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La concepción del alma en la antigua Grecia

El Diccionario de Filosofía de José Ferrater destaca tres rasgos comunes a las variadas representaciones primitivas del alma:

  1. El alma se concibe a veces como un soplo, aliento o hálito, equivalente a la respiración. Cuando falta tal aliento, el individuo muere.
  2. Otras veces se la concibe como una especia de fuego. Al morir el individuo, este fuego, que es el calor vital, se apaga.
  3. A veces se la concibe como una sombra presentida o, de algún modo, entrevista durante el sueño.

mas_alla_mitologiaEn los dos primeros casos el alma es más bien un principio de vida; en el último caso no pasa de ser una sombra o simulacro. Que el alma sea un principio vital es una observación de tipo naturalista y su uso como tal es más restringido que la concepción religiosa del alma, a saber, un espíritu. Y es que una cosa es entender el alma como el principio formalizador del cuerpo (principio vital) y otra como una realidad independiente y sometida a un destino (principio espiritual). La idea de principio vital se mantiene en los adjetivos animado/inanimado y en el sustantivo latino animal, ser que tiene vida o está dotado de anima. Posiblemente sea la primera concepción -como aliento, exhalación o soplo- la más común, como resultaría de comprobar el significado originario de los términos para designar al alma: pneûma en griego, animus y anima en latín que significan todos ellos, de un modo u otro, aliento, aunque más tarde se adquieran el significado de un cierto principio o realidad distintos del cuerpo. Como ejemplo, un pasaje del canto XI de la Odisea, conocido como la evocación de los muertos, donde la sombra de Elpenor, uno de los guerreros aqueos que acompañaba a Ulises en su expedición, le cuenta como perdió accidentalmente la vida en el palacio de Circe: Laertíada, casta de Zeus, ingenioso Ulises, me dañó el desamor de algún dios y el exceso de vino. Me dormí en el tejado de la Casa de Circe; olvidándolo, en lugar de bajar la escalera, me eché hacia adelante y caí desde el techo y rompí en el suelo las vértebras de mi cuello, y mi aliento bajó a la morada del Hades.

Con la muerte de Elpenor, su psiqué vuela hacia al reino de los muertos, el Hades, quedando prisionera en ese mundo y adoptando la forma de una imagen o sombra. En concreto, el término más frecuentemente empleado para este contexto es el eidolon. La sombra homérica pues, ella esencialmente, carece de facultades fundamentales del espíritu humano, como son el entendimiento, la voluntad y la sensibilidad. Aunque esto puede resultar extraño en primera instancia, lo cierto es que la existencia de la psiqué de quien ha muerto permanece en el Hades totalmente desprovista de conciencia propia, lo cual sólo se vuelve comprensible asumiendo la premisa de que la actividad espiritual del hombre, en Homero, se consuma únicamente durante la vida de este, es decir, mientras el alma se encuentra unida a su cuerpo. Desde esta perspectiva se hace ostensible la distancia existente entre nuestro concepto de espíritu y la psiqué homérica, distinción enfáticamente señalada por Edwin Rohde en su obra Psiqué: “Lejos de poder atribuir a la psiqué las cualidades propias del “espíritu”, cabe más bien hablar de una antítesis entre el espíritu y la psiqué”

Para ampliar más información: El alma como “sombra”; Los sueños en Homero

Fuente de información recomendada: Diccionario de Filosofía (estuche) (Ariel Letras)

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Los ritos funerarios y el alma

Hades.

Hades. (Photo credit: Wikipedia)

En la Grecia Antigua, un funeral era mucho más complejo que un enterramiento o una cremación del cuerpo. Se llevaban a cabo unos ritos que tenían la propiedad de ayudar al alma muerta en su tránsito del mundo de los vivos al mundo de los muertos. Del perfecto cumplimiento del ritual dependería la salvación del individuo, es decir, el alma no vagaría en una eterna angustia. Cuando el alma de Patroclo se pareció en sueños a Aquiles, le suplicó que  incinerase su cuerpo, ya que, al no haber sido enterrado, no podría cruzar el río que le separaba del Hades. Por lo tanto, el enterramiento era considerado necesario para llegar al Hades. El rito era un eslabón tan importante como el nacimiento, el matrimonio, porque los griegos consideraba  la muerte un nuevo status. Entre la separación del cuerpo (soma) y la incorporación al Hades, el alma permanecía en un periodo neutral, es decir, no formaba parte del mundo de los vivos ni del mundo de los muertos. Era muy común entre los griegos un cierto tiempo de demora a la hora de completar el rito, porque no podían aceptar que el alma de un ser querido se dirigiera al Hades inmediatamente. La historia de Sísifo, por ejemplo, ordenó a su esposa que se demorara todos los rituales funerarios tras su muerte, para poder persuadir a Perséfone de que le permitiera a regresar a la tierra de los vivos.

Los griegos establecían diferentes categorías entre los muertos para distinguir a las personas según su posición social: suicidas, niños, jóvenes y esclavos a menudos se enterraban, casi nunca se incineraban. Sólo las personas con una posición económica apropiada eran incineradas. En el caso de Áyax, tras suicidarse, al principio no fue incinerado ni inhumado, pero Ulises accedió a que fuera sepultado. En general, los suicidas no recibían ningún tipo de honores. En la Grecia de Platón, por ejemplo, permitía el enterramiento de los suicidas pero en tierras alejadas del mundo civilizado.

Si los niños y adolescentes, en general, eran considerados personas que no participaban un papel completo en la sociedad, para los esclavos tenían un protagonismo secundario a la hora de su muerte. Es cierto, sobre todo en Atenas, que el amo tenía la obligación de hacerse cargo del cadáver de su esclavo muerto, pero se ignora de sus ritos funerarios.

Se sabe que los niños, adolescentes y personas con una muerte prematura tenían una condición especial. Se pensaba que vagaban como fantasmas ocupando un lugar inferior en la vida ultraterrena. Así se desprende, en el caso de las almas de los niños, del mito sobre Gelo de Lesbos, que se creía que ésta había muerto durante la infancia y se había convertido en un fantasma que asustaba a los niños.

Datos de interés: El Óbolo de Caronte.

Esta costumbre consistía en colocar al difunto una moneda en la boca con la que pagar a Caronte al viaje a través de la laguna Estigia, que separaba el mundo de los vivos del de los muertos. La moneda tenía la misma función que el resto de objetos y alimentos que acompañaban al fallecido, los cuales le servían para pagar el viaje, subsistir en esta fase de impureza o hacer ostentación ante sus antepasados durante el período transitorio que precede a la eternidad.

Para ampliar más información: el suicidio en la Grecia antigua

Obra de referencia recomendada: EL CONCEPTO DEL ALMA EN LA ANTIGUA GRECIA

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