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La metafísica en Edipo (Parte II)

Cuando observamos una cascada de agua precipitándose por la montaña, en algunos tramos, se forman pequeños remolinos que de momento parecen retroceder en sentido contrario a la corriente; pero sin embargo, todo el caudal del agua, incluido los remolinos, son arrastrados por el impulso del torrente hacia delante con la fuerza de la corriente. La imagen de la cascada me recuerda al eterno problema del ser humano: el devenir. En el ámbito filosófico el devenir significa el ser como proceso, todas las maneras de llegar a ser, el cambio, el acontecer, el ir siendo, el movimiento. Además del contexto filosófico de la palabra, debo añadir que, para mí, el devenir es evolución, es ir hacia delante y dejar que las cosas sigan su curso, como esa cascada de agua precipitándose por la montaña, de la misma manera que también evolucionamos movidos por la irresistible fuerza del Logos que nos empuja hacia delante. Que vayamos movidos por la fuerza del Logos o empujado por una cascada no quiere decir que estemos progresando, dando pasos de gigantes. La corriente nos arrastra porque la propia naturaleza tiene un propósito cósmico y universal y depende de nosotros alinearnos a esa energía o no. Vayamos por parte:

El antiguo aforismo griego “conócete a ti mismo” (Gnothiseauton) es una hermosa advertencia, porque el conocimiento de uno mismo es absolutamente necesario a todo candidato para el progreso espiritual.

El explorarse a uno mismo parece inmiscuirse en una estrecha relación de causa-efecto, de explorar nuestro interior, de mirar dentro de sí, de tomar conciencia de nuestra naturaleza divina. Conócete a ti mismo es una invitación a una mirada introspectiva, como el detectar nuestras carencias y defectos y mantener prudencia en el manejo de nuestra lengua. Una llana y sincera capacidad de autocrítica. El alma tiene que estar en consonancia con el cosmos y elevarse a la Unidad, a la fuente original que la mayoría de los filósofos abogaban con una vida equilibrada.

El otro mandamiento que adornaba el frontón de Delfos era “nada en exceso” (médenagan).

Nada en exceso invita a los hombres a encontrar su justa medida en el orden cósmico para protegerse de la hybris, ese arquetipo de la falta de sabiduría, esa vanidad o esa desmesura que desafía a los dioses y, a través de ellos, al orden cósmico, pues todo es uno.

En el mito de Edipo, con la estirpe de Layo como eje central y las consideraciones detalladas en líneas anteriores se deduce, claramente, que si alguien fuese tan insensato que se empeñara en ir en contra de la corriente y actuar firme y decididamente en el mal, no por ello “se inclinaría” hacía atrás. En mi opinión más bien el sujeto sería el “remolino” que queda atrapado en el torrente que continúa su curso de manera natural; la fuerza del Logos no se  puede  invertir, del mismo modo que tampoco se puede invertir la corriente del río.

Sabemos que las circunstancias externas cambian incesantemente porque se ven afectadas por toda suerte de influencias. Pero la vida interna  no está en continua oscilación. Es decir, continuando con la metáfora del torrente,  el río puede estar contaminado, puede llevar más o menos caudal, pueden, incluso, imponerse varios obstáculos, pero sabemos con absoluta certeza que el curso del río seguirá adelante.

A esto hay que sumar que el devenir es uno de los problemas más destacados de la filosofía porque parece contraponerse al ser. Es un “sudoku” filosófico que a su vez entraña muchas contradicciones.

Por otra parte, para mí el devenir también representa la superación del ser y lo voy a explicar y desarrollar basándome en el mito de Edipo. (ir al enlace del mito de Edipo)

La maldición de Layo arrastra al linaje de Edipo pero cada uno no llega a entender su propio devenir: Layo viola al tierno Crisipo que termina suicidándose, Yocasta se ahorca, sus hijos se matan entre ellos y  solo Edipo representa la superación del ser y de la pura nada.

En el siguiente resumen recordaremos el devenir de los principales personajes:

Yocasta, madre de Edipo, se ahorca tras conocer su incesto con su propio hijo y la desgracia familiar que hay detrás del linaje de Layo. El suicidio se consideraba una muerte maldita, pues no permite que el alma encuentre su remanso de paz, al considerarse una muerte impura.

