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El simbolismo de Troya

TROYANOS
Son los esfuerzos nuestros, de los desventurados,
son los esfuerzos nuestros como los de los troyanos.
Algo conseguimos; nos reponemos
un poco; y empezamos
a tener coraje y buenas esperanzas.
Pero siempre algo surge y nos detiene.
Aquiles en el foso enfrente a nosotros
sale y con grandes voces nos espanta.
Son los esfuerzos nuestros como los de los troyanos.
Creemos que con decisión y audacia
cambiaremos la animosidad de la suerte,
y nos quedamos afuera para combatir.
Mas cuando sobreviene la gran crisis,
nuestra audacia y decisión desaparecen;
se turba nuestra alma, paralízase;
y en torno de los muros corremos
buscando salvarnos con la fuga.
Empero nuestra caída es cierta. Arriba,
sobre las murallas, comenzó ya el lamento.
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Este poema pertenece al poeta griego Constantino Petrou Cavafis,  una de las figuras literarias más importantes del siglo XX y uno de los mayores exponentes del renacimiento de la lengua griega moderna.
Troya, la “dueña de Asia”, la legendaria ciudad que inmortalizó la epopeya homérica, aparece situada bajo el signo de la gloria y la traición: presentes divinos y promesas no respetadas jalonan su historia desde su fundación hasta su destrucción por la astucia y la fuerza.
La Troya de Príamo

La Troya de Príamo

Fue fundada en la llanura del Escamandro por Ilo, hijo del Rey Tros (a su vez fundador mítico del reino troyano), que la bautizó con el nombre de Ilión. Algún tiempo después de su fundación, Zeus envió una señal para demostrar su favor y protección: una estatua de la diosa Palas Atenea, el Paladio, milagrosamente caída del cielo. Para albergarla, Ilo hizo construir en Troya un gran templo consagrado a Atenea. Ilo es el antepasado común de dos linajes reales troyanos llamados a tener unos destinos tan ilustres como opuestos. Por un lado, la rama encabezada por su hijo Laomedonte (padre de Príamo) condenada a la extinción y la de su hija Temiste (abuela de Eneas), destinada a perpetuarse gloriosamente a través de la fundación de Roma.

La caída de Troya fue el exterminio de prosperidad  y poder de una ciudad en la que el anciano Príamo, Rey de Troya, tuvo que sufrir la pérdida de sus conciudanos bajo las armas griegas. Cuando Troya cae al fin, el anciano monarca muere degollado por Neoptólemo, el hijo de Aquiles, de quien un oráculo había profetizado que sería el supremo vencedor de la ciudad. Con Príamo y su linaje desaparecería definitivamente la ciudad de Troya.
Hemos comentado en Animasmundi el tema del destino del hombre y las maldiciones que acarrean sobre los linajes de mayor jerarquía. Por eso, para entender el trasfondo de Troya, os invito a leer los siguientes enlaces: la hybris y las maldiciones en la mitología griega. Tampoco tenemos que pasar por alto que Troya también presenta el destino miserable de las mujeres arrastradas como esclavas lejos de su ciudad. Por lo tanto, la guerra de Troya condujo a los hombres a separarse de la sabiduría, esa vanidad o esa desmesura que desafía a los dioses y, a través de ellos, al orden cósmico. Más allá de representar una entidad abstracta y simbólica, este es el valor que se le confiere a la saga de Troya en el mito cosmogónico antiguo: un valor que por ser simbólico continúa siendo hoy día muy actual, pues las condiciones que dieron lugar a esa gran guerra son hoy en día tan actuales como entonces. Así lo vemos en el poema de Cavafis, donde Troya y su trágico destino sirve al poeta para ejemplificar la vida de los hombres, luchando cada día por la felicidad pero que sólo consiguen en momentos determinados pues los obstáculos volverán a surgir…Sin duda un mensaje pesimista que no puede dejar de recordarnos aquellos primeros versos de aquel soneto IV de Garcilaso: Un rato se levanta mi esperanza / mas, cansada de haberse levantado, / torna a caer, (…)
Fuente de información recomendada:

Poesía completa (Alianza Literaria (Al))

Enlaces relacionados con Cavafis:

Ítaca

La muerte de Sarpedón

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Las Moiras

Las tres Moiras matando a los gigantes Agrio y Toante. Detalle de un friso del Altar de Pérgamo (Museo de Pérgamo, Berlín

Las tres Moiras matando a los gigantes Agrio y Toante. Detalle de un friso del Altar de Pérgamo (Museo de Pérgamo, Berlín

Las Moiras son la personificación del destino que pertenece a cada ser humano, según el lote de dichas y desdichas que le haya correspondido al azar. Estas divinidades suelen ser representadas como tres hermanas que, más que velar sobre el destino de los hombres, vigilan que este se cumpla. En su orígen abstracto e impersonal, la Moira (que significa “la porción asignada””) era tan inflexible como el Destino y todos, hombres y dioses, estaban sometidos a ella: nadie podía transgredir su ley sin poner en peligro el orden del mundo. Cuando llega “la hora” del Destino, el propio Zeus sólo está autorizado a retrasar su cumplimiento, nunca a impedirlo.

