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En el laberinto de Homero

Aplaudo vigorasemente a los escritores que se lanzan a escribir sobre los clásicos. Aquí tenemos un valiente, os lo presento:

«Homero es joven cada mañana y no hay nada más viejo que el periódico de hoy cuando ya se ha leído», recordaba el escritor católico francés Charles Péguy evocando la eterna vigencia de los poemas de Homero. Y, en efecto, Homero está inserto ineludiblemente, podríamos decir, no sólo en nuestro ADN cultural, sino en nuestras vidas. La guerra de Troya, aquel conflicto mítico y primordial que es epítome de toda la condición humana, de su grandeza y miseria, ilumina desde hace siglos la literatura y la historia de Occidente, que ha engendrado desde sus propios comienzos. El regreso del rey Odiseo, uno de los retornos de los caudillos griegos a sus hogares, culmina el díptico tradicionalmente atribuido a Homero y que supone la génesis no sólo de nuestra manera de entender la literatura antigua y sus muchas reinterpretaciones a lo largo de los siglos, sino también de la propia historia europea, que encuentra en aquella celebrada «materia troyana» la chispa inicial y la inspiración originaria.

Historicidad, guerra y recuerdo

Un triángulo de literatura, historia y recepción, podríamos decir, se despliega gracias a los poemas homéricos: primero el ciclo épico acerca del asedio y la destrucción de Troya, germen de toda literatura para nosotros, que Borges consideraba el ciclo básico y primero de los cuatro en los que subdividía los esquemas literarios; en segundo lugar, la historicidad de una guerra arcaica en un recuerdo lejano, en el que los griegos creyeron ciegamente y que sólo desde 1871, siguiendo a Heinrich Schliemann, pudo demostrarse auténtico y ser investigado por la ciencia arqueológica; y en tercer lugar, la historia de sus innumerables recreaciones y postrimerías en Virgilio, Dante, Cervantes, Joyce y tantos otros. Pero lo más importante de Homero es que nos pertenece a todos. Es un clásico permanente que resulta inmune a los eruditos y abierto a que todo tipo de personas, de diversas épocas, se acerquen a él, de forma tal vez sólo comparable a Shakespeare y Cervantes, que cierran el triunvirato sublime de los clásicos universales. Como decía el viejo adagio de A. v. Schlegel: «Leed, leed a los antiguos, que lo que los modernos dicen de ellos importa más bien poco». Y es que su mensaje es tan poderoso que nadie resulta ajeno a él, como nos recuerda ahora este estupendo libro titulado «El mundo de Homero», de John Freely, físico y profesor, conocido como escritor amante de los viajes (también por tiempos pasados, como muestra ahora).

Freely no es especialista en filología clásica, historia antigua o arqueología, pero fue iluminado por Homero en el transcurso de un viaje por mar cuando servía en la Marina estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces las aventuras de Aquiles y Odiseo quedaron grabadas a fuego en su memoria y años después les dedicó este libro, que supone una completa guía de lectura e introducción al mundo de Homero realizada por un no especialista y dedicada para no especialistas, con todas las virtudes que ello tiene y, por supuesto, con algunos de sus defectos. Pero ante todo es un libro válido para cumplir la misión que se propone. Por un lado, da testimonio de la «Ilíada», el cantar de esa guerra legendaria en torno a las murallas de Ilión, y de sus episodios desde la funesta cólera de Aquiles. La genial concreción de la larga guerra de Troya en la narración de unos pocos días del décimo año exponen la gloria y la tristeza de todo conflicto y, por excelencia, de la condición humana. Desde la ira egoísta de un cruel aristócrata a la reconciliación final entre dos enemigos que se reconocen en su mutua tragedia entre lágrimas, pasando por la efímera vida de cada uno de los contendientes, cifrada en el relato de las muertes y lances guerreros. Por otro lado, la más moderna peripecia del héroe astuto y aventurero, Odiseo, en pos de su ansiada Ítaca, del regreso a casa junto a su mujer: otro ciclo clave de la literatura, como sugería también Borges, que combina aventuras fantásticas, fabulación novelesca, intrigas cortesanas, la «road movie» más singular y el anhelado «happy ending» del reencuentro. Freely nos conduce hábilmente por los episodios de cada uno de los dos poemas, «Ilíada» y «Odisea», glosando sus pasajes más conocidos (algo tal vez tedioso para quien los haya leído) y resumiendo las cuestiones más importantes de la literatura, la historia (y también la geografía) en torno a Homero a modo de guía de viajes o introducción a su mundo. Se configura así como una guía ideal para el lector interesado y no experto en la materia: tanto para el que lo ha leído como para el que no, al que auguramos lo mejor en tal aventura.