Etéocles y Polinices, los hijos de Edipo y Yocasta, se matan en combate el uno al otro. El poder les ciega  acarreando la muerte de ambos.

Antígona e Ismene, hijas de Edipo y Yocasta: son condenadas a muerte. Antígona fue condenada a ser emparedada viva, pero terminó ahorcándose.

Edipo: tras conocer su origen del linaje de Layo y el crimen que ha cometido decide cambiar su historia. La angustia se abate sobre él y acaba perforándose los ojos. Parte para el destierro de la mano de Antígona. Ella le guiará hasta Colono, en el Ática, donde es acogido hospitalariamente por Teseo. El viejo Edipo se sienta a descansar en un recinto sagrado dedicado a las Euménides (Erinias). Edipo intuye que el fin de su vida está cerca y solicita la presencia del rey Teseo de la ciudad de Colono.

Hay que recordar que las Euménides son las Erinias, pero bajo su aspecto benéfico. Las Erinias significan la culpa reprimida convertida en fuerza destructiva, en tormentoso remordimiento; las Euménides representan esa misma culpa confesada, sublimemente productiva, el arrepentimiento liberador.

Por lo tanto, Edipo escapa al tormento (las Erinias) buscando refugio en las Euménides (cuyo santuario tenía en Grecia el mismo poder curativo que el templo de Apolo y su inscripción “Conócete a ti mismo”)

Todos los personajes del mito representan, excepto  Edipo, desde mi punto de vista, el camino estático del devenir, es decir, están adheridos estrechamente al sistema estructurado y corrosivo que les lleva al fatalismo; Edipo representa el símbolo del alma solar, símbolo de la transmutación de la involución a la evolución, empujado por su debilidad a la caída, pero encontrando en ese hecho mismo la fuerza de la elevación. Edipo acaba finalmente convirtiéndose en un héroe-vencedor. En mi opinión, Edipo representa el camino dinámico que conduce a una existencia completa (la individualidad) en la que el yo se encuentra al fin consigo mismo perdiéndose en el Absoluto.

“No le mató ni el rayo portador del fuego de una deidad ni un torbellino que del mar se hubiera alzado en aquel momento. Más bien, o algún mensajero enviado por los dioses o el sombrío suelo de la tierra de los muertos le dejó paso benévolo. El hombre se fue no acompañado de gemidos y de los sufrimientos de quienes padecen dolores, sino de modo admirable, cual ningún otro de los mortales” (Edipo en Colono, 1659)

Dicho camino dinámico empuja a Edipo a convertir la ira en paz. También fue consciente de la inexorable fuerza del destino pero a su vez fue artífice y constructor de su propio destino.

Bajo mi punto de vista la evolución no es un hecho de la casualidad, sino el esfuerzo creador de uno mismo, por eso Edipo nos enseña que el hombre debe volver a colocarse en el eje de la evolución y  hacer el recorrido hasta el final, optando para que su alma no sea presa del devenir.  Subrayo que la existencia de Edipo es opuesta al fatalismo de Yocasta. Él sabe que forma parte del  bucle  del destino pero a su vez  pretende sobrepasar al propio destino trazando su propio camino.

En síntesis, Edipo representa la liberación del espíritu. Es decir, cambia una experiencia terrible por la verdad, consiguiendo en última instancia la conciliación de la unidad frente a la multiplicidad que presenta la experiencia. La multiplicidad se da en Yocasta y en sus hijos; Edipo busca incesantemente las condiciones que impidan su autodestrucción y de paso encontrar la liberación.

