera en ese mundo y adoptando la forma de una imagen o sombra. En concreto, el término más frecuentemente empleado para este contexto es el eidolon. La sombra homérica pues, ella esencialmente, carece de facultades fundamentales del espíritu humano, como son el entendimiento, la voluntad y la sensibilidad. Aunque esto puede resultar extraño en primera instancia, lo cierto es que la existencia de la psiqué de quien ha muerto permanece en el Hades totalmente desprovista de conciencia propia, lo cual sólo se vuelve comprensible asumiendo la premisa de que la actividad espiritual del hombre, en Homero, se consuma únicamente durante la vida de este, es decir, mientras el alma se encuentra unida a su cuerpo. Desde esta perspectiva se hace ostensible la distancia existente entre nuestro concepto de espíritu y la psiqué homérica, distinción enfáticamente señalada por Edwin Rohde en su obra Psiqué: “Lejos de poder atribuir a la psiqué las cualidades propias del “espíritu”, cabe más bien hablar de una antítesis entre el espíritu y la psiqué”

Para ampliar más información: El alma como “sombra”; Los sueños en Homero

Fuente de información recomendada: Diccionario de Filosofía (estuche) (Ariel Letras)

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La concepción del alma de los muertos en Homero

Hermes leading the spirits of heroes to the de...

Hermes leading the spirits of heroes to the depths of Hades, pencil drawing on paper, 22.5 x 31.3 cm, private property. (Photo credit: Wikipedia)

La creencia más extendida era que al morir las almas de los seres humanos, como si de un humo o sombras se tratasen, se desvanecían y se dirigían al Hades. Así se le conocía por la psiqué del individuo. Precisamente, Homero, en el canto XI de la Odisea, ofreció, aprovechando la visita de Ulises al mundo de ultratumba, una imagen muy exacta, que, con el paso del tiempo, condicionará posteriormente la que realizará Virgilio en el libro VI de la Eneida, que, a su vez, adaptada a las doctrinas cristianas, será recreada por Dante en la Divina Comedia. Básicamente, Homero detalla un lugar lúgubre y aciago en el que las almas, desprovistas de toda consistencia física, estaban confinadas y del que, si les fuera permitido, se evadirían.  El pasaje homérico relata la forma en la que las almas acudieron fugaces hacia Ulises con la esperanza de beber la sangre vigorosa y vital de Ulises que traía consigo tras realizar un cruento sacrificio de animales, por indicación de la maga Circe, tras hacer las correspondientes invocaciones y libaciones hacia los muertos.

Ulises se encuentra delante del alma del gran héroe Aquiles que le infunde ánimos diciéndole:

–          Ningún hombre es más feliz que tú, Aquiles, ni de los de antes ni de los de después. Pues antes, en vida, te honrábamos como a los dioses, y ahora, de nuevo, gobiernas poderosamente sobre los muertos.

Aquiles reponde contundemente la amarga desesperanza de las almas de los muertos:

–          No me consueles de la muerte, ilustre Ulises. Preferiría estar en la tierra y servir a un hombre pobre, sin muchos medios de vida, que ser el señor de todos los consumidos.

En definitiva, las almas (Psiqué) carecen de solidez y firmeza al estar desprovistas de la vida, y sienten su reclusión en el Hades como una especia de condena perpetua.

Todo este imaginario escatológico recreado por Homero fue el más aceptado por la mentalidad griega, poco o nada preparada para entender, como sostenía Pitágoras, que el alma, lejos de perder su consistencia, tenía la posibilidad de renacer y volver a vivir una vida integrada en otro cuerpo.

De todos los elementos del alma sólo la psiqué continúa presente en la vida ultraterrena y representa al individuo. Cuando la psiqué muere ya no regresa más a la vida. Tras la muerte, sin embargo, el muerto se presenta no sólo como psiqué sino como un eidôlon. Las descripciones del eidôlon sugieren que los griegos creían que el alma del muerto tenía la apariencia del ser vivo, y describían las acciones físicas de las almas de los muertos de dos formas contradictorias: pensaban simultáneamente que las almas del muerto se movían y hablaban como un ser vivo y que el alma de los muertos no podía hablar o moverse y en su lugar chillaba y revoleteaba de un lado a otro.

Dos pasajes sobre el significado de eidôlon dará vigor al término citado: por un lado, después de que Apolo alejara a Eneas del templo para que fuera curado de sus heridas tras su lucha con Diomedes, “fabricó un eidôlon a imagen y semejanza de Eneas”; por otro lado, Atenea envía a Penélope un eidôlon hecho a imagen y semejanza de Iftima. De estos ejemplos se desprende que un eidôlon en un ser con idéntico aspecto al de una persona y confirma el hecho de que para los antiguos griegos los muertos tenían el mismo aspecto que los vivos.

La psiqué también abandona el cuerpo durante un desvanecimiento y otras clases de inconsciencia y regresar al cuerpo. La psiqué no puede permanecer en un cuerpo muerto, y persigue una vida de ultraterrena.

¿Qué función tiene la psiqué cuando una persona está viva? En ese estado, la psiqué se encuentra presente sólo de forma pasiva.

Se ha dicho que en Homero la psiqué se encontraba situada en la cabeza, incluso los términos psiqué y “cabeza” son a veces intercambiables. Mentor describe a los pretendientes  de Penélope de “arriesgando sus cabezas”. En el prólogo de la Ilíada, el poeta habla de la cólera de Aquiles al enviar a muchos psiqué al Hades. La expresión es utilizada de nuevo más tarde, aunque entonces el poeta usa “cabezas” en vez de “almas”. No obstante, resulta obvio que el hecho de que cabeza y psiqué se utilicen a veces de forma intercambiable no lleve a la conclusión de que la psiqué estuviera localizada en la cabeza. Se cree que ambas representaran la misma cosa, es decir, la totalidad de la persona.

Las almas de los muertos se muestran que son incapaces de hablar con normalidad. Hay diversidad de pasajes donde se refleja muy bien esta naturaleza del alma: las almas de los pretendientes emiten los mismos sonidos mientras son guiados por Hermes hacia los infiernos, y por esa razón fueron comparados con murciélagos. Sófocles les atribuye un sonido diferente cuando escribe: “aquí llegan los zumbidos del enjambre de los muertos”. Este sonido miserable que emiten las almas de los muertos es sin duda producto de su imposibilidad de hablar. Hesiodo llama a la muerte “la que hurta la voz”

En definitiva, Psiqué y eidôlon están conectadas al inframundo de Homero. Tras la muerte de Patroclo, se aparece a Aquiles tal y como era cuando vivía; y durante todo el tiempo en que está en contacto con él, habla a Aquiles como lo haría una persona normal. Sólo cuando termina el diálogo desaparece chillando.

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