Una guía para la vida

Y es que Homero no es sólo, como hemos argumentado, fundamental para la literatura, la historia y en general para la cultura occidental, sino que también puede convertirse, como otros clásicos, en el punto de referencia de una vida. Así nos parece que ocurre, por ejemplo, con John Freely. Y curiosamente con otro libro dedicado a Homero recientemente por otro escritor de viajes, el inglés Adam Nicolson, que, lejos de los corsés académicos y eruditos, se acerca a Homero como guía existencial desde su experiencia personal. Como Freely, también Nicolson redescubre a Homero en un viaje marino y lo convierte desde entonces en una guía para la vida, para mejorar la existencia personal y buscar la felicidad en la literatura de este gran clásico. En fin, dos libros paralelos en cierto modo, de dos no especialistas que, sin embargo, reflejan mejor la fascinación y el entusiasmo por Homero que algunos expertos en la materia de prosa insufrible. En definitiva, comprobamos de nuevo cómo lo que canta el vate griego tiene que ver aún hoy con la vida de cada uno de nosotros en un viaje literario de eterna vigencia.

Fuente de información: la Razón

Homero

Homero

Opinión personal:

 Me ha emocionado mucho, muchísimo, leer el artículo y no he dudado en compartilo con todos vosotros. Me siento identificado con cada una de sus líneas y, sobre todo, del concepto que el autor quiere reflejar. Hoy día, lamentablemente, la Humanidades, especialmente la cultura griega, están en el pozo de la sociedad, en el olvido, sin apreciar  los valores tan ricos que aportan en todos los niveles: arte, literatura, teatro, música, arquitectura, etc.  También me veo reflejado en Freely y en Nicolson, ambos no son especialistas en Homero, al igual que yo, pero los tres les ponemos mucho amor y entusiasmo por Homero dándole a nuestras vidas un sentido existencial más personal e íntimo. En definitiva, hoy estoy muy feliz porque Animasmundi forma parte de una realidad no tan lejana como muchos creen. Y para concluir, os invito a que leáis mis reflexiones sobre el mundo homérico: Ulises, más allá del mito.