Aquí se manifiesta claramente la preocupación del ser humano por aquello que puede llegar a conocer, aun cuando la incógnita del Ser siempre nos remita a un hondo misterio. En otras palabras, Edipo anhela alcanzar lo ilimitado del conocimiento: conocer más y más, entrar en comunión cada vez más profunda con la realidad que le envuelve, ir más allá de cualquier horizonte y hacer la experiencia del misterio. Edipo nos descubre que todo es misterio: las cosas, la naturaleza, cada persona, su corazón, el universo entero…

Otra cuestión que podemos escudriñar sobre el mito: ¿La naturaleza divina valora el ocultarse? En mi opinión la naturaleza divina no se oculta. Somos nosotros la que lapidamos la naturaleza divina en pro de nuestros intereses egoístas. Sabemos de antemano que la experiencia de la estirpe de Layo recae con el mismo peso para todos, pero todos, menos Edipo, deciden celar la verdad e ir en contra de la propia naturaleza. En el mito de Edipo nos enseña que depende de nosotros ocultar los mecanismos racionales de la naturaleza que están a la luz. Depende de nosotros si queremos subestimar o no la fuerza superior de la naturaleza divina.

Recordemos que Yocasta y Layo decidieron arrojar a Edipo a un monte infranqueable para que la maldición no se cumpliera; Edipo, cuando escucha directamente esta versión de la propia Yocasta, su esposa, siente que su alma se precipita en una terrible espiral de consecuencias irreversibles. Edipo recuerda en su infancia como un hombre ebrio se le acercó y le dijo que era hijo putativo de Pólibo, rey de Corintio, y de  Mérope. Lógicamente, Pólibo y Mérope desoyeron el relato de Edipo. Ese episodio quedó en un segundo plano y se pasó por alto. Más adelante, en la época de la adolescencia, Edipo,  sin que sus padres lo supieran, se dirigió al oráculo de Delfo y le anunció la terrible maldición que corría por la sangre de su familia. Entonces, Edipo huyó de Corintio para eludir la tragedia de lo que él creía que eran sus padres biológicos, Pólibo y Mérope. A partir de ese momento, el destino continuó infaliblemente los pasos de Edipo hasta el final.

Por otro lado, recordemos que Yocasta no desea que Edipo continúe con las pesquisas sobre quién es él; Edipo, sin embargo, quiere conocer su origen, aunque proceda de un linaje oscuro y con un funesto destino.

Edipo sucumbe finalmente: “ Oh nube de mi oscuridad, que me aislas, sobrevenida de indecible manera, inflexible e irremediable! ¡Ay, ay de mi de nuevo! ¡Cómo me penetran, al mismo tiempo, los pinchazos de estos aguijones y el recuerdo de mis males!” (Edipo Rey, 1314)

Por este motivo, de nosotros depende enteramente desplegar la razón (lógos), en un camino arduo y abnegado que nos permita desenterrar la estructura racional de la naturaleza. Cuando Edipo se aleja de sus padres putativos, su mente cree que está escapando del desdichado destino. Salir de la patria que lo adoptó, fue para él, en ese preciso momento, sensato y noble por su parte. Pero él no sabía que su alma le estaba llevando a descubrir la verdad, su origen. Aquí se ve una oposición clara y contundente entre la mente y el alma. La naturaleza del alma evoluciona siempre;  la mente con sus multiplicidades de contrarios es la que nos hace errar y no ver las cosas tal como son, sino tal como somos.

“¿Cómo voy a ser un malvado por naturaleza, yo que devolví lo que había sufrido (Edipo recuerda que, antes de atacar él a su padre Layo, había sido golpeado por éste), de suerte caso hubiera llegado a ser un malvado? Y luego, sin saber nada, llegué adonde llegué y estoy perdido por obra de aquello que, sabiéndolo, me hicieron sufrir (cuando sus padres biológicos le abandonaron)”. (Edipo en Colono, 279)

En resumen, la evolución del alma es una razón universal, pero a veces pensamos que dicha evolución está gobernada por el hombre, por los sentidos, por la mente. Edipo pasa de escuchar la mente al logos eterno, del cual los hombres no tienen conciencia pero deben aprender a escuchar las señales de la propia naturaleza, la voz del cosmos,  para así alcanzar la unidad de las cosas, es decir, a lo eterno. En los diálogos de Edipo muchas veces se ve que él no sabe determinar qué es lo que corresponde a una cosa o a la otra. Si no sabe escuchar la única razón por la que está atravesando la terrible experiencia, ¿de qué manera podrá reparar el error de su linaje?