De las epopeyas homéricas se desprende la imagen de una trinidad con doble genealogía: según una, las tres diosas serían hijas de Zeus y Temis y por tanto hermanas de las horas; según otra, son hijas de Nicte, la Noche, y pertenecerían por tanto a la generación preolímpica. Representadas en lo sucesivo como tres ancianas hilanderas llamadas Cloto “la hilandera”, Láquesis “la suerte” y Átropo “la inflexible”, las tres miden la vida de cada ser humano desde su nacimiento hasta su muerte con ayuda de un simbólico hilo de lana que Cloto hila, Láquesis devana y Átropo corta llegada “la hora”.
Las Moiras no tienen mitología propiamente dicha, siendo la transposición imaginaria de una concepción filosófica y religiosa del mundo. En Roma, recibieron el nombre de parcas (del latín parcere) porque precisamente, nadie se salva de ellas.
En la Odisea hay una referencia a las Moiras (Libro VII):
—¡Oíd, caudillos y príncipes de los feacios, y os diré lo que en el pecho mi corazón me dicta! Ahora, que habéis cenado, idos a acostar en vuestras casas, mañana, así que rompa el día, llamaremos a un número mayor de ancianos, trataremos al forastero como a huésped en el palacio, ofreceremos a las deidades hermosos sacrificios, y hablaremos de su acompañamiento para que pueda, sin fatigas ni molestias y acompañándole nosotros, llegar rápida y alegremente a su patria tierra, aunque esté muy lejos, y no haya de padecer mal ni daño alguno antes de tornar a su país; que, ya en su casa, padecerá lo que el hado y las graves Hilanderas dispusieron al hilar el hilo cuando su madre lo dio a luz. Y si fuere uno de los inmortales, que ha bajado del cielo, algo nos preparan los dioses; pues hasta aquí siempre se nos han aparecido claramente cuando les ofrecemos magníficas hecatombes, y comen, sentados con nosotros, donde comemos los demás. Y si algún solitario caminante se encuentra con ellos, no se le ocultan; porque estamos tan cercanos a los mismos por nuestro linaje como los Ciclopes y la salvaje raza de los Gigantes.
Las Moiras, las diosas que han estado trazando la senda que han de seguir los hombres a lo largo de sus vidas, gobiernan desde el comienzo de los tiempos el destino de la humanidad. Ni Zeus, dios de dioses, es capaz de escapar a sus designios. Eran muchos los que se creyeron dueños de su futuro desafiando profecías y augurios, seguros de poder variar aquello que estaba escrito. Pero nadie estaba a salvo de los caprichos del mandato de las moiras: los viajes de Ulises, la muerte de Aquiles, las pruebas de Heracles o la tragedia de Edipo quedaron para siempre en la memoria de los hombres como un recordatorio de que su libertad y la seguridad de ser dueño de su propio futuro no eran sino sombra que se diluían en el inevitable transcurrir del tiempo. El destino, la fuerza sobrenatural que guía la vida humana, se ha presentado ante los hombres de  innumerables formas desde los comienzos de los tiempos. Para algunos pueblos era algo que apenas podían reconocer de forma lejana en el horizonte de su existencia; para otros, la naturaleza, las estaciones, o los vientos llevaban consigo el devenir de la vida humana; para los griegos, existían leyes eternas que definían el futuro y a menudo, no podían ser quebrantadas. Esta concepción es la base de la tragedia griega. Fueran quienes fueran: Edipo, Agamenón, Menelao, Electra, Heracles, pensaban que ellos eran los dueños de su vida y que su futuro dependía de sus decisiones libremente adoptadas, pero, de repente, la vida les enseña que no es así, que hay un guión previo y que ellos, de manera inconsciente, se ven sometidos a una estructura diseñada, escrita por la necesidad del destino para reestablecer un orden.

LIX. A LAS MOIRAS

Moiras infinitas, amadas hijas de la negra Noche, escuchad mi súplica, gloriosas, que habitáis en la laguna celes­te, donde el agua congelada, al calor de la noche, se deshace en el fondo oscuro e imponente de la cueva de hermosas piedras, de donde voláis a la inmensa tierra de los mortales. Desde allí, pues, os encamináis al reputa­do género humano, de vana esperanza, cubiertas de pur­púreas vestiduras en la llanura letal, donde la gloria impulsa el carro que abarca toda la tierra más allá del límite de la justicia y de la esperanza, de las preocupaciones, de la norma antiquísima y del infinito principio que se rige por una buena ley. Pues la Moira es la única que vigila en la vida, y ningún otro ente inmortal de los que ocupan las cimas del nevado Olimpo; y también la perfecta mirada de Zeus. Porque cuanto nos acontece, todo lo sabe enteramente la Moira y la mente de Zeus. Mas venid amables, suaves y complacientes, Átropo, Láquesis y Clo­to de hermosas mejillas; aéreas, invisibles, constantes, por siempre inflexibles, que todo lo otorgáis y quitáis, a la vez; imperiosa necesidad para los mortales. Escuchad, pues, Moi­ras, mis piadosas plegarias, recibid mis libaciones y acudid como liberadoras del mal para vuestros iniciados con una intención benévola. [Llegó a su fin el canto de las Moiras que compuso Orfeo].

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