El suicidio en el pensamiento griego

Ayax y Aquiles

Ayax y Aquiles (Photo credit: mmarftrejo)

En la antigua Grecia existía la creencia de que el alma, tras el ritual funerario, no iniciaba su vida ultra terrena inmediatamente después de la muerte y que vagaba cerca del féretro, aunque normalmente no adoptaba los rasgos característicos del difunto, más bien en forma de homúnculo. Si embargo, en el tratamiento de personas cuya muerte era por suicidio no se les enterraban ni incineraban. Una explicación clara era que los suicidas pertenecían a la clase de muertos que carecían de status. En ciudades como Tebas, o en Chipre, por ejemplo, los cadáveres suicidas eran arrojados al otro lado de la frontera. En Atenas, según Platón,  se permitía el enterramiento de los suicidas sólo en las fronteras entre doce distritos, lo cual significaba una porción de tierra alejada del mundo social y ordenado.

Por lo tanto, el funeral forma parte de un complejo de ritos funerarios que, a su vez, pertenece al complejo de ritos relacionados con la muerte. Hay que destacar que en la muerte se produce un rito de separación; después, un periodo liminal y, por último, un rito de incorporación. Por lo tanto, los ritos funerarios pertenecen al grupo de ritos de incorporación, cuyo fin es la transición del muerto hacia al mundo ultra terreno y, de manera especial, en la adaptación del vivo a la nueva situación creada tras la partida de unos de los miembros de la familia.

También en la antigua Grecia existían tradiciones sobre el suicidio voluntario de los ancianos, una práctica que señala la costumbre de eliminar a las personas de edad avanzada.

Por otra parte, los filósofos pensaban que no le estaba permitido al hombre morir por voluntad propia. Quien expulsaba el alma del cuerpo violentamente no permitía que fuera totalmente libre, porque todavía no había terminado su ciclo de aprendizaje en la vida terrenal, porque la muerte debía ser para el alma una liberación del cuerpo, no una cadena, pero, si era obligada a salir, el alma estaría cada vez más encadenada al cuerpo. Y, a decir verdad, las almas que habían sido arrancadas así, vagaban largo tiempo alrededor del cuerpo, de su sepultura o del lugar en que el suicidio se había perpetrado.  En definitiva,  la única muerte loable era aquella para la que te preparabas de antemano.

El suicidio, por tanto, se consideraba una muerte maldita, pues no permite que el alma encuentre su remanso de paz, considerándose una muerte impura. Sin embargo, Epicuro, cuyo pensamiento se asocia a los atomistas, el sabio puede suavizar el dolor físico con el recuerdo de alegrías pasadas, y, en el caso de que este dolor fuera insoportable, le queda siempre abierta la posibilidad de poner fin a su tormento por medio del suicidio.

En la sociedad griega, los hombres mueren en el campo de batalla cumpliendo el ideal de civismo. La ciudad les concede un hermoso sepulcro y una elogiosa oración fúnebre con varios días de rituales. En la tragedia griega el suicidio no es un “acto heroico” sino una “solución trágica” que la moral reprueba. Aristóteles afirma que “una especie de deshonor acompaña al suicida, que es mirado como culpable para con la sociedad” y define el morir por mano propia como un acto injusto que la ley no permite y un deshonor que acompaña al que se mata. Asimismo, Platón afirmaba que “matarse era un acto injusto” excepto en tres casos: porque lo ordena el Estado o porque están forzados por alguna desgracia o porque han incurrido en una ignominia. Yocasta, madre de Edipo, se ahorca tras conocer su incesto con su propio hijo Edipo y la desgracia familiar que hay detrás del linaje de Layo.

El suicidio de Áyax fue muy popular en la Grecia antigua:

Según cuenta la leyenda, el padre de Áyax le aconsejó que debiera luchar con las armas pero también con la ayuda de los dioses, a lo que le contestó que hasta el más cobarde podía vencer con la ayuda de los dioses. Con esta repuesta se ganaría la enemistad de los dioses, que tal y como pasa en muchas de las leyendas griegas, las dos cosas que éstos no perdonaban era la hibrys y la falta de culto.

Áyax, el héroe de Salamina, es despojado del trofeo de las armas de Aquiles a causa de las maniobras de Ulises. En su desesperación y movido por la ira, Ayax ataca a los suyos con la intención de matar a Agamenón, Menelao y Ulises. Atenea se interpone en su camino y consigue confundirle para que sus ataques se dirijan hacia las reses que constituyen el botín de guerra griego. Ante las murallas de Troya, Ayax el invencible es consciente de la gran humillación a la que ha sido sometido y se hunde en un abatimiento que le conduce al suicidio. De nada sirven los ruegos de los suyos. Una vez muerto, los átridas deciden prohibir su enterramiento pero Ulises, el que fuera su enemigo irreconciliable, intercede por Áyax y logra que en su última hora, el que fuera proscrito y perseguido por su delito contra la propiedad griega, reciba los honores que corresponden al soldado heroico de aquella larga confrontación.

Antes del suicidio, según el argumento de la obra de Sófocles, Áyax Invoca a varios dioses griegos: a Zeus para que llame a su hermano Teucro e impida que su cadáver sea profanado; a Hermes, para que lo conduzca a las mansiones infernales; a las Erinias (la Venganza), para que atormenten a los griegos; al Sol, para que lleve sus noticias a Salamina; a la Muerte, para que venga a recibirle. Y enviando un último adiós a Salamina, a Atenas, a las fuentes, ríos y llanuras de Troya, se da la muerte echándose sobre su espada.

Cuando Ulises desciende al Hades, en el Canto XI de la Odisea, se encuentra, cara a cara con Áyax:

Áyax, hijo del irreprochable Telamón. ¿Ni siquiera muerto vas a olvidar tu cólera contra mí por causa de las armas nefastas? Los dioses proporcionaron a los argivos aquella ceguera, pues pereciste siendo tamaño baluarte para los aqueos. Los aqueos nos dolemos por tu muerte igual que por la vida del hijo de Peleo. Y ningún otro es responsable, sino Zeus, que odiaba al ejército de los belicosos dánaos y a ti te impuso la muerte. Ven aquí, soberano, para escuchar nuestra palabra y nuestras explicaciones. Y domina tu ira y tu generosó ánimo. Así dije, pero no me respondió.

En definitiva, a los mortales no les está permitido quitarse la vida sin una orden divina. Para éstos se prescribe sepultarlos aislados de los demás, sin gloria y en el anonimato.

Obra de referencia recomendada: Historia de la Filosofía.

Para ampliar más información: el ritual funerario; la hybris; las Erinias

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