Recordaremos la famosa frase “Conócete a ti mismo”, en el templo de Apolo en Delfos:

“Te advierto, quienquiera que fueres tú, que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el Tesoro de los Tesoros. Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses”.

El mito de Edipo y los complejos mecanismos que lo componen parten, por un lado, del convencimiento de la solidez del equilibrio divino y, por otra parte, de la creencia de que el hombre está conectado de manera consciente a sus excentricidades y desarraigos con respecto al mundo de lo divino y esta conciencia, que casi siempre se podría calificar de existencial es siempre dolorosa.

En Edipo en Colono es totalmente desgraciado, y consigue en su misma desgracia una explicación. Lo tiene todo en su contra: el destino se comporta por su propio derecho. Y Edipo lo sabe, es consciente del peso que tiene encima. Sabe que en las cartas del destino no entran, desde luego, eximir su culpabilidad ya que él forma parte de la mancha del tejido familiar que los griegos llamaban miasma: la palabra proviene del griego μίασμα, mancha, pero es mucho más que eso. Según la R.A.E miasma es un efluvio maligno que, según se creía, desprendían cuerpos enfermos, materias corruptas o aguas estancadas. De ahí se creía que provenían infecciones que se propagaban de unos a otros como por ejemplo las bacterias. En el griego antiguo miasma es también una impureza no sólo física sino moral. Era necesario expiar los miasmas a través de rituales y ceremonias para que estos no se propagaran ya que estas personas podrían ser perjudiciales para la sociedad. ¿No es esto por ejemplo lo que ocurre en la tragedia de Edipo? El pueblo necesita encontrar al culpable del asesinato del rey para acabar con la enfermedad que los acecha y esa es la solución a las desdichas de Tebas, la repuesta que trae Creonte del Oráculo en Edipo Rey:

EDIPO.- ¿Cuál es la respuesta? Por lo que acabas de decir, no estoy ni tranquilo ni tampoco preocupado.
CREONTE.- Si deseas oírlo estando éstos aquí cerca, estoy dispuesto a hablar y también, si lo deseas, a ir dentro.
EDIPO.- Habla ante todos, ya que por ellos sufro una aflicción mayor, incluso, que por mi propia vida.
CREONTE.- Diré las palabras que escuché de parte del dios. El soberano Febo nos ordenó, claramente, arrojar de la región una mancilla que existe en esta tierra y no mantenerla para que llegue a ser irremediable.
EDIPO.- ¿Con qué expiación? ¿Cuál es la naturaleza de la desgracia?
CREONTE.- Con el destierro o liberando un antiguo asesinato con otro, puesto que esta sangre es la que está sacudiendo la ciudad.

SÍNTESIS

Recordemos que Edipo hizo cosas que nunca pensó que haría: matar a su padre, casarse con su madre…Le tocó escalar la montaña más alta del mundo, cada paso más difícil. Yocasta se suicidó porque no pudo llegar a la cima; sin embargo, Edipo se dio cuenta que expiar su delito no era subir hacia el pico más alto de la montaña, sino una peregrinación hacia dentro. Edipo empezó a darse cuenta que estaba vivo; Yocasta experimentó una mentira; Edipo alcanzó ese despertar, experimentó lo real, algo profundo y verdadero…Yocasta le dio la espalda al cosmos y sucumbió a un final trágico. ¡Edipo se encontró a sí mismo!

En mi opinión, la vida es parte de un juego y hay un camino para cada hombre. Yocasta fingía desde un principio y esa es la historia que escogió; Edipo, sin embargo, escogió encontrarse a sí mismo. La maldición de Layo engullía a su familia lentamente y en ese juego Edipo entendió que hay que luchar, conquistar, ganar, perder, volver a levantarse, pero decidió una cosa muy importante: El destino es suyo y quería llegar hasta el final…

La justicia divina, como  juez severo, termina hasta con los más poderosos, del mismo modo las grandes civilizaciones perecerán y  todo se perderá, pero la humanidad seguirá buscando nuevos dioses, pertenecer a alguien que está por llegar, alguien muy grande. Entonces, la historia se repetirá y el libro se quemará justo cuando  encuentre  su desenlace.