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Ulises: más allá del mito

Ulises

Ulises

Homero nos detalla en la Odisea los viajes de Ulises, que durarán diez años tras la terrible guerra de Troya. Si tenemos en cuenta que ese conflicto bélico ya ha alejado a nuestro héroe de los suyos durante diez largos años, hace al menos veinte años que Ulises no está cerca de su familia, allí donde debería vivir. Hay que recordar que él nunca quiso esta guerra. Hizo todo lo posible para no formar parte de ella y sólo por obligación abandona su patria, Ítaca, la ciudad de la que es rey; a Telémaco, su hijo aún muy pequeño; a su padre, Laertes; a su madre, Anticlea y a Penélope, su amada mujer. En definitiva, se ve arrastrado por una crisis bélica de intereses que a él ni le va ni le viene. Es verdad que se trata de una obligación moral, claro, pero no por eso menos gravosa: a pesar de su deseo de quedarse allí donde está su casa, cerca de los suyos, Ulises no puede por menos que mantener su compromiso con Menelao, rey de Esparta, a quien el joven príncipe Paris acaba de arrebatarle a su esposa, la bella Helena. Imaginaros la situación: Ulises está abatido puesto que le han desplazado de forma violenta de su sitio natural, del lugar que le pertenece y al que asimismo pertenece, alejado a la fuerza de los que lo rodean y que constituyen su mundo humano. Sólo tiene un deseo, volver a casa cuanto antes, recuperar su lugar en el orden del mundo que la guerra ha trastornado. Pero por multitud de razones su viaje de vuelta resultará increíblemente arduo y difícil, sembrado de obstáculos y de pruebas casi insuperables. Además, todo se desarrollará en una atmósfera sobrenatural, en un mundo mágico y maravilloso que no es el mundo humano, un universo poblado de seres demoniacos o divinos, benévolos o maléficos, pero que de todas formas no son una muestra de vida normal y, como tales, representan una amenaza: la de no volver jamás a su estado inicial, ni recuperar nunca una existencia humana auténtica.
Otra perspectiva de la Odisea es la de observar la espiritualidad laica de Ulises. Esto quiere decir que entiende que la vida buena es la vida en armonía con el orden cósmico, estar en equilibrio con la naturaleza. Para los griegos, Ulises es el referente del hombre auténtico, del hombre sabio que sabe lo que quiere y al mismo tiempo adónde va. Os recomiendo la lectura de la Odisea porque no pretendo analizar una a una las diferentes etapas del viaje de Ulises, pero voy a nombrar algunas claves sobre Ulises que nos permitirán darle su verdadero sentido a esta epopeya y percibir toda su hondura filosófica.
Del mismo modo que en la Teogonía de Hesíodo, la historia parte del caos y termina en el cosmos, es decir, en el orden, igualmente, la trayectoria de Ulises comienza por una serie de fracturas, una sucesión de desórdenes que va a ser necesario afrontar y calmar. La guerra de Troya es una máquina de engullir a miles de jóvenes que refleja también un desarraigo sin igual para unos soldados llevados a la fuerza lejos de sus hogares, lejos de toda civilización, de toda dicha, lanzados a un universo que no tiene nada que ver con lo que la vida buena, la vida en armonía con los demás, con el mundo, debería ser. Esta visión es muy importante para entender el universo como parte elemental de nosotros.
Como suele suceder siempre, tras la guerra y, gracias al ardid de Ulises con su famoso caballo de madera, la guerra sigue hollando en el caos con el saqueo de Troya, con el ya famoso sello de la hybris más demencial. Los soldados griegos, tras una devastadora guerra, se han vuelto peores que animales salvajes. Al conquistar la ciudad troyana, los soldados se complacen en matar, violar, torturar y destrozar Troya. Frente a semejante oleada de hybris, Zeus debe obrar con severidad: desencadenará tormentas sobre las naves de los griegos cuando, una vez finalizado el saqueo de Troya, quieran volver a sus hogares. Además, para escarmentarlos y hacerles reflexionar, sembrará cizaña entre los jefes, sobre todo entre los dos reyes más grandes, los dos hermanos: Agamenón, que ha dirigido los ejércitos durante todo el conflicto y Menelao, rey de Esparta y marido engañado de la bella Helena enamorada de Paris.
Imaginaros en el caos que se haya Ulises. Hoy día, podemos encontrar un símil con la situación que se vive. Sin darnos cuenta y lentamente nos apartan de nuestros sueños, perdemos nuestro trabajo y nos encontramos con los bolsillos vacíos. Hay que volver a ordenar nuestro mundo, a empezar de nuevo.