Para cerrar mi análisis sobre el devenir y la metafísica de Edipo, me gustaría subrayar que muchas personas creen que los mitos son una fábula, un cuento, un entretenimiento mental, pero en realidad lo que no saben es que los mitos son mentiras que cuentan una verdad oculta. La mayoría de las personas se quedan en la superficie de los mitos, en el molde externo de la historia pasando las páginas de su vida sin ver el interior de su naturaleza. Pero luego hay personas que despiertan, que pueden cambiar, y tejen una nueva historia con sus decisiones metafísicas para convertirse en quienes decidan ser. Depende de nosotros mismos: romper la estructura corrosiva estática en la que nos movemos diariamente, o bien entrar en el dinamismo que nos lleva a una existencia más completa.

Próximo artículo: Diálogo con la Sacerdotisa sobre Edipo y el devenir de la naturaleza (Parte III)

Enlaces de interés:

El mito de Edipo (Parte I)

Diálogo con Aletheia sobre Edipo, el devenir y el destino (Parte III)

La tragedia en Sófocles

Catarsis y miasma

Edipo, la fuerza del destino

Las Erinias

Las maldiciones en la mitología griega

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La religión griega en Homero y Hesíodo

La religión griega es un tema con el que estamos obligado a pensar no sólo en  la religión, sino también en la política, la antropología, la historia, la moral y la vida cotidiana. Para el griego, la religión era una experiencia más que un dogma, es decir, una forma de vida intrínseca que empieza justo cuando el individuo nace y termina cuando muere. Todo este proceso conlleva a que brote la conciencia individual y esa experiencia misma no se puede describir si no es a través del lenguaje ritual, el lenguaje mítico y el lenguaje conceptual, que son, a la vez, su expresión y su instrumento.

Hay que destacar que la religión griega no fue prescrita al pueblo por una fuerza exterior ni por una revelación sagrada, sino más bien nace de la fantasía del pueblo, originaria de sus supersticiones, miedos y temores. En otras palabras: la comunidad no tiene libros sagrados, ni dogmas ni tampoco levantan una iglesia con su jerarquía. La única finalidad es la de  encumbrar templos para rendir culto a una divinidad y a través del mito, transmitir el significado natural de los hechos que rodean al hombre.

Homero

Más adelante, Homero y Hesíodo modelan las fuerzas de la naturaleza de los demonios primitivos de manera antropomórfica, convirtiéndolos en dioses maravillosos, leyendas que unen a los hombres y a los dioses. Aunque hay un desprendimiento de los demonios primitivos, siguen siendo fuerzas naturales. Ambos autores fueron los transmisores de la religión griega, del canto épico, de los himnos, recabando las fantasías populares de los campesinos, así como la tradición religiosa de los distintos pueblos, los cultos a la naturaleza, etc. Fueron los rapsodas, poetas, primeros maestros de la lengua griega, los creadores del dialecto épico, sintetizando con ello la base de todas las leyendas, mitos y héroes.

El mundo homérico tiene una forma de ver la verdad que ha llegado a nosotros,  convirtiéndose en una tradición poética, en parte por reflejar su sociedad, no tan distante y lejana como podemos creer. En Homero, por ejemplo, se puede destacar las relaciones del hombre con la naturaleza, del hombre con el hombre, del hombre con dios, donde la ética, la moral y la psicología son las herramientas fundamentales del hombre para posicionarse ante la vida. Nuestro mundo, tal como se ve hoy día, está desequilibrado, desmoralizado, desestructurado y hay una carencia de valores humanos en cada rincón de la tierra. Así son los dioses homéricos, que se presentan en el mundo real tal como los vemos, con sus objetivos irracionales y sus intervenciones más bien erráticas. Homero y Hesíodo han llegado a nosotros porque nos muestran, en cierto modo, la verdad, una verdad con la que yo me identifico plenamente y que trato de ensalzar y a la vez de desmenuzar.

¿Qué se aprende con Homero y Hesíodo? Con Homero y Hesíodo se aprende un camino: el hombre tiene que ser fiel a sí mismo, sin más.