Los viajes de Ulises

Los viajes de Ulises

¿Quién fue realmente Ulises?
Hay que destacar que en la Odisea la visión del mundo se basa en la cosmología, no en la ideología política, donde una existencia lograda se ajusta al orden cósmico, donde la familia y la ciudad no son más que elementos evidentes.
Pero, ¿qué hay detrás de esa cosmología tan importante?
En la Odisea, El propio Zeus nos hace entender que Ulises es el más sabio de todos los humanos, porque su principal destino es comportarse en la tierra como el señor de los dioses a nivel del Gran Todo. Aunque Ulises es mortal, es un Zeus pequeño al igual que Ítaca es un mundo pequeño y el objetivo de su viaje tan penoso, como de su vida entera, es hacer que la justicia, es decir la armonía, reine por las buenas o por las malas si hace falta. Por eso Zeus no permanecerá insensible a este proyecto que le recuerda al suyo, cuando tuvo que reestablecer el orden dentro del caos inicial que había en el universo. (Véase la Teogonía)
¿Qué significa “alcanzar la vida buena”?
Más allá de su dimensión casi iniciática en el plano humano, incluso de los aspectos cosmológicos, esta concepción de la vida buena posee también una dimensión metafísica que guarda relación con el tema de la muerte. Para los griegos, lo que caracteriza a la muerte es la pérdida de la entidad. Para empezar y ante todo, los desaparecidos son los “sin nombres”, “sin rostro”. Todos los que abandonan la vida se convierten en “anónimos”, pierden su individualidad, dejan de ser personas vitales. Es conocido el descenso de Ulises al inframundo, al Hades, donde moran los que ya no tienen vida, se apodera de él una sorda y terrible angustia. Contempla con horror a toda esa gente que deambulan a su alrededor, esas sombras a las que nada permite identificar. A esto hay que añadirle el ruido que hacen: confuso, una especie de rumor sordo en el que ya no es posible reconocer una voz y mucho menos una palabra con sentido. Esa despersonalización caracteriza a la muerte y la vida buena es el polo opuesto, a ojos de los griegos.
Es muy importante pertenecer a una comunidad armoniosa, a una patria (un cosmos). En el exilio no eres nadie por eso el destierro de la ciudad es lo mismo que una condena a muerte, según los griegos. Es importante saber de dónde venimos para saber quiénes somos y adónde tenemos que ir. En este aspecto, el olvido es la peor forma de despersonalización que pueda conocerse en la vida. Es una pequeña muerte dentro de la existencia y el amnésico, el ser más desdichado de la tierra. Por último, hay que aceptar la condición humana, es decir, la finitud: un mortal que no acepta la muerte vive en la hybris, en una desmesura y una forma de orgullo que llevan a la locura.
En los sucesivos pasajes de la Odisea, Ulises tiene que luchar para no caer en el destierro, en el olvido y, por encima de todo, encontrar su verdadero Yo, aquel que perdió cuando lo arrancaron de su patria.
Hay un pasaje muy curioso donde Calipso ofrece la inmortalidad a Ulises siempre y cuando renuncie a su identidad (Canto V). Si Ulises olvida quién es, también olvidará adónde va y nunca alcanzará la vida buena. Supongamos que Ulises aceptase la oferta de Calipso, si cediese a la tentación de ser inmortal, dejaría en ese instante de ser un hombre, no sólo porque se convertiría en un dios sino que eso le llevaría al exilio, renunciar para siempre a vivir con los suyos, por lo que perdería su propia identidad. Con más rotundidad, al aceptar la inmortalidad, Ulises se convertiría en algo parecido a un muerto y ya no sería el Ulises que todos conocemos: rey de Ítaca, el marido de Penélope, el hijo de Laertes…
La lección más importante es que la inmortalidad es para los dioses, no para los humanos y no es lo que uno debe buscar desesperadamente en esta vida.
Por eso, en la Odisea se repiten los terribles obstáculos que amenazan a Ulises a lo largo de todo el viaje y contra los que tiene que luchar para encontrar su verdadero Yo. En otro pasaje de la Odisea, Ulises se verá amenazado por el olvido en el país de los lotófagos, cuyo alimento hace perder la memoria (Canto IX). El olvido, en sus infinitas representaciones, amenazará a Ulises en forma de sueños funestos. Son estas pérdidas de conciencia las que lo harán cometer muchos errores, entre ellas, la tentación de abandonar sus proyectos de vuelta, por lo que corría constantemente el riesgo de perder su lugar en el cosmos.
Por lo tanto, ahora sabemos de dónde viene y adónde va Ulises: del caos al cosmos pero a su nivel, que es humano pero que refleja el orden cósmico. Es un itinerario de sabiduría pero a su vez un camino tortuoso, polvoriento, penoso al máximo, cuyo fin, sin embargo, es el de alcanzar la vida buena aceptando la condición de mortal que es la de todo ser humano.

Ulises2Para terminar, destacaremos otras cualidades de Ulises:

La Ilíada concede a Ulises una atención nada desdeñable. Aparece como un terrible guerrero (Canto X y XI) que en varias ocasiones convence a las tropas griegas para que no abandonen la llanura (Canto II, XIV). Se le presenta también como un hábil diplomático que, aunque fracasa en su primera tentativa de apaciguar a Aquiles (Canto IX), furioso contra Agamenón porque este le había arrebatado a su cautiva Briseida, logra finalmente llevar a buen puerto la negociación que devolverá a Aquiles al campo de batalla (Canto XIX); anteriormente Ulises había conseguido que Agamenón restituyera a la cautiva Criseida a su padre sacerdote de Apolo (Canto I).
Como hemos explicado en líneas anteriores, la figura del héroe queda definitivamente consagrada en la Odisea. Todo el relato se organiza en torno a Ulises, «el hombre de los mil recursos» (Canto I): es el ausente que busca a su hijo (II, III, IV) antes de que su presencia le sitúe en el centro del relato; narra sus propias aventuras a Alcínoo (Canto V a XII) y el lector asiste a su regreso de Ítaca y a su venganza (Canto XIII a XXIII). En todas las circunstancias el héroe se muestra «magnánimo», fiel a sus amigos y a su familia, sagaz y valeroso.
Esta misma imagen es la que refleja la pieza de Sófocles Áyax, que opone a un Ulises prudente y comedido a un Áyax atacado por una locura asesina. En la pieza de Sófocles Filoctetes, Ulises, entregado en cuerpo y alma a la causa griega, consigue con su astucia habitual que el último compañero de Heracles les entregue el arco y las flechas necesarias para la victoria griega. Sófocles trató la muerte de Ulises en Ulises herido, de la que sólo se han conservado algunos fragmentos. En esta obra, Telégono, el hijo que Ulises había tenido con Circe (XII), llega a Ítaca y mata a su padre ignorando su identidad.
En el siglo IV a. C. Aristóteles pone la Odisea (Poética, VIII, XVII) como modelo de relato organizado en torno a un tema único: Ulises. Platón, sin embargo, la condena como ficción (La República, III). Los estoicos proponen a Ulises como ejemplo de buena conducta: es «el héroe paciente» por excelencia. Virgilio se inspira en la invocación de los muertos que hace Ulises (Odisea, XI) para escribir el canto VI de la Eneida, donde se desarrolla el descenso al Hades de Eneas. Horacio celebra la templanza de Ulises (Epístolas, 1,7) y Séneca su prudencia (Cartas a Lucilo, XX, 123). Los libros XIII y XIV de las Metamorfosis de Ovidio presentan al elocuente Ulises vencedor de Áyax, la rabia de Polifemo, engañado por el héroe y los maleficios de Circe.