De la obra de Homero emana una sabiduría que llama poderosamente la atención: una crítica a una sociedad y una comprensión de esta. Homero  nos presenta la cruda realidad tal como es, no acorde con nuestros deseos y sueños que anhelamos diariamente. Por eso, nosotros, como lectores, como observadores de la vida, de la naturaleza, de nuestro entorno,  debemos usar la inteligencia (Nous) en su más alta esfera porque las exigencias de la vida son tal como nos las presentan Homero y Hesíodo. Por eso, hay que penetrar dentro de dicho pensamiento para discernir el papel que el hombre juega en esta vida.

Hesíodo

Homero y Hesíodo, entre otros, eran los sabios de la época arcaica, poetas que hacían de magos, de videntes, presentándonos mundos irreales e imposibles de entender a través de los sentidos, pero ellos consiguen con su gran maestría que nos lo creamos, porque ese mundo irreal, mítico, casi surrealista, que nos presentan es para nosotros una forma de ver la realidad y de reconciliarnos con ella.

¿Cuál es su llave maestra para hacernos creer en ese mundo? El mito. El mito es la expresión (vehículo) simbólica de algo que está más allá. Ambos poetas crearon la teogonía y cosmogonía, dando como producto final la visión de todo el pueblo, en moral y ética.

Por lo tanto se crea una teogonía y una cosmogonía fiel al pensamiento griego. No es de extrañarnos: cada pueblo indígena se encuentra el mismo ideario sobre la creación del hombre, su destino y la formación del universo. Esto se debe a que la naturaleza humana siente una necesidad profunda de encontrar una justificación de todas las cosas. De hecho, Rodas y Creta, por ejemplo, tenían también su propia teogonía; Eleusis y Samotracia eran fuentes de misticismo.

Dioses

La idea principal es que los dioses no existen desde siempre, no han creado el mundo, han surgido del seno oscuro de las fuerzas naturales; los elementos engendran al dios, por ejemplo, el Ponto crea a Nereo, los hombres no han sido creados por los dioses. Los dioses han nacido pero no mueren. Se alimentan de ambrosía, néctar y humo (el que sube de los altares cuando se realizan sacrificios). Por sus venas no corre sangre, sino un líquido especial: el ícor.

Los dioses son fuerzas no personas. El pensamiento religioso organiza y clasifica estas fuerzas; distingue varios tipos de poderes sobrenaturales con su propia dinámica, su modo de acción, sus dominios y sus límites. Cada divinidad tiene su nombre, sus atributos, sus aventuras. Además, son antropomórfico, es decir, a la divinidad se le atribuyen la apariencia y las cualidades del hombre, porque consideran que la figura más bella es la humana, Aunque los dioses sean invisibles para el hombre, éstos se manifiestas de manera indirecta: disfraces, sueños, fenómenos atmosférico (lluvia, trueno…), animales (cisne, toro…)

Los dioses simbolizan la eterna juventud, llevan una vida fácil, teóricamente son omniscientes, prevén el futuro pero no pueden desviarlo, dominan a los hombres y a la naturaleza, pero  la única fuerza que se les escapa es el destino. Por ejemplo, dirigen la guerra de Troya, Zeus conoce de antemano la caída de Troya, pero no puede evitar el destino de su hijo Sarpedón: su muerte. Cada dios elige un bando, pero ¡ojo!, del mismo modo que el hombre depende de los dioses, los dioses también dependen de los hombres. Deméter (disfrazada de anciana) le pide ayuda a los vecinos de Eleusis y éstos le dicen quién raptó a su hija Perséfone. Los hombres intervienen en los conflictos de los dioses, por ejemplo, con el asunto de la manzana de la discordia, en el que Paris decide quién es la más bella.

En definitiva, la religión griega hace algo más que amparar la vida cívica del ciudadano griego, cala cada uno de sus gestos desde que nace hasta que muere. Otra peculiar seña de identidad es que no conocen  la diferencia, que a nosotros nos resulta familiar, entre lo sagrado y lo profano, el ámbito religioso y el ámbito laico. Esas distinciones no tienen sentido para el ciudadano griego ya que la mayoría de sus actos humanos tienen una dimensión religiosa en la cual la comunidad vibra en una perfecta sintonía.

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