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El simbolismo de Troya

TROYANOS
Son los esfuerzos nuestros, de los desventurados,
son los esfuerzos nuestros como los de los troyanos.
Algo conseguimos; nos reponemos
un poco; y empezamos
a tener coraje y buenas esperanzas.
Pero siempre algo surge y nos detiene.
Aquiles en el foso enfrente a nosotros
sale y con grandes voces nos espanta.
Son los esfuerzos nuestros como los de los troyanos.
Creemos que con decisión y audacia
cambiaremos la animosidad de la suerte,
y nos quedamos afuera para combatir.
Mas cuando sobreviene la gran crisis,
nuestra audacia y decisión desaparecen;
se turba nuestra alma, paralízase;
y en torno de los muros corremos
buscando salvarnos con la fuga.
Empero nuestra caída es cierta. Arriba,
sobre las murallas, comenzó ya el lamento.
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Este poema pertenece al poeta griego Constantino Petrou Cavafis,  una de las figuras literarias más importantes del siglo XX y uno de los mayores exponentes del renacimiento de la lengua griega moderna.
Troya, la “dueña de Asia”, la legendaria ciudad que inmortalizó la epopeya homérica, aparece situada bajo el signo de la gloria y la traición: presentes divinos y promesas no respetadas jalonan su historia desde su fundación hasta su destrucción por la astucia y la fuerza.
La Troya de Príamo

La Troya de Príamo

Fue fundada en la llanura del Escamandro por Ilo, hijo del Rey Tros (a su vez fundador mítico del reino troyano), que la bautizó con el nombre de Ilión. Algún tiempo después de su fundación, Zeus envió una señal para demostrar su favor y protección: una estatua de la diosa Palas Atenea, el Paladio, milagrosamente caída del cielo. Para albergarla, Ilo hizo construir en Troya un gran templo consagrado a Atenea. Ilo es el antepasado común de dos linajes reales troyanos llamados a tener unos destinos tan ilustres como opuestos. Por un lado, la rama encabezada por su hijo Laomedonte (padre de Príamo) condenada a la extinción y la de su hija Temiste (abuela de Eneas), destinada a perpetuarse gloriosamente a través de la fundación de Roma.

La caída de Troya fue el exterminio de prosperidad  y poder de una ciudad en la que el anciano Príamo, Rey de Troya, tuvo que sufrir la pérdida de sus conciudanos bajo las armas griegas. Cuando Troya cae al fin, el anciano monarca muere degollado por Neoptólemo, el hijo de Aquiles, de quien un oráculo había profetizado que sería el supremo vencedor de la ciudad. Con Príamo y su linaje desaparecería definitivamente la ciudad de Troya.
Hemos comentado en Animasmundi el tema del destino del hombre y las maldiciones que acarrean sobre los linajes de mayor jerarquía. Por eso, para entender el trasfondo de Troya, os invito a leer los siguientes enlaces: la hybris y las maldiciones en la mitología griega. Tampoco tenemos que pasar por alto que Troya también presenta el destino miserable de las mujeres arrastradas como esclavas lejos de su ciudad. Por lo tanto, la guerra de Troya condujo a los hombres a separarse de la sabiduría, esa vanidad o esa desmesura que desafía a los dioses y, a través de ellos, al orden cósmico. Más allá de representar una entidad abstracta y simbólica, este es el valor que se le confiere a la saga de Troya en el mito cosmogónico antiguo: un valor que por ser simbólico continúa siendo hoy día muy actual, pues las condiciones que dieron lugar a esa gran guerra son hoy en día tan actuales como entonces. Así lo vemos en el poema de Cavafis, donde Troya y su trágico destino sirve al poeta para ejemplificar la vida de los hombres, luchando cada día por la felicidad pero que sólo consiguen en momentos determinados pues los obstáculos volverán a surgir…Sin duda un mensaje pesimista que no puede dejar de recordarnos aquellos primeros versos de aquel soneto IV de Garcilaso: Un rato se levanta mi esperanza / mas, cansada de haberse levantado, / torna a caer, (…)
Fuente de información recomendada:

Poesía completa (Alianza Literaria (Al))

Enlaces relacionados con Cavafis:

Ítaca

La muerte de Sarpedón

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